domingo, 26 de diciembre de 2010

I
SAAC SIMOV
A
ANIVERSARIO
EDITADO POR \"EDICIONES LA CUEVA\"
Aniversario
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ANIVERSARIO
Isaac Asimov
Los preparativos para el rito anual habían concluido. Aquel año se
celebraba en casa de Moore, y la señora Moore y sus pequeños pasarían
resignadamente la velada en casa de la madre de ella.
Con una débil sonrisa en los labios, Warren Moore examinó la
habitación. Al principio, la celebración sólo se mantenía gracias al
entusiasmo de Mark Brandon, pero Moore había llegado a apreciar aquel
recuerdo. Tal vez fuera cosa de la edad, de los veinte años pasados. Su
sensiblería aumentaba a la par que su barriga y su calvicie.
Así que todas las ventanas estaban polarizadas, en oscuridad
total, y las cortinas se encontraban corridas. Sólo algunos puntos de la
pared se hallaban iluminados, evocando la escasa luz y el espantoso
aislamiento del día del accidente.
Sobre la mesa había raciones espaciales, con formas de varillas y
de tubos, y en el centro resplandecía una botella de acuaverde Jabra, el
potente brebaje que sólo la actividad química de los hongos marcianos
podía suministrar.
Moore miró su reloj. Brandon llegaría pronto; nunca llegaba tarde a
esa reunión.
Estaba intrigado por lo que Brandon le había dicho por el tubo:
«Warren, esta vez tengo una sorpresa. Espera y verás. Espera y verás.»
Brandon parecía no envejecer. A sus cuarenta años, no sólo
conservaba la silueta, sino la vitalidad. Aún se entusiasmaba con lo bueno
y se exasperaba con lo malo. El cabello se le estaba encaneciendo, pero,
salvo por ese detalle, cuando Brandon se paseaba de un lado a otro,
hablando de cualquier cosa a voz en grito y a toda velocidad, Moore no
necesitaba cerrar los ojos para ver al asustado joven que sobrevivió al
naufragio del Reina de Plata.
Llamaron a la puerta y Moore la activó sin girarse.
—Entra, Mark.
—¿Señor Moore? —dijo una voz extraña y tímida.
Moore se volvió. También estaba Brandon, pero al fondo,
sonriendo con entusiasmo. Delante de él había un individuo bajo,
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regordete, calvo por completo, de piel muy morena y con aspecto de
veterano del espacio.
—¿Mike Shea...? ¡Mike Shea, santísimo espacio!
Se estrecharon la mano, riéndose.
—Se puso en contacto conmigo en mi despacho —explicó
Brandon—. Recordó que yo trabajaba en Productos Atómicos...
—Han pasado un montón de años —comentó Moore—. Veamos,
estuviste en la Tierra hace doce años...
—Nunca ha venido a un aniversario —le interrumpió Brandon—.
¿Qué me dices? Ahora se retira. Abandonará el espacio para irse a una
propiedad que ha adquirido en Arizona. Ha pasado a saludarnos antes de
marcharse. Vino a la ciudad para eso, y yo creí que venía por l o del
aniversario. «¿Qué aniversario?», me preguntó el muy tonto.
Shea asintió sonriendo.
—Me ha dicho que lo celebráis todos los años.
—¡Claro que sí! —exclamó Brandon—. Y esta vez será la primera
en que estaremos los tres, el primer aniversario de verdad. Son veinte
años, Mike; veinte años desde que Warren salió de ese cascajo para
llevarnos hasta Vesta.
Shea echó un vistazo alrededor.
—Raciones espaciales, ¿eh? Yo las consumo todas las semanas.
Y Jabra. Ah, claro, ya recuerdo... Veinte años. Jamás he pensado en ello y
de pronto parece que fuera ayer. ¿Os acordáis de cuando al fin
regresamos a la Tierra?
—Ya lo creo —respondió Brandon—. Los desfiles, los discursos.
Warren era el único héroe del acontecimiento y nosotros insistíamos en
ello, pero no nos prestaban atención ¿Os acordáis?
—En fin —dijo Moore—, fuimos los primeros en sobrevivir a una
colisión en el espacio. Era algo inusitado, y lo inusitado merece una
celebración. Estas cosas son irracionales.
—¿Recordáis las canciones que compusieron? —preguntó Shea—
. Esa marcha... «Podéis cantar sobre las rutas del espacio y el ritmo
desenfrenado del...»
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Brandon se le unió con su clara voz de tenor e incluso Moore sumó
su voz al coro, hasta el punto de que la última línea sonó estentórea como
para agitar las cortinas.
—«En las ruinas del Reina de Plata» —vociferaron, y soltaron una
estruendosa risotada.
