DANIELLE STEEL
El anillo
Libro primero
KASSANDRA
Capitulo 1
KASSANDRA VON GOTFHARD estaba tranquilamente sentada en la orilla del lago en el parque de
Charlottenburger, contemplando cómo los rizos del agua se alejaban. Con lentitud del sitio donde había
caído el guijarro que acababa de arrojar. Los largos y gráciles dedos sostenían otra piedrecilla lisa,
parecieron vacilar un instante y luego la lanzaron también hacia el agua, a la buena de Dios. Era un cálido
y soleado día de fines de verano, y los cabellos de ella, de un dorado pajizo, caían en una pronunciada y
suave onda sobre los hombros, sujetos por una peineta de marfil que los mantenía apartados de su rostro.
La línea que dibujaba la peineta en los tersos cabellos dorados era tan perfecta y graciosa como las
facciones de la joven. Sus ojos eran enormes y almendrados, del mismo azul intenso que teñía el lecho de
flores que se extendía a sus espaldas. Eran ojos que prometían risas, y al mismo tiempo insinuaban que
podían ofrecer ternura; eran ojos capaces de acariciar e importunar, para luego volverse meditabundos,
como si se sumieran en un sueño remoto tan alejado del presente como el Charlottenburger Schloss, en la
otra orilla del lago, se hallaba distante de la bulliciosa ciudad. El viejo castillo parecía contemplarla desde
su intemporalidad, como si la joven perteneciera más bien a su época y no a la actual.
Sentada sobre el césped en la orilla del lago. Kassandra parecía
La figura femenina extraída de un cuadro o de un sueño. Sus delicadas manos palpaban suavemente la
hierba en busca de otro guijarro para arrojarlo al lago. Allí cerca, los patos se metían en el agua mientras
dos niños batían palmas con alborozo. Kassandra les observaba y pareció escrutar sus caritas durante un
largo rato, mientras los pequeños reían y se alejaban corriendo.
— ¿En qué estabas pensando?
La voz que sonó a su lado la sacó de su ensueño, y ella se volvió esbozando una lenta sonrisa.
—En nada.
La sonrisa se ensanchó al tiempo que la joven le tendía la mano, y el anillo con sello cuajado de
diamantes y de complicado diseño que lucía en ella refulgió bajo los rayos del sol. Pero el joven no lo
advirtió. Las joyas que Kassandra llevaba no significaban nada para él. Era Kassandra quien le intrigaba,
quien parecía guardar celosamente el misterio de la vida y de la belleza. Aquella mujer era como un
interrogante cuya respuesta él nunca conocería, una ofrenda que jamás llegaría a poseer completamente.
Se habían conocido el invierno anterior, en una fiesta con la que se celebraba la aparición del segundo
libro de él, Der. Kuss. Con su estilo franco y directo, causó conmoción en toda Alemania durante un
tiempo, pero a pesar de todo el libro fue más aclamado que el primero. La narración denotaba una honda
sensibilidad y poseía una profunda carga erótica, y su lugar en el pináculo del movimiento literario
contemporáneo de Akmania parecía asegurado. Era un autor polémico, moderno, a veces ofensivo, pero
sobre todo poseía también un gran talento. A los treinta y tres años, Dolff Sterne había alcanzado la cima.
Y entonces había visto materializarse su sueño.
La belleza de Kassandra le dejó sin aliento la noche que se conocieron. Había oído hablar de ella, pues en
Berlín todo el mundo sabía quién era. Parecía intocable, inalcanzable, y tenía un aspecto increíblemente
frágil. Dolff experimentó algo semejante a .una punzada dolorosa cuando la vio por primera vez, ataviada
con un ceñido vestido de seda recamado en oro, con la reluciente cabellera apenas cubierta por un
sombrerito dorado y un abrigo de marta cebellina doblado en el brazo. Pero no fueron los adornos
dorados ni las pieles de marta lo que le dejaron pasmado. Sino su presencia, su aire distante y su silencio
en el clamor de la sala, y finalmente sus ojos. Cuando ella se volvió y le sonrió, por un instante Dolff tuvo
la impresión de que estaba a punto de sufrir un colapso.
—Felicitaciones.
— ¿Por qué?
La miró fijamente unos segundos, como si hubiese perdido el habla y con la sensación de que sus treinta y
tres años se habían reducido a diez, hasta que advirtió que también ella estaba nerviosa. No era en
absoluto como él la había imaginado. Era elegante, pero no altanera. Sospechó que estaba intimidada por
las miradas descaradas de los presentes. Kassandra se había marchado temprano, desapareciendo como la
Cenicienta mientras él saludaba a los invitados. Sintió deseos de correr tras ella, de buscarla, de verla de
nuevo, aunque sólo fuese por un instante, de volver a admirar sus ojos de color de espliego.
Dos semanas más tarde volvieron a encontrarse. En el parque, allí en Charlottenburg. La descubrió
contemplando el castillo, y luego sonriendo ante el gracioso ambular de los patos.
— ¿Viene aquí muy a menudo?
Habían permanecido uno junto al otro durante un mudo momento; él, alto, moreno y bien parecido, en
marcado contraste con la delicada belleza de la mujer. Los cabellos de Dolff tenían el color de la marta
cebellina, y la miraba con sus ojos brillantes como el ónix. Ella asintió con la cabeza y luego levantó los
ojos hacia él, con aquella misteriosa sonrisa infantil.
—Solía venir aquí cuando era niña.
— ¿Es usted de Berlín?
Le pareció que era una pregunta estúpida, pero el caso es que no sabía qué decir. Ella se echó a reír, pero
sin malicia.
—Sí. ¿Y usted?
—De Munich.
Ella asintió de nuevo, y ambos guardaron silencio durante un largo rato. Dolff se preguntó cuántos años
tendría. ¿Veintidós? ¿Veinticuatro? Era difícil de adivinar. Y entonces, de pronto, oyó el estallido de una
risa cristalina y vio que ella observaba a tres niños que correteaban con su perro, esquivando a su niñera,
para introducirse en el agua hasta las rodillas, mientras el reacio buldog se negaba a seguirles y se sentaba
en la orilla.
—Yo hice lo mismo una vez. Mi niñera no me dejó volver aquí en todo un mes.
El le sonrió. Se imaginó la escena. Parecía lo suficientemente niña como para chapotear aún en el agua;
sin embargo, las pieles de marta y los diamantes que llevaba hacían pensar que era muy improbable que
alguna vez hubiera podido gozar de libertad para perseguir a un perro hasta las aguas del lago. Casi le
pareció verla, mientras su niñera, con uniforme y toca almidonados, la reprendía desde la orilla. ¿Y
cuando habría sucedido eso? ¿En 1920? ¿En 1915? Ello parecía a años luz de distancia de sus propias
andanzas en esa época. En aquellos años él tenía que luchar para poder cumplir con los deberes escolares
y el trabajo al mismo tiempo, pues ayudaba a sus padres en la panadería todas las mañanas antes de ir a la
escuela y durante largas horas por la tarde. ¡Cuán distante parecía todo aquello del mundo de aquella
hermosa mujer!
A partir de aquel día, Dolff recorría el parque como un sabueso, diciéndose a sí mismo que necesitaba
tomar aire y hacer ejercicio después de pasarse el día escribiendo, pero secretamente sabía que ello no era
cierto. El buscaba aquel rostro, aquellos ojos, la dorada cabellera... y al fin la descubrió de nuevo, junto al
lago. Ella pareció feliz al verle cuando volvieron a encontrarse. Y luego se estableció una especie de
callado entendimiento. Dolff daría un paseo cuando terminara de escribir y, si calculaba bien el tiempo,
ella estaría allí.
Se convirtieron en guardianes espirituales del castillo, en padres sustitutos de los niños que jugaban junto
al lago. El lugar les inspiraba una especie de alegría posesiva, mientras se contaban el uno al otro
anécdotas de su infancia, y cada uno escuchaba con atención cuando el otro hablaba de sus sueños. Ella
había querido dedicarse al teatro, con gran horror de su padre, pero aquel anhelo siempre siguió siendo su
sueño más íntimo. Comprendía perfectamente que ello jamás ocurriría, aunque de cuando en cuando
soñaba que en sus años de madurez escribiría una obra teatral. Siempre se mostraba fascinada cuando él
le hablaba de su carrera literaria, de cómo había comenzado a escribir, de lo que había sentido cuando su
primer libro tuvo buen éxito. La fama aún no le parecía del todo real, y quizá nunca se lo parecería.
Habían transcurrido cinco años desde la aparición de su primera novela, siete desde que abandonó
Munich para trasladarse a Berlín, tres desde que se había comprado el Bugatti, dos desde que la bella y
antigua casa de Charlottenburg llegó a ser de su propiedad... y sin embargo nada de ello le parecía del
todo real. El hecho de no creer en todo ello le mantenía joven y conservaba en sus ojos aquella expresión
de gozo y de asombro. Dolff Sterne aún no estaba hastiado, ni de la vida ni de la literatura, y mucho
menos de ella.
Kassandra le escuchaba encantada. Oyéndole hablar de sus libros, tenía la impresión de que las historias
adquirían veracidad, que los personajes se tornaban de carne y hueso, y junto a él le parecía volver a la
vida de nuevo. Y a medida que iban pasando las semanas, Dolff se daba cuenta de que se iba disipando el
temor que anidaba en el fondo de sus ojos. Advertía ahora algo distinto en ella cuando se reunían junto al
lago. Algo extraño, juvenil y delicioso.
— ¿Tienes idea de lo mucho que me gustas, Kassandra?
Dolff se lo preguntó con aire festivo un día mientras paseaban lentamente en torno al lago, disfrutando de
la fragante brisa de la primavera.
—Vas a escribir un libro sobre mí, entonces?
—6Debería hacerlo?
Pero ella bajó los ojos de color de espliego por un instante, y luego, volviendo a levantar la vista hacia él,
deneg3 con la cabeza.
—No lo creo. No habría nada que contar. Ni victorias, ni éxitos, ni realizaciones. Nada en absoluto.
El la miró fijamente a los ojos un largo rato, pero las palabras que transmitían sus miradas aún no podían
ser pronunciadas.
—LEs eso lo que crees?
—Es la verdad. Un día nací a la vida y un día la abandonaré. Y en ese lapso habré llevado una infinidad
de vestidos preciosos, asistido a un millar de cenas de gala, escuchado incontables óperas interpretadas
por excelentes cantantes... y eso, amigo mío, será todo.
A los veintinueve años, Kassandra hablaba como si hubiese perdido la esperanza... la esperanza de que la
vida pudiese ser distinta de como era.
—6Y tu obra teatral?
Ella se encogió de hombros. Ambos conocían la respuesta. Estaba prisionera en una jaula de diamantes. Y
luego, después de sonreírle, se rió de nuevo.
—Mi única esperanza de obtener fama y gloria reside en que tú hagas algo por mí: hacerme aparecer en
una novela y convertirme en un exótico personaje en tu imaginación.
Eso él ya lo había hecho, aunque no se atrevió a decírselo. Todavía no. En vez de ello, le siguió el juego.
—De acuerdo. En ese caso, hagámoslo a tu gusto. ¿Qué te gustaría ser? ¿Qué sería para ti
convenientemente exótico? ¿Una espía? ¿Una cirujana? ¿La amante de un hombre muy famoso?
Kassandra le hizo una mueca y se echó a reír.
—Qué horrible! Realmente, Dolff, ¡qué insípido! No, veamos... —Se habían detenido para sentarse en el
césped, mientras ella se quitaba el sombrero de paja de ala ancha y se soltaba la dorada cabellera—. Una
actriz, creo... Podrías convertirme en una estrella del teatro londinense.., y luego... —Inclirn3 la cabeza
hacia un lado, enroscando un mechón de sus cabellos en torno a los largos y gráciles dedos, en tanto el sol
arrancaba destellos de sus anillos—. Luego... podría triunfar en Estados Unidos.
—En Estados Unidos, ¿eh? ¿Dónde?
—En Nueva York.
—Estuviste allí alguna vez?
Ella asintió con la cabeza.
—Con mi padre cuando cumplí los dieciocho años. Fue fabuloso. Fuimos...
Y entonces enmudeció. Iba a decirle que habían sido huéspedes de los Astor en Nueva York y luego del
presidente en Washington, pero por alguna razón no le pareció correcto. No quería impresionarle.
Deseaba ser su amiga. Le gustaba demasiado como para entregarse a aquella clase de juegos con él,
puesto que, por muy famoso que fuera, la verdad era que jamás llegaría a formar parte de ese mundo. Eso
ambos lo sabían. Era algo que nunca discutían.
—,Qué ibas a decir?
Dolff la estaba admirando, con su rostro enjuto, de hermosos rasgos, muy cerca del de Kassandra.
—Que nos quedamos prendados de Nueva York. Por lo menos yo.
Lanzó un suspiro y se quedó mirando pensativamente el lago.
—LEs parecida a Berlín?
Ella meneó la cabeza, mirándole de soslayo, como si quisiera hacer desaparecer de su vista el
Charlottenburg Schloss.
—No; es maravillosa. Es una ciudad nueva y moderna, populosa y excitante.
—Y claro, ¡Berlín es tan tedioso!
A veces, Dolff no podía evitar reírse de ella. Para él, Berlín aún seguía siendo todas aquellas cosas que
Kassandra había atribuido a Nueva York.
—Te estás burlando de mí.
Se adivinaba el reproche en el tono de su voz, pero no en sus ojos. A Kassandra le encantaba estar con él.
Adoraba el ritual de sus paseos en las horas de la tarde. Cada vez más, deseaba escapar de los grilletes y
restricciones de sus obligaciones cotidianas para acudir a su encuentro en el parque.
Había ternura en sus ojos cuando él le respondió.
—Me burlo de ti, Kassandra. ¿Te molesta?
Ella denegó con la cabeza lentamente.
—No, en absoluto. —Y después de una pausa, agregó—: Tengo la impresión de que te conozco mejor
que a nadie en el mundo.
Era inquietante, pero él tenía la misma impresión. Sin embargo, Kassandra seguía siendo su sueño, su
ilusión, y ella le esquivaba constantemente, salvo allí, en el parque.
—,Comprendes lo que quiero decir?
Él asintió con la cabeza, sin saber qué contestar. No quería asustarla. No quería que dejara de encontrarse
con él en el parque.
—Sí, lo comprendo.
Lo comprendía mucho más de lo que ella podía suponer. Y entonces, en un arrebato de locura pasajera,
tomó entre las suyas su mano, larga y frágil, y sin embargo grávida a causa de los enormes anillos que
llevaba.
—,Te gustaría venir a tomar el té a mi casa?
—,Ahora?
Su corazón aleteó extrañamente ante aquella pregunta. Quería aceptar la invitación, pero no estaba segura
de... no creía que...
—Sí, ahora. ¿Tienes alguna otra cosa que hacer? Ella movió la cabeza lentamente.
—No, nada.
Pudo haberle dicho que tenía un compromiso, una cita, que la esperaban a tomar el té en otra parte. Pero
no lo hizo. Le miró con aquellos enormes ojos color 41e espliego.
—Me encantaría.
Comenzaron a caminar uno al lado del otro, riendo y charlando, secretamente nerviosos, y por primera
vez abandonaron la protección del Edén. El le contaba anécdotas divertidas, y Kassandra reía mientras
apresuraba el paso junto a él, haciendo oscilar el sombrero en la mano. De pronto pareció que se
apoderaba de ellos un extraño impulso, como si todos aquellos paseos por el parque, a lo largo de tantos
meses, hubiesen tenido como finalidad llevarles a aquel instante.
La pesada puerta labrada se abrió lentamente y ambos entraron en un espacioso vestíbulo revestido de
mármol. Había un cuadro grande y muy hermoso colgado sobre un escritorio Biedermeier. El ruido de sus
pasos resonó en la estancia vacía.
—De modo que aquí es donde vive el famoso escritor...
Dolff le sonrió nerviosamente mientras dejaba el sombrero sobre el escritorio.
—La casa es mucho más famosa que yo. Perteneció a un barón del siglo XVII y desde entonces estuvo en
manos bastante más ilustres que las mías.
Dolff miró a su alrededor con orgullo y luego la contempló sonriendo, mientras ella miraba el artesonado
rococó del cielo raso y luego bajaba la vista hacia él.
—Es maravillosa, Dolff.
Parecía muy impresionada, y él le tendió una mano.
—Ven, te mostraré el resto.
Tuyo. No tengo ningún derecho a hacer eso. No tengo derecho a atraerte hacia donde no podrías ser feliz.
—,Cómo? ¿Aquí? —Se volvió para mirarle con expresión de incredulidad—. ¿Crees que sería infeliz
aquí contigo? ¿Siquiera por una hora?
—Pues de eso se trata. ¿Por cuánto tiempo, Kassandra? ¿Por una hora? ¿Por dos? ¿Una tarde?
Parecía angustiado al mirarla a los ojos.
—Yo me conformo. Aunque sólo se tratara de un instante como éste, en mi vida sería suficiente. —Y
entonces, sus dulces labios temblaron, y Kassandra agachó la cabeza—. Te amo, Dolff... Te amo... Te...
El acalló sus labios con los suyos, y lentamente descendieron la escalera. Pero no siguieron adelante.
Cogiéndole la mano suavemente, Dolff la condujo hasta su cama y le quitó la delicada seda gris de su
vestido y el tenue raso beige de sus bragas, hasta descubrir los exquisitos rizos como de encaje y el
terciopelo de su carne. Pasaron horas allí tendidos, juntos, y sus labios, sus manos, sus cuerpos y sus
corazones se fundieron en uno.
HABÍAN TRANSCURRIDO CUATRO meses desde aquel día, y el amor les había transformado a
ambos. Los ojos de Kassandra centelleaban y danzaban; ella bromeaba y jugaba con él, y se quedaba
sentada con las piernas cruzadas en la amplia y hermosa cama labrada, contándole divertidas anécdotas
relacionadas con lo que había hecho durante el día anterior. En cuanto a DoLff, su obra había adquirido
una nueva textura, una nueva profundidad, e irradiaba una nueva energía que parecía proceder desde el
centro más íntimo de su ser. Juntos compartían todo aquello que estaban seguros de que ninguno de los
dos había compartido antes con nadie. Ambos constituían un entretejido de lo mejor de dos mundos: la
lucha infatigable contra todas las dificultades para poder descollar, por parte de él, y el débil
estremecimiento destinado a romper los lazos de oro para liberarse, por parte de ella.
Aún paseaban por el parque algunas veces, pero no tan a menudo, y cuando ahora estaban juntos fuera de
la casa, él solía descubrir que Kassandra estaba triste. Había demasiada gente, demasiados niños y niñeras,
y muchas otras parejas en el parque. Ella deseaba estar a solas con Dolff en la intimidad de su propio
mundo. No quería que nada le recordara la existencia de un mundo fuera de aquellas paredes que no
compartían juntos.
—¿Quieres que regresemos?
Dolff la había estado observando en silencio. Ella estaba graciosamente tendida sobre la hierba; el vestido
de gasa de algodón color malva claro resaltaba el contorno de sus piernas, y el sol acentuaba el tono
dorado de sus cabellos. Un sombrero de seda malva reposaba sobre el césped, y sus mechas eran del
mismo color marfileño de sus escarpines de cabritilla. Llevaba un pesado collar de perlas en torno al
cuello, y a su espalda, sobre la hierba, se encontraban los guantes de cabritilla y el bolso de seda malva
con cierre de marfil, que hacían juego con su vestido.
—Sí, quiero volver a casa —Se puso de pie rápidamente, con una radiante sonrisa—. ¿Qué estabas
mirando hace un instante?
Dolff la había estado miando fijamente, con un intenso fulgor en sus ojos.
—A ti.
—,Por qué?
—Porque eres tan increíblemente bella. ¿Sabes que si escribiera sobre ti no sabría encontrar las palabras
justas?
—Entonces di solamente que soy fea, estúpida y gorda. Ella le hizo una mueca, y ambos se echaron a reír.
—Te complacería eso?
—Inmensamente.
Kassandra se mostraba juguetona y maliciosa de nuevo.
—Bueno, al menos si escribiera eso de ti, nadie te reconocería.
—Vas a escribir realmente acerca de mi?
El se quedó pensativo durante un largo rato mientras se dirigían a la casa que ambos amaban.
—Un día lo haré. Pero tocl2vfa no.
—6Por qué?
—Porque aún estoy demasiado impresionado por tu belleza como para poder escribir algo coherente. En
realidad —agregó, sonriéndole desde su considerable estatura—, tal vez nunca más pueda volver a ser
muy coherente.
Las tardes que estaban juntos eran sagradas, y muchas veces no sabían si pasarlas en la cama c
cómodamente sentados en su torre de marfil, conversando sobre la obra de Dolff. Kassandra era la mujer
que éste había estado esperando encontrar durante la mitad de su vida. Y con Dolff, Kassandra había
encontrado lo que siempre necesitó con desesperación, alguien que lo comprendiera los extraños anhelos
de su alma, la fragmentación de su personalidad, su rebeldía contra las aisladas restricciones del mundo.
Ambos habían llegado a un común entendimiento. Y sabían que, por el momento, no tenían otra opción.
—,Quieres un poco de té, querido?
Kassandra arrojó el sombrero y los guantes sobre el escritorio del vestíbulo de la entrada y buscó el peine
dentro del bolso. Era de ónix y marfil, precioso y caro, como todo lo que ella poseía. Volvió a guardarlo
en el bolso y miró a Dolff con una sonrisa.
—Deja de sonreírme burlonamente, tonto... ¿Té?
—Hum... ¿qué? Sí. Quiero decir, no. Deja eso, Kassandra. —Y entonces la tomó firmemente de la
mano—. Vamos arriba.
—Pretendes mostrarme un nuevo capítulo, ¿no es cierto?
Le brindó su incomparable sonrisa mientras sus ojos refulgían.
—Claro. Tengo todo un nuevo libro que quiero comentar contigo en profundidad.
UNA HORA MÁS TARDE, mientras él dormía plácidamente junto a Kassandra, ella le contempló con
lágrimas en los ojos. Se deslizó con todo cuidado fuera de la cama. Siempre detestaba tener que
abandonarle. Pero ya casi eran las seis de la tarde. Después de cerrar suavemente la puerta del espacioso
cuarto de baño de mármol blanco, volvió a salir al cabo de diez minutos, completamente vestida, con una
grave, anhelante y triste expresión en el rostro. Se detuvo un instante junto a la cama, y como si hubiera
presentido su presencia, Dolff abrió los ojos.
—Te vas?
Ella asintió con la cabeza, y por un momento compartieron la misma expresión dolorida.
—Te amo.
El comprendió.
—Yo también. —Se sentó en la cama y extendió los brazos hacia ella—. Te veré mañana, amor mío.
Kassandra le sonrió, le besó de nuevo y luego le envió otro beso desde el umbral de la puerta antes de
dirigirse, presurosa, hacia las escaleras.
CAPITULO 2
TRASLADARSE EN COCHE DE Charlottenburg a Grunewald, situado a corta distancia del centro de la
ciudad, le llevó a Kassandra menos de media hora. Habría podido hacerlo exactamente en quince minutos
si hubiera pisado a fondo el acelerador de su cupé Ford de color azul marino; hacía tiempo que había
encontrado el camino más corto hasta su casa. El corazón le latía con cierta fuerza cuando consultó su
reloj.
Hoy llegaba más tarde que de costumbre, pero todavía tendría tiempo de cambiarse. Le molestaba estar
nerviosa. Resultaba absurdo sentirse todavía como la jovencita de quince años que llega a casa más tarde
de la hora señalada.
Las angostas y serpenteantes calles de Grunewald pronto aparecieron ante su vista, mientras el
Grunewaldsee se extendía como un espejo a su derecha. Ni el más leve rizo alteraba la superficie del agua,
y todo cuanto ella podía oír era el trinar de los pájaros. Las grandes mansiones que bordeaban la carretera
estaban sólidamente asentadas detrás de los muros de ladrillo y las verjas de hierro, ocultas por árboles y
arbustos y envueltas en su preservador silencio, al igual que el que reinaba en sus dormitorios mientras las
sirvientas ayudaban a sus señoras a vestirse. Pero aún tenía tiempo, no era demasiado tarde.
Detuvo el auto bruscamente ante la entrada del sendero de grava y se apeó prestamente, para introducir la
llave en la pesada cerradura de bronce de la verja. Abrió los dos portillos de hierro y condujo el coche con
premura. Más tarde, mandaría a alguien a cerrar la verja. Ahora no tenía tiempo. La grava crujía
ruidosamente bajo las ruedas del coche mientras ella escrutaba la casa con ojo avezado.
Había sido construida de acuerdo con un cierto estilo francés y se extendía interminablemente a ambos
lados de la puerta principal. Constaba de tres plantas de sobrio aspecto, debido a la piedra de un discreto
color gris, y estaba coronada por otro piso más bajo que parecía agazaparse debajo del tejado a dos aguas
bellamente diseñado. En la planta superior se alojaba la servidumbre. En el piso que la seguía, advirtió
que en casi todas las habitaciones estaban las luces encendidas. Luego venían sus propias habitaciones,
así como varios cuartos de huéspedes, y dos magníficas bibliotecas, una que daba al jardín y otra al lago.
En la planta donde se encontraban sus habitaciones, sólo había luz en una, y debajo de ella, en la planta
baja, todo estaba iluminado. El comedor, el salón, la biblioteca principal, la pequeña sala de fumar
revestida de madera oscura y estantes con libros raros. Se preguntó durante un segundo por qué todas y
cada una de las luces de la planta baja tenían que estar encendidas esa noche, y luego, cuando se acordó,
se llevó en seguida la mano a la boca.
—Oh, Dios mío... no!
Con el corazón latiendo aceleradamente, abandonó el automóvil frente a la casa. El vasto y
primorosamente cuidado prado cubierto de césped estaba desierto, y hasta los abundantes macizos de
flores parecían formularle reproches mientras ella subía corriendo la breve escalinata. ¿Cómo pudo
olvidarlo? ¿Qué diría él? Sosteniendo el sombrero y los guantes con una mano, y con el bolso sostenido
despreocupadamente bajo el brazo, se dispuso a abrir la puerta principal con su llave. Pero en ese
momento la puerta se abrió y ella se encontró ante el rostro impávido de Berthold, el mayordomo, cuya
calva relucía bajo la brillante luz de las arañas gemelas del vestíbulo, con su corbata de lazo blanca y su
frac. impecables como siempre, y la mirada demasiado fría incluso para mostrar reproche. Sus ojos se
limitaron a posarse inexpresivamente en los de Kassandra. Detrás de él, una doncella con su uniforme
negro, delantal blanco con puntillas y cofia cruzó raudamente el vestíbulo.
—Buenas noches, Berthold.
—Señora...
La puerta se cerró firmemente detrás de ella, casi en el mismo instante en que Berthold se cuadraba
golpeando los talones.
Nerviosamente, Kassandra dirigió una mirada al salón principal. Gracias a Dios, todo estaba listo. Había
olvidado por completo la cena para dieciséis personas. Por suerte, había discutido todos los detalles con
su ama de llaves por la mañana. Frau Klemmer lo tenía todo bajo su control, como siempre. Saludando
con un movimiento de cabeza a los sirvientes que encontraba a su paso, Kassandra se dirigió
apresuradamente a su habitación, deseando poder subir las escaleras de dos en dos como hacía en casa de
Dolff cuando se encaminaban corriendo a la cama... A la cama... el resplandor de una sonrisa se reflejó en
sus ojos al pensarlo, pero hizo un esfuerzo para alejar a Dolff de su mente.
Se detuvo en el rellano, mirando el largo corredor alfombrado de gris. Todo lo que la rodeaba era de color
gris perla, el acolchado de seda de las paredes, las gruesas alfombras, los cortinajes de terciopelo. Había
dos hermosas cómodas estilo Luis XV con magníficas incrustaciones y superficies de mármol, y a lo
largo de las paredes, a corta distancia unos de otros, destacaban los antiguos apliques con bonitas
bombillas en forma de llama. Y en los espacios intermedios colgaban pequeños aguafuertes de Rembrandt,
que durante muchos años habían pertenecido a la familia. Sólo por debajo de una de las puertas que se
extendían a derecha e izquierda asomaba una lengua de luz. Kassandra se detuvo un instante ante ella,
pero en seguida siguió caminando por el pasillo hacia su propia habitación. Al llegar a ella, oyó que se
abría una puerta a sus espaldas y el pasillo débilmente iluminado de repente se inundó de luz.
—¿Kassandra?
La voz que sonó a sus espaldas tenía un tono adusto, pero cuando ella se volvió hacia su esposo, vio que
la expresión de sus ojos no coincidía con la entonación de su voz. Alto, delgado, bien parecido todavía a
pesar de sus cincuenta y ocho años, tenía unos ojos de un azul más glacial que los de ella, y en sus
cabellos se mezclaban el color de la arena y el blanco de la nieve. Tenía un hermoso rostro, la clase de
rostro que cabe admirar en los primitivos retratos teutónicos, y sus hombros eran anchos y recios.
—Lo siento... No pude evitarlo... Me he retrasado terriblemente...
Durante un instante, ambos permanecieron allí. de pie, mirándose fijamente a los ojos. Pero no se dijeron
cuanto pensaban.
—Comprendo. —Y así era. Su esposo comprendía mucho más de lo que ella suponía—. ¿Podrás
arreglarte a tiempo? Sería muy embarazoso que te retrasaras.
—No me retrasaré. Lo prometo.
Le dirigió una mirada dolida. Pero su tristeza no obedecía al hecho de haber olvidado la cena, sino que se
debía a la alegría que ya no compartían.
Elle sonrió desde la vasta distancia que parecía separar sus vidas.
—Date prisa. Y... Kassandra... —Calló, y ella supo lo que iba a decirle, mientras la embargaba un
sentimiento de culpa y se le formaba un nudo en la garganta—. ¿Has subido a ver a los niños?
Ella meneó la cabeza.
—No, aún no. Lo haré antes de bajar.
Walmar von Gotthard asintió y cerró suavemente la puerta. Detrás de aquella puerta se encontraba su
estancia privada, un espacioso y severo dormitorio amueblado con antigüedades alemanas e inglesas de
madera oscura; una alfombra persa, en la que predominaban las gamas de azul marino y de hez de vino,
cubría la noble madera de los pisos. Las paredes del dormitorio estaban revestidas con paneles de madera,
al igual que las del estudio contiguo, que era su sanctasanctórum. También disponía de un amplio
gabinete y de su propio cuarto de baño. El apartamento de Kassandra era todavía más grande. Y ahora, al
trasponer volando la puerta de su dormitorio, arrojó el sombrero sobre la colcha de raso rosada de su
cama. Sus habitaciones eran tan propias de ella como las de Walmar lo eran de él. Todo era suave y
cálido, de color marfil o rosado, de raso y seda, y todo quedaba oculto a los ojos del mundo. Las cortinas
eran tan pródigas que velaban la vista del jardín; la habitación era tan recóndita que, como su vida con
Walmar, la preservaba del mundo exterior. El gabinete era casi tan grande como el dormitorio, con un
armario de varios cuerpos repleto de exquisitos vestidos; toda una pared donde se alineaban los pares de
zapatos hechos a medida se enfrentaba a una interminable hilera de cajas de raso rosado que contenían
sombreros. Detrás de una pequeña pintura impresionista francesa se ocultaba la caja fuerte donde
guardaba sus joyas. Y junto al gabinete había una salita con vista al lago, con una chaise longue que había
pertenecido a su madre y un pequeño secreter francés. También había libros que ella ya no leía y un
cuaderno de dibujo que no había tocado desde el mes de marzo. Se hubiera dicho que ya no vivía allí.
Sólo retornaba a la vida en los brazos de Dolff.
Quitándose los escarpines de cabritilla de color marfil de un puntapié, se desabrochó con premura el
vestido color de espliego, abrió las puertas del armario y revisó mentalmente los vestidos colgados en su
interior. Pero mientras miraba fijamente los vestidos, tuvo que serenarse para recobrar el aliento. ¿Qué
estaba haciendo?
¿Qué había hecho? ¿A qué alocada existencia se había entregado? ¿Qué esperanza abrigaba de poder
llevar una verdadera vida con Dolff? Ella era la esposa de Walmar para siempre. Eso lo sabía, siempre lo
había sabido, desde que se casó con él a los diecinueve años. En aquel entonces, Walmar tenía cuarenta y
ocho, y el matrimonio pareció ser muy conveniente. Por ser él un íntimo asociado de su padre, director de
una filial del banco de éste, el matrimonio fue asimismo una fusión. Para gente como Kassandra y
Walmar, eso parecía ser lo más sensato. Ambos compartían un mismo estilo de vida y conocían a las
mismas personas. En un par de oportunidades, miembros de ambas familias se habían casado entre ellos.
Existían todas las condiciones para un buen matrimonio. No tenía importancia que él fuese mucho mayor;
en realidad, no era un anciano ni estaba moribundo. Walmar siempre había sido un hombre atractivo, y al
cabo de diez años de casados todavía lo era. Más aún: él la comprendía. Se hacía cargo de lo alejada que
había estado del mundo, sabía con cuanto cuidado se la había mantenido enclaustrada durante sus tiernos
años. El se había hecho el propósito de protegerla de los crueles embates de la vida.
Así fue como Kassandra dejó que le confeccionaran la vida, de acuerdo con patrones bien establecidos
por la tradición y cortados por manos más hábiles que las suyas. Todo cuanto tenía que hacer era aquello
que se esperaba de ella, y Walmar se ocuparía de amarla y protegerla, cuidarla y guiarla, y seguiría
conservando el capullo que le habían tejido cuando nació. Kassandra von Gotthard nada tenía que temer
de Walmar; de hecho, no tenía que temer a nada ni a nadie, salvo quizá a ella misma. Y ahora lo
comprendía, como no lo había comprendido nunca.
Tras haber abierto un diminuto agujero en el capullo que la protegía, ahora había volado, si no en cuerpo,
por lo menos en alma. Sin embargo, aún tenía que regresar a su hogar por la noche, para interpretar su
papel, para ser lo que se esperaba que fuese, para seguir siendo la esposa de Walmar von Gotthard.
—Frau von Gotthard?
Kassandra giró nerviosamente sobre sus talones al oír una voz a sus espaldas.
—Oh, Anna... gracias. No necesito que me ayudes.
—Fraulein Hedwig me pidió que le dijera...
¡Oh, Dios, lo que la esperaba! Kassandra volvió la cabeza, sintiendo de nuevo el aguijón del sentimiento
de culpa.
Que a los niños les gustaría verla antes de acostarse.
—Subiré en cuanto me haya vestido. Gracias.
El tono de su voz le dijo claramente a la doncella con uniforme que podía retirarse. Kassandra sabía
utilizar todos los tonos a la perfección; las entonaciones adecuadas y las palabras justas formaban parte de
su ser. Jamás se mostraba descortés, nunca airada, raras veces brusca, pues Kassandra era una dama.
Aquél era su mundo. Pero cuando la puerta se hubo cerrado detrás de la doncella, se dejó caer en un sillón
del gabinete con lágrimas en los ojos. Se sentía desamparada, agotada, desgarrada. Aquél era el mundo al
que se debía; aquélla era la existencia para la que había sido educada. Y de todo ello era precisamente de
lo que huía cuando iba a encontrarse con Dolff.
Walmar constituía su familia ahora. Walmar y los niños. No tenía nadie más a quien recurrir. Su padre
estaba muerto. Y su madre, que había fallecido dos años antes que su padre, ¿se había sentido también tan
sola? No había nadie a quien pudiera preguntárselo, y ninguna de las personas que conocía le habría dicho
la verdad.
Desde el primer momento, ella y Walmar habían conservado una respetuosa distancia. Walmar había
sugerido dormir en habitaciones separadas. Alguna que otra velada se reunían en su boudoir, con
champaña enfriado en un cubo de plata, y finalmente se acostaban juntos, aunque ello ocurría muy raras
veces desde el nacimiento de su último hijo, cuando Kassandra tenía veinticuatro años. La criatura había
nacido mediante una operación cesárea, y ella casi había perdido la vida. Walmar se inquietó por las
consecuencias que podía traer otro embarazo, tanto como ella misma. A partir de entonces, cada vez
fueron más espaciadas las ocasiones en que el champaña era puesto a enfriar. Y desde el mes de marzo no
volvieron a reunirse en el boudoir. Walmar no hizo preguntas. Para hacerse entender, a ella le bastaba con
mencionar las frecuentes visitas al médico, o bien formular un comentario sobre un dolor, una punzada o
una jaqueca, y así todas las noches se retiraba temprano a su dormitorio. Todo estaba bien, Walmar lo
comprendía. Pero en realidad, cuando Kassandra regresaba a aquella casa, a la casa de él, a su propio
dormitorio, comprendía que no estaba bien en absoluto. ¿Qué debería hacer ella ahora? ¿Era esto lo que la
vida le había prometido? ¿Tenía que seguir así, indefinidamente? Era muy probable. Hasta que Dolff se
cansara del juego. Porque se cansaría, con toda seguridad. Kassandra ya lo sabía, aun cuando Dolff no lo
imaginara siquiera. ¿Y luego qué? ¿Otro? ¿Y otro? ¿O ninguno más? Mientras se contemplaba desolada
en el espejo, ya no estaba segura de nada. La mujer que se había mostrado tan aplomada
Aquella tarde en la casa de Charlottenburg, ahora ya no parecía tan equilibrada. Sólo sabía que era una
mujer que había traicionado a su esposo y su estilo de vida.