—Abramos el Jabra para el primer sorbo —propuso Brandon—.
Esta botella debe durar toda la noche.
—Mark insiste en la fidelidad total —explicó Moore— Me sorprende
que no me pida que salga por la ventana y eche a volar en torno del
edificio.
—Pues no es mala idea —bromeó Brandon.
—¿Recordáis nuestro último brindis? —Shea alzó el vaso vacío y
entonó—: Caballeros, por la provisión anual de H O que supimos guardar.
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Estábamos muy ebrios cuando aterrizamos. Vaya, éramos jóvenes. Yo
tenía treinta años y me creía un viejo. Y ahora —añadió en un tono
melancólico— me han retirado.
—¡Bebe! —lo animó Brandon—. Hoy vuelves a tener sed, y
recordamos aquel día en el Reina de Plata aunque todos lo olviden.
Público ingrato y voluble.
Moore se rió.
—¿Qué esperabas? ¿Una fiesta nacional cada año, con raciones
espaciales y Jabra, la comida y la bebida del ritual?
—Escucha, seguimos siendo los únicos hombres que han
sobrevivido a una colisión en el espacio. Y míranos. Nadie nos recuerda.
—Enhorabuena. A fin de cuentas lo pasamos bien y la publicidad
nos dio un buen impulso. Nos va bien, Mark. Y también le iría bien a Mike
Shea si no hubiera querido regresar al espacio.
Shea sonrió y se encogió de hombros.
—Me gusta estar allí y no me arrepiento. Con la indemnización del
seguro que me dieron, cuento con bastante dinero para retirarme.
—La colisión fue un gran traspiés para Seguros Transespaciales
—comentó Brandon en un tono evocador—. Aun así, todavía falta algo.
Uno habla del Reina de Plata actualmente y la gente sólo piensa en
Quentin, si es que piensa en alguien.
—¿En quién? —preguntó Shea.
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—Quentin. El profesor Horace Quentin. Una de las víctimas. Si
hablas de los tres supervivientes, te miran sin entender.
—Vamos, Mark, reconócelo —medió Moore—. El profesor Quentin
era uno de los grandes científicos del mundo y nosotros tres no somos
nadie.
—Sobrevivimos. Seguimos siendo los únicos que han sobrevivido.
—¿Y qué? Mira, John Hester iba a b ordo, y él también era un
científico importante. No tanto como Quentin, pero importante. Yo estaba
junto a él en esa última cena, cuando el meteoro chocó con nosotros.
Bueno, pues sólo porque Quentin murió en el accidente mismo, la muerte
de Hester se olvidó. Nadie recuerda que Hester murió en el Reina de
Plata. Sólo se acuerdan de Quentin. También a nosotros nos han olvidado,
pero al menos estamos vivos.
—Te diré una cosa —dijo Brandon después de una pausa, durante
la cual la explicación de Moore no surtió ningún efecto—, somos náufragos
una vez más. Hace veinte años éramos náufragos frente a Vesta. Hoy
somos náufragos del olvido. Ahora los tres estamos reunidos de nuevo, y
lo que ocurrió antes puede volver a ocurrir. Hace veinte años, Warren nos
llevó hasta Vesta. Resolvamos este nuevo problema.
—¿Lo de vencer al olvido, quieres decir? —preguntó Moore—.
¿Hacernos famosos?
—Claro. ¿Por qué no? ¿Conoces un mejor modo de celebrar un
vigésimo aniversario?
—No, pero me gustaría saber por dónde quieres empezar. No creo
que la gente recuerde el Reina de Plata, excepto por Quentin, así que
tendrás que pensar en alguna forma de evocar el accidente. Sólo para
empezar.
Una expresión pensativa cruzó el chato semblante de Shea.
—Algunas personas se acuerdan del Reina de Plata. La compañía
de seguros lo recuerda, y eso es extraño, ahora que tocáis el tema. Hace
diez u once años, estuve en Vesta y pregunté que si los restos de la nave
aún estaban allí. Me dijeron que sí, que nadie tenía intención de
llevárselos. Así que pensé en echarles un vistazo y fui hacia allá con un
motor de reacción sujeto a la espalda. En la gravedad de Vesta, sólo se
necesita un motor de reacción. De todos modos, sólo pude ver la nave a lo
lejos. Estaba rodeada por un campo de fuerza.
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Brandon enarcó las cejas.
—¿El Reina de Plata? ¿Y por qué?
—Regresé y pregunté el porqué. No me lo explicaron, y me dijeron
que no sabían que yo pensaba ir allí. Me dijeron que pertenecía a la
compañía de seguros.
Moore movió la cabeza afirmativamente.
—Claro. Se quedaron con los restos después de pagar. Yo firmé la
cesión, renunciando a los derechos de mi prima de salvamento cuando
acepté el cheque de la indemnización. Y supongo que vosotros también.
—¿Pero por qué el campo de fuerza? —se extrañó Brandon—.
¿Por qué tanto secreto?
—No lo sé.
—Esos restos no valen nada, excepto como chatarra. Costaría
demasiado transportarlos.
—Exacto —asintió Shea—. Pero lo más extraño es que se traían
trozos desde el espacio, y había una pila de piezas retorcidas. Pregunté y
me dijeron q ue siempre aterrizaban naves con más restos y que la
compañía de seguros pagaba un precio fijo por cada fragmento del Reina
de Plata, así que las naves que volaban en las inmediaciones de Vesta
siempre buscaban algo. En mi último viaje, fui a ver de nuevo el Reina de
Plata y la pila era mucho más grande.
A Brandon le brillaron los ojos.
—¿Quieres decir que todavía siguen buscando?
—No lo sé. Tal vez ya no lo hagan. Pero la pila era mucho mayor
que hace diez años, así que en ese momento todavía buscaban.
Brandon se reclinó en la silla y cruzó las piernas.
—Vaya, eso es muy raro. Una austera compañía de seguros gasta
dinero y explora el espacio de las inmediaciones de Vesta para hallar
piezas de una nave destruida veinte años atrás.
—Tal vez intenta probar que hubo sabotaje —aventuró Moore.
—¿Después de veinte años? Aunque lo probaran, no recuperarían
el dinero. Es un asunto liquidado.
—Quizás hayan dejado de buscar hace años.
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Brandon se levantó con aire decidido.
—Preguntemos. Aquí hay algo raro, y el acuaverde Jabra y este
aniversario me han embriagado lo suficiente como para querer averiguarlo.
—Claro —dijo Shea—, pero ¿a quién le preguntamos?
—A Multivac —respondió Brandon.
Shea abrió los ojos.
—¡Multivac! Oye, Moore, ¿tienes un terminal de Multivac aquí?
—Sí.
—Nunca he visto ninguno y siempre he querido verlos.
—No es gran cosa, Mike. Parece una máquina de escribir. No
confundas un terminal de Multivac con Multivac mismo. No conozco a
nadie que haya visto Multivac.
Moore sonrió ante la idea. No creía que jamás llegara a conocer a
ninguno de los pocos técnicos que se pasaban la mayor parte de sus días
laborales en un lugar oculto en las entrañas de la Tierra, cuidando de un
superordenador de un kilómetro y medio de longitud que era depositario de
todos los datos conocidos por el hombre y que dirigía la economía
humana, guiaba las investigaciones científicas, contribuía a tomar
decisiones políticas y tenía millones de circuitos libres para responder a
preguntas personales que no atentaran contra la intimidad.
Mientras subían al segundo piso por la rampa de potencia,
Brandon comentó:
—He pensado en instalar un terminal Multivac para los niños. Las
tareas escolares y todo eso, ya sabéis. Pero no quiero que se convierta en
una especie de sostén caro y vistoso. ¿Cómo te las apañas tú, Warren?
—Primero me enseñan las preguntas —respondió Moore—. Si yo
no las apruebo, Multivac no las ve.
El terminal de Multivac era en efecto una especie de máquina de
escribir.
Moore fijó las coordenadas que abrían su sector de la red d e
circuitos planetarios.
—Ahora, escuchad un momento. Quiero dejar constancia de que
me opongo a esto y sólo os sigo el juego porque es el aniversario y porque
soy tan bobo como para sentir curiosidad. ¿Cómo expreso la pregunta?
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Brandon dijo:
—Pregunta esto: ¿Sigue Seguros Transespaciales buscando
restos del Reina de Plata en las cercanías de Vesta? Eso únicamente
requiere un sí o un no.
Moore se encogió de hombros y tecleó, mientras Shea observaba
con admiración reverente.
—¿Cómo responde? —preguntó—. ¿Habla?
Moore sonrió.
—Oh, no, no puedo gastar tanto dinero. Este modelo imprime la
respuesta en un papel que sale por esa ranura.
Mientras hablaba, salió una tira de papel. Moore lo cogió y le echó
un vistazo.
—Vamos a ver. Multivac dice que sí.
—¡Ja! —exclamó Brandon—. Te lo dije. Ahora pregunta por qué.
—Es una tontería. Es evidente que esa pregunta atenta contra la
intimidad. Sólo sale un papel amarillo que te pide que especifiques tus
razones.