Exhalando un profundo suspiro, se puso de pie y volvió junto al armario. Fueran cuales fuesen sus
sentimientos, tenía que vestirse. Lo menos que podía hacer por su esposo era parecer decente a la hora de
la cena. Los invitados eran todos banqueros, con sus esposas. Ella siempre era la más joven en la reunión,
pero sabía comportarse.
Por un instante, Kassandra sintió deseos de cerrar violentamente la puerta del armario y subir corriendo al
piso superior, para reunirse con sus hijos, los milagros que parecían ocultarle en el tercer piso. Los niños
que jugaban junto al lago en Charlottenburg siempre le recordaban a los suyos, y siempre le resultaba
doloroso comprobar que conocía tan poco a sus propios hijos como aquellos pequeños extraños que reían
cerca del lago. Fraulein Hedwig era su madre ahora. Siempre lo había sido y siempre lo sería. Kassandra
se sentía como una extraña ante su hijito y su hijita, que tanto se parecían a Walmar y tan poco a ella...
—No seas absurda, Kassandra. Tú no puedes cuidarla.
—Pero deseo hacerlo. —Había mirado a Walmar con tristeza el día siguiente de haber nacido Ariana—.
Es mía.
—No es tuya, es nuestra. —Walmar le había sonreído dulcemente mientras a ella se le llenaban los ojos
de lágrimas—. ¿Qué quieres hacer, pasarte las noches en vela cambiando pañales? Quedarías agotada en
dos días. Es algo inaudito, una tontería.
Durante unos instantes pareció fastidiado. Pero no era una tontería. Era lo que ella deseaba, y también
comprendía que jamás podría hacerlo.
La niñera había llegado el día que abandonaron el hospital y se llevó a la pequeña Ariana al tercer piso.
Aquella noche, cuando Kassandra subió a verla, la fraulein la reprendió por molestar a la niña. Walmar
había insistido en que le llevaran la recién nacida a Kassandra; no había ningún motivo por el cual ella
tuviese que subir al piso superior. Pero la niña sólo se la llevaban una vez al día, por las mañanas, y
cuando luego Kassandra aparecía en el cuarto de los niños siempre le decían que era demasiado temprano
o demasiado tarde, que la niña estaba durmiendo o estaba molesta, o fastidiosa. Y Kassandra debía
consumirse encerrada en su habitación.
—Espera a que la niña crezca —le decía Walmar—; entonces podrás jugar con ella todo el tiempo que
quieras.
Pero cuando llegó ese momento, ya era demasiado tarde. KasSandra y la niña eran dos extrañas. La niñera
había ganado. Y cuando tres años más tarde nació el segundo hijo, Kassandra quedó con la salud
demasiado quebrantada como para poder librar una batalla. Cuatro semanas en el hospital, y otras cuatro
semanas en cama en casa. Luego, cuatro meses más sumida en un profundo estado de depresión. Y
cuando superó la crisis, comprendió que era una batalla perdida. Su colaboración no era necesaria, como
tampoco lo era su ayuda, su amor o su tiempo. Ella era una hermosa dama que iría a visitarles, ataviada
con magníficos vestidos y envuelta en la fragancia de un exquisito perfume francés. Les llevaría a
hurtadillas caramelos y pastelillos, gastaría una fortuna en juguetes exóticos, pero lo que los niños más
necesitaban de ella Kassandra no podría brindárselo, y lo que a su vez más deseaba recibir de ellos a
cambio, los pequeños ya hacía tiempo que lo habían volcado en su niñera.
Habiendo contenido las lágrimas, Kassandra logró sobreponerse, extrajo un vestido del armario y cruzó la
estancia para elegir unos zapatos de gamuza negros. Tenía nueve pares de ellos, pero escogió los que
había adquirido últimamente, unos zapatos con una abertura en forma de pera sobre los dedos, que
permitía lucir las brillantes uñas esmaltadas. Las medias de seda se desplegaron con un susurro cuando las
sacó de la caja de raso, y cambió por ellas las de color marfil que llevaba. Se alegró, súbitamente, de
haberse bañado en cada de Dolff. Ahora, mientras se ponía con todo cuidado el vestido negro, le parecía
increíble que existiera el mundo de Dolff. La casa en Charlottenburg se le aparecía lejana como en un
sueño. Esta era su realidad. El mundo de Walmar von Gotthard. Ella era innegable e irreversiblemente su
esposa.
Subió el cierre de cremallera del vestido, una larga y ajustada túnica de crespón negro con mangas largas
y cuello alto, que casi rozaba los zapatos de gamuza. Era elegante y sobrio, y sólo cuando Kassandra se
volvía era posible admirar plenamente su belleza y la de ella. Un enorme escote ovalado, en forma de
lágrima gigante, dejaba al descubierto su espalda desde la nuca hasta la cintura; su piel marfileña
resplandecía en la abertura, como la luz de la luna reflejada en un oscuro océano una noche de verano.
Después de ponerse un peinador de seda sobre los hombros para proteger el vestido, se recogió los largos
cabellos en un pulcro moño sobre la cabeza, que sujetó con largos alfileres de coral negro. Satisfecha con
el efecto logrado, se quitó el rimel de los ojos y se maquilló de nuevo; se miró por última vez en el espejo
y se puso unos enormes pendientes de diamantes en forma de pera.
Llevaba el anillo con una esmeralda que solía ponerse para salir de noche y el sello de diamantes que
siempre lucía en la mano derecha. Aquel anillo había adornado las manos de las mujeres de su familia a
lo largo de cuatro generaciones. Tenía dibujadas las iniciales de su bisabuela con diamantes que lanzaban
fulgurantes destellos cuando les daba la luz.
Con una última mirada por encima de su hombro comprobó que estaba tan radiante, adorable y serena
como siempre. Nadie habría adivinado que debajo de aquella apariencia se desarrollaba una tormenta.
Nadie habría imaginado que había pasado la tarde en brazos de Dolff.
En el largo y silencioso pasillo gris, se detuvo sólo un instante al pie de la escalera que conducía al tercer
piso. En un rincón, un reloj dio lúgubremente la hora. Aún tenía tiempo. Eran las siete, y se esperaba a los
invitados a las siete y media. Disponía de media hora para estar con Ariana y Gerhard antes de que se
acostaran. Treinta minutos en función de madre. Mientras subía las escaleras, se preguntó cuántos
minutos en total les había dedicado en su vida. ¿Cuántos treinta minutos multiplicados por cuántos días?
¿Pero acaso ella había visto a su madre más a menudo? Se dijo, mientras llegaba al último escalón, que no.
Y que aquello que perduraba de una manera más vívida y tangible en su memoria era la sortija con sello,
que siempre había visto en mano de su madre.
Se detuvo un instante ante la puerta del amplio cuarto de juegos de los niños y golpeó con los nudillos.
No hubo respuesta, pero podía oír chillidos y risas. Debían de haber cenado horas antes, y en aquel
momento ya se habrían bañado. Fraülein Hedwig les habría hecho guardar los juguetes, y la doncella que
cuidaba sus habitaciones debía de haberles ayudado en aquella tarea monumental. Pero por lo menos
ahora estaban en casa; habían pasado la mayor parte del verano en el campo, y Kassandra no les había
visto en absoluto. Este año, por primera vez, Kassandra no había querido abandonar Berlín, a causa de
Dolff. Una oportuna misión benéfica le había proporcionado la excusa tan desesperadamente buscada.
Golpeó de nuevo, y esta vez la oyeron. Fraülein Hedwig la hizo pasar. En cuanto entró, se produjo un
súbito silencio, pues los niños se sobresaltaron e interrumpieron sus juegos con expresión atemorizada.
Aquello era lo que Kassandra más detestaba: la expresión con que la miraban, como si no la hubiesen
visto nunca.
—Hola a todo el mundo!
Kassandra sonrió al tiempo que extendía los brazos. Por un instante, nadie se movió, y luego, ante un
movimiento de cabeza de
Fráulein Hedwig, Gerhard fue el primero en adelantarse. Sólo necesitaba aquel breve impulso, y en
seguida corría desenfrenadamente hasta los brazos de su madre. Pero la voz de fraaulein Hedwig se
apresuraba a detenerle.
—Gerhard, no la toques! Tu madre está vestida para la cena.
—No importa.
Sus brazos abiertos jamás denotaban vacilación, pero el niño retrocedía hasta quedar fuera de su alcance.
—Hola, mamá.
Tenía unos ojos grandes y azules como los de ella, pero la cara era de Walmar. Poseía unas facciones
adorables, una sonrisa feliz, cabellos rubios y el cuerpo regordete de un bebé, a pesar de sus casi cinco
años.
—Hoy me he lastimado el brazo.
Se lo mostró, sin haber llegado a ella. Kassandra le atrajo tiernamente.
—Déjame ver. —Y luego—: ¡Oh, tiene un aspecto terrible! ¿Te dolió mucho?
Se trataba de un pequeño rasguño y un diminuto moretón, mas para él tenía una enorme importancia
mientras miraba alternativamente el brazo herido y a la mujer del vestido negro.
—Sí. —Asintió con la cabeza—. Pero no lloré.
—Fuiste muy valiente.
—Lo sé.
Parecía muy complacido consigo mismo; luego se liberó del abrazo de su madre y se fue a buscar un
juguete que se había olvidado en la otra habitación. Kassandra quedó sola con Ariana, que aún le sonreía
tímidamente desde su sitio al lado de fraulein Hedwig.
—No me das un beso hoy, Ariana? —La niña asintió con la cabeza y luego se le acercó con vacilación,
como un diablillo cuyas delicadas facciones prometían eclipsar la belleza de su madre—. ¿Cómo estás?
—Bien, gracias, mamá.
—No te hiciste ningún moretón, ningún rasguño, nada que pueda curar con un beso?
La niña denegó con la cabeza e intercambiaron una sonrisa. Gerhard a veces las hacía reír. ¡Era tan niño!
Pero Ariana siempre había sido distinta. Meditabunda, callada, mucho más tímida que su hermano.
Kassandra solía preguntarse si todo hubiera sido diferente en el caso de no haber tenido una niñera.
—Qué hiciste hoy?
—Leí e hice un dibujo.
—6Puedo verlo?
—Aún no está terminado.
Nunca lo estaba.
—Eso no importa. De todos modos me gustaría verlo.
Pero Ariana se ruborizó violentamente y meneó la cabeza. Kassandra se Sintió más que nunca como una
intrusa y deseó, como siempre le ocurría, que Hedwig y la doncella no estuvieran presentes, que por lo
menos se hubiesen retirado a otra habitación, para poder estar a solas con su hija. Sólo en raras ocasiones
tenía oportunidad de quedarse a solas con los niños. Hedwig siempre permanecía cerca para evitar que se
le escaparan de las manos.
—Mira lo que tengo!
Gerhard había regresado, brincando en su pijama, con un enorme perro de trapo en los brazos.
—Quién te lo dio?
—La baronesa Von Vorlach. Me lo trajo esta tarde.
—Dé veras?
Kassandra palideció.
—Dijo que tenías que ir a tomar el té con ella, pero que lo olvidaste.
Kassandra cerró los ojos y movió la cabeza.
—Qué horror! Es cierto. Tendré que telefonearla. Pero es un perro muy bonito. ¿Ya le has puesto nombre?
—Bruno. Y a Ariana le trajo un gato blanco muy grande.
—,De veras, Ariana?
La niña nada le había dicho. ¿Cuándo compartirían las cosas? Cuando fuese mayor, quizá serían amigas.
Pero ahora era demasiado tarde, y sin embargo demasiado pronto.
En el piso de abajo el reloj volvió a dar la hora y Kassandra miró a sus hijos, sintiendo que la embargaba
la angustia. Y Gerhard, tan pequeñito y regordete, la miró con aire abatido.
—¿Tienes que irte?
Kassandra asintió con la cabeza.
—Lo siento. Papá tiene una cena.
—,Y tú no?
Gerhard la miró con curiosidad y sonrió.
—Sí, yo también. Pero es una cena para gente de su banco y de otros bancos.
—Me parece que será muy aburrida.
—Gerhard!
Hedwig se apresuró a reprenderle, pero Kassandra se echó a reír. Bajó la voz y adoptó un tono conspira
torio para hablar a
aquella deliciosa criatura. -
—Lo será..., pero no se lo digas a nadie... Ese es nuestro secreto.
—De todas maneras, estás muy bonita.
La miró de arriba abajo con aprobación, y ella le besó la regordeta manita.
—Gracias. —Le estrechó entre sus brazos y le besó los rubios cabellos—. Buenas noches, amor mío.
¿Vas a dormir con tu perro nuevo?
El niño meneó enérgicamente la cabeza.
—Hedwig dice que no puedo.
Kassandra se incorporó y dirigió una afable sonrisa a aquella robusta mujer que la aventajaba en edad.
—Yo creo que puede.
—Muy bien, señora.
Gerhard miró a su madre con ojos radiantes e intercambiaron otra sonrisa conspiratoria. Luego Kassandra
se volvió hacia Ariana.
—,Tú también dormirás con tu gato nuevo?
—Creo que sí.
Ariana miró primero a Hedwig y luego a su madre; Kassandra sintió que en lo más profundo de su ser
algo moría de nuevo.
—Mañana tendrás que enseñármelo.
—Sí, señora.
Las palabras sonaron cortantes, pero Kassandra no exteriorizó su dolor al besar a su hija, saludar con la
mano a los niños y cerrar silenciosamente la puerta.
Con la agilidad que le permitía su vestido negro, Kassandra bajó a la planta baja, llegando al pie de la
escalera a tiempo de ver cómo Walmar saludaba a los primeros invitados.
—Ah, ya estás aquí, querida.
Walmar sonreía, demostrando su complacencia, como siempre, por el admirable aspecto de su esposa.
Hizo las presentaciones, que fueron seguidas por golpear de talones y besamanos. Se trataba de una pareja
que Kassandra conocía del banco, pero que hasta entonces nunca les había visitado en su casa. Les saludó
calurosamente y tomó a Walmar del brazo cuando entraron en el salón.
Durante la velada reinó la cordialidad, acompañada de exquisitos platos y de los más finos vinos
franceses. Los invitados conversaron sobre todo acerca de ternas bancarios y viajes. Curiosamente, no
hablaron de sus hijos ni de política, a pesar de estar en el año 1934, a pesar de que el fallecimiento del
presidente Hindenburg.
Ocurrido ese año, había abatido el último obstáculo al que Hitler se enfrentaba para la toma del poder.
Aquél era un tema qué no merecía ser discutido. Desde que Hitler había asumido la Cancillería el año
anterior, los banqueros de la nación habían conservado su posición social. Ellos eran importantes para el
Reich, tenían su misión que cumplir, y Hitler tenía la suya. Aunque algunos de ellos poco pensaban en el
canciller, estaban seguros de que no iba a generar problemas en su madriguera. Vivir y dejar vivir. Y
había quienes, por supuesto, se mostraban complacidos con el Reich de Hitler.
Walmar no se encontraba entre ellos, pero la suya era una actitud que compartía con pocos. Había
quedado sorprendido ante la toma de poder por parte de los nazis y varias veces, en privado, había
anunciado a sus amigos que ello conduciría a la guerra. Pero no había razón alguna para referirse al tema
esa noche. Las crépes fiambées, servidas con champaña, parecían mucho más interesantes que el Tercer
Reich.
El último de los invitados no se despidió hasta la una y media, momento en que Walmar se volvió, con
aire fatigado y disimulando un bostezo, hacia Kassandra.
—Creo que fue una magnífica cena, querida. Me gustó más el pato que el pescado.
—ide. veras?
Kassandra tomó nota mentalmente de comentárselo al cocinero
a la mañana siguiente. Las cenas que servían eran pantagruélicas,
con un aperitivo, sopa, un plato de pescado, otro de carne, ensalada, queso, postre y por último fruta. Era
lo que se acostumbraba,
y ellos se adaptaban a la costumbre.
—¿Encontraste agradable la velada?
Walmar la miró con afabilidad mientras subían lentamente la escalera.
—Claro, Walmar. —La conmovió que se lo preguntara—. ¿Y tú?
—Creo que fue útil. Ese convenio con los belgas que estuvimos discutiendo probablemente se concretará.
Fue importante que Hoffman viniera esta noche. Celebro que aceptase la invitación.
—Bien. Entonces yo también lo celebro.
Mientras le seguía, soñolienta, se preguntó si ése era su objeto:
alentarle a cerrar el trato con los belgas, y estimular a Dolff para que terminara su libro. ¿De eso se
trataba, pues? ¿Tenía que ayudarles a realizar lo que se proponían? Pero, en ese caso, ¿por qué no
dedicarse también a sus hijos? Y por qué no podía pensar en ella misma?
—Pienso que su esposa es muy bonita.
Walmar se encogió de hombros, y luego, cuando llegaron al rellano, le sonrió, si bien con una sombra de
pesar en los ojos.
—A mí no me lo pareció. Me temo que tu belleza no me permite apreciar la de las demás mujeres.
Kassandra le devolvió la sonrisa con la mirada.
—Gracias.
Aquel instante en lo alto de la escalera se hizo embarazoso para ambos. Era el momento de separar-se.
Ello parecía más fácil las noches en que nada tenía que hacer. El se retiraba a su estudio, y ella subía a su
habitación para leer un libro. Pero el hecho de subir las escaleras juntos les situaba ante una alternativa
que acentuaba el carácter acerbo de su relación y les hacía sentirse más solos. Antes, ambos sabían que
más tarde se reunirían en la habitación de Kassandra, pero ahora no era ningún secreto para ellos que no
ocurriría así. Y cada vez que llegaban a aquel rellano, les invadía la sensación de que debían decirse adiós
para siempre, más bien que desearse buenas noches.
—Últimamente tienes mejor aspecto, querida. No me refiero a tu aspecto físico. —Le dirigió una
afectuosa sonrisa—. Me refiero a tu salud.
Ella le devolvió la sonrisa.
—Debe ser porque me encuentro mejor, supongo.
Pero algo se apagó en los ojos de Kassandra al decir esas palabras, y rápidamente bajó la vista. Siguió un
instante en el que ambos guardaron silencio, mientras el reloj daba sordamente el cuarto de hora.
—Es tarde. Será mejor que te acuestes.
Le dio un beso en la frente y se dirigió con paso resuelto a su habitación. Ella sólo le veía de espaldas
cuando musitó quedamente:
—Buenas noches.
Y luego echó a andar rápidamente por el pasillo hacia su dormitorio.
CAPITULO 3
EL VIENTO SE ARREMOLINABA violentamente en torno a sus piernas mientras Dolff y Kassandra
paseaban junto al lago en Charlottenburg Schloss. Aquella tarde estaban solos en el parque. Los niños
habían vuelto a la escuela, y las parejas de enamorados así como la gente de edad avanzada que acudía a
alimentar a los pájaros eran demasiado sensibles para salir en un día tan frío. Pero Dolff y Kassandra
gozaban de su soledad mientras caminaban por el parque.
—Estás suficientemente abrigada?
Dolff la contemplaba sonriente, y ella se echó a reír.
—(,Con esto? Me resultaría embarazoso reconocer que no lo estoy, si sintiera frío.
—Ya lo creo.
Dolff observó con admiración el flamante abrigo de marta cebellina, que danzaba a pocos centímetros del
suelo. Kassandra llevaba un sombrero haciendo juego, ligeramente ladeado en la cabeza, y se había
recogido los sedosos cabellos dorados en un moño sobre la nuca. Tenía las mejillas sonrosadas por el frío,
y sus ojos parecían más violetas que nunca. Dolff le pasaba un brazo por los hombros y la miraba con
orgullo. Corría el mes de noviembre y hacía más de ocho meses que ella le pertenecía.
—Cómo te encuentras ahora, después de haber terminado el libro?
—Como si me hubiera quedado sin trabajo.
—,Echas mucho de menos a tus personajes?
—Al principio, terriblemente. —Y entonces le dio un beso en la frente—. Pero no tanto cuando estoy
contigo. ¿Quieres que volvamos a casa?
Kassandra asintió con la cabeza y regresaron por donde habían venido, salvando a buen paso las pocas
manzanas que les separaban de la puerta de su casa. Dolff la abrió para dejar pasar a Kassandra, que cada
vez se sentía más cómoda allí. La semana anterior se habían aventurado a recorrer algunas tiendas de
antigüedades juntos y habían comprado dos sillones y otro pequeño escritorio.
—,Té?
Kassandra le sonrió afectuosamente, y él asintió complacido con la cabeza, mientras la seguía hasta la
cocina. Ella puso la tetera en el fuego y se sentó en una de las cómodas sillas de la cocina.
—Tiene usted una idea de lo magnífico que es tenerla aquí, señora?
—,Tiene usted una idea de lo magnífico que es estar aquí?
Kassandra ya estaba comenzando a sobreponerse a su sentimiento de culpa. Ese era simplemente su modo
de vivir, y había experimentado un enorme consuelo al enterarse inesperadamente unos meses atrás de
que una de las hermanas de su padre había mantenido relaciones con el mismo amante durante treinta y
dos años. Tal vez ése fuera su destino también. Envejecer junto a Dolff y a Walmar, útil para ambos y
conservando los hilos de su vida irrevocablemente entrelazados con los de Dolff y orlados por los
protectores brazos de Walmar. ¿Acaso era ello tan terrible después de todo? ¿Acaso alguno de ellos sufría
realmente? Ella sólo sentía remordimientos en muy contadas ocasiones. Sólo cuando estaba con sus hijos
experimentaba todavía una especie de pesar, pero eso también le ocurría antes de conocer a Dolff.
—Otra vez estás seria. ¿En qué estás pensando?
—En nosotros...
Se quedó pensativa nuevamente mientras servía el té. Cuán distinto era todo aquí en la confortable cocina,
silo comparaba con la elaborada ceremonia que tenía lugar en Grunewald cuando invitaba a algunas
amigas a tomar el té, bajo la torva mirada de Berthold, el mayordomo.
—Pensar en nosotros te hace ponerte tan seria?
Kassandra se volvió de cara a él para darle la taza.
—A veces. Yo me tomo esto muy en serio, ¿sabes? Dolff la miró con gravedad.
—Lo sé. Yo también. —Y entonces, de pronto, sintió deseos de decirle algo que nunca le había dicho
antes—. Si las cosas fuesen... diferentes... quiero que sepas que... quisiera tenerte conmigo para siempre.
Los ojos de Kassandra buscaron los de Dolff.
—,Y ahora?
La voz de él adquirió la suavidad de una caricia en la cálida estancia.
—Aún sigo deseando tenerte a mi lado para siempre. —Y luego, con un suspiro, agregó—: Pero nada
puedo hacer al respecto.
—Ni yo espero que lo hagas. —Se sentó frente a él al tiempo que e ofrecía una sonrisa—. Soy feliz así.
—Y entonces le cupo a ella decirle algo que nunca le había dicho antes—. Esta es la parte más importante
de mi vida, Dolff.
Para él significaba mucho que ella se sintiese parte de su vida. A tal punto se había alterado su vida en el
curso del año transcurrido. El resto del mundo estaba cambiando a su alrededor, pero él era mucho más
consciente de ello que Kassandra. Ella le tocó suavemente la mano, alejándole de sus pensamientos.
—Ahora háblame de tu libro. ¿Qué dice tu editor?
Pero mientras ella le decía esas palabras, una extraña expresión apareció en los ojos de Dolff.
—No mucho.
—¿No le gusta? —Kassandra pareció sorprendida. El libro era maravilloso. Ella lo había leído, bien
arropada en su cama, durante as frías veladas de invierno—. ¿Qué te dijo?
—Nada. —Ella vio que se le endurecía la mirada—. No están enteramente seguros de poder publicarlo.
De modo que a eso se debía la sombra que ella había descubierto en sus ojos cuando llegó después del
almuerzo. ¿Por qué no se lo había dicho antes? Pero era habitual en él ocultarle sus problemas en un
primer momento. Siempre deseaba que ella le hablara de sus cosas.
—Están locos? ¿Acaso no cuenta el éxito de tu último libro?
—Eso nada tiene que ver con ello.
Dolff se volvió y se puso de pie para dejar la taza en el fregadero.
—Dolff, no lo comprendo.
—Ni yo tampoco, pero creo que no tardaremos en entenderlo. Nuestro querido líder se ocupará muy
pronto de hacérnoslo comprender.
—¿De qué estás hablando?
Kassandra fijó la vista en su espalda y luego, cuando él se dio la vuelta, en la ira que descubrió en sus
ojos.
—Kassandra, ¿tienes alguna idea de lo que ocurre en nuestro país?
—Te refieres a Hitler? —El asintió—. Eso pasará. La gente se cansará de él y Hitler caerá en desgracia.
—¿ De veras? ¿Es eso lo que tú crees? —Y luego con mordacidad—: ¿Es eso lo que cree tu marido?
Kassandra se sobresaltó al oír mencionar a Walmar.
—No lo sé. No habla mucho de ello. Al menos conmigo. Ninguna persona razonable simpatiza con Hitler,
eso es obvio, pero no creo que sea tan peligroso como la gente piensa.
—Entonces eres una necia, Kassandra. —Dolff nunca le había hablado con aquel tono de voz
anteriormente. Pero de repente Kassandra descubrió la ira y la amargura que él jamás había puesto en
evidencia ante ella—. ¿Sabes por qué mi editor no quiere comprometerse? No porque mi último libro no
se haya vendido, ni porque no le guste mi nuevo manuscrito. Fue lo suficientemente estúpido como para
manifestarme cuánto le había gustado antes de que se enfriara. Pero a causa del Partido... —Dolff la miró
con una angustia que le oprimió el corazón—. Porque soy judío, Kassandra..., porque soy un judío. —Su
voz se convirtió en un murmullo apenas audible—. Un judío no debe tener éxito, no debe ganar premios
nacionales. Si Hitler se sale con la suya, muy pronto los judíos no tendrán cabida en la Nueva Alemania.
— Pero eso es insensato!
La expresión de la cara de Kassandra decía a las claras que no le creía. Aquello era algo acerca de lo cual
nunca habían conversado. Dolff le había hablado de sus padres, de su pasado, de su infancia, de la
panadería, pero jamás se había referido con demasiada insistencia al hecho de ser judío, a lo que ello
significaba y no significaba para él. Kassandra había asumido simplemente que lo era y había olvidado la
cuestión. Y si en alguna rara ocasión lo recordaba, le complacía pensar en ello como en algo exótico y
diferente. Pero era algo que en realidad nunca se convertiría en tema de conversación entre ellos. Sin
embargo, aquella diferencia para Dolff era un hecho que le obsesionaba. Y ahora, lentamente, resultaba
evidente lo que podía llegar a representar para él.
Kassandra reflexionó acerca de las inferencias de lo que Dolff acababa de decir.
—No puedes hablar en serio. Eso no puede ser.
— ¿ No puede ser? Ya ha empezado a afectar a algunas otras
Personas. Yo no soy el único. Y sólo les ocurre a los judíos. No aceptarán nuestros nuevos libros, no
querrán publicar nuestros artículos, no responden a nuestras llamadas. Créeme, Kassandra, lo sé.
—Entonces recurre a otro editor.
—,Dónde? ¿En Inglaterra? ¿En Francia? Yo soy alemán y quiero publicar mi obra aquí.
—Pues hazlo. No todos deben ser estúpidos.
—No son estúpidos. Son mucho más listos de lo que suponemos. Se dan cuenta de lo que sucederá en el
futuro, y tienen miedo.
Kassandra le miraba fijamente, conmocionada por lo que oía. Las cosas no podían ser tan graves como él
imaginaba. Sólo estaba trastornado por el rechazo. Exhaló un largo suspiro y le tomó la mano.
—Aun cuando fuese cierto, no durará eternamente. Seguramente se tranquilizarán cuando vean que Hitler
no causará tantas dificultades como suponen.
—(,Qué te hace pensar que no lo hará?
—No puede hacerlo. ¿Cómo lo lograría? El poder aún está en buenas manos. La espina dorsal de este país
reside en los bancos, en el comercio, en las antiguas familias, que no se dejarán engañar por toda esa
inmundicia que sale de su boca. Las clases bajas, tal vez, pero ¿quién es esa gente, a fin de cuentas?
Dolff respondió con el ceño fruncido:
—Las «antiguas familias», como tú dices, quizá no se dejan engañar, pero si no levantan la voz en contra
de él, estamos perdidos. Y te equivocas en otra cosa. Ellas ya no detentan el poder. El poder reside en el
hombre común, ejércitos y ejércitos de hombres comunes, hombres que son impotentes individualmente
pero fuertes como grupo; gente que está harta de la «espina dorsal» a la que tú te refieres, harta de las
clases altas y de las antiguas familias y de los bancos. Esa gente cree todas y cada una de las palabras que
Hitler predica; esa gente piensa haber encontrado un nuevo dios. Y si llegan a unirse, constituirán el
verdadero poder de esta nación. Y cuando esto suceda, todos nos veremos en apuros, no sólo los judíos,
sino también las personas como tú.
Kassandra quedó aterrada al oír lo que él decía. Si tenía razón... Pero no podía tenerla..., no era posible.
Le sonrió y se puso de pie para acariciarle lentamente el pecho con ambas manos.
—Confiemos en que nada sea tan horrendo como tú predices.
El la besó tiernamente entonces y la condujo con lentitud al piso de arriba, rodeándole la cintura con el
brazo. Kassandra sintió de41
Seos de preguntarle qué pensaba hacer con respecto al nuevo libro, pero detestaba presionarle, pues no
quería hacer revivir más temores en él. Y para un autor de su magnitud, parecía improbable que el
prejuicio de Hitler contra los judíos y los escritores judíos pudiera constituir una amenaza. Después de
todo, él era DolffSterne.
AL CAER LA TARDE, KASSANDRA estaba pensativa mientras regresaba en su coche a Grunewald,
reflexionando acerca de lo que Dolff había dicho. La expresión de los ojos de Dolff la atormentaba
cuando entró en la casa. Faltaba una hora para la cena, y esa noche, en vez de subir a ver a los niños,
buscó refugio en su habitación. Y si Dolff tenía razón? ¿Qué sucedería? ¿Qué consecuencias podía ello
tener para ambos? Pero mientras se sumergía lentamente en el agua caliente de la bañera, llegó a la
conclusión de que lo más probable era que todos aquellos temores fueran infundados. El libro sería
publicado. Dolff obtendría otro premio. Los artistas solían ser un poco locos. Sonrió al recordar otros
momentos de la tarde. Aún sonreía cuando oyó golpear a la puerta de su dormitorio; distraídamente, le
gritó a la doncella que podía pasar.
—Kassandra?
Pero no era Anna. Era la voz de su esposo que la llamaba en la habitación contigua.
—Walmar? Estoy en el cuarto de baño.
Había dejado la puerta abierta, y se preguntó si él entraría, pero cuando oyó su voz de nuevo notó que no
se había acercado, y Kassandra siguió hablándole a través de la puerta abierta.
—,Querrás hacer el favor de venir a yerme cuando te hayas vestido?
Hablaba con gravedad, y por un instante Kassandra sintió que el miedo se apoderaba de su corazón.
¿Acaso su esposo iba a pedirle cuentas? Cerró los ojos y contuvo el aliento.
—Quieres pasar?
—No. Ven a yerme antes de cenar.
Por el tono de su voz, parecía más preocupado que enfadado.
—Sólo tardaré unos minutos.
—Bien.
Oyó cerrarse la puerta sordamente de nuevo y se apresuró a terminar su baño. Sólo le llevó unos minutos
maquillarse y pasarse un peine por el cabello. Se puso un sencillo vestido de color de tórtola, con falda de
seda blanca, y que se cerraba en el cuello con un holgado lazo. Los zapatos eran de gamuza gris y las
medias del mismo
Tono. Se puso prestamente el collar de perlas negras de doble vuelta, que había sido el favorito de su
madre, junto con los pendientes haciendo juego. Al mirarse en el espejo antes de salir al pasillo,
comprobó que tenía un aire sumiso y grave. La única nota de color residía en sus cabellos y en el intenso
azul de sus ojos. Cuando llegó ante la puerta de la habitación de su esposo, golpeó quedamente y a los
pocos segundos oyó la voz de Walmar.
_Adelante.
Traspuso el umbral, notando el roce de la falda de seda contra sus piernas. Walmar estaba sentado en una
de las cómodas butacas de cuero marrón de su estudio, y, en cuanto ella entró, se apresuró a dejar de lado
el informe que estaba leyendo.
—Estás adorable, Kassandra.
—Gracias.
Kassandra le escrutó los ojos y descubrió la verdad, el dolor. Sintió deseos de tenderle los brazos, de
preguntarle, de ofrecerle su consuelo. Pero mientras le contemplaba, se dio cuenta de que no podía
acercársele. De repente, se encontró mirándole desde el otro lado de un abismo. Era Walmar quien se
había alejado de ella.
—Siéntate, te lo ruego. —Ella obedeció bajo la vigilante mirada de su esposo— ¿Jerez?
Kassandra meneó la cabeza. En sus ojos pudo ver que estaba enterado de todo. Volvió la cabeza,
simulando gozar del calor del fuego. No había nada que ella pudiera decirle. No tendría más remedio que
escuchar la acusación y, por fin, encontrar una solución. ¿Qué podía ella hacer? ¿A cuál de los dos
hombres debería abandonar? Les necesitaba y amaba a ambos.
_Kassandra
Siguió con la mirada fija en el fuego, y luego se volvió de cara a él.
—Sí.
Su voz sonó dolorosamente ronca.
—Hay algo que debo decirte. Es... —Walmar parecía atormentado, pero ambos comprendían que ahora
ya no podían echarse atrás—. Es sumamente doloroso para mí hablarte de esto, y estoy seguro de que es
igualmente desagradable para ti.
Los latidos de su corazón repercutían de una manera tan terrible en sus oídos que apenas podía oír lo que
él decía. Su vida estaba terminada. Aquello era el principio del fin.
—Pero debo hablarte. Por tu bien. Por tu seguridad. Y tal vez por la nuestra.
—Mi seguridad? —repitió Kassandra en un susurro, mirándole confundida.
—Sólo escúchame. —Y entonces, como si estuviese haciendo un esfuerzo superior a sus fuerzas, se
recostó en la butaca y lanzó un suspiro. Cuando ella le miró, también vio en sus ojos el brillante reflejo de
las lágrimas no vertidas—. Sé..., me he dado cuenta de que... en los últimos meses... has estado envuelta
en una... difícil situación. —Kassandra cerró los ojos y escuchó el sonido de la voz de su esposo como un
zumbido en sus oídos—. Quiero que sepas que yo... lo comprendo..., que no soy inflexible.
Los enormes ojos tristes se abrieron de nuevo.
—Oh, Walmar... —Lentamente, las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas—. Yo no quiero...,
no puedo...
—Calla. Escúchame. —Por un instante, a Kassandra le pareció escuchar a su padre. Después de exhalar
otro suspiro, Walmar prosiguió—: Lo que voy a decirte es de la mayor importancia. También quiero que
sepas, puesto que esta situación en cierto modo ha adquirido estado público, que yo te amo. No quiero
perderte, sea lo que fuere lo que ahora puedas pensar de mí.
Kassandra meneó la cabeza y, sacando del bolsillo un pañuelo de encaje, se sonó la nariz entre las
lágrimas.
—Yo sólo siento respeto por ti, Walmar. Y también te amo.
Ello era cierto. Le amaba y se sentía desfallecer al comprobar el dolor que le embargaba.
—Entonces escucha lo que tengo que decirte. Vas a tener que dejar de ver a... tu amigo. —Kassandra le
miró fijamente, sumida en un mudo horror—. Y no por las razones que supones. Soy veintinueve años
mayor que tú, querida, y no soy un necio. Estas cosas suelen suceder y pueden resultar muy dolorosas
para las personas implicadas, pero si se llevan en la forma adecuada, es posible sobrevivir después de la
severa prueba. Pero no es de eso de lo que te estoy hablando ahora. Te hablo de algo muy diferente. Lo
que quiero decirte es que, por motivos que nada tienen que ver conmigo ni con nuestro matrimonio, debes
dejar de ver a... Dolff. —Pareció causarle una intensa angustia pronunciar el nombre del otro hombre—.
De hecho, aun cuando no estuvieses casada ni lo hubieras estado nunca, se trata de una relación a la que
deberías poner fin.
—Qué quieres decir? —Kassandra se puso de pie, airada, desaparecida instantáneamente la gratitud que
le inspiraba su benevolencia—. ¿Por qué? ¿Porque es un escritor? ¿Crees acaso que es una especie de
bohemio? ¡ Por el amor de Dios, Walmar, Dolff es un hombre maravilloso y muy decente!
Mientras miraba a Walmar a los ojos, a Kassandra no se le
Ocurrió cuán absurdo resultaba que defendiera a su amante de su propio esposo.
Walmar se dejó caer de nuevo contra el respaldo, lanzando otro suspiro.
—Espero que no me creas tan estrecho de miras como para eliminar a los escritores y artistas de la lista
de aquellos que considero dignos de mi amistad. Nunca pequé por tener unas ideas tan limitadas,
Kassandra. Diría mucho en tu favor que lo recordaras. A lo que yo me refiero es a algo completamente
distinto. Lo que quiero decir —agregó, inclinándose hacia adelante en su asiento y hablándole con una
súbita vehemencia— es que no puedes tratar a ese hombre, estar con ese hombre, ser vista en su casa, no
porque sea escritor.., sino porque es judío. Y me irrita tener que decirte una cosa semejante, porque creo
que lo que está comenzando a suceder en este país es repugnante, pero el hecho es que está sucediendo y
tú eres mi esposa y la madre de mis hijos, ¡y no permitiré que te asesinen o te encierren en la cárcel!
¿Entiendes lo que te digo, maldita sea? ¿Comprendes lo importante que es?
Kassandra le miraba fijamente, sin dar crédito a sus oídos. Era como una continuación de la pesadilla que
había empezado con lo que Dolff le había dicho aquella tarde.
—Pretendes decirme que crees que pueden matarle?
—No sé lo que serán capaces de hacer, y lo cierto es que ni siquiera sé lo que creo. El caso es que,
mientras llevemos una vida discreta y permanezcamos alejados de lo que está ocurriendo, estaremos a
salvo, tú estarás a salvo, Ariana y Gerhard estarán a salvo. Pero ese hombre es un peligro. KasSandra, te
lo ruego... —Le tomó una mano entre las suyas—. Si algo llega a sucederle a él, no quiero que tú sufras
las consecuencias. Si las cosas fueran diferentes, si esto ocurriera en otra época, me atormentaría por lo
que haces, pero cerraría los ojos. Sin embargo, ahora no puedo hacerlo. Debo evitar que le sigas viendo.
Tú misma debes evitarlo.
—Pero ¿qué le ocurrirá a él?
Estaba demasiado asustada para llorar. La gravedad de lo que acababa de decir su esposo le había
aclarado las ideas. Walmar meneó la cabeza.
—Nada podemos hacer para ayudarle. Si es inteligente, y si las cosas siguen por este camino, tendrá la
sensatez de abandonar Alemania. —Walmar miró a Kassandra—. Díselo.
Kassandra permaneció con la vista fija en el fuego, sin saber qué contestar. Lo único que sabía con
certeza es que no renunciaría a Dolff. Ni ahora, ni luego, ni nunca.
Cuando su mirada se cruzó con la de Walmar, a despecho de la ira, había ternura en sus ojos. Kassandra
se inclinó hacia él y le besó suavemente en la mejilla.
—Gracias por ser tan razonable.
Walmar no la había reprendido por serle infiel. Sólo estaba preocupado por su seguridad, y tal vez incluso
por la de su amigo. ¡Qué hombre tan extraordinario era! Durante unos momentos su amor por él se avivó
como no ocurría desde hacía muchos años. Se quedó mirándole con una mano apoyada en su hombro.
—Tan grave es la situación, entonces?
El asintió con la cabeza.
—Me resulta difícil creer que las cosas hayan podido llegar tan lejos.
Walmar la miró apremiante, al ver que ella se disponía a abandonar la habitación.
—Harás lo que te he pedido, Kassandra?
Ella quería prometérselo, asegurarle que lo haría, pero algo había cambiado sutilmente entre los dos.
Walmar sabía la verdad, y era mucho mejor así. Ahora ya no tendría que mentirle.
—No lo sé.
—No tienes alternativa. —Su voz adquirió un tono airado—. Kassandra, te prohíbo...
Pero ella ya había salido silenciosamente de la habitación.
CAPITULO 4
SEIS SEMANAS MÁS TARDE desapareció uno de los escritores amigos de Dolff. Era bastante menos
famoso que Dolff, pero también él había tenido inconvenientes para publicar su obra más reciente. Su
novia había telefoneado a Dolff, completamente histérica, a las dos de la madrugada. Esa noche, la joven
había regresado de Munich, después de visitar a su madre, y descubrió que habían violentado la puerta del
apartamento; Helmut no estaba en él y había manchas de sangre en el suelo. Las hojas del manuscrito en
que estaba trabajando se hallaban desparramadas por toda la estancia. Los vecinos habían oído gritos y
luego alaridos, pero eso era todo cuanto sabían. Dolff se había encontrado con ella cerca del apartamento
de Helmut y luego la había acompañado en coche hasta su casa. Al día siguiente, la joven buscó refugio
en el apartamento de su hermana.
Cuando Kassandra llegó más tarde esa misma mañana, encontró a Dolff sumido en una profunda
depresión y enloquecido de pesar por la desaparición de Helmut.
—No lo comprendo, Kassandra. Poco a poco, todo el país se está volviendo loco. Es como si hubieran
inyectado un veneno de lenta disolución en las venas de esta nación. Finalmente, llegará al corazón y nos
liquidará a todos. Aunque yo no tendré que preocuparme por ello.
Kassandra le miró con gravedad y frunció el ceño.
—Qué pretendes decir con eso?
—A ti qué te parece? ¿Cuánto tiempo crees que tardarán en venir por mí? ¿Un mes? ¿Seis meses? ¿Un
año?
—No seas loco. Helmut no era novelista. Es un escritor eminentemente político que ha criticado
abiertamente a Hitler desde que éste subió al poder. ¿Acaso no ves la diferencia? ¿Qué es lo que puede
molestarles en tu caso? ¿Una novela como Der Kuss?
—El caso es que no estoy seguro de saber ver la diferencia, Kassandra.
Miró en torno con aprensión. Ni siquiera se sentía seguro en su propia casa; se hubiera dicho que esperaba
que fuesen a buscarle en cualquier momento.
—Dolff..., querido..., sé razonable. Es terrible lo que ha sucedido, pero ello no quiere decir que puede
ocurrirte a ti. Todo el mundo te conoce. No pueden hacerte desaparecer de la noche a la mañana con toda
impunidad.
—,Por qué no? ¿Quién va a detenerles? ¿Tú? ¿Los vecinos? Por supuesto que no. ¿Qué hice yo por
Helmut anoche? Nada. ¡Absolutamente nada, maldita sea!
—Muy bien, entonces márchate del país. Vete a Suiza. Allí podrás publicar tus libros. Y estarás a salvo.
Pero él se limitó a mirarla con sombría expresión.
—Kassandra, yo soy alemán. Este también es mi país. Tengo tanto derecho a permanecer aquí como
cualquiera. ¿Por qué demonios debería irme?
—¿ Entonces qué diablos pretendes decirme?
Era la primera vez que se peleaban en un año.
—Lo que quiero decirte es que mi país se está destruyendo a sí mismo y está destruyendo a su pueblo, y
ello me revuelve el estómago.
—Pero eso tú no puedes evitarlo. Si eso es lo que crees, entonces huye antes de que te destruya a ti.
—Y que harás tú, Kassandra? ¿Te quedarás aquí tratando de convencerte a ti misma de que nada de lo
que ocurre te afectará jamás? ¿Es eso lo que crees?
—No lo sé..., no lo sé..., ya no sé nada. No comprendo nada de nada.
Hacía varias semanas que aquella mujer de dorados cabellos denotaba fatiga. Se sentía acosada por los
dos hombres, y se encontraba inerme frente a sus temores. Esperaba que ellos la tranquilizaran, que le
confirmaran que todo aquello en lo que ella creía jamás cambiaría; sin embargo, todo lo que Walmar
deseaba que hiciera era que dejase de ver a Dolff, y todo cuanto Dolff quería que hiciese
Era que se rebelara contra algo que ninguno de ellos tenía el poder de cambiar. Dolff siguió dándole
vueltas al asunto durante otra media hora, hasta que súbitamente Kassandra se levantó hecha una furia.
—,Qué diablos pretendes de mí? ¿Qué es lo que yo puedo hacer?
—Nada, por desgracia..., nada... —Y entonces, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas al pensar
en el amigo perdido, Dolff la estrechó fuertemente entre sus brazos, sollozando—: ¡Oh, Dios mío...,
Kassandra..., oh, Dios mío!
Kassandra permaneció largo rato abrazada a él, como habría hecho con su hijo.
—Está bien..., está bien, cariño..., te amo...
Eso era realmente todo cuanto podía decirle, pero el dedo glacial del miedo, que ella había estado
esquivando, ahora comenzó a deslizarse también por su columna vertebral. ¿Y si fuese Dolff quien
desapareciera dando alaridos en la noche? ¿Y si ella llegara a encontrarse en la misma situación que la
histérica novia de Helmut? Pero eso no podía sucederle a ella... o a él... Esas cosas no les sucederían a
ellos.
CUANDO ESA TARDE KASSANDRA llegó al anochecer a su casa, Walmar la estaba esperando, no en
su estudio, sino en el salón. Le indicó que se reuniera con él y cerró silenciosamente las vidrieras dobles.
—Kassandra, esta situación se está volviendo intolerable.
—No quiero hablar de eso. —Se volvió de espaldas a él y fijó la vista en el fuego que crepitaba debajo
del retrato del abuelo de Walmar, cuyos ojos siempre parecían seguir al que lo mirase desde cualquier
lugar del salón—. No es el momento oportuno.
—Nunca será el momento oportuno. —Y luego-: Si no haces lo que te pido, te enviaré lejos de la ciudad.
—No me moveré de aquí. Ahora no puedo abandonarle.
Era una locura estar discutiendo aquella cuestión con Walmar, pero no tenía otra alternativa. Ya hacía
casi dos meses que su relación con Dolff había dejado de ser un secreto, y Kassandra estaba dispuesta a
mantenerse firme en su actitud, costara lo que costase. Ya había renunciado a demasiadas cosas en su vida.
A sus sueños de actuar en las tablas, a sus hijos... ahora no renunciaría a Dolff.
Se volvió de cara a su esposo.
—Walmar, no sé qué hacer. Cuesta creer lo que se dice en estos
Días. ¿Qué nos está pasando? ¿Qué le pasa a Alemania? ¿Es ese estúpido hombrecito el causante de todo?
—Así parece. O quizás ha despertado la demencia incipiente que ya anidaba en algún rincón de nuestra
alma. Tal vez toda esta gente que lo aclama no hacía más que esperar la llegada de un líder.
—Acaso no hay nadie que pueda detenerle antes de que sea demasiado tarde?
—Puede que ya sea demasiado tarde. Ese hombre excita las masas. Les promete progreso, riquezas y
éxitos. Para aquellos que jamás conocieron esas cosas, esto tiene el poder de una fuerza hipnótica. No
pueden resistírsele.
— ¿Y qué pasa con los demás, con nosotros?
—Nosotros esperamos y observamos. Pero tú amigo no, Kassandra. Si las cosas siguen así, él no podrá
darse el lujo de esperar. ¡Oh, Dios, haz el favor de escucharme! Debes escucharme. Ve a pasar unos días
en casa de mi madre. Reflexiona. Allí estarás alejada de ambos durante un tiempo.
Pero ella no quería estar alejada de ellos. Y no quería abandonar a Dolff.
—Lo pensaré.
Pero por el tono de su voz, él adivinó que no lo haría. Por su parte, nada más podía hacer. Por primera vez
en casi sesenta años de vida, Walmar von Gotthard se sintió vencido. Kassandra le vio ponerse de pie y
dirigirse hacia la puerta, y entonces ella le tendió la mano.
—Walmar..., no lo tomes así. Yo... lo siento.
El se volvió y se quedó contemplándola desde el umbral de la puerta.
—Tú lo sientes, Kassandra. Y yo también. Y también lo sentirán los niños antes de que esto termine. Lo
que haces te destruirá, y tal vez a la larga nos destruirá a todos.
Pero Kassandra von Gotthard no lo creía así.
CAPITULO 5
FUE EN FEBRERO CUANDO Walmar y Kassandra asistieron al Baile de Primavera. Aún hacía frío,
pero resultaba reconfortante celebrar la próxima llegada de la primavera. Ella llevaba el largo abrigo de
armiño sobre un sencillo vestido de terciopelo blanco. El cuerpo del vestido era cerrado hasta el cuello,
según la moda, y la falda caía en toda su perfección desde la cintura hasta los pies calzados con
escarpines de raso blanco. Sus cabellos eran una mata de delicados rizos, recogidos en lo alto, y estaba
más adorable que nunca, como si ninguna preocupación turbara su mente. El hecho de que Dolff se
hubiera mostrado quisquilloso todo el día por causa del manuscrito inédito, y de que ella y Walmar
apenas se hablaban mientras su batalla se acentuaba no se traducía en su rostro. Adiestrada desde la cuna
para derramar tan sólo dulzura a su alrededor fuera del santuario de su dormitorio, sonreía benévolamente
cada vez que le presentaban a alguien y bailaba de buena gana con todos los amigos de Walmar. Como
siempre, su entrada había causado una pequeña conmoción, tanto por las ropas que llevaba como por la
extraordinaria belleza de su rostro, que eclipsaba incluso la de su vestido.
—Está usted arrebatadora, frau Gotthard. Como una princesa de las nieves.
El cumplido se lo dedicó el hombre que acababa de conocer, un
Banquero o algo parecido. Walmar le había saludado con un cortés movimiento de cabeza y había
asentido prestamente cuando el otro le pidió permiso para bailar con Kassandra. Ambos giraban
lentamente al compás del vals mientras Kassandra observaba a Walmar, que conversaba con unos amigos.
—Gracias. Deduzco que conoce usted a mi esposo.
—Sólo superficialmente. Tuvimos el placer de realizar una o dos operaciones comerciales. Pero mis...
actividades han sido de un carácter menos crematístico durante el pasado año.
—Ah! ¿Gozó usted de un descanso?
Kassandra sonreía afablemente mientras bailaban.
—En absoluto. Mis esfuerzos se han concentrado en ayudar a nuestro líder a consolidar las finanzas del
Tercer Reich.
Lo dijo con tanto énfasis que Kassandra se sobresaltó y le miró a los ojos.
—Comprendo. Eso debe de haberle mantenido muy ocupado.
—En efecto. Y usted, ¿está muy ocupada?
—Mis hijos y mi esposo me tienen ocupada la mayor parte del tiempo.
— ¿ Y el resto del tiempo?
—,Cómo dice usted?
Kassandra se sentía cada vez más incómoda en los brazos de aquel descarado extraño.
—Tengo entendido que es usted una especie de protectora de las artes.
— ¿ De veras?
Kassandra deseó con toda su alma que terminara el vals.
—Así es. —Le brindó una simpática sonrisa, pero ella descubrió un brillo en el fondo de sus ojos que le
causó un escalofrío—. Yo no malgastaría mucho tiempo en eso. Nuestro concepto de las artes, ¿sabes
usted?, cambiará notablemente con la ayuda del Tercer Reich.
— ¿ Ah, sí?
Kassandra se sintió desfallecer. ¿Acaso aquel hombre pretendía ponerla sobre aviso con respecto a Dolff?
O se estaba volviendo tan loca como él, hasta el extremo de presentir temibles amenazas a cada paso.
—Sí. Hasta ahora, ¿sabe usted?, hemos tenido muchos artistas.., inoportunos, mentes enfermizas que han
hecho un uso inadecuado de la pluma. —Entonces se estaba refiriendo a Dolff—. Todo eso tendrá que
cambiar.
Pero súbitamente Kassandra se enfureció.
—Tal vez ha comenzado ya a cambiar. Según parece ya no publican á los mismos autores de siempre, ¿no
es cierto?
¡Oh, Dios santo! ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué diría Walmar si pudiese oírla? pero el vals llegaba a su fin.
No tardaría en librarse de aquel maligno ruido Sin embargo, sintió deseos de decir algo más.
—No se preocupe por todas estas tonterías, frau Gotthard.
—No pensaba hacerlo.
—Es alentador oírla decir eso.
¿Qué era lo alentador? ¿Qué había querido decir? Pero ya se dirigían hacia donde se encontraba Walmar.
Todo había concluido. Y esa noche no volvió a ver a aquel hombre. En el camino de regreso a casa, quiso
contarle a Walmar lo ocurrido, pero temió que él se enfadara.,. O peor aún, que se asustara. Y al día
siguiente, Dolff se mostró de nuevo de tan buen humor, que ella tampoco quiso hablarle del Incidente. Y
después de todo, ¿qué importancia tenía? ¿Un banquero deficiente mental que estaba seducido por Hitler
y el
Tercér Reich? 6Y qué?
Dolff había tomado una decisión. Estaba dispuesto a seguir escribiendo, tanto si le publicaban los libros
como si no. Y también estaba dispuesto a seguir bregando para que se los publicaran. Pero, aunque
tuviera que morirse de hambre, no abandonaría el país. Nadie podría arrojarle de su patria. Tenía derecho
a vivir en ella y a prosperar, aun cuando fuese judío.
—Puedo invitarte a dar un paseo junto al castillo?
Ella le sonrió. Sería la primera vez que saldrían a pasear en dos semanas.
—Me encantaría.
Caminaron casi por espacio de dos horas, cerca del schloss y bordeando el lago, observando a los pocos
niños que habían acudido a jugar allí y sonriendo a los otros paseantes con quienes se cruzaban. Parecía
haber transcurrido una eternidad desde aquel invierno en que se habían encontrado allí por casualidad,
volviéndose a ver una y otra vez, buscándose ansiosamente el uno al otro, aunque temerosos de lo que
pudiera depararles el destino.
—Sabes lo que solía pensar cuando te buscaba por estos senderos?
Dolff se inclinaba sonriendo sobre ella, mientras caminaban cogidos fuertemente de la mano.
—Qué?
—Solía pensar que eras la mujer más esquiva y misteriosa que
Jamás había conocido, y que si lograba pasar un solo día contigo, sería feliz el resto de mi vida.
—Y ahora? ¿Eres feliz?
Kassandra se apretujó contra él, arrebujada dentro del corto chaquetón de pieles que no llegaba a cubrir la
larga falda de tweed cuyo borde rozaba los zapatos de gamuza marrón.
—Jamás lo fui tanto. ¿Y tú? ¿Ha sido demasiado penoso el año pasado para ti?
Aquel era su mayor motivo de preocupación. Sabía que ella era quien tenía que soportar una tremenda
tensión nerviosa, con Walmar y los niños, sobre todo ahora que su esposo estaba enterado de todo.
Kassandra le había hablado de la advertencia que le formuló Walmar.
—No ha sido penoso. Ha sido maravilloso. —Kassandra le miró con los ojos llenos de amor—. Es todo
cuanto deseé siempre... y que nunca creí poder alcanzar.
Y aún no había podido alcanzarlo. No plenamente. Pero se conformaba con esto. Con estas preciadas
tardes que compartía con Dolff.
—Yo siempre seré tuyo, Kassandra. Siempre. Incluso cuando haya muerto y desaparecido.
Pero ella le miró con aire desolado.
—No digas esas cosas.
—Quise decir cuando tenga ochenta años, tonta. Jamás me separaré de ti.
Entonces ella sonrió, y ambos comenzaron a correr cogidos de la mano por la orilla del lago. Sin
preguntas ni explicaciones, se dirigieron a casa y subieron, henchidos de felicidad, a la planta alta,
después de haber preparado el té. Pero lo tomaron rápidamente, pues tenían otras cosas en la mente, y su
acto de amor fue apasionado e impulsivo, como si cada uno de ellos necesitara al otro desesperadamente
y más que a cualquier otra cosa en este mundo. Al caer la tarde, ambos se quedaron dormidos. Kassandra
acurrucada en los brazos de su amante.
Fue Dolff quien se despertó primero, con la impresión de que alguien golpeaba la puerta de entrada en la
planta baja. En seguida se oyó el ruido de fuertes pisadas en la escalera que conducía al piso superior
Dolff se quedó escuchando durante una fracción de segundo y luego, ya completamente despierto, se
incorporó en la cama. Al notar el movimiento de su cuerpo, Kassandra se desperezó, y de pronto, como si
hubiese presentido el peligro, abrió desmesuradamente los ojos. Sin decirle ni una sola palabra a Kas-
Sandra, Dolff la cubrió con la colcha y saltó de la cama, quedando de pie y completamente desnudo en el
centro del amplio dormitorio, cuando los intrusos franqueaban ya la puerta. En un primer momento,
pareció que la habitación era invadida por un ejército de hombres con uniformes pardos y brazales rojos,
pero sólo eran cuatro.
Ciñéndose la bata, Dolff se mantuvo firme en su lugar.
—,Qué significa esto?
Por toda respuesta, los otros se echaron a reír. Uno de ellos le agarró rudamente por las solapas de la bata
y le escupió en la cara.
—Escuchad al judío!
De repente, dos de ellos le sujetaron firmemente por los brazos, mientras un tercero le descargaba un
violento puñetazo en el estómago. Dolff lanzó un gruñido de dolor y se dobló hacia delante. Esta vez el
tercer hombre le dio un puntapié, e instantáneamente le brotó sangre de un corte junto a la boca. Mientras
tanto, el cuarto sujeto recorría calmosamente la habitación con la mirada.
—Qué tenemos aquí bajo las mantas? ¿Una perra judía calentando la cama de nuestro ilustre escritor? —
Con un brusco movimiento tiró de la colcha y el cuerpo de Kassandra quedó expuesto a las curiosas
miradas de los intrusos—. ¡Vaya, y es una hermosa perra! Levántate.
Después de permanecer inmóvil un instante, Kassandra se incorporó y luego se deslizó hasta el suelo; su
cuerpo esbelto y flexible temblaba ligeramente y, con los ojos desmesuradamente abiertos por el terror,
miraba a Dolff en silencio. Los cuatro hombres la observaban. Los tres que rodeaban a Dolff dirigían
interrogadoras miradas al cuarto para saber lo que debían hacer. Este la examinaba detenidamente,
acariciando su piel con la mirada, pero Kassandra sólo tenía ojos para Dolff, que seguía jadeando, con el
cuerpo doblado y sangrando entre los dos hombres uniformados. Y entonces el cuarto se volvió hacia
ellos con una expresión de burla en el rostro.
—Sacadle de aquí. —Y luego, con aire divertido, mientras se llevaba las manos al cinto, agregó—: A
menos que le guste hacer de espectador.
De repente, Dolff recobró el sentido, sus ojos buscaron con desesperación a Kassandra y en seguida se
dirigieron relampagueando de furia hacia el que estaba al mando.
—No! ¡No la toque!
—,Por qué no, señor Autor Famoso? ¿Acaso tiene blenorragia?
Los cuatro hombres rieron al unísono, al tiempo que Kassandra
Lanzaba un gemido. Al comprender claramente lo que iba a suceder, sintió que la invadía una oleada de
terror como jamás la había experimentado. A una señal del sargento, los tres hombres sacaron a Dolff de
la habitación a empellones, y el estrépito que siguió instantes más tarde indicó a Kassandra que le habían
arrojado desde lo alto de la escalera. Se oyeron voces airadas, y Kassandra reconoció la de Dolff por
encima de todas. Gritaba su nombre y trataba de luchar con sus captores, pero una serie de ruidos sordos
le hicieron callar rápidamente. Acto seguido oyó el ruido de un cuerpo al ser arrastrado por el suelo, y la
voz de Dolff ya no volvió a llegar a sus oídos. Horrorizada, volvió la vista hacia el hombre, que se
disponía a desabrocharse los pantalones.
—Le matarán... ¡Oh, Dios mío, le matarán!
Kassandra se echó hacia atrás, con los ojos muy abiertos y el corazón latiéndole desenfrenadamente. Ni
siquiera podía pensar en sí misma, sino tan sólo en Dolff, quien tal vez ya estaba muerto.
—,Y qué silo matamos? —Su atacante parecía muy divertido—. No será una gran pérdida para nuestra
sociedad. Quizá ni siquiera sea una gran pérdida para ti. Sólo es un muchachito judío. ¿Y tú, mi amor?
¿Su dulce princesa judía?
Pero ahora los ojos de Kassandra fulguraban; había ira y terror en aquellos desorbitados ojos color de
espliego.
—¿ Cómo se atreve? ¿Cómo se atreve? —chilló con desesperación al tiempo que se separaba de la pared,
abalanzándose sobre él y clavándole las uñas en la cara.
Con una violenta sacudida del brazo, el sargento le cruzó el rostro con el dorso de la mano. Cuando habló,
su voz sonó serena, pero los músculos de su cara estaban en tensión.
—Ya basta. Has perdido tu amiguito, dulce judía, pero ahora vas a saber lo que es gozar en brazos de una
raza superior. Voy a darte una pequeña lección, querida.
Y mientras así decía, el cinto salió silbando de las presillas de los pantalones y restalló un latigazo contra
los pechos de Kassandra. Aturdida por el mordisco del dolor, cruzó los brazos sobre los senos y agachó la
cabeza.
—Oh, Dios...
Y entonces, comprendiendo que debía hacerlo, le dirigió una intensa mirada en la que se mezclaban la ira
y la vergüenza. Aquel hombre la mataría. La violaría y después la mataría. Tenía que decírselo. Tenía
que... No le quedaba otra alternativa. Ella no era valiente como Dolff. Miró con furia al hombre que
acababa
De flagelarla, sin dejar de sostenerse los pechos sangrantes.
—Yo no soy judía.
—Ah, no?
El hombre se le acercó con el cinto en la mano, dispuesto a usarlo de nuevo. Al mirarle, Kassandra
advirtió la inocultable erección en la parte anterior de sus pantalones. La calma que el sargento había
demostrado momentos antes daba paso a un incontenible frenesí.
—Mis papeles están en el bolso. Yo soy... —Vaciló agobiada por la angustia que le causaba lo que estaba
haciendo, pero no tenía otra opción—. Soy Kassandra von Gotthard. Mi esposo es el presidente del Tilden
Bank.
Por un instante, el hombre, guardó silencio, mirándola con rabia y desconfianza, sin saber qué hacer. Y
luego entrecerró los ojos.
—Y tu esposo no sabe que estás aquí?
Kassandra se estremeció. Si le decía que Walmar lo sabía, correría el riesgo de implicarle en el asunto. Si
le decía que Walmar no estaba enterado, se condenaba a sí misma.
—Mi ama de llaves sabe exactamente dónde estoy.
—Muy sagaz. —El cinto volvió a ser introducido lentamente en las presillas de los pantalones—. ¿Los
papeles?
Kassandra señaló con el dedo.
—Allí.
En dos zancadas el sargento sé dirigió al sitio indicado y se apoderó de la cartera de piel de lagarto
marrón con cierre de oro. Al abrirla casi la destrozó; hurgó en su interior un instante y encontró la
billetera. Extrajo violentamente la licencia de conducir y sus documentos de identidad, y los arrojó al
suelo. Casi lanzó un gruñido al hacerlo, y luego se volvió de nuevo hacia ella con aire amenazador. De
nada había servido. Le importaba un comino quién era ella. Kassandra siguió con los brazos cruzados
sobre sus pechos, esperando que ocurriera lo inevitable.
El hombre se quedó mirándola un largo rato y luego la abofeteó de nuevo brutalmente.
—Puta! ¡Puta inmunda! Si fuese tu marido, te desollaría viva. Y si un día vuelves a hacer algo como esto,
morirás como ese bastardo judío. ¡Eres una mierda! ¡Una mierda! Eres una deshonra para tu raza y para tu
país. ¡Perra inmunda!
Y de repente, sin decir ni una palabra más, giró sobre sus talones y salió de la habitación. Sus botas
claveteadas golpearon ruidosamente los escalones al bajar, hasta que Kassandra oyó cerrarse de golpe la
puerta de entrada. Todo había terminado... Temblando de
Pies a cabeza, se dejó caer de rodillas sobre el suelo; un doble hilo de sangre aún corría por sus pechos,
tenía la cara amoratada y los ojos llenos de lágrimas. Se tendió en el suelo y comenzó a sollozar.
Le pareció que llevaba horas allí tendida llorando, rememorando los últimos instantes en que había visto a
Dolff y aterrorizada por lo que había seguido después. Y entonces, de pronto, le asaltó la idea de lo que
podía suceder. Cabía la posibilidad de que regresaran para destruir la casa. Entonces, comenzó a vestirse
precipitadamente. Demorándose un postrer momento en el dormitorio donde ella y Dolff habían hecho
sus sueños realidad, fijó la vista, sollozando, en el sitio donde le había visto por última vez, y entonces,
inconscientemente, extendió la mano hacia las ropas que él había llevado sólo unas horas antes.
Desparramadas por el suelo durante los momentos que precedieron a su ansioso acto amoroso, aún
conservaban el intenso perfume a limón de la colonia que Dolff usaba. Las acarició ligeramente con los
dedos y, con un sollozo, hundió la cara en su camisa. Súbitamente, abandonó la habitación y bajó
corriendo las escaleras. Al pie del último escalón, vio el charco de sangre donde él había quedado tendido,
y el rastro que su cuerpo había dejado cuando le sacaron a rastras, sin conocimiento, de su propia casa.
Salió del edificio como una exhalación y corrió frenéticamente hasta donde estaba aparcado su coche, a
corta distancia de la casa.
Nunca supo con certeza cómo había llegado a Grunewald, pero el hecho era que había conducido el coche
hasta su casa, con las manos aferradas al volante y sin dejar de llorar. Había descendido penosamente del
auto, abierto la verja, y, después de conducir el vehículo hasta llegar, frente a la casa, había abierto la
puerta con su propia llave. Silenciosamente, y aún con lágrimas deslizándose por sus mejillas, había
subido corriendo a su habitación. Después de cerrar la puerta de golpe, había mirado a su alrededor.
Estaba de nuevo en su hogar..., en el rosado dormitorio tan familiar..., el rosado..., el rosado... Y eso fue
todo cuanto pudo ver antes de girar en redondo y desplomarse sin conocimiento.
CAPITULO 6
CUANDO KASSANDRA RECOBRÓ el sentido, se hallaba acostada en su cama, con una compresa fría
sobre la frente. La habitación estaba a oscuras y se oía un extraño zumbido. En seguida se dio cuenta de
que el sonido resonaba dentro de su propia cabeza. En algún lugar distante se encontraba Walmar, que se
inclinaba sobre ella y le aplicaba algo húmedo y pesado sobre la cara. Después, notó que le rasgaban la
blusa; sintió un dolor lacerante y luego le colocaron algo cálido sobre los pechos desnudos. Le pareció
que había transcurrido mucho tiempo cuando por fin pudo ver a Walmar con nitidez; luego se extinguió el
zumbido y Walmar se sentó calladamente en una silla junto a la cama. Nada le dijo; sólo se quedó allí
sentado, mientras ella permanecía con la vista fija en el techo, sin querer ni poder hablar. Walmar no le
hizo preguntas. Se limitaba a cambiarle las compresas de cuando en cuando. La habitación siguió sumida
en la oscuridad durante horas, y cuando alguien llamaba a la puerta, Walmar se encargaba de evitar que la
molestaran. Kassandra le miraba agradecida y luego se quedó dormida. Era medianoche cuando volvió a
despertarse; una débil luz ardía en la distancia, en su gabinete, y allí a su lado estaba Walmar,
continuando su muda vigilia.
Por fin, Walmar no pudo contenerse por más tiempo. Vio por la expresión de sus ojos que Kassandra
estaba consciente y que ya no
Se hallaba bajo los efectos de la conmoción. Tenía que saber lo que había ocurrido, por el bien de ella y
por el suyo propio.
—Kassandra, ahora tienes que hablar. Tienes que contamínelo todo. ¿Qué sucedió?
—Te he deshonrado.
Su voz era un murmullo apenas audible, y Walmar meneó la cabeza y le cogió una mano.
—No seas tonta. —Y después de un instante, insistió—: Querida, cuéntame. Debes contármelo todo.
Tengo que saber lo que pasó.
Anna había acudido a él gritando que algo terrible le había sucedido a frau Von Gotthard y que se
encontraba tendida, casi sin vida, en el suelo de su dormitorio. Presa de terror, él había ido corriendo a la
habitación, donde comprobó que no estaba moribunda, sino que había sido golpeada y sufría una fuerte
conmoción. Y entonces comprendió lo que había ocurrido.
—Kassandra?
—Iba a... matarme..., a violarme... Le dije... quién era.
Walmar sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
—¿ Quién fue?
—Ellos.., se lo llevaron. —Y entonces musitó horrorizada—: Se llevaron a Dolff..., le golpearon... le...
Estaba sangrando..., y entonces le... arrastraron.., por las escaleras...
Se incorporó súbitamente y vomitó sobre la cama, mientras Walmar la contemplaba desde el fondo de su
impotencia, tendiéndole una toalla rosada con un monograma bordado en un extremo. Cuando hubo
terminado, Kassandra miró a su esposo con ojos inexpresivos.
—Y uno de ellos se quedó en la habitación.., conmigo. Le dije..., le dije... —Al mirar a Walmar, su rostro
tenía una patética expresión—. Creyeron que yo también era judía.
—Hiciste bien en decirles quien eras. Si no lo. Hubieras hecho, ahora estarías muerta. Es posible que a él
no le maten, pero seguramente te habrían matado a ti.
Walmar sabía que era más probable que hubiese ocurrido lo contrario, pero tuvo que mentir para
tranquilizar a su esposa.
—¿ Qué le harán a Dolff?
Entonces él la tomó entre sus brazos, y Kassandra lloró durante casi una hora. Cuando se serenó, la
habían abandonado las fuerzas, y Walmar la recostó suavemente contra las almohadas y apagó la luz.
—Ahora tienes que dormir. Me quedaré a tu lado toda la noche.
Y así lo hizo, pero cuando ella se despertó por la mañana, hacía ya un buen rato que se había ido a
descansar. Para él había sido una noche de angustia, al haber tenido que contemplar las contorsiones y
muecas de su rostro amoratado cuando la asaltaba alguna pesadilla. Quienquiera que fuese el hombre que
la había golpeado, no había mitigado ni un ápice la fuerza de sus brazos cuando lo hizo. Y mientras la
contemplaba, hora tras hora, Walmar sentía crecer su odio hacia ellos como jamás lo había experimentado
antes. Aquello era el Tercer Reich. ¿Era eso lo que debían esperar en los años por venir? ¿Debía uno
sentirse afortunado por no ser judío? Triste destino si tenía que ver a su amado país convertido en una
nación de matones y asesinos, capaces de golpear a las mujeres, violar a inocentes criaturas y censurar a
los artistas por motivos raciales. ¿Qué le había sucedido a su mundo cuando aquél era el precio que su
adorada Kassandra tuvo que pagar? Se sentía ultrajado, y a su manera también se condolida por Dolff.
Cuando dejó a Kassandra para bailarse y tomar una taza de café, hojeó el diario con aprensión. Sabía
cómo actuarían aquellos rufianes, y estaba seguro de que encontraría la noticia dando cuenta del
«accidente» que habría sufrido Dolff. Así era cómo habían procedido anteriormente. Pero esta vez no
había ninguna breve noticia «sin importancia» pérdida al pie de una columna. O más bien, era tan breve
que él no la descubrió en la última página.
Cuando Walmar volvió junto a la cama de Kassandra al cabo de un par de horas, ella yacía despierta y en
silencio, con la mirada perdida en el techo. Había oído entrar a Walmar en la habitación, pero no volvió
los ojos hacia él.
—Te encuentras mejor? —Pero, por toda respuesta, ella siguió con la mirada fija en el techo, y de cuando
en cuando cerraba los ojos—. ¿Quieres tomar algo? —Esta vez Kassandra denegó con la cabeza—. Quizá
te haría bien tomar un baño caliente.
Pero durante un largo rato Kassandra siguió inmóvil, mirando fijamente el techo y luego la pared, hasta
que, como si el esfuerzo superara sus fuerzas, volvió lentamente los ojos hacia su esposo.
—,Y si vienen a matarte a ti y a los niños?
Aquel pensamiento la había obsesionado desde el momento en que se despertó.
—No seas absurda. No vendrán.
Pero ahora ella sabía cómo eran en realidad las cosas. Aquellos sujetos eran capaces de cualquier cosa.
Sacaban a las personas de sus camas y las mataban, o por lo menos las llevaban con ellos.
—Kassandra, querida..., nosotros estamos a salvo.
Pero hasta Walmar sabía que estaba mintiendo. Nadie estaba ya seguro. Y llegaría un día en que no sólo
perseguirían a los judíos.
—No es cierto. Te matarán. Porque yo les dije quién era. Vendrán aquí... y...
—No vendrán. —La obligó a mirarle a la cara—. No vendrán. Sé razonable. Yo soy banquero. Ellos me
necesitan. No se atreverán a hacerme ningún daño a mí ni a mi familia. ¿No te dejaron marchar ayer
cuando les dijiste quién eras?
Ella asintió con la cabeza, pero ambos sabían que jamás volvería a sentirse segura de nuevo.
—Te he deshonrado.
Kassandra seguía repitiendo aquella frase como una cantinela.
—Basta! Ahora todo ha pasado. Fue una pesadilla. Una horrenda pesadilla, pero ya pasó. ¡Llegó el
momento de despertar!
¿Para qué? ¿Sin Dolff? ¿Debería revivir aquella pesadilla una y otra vez? Sólo encontraría un gran vacío
y, agregado a ello, un profundo pesar y el horror que jamás podría olvidar. Todo cuanto deseaba era
dormir. Eternamente. Un sueño profundo del que no despertara jamás.
—Tengo que ir a la oficina un par de horas, para celebrar la reunión con los belgas, y luego volveré y me
quedaré a tu lado todo el día. ¿Estarás bien?
Ella asintió con la cabeza. Walmar se inclinó hacia su esposa y le besó los largos y delicados dedos de la
mano izquierda.
—Te amo, Kassandra. Y todo volverá a ser como antes.
Indicó a Anna que le sirviera un ligero desayuno, lo dejara en una bandeja junto a la cama y se fuera. Y le
ordenó que nada de lo que viera lo comentara con el resto de la servidumbre.
Anna asintió y media hora más tarde colocó el desayuno junto a la cama de Kassandra. Era la bandeja de
mimbre blanco, cubierta con una nívea servilleta de encaje, en la cual se lo servían todas las mañanas.