—Pregunta y averígualo. La búsqueda de los fragmentos no es
secreta. Tal vez la razón tampoco lo sea.
Moore se encogió de hombros. Tecleó: «¿Por qué Seguros
Transespaciales está llevando a cabo este proyecto de búsqueda de
fragmentos del Reina de Plata que se mencionó en la pregunta anterior?»
Un papel amarillo salió casi de inmediato: «Especifique razones
para solicitar información requerida.»
—De acuerdo —insistió Brandon, sin amilanarse—. Dile que
somos los tres supervivientes y que tenemos derecho a saberlo. Adelante.
Díselo.
Moore lo tecleó con una frase neutra y surgió otro papel amarillo:
«Razón insuficiente. Imposible dar respuesta.»
—No creo que tengan derecho a mantener eso en secreto —se
obstinó Brandon.
—Eso depende de Multivac —replicó Moore—. Juzga las razones
presentadas y decide si se ve afectada la ética de la intimidad. El Gobierno
mismo no Podría atentar contra esa ética sin una orden judicial, y los
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tribunales rara vez se pronuncian en contra de Multivac. ¿Qué piensas
hacer?
Brandon se puso de pie y, según su costumbre, empezó a pasear
por la habitación.
—De acuerdo. Entonces, deduzcámoslo por nuestra cuenta. Es
algo tan importante como para justificar tanta molestia. Hemos convenido
en que no intentan hallar pruebas de sabotaje, pues han pasado veinte
años. Pero Transespaciales debe de estar buscando algo tan valioso que
merece la pena. ¿Qué podría ser tan valioso?
—Mark, eres un soñador —comentó Moore.
Brandon no le prestó atención.
—No pueden ser alhajas, dinero ni títulos. No podría haber
suficiente como para compensar el coste de la búsqueda. Ni siquiera
aunque el Reina de Plata fuera de oro puro. ¿Qué podría ser más valioso?
—No puedes juzgar el valor, Mark. Una carta podría valer un
céntimo como papel y, sin embargo, significar cien millones de dólares
para una empresa, según lo que se dijera en la carta.
Brandon asintió vigorosamente.
—Correcto. Documentos. Papeles valiosos. ¿Quién podría tener
papeles que valieran miles de millones en ese viaje?
—¿Cómo saberlo?
—¿Qué me decís del profesor Horace Quentin? ¿Qué opinas,
Warren? La gente lo recuerda porque era importante. ¿Qué pasa con los
papeles que quizá llevaba consigo? Detalles de un nuevo descubrimiento,
tal vez. Demonios, si al menos lo hubiera visto durante la travesía, tal vez
me hubiera dicho algo mientras charlábamos. ¿Alguna vez lo viste tú,
Warren?
—Que yo recuerde, no. Al menos no hablé con él. Así que una
charla queda descartada en mi caso. Aunque quizá me haya cruzado con
él sin saberlo.
—No, no creo —intervino Shea, repentinamente pensativo—. Creo
recordar algo. Había un pasajero que j amás abandonaba su cabina. El
camarero lo comentaba. Ni siquiera salía a comer.
—¿Quentin? —preguntó Brandon, dejando de caminar para mirar
ávidamente al veterano del espacio.
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—Tal vez, Brandon. Quizá fuera él. No recuerdo que nadie dijese
que lo era. Pero debía de ser un tipo importante, porque en una nave
espacial nadie se preocupa de llevar la comida a una cabina a menos que
el pasajero sea alguien importante.
—Y Quentin era el tipo más importante a borde; —señaló Brandon,
con satisfacción—. Así que llevaba algo en la cabina. Algo muy valioso.
Algo que tenía oculto.
—Tal vez sufría de mareo espacial —objetó Moore—, sólo que...
Frunció el ceño y guardó silencio.
—Adelante —le urgió Brandon—. ¿También recuerdas algo?
—Puede ser. Te he dicho que me senté junto al doctor Hester en
esa última cena. Comentó que estaba deseando conocer al profesor
Quentin durante el viaje y que no había tenido suerte.
—¡Claro! —exclamó Brandon—. ¡Porque Quentin no salía de la
cabina!
—Hester no dijo eso. Pero nos pusimos a hablar de Quentin. ¿Qué
fue lo que dijo? —Moore se apoyó las manos en las sienes, como
exprimiéndose para extraer un recuerdo de veinte años atrás—. No me
acuerdo de las palabras exactas, pero comentó que Quentin era un
histrión, un esclavo del melodrama o algo parecido, y que se dirigían a una
conferencia científica a Ganímedes y Quentin ni siquiera había anunciado
el título de su ponencia.
—Todo encaja —dijo Brandon; echando a andar nuevamente—.