Había en ella un jarroncito con una rosa roja de largo tallo, y el juego de porcelana de Limoges que había
sido el favorito de su abuela. Pero cuando le llevaron la bandeja, Kassandra nada dijo. Sólo después que
Anna hubo abandonado la habitación, el diario introducido en el cesto lateral de la bandeja atrajo su
atención. Tenía que leerlo..., quizá encontraría alguna noticia, unas pocas palabras que le dijeran algo con
respecto a la suerte que había corrido Dolff. Leyó todas y cada una de sus líneas, de sus páginas, y a
diferencia de Walmar encontró la noticia en la última página. Sólo decía que Dolff Sterne, novelista,
había sufrido un accidente con su Bugatti y había perdido la vida. Al leerlo, Kas-
Estancia.
Permaneció completamente inmóvil casi durante una hora, y luego se sentó resueltamente en el borde de
la cama. Aún le temblaban los miembros y se sentía mareada, pero se dirigió al cuarto (le baño y abrió el
grifo de la bañera. Se miró al espejo y vio los ojos que Dolff amaba, los ojos que habían contemplado
cómo le sacaban a empellones de la habitación, de su casa, de su vida y de la de ella.
La bañera se llenó con rapidez, y Kassandra cerró silenciosamente la puerta. Fue Walmar quien la
encontró allí una hora más tarde, con las venas cortadas, sin vida, y la bañera llena de sangre.
CAPITULO 7
EL HISPANO-SUIZA DE COLOR marrón oscuro que llevaba a Walmar von Gotthard, a sus hijos
Ariana y Gerhard, y a fraulein Hedwig, se desplazaba con aire solemne detrás del coche fúnebre. Era una
mañana gris del mes de febrero, y desde el amanecer había estado neblinoso y no había dejado de llover.
El día era tan sombrío como las expresiones de Walmar y de los niños, que iban sentados muy rígidos,
cogidos fuertemente de la mano de su querida niñera. Habían perdido a su bella dama. La mujer de los
cabellos dorados y los ojos color de espliego se había ido para siempre.
Sólo Walmar comprendía plenamente lo ocurrido. Sólo él sabía cuán profundamente y durante cuánto
tiempo aquella mujer se había sentido dividida en sus sentimientos, no sólo entre dos hombres, sino entre
dos mentalidades, entre dos estilos de vida. Jamás había podido adaptarse completamente a las rígidas
normas con que la habían educado. Quizá había sido un error haberla obligado a amoldarse a ellas. ¡Pero
había sido tan joven, tan libre, tan adorable y tan afectuosa, tan absolutamente idéntica a la mujer que
siempre había soñado tener por esposa! Y había otros pensamientos que le torturaban. Tal vez había
cometido una equivocación al mantenerla alejada de los niños.
Mientras el automóvil avanzaba fatalmente, Walmar miró de soslayo a la niñera a quien ahora pertenecían
sus hijos. Era una
Mujer de expresión ceñuda, de rostro voluntarioso, ojos afables y manos fuertes. Con anterioridad, había
sido la gobernanta del sobrino y la sobrina de Walmar. Fraülein Hedwig era una buena mujer. Pero
Walmar sabía que, en parte, por causa de ella su esposa estaba muerta. Después de la tragedia del día
anterior, Kassandra se convirtió en una mujer sin un motivo o una razón para seguir viviendo. La pérdida
de Dolff había sido demasiado horrible para ella, y el temor de lo que podía ocurrirle a Walmar
demasiado insoportable. Fue tal vez un acto de cobardía o de locura; sin embargo, Walmar estaba
convencido de que en el fondo había algo más que eso. La nota que había dejado junto a la bañera estaba
escrita con mano temblorosa. Sólo decía: «Adiós... Lo siento...
Al recordarlo, se le llenaron de nuevo los ojos de lágrimas... auf Wiedersehen, querida..., adiós...
El Hispano-Suiza se detuvo finalmente frente a la verja del cementerio de Grunewald; los suaves
montículos cubiertos de césped y rodeados de coloridas flores, y las imponentes lápidas parecían mirarles
solemnemente a través de la lluvia que arreciaba de nuevo.
—Vamos a dejar a mamá aquí?
Gerhard parecía aterrado y Ariana se limitaba a mirar con los ojos muy abiertos. Fraülein Hedwig asintió
con la cabeza. Se abrió la verja y Walmar le hizo seña al chofer de que podía entrar.
El servicio religioso había sido breve e íntimo en la iglesia luterana de Grunewald, donde sólo estuvieron
presentes los niños y la madre de Walmar. En la nota necrológica que aparecería en los periódicos de la
tarde, se atribuiría el fallecimiento a una enfermedad súbita, un inexplicable giro de una gripe que resultó
letal. Kassandra siempre había parecido tan frágil que ello no resultaría difícil de creer. Y los funcionarios
que conocían la verdad habían sido demasiado intimidados por Walmar como para revelarla.
El ministro de la iglesia luterana les había seguido hasta el cementerio en su propio vehículo cubierto de
barro. No habían podido celebrar el funeral en la iglesia católica a la que normalmente asistían. Su
suicidio había anulado esa posibilidad, pero el ministro luterano se mostró comprensivo. Ahora descendió
en silencio de su automóvil, y en seguida la madre de Walmar, la baronesa Von Gotthard, bajó de su
Rolls conducido por un chofer. Los dos chóferes con librea de los Von Gotthard se retiraron
discretamente a un lado mientras bajaban el féretro del coche fúnebre y lo depositaban en el suelo. Un
empleado del cementerio ya les estaba esperando, con expresión sombría, bajo el paraguas abierto, en
tanto que el ministro extraía del bolsillo la pequeña Biblia que previamente había señalado.
Gerhard lloraba quedamente, aferrando con fuerza las manos de fráulein Hedwig y de su hermana, y
Ariana miraba a su alrededor. ¡Cuántas inscripciones, cuántos nombres! Observaba las grandes lápidas,
las enormes esculturas, los innumerables montículos y los fantasmales árboles. En primavera, el lugar
debía ofrecerse con todo su verdor y belleza, pero ahora, salvo por el césped que cubría las tumbas, todo
tenía un aspecto triste, espantoso. Ariana sabía que jamás olvidaría aquel día. La noche anterior había
llorado por su madre. Siempre se había sentido un poco asustada ante su impresionante belleza, sus
enormes y tristes ojos y la brillante cabellera. Fráulein Hedwig siempre les advertía que no debían tocarla
para no mancharle el vestido. Parecía absurdo que ahora la dejaran allí, en aquella caja, bajo la lluvia.
Ariana se entristecía al pensar en ella, tan sola, bajo uno de aquellos montículos cubiertos de suave hierba.
Kassandra sería enterrada en la parcela de la familia Von Gotthard. En ella ya descansaban el padre de
Walmar, su hermano mayor, sus abuelos y tres tías. Y ahora la dejaría allí con los demás; su radiante
novia, la frágil esposa de risa fugaz y asombrosos ojos. La mirada de Walmar se desvió de las lápidas
hacia sus hijos. Sólo Ariana se parecía ligeramente a su madre; Gerhard en absoluto. Ariana, con sus
largas piernas de potrillo, se encontraba a su lado, ataviada con un vestido blanco, medias blancas y una
chaqueta de terciopelo azul marino con cuello de armiño, confeccionado con los retales del espléndido
abrigo de su madre. Junto a ella, el pequeño Gerhard, que parecía extraído de una pintura como su
hermana, con sus blancos pantalones cortos, calcetines blancos y chaqueta azul del mismo tono que la de
Ariana. Aquellas criaturas que estaban de pie a su lado eran todo cuanto Walmar tenía ahora. Juró en
silencio protegerles del mal que tan brutalmente había destruido a su esposa. Cualquiera que fuera la
suerte que corriese su país, no importaba hasta qué punto sus valores fuesen pisoteados, él jamás
permitiría que nada malo les sucediese a sus hijos. El les mantendría a salvo del veneno de los nazis hasta
que Alemania volviese a estar libre de Hitler y sus secuaces. Aquella situación no podía prolongarse
eternamente, y cuando la tormenta hubiese pasado, ellos aún estarían sanos y salvos en su hogar.
Conserva a Tu hija, Padre, en la eterna paz que ahora ha encontrado a Tu lado. Que en paz descanse.
Amén.
Los cinco espectadores hicieron en silencio la señal de la cruz y permanecieron con la vista fija en el
féretro de madera oscura. Los paraguas de Walmar y del ministro se elevaban sobre sus cabezas, mientras
también el cielo abría su corazón y lloraba. Pero ninguno
De ellos parecía notar la lluvia que caía como una cortina a su alrededor. Al fin, Walmar movió la cabeza
y tocó ligeramente los hombros de los niños
—Vamos, hijos, debemos irnos.
Pero Gerhard no quería abandonar a su madre; meneaba la cabeza y no apartaba la vista del féretro.
Finalmente, fráulein Hedwig le condujo hasta el auto y, levantándole del suelo, le sentó en su interior.
Ariana se apresuró a seguirla, dirigiendo una última mirada por encima del hombro al lugar donde
reposaba el féretro y donde su padre se había quedado solo, ahora que la abuela también se hallaba en su
automóvil. El ministro regresó prestamente a su coche, y sólo Walmar siguió allí plantado, contemplando
el ataúd cubierto por una sola corona de grandes flores blancas. Había orquídeas y rosas, y lirios del valle,
todas las flores que Kassandra adoraba.
Por un instante, Walmar sintió deseos de llevarla consigo, de no dejarla jamás en aquel sitio con aquellos
que habían sido tan distintos de ella. Sus tías y su padre y el hermano mayor, que había muerto en la
guerra. ¡Ella había sido tan niña, y aún era tan joven! Kassandra von Gotthard, muerta a los treinta años.
Walmar seguía allí de pie, sin poder creer que Kassandra ya no existía.
Fue Ariana quien finalmente acudió a buscarle. Walmar sintió que los deditos de la niña se entrelazaban
con los suyos y, al volver la vista, la vio a su lado, con su chaqueta azul y el cuello de armiño empapados
por la lluvia.
—Tenemos que irnos, papá. Te llevaremos a casa.
¡Parecía tan madura, tan juiciosa y cariñosa, con sus enormes ojos azules que eran una sombra distante de
aquellos que él tanto había amado! No le importaba la lluvia mientras permanecía a su lado. Se limitaba a
mirarle, cogiéndole fuertemente la mano. Y entonces, calladamente, él movió la cabeza, mientras por su
rostro se deslizaban las lágrimas y la lluvia de invierno. Su sombrero chorreaba sobre sus hombros,
mientras él sostenía con firmeza aquella mano diminuta dentro de la suya.
No volvió la cabeza para mirar por encima de su hombro, y tampoco lo hizo la niña. Cogidos de la mano,
subieron al Hispano-Suiza y el chofer cerró la portezuela. Los empleados del cementerio de Grunewald
comenzaron a cubrir de tierra el féretro de Kassandra von Gotthard hasta formar un montículo, que un día
también se cubriría de verde césped, y allí reposaría ella junto con todos los demás que la habían
precedido y a quienes jamás había llegado a conocer.
LIBRO SEGUNDO
ARIANA
BERLIN
CAPITULO 8
—¿ ARIANA?
Walmar estaba al pie de la escalera, aguardando. Si su hija no se
apresuraba, llegarían tarde.
— Ariana!
Los cuartos de los niños, en el piso superior, se habían transformado ahora en habitaciones más adecuadas
para unos adolescentes. Alguna vez, había pensado en trasladar a sus hijos a la planta inferior, pero por
una parte ellos ya se habían acostumbrado a su propio piso, y por la otra él nunca se había decidido a abrir
de nuevo las habitaciones de su esposa. Hacía siete años que las puertas del apartamento vacío de
Kassandra permanecían cerradas.
El reloj dio la media hora, y entonces, como si se hubiera tratado de una señal, el pasillo superior se
inundó de luz. Cuando Walmar levantó la vista, allí estaba Ariana, como una aparición envuelta en tules
de organdí blanco, con un rocío de diminutas rosas blancas entretejidas con sus cabellos dorados. Su largo
cuello parecía de marfil en contraste con el níveo color del vestido, sus facciones semejaban las de un
camafeo perfectamente tallado y, al mirar a su padre, sus brillantes ojos azules cobraron vida. Lentamente,
descendió por la escalera hacia él, mientras Gerhard sonreía arriba, asomado a la puerta de la estancia que
antes había sido su cuarto de juegos. Gerhard rompió el hechizo del momento al
Llamar a su padre, que aguardaba estupefacto al pie de la escalera:
—Papá, no está mal para ser una niña, ¿verdad?
Tanto Ariana como su padre sonrieron. Walmar asintió con la cabeza y le dirigió a su hijo una fatigada
sonrisa.
—Diría que, para ser una niña, tiene un aspecto extraordinario.
Walmar acababa de cumplir los sesenta y cinco años aquella primavera. Y los tiempos eran difíciles para
un hombre de su edad, y de hecho para cualquiera. Hacía casi tres años que el país estaba en guerra, pero
ello no significaba que hubiese alterado su modo de vida. En Berlín aún reinaban la belleza y la
excitación, casi al extremo del frenesí, con recepciones constantes, representaciones teatrales y de ópera,
y un sinfín de nuevas formas de entretenimiento que Walmar encontraba fatigosas para un hombre de sus
años. Además, existía la permanente tensión que exigía el mantener un orden para la familia, dirigir el
banco, evitar complicaciones y conservar a sus hijos incontaminados del veneno que ahora corría
libremente por las venas del país. No, no era una tarea fácil. Pero hasta el momento había salido airoso de
todos sus cometidos. El Tilden Bank era todavía una sólida institución, sus relaciones con el Reich eran
cordiales, su estilo de vida seguía asegurado, y, debido a su importancia como banquero, en tanto
continuara siendo de utilidad para el Partido, nadie se atrevería a molestar a sus hijos ni a él.
Cuando Ariana y Gerhard alcanzaron la edad en que se esperaba su integración en un grupo juvenil, se
argumentó tranquilamente que Gerhard tenía dificultades con los estudios, sufría ligeros ataques de asma
y era extraordinariamente tímido con los muchachos de su edad. Desde la muerte de su madre..., claro, ya
comprenderán... Y en cuanto a Ariana..., no sabemos si jamás se recobrará de la conmoción. Un viudo
noble de cuna aristocrática, con dos hijos de corta edad y un banco. No se necesitaba nada más para
sobrevivir en Alemania, salvo la paciencia para resistir, la sensatez para mantener la boca cerrada y la
voluntad de ser ciego y sordo.
Walmar aún recordaba el horror de Ariana cuando un día, tres años después del fallecimiento de
Kassandra, la niña fue a ver al peletero de su madre. Cuando era niña, Rothmann, el peletero, siempre le
ofrecía chocolate caliente con galletas, y de cuando en cuando le regalaba alguna colita de visón. Pero
cuando fue a visitarle esa vez, encontró la tienda vigilada por una docena de hombres con brazales rojos.
La tienda estaba a oscuras y vacía, con la marquesina rota, Los escaparates con los vidrios destrozados, el
vasto y lujoso almacén saqueado, y en las ventanas una sola palabra: Juden.
Ariana llegó al banco de su padre llorando, y éste, después de cerrar la puerta, le habló con firmeza.
—No debes contárselo a nadie, Ariana! ¡A nadie! No debes comentarlo ni hacer preguntas. ¡No le digas a
nadie lo que has visto!
Ariana se quedó mirándole confusa.
—Pero hubo otra gente que también lo vio. Los soldados estaban todos afuera e iban armados, y en el
escaparate..., papá..., estoy segura..., ¡vi. sangre!
—Tú no viste nada, Ariana. Nunca estuviste allí.
—Pero...
—Silencio! Hoy almorzaste conmigo en el Tiergarten, y luego regresamos al banco. Estuviste aquí
conmigo un par de horas, tomaste una taza de chocolate caliente, y luego el chofer te llevó a casa. ¿Está
claro?
Ella nunca había visto a su padre en aquel estado, y no comprendía cuál era el motivo. ¿Era posible que
su padre estuviera asustado? Ellos nada podían hacerle. Era un importante banquero. Y además, su padre
no era judío. ¿Pero adónde se habían llevado a Rothmann? ¿Y qué pasaría con su tienda?
—Comprendes, Ariana?
La voz de su padre tenía un tono áspero, casi airado, pero la niña había notado que no estaba enfadado
con ella.
—Comprendo. —Y luego con voz muy queda, que quebró su silencio, preguntó—.-: Pero ¿por qué?
Walmar von Gotthard exhaló un suspiró y se hundió en su sillón. El despacho era amplio, imponente, con
un escritorio enorme, frente al cual, a pesar de que Ariana ya tenía doce años, se veía diminuta. ¿Qué
podía decirle? ¿Cómo podría explicarle?
Un año después de ese incidente, había ocurrido lo peor. En septiembre estalló la guerra. A partir de
entonces, Walmar había seguido su camino con cautela, pero sabía que ello había valido la pena. Los
niños estaban a salvo y protegidos. Gerhard ahora tenía doce años y medio, y Ariana sólo dieciséis. Pocas
cosas habían cambiado para ellos, y aunque los niños siempre sospecharon que su padre detestaba a Hitler,
jamás hablaron de ello, ni siquiera entre ellos mismos. Resultaba peligroso reconocer que uno odiaba a
Hitler. Eso lo sabía todo el mundo.
Aún vivían en la casa de Grunewald, concurrían a las mismas escuelas, asistían a la misma iglesia, pero
raras veces iban de visita a casa de otra gente. Walmar trataba de refrenar sus impulsos por su propio bien,
les daba minuciosas explicaciones, y los niños comprendían. Después de todo, el país estaba en guerra.
Por todas
Partes se veían uniformes, alegres soldados, chicas bonitas, y por la noche oían a veces la música cuando
sus vecinos daban fastuosas fiestas en honor de oficiales y amigos. En cierta manera, en todo Berlín
reinaba una alegría desmesurada. Por otra parte, los niños sabían que también reinaba la tristeza. Muchos
de los padres de sus amigos se encontraban en el frente. Algunos de ellos ya habían perdido a padres y
hermanos en la guerra. Pero para Ariana y Gerhard, a pesar de las importunas bromas de los otros niños,
era un alivio que su padre fuese demasiado viejo. Ellos ya habían perdido a su madre, y no hubieran
podido soportar el dolor de perderle a él también.
—Pero no eres demasiado viejo para asistir a una fiesta —le había dicho Ariana a su padre con una pícara
sonrisa.
Aquella primavera había cumplido dieciséis años y deseaba desesperadamente asistir a su primer baile.
Tenía edad suficiente como para recordar que, cuando aún vivía su madre, sus padres tenían una gran
actividad social. Sin embargo, durante los siete años transcurridos desde la muerte de Kassandra, Walmar
había pasado casi todas las horas del día en el banco o en su hogar, encerrado en sus habitaciones o
jugando a cartas con sus hijos. La vida de bailes y recepciones había concluido cuando Kassandra se quitó
la vida. Pero los niños sabían muy pocas cosas acerca de su madre. Cómo y por qué su madre había
muerto eran dolorosas verdades que Walmar jamás compartió con ellos.
—Y bien, papá, ¿podemos ir? ¡Por favor!
Le había mirado con ojos tan suplicantes, que Walmar no pudo dejar de sonreír.
—1,A un baile? ¿Ahora? ¿En plena guerra?
—Oh, papá, todo el mundo va a fiestas! Incluso aquí, en Grunewald, se prolongan toda la noche.
Era cierto. Incluso en aquel barrio residencial, la jarana seguía normalmente hasta las primeras horas de la
madrugada.
—No eres demasiado joven para eso?
—No lo creas. —Le había mirado con arrogancia, adoptando una expresión que, extrañamente, era más
propia de su madre que de ella—. Ya tengo dieciséis años.
Por último, con ayuda de su hermano, Ariana se había salido con la suya, y ahora estaba allí, como una
princesa de un cuento de hadas, luciendo el vestido blanco de organdí que los hábiles dedos de fráulein
Hedwig habían confeccionado.
—Estás adorable, querida.
Ella sonrió, ruborizándose como una niña y contemplando con
Admiración la corbata de lazo blanca y el frac. que llevaba su padre.
—Tú también estás muy elegante.
Pero Gerhard aún les estaba observando, y le oyeron reír burlonamente en lo alto de la escalera.
—Yo os encuentro ridículos.
Pero se mostraba orgulloso de ellos.
—Vete a la cama, monstruo —le gritó Ariana alegremente por encima del hombro, mientras bajaba con
paso alado el último tramo de escalones.
Poco antes de estallar la guerra, el Hispano-Suiza había sido reemplazado por un Rolls gris y negro, que
ahora les aguardaba frente a la casa, con el viejo chofer junto a la portezuela. Ariana llevaba un ligero
chal sobre los hombros, y el vestido blanco se arremolinó en torno a sus piernas cuando subió al
automóvil. La fiesta tenía lugar en el Teatro de la Ópera, que apareció totalmente iluminado a los ojos de
los Von Gotthard. La amplia avenida conservaba toda su belleza, pues Unter den Linden no había
cambiado por efectos de la guerra.
Walmar contemplaba con orgullo a su hija, sentada como una princesa de fábula junto a él, en el Rolls.
—,Emocionada?
Ella asintió, henchida de felicidad.
—Mucho.
Ariana estaba encantada ante la perspectiva de su primer baile.
Y vio cumplidas con creces todas sus expectativas. La escalinata del Teatro de la Ópera había sido
alfombrada de rojo; el vestíbulo principal estaba inundado por la luz que despedían las maravillosas
arañas. Y al entrar en él se vieron rodeados por hermosas mujeres con vestidos de noche y cubiertas de
diamantes, mientras los hombres llevaban uniformes y condecoraciones o corbatas de lazo blancas y frac.
Para Walmar lo único que empañaba el brillo del salón era la enorme bandera roja que colgaba ante ellos,
con el emblema negro y blanco del Reich.
La música, procedente de la sala central, sonaba como un murmullo en sus oídos, y en torno a ellos se
arremolinaba una infinidad de personas acicaladas, enjoyadas y alegres. Los ojos de Ariana parecían dos
enormes aguamarinas rodeadas por la delicada tez marfileña de su cara, y su boca era un rubí finamente
tallado.
Compartió el primer baile con su padre, y acto seguido éste se apresuró a llevarla hasta los seguros
confines de un grupo de amigos. Varios banqueros conocidos se hallaban reunidos en torno a una mesa
cercana a la pista donde bailaban las parejas.
Hacía unos veinte minutos que Ariana charlaba animadamente con ellos, cuando Walmar advirtió que un
joven alto y apuesto se encontraba de pie junto a la mesa. El joven observaba a Ariana con evidente
interés mientras conversaba con un amigo. Walmar apartó la vista del militar e invitó a su hija a bailar de
nuevo con él. Ello no era muy protocolario, pero sentía la necesidad de posponer lo inevitable tanto como
le fuese posible. Al llevarla allí, ya sabía que tendría que bailar con otros hombres. Sin embargo, los
uniformes..., los uniformes..., era inevitable... Lo único que podía hacer era rogar para que todos la
encontraran demasiado joven como para sentirse atraídos por ella.
Pero mientras describían círculos al compás del vals, Walmar se daba cuenta de que su hija atraía las
miradas de los hombres. Era joven, lozana y encantadora, pero además, Ariana poseía un atractivo, un
magnetismo capaz de subyugar a cualquiera que se mirara en sus profundos ojos azules. Era como si
poseyera la clave de un secreto. Walmar había podido comprobarlo en sus propios amigos. Se trataba de
una cualidad que hipnotizaba a la mayoría de los hombres. Residía en su rostro sereno, en su tierna
mirada y en la súbita sonrisa, que era como el resplandor del sol de verano en la superficie de un lago.
Uno se sentía atraído hacia ella, con el deseo de poder descubrir algo más tras la magia que envolvía su
espíritu, a despecho de su juventud. Ariana era mucho más menuda que su hermano y de complexión más
delicada. La parte superior de su cabeza apenas llegaba a la altura del hombro de su padre, y sus pies
parecían volar mientras bailaban en alas del vals.
Entonces, en cuanto regresaron a su mesa, el joven oficial finalmente se acercó a ellos. Encerrado en un
absoluto mutismo, Walmar se puso tenso. ¿Por qué no pudo haber sido uno de los otros? Alguien que no
vistiera uniforme; un hombre y no un miembro del Reich. Eso eran para él aquellos uniformes; no eran
personas, sino simplemente una banda de lascivos y desenfrenados malhechores, que como un solo
hombre, con todo lo que representaban y defendían, habían asesinado a su esposa.
— ¿ Hen Von Gotthard? —Walmar asintió con una leve inclinación de cabeza y de inmediato el brazo
derecho del joven se alzó en el familiar saludo—. ¡ Hell Hitler! —Walmar asintió de nuevo, esta vez con
una helada sonrisa—. Tengo entendido que esta joven es su hija.
Walmar sintió deseos de abofetearle, pero, después de mirar a Ariana y luego al intruso de nuevo,
respondió secamente:
—Sí. Es demasiado joven para estar aquí esta noche, pero yo le
Di mi consentimiento con la condición de que permaneciera a mi lado.
Ariana pareció sorprenderse ante aquellas palabras, si bien no protestó. El joven, por su parte, dio a
entender que comprendía con un movimiento de cabeza, y luego miró a la princesa de fábula con una
arrebatadora sonrisa. Tenía unos dientes perfectos, blancos como la nieve, cuya belleza era realzada por la
curva de sus labios y el encanto de su sonrisa. El azul de sus ojos no era muy distinto del color de los de
Ariana, pero en tanto que los cabellos de la joven eran rubios como la miel, los del oficial eran negros
como el azabache. Era alto y apuesto, con anchos hombros, caderas estrechas y largas piernas, cuya
esbeltez el uniforme y las relucientes botas no hacían más que acentuar.
Esta vez, el joven oficial se inclinó ante el padre de Ariana, a la usanza de una época anterior a la del
saludo con el brazo en alto, chocó los talones y luego se irguió de nuevo.
—Werner von Klaub, herr Von Gotthard. —Volvió a dirigir una radiante sonrisa a Ariana—. Ya veo que
la señorita Gotthard es indudablemente una dama muy joven, pero me sentiría muy honrado si me la
confiara tan sólo el tiempo que dure la próxima pieza.
Walmar vaciló. Se dio cuenta de que conocía a la familia del joven, y rehusar hubiera sido una afrenta a
su apellido y al uniforme que vestía. ¡Y además Ariana se mostraba tan ansiosa y bonita! ¿Cómo podría
negarse? El solo no podía hacer frente a los uniformes que habían conquistado todo su mundo.
—Supongo que no puedo oponerme a ello, ¿no es cierto? —dijo, con voz preñada de ternura y pesar,
mirando tiernamente a su hija.
—6Puedo, papá?
Ariana le devolvió la mirada con aquellos enormes ojos, tan azules y brillantes, llenos de esperanza.
—Sí, hija mía.
Von Klaub se inclinó de nuevo, pero esta vez ante Ariana, y luego se alejó con ella. Comenzaron a bailar
lentamente, como el Príncipe Encantado y Cenicienta, como si hubieran sido hechos el uno para el otro.
Era un placer contemplarlos, como comentó un hombre junto a Walmar. Tal vez lo fuese, pero no para él.
Ahora comprendía que una nueva amenaza acababa de hacerse presente en su vida. Y, lo que era más
importante, en la de Ariana. A medida que crecía aumentaban sus encantos, y él no podría mantenerla
eternamente prisionera en su casa. Llegaría un día en que la perdería, y tal vez para caer en brazos de uno
de «ellos». Qué
Curioso, se dijo mientras les observaba. En otras circunstancias, en otra época, Von Klaub hubiera sido
bien recibido en su casa y en la vida de su hija, pero ahora..., aquel uniforme lo había cambiado todo para
Walmar. El uniforme y lo que el mismo representaba. Era algo superior a sus fuerzas.
Cuando la pieza terminó, Ariana miró a su padre, con una pregunta manifiesta en los ojos, y él estuvo a
punto de menear la cabeza negándole su permiso, pero de nuevo descubrió que no podía hacerlo. De
modo que nuevamente asintió. Y después de aquella pieza, siguió otra. Y luego, muy sensatamente, el
joven oficial alemán acompañó a Ariana hasta donde se encontraba su padre, se inclinó y se despidió con
un «buenas noches» de Ariana. Pero algo en la forma en que sonrió a su hija le hizo suponer a Walmar
que no era la última vez que verían a Werner von Klaub.
—Cuántos años tiene, Ariana? ¿Te lo ha dicho?
—Veinticuatro. —Miró a su padre directamente a los ojos con una incipiente sonrisa—. ¿Te gusta?
—La cuestión es si te gusta a ti.
Ariana se encogió evasivamente de hombros, y por primera vez en toda la velada su padre se echó a reír.
—Así se empieza, ¿no? Querida, vas a destrozar miles de corazones.
Sólo esperaba que entre ellos no le destrozara el suyo. La había preservado con tanto celo de aquel
veneno, que si un día ella llegaba a oponerse a sus creencias sabía que ello le causaría la muerte.
Pero en los meses que siguieron Ariana no dio muestras de querer traicionarle a él ni a sus principios.
Werner von Klaub había ido efectivamente a visitarles, pero sólo una o dos veces. Había encontrado a
Ariana tan deslumbrante como la primera noche, pero también la juzgó muy joven y más tímida de lo que
esperaba. No era ni por asomo tan divertida como las mujeres que habían quedado prendadas de su
uniforme en los pasados tres años. Ariana no estaba madura, y Werner von Klaub no tenía suficiente
interés en esperar.
Su padre se sintió aliviado cuando terminaron las visitas, y ella no pareció particularmente entristecida
por la pérdida de aquel pretendiente. Ariana era feliz con la vida que llevaba en el hogar en compañía de
su padre y su hermano, y tenía muchas amigas de su edad en la escuela. La inflexible batalla librada por
su padre para protegerla había demorado el desarrollo de su personalidad. Sin embargo, su infantil
inocencia se veía contrarrestada por la sensatez que había alcanzado debido a una dolorosa experiencia.
La pérdida
De su madre, por remota que Kassandra hubiese estado para ella, por velada que fuera la realidad de
aquella pérdida había marcado a Ariana, y la ausencia de una madre en quien buscar consuelo había
engendrado en ella una tristeza que se reflejaba en el fondo de sus bellos ojos. Pero se trataba de una
especie de pesar muy íntimo, que no se debía a los efectos de la guerra. A pesar del considerable
incremento de los bombardeos de Berlín desde el año 1943 y del tiempo que Ariana pasaba en la bodega
de la casa junto con Gerhard, su padre y los criados durante las incursiones aéreas, no tuvo ningún
contacto real con el dolor de la guerra hasta los dieciocho años, en la primavera de 1944.
Durante toda esa primavera, los aliados acrecentaron sus esfuerzos, y Hitler había dado a conocer nuevos
decretos confirmando su resolución de librar la guerra total.
Cuando Ariana llegó de la escuela supo por Berthold, que ahora era muy viejo y también muy sordo, que
su padre se había encerrado en el salón con un amigo.
—¿ Ha dicho quien era? —le preguntó Ariana con una sonrisa. La imagen de Berthold figuraba entre sus
más tempranos recuerdos. El mayordomo siempre había estado en la casa.
—Sí, señorita.
El anciano le sonrió benignamente. Su rostro impasible sólo se quebraba en las cálidas arrugas de la
sonrisa ante Ariana. Asintió con la cabeza como si hubiera entendido su pregunta, pero la joven en
seguida se dio cuenta de que no había sido así.
Conociendo su punto flaco, ella le hablaba en voz más alta, contrariamente a lo que hacía su hermano,
que a menudo se burlaba abiertamente de su sordera. Pero al señoriíto Gerhard Berthold se lo consentía
todo. Gerhard era su niño mimado.
—Te he preguntado si mi padre había dicho quién era el visitante.
—Ah..., no, señorita. No lo ha dicho. Frau KlemMer fue quien le recibió. Yo estaba ayudando al señoriíto
Gerhard con su equipo de química.
—Oh, Dios, no!
—,Cómo?
—No importa, Berthold, gracias.
Ariana se alejó con ágiles pasos por el pasillo. La casa y su vasta servidumbre también constituían una
constante en su vida. No podía imaginarse a sí misma viviendo en otra parte.
Antes de llegar a su habitación, se cruzó con frau Klemmer. Ella y frau Klemmer habían estado
discutiendo en secreto por la mañana
La posibilidad de abrir de nuevo las habitaciones de su madre. Habían transcurrido nueve años desde su
muerte, y Ariana estaba a punto de cumplir los dieciocho. Le fastidiaba tener que compartir la planta
superior con Gerhard, que era muy bullicioso y constantemente provocaba explosiones con sus mezclas
químicas, mientras trataba de fabricar pequeñas bombas. Y Ariana y su padre ya habían resuelto que ella
pospondría su ingreso en la universidad hasta después de la guerra, de modo que, cuando terminara los
estudios secundarios al cabo de dos meses, estaría ocupada en la casa. Tenía proyectado realizar trabajos
voluntarios. Ya trabajaba en un hospital dos días por semana, pero de alguna manera consideraba que,
después de graduarse en el instituto sería más apropiado ocuparse al mismo tiempo de las tareas de la casa.
La perspectiva de ocupar las habitaciones de su madre le causaba mucha ilusión..., pero tenía que obtener
el consentimiento de su padre.
—6Ya se lo has preguntado? —inquirió frau Klemmer en un susurro conspira torio, y Ariana denegó con
la cabeza.
—Aún no. Esta noche. Si logro desembarazarme de Gerhard.
—Suspiró, poniendo los ojos en blanco—. ¡Es tan fastidioso! Su hermano acababa de cumplir los quince
años.
—Creo que si le das a tu padre tiempo para pensarlo, seguramente accederá. Le gustará tenerte más cerca.
Subir todas esas escaleras hasta el tercer piso para verte le resulta muy pesado.
Era un argumento muy sensato, pero Ariana no estaba segura de que fuese convincente para su padre. A
sus sesenta y ocho años, no le agradaba que le recordaran la edad que tenía.
—Ya se me ocurrirá algo. Quería hablar con él ahora, pero tiene visita. ¿Sabes de quién se trata? Berthold
me dijo que tú le habías abierto la puerta.
—Así es. —Frau Klemmer pareció estar un poco confundida—. Es herr Thomas. Y no tenía muy buen
aspecto.
¿Pero quién tenía buen aspecto actualmente? Incluso el padre de Ariana parecía estar exhausto cuando
llegaba del banco. El Reich presionaba cada vez más a los banqueros de todo el país para que aportaran
unos fondos que éstos no poseían.
Cuando frau Klemmer se retiró, Ariana se quedó unos instantes indecisa, sin saber si debía bajar a ver a
su padre o no. Había pensado deslizarse de nuevo en las habitaciones de su madre, admirar el magnífico
dormitorio y ver si el gabinete era lo suficientemente grande como para acomodar en él su escritorio. Pero
eso podría hacerlo más tarde. Prefirió bajar para estar un momento con el amigo de su padre.
Herr Thomas era treinta años más joven que su padre, pero a pesar de la diferencia de edad, éste sentía un
gran afecto por aquel hombre de voz suave. Había pasado cuatro años trabajando a las órdenes de su
padre y luego decidió estudiar Derecho. Mientras estaba en la facultad, se había casado con una
compañera de estudios, y tuvieron tres hijos en un lapso de cuatro años. El menor tenía ahora tres, pero
herr Thomas no había vuelto a verle desde que el niño tenía sólo cuatro meses. Su esposa era judía y los
nazis se la habían llevado junto con los niños. Durante los dos primeros años de guerra, Máx. había
logrado burlar a los nazis. Pero finalmente no hubo forma de escapar a lo inevitable. Sarah y los niños
tuvieron que partir. En 1941, hacía tres años, se los habían llevado. El choque que le causó su pérdida casi
le había aniquilado, y ahora, cuando visitaba al padre de Ariana, parecía quince años más viejo. Había
luchado desesperadamente por encontrarles, hasta que por fin había perdido toda esperanza.
Golpeó suavemente en la doble puerta, pero sólo oyó el quedo murmullo de la conversación. Cuando ya
se disponía a retirarse, su padre la llamó.
Ariana abrió la puerta lentamente y asomó la cabeza esbozando una sonrisa.
—Papa? ¿Puedo pasar?
Pero lo que vio le causó un sobresalto y no supo si cerrar la puerta y retirarse o entrar. Maximilian
Thomas estaba sentado de espaldas a ella, con la cara hundida entre las manos y todo su cuerpo sacudido
por los sollozos. Ariana miró a su padre, esperando que le indicase que se fuera, pero, para su sorpresa, la
hizo quedar. Estaba anonadado. No sabía qué decir. Quizá su hija pudiera ofrecerle a Máx. mayor
consuelo que el que él mismo había podido brindarle. Aquél fue el primer acto de reconocimiento por
parte de Walmar de que su hija ya no era una niña. Si hubiese sido Gerhard en lugar de Ariana, su padre
le habría enviado a su habitación con un imperativo gesto de la mano. Pero Ariana no sólo era ya una
joven, sino que tenía la apostura de una mujer. Su padre le indicó que se le acercara, y mientras ella lo
hacía, Máx. separó las manos de su rostro.
Lo que Ariana vio al llegar junto a él fue una expresión de absoluta desesperación.
—Máx...., ¿qué ha ocurrido?
Se dejó caer de rodillas junto a él y sin pensar le tendió los brazos. Y con la misma naturalidad, Máx. se
inclinó hacia ella y siguió llorando quedamente mientras se abrazaban. El nada dijo
Durante un largo rato hasta que por último se enjugó los ojos y se separó lentamente de ella.
—Gracias. Lamento...
—Lo comprendemos, Máx..
Walmar se acercó a una mesa larga y antigua donde, en una gran bandeja de plata, había varias botellas de
coñac y lo que restaba de su reserva de whisky escocés. Sin preguntarle a Máx. qué prefería, le sirvió una
copa de coñac y se la ofreció en silencio. Máx. la cogió, tomó un sorbo y se secó de nuevo los ojos
llorosos.
—¿ Se trata de Sarah?
Ariana tuvo que preguntárselo. ¿Acaso había tenido noticias? ¡Hacía tanto tiempo que requería
información de los nazis, infructuosamente!
Los ojos de Máx. buscaron los de ella a modo de respuesta, y el dolor que le había causado lo que había
averiguado aquel día estaba grabado en el fondo en todo su horror: sus peores temores habían sido
confirmados.
—Están todos... —Se le hizo un nudo en la garganta antes de poder decir la terrible palabra—: muertos.
—Aspiró profunda y roncamente y dejó la copa de coñac—. Los cuatro..., Sarah y los niños...
—Dios mío! —Ariana le miró angustiada y quiso preguntarle por qué. Pero todos sabían el porqué.
Porque eran judíos... Juden—. ¿Estás seguro?
Máx. asintió con la cabeza.
—Me dijeron que debería estar agradecido. Que ahora podría comenzar una nueva vida con una mujer de
mi propia raza. Oh, Dios... ¡Oh, Dios mío, mis hijos...! Ariana...
Sin darse cuenta, buscó de nuevo refugio en los brazos de la joven, y ella le estrechó fuertemente, esta vez
con lágrimas que corrían también por sus mejillas.
Walmar comprendió que debía convencer a Máx. para que se marchara del país en seguida. No podía
seguir residiendo en Berlín.
—Máx., escucha. Ahora tienes que pensar con claridad. ¿Qué vas a hacer?
—¿ Qué quieres decir?
—Acaso crees que puedes seguir viviendo aquí? ¿Ahora? ¿Ahora que lo sabes?
—No sé..., no sé... Años atrás ya quise marcharme. En el 38, se lo dije a Sarah..., pero ella no quiso..., sus
hermanas, su madre...
—Siempre le decía lo mismo—. Y después que se los llevaron, me quedé porque tenía que encontrarla.
Pensé que si averiguaba dónde
Estaba, podría hacer un trato con ellos, podría... ¡Oh, Dios mío, debí imaginarlo...!
—Eso no habría cambiado las cosas, ¿no es así? —Walmar miró a su amigo, compartiendo su dolor—.
Pero ahora conoces la verdad. Y si te quedas aquí, te atormentarán. Vigilarán lo que haces, adónde vas,
con quién te ves y en qué lugar. Durante años has sido una persona sospechosa, a causa de Sarah, y ahora
tienes que marcharte sin perder momento.
Máx. Thomas meneó la cabeza. Walmar hablaba con conocimiento de causa. En dos oportunidades le
habían destrozado el bufete de abogado, dejando pintadas en las paredes y talladas en todos los muebles
las palabras: «Amante de una judía». Pero a pesar de todo se había quedado. Tenía que hacerlo. Para
buscar a su esposa.
—Supongo que aún no me doy suficientemente cuenta de que todo ha terminado, de que..., de que ella...,
de que ya no hay nadie a quien buscar. —Se recostó contra el respaldo de su butaca, y en sus ojos se
reflejó hasta qué punto comprendía la terrible verdad—. Pero, ¿adónde iría?
—A cualquier parte de Suiza, si puedes llegar allí. Después, quizás a Estados Unidos. Pero sal de
Alemania, Máx., pues si te quedas aquí te aniquilarán.
Como aniquilaron a Kassandra..., y antes que a ella, a Dolff... El recuerdo de lo ocurrido se avivó de
nuevo mientras contemplaba la cara de su joven amigo.
Máx. movió la cabeza.
—No puedo irme.
—Por qué no? —Walmar se enfureció de repente—. ¿Porque eres muy patriota? ¿Porque amas a la patria
que te ha dado tanto? Santo Dios, hombre, ¿qué puede retenerte aquí? ¡Por todos los diablos, sal del país!
Ariana les observaba, asustada; nunca había visto a su padre tan alterado.
—Máx., quizá papá tenga razón. Tal vez puedas regresar algún día.
Pero Walmar seguía mirándole con hosca expresión.
—Si eres sensato, no debes volver. Comienza una nueva vida en otra parte. En cualquier parte, Máx., en
cualquier parte, pero vete de aquí antes de que todo se derrumbe sobre tu cabeza.
Máx. Thomas miró a Walmar con aire sombrío.
—Ya se ha derrumbado.
Walmar exhaló un hondo suspiro y se sentó en su butaca de nuevo, sin apartar la vista de su amigo.
—Sí, lo sé. Pero Máx., aún te queda tu propia vida. Ya has perdido a Sarah y a los niños. —A pesar del
tono afectuoso de su voz, a Máx. se le llenaron de nuevo los ojos de lágrimas—. Por ellos y por ti mismo
debes seguir viviendo. ¿Por qué agregar otra tragedia, una nueva pérdida?
¡ Si le hubiera podido hablar así a Kassandra! ¡ Si ella lo hubiese podido comprender!
—Cómo podría salir del país?
Máx. le miraba fijamente, pensando, sin llegar a comprender realmente lo que significaba abandonar su
casa, su heredad, el país que había visto nacer a sus hijos y sus sueños.
—No lo sé. Podríamos pensarlo. Supongo que con toda la confusión que reina estos días, simplemente
podrías desaparecer. De hecho —siguió diciendo Walmar, pensativo—, si te marcharas ahora,
inmediatamente, podrían suponer que la noticia te ha trastornado, que saliste huyendo o que te quitaste la
vida, cualquier cosa. En un primer momento, no sospecharían nada. Más adelante, tal vez.
—Y qué quieres decir con eso? ¿Qué salga esta noche de tu casa y comience a caminar hacia la frontera?
¿Con qué? ¿Con mi cartera porta documentos, el abrigo y el reloj de oro de mi abuelo?
El reloj al que se refería reposaba, como siempre, en el bolsillo de su chaleco.
Pero Walmar seguía pensando. Asintió lentamente con la cabeza.
—Tal vez.
—Hablas en serio?
Ariana les observaba, horrorizada por lo que estaba escuchando. ¿De modo que eso era lo que estaba
ocurriendo? ¿Asesinaban a las mujeres y a los niños, y dejaban que los demás huyeran a pie hasta la
frontera en medio de la noche? Sintió que se apoderaba de ella una clase de espanto que jamás había
experimentado antes, y la menuda cara de color marfil pareció palidecer aún más.
Entonces Walmar miró a Máx.. Tenía un plan.
—Sí, hablo muy en serio. Creo que deberías irte ahora.
—Esta noche?
—Tal vez no esta misma noche, pero lo antes posible, en cuanto estén listos los papeles. No obstante,
creo que deberías desaparecer esta noche. —Y después de tomar otro sorbo de coñac, preguntó—:
¿Tú qué opinas?
Máx. le había estado escuchando atentamente y comprendía que las palabras de su viejo amigo estaban
preñadas de sensatez. ¿Qué
Motivos tenía para aferrarse a un país que ya había destruido todo cuanto era más caro para él?
Asintió silenciosamente con la cabeza. Y al cabo de. Un instante, dijo:
—Tienes razón. Me marcharé. No sé adónde..., ni cómo.
Sus ojos no se apartaron de Walmar, pero ahora ésta miró a su hija. Aquel era un momento decisivo en la
vida de los tres.
—Ariana, ¿te importaría dejarnos solos ahora?
Por un instante, pareció que nadie respiraba en aquella estancia, y luego Ariana dirigió a su padre una
mirada interrogadora.
—Quieres que me vaya, papá?
Porque ella no quería irse. Deseaba quedarse allí con él y con Máx..
—Puedes quedarte si quieres. Si comprendes la importancia de guardar sobre esto el más absoluto
silencio. No debes hablar de ello con nadie. Con nadie. Ni con Gerhard, ni con la servidumbre. Con nadie.
Ni siquiera conmigo. Lo que ocurra, ocurrirá en secreto. Y cuando todo haya terminado, será como si
nunca hubiese ocurrido. ¿Está claro?
Ella asintió con la cabeza, y por un instante Walmar se preguntó si no era una locura comprometer a su
hija, pero en seguida se dijo que ya estaban todos comprometidos. Muy pronto ellos mismos podrían
encontrarse en una situación semejante y ya era hora de que Ariana estuviera al tanto de los
acontecimientos. Hacía cierto tiempo que venía pensado en ello. Tenía que comprender cuán desesperada
era la situación.
—,Me comprendes, Ariana?
—Perfectamente, papá.
—Muy bien.
Walmar cerró los ojos un instante y luego se volvió hacia Máx..
—Esta noche saldrás de aquí por la puerta principal, simulando estar todavía más trastornado que cuando
llegaste, y simplemente desaparecerás. Te dirigirás hacia el lago. Y más tarde regresarás aquí. Yo mismo
te abriré la puerta cuando la casa quede a oscuras. Te quedarás aquí un par de días. Y luego te marcharás.
Con la máxima discreción. Cruzarás la frontera hacia Suiza. Y entonces, amigo mío, nadie volverá a saber
de ti. A empezar una nueva vida.
—4Y cómo voy a solventar los gastos? ¿Podrás retirar mi dinero del banco?
Máx. parecía preocupado, pero Walmar meneó la cabeza.
—No te preocupes por eso. Lo único que debes hacer es volver
Aquí esta noche. Y después, llegar a la frontera. Yo me encargo del dinero y los papeles.
Máx. estaba impresionado, y hasta un poco sorprendido, por el comportamiento de su respetable y viejo
amigo.
—Conoces a alguien que pueda resolver esas cosas?
—Sí, así es... Hace cosa de seis meses llevé a cabo ciertas averiguaciones, por si acaso... se presentaba la
eventualidad.
Ariana estaba asombrada, pero guardó silencio. No tenía ni idea de que su padre hubiera considerado esa
posibilidad.
—Estamos de acuerdo, pues? —Máx. asintió—. ¿Te quedas a cenar? Después podrás retirarte a la vista
de todos.
—Está bien. ¿Pero dónde me ocultarás?
Walmar se mantuvo callado durante unos instantes: él también se había estado preguntando lo mismo.
Esta vez fue Ariana quien tuvo la respuesta.
—En las habitaciones de mamá. —Walmar la miró en seguida con expresión reprobadora, y Máx.
advirtió las miradas que intercambiaron—. ¡Papá, es el único lugar al que nadie se acerca!
Con la excepción de que ella y frau Klemmer habían estado allí aquel mismo día. Por eso había pensado
de inmediato en las habitaciones en cuestión. Por lo general, la familia y la servidumbre casi actuaban
como si las dependencias de Kassandra no formaran parte de la casa de los Von Gotthard.
—Papá, es cierto. Allí estará seguro. Y yo podré ordenarlo todo cuando Máx. se haya ido. Nadie se
enterará jamás.
Walmar permaneció callado durante lo que pareció un interminable momento. La última vez que él había
entrado en aquel apartamento, fue cuando encontró a su esposa muerta en la bañera llena de sangre.
Nunca más había vuelto a poner los pies en aquellas habitaciones. El dolor que le provocaban aquellos
postreros recuerdos le resultaba insoportable, aquel rostro amoratado y aquellos ojos desesperados, los
pechos lacerados por la hebilla del cinto de aquel nazi que había estado a punto de violarla.
—Supongo que no queda otra alternativa.
Lo dijo con una angustia en la voz que sólo Máx. comprendió. Ambos sabían lo que los nazis eran
capaces de hacer.
—Lamento ser un problema para ti, Walmar.
—No seas absurdo. Lo que queremos es ayudarte. —Y luego, con una sonrisa glacial, agregó-: Tal vez un
día nos ayudarás a nosotros.
Siguió un largo silencio y luego, por fin, Máx. preguntó:
—Walmar, ¿de veras has pensado en salir del país?
Su viejo amigo tenía un aire meditabundo.
—No estoy muy seguro de poder hacerlo. Yo soy más notorio que tú. Me tienen vigilado. Me conocen. Y
me necesitan más que a ti. Soy una fuente de recursos económicos para ellos. El Tilden Bank es
importante para el Reich. Es un dogal en tomo a mi cuello, pero también es mi salvación. Un día quizá se
convierta en el arma .que apunte a mi cabeza. Pero si llegara el caso, haría lo mismo que tú.
A Ariana le sorprendió oírle decir eso. Nunca había sospechado que su padre tuviera pensado huir un día.
Y entonces, como si hubiese sido establecido de antemano, Berthold llamó a la puerta y anunció que la
cena estaba servida, y los tres abandonaron el salón en silencio.
CAPITULO 9
WALMAR VON GOTFHARD SE desplazó de puntillas por su propia casa y se quedó aguardando en el
vestíbulo. Le había advertido a Máx. Thomas que cruzara el jardín descalzo, pues así haría menos ruido
que si caminaba sobre la grava con zapatos. Y le había dado su llave de la puerta de entrada. Máx. se
había despedido de ellos alrededor de las once y ahora faltaban unos minutos para las tres de la
madrugada. Había luna llena y Walmar pudo verle claramente, corriendo por el césped. Los dos hombres
no cambiaron palabras de saludo, sino tan sólo un brusco movimiento de cabeza mientras Máx. Thomas
se limpiaba cuidadosamente los calcetines en la esterilla. El barro de los parterres de flores habría dejado
rastros en el blanco suelo de mármol. A Walmar le complació que Máx. diera muestras de poseer una
mente tan clara. Su amigo era un hombre diferente a aquél que diez horas antes había estado en su estudio
sollozando y completamente abatido. Ahora que Máx. Thomas había resuelto huir, sus posibilidades de
supervivencia dependían de su agudo ingenio y de su capacidad para pensar con frialdad.
Los dos hombres subieron rápidamente por la escalera principal y en cuestión de segundos llegaron al
extremo del largo pasillo. Walmar se quedó inmóvil un instante, esperando, como si no se atreviera a
proseguir. Pero Ariana les estaba aguardando y ahora, al notar su presencia, abrió la puerta unos
centímetros para atisbar. Al
Ver la expresión resuelta del rostro de Máx., abrió completamente la puerta para dejarles pasar, pero
Walmar siguió sin moverse, meneando la cabeza, como si aún no estuviera resuelto a entrar. Máx. entró
prestamente. Tal vez había llegado la hora de que Walmar abriera las puertas de nuevo; quizás, al igual
que a Máx., le había llegado la hora de avanzar sin detenerse.
Cerró sin hacer ruido la puerta tras él y siguió a Ariana, que les condujo a la pequeña habitación que había
sido el estudio de su madre, ahora sumido en la tenue luz rosada de las pantallas. La chaise longue aún
seguía en el rincón, y Ariana había extendido unas gruesas mantas sobre ella para que Máx. Pudiese
dormir allí.
Se puso un dedo sobre los labios y musitó:
—Pensé que si dormía aquí estaría más seguro. Si llegara a entrar alguien, no podría verle desde el
dormitorio.
Su padre asintió con la cabeza, y Máx. le miró con expresión que traducía su agradecimiento, pero
profundas arrugas de cansancio rodeaban sus ojos. Walmar le dirigió una última mirada, le saludó con un
movimiento de cabeza y abandonó la habitación, seguida por Ariana. Walmar había prometido obtener
los papeles lo más rápidamente que le fuera posible. Esperaba, por el bien de Máx., tenerlos en su poder
para la noche siguiente.
Ariana y su padre se despidieron en el pasillo absortos en sus pensamientos y sin decir palabra. Ella
regresó a su habitación, pensando en Máx. y en el solitario viaje que se disponía a emprender. Aún
recordaba a Sarah, aquella mujer menuda de negros y risueños ojos. Siempre contaba divertidas anécdotas
y se mostraba muy cariñosa con Ariana. Ahora todo ello parecía muy remoto. Ariana había pensado a
menudo en ella durante los últimos tres años, preguntándose dónde estaría y qué le habrían hecho... a ella
y a sus hijos... Ahora ya lo sabían.
Pensamientos similares asaltaban a Máx. mientras yacía en la chaise longue tapizada en raso color rosado,
en aquella habitación que había pertenecido a la mujer que él sólo había visto una vez cuando conoció a
Walmar. Era una mujer deslumbrante, de cabellos dorados, casi cobrizos. A él le había parecido
encontrarse ante la visión más extraordinariamente hermosa que había presenciado en su vida. Y poco
tiempo después, se enteró de que había fallecido. Por causa de la gripe, según le habían dicho. Pero ahora
que se hallaba en aquella habitación, presintió que había sido otra la causa de su muerte. Walmar le había
transmitido una extraña impresión; le pareció adivinar que también él había sufrido en manos de los nazis.
Ello parecía imposible. Pero uno nunca sabía.
En su dormitorio, Walmar contemplaba el lago bañado por la luz de la luna, pero no era el lago lo que
veían sus ojos, sino a su esposa. Rubia, radiante, hermosa..., Kassandra, la mujer a la que había amado
desesperadamente en el remoto pasado..., los sueños que habían compartido en aquella habitación. Y
ahora estaba vacía, solemnemente velada por las cortinas, olvidada. Aquella noche había dejado en ella
una parte de su ser cuando traspuso el umbral con el amigo que ocultaban y con Ariana, que poseía
aquellos mismos ojos insondables de color espliego. Se volvió de espaldas a la luz de la luna, agobiado de
dolor, y finalmente se desvistió y se acostó.
—SE LO PREGUNTASTE? —inquirió frau Klemmer después del desayuno al cruzarse con Ariana en el
pasillo.
—6Qué cosa?
Ariana tenía otras cosas en mente.
—Lo de la habitación. El apartamento de tu madre.
Qué chica tan rara era, tan distante, tan introvertida a veces. ¿Ya lo había olvidado? Frau Klemmer a
menudo se preguntaba qué misterios se ocultaban detrás de aquellos profundos ojos azules.
—Oh, eso..., sí... Quiero decir no. Dijo que no.
—Se enfadó?
—No. Pero se mostró terminante. Creo que me quedaré donde estoy.
—¿ Por qué no le presionas un poco? Tal vez lo piense mejor y ceda.
Pero Ariana meneó la cabeza con determinación.
—Ya tiene suficientes preocupaciones.
El ama de llaves se encogió de hombros y siguió su camino. A veces resultaba difícil comprender a la
joven, pero, pensándolo bien, su madre también había sido una mujer rara.
Cuando Ariana se fue a la escuela esa mañana, Walmar ya había abandonado la casa en su Rolls. Ella
había expresado su deseo de quedarse en el hogar todo el día —por si acaso, por Máx.—, pero su padre
insistió en que debía seguir haciendo la vida de siempre, y con el fin de asegurar la protección de Máx., el
propio Walmar había cerrado con llave la habitación de Kassandra.
A Ariana las horas se le hicieron interminables, hasta que por fin llegó el momento de regresar a casa. En
la escuela estuvo todo el día distraída, pensando en Máx. y preguntándose cómo estaría. Pobre hombre,
cuán extraño debía de parecerle estar cautivo en una casa ajena. Con paso mesurado, Ariana cruzó el
vestíbulo, saludó a
Berthold y subió a su habitación. Rehusó la taza de té que le ofreció Anna y entró en el cuarto de baño
para peinarse. Dejó transcurrir otros quince minutos antes de atreverse a bajar al piso inferior. Se detuvo
un instante ante la puerta del dormitorio de su padre y luego siguió caminando, con la llave que le había
pedido prestada a frau Klemmer sólo dos días antes.
La puerta se abrió fácilmente después de que girase la llave y luego el tirador, y se deslizó sigilosamente
al interior de la habitación. Cruzó el dormitorio de puntillas, en silencio, conteniendo la respiración, y
luego se detuvo en el umbral, como una sonriente aparición, ante el rostro fatigado y sin afeitar de Máx..
—Hola —dijo en un susurro.
El le sonrió y la invitó a sentarse.
—Has comido? —Máx. denegó con la cabeza—. Eso supuse. Toma —Le había llevado un emparedado
oculto en el profundo bolsillo de su falda—. Más tarde te traeré un poco de leche.
Por la mañana le había dejado un jarro de agua. Le habían advertido que se abstuviese de abrir los grifos.
Al cabo de tantos años, las cañerías podían estar excesivamente herrumbrosas, y el ruido tal vez alterara a
la servidumbre sobre la presencia de alguien en aquellas dependencias.
—Pero ¿estás bien?
—Estoy muy bien.
Acto seguido, devoró el emparedado vorazmente.
—No tenías que haberte molestado. —Y luego le sonrió—. Pero me alegro de que lo hicieras.
En aquellos momentos parecía más joven, como si le hubiesen quitado de encima varios años de ansiedad.
Se le veía cansado, y parecía distinto debido a la barba, pero a pesar de todo había desaparecido de su
rostro aquella expresión dolorida y triste del día anterior.
—,Cómo te fue en la escuela?
—Terriblemente mal. Estaba preocupada por ti.
—No tenías por qué preocuparte. Aquí estoy bien.
Curiosamente, a pesar de que sólo llevaba unas horas allí escondido, tenía la sensación de hallarse aislado
del mundo. Echaba de menos los autobuses, el ajetreo, su despacho, el teléfono, incluso el ruido de las
botas militares marchando con paso de ganso por las calles. Todo ello le parecía muy remoto, como si
hubiese sido arrastrado a otro mundo. Un olvidado y velado mundo de raso rosado, el gabinete de una
mujer que había desaparecido hacía largo tiempo. Ambos recorrieron con la vista el
Pequeño gabinete y sus miradas se encontraron en el mismo instante.
—,Cómo era... tu madre?
Ariana miró en tomo con aire retraído.
—No sabría decirlo. Nunca llegué a conocerla realmente. Falleció cuando yo tenía nueve años. —Por un
instante recordó a Gerhard en el cementerio y luego cuando ella estuvo bajo la lluvia junto a su padre,
cogiéndole fuertemente la mano—. Era muy hermosa. No sabría decirte mucho más que eso.
—Yo la vi. una sola vez. Era extraordinaria. Pienso que era la mujer más exquisita que jamás haya
conocido.
Ariana asintió con la cabeza.
—Solía subir a vemos, elegantemente ataviada con vestidos de noche y oliendo a perfume. Sus vestidos
producían maravillosos ruidos cuando atravesaba la habitación..., los susurrantes sonidos de la seda, el
tafetán y el raso. Siempre me pareció tremendamente misteriosa. Supongo que siempre conservaré esa
impresión.
Ariana miró a Máx. con sus grandes ojos tristes.
—Has pensado a dónde vas a ir?
Al hablarle en un susurro, tal como se habían acostumbrado a conversar, Ariana parecía una niña
contándole un secreto, y Máx. sonrió.
—Más o menos. Creo que tu padre tiene razón. Primero a Suiza. Luego, tal vez cuando haya terminado la
guerra, trataré de ir a Estados Unidos. Mi padre tenía un primo allí. Ni siquiera sé si aún vive. Pero es un
punto de partida.
—No volverás nunca más a Alemania? —Cuando él denegó con la cabeza, Ariana pareció
sobresaltarse—. ¿Nunca, Máx.?
—Nunca. —Y entonces exhaló un profundo suspiro—. No quiero volver a ver todo esto nunca más.
A Ariana le pareció extraño que quisiera separarse para siempre de lo que había constituido toda su vida.
Pero, pensándolo bien, quizá estuviera acertado al cerrar la puerta tan firmemente. Se preguntó si esa
actitud no era semejante a la que había adoptado su padre, que no había vuelto a entrar en la habitación de
su madre hasta la noche anterior. Había lugares a los que uno simplemente no deseaba regresar jamás,
pues el dolor se tomaba intolerable. Cuando Ariana volvió a levantar la vista hacia Máx., éste sonreía
tiernamente.
—Vendréis a yerme, tú y tu padre a Estados Unidos después de la guerra?
Ariana rió quedamente.
—Para eso parece que falta mucho tiempo.
-—Espero que no.
Y entonces, sin pensarlo, Máx. extendió el brazo y le tomó la mano. La retuvo entre las suyas un largo
rato, y luego Ariana se inclinó lentamente sobre él y le besó suavemente en la frente. No tuvieron
necesidad de decirse nada más; él se limitó a retenerle la mano, mientras Ariana le acariciaba con ternura
los cabellos. No tardó en obligarla a marcharse, aduciendo que era peligroso para ella que siguiera allí con
él. Pero la verdad era que Máx. pensaba lo impensable en tanto se ocultaba en la casa de su viejo amigo.
Más tarde, fue a verle Walmar, que parecía mucho más cansado y abatido que el propio Máx.. Ya tenía en
su poder los papeles de viaje y un pasaporte alemán a nombre de Ernst Josef Frei. Había utilizado la
fotografía del pasaporte de Máx., y el sello oficial que habían estampado parecía auténtico.
—Un excelente trabajo, ¿no? —Máx. miraba el pasaporte fascinado y luego levantó la vista hacia Walmar,
que se había sentado en el borde de una butaca rosada—. ¿Y ahora qué?
—Un mapa y un poco de dinero. También tengo un salvoconducto. Podrás llegar cerca de la frontera en
tren. Después, amigo mío, tendrás que valerte por tus propios medios. Pero creo que podrás lograrlo... —
hizo una breve pausa— con esto. —Le entregó un sobre con dinero suficiente para no pasar penurias
durante varias semanas—. No me atreví a retirar una cantidad mayor, para evitar que alguien pueda
comenzar a hacerse preguntas.
—,Hay algo en lo que no hayas pensado, Walmar?
Máx. se quedó mirándole fijamente, con admiración. ¡Qué hombre tan extraordinario era el viejo Von
Gotthard!
—Espero que no. Me temo que soy un poco neófito en estos quehaceres. Pero creo que puede resultar una
buena práctica.
—Piensas realmente en abandonar el país? —Walmar permaneció pensativo—. ¿Por qué deberías irte tú?
—Por varias razones. Quién sabe lo que sucederá, en qué momento perderán el control. Y ahora tengo
que pensar en Gerhard también. En otoño cumplirá dieciséis años. Si la guerra no termina pronto, pueden
movilizarle. Entonces nos iremos.
Máx. asintió con la cabeza en silencio. Era comprensible. Si él hubiera tenido un hijo a quien proteger de
los nazis, también habría hecho lo mismo.
Pero Walmar no sólo estaba preocupado por Gerhard; también pensaba en Ariana. La afluencia de tropas
en la ciudad constituía para él una preocupación casi constante. ¡Ariana era tan delicadamente bonita! ¡
Su aire distante y apacible la tomaba tan seductora! ¿Y si le causaban algún daño o, peor aún, un oficial
de alto rango se
Encaprichaba de ella? Ese temor era cada vez más intenso ahora que Ariana se había convertido en una
jovencita y en unos pocos meses más dejaría de ir a la escuela. Lo que más le aterrorizaba era saber que
desempeñaba tareas voluntarias en el Martin Luther Hospital. Walmar seguía sumido en sus pensamientos,
mientras Máx. examinaba de nuevo su pasaporte.
—Walmar, ¿qué puedo hacer para agradecerte todo esto?
—Ponerte a salvo. Comenzar una nueva vida. Eso será suficiente.
—Eso no es nada. ¿Querrás que te haga saber dónde me encuentro?
—Con discreción. Mándame sólo la dirección. Sin nombre alguno. —Máx. asintió—. El tren parte de la
estación a medianoche.
—Walmar hurgó en el bolsillo y le entregó las llaves de un auto—. En el garaje, detrás de la casa,
encontrarás un viejo cupé Ford azul. Era de Kassandra. Por milagro, aún funciona. Yo mismo lo verifiqué
esta mañana. Creo que los criados dan una vuelta en él, de cuando en cuando, para mantenerlo en
funcionamiento. Tómalo, ve a la estación y déjalo allí. Por la mañana, denunciaré que lo han robado. Para
entonces tú ya estarás lejos. Esta noche nos acostaremos temprano, para que no haya problemas. Cabe
esperar que cuando tú te marches, a las once y media, todo el mundo estará durmiendo. Y eso, amigo mío,
es todo..., con excepción de una cosa.
Máx. no pudo imaginar de qué se trataba. Pero Walmar había pensado en algo más. Se dirigió
calladamente al dormitorio de Kassandra y descolgó dos cuadros de la pared. Con la ayuda de un
cortaplumas los desprendió de los marcos y luego separó las telas de los bastidores de madera que las
habían mantenido tensas durante veinte años. Uno de ellos era un pequeño Renoir que había pertenecido a
su madre; el otro, un Corot que él le había regalado a su esposa durante su luna de miel, veinte años atrás.
Sin decir ni una sola palabra al hombre que las observaba, enrolló apretadamente las dos telas y se las
entregó a su amigo.
—Toma. Haz con ellas lo que creas conveniente. Véndelas, cámbialas o cómetelas. Ambas valen
muchísimo dinero. El suficiente para iniciar tu nueva vida.
—Walmar, no! Ni siquiera lo que queda en mi cuenta bancaria podría cubrir el valor de estas pinturas.
Máx. había gastado la mayor parte de su dinero tratando de encontrar a Sarah y a sus hijos.
—Tienes que aceptarlas. Aquí colgadas de nada sirven. Tú las
Necesitas..., y yo no soportaría verlas ahí... Ahora son tuyas. Acéptalas, Máx., como un presente de un
amigo.
En ese preciso momento, Ariana entró silenciosamente en la habitación. Se quedó sorprendida al ver
lágrimas en los ojos de Máx., y luego, cuando descubrió los marcos vacíos junto a la cabecera de la cama
de su madre, comprendió inmediatamente lo ocurrido.
—,Te vas ahora, Máx.? —inquirió, con los ojos desmesuradamente abiertos.
—Dentro de unas horas. Tu padre acaba de... No sé qué decir, Walmar.
—Wiedersehen, Maximilian. Buena suerte.
Se estrecharon fuertemente la mano, mientras Máx. se esforzaba por contener las lágrimas. Al cabo de un
instante, Walmar les dejó solos, y Ariana se quedó unos minutos más. Pero antes de separarse de Máx.
para ir a cenar, éste le tendió los brazos y se besaron.
La cena transcurrió dentro de la más absoluta formalidad, sólo con Gerhard como nota discordante, pues
no cesaba de arrojar bolitas de miga de pan a la espalda de Berthold cada vez que éste se retiraba. Al ser
reprendido por su padre, le hizo una mueca y, unos segundos más tarde, lanzó otra bolita a la espalda de
su hermana.
—Si sigues comportándote de ese modo, tendremos que enviarte a cenar con fraulein Hedwig.
—Lo siento, padre.
Pero, a pesar de sostener una animada charla, no logró que su padre ni su hermana iniciaran una fluida
conversación, y finalmente también él siguió comiendo en silencio.
Después de cenar, Walmar se retiró a su estudio, Ariana a su dormitorio, y Gerhard a sus dependencias.
Ariana deseaba volver de nuevo junto a Maximilian, pero no se atrevía. Su padre había insistido en
señalar que no debían correr el riesgo de llamar la atención de la servidumbre. La huida de Máx. dependía
de que nadie supiera dónde se encontraba, y la seguridad de ellos de que nadie descubriera dónde había
estado. Por lo tanto, permaneció en su habitación, y a las diez y media, siguiendo las instrucciones de su
padre, apagó obedientemente las luces. Pero aguardó en silencio, pensando, rezando, hasta que por último
no pudo soportarlo más y a las once y veinte minutos bajó de puntillas las escaleras y siguió por el pasillo
hasta la puerta de la habitación de su madre.
Entró sin hacer ruido y encontró a Máx. esperando, como si supiera que ella vendría. Esta vez la besó
larga y apasionadamente, estrechándola con tanta fuerza entre sus brazos que ella apenas
Podía respirar. Siguieron besándose durante un largo rato y luego, separándose de ella, Máx. se abrochó
el abrigo.
—Ahora tengo que irme, Ariana —le dijo con una tierna sonrisa—. Cuídate, querida. Hasta que volvamos
a vernos.
—Te amo —dijo ella en un susurro, aunque sus ojos expresaban sus sentimientos con más intensidad que
las palabras—. Que Dios te acompañe.
Máx. asintió con la cabeza, sosteniendo con la mano derecha la cartera que contenía las valiosas telas
envueltas en papel de periódico.
—Volveremos a vernos cuando todo esto haya terminado. —Le sonrió como si se despidiera para
dirigirse a su despacho—. Tal vez en Nueva York.
Entonces ella rió quedamente.
—Estás loco.
—Quizá. —Y luego sus ojos adquirieron una grave expresión—. Pero yo también te amo.
Y era cierto. Ariana le había conmovido, se había ganado su afecto al acudir a él en el momento en que
más necesitado estaba de una cariñosa amistad.
Y luego, sin decir nada más, Máx. se dirigió de puntillas a la puerta. Ella la mantuvo abierta, la cerró con
llave cuando hubieron salido y le saludó por última vez con la mano en tanto él descendía sigilosamente
la escalera. Ariana se refugió de inmediato en su habitación, hasta que por fin oyó el ruido del automóvil
de su madre que trasponía raudamente la verja del jardín.
—Auf Wiedersehen, querido.
Permaneció junto a la ventana durante casi media hora, pensando en el primer hombre que la había
besado y preguntándose si alguna vez volverían a verse.
CAPITULO 10
CUANDO A LA MAÑANA siguiente Ariana y su padre se reunieron a la hora del desayuno, nadie
hubiera sospechado por su manera de comportarse que sucediera algo anormal. Y esa tarde, cuando el
chofer anunció solemnemente que habían robado el viejo Ford de frau Von Gotthard, Walmar avisó de
inmediato a la policía. Antes del anochecer ya habían encontrado el vehículo cerca de la estación del
ferrocarril, donde estaba abandonado y sin haber sufrido desperfecto alguno. Se sugirió de manera velada,
pero con tono divertido, que Gerhard pudo haber sido el culpable de la sustracción para dar una vuelta en
él. La policía procuró adoptar un tono severo, y Gerhard se mostró particularmente injuriado cuando se le
interrogó. Pero dejaron que el asunto se resolviera en el seno de la familia, se agradeció la intervención de
la policía y el auto fue encerrado de nuevo en el garaje.
—Pero yo no lo usé, padre!
El muchacho estaba colorado como un tomate cuando se enfrentó con Walmar.
—De veras? Bien, en ese caso supongo que todo está en orden.
—Pero tú crees que lo hice!
—Eso no tiene importancia. El coche está de nuevo en el garaje. Procura, sin embargo, que ni tú ni tus
amigos volváis a... tomar prestado el coche de tu madre.
Walmar detestaba adoptar aquella actitud, pero no tenía otra alternativa. Ariana lo comprendió claramente,
y trató de consolar a Gerhard cuando salió con él de la sala.
—Pero es injusto! ¡Yo no lo saqué! —Y entonces miró fijamente a su hermana—. ¿Lo hiciste tú?
—Por supuesto que no. No seas tonto. Yo no sé conducir.
—Apostaría a que fuiste tú!
—Gerhard, no seas tonto!
De pronto se echaron a reír y subieron cogidos del brazo a sus habitaciones, con Gerhard convencido de
que había sido ella.
No obstante, a despecho de la jovialidad que demostró Ariana con su hermano, Walmar notó un cambio
en ella. Por las mañanas estaba más callada de lo habitual, y cuando regresaba de la escuela o de cumplir
con sus tareas como voluntaria por las tardes, se encerraba inmediatamente en su habitación. Resultaba
difícil entrar en conversación con ella, y por fin, una semana después de la partida de Máx., procuró
quedarse a solas con su padre en el estudio y sus ojos se anegaron de lágrimas.
—¿ Tuviste alguna noticia, padre?
Walmar comprendió de inmediato. Se trataba precisamente de lo que él había temido.
—No, ninguna. Pero ya llegará. Puede llevarle algún tiempo instalarse en un lugar y hacérnoslo saber.
—Eso tú no lo sabes. —Ariana se dejó caer en una butaca frente al fuego—. Tal vez esté muerto.
—Tal vez. —La voz de su padre sonó triste y cálida—. Y tal vez no. Pero, Ariana, ahora él está lejos de
nosotros. Hará su propia vida, dondequiera que se encuentre. No puedes seguir aferrada a su recuerdo.
Nosotros sólo somos parte de la vieja vida que él ha abandonado. —Pero le inspiró temor verla en aquel
estado, y las palabras que dijo luego se le escaparon antes de que pudiese re- frenarlas—. ¿Estás
enamorada de él, Ariana?
Ella se volvió hacia él, sacudida por la pregunta. Jamás había imaginado que su padre pudiese preguntarle
una cosa semejante.
—No lo sé. Yo... —Cerró los ojos firmemente—. Es sólo que estaba preocupada. Puede haber...
Se sonrojó ligeramente y fijó la vista en el fuego, sin atreverse a decirle la verdad.
—Comprendo. Espero que no lo estés. Resulta difícil dictaminar con respecto a estas cosas, pero... —
Cómo podría decírselo? ¿Qué podía decirle?—. En tiempos como los actuales es mejor preservar nuestro
amor para días más propicios. En época de guerra, en circunstancia
Difíciles, todo se tiñe de un cierto romanticismo que a menudo resulta irreal y no perdurable. Quizá
vuelvas a verle dentro de muchos años y le encuentres completamente cambiado. Es posible que en nada
se parezca al hombre que recuerdas de la semana pasada.
—Eso lo comprendo; lo sé, padre.