Había hecho un gran descubrimiento y lo mantenía en secreto porque
pensaba revelarlo en la conferencia de Ganímedes con un gran efecto
teatral. No salía de la cabina porque temía que Hester quisiera sonsacarle
algo, y lo hubiera hecho, sin duda. Y entonces la nave chocó contra esa
roca y Quentin murió. Seguros Transespaciales investigó, oyó rumores
sobre el descubrimiento y pensó que si lograba controlarlo recobraría sus
pérdidas y mucho más. Así que se apropió de la nave y desde entonces
están buscando los papeles de Quentin entre los restos.
Moore sonrió afectuosamente.
—Mark, es una hermosa fábula. Disfruto esta velada con sólo ver
cómo inventas tanto a partir de nada.
—A partir de nada, ¿eh? Vamos a preguntarle de nuevo a
Multivac. Este mes te pagaré la cuenta.
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—No te preocupes, no hace falta. Pero, si no te molesta, subiré la
botella de Jabra. Necesito un sorbo más para alcanzarte.
—También yo —se apuntó Shea.
Brandon se sentó ante la máquina de escribir. Los dedos le
temblaban de ansiedad cuando tecleó: «¿Cuál era la índole de las últimas
investigaciones del profesor Horace Quentin?»
Moore había regresado con la botella y unos vasos cuando salió la
respuesta; esa vez, en papel blanco. Era una respuesta larga y en letra
pequeña, y enumeraba artículos científicos publicados en revistas de
veinte años atrás.
Moore le echó una ojeada.
—No soy físico, pero parece que estaba interesado en la óptica.
Brandon sacudió la cabeza con impaciencia.
—Pero todo eso está publicado. Queremos algo que aún no
hubiera publicado.
—Nunca averiguaremos nada sobre eso.
—La compañía de seguros lo averiguó.
—Ésa es sólo tu teoría.
Brandon se acariciaba la barbilla con mano trémula.
—Déjame hacerle una pregunta más a Multivac.
Se sentó de nuevo y tecleó: «Quiero el nombre y el número de
tubo de los colegas aún vivos del profesor Horace Quentin, los que se
contaban entre sus allegados en la universidad donde él enseñaba.»
—¿Cómo sabes que enseñaba en una universidad? —preguntó
Moore.
—Si no es así, Multivac nos lo dirá.
Salió un papel. Sólo contenía un nombre.
—¿Piensas llamar realmente a ese hombre? —preguntó Moore.
—Claro que sí. Otis Fitzsimmons, con un número de tubo de
Detroit. Warren, ¿puedo...?
—Adelante. Sigue siendo parte del juego.
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Brandon marcó la combinación en el teclado del tubo de Moore.
Respondió una voz femenina. Brandon preguntó por el profesor
Fitzsimmons y hubo una breve pausa. Luego, contestó una voz vieja y
chillona:
—Profesor Fitzsimmons —dijo Brandon—, represento a Seguros
Transespaciales en el tema del difunto profesor Horace Quentin...
—Por amor de Dios, Mark —susurró Moore, pero Brandon lo
contuvo con un gesto perentorio.
Hubo una pausa tan larga como si hubiera un fallo en las
comunicaciones, pero finalmente la vieja voz respondió:
—¿Otra vez? ¿Después de tantos años?
Brandon chascó los dedos en un incontenible gesto de triunfo,
pero conservó el aplomo.
—Seguimos intentando averiguar, profesor, si usted recuerda
nuevos detalles sobre algo que el profesor Quentin llevara consigo en ese
último viaje y se relacionara con su último descubrimiento inédito.
—Demonios —fue la enfadada respuesta—, ya le he dicho que no
lo sé. No quiero que me molesten más con ese asunto. No sé si había
algo. Él hizo insinuaciones, pero siempre las hacía sobre un artilugio u
otro.
—¿Qué artilugio, profesor?
—Le digo que no lo sé. Una vez usó un nombre y se lo dije a
ustedes. No creo que tenga importancia.
—Ese nombre no figura en nuestra documentación, profesor.
—Bien, pues debería, ¿Cómo era? Ah, sí. Un opticón.
—¿Con ka?
—Con ce o con ka. No lo sé ni me importa. Por favor, no quiero
que vuelvan a molestarme por esto. Adiós.
Seguía refunfuñando cuando la línea se perdió.
Brandon estaba complacido.
—Mark —lo reprendió Moore—, eso es lo más estúpido que has
podido hacer. Es ilegal usar una identidad fraudulenta en el tubo. Si él
quiere crearte problemas...
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—¿Por qué iba a hacerlo? Ya lo ha olvidado. ¿No lo entiendes,
Warren? Transespaciales ha preguntado por lo mismo. Él insistía en que
ya lo había explicado antes.