Por ese motivo evitaba con empeño establecer lazos afectivos con los heridos del hospital donde trabajaba.
—Me alegro. —Walmar suspiró profundamente. Aquél era otro punto decisivo para él. Otra encrucijada
en su ruta cada vez más accidentada—. Además, podría ser peligroso amar a un hombre en la posición de
Máx.. Ahora ha huido. Un día no muy lejano puede verse perseguido por los nazis. Y si te ataras a él,
podrían perseguirte a ti también. Aun cuando no sufrieras daño alguno, el dolor podría destruirte, como en
cierta medida el dolor causado por la pérdida de Sarah casi le destruyó a él.
—Cómo pueden mortificar a la gente a causa de aquellos a quienes aman? —Ariana parecía airada—.
¿Cómo puede alguien saber de antemano cuál es el lado justo y cuál no lo es?
Aquella pregunta tan infantil, tan ingenua, y sin embargo tan sensata, despertó en Walmar el recuerdo de
Kassandra... El se lo había advertido.., ella sabía...
—¿ Padre?
Ariana advirtió que estaba ensimismado. Parecía encontrarse a kilómetros de distancia.
—Tienes que olvidarle. Podría ser peligroso para ti.
Le dirigió una severa mirada, pero Ariana no bajó los ojos.
—También fue peligroso que le ayudaras, padre.
—Eso es diferente. Aunque en cierto sentido tienes razón. Pero yo no estoy atado a él con ese lazo, el lazo
del amor. —Y entonces se inclinó hacia ella—. Y espero que tú tampoco lo estés.
Ariana no respondió, y por fin él se dirigió a la ventana que se abría sobre el lago. Desde allí casi podía
divisar el cementerio de Grunewald. Pero con los ojos de su mente, vio el rostro de Kassandra, la
expresión que tenía cuando la previno..., la expresión que tenía la noche anterior al día que se quitó la
vida.
—Ariana, voy a decirte algo de lo que nunca quise hablarte antes. Acerca del precio del amor. Acerca de
los nazis..., acerca de tu madre.
Su voz era un rumor quedo, distante. Ariana aguardó, confundida, con la vista fija en la espalda de su
padre.
—No pretendo juzgarla ni criticarla. No le guardo rencor. Tam poco te hablo de esto para que te sientas
avergonzada. Tu madre y yo nos amábamos profundamente. Pero nos casamos cuando ella era muy joven.
Yo la amaba, pero no siempre la comprendía. En algunos aspectos, era distinta de las mujeres de su época.
Una especie de fuego sordo ardía en su alma. —Se volvió de cara a Ariana—. ¿Sabías que cuando tú
naciste quiso cuidarte ella misma, en vez de dejarte en manos de una niñera? Eso era algo inaudito. Y yo
pensé que era una tontería. Por lo tanto, tomé a fráulein Hedwig, y creo que eso afectó profundamente a
tu madre. A partir de entonces siempre pareció estar un poco perdida. —Se volvió de espaldas de nuevo,
guardó silencio por un instante y luego prosiguió—: Cuando ya llevábamos diez años casados, conoció a
un hombre, un hombre más joven que yo. Era un escritor muy famoso, bien parecido e inteligente, y tu
madre se enamoró de él. Lo supe casi desde un principio. Incluso desde antes, quizá. La gente me decía
que se les veía juntos. Y yo descubrí algo diferente en sus ojos. Algo vivo, henchido de emoción y
felicidad de nuevo, algo maravilloso. —Su voz se enterneció—. Y creo que, en cierto modo, eso me hizo
amarla todavía más. La tragedia de Kassandra no fue el haberse enamorado de otro hombre estando
casada, sino el hecho de que su país había caído en manos de los nazis y que el hombre a quien amaba tan
desesperadamente era judío. Yo la previne, por su bien y por el de su amado, pero ella no quiso
abandonarle. Y tampoco quiso abandonarnos a nosotros. A su manera, se mantuvo fiel a ambos. No
puedo decir que su relación con aquel hombre me causara nunca un verdadero sufrimiento. Ella me
demostraba la misma devoción de antes, tal vez más. Pero esa devoción también se la brindaba a él.
Incluso cuando dejaron de publicarle sus obras, incluso cuando le marginaron y, por último... —Su voz se
quebró y casi no pudo seguir hablando—. Incluso cuando le mataron. Tu madre estaba con él el día que le
apresaron. Lo sacaron a rastras de la casa, le golpearon y, cuando descubrieron a tu madre, la... golpearon
también..., y tal vez la habrían matado si a ella no se le hubiese ocurrido decirles quién era. Entonces la
dejaron en paz, y ella volvió a casa. Cuando yo llegué aquí, todo cuanto podía decir era que me había
deshonrado y que le aterraba pensar que podían causarnos algún daño. Consideró que tenía que ofrendar
su vida para salvar la nuestra... y que no podía seguir viviendo después de lo que le habían hecho a él.
Asistí a una reunión que se prolongó por espacio de dos horas, y cuando regresé a casa, ella estaba muerta.
En el cuarto de baño de sus aposentos. —Con un gesto vago señaló hacia las habitaciones que Máx.
Había ocupado sólo una
semana antes—. Ésta, Ariana, es la historia de tu madre, que amaba a un hombre a quien los nazis
deseaban ver muerto. Ella no pudo soportar la dolorosa realidad que le habían mostrado..., no pudo seguir
viviendo con el horror y la brutalidad y el miedo.. - —Se volvió de cara a su hija—. Por eso, en cierto
sentido, ellos la mataron. Del mismo modo que, en cierto sentido, podrían causar tu muerte, si decides
correr el riesgo de amar a Máx.. No lo hagas... Por Dios te lo ruego, Ariana..., no lo hagas...
Hundió el rostro entre las manos y, por primera vez en su vida, Ariana vio llorar a su padre. Se le acercó,
temblando y en silencio, y le estrechó fuertemente entre sus brazos, mientras sus lágrimas caían sobre la
chaqueta de su padre y las de éste se mezclaban con los dorados cabellos de Ariana.
—Lo siento..., oh, papá, lo siento —repetía una y otra vez, horrorizada por lo que le había contado, y sin
embargo, por primera vez en su vida, su madre se había convertido en una persona de carne y hueso—.
Papá, no llores, te lo suplico... Lo siento... No sé lo que sucedió... ¡ estoy tan confundida! Era algo tan
extraño tenerle allí en aquella habitación..., en nuestra casa, oculto, asustado. Quise ayudarle. Sentí pena
por él.
—Yo también. —Su padre levantó la cabeza—. Pero debes olvidarle. Un día encontrarás un hombre para
ti. Un buen hombre, y espero que sea el hombre adecuado, en una época mejor.
Ariana asintió en silencio al tiempo que secaba una nueva cascada de lágrimas.
—6Crees que volveremos a verle de nuevo?
—Quizás algún día. —La rodeó con sus brazos—. Eso espero.
Ariana volvió a asentir con la cabeza y ambos permanecieron un instante callados, el hombre que había
perdido a Kassandra y la jovencita que ella le había dejado en su lugar.
—Ahora, cariño, mientras estemos en guerra, debes tener cuidado.
—Lo tendré. Te lo prometo. —Los ojos de Ariana buscaron los de su padre mientras le dirigía una ligera
sonrisa—. Además, no pienso abandonarte jamás.
Pero su padre se echó a reír quedamente al oír esas palabras.
—Ese sentimiento, cariño, también cambiará algún día.
Dos SEMANAS MÁS TARDE, Walmar recibió una carta en su oficina. No llevaba remitente y contenía
una sola hoja de papel en la que habían escrito precipitadamente una dirección. Máx. estaba en Lucerna.
Fue la última noticia que Walmar von Gotthard recibió de él.
CAPITULO 11
EL VERANO PASÓ SIN acontecimientos notables. Walmar estuvo muy ocupado en el banco, y Ariana
se mantuvo atareada en el hospital tres mañanas por semana. Al haber dejado de ser la escuela un
obstáculo, disponía de más tiempo para dedicarse a su trabajo voluntario y también para ocuparse de la
casa. Ella, Gerhard y su padre fueron a pasar un fin de semana a las montañas, y cuando regresaron
Gerhard cumplió los dieciséis años. La mañana del día de su cumpleaños, su padre anunció muy risueño
que su hijo ya era un hombre, pero al parecer el ejército de Hitler compartió también esa opinión, porque
en el postrer y desesperado esfuerzo del otoño de 1944, movilizaron a todo hombre y muchacho que
tuviese uso de razón. Gerhard recibió la comunicación de que había sido movilizado cuatro días después
del aniversario que, junto con su hermana y su padre, habían celebrado en casa con tanta alegría. Sólo
disponía de tres días antes de tener que presentarse.
—No puedo creerlo —dijo, mirando la notificación que sostenía sobre el desayuno. Ya era demasiado
tarde para ir a clase—. Pero no pueden hacer una cosa semejante..., ¿no es cierto, padre?
Su padre le miró con expresión sombría.
—No lo sé. Ya veremos.
Esa misma mañana, Walmar visitó a un viejo amigo suyo, un coronel, y por él se enteró de que nada
podía hacerse.
—Le necesitamos, Walmar. Los necesitamos a todos.
—Tan grave es la situación, pues?
—Peor aún.
—Comprendo.
Después de conversar sobre la guerra, la esposa del coronel y el banco de Walmar durante un rato, éste
regresó prestamente a su despacho. Mientras era conducido en el Rolls-Royce por su chofer, reflexionó
acerca de lo que cabía hacer. No estaba dispuesto a perder a su hijo. Ya había perdido demasiado.
Cuando llegó a su despacho, hizo dos llamadas telefónicas. Volvió a su casa a la hora del almuerzo,
extrajo unos papeles de la caja fuerte de su estudio y regresó al trabajo. Esa tarde no llegó a casa hasta
después de las seis, y cuando lo hizo encontró a sus hijos en el tercer piso, en el dormitorio de Gerhard.
Ariana había estado llorando y el rostro de Gerhard estaba mojado por las lágrimas y reflejaba la
desolación.
—No pueden llevárselo, ¿verdad, papá?
Ariana creía que su padre era capaz de mover montañas. Pero en sus ojos había poca esperanza. Y
tampoco había mucha en los de Walmar cuando respondió quedamente:
—Sí que pueden.
Gerhard nada dijo; se limitó a permanecer allí sentado, estupefacto por lo que se había abatido sobre él.
La comunicación aún estaba desdoblada sobre su escritorio. La había leído cientos de veces desde aquella
mañana. Otros dos compañeros de estudios también la habían recibido, pero él no les había dicho nada
acerca de la suya. Su padre le había advertido que guardara silencio, pues en caso contrario nada podría
hacer.
—Entonces eso quiere decir que tengo que ir —comentó con voz helada, y su hermana derramó nuevas
lágrimas.
—Sí, eso quiere decir, Gerhard. —A pesar del tono áspero de su voz, contemplaba a sus hijos con
ternura—. Debes sentirte orgulloso de servir a tu patria.
—¿ Has perdido el juicio?
Gerhard y Ariana se quedaron mirando a su padre, horrorizados.
—Silencio. —Entonces cerró la puerta del dormitorio de Gerhard. Con un dedo sobre los labios, les
indicó que se acercaran y luego murmuró en voz baja—: No irás.
¿ No? —musitó, exultante, Gerhard—. ¿Lo has arreglado?
—No. —Walmar meneó la cabeza con grave expresión—. No pude. Nos marcharemos de aquí.
—¿ Cómo? —Gerhard parecía sorprendido de nuevo, pero su padre y su hermana cambiaron miradas de
entendimiento: se trataba de huir como había hecho Máx. unos meses antes—. ¿Cómo lo conseguiremos?
—Mañana te llevaré a Suiza. Diremos que estás enfermo en casa. No tienes que incorporarte hasta el
jueves, o sea hasta dentro de tres días. Te acompañaré hasta la frontera y te dejaré con un amigo mío en
Lausana, o en Zurich si es necesario. Luego volveré a buscar a tu hermana.
Miró tiernamente a su hija y le acarició la mano. Después de todo, tal vez volvería a ver a Máx..
—¿Por qué no viene con nosotros?
Gerhard parecía confundido, pero su padre meneó la cabeza.
—No puedo arreglarlo todo con tanta premura, y si ella se queda aquí nadie sospechará que abandonamos
el país para siempre. De cualquier manera, regresaré al cabo de veinticuatro horas, y luego partiremos
juntos para no volver. Pero tenéis que guardar absoluto y completo silencio con respecto a esto. Nuestra
vida depende de ello. ¿Comprendéis?
Ambos asintieron con la cabeza.
—Gerhard, he encargado un pasaporte diferente. Lo utilizaremos en la frontera, si es preciso. Pero sea lo
que fuere lo que hagas mientras tanto, quiero que te muestres resignado a ingresar en el ejército. Es más,
quiero que te muestres contento. Incluso dentro de esta casa.
—,No confías en los criados?
A pesar de sus dieciséis años, Gerhard aún era muy ingenuo. No se había percatado de las preocupaciones
de Berthold por el Partido, ni de la fe ciega de fraulein Hedwig en Adolf Hitler.
—No, estando vuestras vidas en juego.
Gerhard se encogió de hombros.
—De acuerdo.
—No prepares ninguna maleta. Compraremos todo lo que precisemos allí.
—¿ Llevamos dinero?
—Ya tengo dinero depositado allí. —Walmar hacía años que se estaba preparando—. Sólo lamento haber
esperado tanto. Jamás debimos volver después de las vacaciones.
Exhaló un profundo suspiro, pero Ariana trató de consolarle.
—No podías saber lo que ocurriría. ¿Cuándo volverás de Suiza, papá?
—Hoy es lunes. Partiremos por la mañana... El miércoles por la noche. Y tú y yo nos iremos el jueves por
la noche, después de haber ido yo al banco todo el día. Diremos que salimos a cenar, y ya no
regresaremos. Será necesario recurrir a un poco de intriga para hacer creer a la servidumbre que Gerhard
se incorporó al ejército sin despedirse. Si logras evitar que Anna y Hedwig entren en la habitación de
Gerhard mañana y el miércoles, podremos decir que se marchó el jueves demasiado temprano como para
ver a nadie. Si tú y yo permanecemos aquí, nadie sospechará nada. Procuraré estar de vuelta a la hora de
cenar.
—,Qué les dijiste en el banco?
—Nada. No tendré que dar explicaciones por mi ausencia. Actualmente se celebran tantas reuniones
secretas, que no tendré necesidad de justificarme. ¿De acuerdo? ¿Está todo claro? La guerra casi ha
llegado a su fin, hijos, y cuando termine los nazis lo arrastrarán todo en su caída. No quiero que estéis
aquí ninguno de los dos cuando llegue ese momento. Ha llegado la hora de marcharnos. Podremos
recoger las cosas más adelante. Gerhard, reúnete conmigo en el café de la esquina de mi oficina a las once
de la mañana. Desde allí nos iremos juntos a la estación. ¿Está claro?
—Sí.
El muchacho adoptó súbitamente una grave expresión.
—,Ariana? Mañana te quedarás aquí y cuidarás de Gerhard, ¿no es cierto?
—Completamente, padre. ¿Pero cómo saldrá Gerhard de casa por la mañana, sin ser visto?
—Saldrá a las cinco, antes de que nadie se haya levantado. ¿De acuerdo, Gerhard?
—De acuerdo, padre.
—Ponte ropa de abrigo para el viaje. El último tramo tendremos que hacerlo a pie.
—Tú también, padre?
Ariana parecía preocupada mientras buscaba la mirada de su padre.
—Yo también. Y estoy en condiciones de hacerlo, gracias. Probablemente mucho más que este muchacho.
—Entonces se levantó, despeinó los cabellos de su hijo y se dispuso a abandonar la habitación. Les
dirigió una sonrisa, pero sus hijos no se la devolvieron—. No os preocupéis. Todo saldrá bien. Y un día
volveremos a Alemania.
Pero cuando hubo cerrado la puerta a sus espaldas, Ariana no quedó muy convencida de ello.
CAPITULO 12
—FRAU GEBSEN. —WALMAR von Gotthard dirigió una imperiosa mirada a su secretaria, con el
sombrero en la mano—. No volveré en todo el día. Tengo que asistir a varias reuniones. ¿Comprende?
—Por supuesto, herr Von Gotthard.
—Muy bien.
Salió apresuradamente del despacho. Su secretaria no tenía idea de adónde iba, pero creía saberlo. Al
Reichstag, claro, a ver de nuevo al ministro de Hacienda. Y si no comparecía por la mañana, supondría
que habrían reanudado la reunión. Ella comprendía cómo funcionaban esas cosas.
Walmar sabía que había elegido el momento oportuno. El ministro de Hacienda pasaría la semana en
Francia, realizando consultas sobre la situación financiera del Reich en París y efectuando el inventario de
la vasta cantidad de pinturas que se remitían a Berlín. Una verdadera ganga para el Reich.
Le había dicho al chofer que no le esperara esa mañana, y se dirigió prestamente al café de la esquina.
Gerhard había salido de la casa a las cinco en punto, después de dar un beso a su hermana y dirigir una
última mirada al lugar donde había crecido, antes de recorrer los quince kilómetros que le separaban del
centro de Berlín.
Cuando Walmar entró en el café, vio a su hijo sentado allí, pero no dio muestras de haberle reconocido.
Siguió caminando hacia el lavabo de caballeros, con la cara oscurecida por el ala del sombrero y la cartera
porta documentos en la mano. Una vez hubo cerrado la puerta del lavabo, se quitó rápidamente el traje y
se puso unos pantalones de trabajo que había tomado del garaje. Sobre la camisa se puso un suéter, se
cubrió la cabeza con una vieja gorra indescriptible, luego se embutió en una gruesa chaqueta de abrigo y
guardó el traje en la cartera. El sombrero lo apretó sin miramientos hasta el fondo de una papelera.
Instantes más tarde se acercaba a Gerhard y, con un vago movimiento de cabeza y un áspero saludo, le
indicó que le siguiera.
Tomaron un taxi hasta la estación y no tardaron en perderse entre la multitud. Al cabo de veinte minutos,
se encontraban instalados en el tren que partía hacia la frontera, con los salvoconductos en orden, los
documentos de identidad en lugar seguro y una expresión impenetrable en el rostro. Walmar se sentía
cada vez más orgulloso de Gerhard, que había interpretado su papel a la perfección. De la noche a la
mañana se había convertido en un fugitivo, pero estaba aprendiendo rápidamente cómo salir airoso de la
prueba.
—FRÁULEIN ARIANA...? ,Fraulein Ariana?
Golpearon con insistencia en la puerta. Era fraulein Hedwig, que escrutó el rostro de Ariana en cuanto
ésta abrió la puerta. Pero la joven se apresuró a llevarse un dedo a los labios para imponer silencio a
Hedwig, y prestamente se unió a la mujer en el pasillo.
—,Qué sucede aquí?
—Chitón..., le despertaremos. Gerhard no se encuentra bien.
—,Tiene fiebre?
—No lo creo. Me parece que no es más que un fuerte resfriado.
—Vamos a verle.
—De ninguna manera. Le prometí que le dejaríamos dormir todo el día. Le aterra pensar que pueda estar
demasiado enfermo para incorporarse al ejército el jueves. Sólo quiere dormir.
—Claro. Lo comprendo. ¿Cree que deberíamos llamar al médico?
Ariana meneó la cabeza.
—No, a menos que empeore.
Fráulein Hedwig asintió, complacida por el hecho de que su joven amo se mostrara tan ansioso por servir
a su patria.
—Es un buen muchacho.
Ariana le sonrió con benevolencia y le dio un beso en la mejilla.
—Gracias.
Hedwig se ruborizó ante el cumplido de Ariana.
—,Le traigo un té?
—No, gracias. Yo se lo prepararé luego. Ahora está durmiendo.
—Está bien, llámeme si me necesita.
—Lo haré, se lo prometo. Gracias.
—Bitte schón.
Y acto seguido fráulein Hedwig se retiró.
Dos veces por la tarde y una vez más al anochecer, se presentó para ofrecer sus servicios a Ariana, pero
en todos los casos la joven insistió en que su hermano se había despertado, había comido algo y luego se
había dormido de nuevo. Para entonces era ya la noche del martes, y sólo tenía que seguir representando
la comedia hasta que regresara su padre la noche del día siguiente. Después ya podrían sentirse tranquilos.
Su padre anunciaría que había acompañado a Gerhard hasta las oficinas de reclutamiento al romper el
alba. Lo importante era llegar al miércoles. Era sólo cuestión de veinticuatro horas más. Ella era capaz de
hacerlo. Y el jueves por la noche ella y su padre también se habrían marchado.
Se sentía cansada y dolorida cuando a última hora del martes bajó la escalera. Había pasado todo el día en
tensión, escuchando por si llegaba Hedwig o Anna, llevando adelante aquella treta y montando guardia
cerca de la habitación de Gerhard. Necesitaba hacer una escapada hasta el tercer piso, aunque sólo fuese
por unos minutos, de modo que penetró en el estudio de su padre y se sentó contemplando las cenizas de
la chimenea. ¿Era tan sólo por la mañana cuando él aún estaba allí? ¿Era aquél el lugar donde se había
despedido rápidamente de ella? Ahora, sin su presencia, parecía una habitación distinta, con los papeles
cuidadosamente ordenados sobre su escritorio, los libros tan impecablemente alineados en los anaqueles...
Se puso de pie y miró hacia el lago, recordando las palabras que le había dicho su padre al despedirse...
—No te preocupes, estaré aquí de vuelta pasado mañana. Y Gerhard estará a salvo.
—No es Gerhard quien me preocupa, sino tú.
—No seas tonta. ¿No confías en tu viejo padre?
—Más que en nadie de este mundo.
—Bien. Porque así es precisamente como yo confío en ti. Y por eso, mi querida Ariana, voy a mostrarte
algo, algo que un día quizá pueda serte muy útil. Creo que se trata de un secreto que debes conocer.
Entonces le había mostrado la caja fuerte de su dormitorio, la de la biblioteca y, por último, la del
dormitorio de su madre, donde él aún conservaba sus joyas.
—Un día estas alhajas serán tuyas.
—Por qué me las muestras ahora?
Habían acudido lágrimas a sus ojos. No quería que le mostrara todo aquello precisamente en aquel
momento, el día que partiría para hacer desaparecer a Gerhard.
—Porque te quiero y es mi deseo que sepas cómo cuidar de misma si debes hacerlo. Si algo sucediera, ti
debes decirles que no sabías nada de esto. Diles que creías que Gerhard estaba enfermo en su habitación y
que no tenías idea de que se hubiera ido. Diles cualquier cosa. Miente. Pero protégete, con tu claro juicio
y con esto. —Le mostró una pequeña pistola y una docena de fajos de billetes flamantes—. Si cae
Alemania, ese dinero no valdrá nada, pero las joyas de tu madre siempre podrán sacarte de un apuro.
Luego le mostró el falso volumen de las obras de Shakespeare, dentro del cual se encontraba el anillo de
compromiso de su madre con la enorme esmeralda y la sortija con sello y diamantes que llevaba en la
mano derecha. Al verla, Ariana extendió la mano inconscientemente para tocarla. Su brillo le era familiar.
Recordaba haberla visto en la mano de su madre cuando era niña.
—Siempre llevaba esa sortija.
Su padre habló como si estuviera soñando mientras ambos contemplaban el anillo.
—Lo recuerdo.
—6De veras? —Walmar pareció sorprendido—. Recuerda que está aquí si la necesitas. Haz buen uso de
ella, querida, y su memoria será bien honrada.
Al pensar en lo ocurrido por la mañana, comprendió que el hecho de permanecer en el estudio de su padre
no adelantaría su regreso ni un solo minuto más que si se acostaba en su habitación. Y además tenía que
levantarse temprano para proseguir su vigilancia, en caso de que fráulein se sintiera celosa e insistiese en
querer ver a Gerhard con sus propios ojos.
Silenciosamente, Ariana apagó las luces del estudio de su padre, cerró la puerta y subió de nuevo a su
habitación.
AL LLEGAR A LA ESTACIÓN de Müllheim, Walmar tocó suavemente con el codo a Gerhard, que
dormía plácidamente en su asiento. Llevaban casi doce horas en el tren, y hacía cuatro que el muchacho
dormía. Se le veía muy joven e inocente, con la cabeza apoyada en el ángulo del respaldo y la pared del
coche. En varias estaciones los soldados habían abordado el tren y revisado sus papeles dos veces.
Wahnar se había referido a Gerhard como su joven amigo; los papeles estaban en orden y, cuando se
dirigió a los oficiales, lo hizo con deferencia y áspero acento. Gerhard había hablado poco, abriendo sólo
los ojos con temor ante los soldados, y uno de ellos le había desordenado los cabellos y prometido con
tono jocoso que muy pronto se daría el gusto de encomendarle una misión. Gerhard le había sonreído
forzadamente, y los dos hombres uniformados habían seguido su camino.
En Müllheim nadie subió al tren y la parada fue breve, pero Walmar quería que su hijo estuviese despierto
antes de llegar a Lórrach, su estación de destino. De cualquier modo, el frío aire de la noche le habría
despabilado rápidamente. Les aguardaba una caminata de quince kilómetros y el mayor obstáculo: cruzar
la frontera y llegar a Basilea lo antes posible. Desde allí se trasladarían en tren hasta Zurich. Walmar
había resuelto dejarle allí, pues en Suiza estaría seguro. Al cabo de un par de días regresaría junto con
Ariana, y luego podrían ir los tres juntos hasta Lausana.
Estaba ansioso por volver junto a Ariana lo más pronto posible. Su hija no podría mantener aquella farsa
eternamente, y lo más importante era poner a Gerhard a salvo en Zurich. Pero primero Lórrach, y su larga
caminata. De Müllheim a Lórrach había unos treinta kilómetros, y media hora después de que Gerhard se
hubiera removido soñoliento en su asiento y mirado con aire ausente a su alrededor, el tren se detuvo.
Para ellos era el fin del trayecto.
A la una y media de la madrugada, junto con un puñado de pasajeros, descendieron del tren, y por un
instante Walmar sintió que le temblaban las piernas al notar la desacostumbrada sensación que le causó el
suelo bajo sus pies. Pero nada le dijo a Gerhard, sino que se limitó a encasquetarse la gorra, a subirse el
cuello de la chaqueta y a señalar la estación con un movimiento de cabeza, y ambos se pusieron en
marcha. Un viejo y un muchacho camino de casa. Con sus ropas toscas no llamaban la atención en
Lórracli; sólo las cuidadas manos de Walmar y sus cabellos bien cortados les hubieran delatado, pero no
se había quitado la gorra en todo el viaje y había procurado conservar en sus manos la suciedad
acumulada en la polvorienta estación antes de marcharse de Berlín.
—Tienes hambre?
Dirigió una mirada a Gerhard, que bostezó y se encogió de hombros.
—Estoy bien. ¿Y tú?
Su padre le sonrió.
—Toma.
Le dio una manzana que se había guardado en el bolsillo cuando almorzaron en el tren. Gerhard le hincó
el diente mientras enfilaban la carretera. No había nadie a la vista.
Les llevó cinco horas recorrer los quince kilómetros. Gerhard lo hubiera hecho en menos tiempo, pero
Walmar no podía caminar tan aprisa como cuando era joven. Con todo, para un hombre de casi setenta
años, su brío fue notable. Y no tardaron en darse cuenta de que habían llegado a la frontera. Ante ellos se
extendían kilómetros y kilómetros de alambrada. Pudieron oír el sordo rumor de las patrullas fronterizas
en la distancia. Dos horas antes habían abandonado la carretera. Pero en la oscuridad, antes de que
despuntara el alba, parecían dos campesinos madrugadores. No llevaban maletas que pudieran despertar
sospechas, sino tan sólo la cartera porta documentos de Walmar, que habría arrojado entre los arbustos en
el caso de que hubiese oído acercarse a alguien. Extrajo unos alicates del bolsillo mientras Gerhard
vigilaba, y luego, a medida que iba cortando los alambres de púas, el muchacho los apartaba hacia los
lados. A los pocos minutos, había suficiente espacio libre como para poder atravesar la alambrada
arrastrándose por el suelo.
Walmar sentía los fuertes latidos de su corazón... Si les atrapaban, serían pasados por las armas... No le
preocupaba lo que pudiese sucederle a él, sino al muchacho... Se escurrieron a través de la alambrada a
toda prisa, y Walmar notó que las púas le rasgaban la chaqueta, pero momentos más tarde, ambos
pudieron incorporarse en suelo suizo, junto a una arboleda que bordeaba un campo. A un mudo gesto de
Walmar, echaron a correr entre los árboles. Cuando por fin se detuvieron, les pareció que llevaban varias
horas corriendo. Pero nadie les había seguido, nadie les había oído. Walmar sabía que uno o dos años
antes hubiera sido mucho más difícil cruzar la frontera, pero en los últimos meses el ejército había estado
tan desesperadamente necesitado de soldados que habían reducido las dotaciones destinadas a la
vigilancia de la frontera con Suiza.
Siguieron caminando durante otra media hora y llegaron a Basilea con las primeras luces del alba.
Pudieron admirar el espléndido amanecer sobre las montañas, y por un instante Walmar dejó reposar el
brazo sobre los hombros de su hijo al tiempo que se detenía para contemplar las franjas de color malva y
rosa que cruzaban el cielo
4
1
Bañado por la luz del sol. En aquel breve espacio de tiempo le pareció que jamás se había sentido tan
libre. Allí podrían disfrutar de una buena vida hasta que la guerra terminara, y tal vez hasta mucho
después.
Con los pies doloridos, llegaron a la estación justo a tiempo de tomar el primer tren. Walmar compró dos
billetes hasta Zurich y luego se recostó en el asiento para descansar. Cerró los ojos y sintió que el sueño le
vencía. Le pareció que sólo habían transcurrido unos segundos cuando notó que Gerhard le tocaba el
brazo. Durante las cuatro horas y media de viaje, que le permitieron admirar el maravilloso paisaje del
valle Frick , Gerhard no quiso despertarle.
—Papá..., creo que estamos llegando.
Medio adormilado, Walmar miró en torno y divisó la conocida Bahnhof Platz y la catedral de
Grossmünster en la distancia, y más allá pudo vislumbrar las montañas de la Uetliberg. Por un instante se
sintió en su propia tierra.
—Así es.
Al descender, sanos y salvos, del tren en Zurich, a pesar del dolor que sentía en la espalda y en las piernas,
Walmar sintió deseos de tomar a su hijo por el brazo y ponerse a danzar. En vez de ello, dejó que una
amplia sonrisa le iluminara el rostro y pasó el brazo por los hombros de su hijo. Lo habían logrado. Eran
libres. Ahora la vida de Gerhard estaba a salvo. Jamás serviría en el ejército de Hitler. Nunca matarían a
su hijo.
Se dirigieron prestamente hacia una pequeña pensión que Walmar recordaba vagamente. Una vez había
almorzado en ella mientras esperaba la salida de un tren. Y en efecto aún se encontraba en el lugar que
recordaba, modesta, tranquila y acogedora. Era un sitio donde podría alojarse Gerhard con toda
comodidad mientras él regresaba por unas pocas horas a Berlín.
Comieron un desayuno pantagruélico y luego Walmar acompañó a Gerhard a su habitación. Examinó la
estancia con satisfacción y acto seguido se volvió de cara a su hijo, que en tan pocos días había madurado
hasta convertirse en todo un hombre. Aquel momento que compartieron padre e hijo fue tan precioso que
nada en el mundo hubiera podido ensombrecerlo. Fue Gerhard quien habló primero, mirando con ojos
velados por la admiración al padre que le había llevado a puerto seguro, que había cortado alambres de
púas, cruzado la frontera y llegado hasta allí.
—Gracias, papá..., gracias.
Le echó los brazos al cuello. Aquél era el padre a quien sus amigos algunas veces habían tildado de
«viejo» con ánimo de importunarle. Pero aquel hombre que le abrazaba no era viejo; era un hombre que
hubiera sido capaz de caminar con los pies descalzos y sangrantes a través de las montañas con el fin de
salvar a su hijo. Walmar le abrazó durante un largo rato, y luego se separó de él lentamente.
—Está bien. Ahora estás a salvo. Aquí estarás cómodo.
Se acercó con paso ágil al sencillo escritorio al tiempo que extraía un pedazo de papel y la pluma de oro,
que con tanto cuidado había procurado ocultar.
—Voy a darte la dirección y el número de herr Müller..., por si acaso Ariana y yo nos demoramos. —La
cara del muchacho se
ensombreció, pero Walmar hizo caso omiso de sus temores—. Es
sólo una precaución.
En ningún momento pensó en darle la dirección de Máx.. Era
demasiado peligroso. El otro hombre era un banquero a quien Walmak conocía bien.
—Y te dejaré la cartera; contiene papeles y un poco de dinero.
No creo que precises mucho en estos dos días.
Todo lo que llevaría en su viaje de vuelta sería una delgada
billetera con dinero en efectivo, nada que pudiera servir para ser identificado si esta vez le detenían en la
carretera. Esta vez sería
mucho más arduo. Caminaría a plena luz del día, pero no quería
correr el riesgo de demorar su regreso junto a Ariana. Quería llegar a
su casa esa misma noche. Entonces se volvió hacia su hijo y vio que el
muchacho estaba llorando. Se abrazaron de nuevo y se despidieron.
—No pongas esa cara de preocupación. Ahora trata de dormir un poco. Cuando despiertes, almuerza bien,
sal a dar un paseo y a admirar la ciudad. Este es un país libre, Gerhard, sin nazis con brazales. Disfruta. Y
Ariana y yo estaremos aquí mañana por la noche.
—,Crees que Ariana podrá hacer la caminata desde Lórrach? Aun para ellos había sido una dura marcha.
—Lo hará. Le diré que no se ponga zapatos de fantasía con tacones altos.
Gerhard sonrió entre las lágrimas y abrazó fuertemente a su padre por última vez.
—,Puedo acompañarte a la estación?
—No, jovencito, lo que debes hacer ahora es acostarte.
—¿ Y tú?
Walmar parecía estar exhausto, pero meneó la cabeza.
—Dormiré durante el viaje de regreso hasta Basilea y probablemente en todo el trayecto hasta Berlín.
Se miraron largamente, embargados por la emoción. Ya no tenían
nada más que decirse.
—Wiedersehen, papá —dijo Gerhard con voz queda mientras su
padre le saludaba con la mano y bajaba al vestíbulo de la pensión.
Tenía diez minutos para tomar el tren de vuelta a Basilea y salvó
corriendo las pocas manzanas que le separaban de la estación. Llegó
justo a tiempo para comprar el billete y abordar el tren. En la
pensión, Gerhard se tendió en la cama y no tardó en quedar profundamente
dormido.
CAPITULO 13
—Y BIEN, ¿CÓMO ESTÁ?
Fraülein Hedwig miró con expresión preocupada a Ariana cuando la joven salió al pasillo para recoger
las bandejas con el desayuno. Con aire tranquilizador, Ariana sonrió a su vieja niñera.
—Está mucho mejor, pero aún tiene un poco de tos. Creo que después de un día más en cama, estará
completamente restablecido.
—Eso y una visita del médico, fraulein Ariana. No vamos a consentir que se incorpore al ejército con
pulmonía. ¿Qué diría el
Reich?
—Dudo que sea pulmonía, fráulein Hedwig. —Ariana la miró afablemente pero con altivez—. Y si su
mal humor es un indicio de que está mejorando, entonces es seguro que estará en buena forma para el
Reich.
Se dispuso a entrar en la habitación con la bandeja de su hermano. Luego saldría de nuevo a buscar su
propia bandeja, pero
fraülein Hedwig ya la había cogido.
—Está bien, fráulein, yo la recogeré dentro de un minuto.
—No sea tan independiente, Ariana. Desde ayer está cuidando a ese muchacho; por lo tanto, necesita que
la ayude.
Refunfuñando y murmurando, entró en la salita y dejó sobre
una mesa la bandeja de Ariana.
—Gracias, fraülein.
Con aire expectante, Ariana aguardó a que la vieja niñera se marchara.
—Bitte. —Y entonces cogió la bandeja que sostenía Ariana—. Yo se lo llevaré.
—A Gerhard no le gustará. De veras. —Retuvo firmemente la bandeja—. Ya sabe cómo detesta que le
traten como a un niño.
—No como a un niño, fráulein Ariana, sino como a un soldado. Es lo menos que puedo hacer por él.
Empecinadamente, trataba de arrebatarle la bandeja.
—No, gracias, fraülein Hedwig. Cumplo órdenes. Me hizo pro- meterle que no dejaría entrar a cualquiera
en su habitación.
—Yo no soy «cualquiera», fráulein.
Se irguió en toda su estatura. En otro momento, Ariana se hubiera sentido intimidada, pera en esta
ocasión no estaba dispuesta a dejarse manejar por su vieja niñera.
—Claro que usted no es «cualquiera», pero ya sabe cómo es él.
—Aún más difícil de lo que aparentemente era. Creo que estar en el ejército le hará bien.
—No olvidaré transmitirle sus palabras.
Ariana sonrió alegremente, entró con la bandeja en la habitación de Gerhard y cerró la puerta. Dejó la
bandeja de inmediato y se apoyó de espaldas contra la puerta, por si acaso a fráulein Hedwig se le ocurría
insistir, pero al cabo de un instante oyó cerrarse la puerta de la salita y exhaló un largo suspiro de alivio.
Esperaba que su padre regresara por la noche sin falta. Le resultaría imposible mantener a Hedwig a raya
durante mucho más tiempo.