—De acuerdo. Pero eso ya lo suponías. ¿Qué más sabes ahora?
—También sabemos que el artilugio de Quentin se llamaba
opticón.
—Fitzsimmons no parecía muy seguro. De todos modos, como ya
sabemos que hacia el final se especializaba en óptica, un nombre como
opticón no significa un gran adelanto.
—Y Seguros Transespaciales está buscando el opticón o unos
papeles relacionados con él. Tal vez Quentin se guardaba los detalles y
sólo tenía un modelo del instrumento. Shea nos ha contado que estaban
recogiendo objetos de metal, ¿verdad?
—Había mucho metal en esa pila —asintió Shea.
—Lo dejarían en el espacio si estuvieran buscando papeles, así
que de eso se trata, de un instrumento que quizá se llame opticón.
—Aunque todas tus teorías sean correctas, Mark, y estemos
buscando un opticón, esa búsqueda es absolutamente inútil —afirmó
Moore—. Dudo que más del diez por ciento de los restos permanezcan en
la órbita de Vesta. La velocidad de fuga de Vesta es prácticamente
inexistente. Sólo un impulso fortuito en una dirección fortuita y a una
velocidad fortuita puso en órbita nuestro sector de la nave. El resto
desapareció, se esparció por todo el sistema solar en todas las órbitas
concebibles en torno del Sol.
—Ellos han recogido fragmentos.
—Sí, el diez por ciento que logró ponerse en la órbita de Vesta.
Eso es todo.
Brandon no se daba por vencido.
—Supongamos que estaba allí y no lo encontraron. Alguien pudo
habérseles adelantado.
Mike Shea se echó a reír.
—Nosotros estuvimos allí, pero, desde luego, sólo escapamos con
el pellejo encima, y dimos gracias por ello. ¿Quién más?
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—Correcto, y si alguien más lo encontró, ¿por qué lo mantienen en
secreto?
—Tal vez no sabe qué es.
—¿Entonces cómo...? —Moore se interrumpió y se volvió hacia
Shea—. ¿Qué has dicho?
Shea se quedó desconcertado.
—¿Quién, yo?
—Has dicho que nosotros estuvimos allí. —Moore entrecerró los
ojos. Sacudió la cabeza como para despejarla y susurró—: ¡Gran galaxia!
—¿Qué ocurre? —preguntó Brandon—. ¿Qué pasa, Warren?
—No estoy seguro. Estás volviéndome loco con tus teorías. Tan
loco que empiezo a tomarlas en serio. ¿Sabes que sí nos llevamos
algunas cosas con nosotros? Además de la ropa y las pertenencias
personales. Al menos, yo me llevé algo.
—¿Qué?
—Fue cuando me abría paso por el casco de la nave en ruinas...
¡Santo espacio, es como si estuviera allí, lo veo con tanta claridad...! Cogí
algunos objetos y los guardé en el bolsillo de mi traje espacial. No sé por
qué. No las tenía todas conmigo y lo hice sin pensar. Y, bueno, me quedé
con ellos, como recuerdo. Los traje a la Tierra.
—¿Dónde están?
—No lo sé. Nos hemos mudado varias veces, ya lo sabes.
—No los habrás tirado, ¿verdad?
—No, pero cuando te trasladas de casa se extravían cosas.
—Si no las tiraste, deben de estar en alguna parte de esta casa.
—Si no se han perdido. Juro que no recuerdo haberlas visto en
quince años.
—¿Qué cosas eran?
—Una pluma e stilográfica, que yo recuerde; una verdadera
antigüedad, de las que llevaban un cartucho con tinta. Pero lo que me
tiene desconcertado es que el otro objeto era unos prismáticos de no más
de quince centímetros de longitud. ¿Entendéis a qué me refiero? ¡Unos
prismáticos!
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—¡Un opticón! —exclamó Brandon—. ¡Claro!
—Es sólo una coincidencia —agregó Moore, tratando de recobrar
la cordura—. Sólo una extraña coincidencia.
Pero Brandon no lo creía así.
—¡Claro que no es una coincidencia! Transespaciales no pudo
hallar el opticón entre los restos de la nave ni en el espacio porque lo
tenías tú.
—Estás chiflado.
—Vamos, tenemos que encontrar esa cosa.
Moore resopló.
—Bien, miraré, si eso es lo que quieres, pero dudo que lo
encuentre. Empezaremos por el desván. Es el lugar más lógico.
Shea se rió entre dientes.
—El lugar más lógico suele ser el menos indicado para buscar.
Pero todos enfilaron hacia la rampa de potencia y subieron un piso
más.