Pasó la mañana sentada nerviosamente en la salita, y por fin sacó las dos bandejas al pasillo, después de
pellizcar algo de ambas. Le dio las gracias a Anna por las toallas limpias y agradeció a Dios que Hedwig
no volviera a aparecer hasta última hora de la tarde.
—Cómo está?
—Mucho mejor. Creo que mañana estará en condiciones de incorporarse al ejército. Antes de irse es
capaz de hacer volar la habitación. Dijo que pensaba entretenerse con sus experimentos de química por
última vez.
—Sólo nos faltaba eso.
Miró a Ariana con desaprobación. No le gustaba la manera autoritaria con que la joven se había
comportado. A los diecinueve años, podía ser una mujer, pero no en lo que a fráulein Hedwig se refería.
—Dígale que me debe una explicación por esconderse en su habitación de esta manera, como un colegial
malcriado.
—Se lo diré, fraülein Hedwig.
—Procure no olvidarlo.
Se retiró de nuevo, subiendo esta vez a su habitación en el cuarto piso. Y veinte minutos más tarde,
Ariana oyó golpear enérgicamente en la puerta de la salita. Esperando encontrarse con Hedwig, abrió la
puerta con una forzada sonrisa. Pero en esta ocasión era Berthold, que aún jadeaba por el esfuerzo de
subir los dos largos tramos de escalera.
—Llaman por teléfono desde el despacho de su padre. Al parecer, se trata de algo urgente. ¿Puede usted
bajar?
Por un instante, Ariana vaciló. ¿Debía abandonar su puesto de vigilancia? Pero pensándolo bien, Hedwig
ya se había retirado a sus aposentos. Durante un rato no habría ningún peligro. Se apresuró a seguir a
Berthold y atendió el teléfono en el vestíbulo de la planta baja.
—Diga.
—,Fráulein Von Gotthard?
Era frau Gebsen, la secretaria de su padre en el banco.
—Sí. ¿Ocurre algo?
¿Habría recibido alguna noticia de su padre? ¿Había algún cambio de planes?
—No lo sé... Lo siento... No quisiera inquietarla, pero su padre... Supuse... Cuando se marchó ayer por la
mañana, dijo algo que me hizo suponer que iba a entrevistarse con el ministro de Hacienda, pero ahora
me doy cuenta de que no fue así.
—¿ Está usted segura? Tal vez tuvo que asistir a otra reunión. ¿Tiene eso alguna importancia?
—No estoy muy segura. Recibimos una llamada urgente de Munich y tenía que ponerme en contacto con
él, pero su padre no se encontraba en el ministerio. El ministro está en París, desde principios de semana.
—Entonces es posible que le entendiera mal. ¿Dónde se encuentra mi padre ahora?
El corazón le latía aceleradamente.
—Por eso la llamé. No vino a la oficina en toda la mañana y, si no estuvo con el ministro de Hacienda,
¿dónde está? ¿Lo sabe usted?
—Por supuesto que no. Probablemente tuvo alguna otra reunión. Estoy segura de que la llamará más tarde.
—Pero no me ha telefoneado en todo el día, fráulein. Y —agregó con cierto embarazo, pues Ariana aún
era muy joven— Berthold me dijo que no había pasado la noche en casa.
—Frau Gebsen, debo tomarme la libertad de recordarle que las andanzas nocturnas de mi padre no le
interesan a usted, ni a Berthold,ni a mí.
Su voz tembló con auténtica ira, o por lo menos eso parecía; en realidad, la causa era un intenso temor.
—Claro, fraulein. Debo pedirle disculpas, pero la llamada desde Munich..., y yo me quedé preocupada,
pues pensé que quizá había sufrido un accidente. No es habitual que su padre no me telefonee.
—A menos que se encuentre en alguna reunión secreta, frau Gebsen. El ministro de Hacienda no debe ser
el único hombre importante con quien mi padre se entrevista. En verdad, no comprendo por qué le da
tanta importancia. Dígale simplemente a la gente de Munich que momentáneamente no puede ponerse en
contacto con él, y en cuanto llegue a casa le diré que la telefonee. Estoy segura de que no tardará en
regresar.
—Espero que así sea.
—Estoy completamente segura de ello.
—Muy bien, entonces tenga la bondad de decirle que me llame.
—Lo haré.
Ariana colgó con aprensión, esperando que nadie advirtiera el terror que le embargaba mientras subía otra
vez la escalera presa de una verdadera indignación. Pero se detuvo en el primer rellano para tomar aliento
antes de proseguir la ascensión. Y cuando llegó al segundo piso, vio que la puerta de la salita estaba
ligeramente abierta. Se precipitó hacia ella, la abrió de par en par y se encontró frente a Berthold y
Hedwig que cuchicheaban con ceñuda expresión delante de la puerta abierta del dormitorio de su
hermano.
—Qué están haciendo aquí? —preguntó casi gritando.
—,Dónde está Gerhard?
La voz de Hedwig era acusadora, sus ojos, fríos como el hielo.
—¿Cómo puedo saberlo? Probablemente estará escondido en alguna parte en la planta baja. Pero recuerdo
haberles dicho claramente que...
—Y dónde está su padre?
Ahora le tocó el turno a Berthold.
—Cómo dice? Lo que haga o deje de hacer mi padre a usted no le importa, Berthold, y a usted tampoco.
Pero en cuanto se enfrentó con ellos, Ariana se puso pálida como una muerta. Rogó que no le temblara la
voz y la traicionara ante Hedwig, que tan bien la conocía.
—Y en cuanto a Gerhard, probablemente se ha ido a cualquier lugar. La última vez que miré estaba aquí.
—,Y cuando fue eso? —Hedwig la miraba con desconfianza—. Ese muchacho no se ha hecho la cama en
toda su vida.
—Se la hice yo. Y ahora, si me disculpan, quisiera dormir un poco.
—Por supuesto, fráulein.
Berthold se inclinó reverentemente y, dirigiéndose a la puerta, indicó con un gesto a Hedwig que le
siguiera. Cuando se hubieron marchado, Ariana, pálida y temblorosa, se dejó caer en la butaca preferida
de Gerhard. Oh, Dios, ¿qué ocurriría ahora? Mientras permanecía con las manos apretadas sobre la boca y
los ojos cerrados, un millar de imágenes terroríficas se cruzaron por su mente. Pero ninguna de ellas fue
tan aterradora como lo que sucedió media hora más tarde cuando llamaron enérgicamente a su puerta.
—Ahora no, estoy descansando.
—¿De veras, fráulein? Entonces debe disculpar esta intrusión en sus aposentos privados.
El hombre que hablaba no era un criado, sino un teniente del Reich.
—No comprendo.
Se incorporó sorprendida al tiempo que él entraba en la habitación. ¿Habían venido a buscar a Gerhard?
¿Qué hacía aquel oficial en su casa? Y no sólo el teniente: cuando éste entró con paso firme en la salita,
Ariana pudo ver que había tres soldados más paseándose arriba y abajo por el pasillo.
—Me temo que debo pedirle perdón, fraulein.
—No tiene por qué, teniente.
Se levantó denotando una gran presencia de ánimo, mientras se alisaba los rubios cabellos para recogerlos
en el impecable moño en forma de ocho que llevaba. Se echó un suéter azul oscuro de cachemira sobre
los hombros y procuró caminar sin apresurarse hacia la puerta.
—,Le importaría que conversáramos abajo?
—En absoluto —asintió él con afabilidad—. De paso, puede coger su abrigo.
—,Mi abrigo?
El corazón le latía con fuerza.
—Sí. El capitán consideró que sería más práctico que fuese a verle a su despacho, en vez de jugar a tomar
el té aquí con usted.
Sus ojos tenían un brillo repelente y Ariana se dio cuenta de que detestaba aquellos acerados ojos grises.
Aquel hombre era un nazi
De pies a cabeza, desde las solapas de su uniforme hasta lo más
profundo de su alma.
—Sucede algo grave, teniente?
—Tal vez. Dejaremos que usted nos lo diga a nosotros.
¿Habían pues apresado a Gerhard y a su padre? Pero no, no podía
ser. Se resistía a creerlo, mientras seguía al teniente, aparentando
estar muy tranquila, hacia el segundo piso, y luego comprendió.
Habían ido a interrogarla, pero no sabían nada. Aún no. Y ella
no debía decírselo, no importaba lo que sucediera.
CAPITULO 14
—Y USTED PENSÓ QUE SU padre estaba en una reunión se-
- creta, fráulein Von Gotthard? ¿De veras? ¡Qué interesante! ¿Con
quién?
El capitán Dietrich von Rheinhardt la observaba de arriba
abajo con interés. Era un bonito ejemplar. Hildebrand se lo había adelantado antes de acompañarla hasta
su despacho. Y fría, para ser una chica tan joven. Parecía completamente reposada, una dama desde la
punta de sus brillantes y rubios cabellos hasta los pies calzados con zapatos negros de piel de cocodrilo.
—Con quién dijo que pensaba que se había reunido su padre? Aquel interrogatorio hacía casi dos horas
que duraba, desde que la habían escoltado desde el enorme Mercedes negro en la Künigsplatz, donde se
levantaba el imponente edificio del Reichstag con sus seis columnas, hasta la estancia de impresionante
aspecto donde se encontraba. Era el despacho del comandante, y en él muchas personas antes que ella
habían experimentado un escalofrío que las había dejado heladas hasta los huesos. Pero ella no daba
muestras de miedo, ni de ira, ni de exasperación. Se limitaba a contestar sus preguntas, educadamente,
con serenidad y con aquella inconmovible apostura de gran dama, una y otra vez.
—No tengo ni la menor idea de quién era la persona que mí
Padre debía ver, capitán. No suele hacerme partícipe de sus secretos profesionales.
—Y usted cree que tiene secretos?
—Sólo en relación con las operaciones que lleva a cabo para el Reich.
— Qué manera más encantadora de decirlo! —Entonces se re- costó contra el respaldo del asiento y
encendió un cigarrillo—. ¿Le apetece una taza de té?
Ariana estuvo a punto de contestarle que la habían dicho que no deseaba jugar a tomar el té y que por ese
motivo la habían llevado hasta allí, pero simplemente meneó la cabeza cortésmente.
—No, gracias, capitán.
—¿ Una copa de jerez quizá?
Las gentilezas no ejercían efecto alguno en Ariana. No podía sentirse cómoda en aquel despacho, con un
retrato de Hitler de tamaño natural cuyos ojos parecían mirarla fijamente a la cara.
—No, gracias, capitán.
—,Y esas reuniones secretas de su padre...? Hábleme de ellas.
—Yo no dije que tuviera reuniones secretas. Lo único que sé es que algunas noches regresa a casa
bastante tarde.
Comenzaba a sentirse cansada y, a pesar de sus esfuerzos por ocultarlo, lentamente se iban manifestando
los efectos de la tensión.
—,Una mujer tal vez, fráulein?
—Lo siento, capitán, no lo sé.
—Claro que no. ¡Qué torpeza por mi parte el sugerirlo! —Un brillo airado, malicioso y repelente apareció
en sus ojos—. ¿Y su hermano, fráulein? ¿También asiste a reuniones secretas?
—Por supuesto que no. Mi hermano sólo tiene dieciséis años.
—Pero tampoco asiste a las reuniones de las juventudes, ¿no es cierto? ¿No es cierto, fráulein? ¿Es
posible entonces que su familia no sienta simpatía por el Reich como previamente habíamos pensado?
—Eso no es cierto, capitán. Mi hermano tuvo muchas dificultades con los estudios, además sufre de asma,
y claro..., desde la muerte de mi madre...
Dejó la frase inconclusa, con la esperanza de reprimir ulteriores preguntas, pero sus expectativas fueron
vanas.
—Y cuándo murió su madre?
—Hace diez años, capitán.
Gracias a tipos como usted.
—Ya. Qué conmovedor que el muchacho aún se acuerde de su madre. Debe de ser un joven muy sensible.
—Ella asintió con la
Cabeza, sin saber qué responder, y desvió la mirada—. ¿Demasiado sensible para entrar en el ejército,
fráulein? ¿Podría ser que él y su padre hubieran desertado en esta hora en que su patria más necesita de
todos sus hombres?
—Lo dudo. Si hubiesen hecho una cosa semejante, ¿por qué me habrían dejado aquí?
—Dígamelo usted, fráulein. Y de paso, quizá pueda decirme algo acerca de un amigo llamado Máx..
Maximilian Thomas. Un joven que solía visitar a su padre de cuando en cuando, ¿o acaso la visitaba a
usted?
—Era un viejo amigo de mi padre.
—Que escapó de Berlín hace tan sólo cinco meses. Como detalle interesante, desapareció precisamente la
misma noche en que robaron uno de los automóviles de su padre, el cual fue encontrado, por supuesto, en
perfecto estado, frente a la estación ferroviaria de Berlín. Una feliz coincidencia, claro.
Oh, Dios, ¿de modo que estaban enterados de lo de Máx.? ¿Y finalmente habían relacionado el hecho con
su padre?
—No creo que el robo del auto tuviera nada que ver con Máx..
El capitán dio una larga chupada a su cigarrillo.
—Ahora hablemos de nuevo de su hermano, fráulein. ¿Dónde supone usted que puede estar? —El capitán
le hablaba con el acento cantarín de quien se dirige a un retardado mental o a un niño de corta edad—.
Tengo entendido que le estuvo cuidando durante los últimos dos días porque tenía un fuerte resfriado. —
Ariana asintió con la cabeza—. Y luego, como por arte de magia, cuando usted bajó a la planta baja para
responder una llamada telefónica, el muchacho desapareció. ¡Qué fastidiosa manera de comportarse! Sin
embargo, lo que me pregunto es si no desapareció varios días antes. ¿Como ayer por la mañana quizá,
alrededor de la hora en que su padre se marchó de su despacho? ¿Cómo calificaría usted esa coincidencia?
—Como muy improbable. Mi hermano estuvo en casa todo el día de ayer, toda la noche pasada y esta
mañana.
—Y cuán afortunado es tener una hermana tan leal como usted. Tengo entendido que le estuvo
protegiendo con el mismo celo que una joven leona protege a sus cachorros.
Al escuchar esas palabras, Ariana sintió que un escalofrío le recorría la columna vertebral. El capitán sólo
había podido enterarse de ello por un conducto. Por boca de Hedwig y de Berthold. Al comprender la
verdad de lo ocurrido, se sintió asqueada. Por primera vez tuvo plena conciencia de los hechos. Y
entonces, de Repente, la embargó una furia tremenda por la traición de los sirvientes. Pero debía evitar
que el capitán lo advirtiera. Tenía que seguir representando la comedia a cualquier precio.
El capitán siguió presionándola sin compasión.
—Lo que me intriga, fráulein, es que según parece su padre y su hermano se marcharon, dejándola a usted
aquí, tal vez para evitar que el muchacho se incorporara el ejército, o tal vez con algún propósito mucho
más avieso. Pero sea cual fuere la razón, lo que parece evidente es que la han abandonado, querida. Y no
obstante, usted les protege. ¿Acaso es porque sabe que su padre volverá? Presumo que de eso se trata. De
lo contrario, temo no comprender su renuencia a hablar.
Por primera vez Ariana le replicó con profunda irritación; finalmente, la tensión provocada por el
interrogatorio le atacaba los nervios.
—Ya hace casi dos horas que estamos hablando, pero ocurre simplemente que no tengo las respuestas a
las preguntas que me formula. Sus acusaciones son infundadas, y suponer que mi hermano y mi padre han
escapado sin mí es ridículo. ¿Por qué harían una cosa semejante?
—En verdad, mi querida jovencita, no creo que lo hayan hecho. Y por eso precisamente vamos a esperar
y ver qué pasa. Y cuando su padre vuelva, él y yo hablaremos de negocios.
—¿De qué clase de negocios?
Ariana miró a Von Rheinhardt con recelo.
—Digamos una pequeña transacción? Su encantadora hija por..., bueno, no es necesario entrar en detalles.
Me complacerá convenirlo con su padre cuando regrese. Y ahora, fráulein, si me disculpa le pediré al
teniente Hildebrand que la acompañe a su habitación.
—A mi habitación? Entonces, ¿no puedo volver a mi casa?
Tuvo que hacer un esfuerzo para contener las lágrimas. Pero el capitán meneaba la cabeza enérgicamente,
conservando su intolerable y falsa sonrisa.
—No, fráulein. Me temo que preferimos brindarle nuestra hospitalidad, por lo menos hasta que vuelva su
padre. Haremos lo posible para que se sienta cómoda en su... habitación.
—Comprendo.
—Sí. —La miró con sombría expresión—. Supongo que a esta altura de los acontecimientos ya
comprende. Debo ofrecerle a su padre mis cumplidos cuando le vea, es decir, si le llego a ver. Tiene una
hija extraordinaria, encantadora, inteligente y muy bien criada.
No ha llorado, implorado ni suplicado. En verdad, me ha complacido enormemente compartir esta tarde
con usted.
«Compartir» la tarde con ella había consistido en someterla a varias horas de intenso interrogatorio, y
Ariana sintió deseos de abofetearle cuando escuchó sus palabras.
El capitán oprimió un botón situado en un costado del escritorio y esperaron que el teniente Hildebrand
hiciera su aparición. Al cabo de un largo rato, el capitán apretó el timbre de nuevo.
—Según parece, nuestro teniente está ocupado; me parece que tendremos que buscar a otra persona para
que la acompañe a su habitación.
Hablaba como si se tratara de una suite en el Daniel de Venecia, pero Ariana sabía muy bien que lo que la
esperaba no era una habitación de hotel, sino una celda. Con sus botas relucientes bajo la luz de la
lámpara, el capitán, obviamente irritado, se dirigió a grandes zancadas hacia la puerta. La abrió tirando
del pomo de bronce y se asomó echando fuego por los ojos. Eran casi las siete de la tarde y al parecer el
teniente Hildebrand se había ido a cenar. El único oficial que estaba a la vista fuera del despacho era un
hombre alto, de duras facciones y una larga y estrecha cicatriz que le atravesaba la mejilla.
—Von Tripp, ¿dónde diablos están los otros?
—Creo que salieron a comer. Son... —Miró el reloj y luego a su capitán—. Se estaba haciendo tarde.
—Cerdos. Sólo piensan en llenar el estómago. Está bien, no se preocupe. Lo hará usted. Y por cierto, ¿por
qué no fue con ellos?
Miró con fastidio al teniente, que respondió a la mirada de su superior con una ligera y frígida sonrisa.
—Esta noche estoy de servicio, señor.
El capitán hizo un gesto en dirección a su despacho, donde se hallaba la mujer que quedaba parcialmente
oculta por la puerta.
—Llévela abajo, pues. Ya he terminado con ella.
—Sí, señor.
El teniente saludó marcialmente, chocó los talones y entró prestamente en el despacho.
—De pie —ordenó secamente, y Ariana se sobresaltó en su asiento.
—Cómo dice?
Los ojos del capitán Von Rheinhardt adquirieron un brillo maligno en tanto regresaba a su despacho.
—El teniente le ha ordenado que se ponga de pie, fráulein.
Tenga la bondad de hacer lo que dice. De lo contrario, me temo... Bueno, usted sabe, sería muy
embarazoso...
Se llevó la mano al látigo de montar que colgaba de su cintura.
Ariana se puso inmediatamente de pie, tratando de ordenar los pensamientos que se cruzaban por su
mente. 6Qué iban a hacer con ella? El oficial alto y rubio que le había ordenado levantarse de una manera
tan brusca tenía un aspecto amenazador, y la delgada cicatriz de su mejilla no presagiaba nada alentador.
Parecía cruel y maquinal, y se quedó plantado como un autómata mientras Ariana salía del despacho.
—Que pase una buena noche, fráulein.
Von Rheinhardt sonrió con afectación a sus espaldas.
Ariana no le respondió, y en la oficina exterior el teniente la cogió firmemente por el brazo.
—Sígame y haga exactamente lo que le diga. No me gusta tener que bregar con los prisioneros, y mucho
menos si son mujeres. Por su bien, y por el mío, le ruego que no complique esta situación.
La advertencia fue hecha con tono seco y, a pesar de que el teniente caminaba a grandes zancadas, Ariana
siguió con paso vivo junto a él. El oficial se había expresado con claridad. Ahora ella era una prisionera.
Nada más que eso. Y súbitamente se preguntó si su padre, a pesar de su prestigio, conseguiría sacarla de
allí.
El teniente alto y rubio le condujo por dos largos corredores y luego por un interminable tramo de
escalera hasta las entrañas del edificio, donde de pronto el ambiente se hizo frío y húmedo. Aguardaron a
que se abriese una pesada puerta de hierro después de que un guardián hubo espiado por la mirilla y
hecho una señal de asentimiento con la cabeza al hombre que estaba a su lado. La puerta se cerró con gran
estrépito detrás de ellos, echaron los cerrojos y dieron vuelta a la llave, y Ariana se encontró bajando por
otro tramo de escalera. Tuvo la impresión de que la llevaban a una mazmorra y, cuando vio la celda
donde terminaba su camino, comprendió que de eso se trataba precisamente.
El teniente no dijo absolutamente nada mientras comparecía una mujer con grado de sargento y procedía
a registrar y cachear a Ariana. Luego la introdujeron de un empujón en la celda, y el teniente aguardó a un
costado mientras la mujer cerraba la puerta. En las otras celdas, las mujeres lloraban y gritaban, y hasta le
pareció escuchar los vagidos de un niño. Pero no había podido ver rostro alguno, pues las puertas eran
unas sólidas planchas de metal con ventanillas de unos pocos centímetros cuadrados protegidas con
barrotes. Era el lugar más aterrador que Ariana podía imaginar, y
Una vez dentro de la celda oscura tuvo que hacer un esfuerzo para no ponerse a gritar y perder totalmente
el control. A la débil luz que se filtraba por la pequeña ventanilla pudo distinguir lo que le pareció un
inodoro, pero al cabo de un instante descubrió que se trataba de un gran cuenco metálico esmaltado de
blanco. Era realmente una prisionera; de alguna manera aquel implemento lo confirmaba.
Sumida en el hedor de la celda, comenzó a llorar quedamente, hasta que por fin se hundió en un rincón,
dejó caer la cabeza sobre los brazos y su cuerpo fue sacudido por los sollozos.
CAPITULO 15
CUANDO WALMAR VON Gotthard salió de la estación de Basilea aquella mañana, miró atentamente a
su alrededor antes de iniciar su larga caminata de vuelta a Lórrach, para tomar el tren que le llevaría a
Berlín. Le dolían todos los músculos del cuerpo, y ofrecía un aspecto tan sucio y desastrado como había
tratado de lograr el día anterior. Se parecía muy poco al banquero que dirigía el Tilden, se entrevistaba
con el ministro de Hacienda y era sin lugar a dudas el más eminente hombre de banca de Berlín. Parecía
un anciano fatigado que había hecho un largo viaje, y nadie habría sospechado que poseía la enorme suma
de dinero en efectivo que llevaba consigo.
Al mediodía llegó a la frontera sin inconvenientes, y ahora se iniciaba el largo camino; los quince
kilómetros de vuelta a Lórrach; que sólo seis horas antes había salvado con todo éxito en la frontera suiza.
Luego venía la parte más difícil del viaje, el trayecto hasta Berlín. Y después tendría que revivir las
mismas angustias con Ariana. Y una vez sus dos hijos estuviesen a salvo en el lado suizo de la frontera,
no le importaría caerse muerto por el camino. De hecho, mientras se arrastraba entre los alambres de púas
que había cortado por la mañana, pensaba que sería muy afortunado si no caía sin vida mucho antes. Para
un hombre de su edad, había sido toda una aventura, pero si lograba poner a salvo a Ariana y a Gerhard
nada le
Importaría. Por ellos, era capaz de hacer todo cuanto estuviese en su poder, y mucho más.
De nuevo se detuvo, miró a su alrededor y escuchó. De nuevo corrió hacia la arboleda en busca de
protección. Pero esta vez no tuvo tanta suerte como por la mañana, y oyó ruido de pasos entre la espesura
a solo unos metros de distancia. Trató de introducirse entre los arbustos, pero los dos soldados estuvieron
de inmediato pisándole los talones.
—Eh, abuelo, ¿adónde va? ¿A incorporarse al ejército en Berlín?
Procuró sonreírles estúpidamente, pero no obstante, uno de los dos hombres de la patrulla fronteriza
amartilló su arma y le apuntó al corazón.
—6Adónde va?
Resolvió decírselo, adoptando un acento marcadamente provinciano.
—A Lórrach.
—Por qué?
—Mi hermana vive allí.
Sentía que el corazón saltaba dentro de su pecho.
—¿ De veras? ¡Qué bien!
Agitó su arma de nuevo en dirección al pecho de Walmar e indicó al otro que le registrara. Le abrieron la
chaqueta, le palparon los bolsillos y luego la camisa.
—Tengo los papeles en orden.
—¿ Oh, sí? Vamos a ver.
Walmar se llevó la mano al bolsillo, pero antes de que sus dedos se introdujeran en él, el soldado que le
estaba registrando notó algo alargado y abultado oculto bajo el brazo derecho del viejo.
—Qué es esto, abuelo? ¿Nos estabas ocultando algo?
Lanzó una áspera risotada e hizo un guiño a su amigo. Los viejos eran muy divertidos. Todos se creían
muy listos. Los soldados le abrieron la camisa de un tirón, pero como estaba sucia y arrugada, no
advirtieron la excelente calidad de la tela que habían rasgado. No tenían motivo alguno para sospechar.
Walmar era tan sólo un viejo campesino. Pero lo que encontraron en la billetera camuflada les dejó
estupefactos, pues contenía una fortuna en billetes grandes y chicos, y sus ojos se fueron abriendo
desmesuradamente a medida que contaban lo que habían encontrado.
—¿ Le llevaba esto al Führer?
Celebraron su propia humorada con una carcajada y se quedaron contemplando al viejo, sonriendo de
contento.
Walmar mantuvo los ojos bajos para que no vieran la ira que le
dominaba y esperó que se dieran por satisfechos con el dinero. Pero
los dos soldados conocían ya todas las artimañas que imperan en
tiempo de guerra. Intercambiaron una rápida mirada y luego hicie- -
ron lo que debían hacer. El primero se hizo a un lado al tiempo que
el otro disparaba su arma. Walmar von Gotthard cayó sin vida entre
la alta hierba que le rodeaba.
Le arrastraron por los pies hasta la más profunda espesura, le
despojaron de sus papeles, se guardaron el dinero y regresaron a la
cabaña, donde se sentaron a contar el dinero con más detenimiento
y arrojaron al fuego de la chimenea los papeles del viejo. Ni siquiera
se tomaron la molestia de leerlos. No tenía ninguna importancia
quién había sido. Salvo para Gerhard, que esperaba en la habitación
del hotel de Zurich. Y para Ariana, que permanecía aterrorizada
en su celda en Berlín
. CAPITULO 16
EL TENIENTE VON TRIPP hizo seña al carcelero para que abriese la celda de Ariana. La puerta rechiné
al abrirse lentamente, y ambos hombres se esforzaron por no inmutarse ante el hedor que siempre
emanaba del interior. Todas las celdas exhalaban el mismo olor a causa de la humedad y, por supuesto,
porque nadie las limpiaba nunca.
Al esfumarse la oscuridad, Ariana quedó instantáneamente cegada por la intensa luz. No sabía cuánto
tiempo llevaba allí encerrada. Sólo sabía que había estado llorando la mayor parte del tiempo. Pero
cuando les oyó acercarse, se había enjugado rápidamente las lágrimas y procurado borrar el afeite para las
pestañas, que suponía se había corrido por sus mejillas, cón la punta del pañuelo de encaje. Se alisé el
cabello prestamente, y esperé a que abrieran la puerta. ¿Acaso tenían noticias de su padre y de Gerhard?
Aguardó y oró, ansiosa por escuchar voces familiares, pero sólo se oía el ruido metálico de las llaves. Al
fin pudo ver la silueta del teniente alto y rubio que la había conducido hasta allí el día anterior.
—Salga de la celda, por favor, y venga conmigo.
Se puso de pie temblando, apoyándose en la pared de la celda, y
durante una fracción de segundo el teniente sintió deseos de sostenerla al ver que se tambaleaba. ¡Parecía
tan increíblemente menuda
Y frágil! Pero los ojos que se posaron en los suyos al cabo de un instante no eran los de una bella y débil
joven que implorase ayuda; eran los ojos de una mujer decidida que se esforzaba desesperadamente por
sobrevivir y conservar un aire digno a pesar de todas las circunstancias desfavorables. El moño en forma
de ocho que llevaba la tarde anterior se había deshecho y ahora sus cabellos caían sobre sus hombros,
como una gavilla de trigo suelta. Su falda estaba arrugada, pero conservaba su prestancia, y a pesar del
hedor en que había estado sumida durante casi veinticuatro horas, sus cabellos aún exhalaban un ligero
olor a perfume.
—Por aquí, por favor, fráulein.
El teniente se hizo a un lado y comenzó a caminar tras ella, para poder vigilarla, y mientras la observaba
sintió por ella más pena que antes. Ariana enderezó sus estrechos hombros y mantuvo erguida la cabeza;
sus tacones repiqueteaban firmemente contra el suelo de los corredores. Sólo una vez dio muestras de
debilidad, cuando por un instante agachó la cabeza como si se sintiese demasiado mareada para poder
seguir caminando. El nada dijo mientras aguardaba, y al cabo de un momento Ariana siguió subiendo las
escaleras, agradeciendo que no la hubiese empujado ni le hubiera gritado por detenerse.
Pero Manfred von Tripp no era como los otros. Sólo que Ariana no lo sabía. El era un caballero, en tanto
que ella era una dama, y ni por asomo se le hubiera ocurrido empujarla, gritarle, acuciarla o azotarla. Y
había quien le detestaba por ello. El propio Von Rheinhardt era el capitán y podía hacer bailar a Von
Tripp si se le antojaba.
Cuando llegaron a lo alto del último tramo de escalera, el teniente Von Tripp la cogió de nuevo
firmemente por el brazo y la condujo al conocido pasillo donde otra vez estaba el capitán aguardando, con
una sonrisa en los labios y fumando ociosamente un cigarrillo, como el día anterior. El teniente saludó
prestamente, cuadrándose con un taconeo, y desapareció.
—Buenas tardes, fraülein. ¿Pasó usted una buena noche? Espero que no haya estado demasiado...
incómoda en su... habitación. —Ariana no respondió—. Siéntese, siéntese. Por favor. —La joven se sentó
sin decir palabra y le miró fijamente desde su asiento—. Lamento decirle que no hemos tenido noticias de
su padre. Y casi presiento que algunas de mis conjeturas puedan ser acertadas. Su hermano tampoco ha
dado señales de vida, lo cual le convierte en el día de hoy en un desertor. Por todo ello, mi querida
fráulein, se encuentra usted varada en la playa y, en cierto modo, a nuestra merced. Tal vez hoy esté más
dispuesta a hacernos partícipes de algo más de lo que sabe.
—No sé nada más que lo que le dije ayer, capitán.
—Cuánto lo lamento por usted. En ese caso, fraülein, no malgastaré su tiempo ni el mío con un nuevo
interrogatorio. Simplemente la dejaré con sus propios pensamientos, sentada en su celda, mientras
esperamos tener alguna noticia.
Oh, Dios, ¿por cuánto tiempo?, quiso gritar Ariana al escuchar aquellas palabras, pero su desesperación
no se reflejó en su rostro.
El capitán se levantó y oprimió el botón, y al cabo de un instante apareció de nuevo Von Tripp.
—Dónde diablos está Hildebrand? Cada vez que le llamo, se ha ido a otra parte.
—Lo siento, señor. Creo que se fue a almorzar.
En realidad, Manfred no tenía la menor idea de dónde se encontraba, ni le importaba. Hildebrand siempre
andaba rondando sólo Dios sabía por dónde, mientras sus compañeros tenían que asumir su puesto de
mandadero.
—Entonces, acompañe a la prisionera otra vez a su celda. Y dígale a Hildebrand cuando vuelva que
quiero verle.
—Muy bien, señor.
El teniente condujo a Ariana fuera del despacho. Ella ahora ya se había familiarizado con aquella rutina,
los largos pasillos, las interminables caminatas. Por lo menos no estaba confinada en su celda y durante
aquellos momentos podía respirar, moverse, ver y tocar. No le habría importado caminar horas y horas
por aquellos pasillos. Cualquier cosa antes que el horror de estar encerrada en la reducida y asquerosa
celda.
Cuando enfilaron el segundo tramo de escalera se toparon con Hildebrand, que sonreía feliz y canturreaba
por lo bajo. Sobresaltado, miró a Von Tripp y acto seguido sus ojos examinaron a Ariana con interés,
como lo habían hecho la mañana anterior cuando penetró en su habitación en la casa de su padre.
—Buenas tarde, fráulein. ¿Disfrutando de su estancia aquí?
La joven no respondió, pero la mirada que le dirigió habría abierto un agujero en una roca. Hildebrand la
contempló con irritación y luego sonrió a Manfred.
—,La llevas otra vez a la celda?
Manfred asintió con desinterés. Tenía cosas más importantes que hacer que charlar con Hildebrand. No
soportaba a aquel individuo, ni a la mayoría de los oficiales con quienes colaboraba, pero desde que cayó
herido en el frente tenía que apechugar con tareas como aquélla.
—El capitán quiere verte. Le dije que habías salido a almorzar.
—Eso hice, querido Manfred. Eso hice, en efecto.
Sonrió de nuevo, saludó brevemente y subió por la escalera mientras ellos seguían descendiendo. Echó
una última mirada a Ariana por encima del hombro en tanto Manfred trasponía con ella la puerta, para
seguir por los corredores hasta las entrañas del edificio donde se encontraba la puerta de su celda. En
alguna de las celdas cercanas una mujer chillaba. Ariana hizo oídos sordos a los gritos y se sintió aliviada
cuando se dejó caer en el suelo de su celda.
Al cabo de tres días volvió a recorrer aquellos pasillos para ver al capitán; éste le dijo de nuevo que su
padre y su hermano no habían aparecido. Ahora Ariana ya no comprendía lo que estaba pasando, y sabía
que o bien le mentían —y habían encontrado a su padre y a Gerhard— o algo muy grave había ocurrido.
Si en realidad le decían la verdad, era evidente que no tenían noticias ni de su padre ni de su hermano, y
después de retenerla unos instantes en su despacho, Von Rheinhardt la envió a la celda.
Esta vez fue Hildebrand quien la acompañó por los corredores; sus dedos le apretaban el brazo
hundiéndose hasta el hueso, pero al mismo tiempo le rozaba el pecho con el dorso de la mano. Le hablaba,
confianzudo, con monosílabos, como si fuera un animal que tuviera que ser acuciado para que caminara,
y la empujaba, y golpeaba si era necesario, sin dejar de mencionar en ningún momento que echaría mano
de su látigo.
Esta vez, cuando llegaron ante la puerta de su mazmorra privada, Hildebrand no esperó a que la mujer la
registrara. Deslizó sus manos por su cuerpo con lentitud, hasta el bajo vientre, para re- montarlas por sus
caderas hasta los pechos. Ariana parecía encogerse mientras le miraba con odio a la cara. El teniente se
echó a reír y la mujer cerró la puerta de la celda.
—Buenas noches, fráulein.
Y después de esas palabras, Ariana oyó que se alejaba, pero el ruido de sus pasos se acalló a unos pocos
metros. Oyó que hablaba brevemente con la matrona.
—Esta. A ésta no la he puesto a prueba aún.
Escuchando atentamente con los ojos cerrados, Ariana oyó el tintineo de las llaves, cómo se abría la
puerta y se ahogaba el ruido de los pasos del teniente. Al cabo de unos momentos oyó gritos e
imploraciones, el silbido del látigo de montar cortando el aire y el seco restallar contra la carne, y luego
reinó el silencio; no se oyeron más gritos, sólo una interminable serie de horribles gruñidos sordos. Pero
Ariana ya no oía a la mujer, y ni en su febril fantasear logró
Imaginar qué le había hecho el teniente. ¿Había golpeado a aquella mujer hasta dejarla inconsciente? ¿La
había fustigado con el látigo hasta matarla? Pero por fin pudo oír unos sollozos ahogados y comprendió
que la mujer estaba viva.
Pegada a la pared de su pequeña celda, Ariana aguardó, esperando oír el ruido de los pasos del teniente,
temiendo que se aproximaran a su puerta, pero en vez de ello se fueron alejando por el largo corredor
rítmicamente hasta perderse. Exhalando un profundo suspiro de alivio, volvió a deslizarse hasta quedar
sentada en el suelo.
Pasaron días y semanas, con sus regulares visitas al capitán, quien le informaba que no habían tenido
noticia alguna de su padre y que no había regresado. Al término de la tercera semana, Ariana estaba
exhausta, mugrienta y famélica, y no podía comprender qué había sucedido, por qué no habían ido a
buscarla. ¿O acaso Von Rheinhardt mentía? Tal vez Gerhard y su padre habían sido apresados y estaban
prisioneros también. La única respuesta que no se conformaba a aceptar era la peor. Les habían matado.
Fue después de su última visita al capitán, después de tres semanas de visitas, cuando Hildebrand la
acompañó de nuevo hasta su celda. Las otras veces, lo había hecho casi siempre el Otro teniente, y de
cuando en cuando algún otro oficial.