El desván olía a moho y a desuso. Moore puso en marcha el
condensatrón.
—Hace dos años que no condensamos el polvo. Eso os muestra
que no vengo con frecuencia. Bien, veamos... De estar en alguna parte,
sería en mi colección de soltero. Me refiero a los cachivaches que reunía
antes de casarme. Podemos empezar por aquí.
Se puso a hojear el contenido de unas carpetas de plástico
mientras Brandon miraba ansiosamente por encima del hombro.
—¿Qué te parece? —dijo Moore—. Mi anuario de la universidad.
Era aficionado al audio en esos tiempos, un verdadero fanático. Logré
grabar la voz con la imagen de cada estudiante de este álbum. —Acarició
con afecto la cubierta—. Cualquiera juraría que aquí están las fotos
tridimensionales habituales, pero todas tienen aprisionada la... —Notó que
Brandon lo miraba ceñudo—. De acuerdo, seguiré buscando.
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Dejó las carpetas y abrió un baúl de pesada y anticuada madera
falsa. Separó el contenido de los diversos compartimentos.
—Oye, ¿qué es eso? —preguntó Brandon.
Señaló un pequeño cilindro que salió rodando por el suelo con un
pequeño sonido sordo.
—¡La pluma! —exclamó Moore—. ¡Es ésa! Y aquí están los
prismáticos. Ninguna de las dos cosas funciona, por supuesto. Ambas
están estropeadas. Al menos, supongo que la pluma está rota, porque
dentro suena algo que está suelto. ¿Lo oís? No tenía la menor idea de
cómo llenarla, así que nunca he sabido si funcionaba. Hace años que no
fabrican cartuchos de tinta.
Brandon la sostuvo bajo la luz.
—Tiene unas iniciales.
—¿Si? No recuerdo haberlas visto.
—Están bastante desgastadas. Parecen ser J. K. Q.
—¿Q?
—Exacto, y es una inicial rara para un apellido. La pluma debía de
ser de Quentin. Un recuerdo sentimental o un amuleto. Tal vez perteneció
a un bisabuelo suyo de la época en que se usaban estas plumas; algún
bisabuelo llamado Jason Knight Quentin o Judah Kent Quentin o algo
parecido. Podemos comprobar los nombres de los antepasados de
Quentin a través de Multivac.
Moore movió la cabeza afirmativamente.
—Creo que sí. Como ves, me has vuelto tan loco como tú.
—Y si es así se demuestra que la cogiste del cuarto de Quentin.
Así que también cogerías allí los prismáticos.
—Aguarda. No recuerdo haber cogido las dos cosas en el mismo
lugar. No me acuerdo muy bien de mi trayecto por el exterior de la nave.
Brandon cambió de posición los prismáticos bajo la luz.
—Aquí no hay iniciales.
—¿Esperabas alguna?
—No veo nada, excepto esta estrecha marca de unión. —Pasó la
uña del pulgar por el fino surco que rodeaba los prismáticos cerca del
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extremo más grueso. Trató en vano de hacer que girase—. Es de una sola
pieza. —Se los puso ante los ojos—. Esto no funciona.
—Ya te he dicho que estaba roto. No tiene lentes...
—Cabe esperar algún desperfecto cuando una nave espacial
choca contra un meteoro de cierto tamaño y se hace trizas —intervino
Shea.
—De modo que aunque fuera esto... —dijo Moore, de nuevo
pesimista—, aunque esto fuera el opticón, no nos serviría de nada.
Tomó los prismáticos y palpó los bordes vacíos.
—Ni siquiera se sabe dónde iban las lentes. No encuentro el surco
donde pudieron estar colocadas. Es como si nunca... ¡Eh! —exclamó de
pronto.
—¿Qué pasa? —se alarmó Brandon.
—¡El nombre! ¡El nombre del artilugio!
—¿Opticón?
—¡No! Cuando hablaste con Fitzsimmons por el tubo, todos
entendimos «un opticón».
—Bueno, eso es lo que dijo.
—Claro —lo secundó Shea—. Yo también le oí.
—Eso creímos. Pero sólo dijo el nombre, una palabra. Anopticón.
No dijo «un opticón», dos palabras, sino «anopticón», una sola palabra.
—¿Y cuál es la diferencia? —preguntó Brandon.
—Enorme. Un opticón seria un instrumento con lentes, pero
anopticón tiene el prefijo griego «an—», que significa «no». Las palabras
de origen griego lo usan para indicar algo negativo. Anarquía significa
«falta de gobierno», anemia significa «falta de sangre», anónimo significa
«falta de nombre», y anopticón significa...
—¡Falta de lentes! —exclamó Brandon.
—¡Exacto! Quentin debía de estar trabajando en un aparato óptico
sin lentes, y tal vez éste no esté roto. —Pero no se ve nada al mirar por él
—objetó Shea.
—Debe de estar colocado en neutro —señaló Moore—. Habrá
algún modo de regularlo.
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Igual que Brandon antes, lo sujetó con ambas manos y trató de
hacerlo girar en torno del surco. Aumentó la presión, gruñendo.
—No lo rompas —le advirtió Brandon.
—Está cediendo. O bien se supone que es rígido, o bien la
corrosión lo ha atascado. —Se detuvo, miró el instrumento con
impaciencia y se lo llevó de nuevo al ojo. Dio media vuelta, despolarizó
una ventana y miró las luces de la ciudad—. Que me arrojen al espacio —
murmuró, con el aliento entrecortado.
—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —se excitó Brandon.
El atónito Moore le entregó el instrumento y Brandon se lo llevó a
los ojos y exclamó:
—¡Es un telescopio!
—¡Déjame ver! —dijo Shea.
Pasaron casi una hora con él, convirtiéndolo en telescopio al
hacerlo girar en una dirección y en microscopio al hacerlo girar en la
contraria.
—¿Cómo funciona? —preguntaba una y otra vez Brandon.
—No lo sé —repetía Moore. Finalmente dijo— Estoy seguro de
que tiene que ver con campos de fuerza concentrados. Actuamos contra
una considerable resistencia de campo. Con instrumentos d e mayor
tamaño, se requerirá un ajuste de la potencia.
—Un truco bastante ingenioso —comentó Shea.
—Es algo más —agregó Moore—. Apuesto a que representa un
giro totalmente nuevo en física teórica. Concentra la luz sin lentes y se
puede ajustar para recoger luz en una superficie cada vez más amplia sin
cambios en la longitud focal. Estoy seguro de que podríamos reproducir el
telescopio de quinientas pulgadas de Ceres en una dirección y un
microscopio electrónico en la otra. Más aún, no veo ninguna aberración
cromática, así que debe de curvar igualmente la luz de todas las longitudes
de onda. Tal vez también curve ondas de radio y rayos gamma. Tal vez
distorsione la gravedad, si la gravedad es una especie de radiación. Tal
vez...
—¿Vale dinero? —preguntó Shea secamente.
Gentileza de El Trauko
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—Muchísimo, si alguien supiera cómo funciona.
—Entonces, no iremos a ver a los de Seguros Transespaciales.
Consultaremos primero con un abogado. ¿Cedimos estas cosas con
nuestros derechos de la prima de salvamento o no? Ya estaban en tus
manos a ntes de que firmaras el papel. Por otra parte, ¿el papel tiene
validez si no sabíamos qué estábamos cediendo? Tal vez se pueda
considerar un fraude.
—Más aún —añadió Moore—, tratándose de esto, no sé si debiera
poseerlo una compañía privada. Deberíamos consultar a un organismo
gubernamental. Si hay dinero en ello...
Pero Brandon se estaba golpeando las rodillas con los puños.
—¡Al demonio con el dinero, Warren! Recibiré de buena gana todo
el dinero que me caiga en las manos, pero eso no es lo importante.
¡Seremos famosos, hombre, famosos! Imagina la historia. Un fabuloso
tesoro perdido en el espacio. Una empresa gigantesca lleva hurgando en
el espacio veinte años para encontrarlo y nosotros, los olvidados, lo
tenemos en nuestras manos. Luego, en el vigésimo aniversario de la
pérdida, lo encontramos. Si esta cosa funciona, sí la anóptica se
transforma en una gran técnica científica, nunca nos olvidarán.
Moore sonrió y se echó a reír.
—Muy bien. Lo has conseguido, Mark. Conseguiste lo que te
proponías. Nos has salvado de quedar abandonados en el olvido.
—Lo hicimos entre todos. Mike Shea nos puso en marcha con la
información básica necesaria, yo elaboré la teoría y tú tenías el
instrumento.
—De acuerdo. Es tarde y mi esposa regresará pronto, así que
pongamos manos a la obra. Multivac nos dirá qué organismo sería el
apropiado y quién...
—No, no —le interrumpió Brandon—. Primero el rito. El brindis de
cierre del aniversario, por favor, y con el cambio apropiado. ¿No me das
ese gusto, Warren?
Le pasó la botella d e acuaverde Jabra. Moore llenó cada vaso
hasta el borde.
—Caballeros, un brindis —dijo solemnemente. Los tres alzaron los
vasos—. Caballeros, por los recuerdos del Reina de Plata que supimos
guardar.
Aniversario
20
F I N
 

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