Pero ese día fue él quien la cogió del brazo mientras se dirigían a las profundidades de la prisión. Ariana
estaba extenuada y se tambaleaba al caminar. Sus cabellos caían enmarañados hasta sus hombros y a los
lados de la cara. Se los echaba hacia atrás con sus largos y delicados dedos, pero ahora tenía las uñas
quebradas, y ya no quedaban rastros de perfume en su pelo. El suéter de cachemira que en un principio
llevaba con tanto garbo sobre sus hombros, ahora lo ceñía firmemente contra su cuerpo en busca de calor;
la falda y la blusa estaban sucias y estropeadas, y las medias había tenido que tirarlas a los pocos días de
estar allí. Hildebrand registró todos aquellos detalles con interés, como si estuviera adquiriendo un rebaño
de terneras o comprando ovejas, y en el último tramo de escalera se cruzaron con el teniente Manfred Von
Tripp. Este saludó a Hildebrand secamente, y sus ojos esquivaron la mirada de Ariana. Siempre dejaba
vagar la vista por encima de su cabeza, como si no tuviera especial interés en su cara.
—Buenas tardes, Manfred.
Hildebrand adoptó un tono extrañamente despreocupado al pasar junto a él, pero Von Tripp saludó y
murmuró solamente:
—Buenas tardes.
Y luego se volvió y se quedó contemplándoles con atención. Ariana estaba demasiado fatigada para
notarlo, pero Hildebrand le dirigió una mirada de entendimiento y le sonrió. Von Tripp se volvió y siguió
subiendo, camino de su escritorio. Pero cuando se hubo sentado ante él, su ira fue en aumento. Hildebrand
tardaba demasiado en volver. Hacía casi veinte minutos que había bajado con ella; no había razón alguna
para que tardase tanto. A menos... Lentamente comprendió lo que estaba ocurriendo. El muy estúpido.
Era capaz de dar rienda suelta a sus bajos instintos con ella. ¿Tenía una idea de quién era el padre de la
chica o de la clase de mundo al que pertenecía? ¿No se daba cuenta de que era alemana, una joven de
clase y de buena familia, sin que en ello influyera dónde se encontraba su padre ni lo que hubiese podido
hacer? Tal vez pudiese salirse impunemente con la suya con algunas de las prisioneras, pero con toda
seguridad no lo lograría con aquella joven. Y fueran quienes fuesen las víctimas, los sucios hábitos de
Hildebrand a Manfred le causaban asco. Sin pensarlo, se encontró corriendo por los pasillos y luego
bajando ruidosamente por las escaleras. En el fondo Manfred sabía que no le importaba un comino quién
demonios fuese el padre de la joven, y a ellos tampoco. Para ellos era tan sólo una chica. Se dio cuenta de
que estaba rogando al cielo que no fuera demasiado tarde.
Le arrancó el manojo de llaves a la matrona, indicándole con un gesto que no se moviera de su asiento, y
le ordenó secamente:
—No se preocupe. Quédese ahí. —Y mirándola por encima del hombro le preguntó—: ¿Está Hildebrand
ahí abajo?
La mujer uniformada asintió con la cabeza, y Manfred se precipitó por el último tramo de escalera con las
llaves en la mano y acompañado por el repiqueteo de los tacones en los escalones.
Los ruidos que se oían dentro le indicaron que Hildebrand estaba en la celda de la joven. Sin pronunciar
una sola palabra, Manfred hizo girar la llave y abrió la puerta. Vio a Ariana casi desnuda, con la ropa
hecha jirones y un hilo de sangre corriendo por su mejilla. Hildebrand también estaba allí, con la cara
radiante y los ojos preñados de lujuria, el látigo en una mano y la otra aferrada a los cabellos de Ariana.
Pero por la falda que aún le cubría parcialmente la parte inferior del cuerpo y la mirada desafiadora que
todavía descubrió en sus ojos, Manfred comprendió que lo peor aún no había ocurrido. Se alegró de no
haber llegado demasiado tarde.
—Fuera!
—Por qué demonios metes las narices en lo que no te importa, maldito seas? La chica es nuestra.
—No es «nuestra», sino que pertenece al Reich, al igual que tú, que yo y que todos los demás.
—¡Un cuerno! Tú y yo no estamos encerrados en esta prisión.
—Por lo tanto, te crees con derecho a violarla, ¿no es así?
Los dos hombres se miraron fijamente cegados por la furia, y durante unos segundos, Ariana, jadeando y
sin aliento en un rincón, temió que su atacante azotara también al teniente más veterano que él. Pero no
estaba tan loco como para hacer una cosa semejante. Von Tripp fue el primero en hablar y se apartó de la
puerta.
—Te dije que salieras de aquí. Te veré arriba.
Hildebrand lanzó un gruñido al pasar junto a él, y por un instante ni Manfred ni Ariana hablaron en la
oscura celda. Y luego, enjugándose animosamente las lágrimas de las mejillas y apartándose los cabellos
de los ojos, la joven trató de cubrirse púdicamente mientras Manfred mantenía la vista fija en el suelo.
Cuando le pareció que Ariana estaba más calmada, levantó los ojos hacia ella y esta vez no evitó mirarla a
la cara ni a los azules ojos de dolorida expresión.
—Fraülein Von Gotthard, lo lamento... Debí imaginarlo. Yo me encargaré de que esto no vuelva a
suceder. No debe volver a suceder. —Y luego agregó-: No todos somos como él. No sé cómo decirle
cuánto lo siento.
Y lo decía con sinceridad. Había tenido una hermana más joven, casi de la misma edad que Ariana,
aunque él ya tenía treinta y nueve años.
—,Está usted bien?
Estaban hablando en la oscuridad, pues sólo un ligero resplandor penetraba por la puerta.
Ariana asintió con la cabeza, agitando su rubia cabellera, y Manfred le ofreció su pañuelo para que se
secara la sangre que aún corría por su cara.
—Creo que estoy bien. Gracias.
Le estaba más agradecida de lo que él podía suponer. Había pensado que Hildebrand iba a matarla, y
cuando se dio cuenta de que lo que se proponía era violarla, pensó que era preferible que la matara.
Manfred se quedó contemplándola un largo rato, y luego lanzó un profundo suspiro. En la misma medida
que en un principio había creído en aquella guerra, ahora había llegado a odiarla. Había corrompido todo
cuanto en un tiempo constituyera el fundamento de su fe y mereciese ser defendido. Era como ver a la
mujer amada convertirse en una prostituta.
—,Hay algo más que pueda hacer por usted?
Entonces ella le sonrió, sosteniendo el suéter en tomo al torso, y le miró afablemente con aquellos
enormes y tristes ojos de golfillo.
—Ya hizo todo lo que podía hacer. La única otra cosa que puede hacer por mí es encontrar a mi padre. —
Y luego, de repente, resuelta a enfrentar la verdad, sus ojos buscaron los de él—. ¿Acaso está aquí? ¿En el
Reichstag?
Manfred meneó la cabeza lentamente.
—No hemos tenido noticia alguna. —Y luego—. Quizá venga aún. No pierda la esperanza, fráulein.
Jamás.
—No tema. Después de lo de hoy...
Le sonrió de nuevo, y él asintió, mirándola con grave expresión, salió de la celda y una vez más cerró con
llave la puerta. Lentamente, Ariana se sentó de nuevo en el suelo, pensando en lo que había sucedido y en
el oficial que tan providencialmente había llegado justo a tiempo. Sumida en la oscuridad de la celda, su
odio por Hildebrand se fue atenuando a medida que aumentaba la gratitud que sentía por lo que Von
Tripp había hecho. Eran gente muy singular, todos ellos. Jamás los comprendería.
No volvió a ver a ninguno de los oficiales hasta el fin de la semana siguiente. Para entonces ya llevaba
exactamente un mes encerrada en aquella mazmorra. Y lo que más temía era que su padre y Gerhard
hubiesen muerto. A pesar de todo, aquello era algo que no podía aceptar. Sólo pensaba en el momento
presente. En el enemigo. Y en volver junto a los suyos.
Un oficial al que no había visto nunca antes fue a buscarla y la sacó rudamente de la celda. La obligó a
subir la escalera a empujones cuando la vio flaquear y la insultó cuando ella tropezó y cayó al suelo.
Ahora Ariana casi no podía caminar, a causa de la fatiga, el hambre y la falta de ejercicio, por cuyo
motivo siempre sentía las piernas yertas y entumecidas. Cuando llegó al despacho del capitán Dietrich
von Rheinhardt, era una mujer distinta de aquella que un mes antes se había mostrado tan aplomada y
segura de sí misma. Von Rheinhardt la contempló con una especie de repugnancia, pero sabía
exactamente lo que se escondía debajo de aquella suciedad y de aquellos harapos. Ariana era una joven
hermosa, educada, inteligente, que habría constituido un presente encantador para ser ofrecido a cualquier
hombre del Reich. No para él, sin embargo; él buscaba otros placeres, tenía otras necesidades. Pero sería
un regalo magnífico para brindárselo a alguien. Aún no había resuelto a quién.
Ya no estaba dispuesto a malgastar su tiempo en las «fráuleins» ni en floridos discursos. Aquella joven ya
no tenía utilidad alguna para ellos.
—Y por lo tanto, me temo que no nos sirve para nada. Mantener a alguien prisionero con el objeto de
obtener un rescate deja de tener sentido cuando no hay nadie que esté dispuesto a pagarlo, y entonces se
convierte en una molestia. Ya no existe ninguna razón para seguir alimentándola y alojándola aquí.
Nuestra hospitalidad, de hecho, ha llegado a su fin.
Ello quería decir pues que la fusilarían, se dijo ella. Pero ya nada le importaba. Era mucho mejor terminar
así que de cualquiera de las otras maneras posibles. Ella no quería convertirse en una prostituta al servicio
de los oficiales y ya no tenía fuerzas suficientes para fregar suelos. Había perdido a su familia, la razón de
su vida. Si la fusilaban, terminaría todo de una vez. Al escuchar lo que le había dicho el capitán, casi se
sintió aliviada.
Pero Von Rheinhardt aún tenía algo más que decir.
—Será conducida a su casa y dispondrá de una hora. Podrá recoger sus pertenencias y luego se marchará.
No podrá llevarse nada de gran valor de la casa, ni dinero, ni joyas, sólo las cosas de uso personal que
pueda precisar en un futuro inmediato. Después, tendrá que cuidar de sí misma.
Entonces, ¿no iban a fusilarla? Pero ¿por qué no? Se quedó mirándole sin poder creer lo que escuchaba.
—Vivirá usted en el cuartel de mujeres y trabajará como todo el mundo. Dispondré que alguien la lleve a
Grunewald dentro de una hora. Mientras tanto, puede esperar en el pasillo.
¿Cómo podía esperar fuera, a la vista de todos, en aquel estado? Medio desnuda, con la ropa que
Hildebrand había arrancado de su cuerpo una semana atrás. Eran unos verdaderos animales.
—Qué pasará ahora con la casa de mi padre?
Su voz era un sonido ronco, como un graznido, pues casi no había hablado en el curso de un mes. Von
Rheinhardt se concentró en los papeles que tenía sobre el escritorio y finalmente levantó la vista.
—Será ocupada por el general Ritter. Y su plana mayor. —Su «plana mayor» consistía en cuatro
complacientes mujeres que había elegido en el transcurso de los últimos cinco años—. Estoy seguro de
que el general será feliz allí.
—Yo también estoy segura de ello.
Como lo habían sido ellos. Su padre y su hermano, y en una época su madre, junto a ella. Todos habían
sido felices allí. Antes de que llegaran aquellos malditos y destruyeran su vida. Y ahora se apoderaban de
la casa de Grunewald. Por un instante, brotaron lágrimas de sus ojos. Tal vez —pensó esperanzada en las
incursiones
Aéreas a las que ya se había acostumbrado—, tal vez las bombas les liquidarán a todos.
—Eso es todo, fráulein. Preséntese al cuartel a las cinco de la tarde. Y podría agregar que esta disposición
cuartelaría es opcional. Es libre de adoptar otro... modo de vida dentro del ámbito del ejército, por
supuesto.
Ariana sabía a qué se refería. Podía ofrecerse para ser la amante del general y entonces éste la dejaría
quedarse en su propia casa. Sintió que la embargaba la indignación mientras permanecía sentada con el
cuerpo entumecido en el largo banco de madera del pasillo. Su único consuelo era pensar que cuando
regresara a Grunewald con la ropa hecha jirones, la cara llena de rasguños y moretones, sucia, hambrienta
y golpeada, Hedwig y Berthold podrían ver lo que le habían hecho. Aquél era el magnífico Partido que
los viejos estúpidos adoraban. Aquello era lo que se ganaba con el Heil Hitler. Absorta en sus
pensamientos y transportada por la furia, Ariana no advirtió la presencia de Von Tripp junto a ella.
—Fráulein Von Gotthard. —La joven levantó la vista con sorpresa hacia él. No le había vuelto a ver
desde el día que la había salvado de Hildebrand y su látigo—. Tengo entendido que debo llevarla a su
casa.
El teniente no le sonrió, pero ya no evitaba mirarla a la cara.
—Quiere decir que tiene que llevarme al cuartel? —Le miró fríamente. Y luego, deplorando haberse
dejado llevar por la ira, exhaló un suspiro. Aquel hombre no tenía la culpa—. Lo siento.
Von Tripp asintió lentamente con la cabeza.
—El capitán dijo que tengo que llevarla a Grunewald a recoger sus cosas.
Ariana asintió en silencio, mirándole con aquellos ojos que aún parecían más grandes por lo demacrada
que estaba. Y entonces, como si no hubiese podido evitarlo, el teniente se inclinó ligeramente sobre ella y
le dijo con afabilidad:
—,No ha almorzado todavía?
¿Almorzar? Ni siquiera había desayunado ni cenado la noche anterior. En aquella pestilente mazmorra
sólo le llevaban comida una vez al día y en ningún caso merecía el nombre de desayuno, almuerzo o cena.
Era una bazofia digna de servir como alimento para los cerdos, cualquiera que fuese la hora en que la
servían. Sólo la perspectiva de morirse de hambre la había obligado al fin a comerla. Ariana no le
contestó, pero el teniente adivinó lo que estaba pensando.
—Comprendo. —Y luego le indicó con un gesto que se levantara del banco-. Ahora debemos irnos.
Lo dijo más bien secamente, y Ariana le siguió con paso tardo por el pasillo brillantemente iluminado.
Por un instante las rodillas le flaquearon, y la luz del sol cegó momentáneamente sus ojos, pero ella se
detuvo, respirando profundamente, y cuando se sentó en el coche junto a él, volvió la cabeza hacia el otro
lado para que no la viera llorar, mientras contemplaba las hileras de casas que eran utilizadas como
cuarteles.
Al cabo de pocos minutos, el teniente detuvo el vehículo y permaneció unos instantes con la vista fija en
la nuca de Ariana. Ella siguió mirando por la ventanilla, sin hacer caso del hombre alto y rubio de ojos
tiernos y aristocrática cicatriz.
—Vuelvo en seguida, fráulein.
Ariana no respondió, apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y se arropó con la manta que el teniente le
había dado. De nuevo pensaba en su padre y en Gerhard, preguntándose dónde podrían encontrarse. Hacía
un mes que no experimentaba una confortable sensación como la que sentía en aquellos momentos, y no
le importaba lo que pudiese sucederle, pues por fin se encontraba fuera de aquella celda pestilente.
Al cabo de un instante, Von Tripp volvió al coche con un humeante paquete en la mano y se lo ofreció sin
decirle ni una palabra. Dos gruesas salchichas envueltas en papel, con mostaza y un gran pedazo de pan
moreno. Ariana se quedó contemplándolo cuando se lo entregó, y luego miró al teniente. ¡Qué hombre tan
desconcertante! Al igual que Ariana, raras veces hablaba por hablar y sin embargo lo observaba todo; y
también al igual que ella, conservaba una dolorida expresión en sus ojos, como si experimentara en carne
propia todo el dolor del mundo, y ahora el que la torturaba a ella también.
—Pensé que quizá tendría hambre.
Ariana quiso decirle que apreciaba su gesto. Pero en vez de ello asintió con la cabeza y tomó el paquete
entre las manos. No importaba lo que el teniente hiciera; ella no podía olvidar quién era ni lo que hacía.
Era un oficial nazi, que ahora la llevaba a su casa para que recogiera sus cosas..., sus cosas... ¿Qué cosas?
¿Cuáles eran las cosas que podría llevarse ahora? Y después de la guerra, ¿qué? ¿Recuperaría la casa? No
era que ello tuviera mucha importancia ya. Al haber desaparecido su padre y su hermano, nada le
importaba. Los pensamientos e interrogantes parecían cruzar enloquecidamente por su cabeza mientras
proseguían su camino y ella mordisqueaba la salchicha que Von Tripp le había comprado. Sentía deseos
de devorarlas, pero nó se atrevía. Después de vivir durante
Tanto tiempo a base de pan y despojos de carne, temía indisponerse si comía el condimentado embutido
demasiado rápidamente.
—¿ Está cerca del lago en Grunewald?
Ella asintió con la cabeza. En verdad estaba sorprendida de que le permitieran ir a su casa a buscar
algunas de sus pertenencias. Resultaba absurdo con qué rapidez había dejado de ser una prisionera.
Y le horrorizaba pensar que ahora la casa era de ellos. Las obras de arte, la vajilla de plata, las alhajas que
hubieran encontrado, incluso sus abrigos de pieles estarían en poder de las amantes de los generales, y por
supuesto estaban los automóviles de su padre. Su dinero y los documentos de sus inversiones ya hacía
varias semanas que habían sido requisados. De modo que, en conjunto, no podían estar descontentos con
los beneficios que habían obtenido en la transacción. Y Ariana... era meramente un regalo adicional, un
par de manos para realizar cualquier trabajo que estuviera en condiciones de hacer, a menos, claro está,
que alguien se encaprichara de ella. Ariana ya había pensado en ello. Pero prefería morir antes que
convertirse en la amante de un nazi. Antes que acceder a ello, pasaría el resto de su vida en sus hediondos
cuarteles.
—Es ahí, un poco más adelante, a la izquierda.
Ariana abrió desmesuradamente los ojos y de nuevo volvió la cabeza para ocultar las lágrimas. Ya casi
había llegado a su casa..., la casa en la que con tanta desesperación había soñado durante las negras horas
que pasó en la oscura celda, la casa donde había reído y jugado con Gerhard y esperado la vuelta de su
padre por la noche, donde tantas horas había pasado escuchando los cuentos que fraulein Hedwig les leía
junto al fuego, y donde en el pasado había visto fugazmente a su madre..., el hogar que ahora había
perdido. Por ellos. Los nazis. Con intenso odio miró de reojo al hombre uniformado que tenía a su lado.
Para ella formaba parte de lo que ellos representaban. Terror, despojo, destrucción, violación. No
importaba que le comprara comida y que la hubiese salvado de manos de Hildebrand. En realidad, él era
simplemente parte de un todo aterrador. Y si se le presentaba la oportunidad, con el tiempo le haría lo
mismo que los demás.
—Ahí está, allí.
Ariana señaló repentinamente con la mano al doblar el último recodo, y Von Tripp aminoró la marcha,
mientras ella miraba fijamente la casa con pena y dolor, y él con respeto y vivamente impresionado. Von
Tripp sintió deseos de decirle que era magnífica y que también él había vivido en una mansión semejante.
Que su esposa y
Sus hijos habían muerto en la casa situada cerca de Dresde durante los bombardeos, que ahora él tampoco
tenía a donde ir. El schloss que había pertenecido a sus padres lo había tomado «prestado» un general al
comenzar la guerra, dejando a sus padres virtualmente sin hogar hasta que se fueron a vivir con su esposa
y sus hijos en la casa de Dresde. Y ahora todos ellos habían desaparecido. Muertos bajo las bombas de los
aliados. Mientras, el general seguía viviendo en el castillo de sus padres, donde había estado a salvo,
como lo habrían estado los hijos de Manfred silos abuelos hubiesen podido quedarse en él.
El Mercedes que Manfred conducía avanzaba por el sendero de grava, que crujía con aquel ruido que
Ariana había escuchado millones de veces. Si cerraba los ojos, le parecía que era domingo y que ella,
Gerhard y su padre volvían después de haber dado un paseo en torno al lago al salir de misa. Ella no
estaba sentada junto a aquel desconocido, ataviada con los harapos de lo que en un tiempo fuera su
vestido. Berthold les estaría aguardando muy circunspecto. Y una vez dentro de la casa, ella serviría el té.
—Nunca más... —dijo en voz baja, hablando consigo misma, al tiempo que ponía los pies en el sendero
de grava, con la vista fija en su adorada casa.
—Dispone de media hora.
El teniente detestaba tener que recordárselo, pero tenían que regresar, y ésas habían sido las órdenes de
Von Rheinhardt. Ya habían perdido bastante tiempo con la muchacha. Von Rheinhardt había sido muy
claro con respecto a que Manfred debía dedicar el menor tiempo posible a aquella misión y luego volver
en seguida. «Y vigílela!», le había dicho, para evitar que la joven tratara de llevarse algo de valor de la
casa. Además, era posible que hubiera cajas fuertes ocultas y anaqueles secretos. Habían hecho revisar
toda la casa por un equipo de expertos, pero sin embargo era posible que Ariana les descubriera algo que
no hubieran advertido.
Con vacilación, Ariana tocó el timbre de la puerta, preguntándose si se encontraría ante el rostro familiar
de Berthold, pero a quien vio en su lugar fue al asistente del general. Era muy parecido al hombre que
estaba de pie a su lado, pero su expresión era mucho más severa mientras contemplaba
despreciativamente a la joven andrajosa. Desvió la mirada hacia Manfred, los dos hombres se saludaron,
y el teniente Von Tripp se explicó.
—Fraulein Von Gotthard, señor. Viene a buscar algunas de sus prendas.
Luego intercambiaron unas pocas frases breves más.
—No es mucho lo que ha quedado, ¿sabe? —le dijo el asistente del general a Manfred, no a Ariana, que
le miraba estupefacta.
¿No era mucho lo que quedaba? ¿De cuatro armarios llenos de ropa? Con qué extraordinaria rapacidad
habían actuado, y con qué rapidez.
—No creo que precise muchas cosas.
Sus ojos centelleaban de ira cuando traspuso el umbral de la puerta. Todo parecía igual y sin embargo
distinto. Los muebles estaban en el mismo lugar, pero no obstante, de una manera intangible, algo había
cambiado en la atmósfera de la casa. No había ningún rostro familiar, ninguno de los ruidos de la gente
que ella y la casa siempre habían conocido. El pesado arrastrar de los pies de Berthold, la cada vez más
acentuada cojera de Amia, las corridas y los constantes portazos de Gerhard, el digno porte de su padre al
atravesar el vestíbulo de mármol. En cierto modo esperaba ver a Hedwig —seguramente la habrían
conservado con ellos, debido a su lealtad al Partido—, pero ni siquiera el rostro de Hedwig se encontraba
entre los que observaban a Ariana mientras subía las escaleras. La mayoría de las personas que entraban
en el estudio o salían de él llevaban uniforme, y había varias más esperando en el salón; había ordenanzas
que llevaban bandejas con tazas de café y botellas de ginebra, así como varias sirvientas desconocidas.
Era como penetrar en otra época de la vida, después de la muerte de todas las personas conocidas y
cuando una nueva generación ya se había instalado en los lugares que uno tanto había amado. La mano de
Ariana se deslizaba por el pasamano familiar mientras subía precipitadamente la escalera con su eterna
sombra pisándole los talones; el teniente Von Tripp conservaba una discreta distancia, pero no se
separaba de ella.
Se detuvo un instante en el primer rellano, con la vista fija en la puerta del dormitorio de su padre. Oh,
Dios, ¿qué podía haberles ocurrido?
—,Es aquí, fráulein?
La voz de Von Tripp sonó quedamente a sus espaldas.
—4,Cómo dice?
Ariana giró en redondo sobre sus talones, como si acabase de descubrir a un intruso en su hogar.
—,Es en esa habitación donde están sus cosas?
—Yo..., mi habitación está en el piso de arriba. Pero luego tendré que volver aquí.
Acababa de recordarlo. Pero quizá fuese demasiado tarde. Tal vez el libro ya había desaparecido. O tal
vez no. En realidad, ahora
Ya no le importaba. Con la pérdida de Gerhard y su padre, y luego de la casa, todo estaba ya perdido.
—Muy bien. No tenemos mucho tiempo, fráulein...
Ariana asintió y subió corriendo las escaleras hasta la habitación donde Hedwig la había traicionado, el
umbral que los militares traspusieron por primera vez. Hildebrand, con su aire arrogante, había penetrado
en su sala mientras ella estaba rogando por el regreso de su padre. Abrió la primera puerta y luego la de
su propia habitación, evitando dirigir la vista hacia la de Gerhard al otro lado del pasillo. No tenía tiempo
para la nostalgia, y ello le habría causado demasiado dolor.
Al cabo de unos instantes, salió precipitadamente de su habitación para ir a buscar una maleta en el piso
de arriba, donde se encontraban los cuartos de la servidumbre, y fue allí donde se topó con ella, con la
traidora, que se dirigía con la cabeza gacha a su habitación.
Como un dardo arrojado a la espalda de la mujer, Ariana pronunció su nombre.
—Hedwig!
La vieja mujer se detuvo y en seguida siguió caminando, sin volver la cara hacia la joven que había
cuidado desde el día en que nació. Pero Ariana no estaba dispuesta a dejarla escapar. De hecho, nunca
volvería a tener otra oportunidad de verla.
—No puedes mirarme a la cara? ¿Tanto me temes?
Sus palabras tenían la cualidad de una caricia ponzoñosa, de una invitación a tomar un veneno, de un
estilete oculto debajo de las pieles que se ofrecen como regalo. La mujer se detuvo y se volvió lentamente.
—Sí, fráulein Ariana?
Con toda calma, trató de enfrentarse a la joven, pero había miedo en sus ojos y sus manos temblaban bajo
la pila de ropa blanca que llevaba a su cuarto para zurcir.
—Cosiendo para ellas, ¿eh? Deben de estarte agradecidos. Como lo estábamos nosotros. Dime, Hedwig.
—Basta de «fráulein», basta de respeto; ahora sólo quedaba el odio. Ariana permanecía con las manos
crispadas, los dedos tensos como garras—. Dime, después de coserles la ropa, de cuidar a sus hijos, si los
tienen, ¿también les traicionarás?
—Yo no la traicioné, fráulein Von Gotthard.
—Vaya, vaya, cuánta formalidad. ¿Entonces fue Berthold y no tú quien avisó a la policía?
—Fue su padre quien la traicionó, fraulein. Jamás debió escapar
Como lo hizo. Debió dejar que Gerhard sirviese a su patria. Cometió un error al marcharse.
—Quién eres tú para juzgarle?
—Soy alemana. Los alemanes debemos juzgarnos los unos a los otros. —Así que a esto habían llegado.
El hermano debía alzarse contra el hermano—. Tenemos el deber y el privilegio de vigilarnos
mutuamente y velar para que Alemania no sea destruida.
Ariana le espetó su respuesta.
—Alemania ya está muerta, gracias a gente como tú; la gente como tú es la que ha destruido a mi padre, a
mi hermano y a mi país.
—Las lágrimas resbalaban por sus mejillas, y entonces, incapaz de proseguir, su voz se convirtió en un
susurro—: ¡Y yo los odio!
Le volvió la espalda a su vieja niñera, entró como una tromba en el cuarto de los cachivaches y cogió la
maleta que le serviría para llevarse lo que quedara de sus pertenencias. Silenciosamente, Von Tripp la
siguió otra vez hasta su habitación y encendió un cigarrillo mientras observaba cómo metía
precipitadamente en la maleta suéteres, faldas y blusas, ropa interior y camisas de dormir, junto con
varios pares de recios zapatos. No había lugar para cosas delicadas. Ya no había delicadezas en la vida de
Ariana von Gotthard.
Pero incluso las prendas que colocaba en la maleta eran de una finura y de una calidad que difícilmente
podían considerarse convenientes para una vida en los cuarteles del ejército: las faldas que había usado
para ir a la escuela, los zapatos que calzaba cuando iba a ver jugar al polo a Gerhard o para pasear con su
padre junto al lago. Ariana le echó una mirada por encima del hombro al tiempo que guardaba en la
maleta un cepillo para el cabello, de plata y marfil.
—¿ Le parece que se opondrán a que me lleve esto? Es el único cepillo para el cabello que tengo.
Manfred pareció momentáneamente desconcertado y se encogió de hombros. Le resultaba embarazoso
verla hacer la maleta. En el momento en que la joven puso los pies en el vestíbulo de aquella casa, se hizo
evidente que aquél era el sitio donde debía estar. Se movía con una seguridad y un aire autoritario que
hacían nacer en uno el deseo de inclinarse reverentemente y abrirle paso. Pero también a él le había
ocurrido lo mismo en Dresde. Su casa era sólo ligeramente más pequeña, aunque de hecho sus
dependencias poseían mayor magnificencia. La casa había pertenecido al padre de su esposa, y cuando
éste falleció dos años después de haberse casado ellos, pasó a sus manos. Un espléndido agregado al
schloss que él heredaría a la muerte de sus padres. Por lo tanto, el estilo de vida de
Ariana no le era desconocido, como tampoco lo era el dolor que debía de experimentar al abandonar su
hogar. Aún le parecía escuchar el llanto de su madre cuando se enteró de que debería renunciar a vivir en
el schloss mientras durase la guerra. «Y cómo sabemos que lo recuperaremos?», le había preguntado
sollozando a su padre. «Lo recuperaremos, no seas tonta.»
Pero ahora estaban todos muertos. Y el schloss pertenecería a Manfred cuando finalmente los nazis lo
abandonaran después de la guerra. Cuando quiera que ello ocurriese. Pero en verdad ahora a Manfred no
le importaba. No había nadie que le esperara. No tenía un hogar donde deseara estar. No sin ellos..., su
esposa, Marciana, y los niños... No pudo soportar el agobio que le causaban aquellos pensamientos
mientras permanecía allí plantado, observando como Ariana ponía otro par de zapatos deportivos en la
maleta.
—,Acaso piensa ir de excursión, fraülein Von Gotthard?
Manfred forzó una sonrisa para alejar el dolor de su propia mente. En verdad, Ariana había reunido una
buena cantidad de prendas deportivas.
—Cómo dice? ¿Acaso esperaba que fuese a fregar letrinas con vestido de noche? ¿Es eso lo que hacen las
mujeres nazis? —Los ojos de Ariana adquirieron una expresión sarcástica mientras arrojaba otro suéter de
cachemira sobre la pila—. No tenía idea de que fuesen tan formales.
—Tal vez no lo son, pero dudo muy seriamente que el capitán tenga la intención de dejarla fregando
suelos hasta el fin de la guerra. Su padre tenía amigos, y la invitarán. Otros oficiales...
Ella le interrumpió bruscamente, dirigiéndole una mirada glacial.
—,Como el teniente Hildebrand, teniente? —Reinó un largo silencio entre ambos, y luego ella volvió la
cara—. Lo siento.
—Comprendo. Sólo pensé...
Era muy joven y muy bonita, y se le presentarían muchísimas oportunidades para hacer algo más que
fregar suelos. Pero la joven tenía razón y él lo sabía. Estaría mejor oculta en el cuartel. Habría otros como
Hildebrand. Todavía más ahora, que estaba libre. La verían puliendo metales, barriendo hojas, fregando
retretes..., observarían sus enormes ojos azules, su rostro de camafeo, sus gráciles manos, y la desearían.
Ahora sería una joven accesible para ellos. No encontrarían obstáculo alguno que les detuviera. Estaba
desamparada, no tanto como en la celda pestilente, pero casi. Pertenecía al Tercer Reich, era una posesión,
un objeto como una cama o una silla, y podía ser usada en consecuencia si alguien así lo deseaba. Y
Manfred sabía que alguien lo haría. Y al pensarlo, Manfred von Tripp sintió asco.
—Quizá tenga razón.
No dijo nada más, y Ariana terminó de hacer la maleta y luego la bajó al suelo. Había dejado sobre la
cama una gruesa falda de cheviot marrón, un suéter de lana marrón oscuro, un abrigo también marrón,
junto con la correspondiente ropa interior y unos zapatos de gamuza marrón con tacones bajos.
—Tengo tiempo de cambiarme de ropa?
El asintió en silencio, y Ariana desapareció. Oficialmente, se suponía que tenía que vigilarla, pero era
incapaz de someter a ninguna prisionera a semejante oprobio. Ariana no era una prisionera al extremo de
que tuviera que vigilarla permanentemente. Esa era la clase de disparate que habría hecho Hildebrand:
obligarla a desvestirse delante de él, mientras le caía la baba hasta atraerla finalmente a sus brazos.
Manfred von Tripp no se entregaba a esa clase de juegos.
Ariana volvió del cuarto de baño al cabo de un rato, con el aire solemne de la figura de un retrato en el
que predominaran los tonos marrones, y sólo sus cabellos dorados proporcionasen una mancha de luz a la
sombría escena. Se puso el abrigo sobre el suéter, y Manfred tuvo que contener el impulso de ayudarla.
Le resultaba doloroso y turbador permanecer junto a ella. También tuvo que dejarla llevar su propia
maleta. Todo ello constituía un desafío a lo que le habían enseñado, a lo que sentía por aquella delicada y
menuda desconocida que abandonaba su casa por última vez. Pero él ya le había comprado el almuerzo y
la había salvado de ser violada. No podía hacer mucho más por ella, por ahora.
Ariana se detuvo en lo alto del último tramo de escalera, miró hacia la puerta de las dependencias de su
padre y luego a Von Tripp.
—Desearía...
—,Qué hay ahí? —inquirió el teniente, frunciendo el ceño con embarazo.
—El estudio de mi padre.
Oh, demonios, ¿qué se proponía ahora? ¿Apoderarse de alguna cantidad de dinero que su padre hubiera
escondido en alguna parte? ¿De un tesoro? ¿De una pequeña pistola con la que poder amenazar a un
posible agresor, o incluso a él mismo cuando regresaran al centro de Berlín?
—Se trata de algo meramente sentimental? Fraulein, ahora ése es el estudio del general... En realidad, yo
debería...
—Se lo ruego.
La joven parecía tan afligida y tan inerme, que no pudo rehusar. Asintió lentamente con la cabeza, lanzó
un suspiro y abrió cautelosamente la puerta. En el interior había un ordenanza que estaba descolgando de
la percha un uniforme del general, y Manfred le dirigió una mirada interrogativa.
—,Hay alguien más aquí?
—No, teniente.
—Gracias. Sólo estaremos un momento.
Ariana se encaminó rápidamente hacia el escritorio, pero no tocó nada; luego, más lentamente, se acercó a
la ventana y contempló el lago. Recordó el día en que, desde aquel mismo lugar, su padre le había
hablado de Max Thomas y luego contado la verdad acerca de su madre, y el momento en que había vuelto
a situarse allí la noche antes de partir en compañía de Gerhard. Si entonces hubiera sabido que aquélla
sería su separación definitiva...
—Fraulein... —Ella simuló que no le oía y siguió con los ojos clavados en el aún azul Grunewaldsee—.
Tenemos que irnos.
Y entonces, al asentir con la cabeza, se acordó de nuevo de la razón por la cual había querido entrar en el
estudio: el libro.
Echó una distraída mirada a la biblioteca, sabiendo antes de acercarse a ella dónde se encontraba el libro,
y el teniente la observó, esperando que no cometiera una locura que le obligara a denunciarla o que por
ello tuviese que volver a su celda. Pero Ariana no hacía más que acariciar el lomo de algunos libros
encuadernados en cuero de los muchos que había en los anaqueles del estudio de su padre.
—,Puedo llevarme uno?
—Supongo que sí. —Después de todo, se trataba de algo inofensivo, y lo que le preocupaba era que tenía
que regresar a su despacho en Berlin—. Pero dése prisa. Ya hace casi una hora que estamos aquí.
—Sí, lo siento... Me llevaré éste.
Después de examinar tres o cuatro, se decidió por uno, un volumen de las obras de Shakespeare,
traducidas al alemán, encuadernado en cuero y bastante manoseado. Manfred leyó el título, asintió y abrió
la puerta.
—Frñulein.
—Gracias, teniente.
Ariana traspuso el umbral con la cabeza erguida, rogando que su aire victorioso no la delatara. En el libro
que había cogido de la biblioteca de su padre se encontraba el único tesoro que aún poseía. La sortija con
sello de diamantes se hallaba bien protegida por
Shakespeare, junto con el anillo de compromiso con la esmeralda. Introdujo rápidamente el libro en el
bolsillo de su abrigo de cheviot marrón, donde nadie podría verlo y donde no correría el riesgo de
perderse lo último que le quedaba. Los anillos de su madre. Eso y el libro de su padre era todo cuanto le
restaba de su perdida vida. Con la cabeza llena de recuerdos, Ariana cruzó calmosamente el amplio
vestíbulo.
Mientras lo hacía, la maleta le rozaba pesadamente la pierna, convirtiéndola en una desterrada en la casa
donde había sido la anfitriona. Una puerta se abrió bruscamente a su derecha y apareció inmediatamente
un hombre uniformado cargado de medallas.
—Friaulein Von Gotthard, qué placer verla de nuevo.
Ariana le miró estupefacta, demasiado sobresaltada para denotar aversión. Era el envejecido general
Ritter, que ahora se había convertido en el amo de la casa de su padre. Pero el general le tendió la mano,
como si la hubiese encontrado cuando se dirigía a tomar el té.
—Cómo está usted?
Ariana reaccionó por reflejo y él le tomó inmediatamente la mano, con la mirada fija en sus profundos
ojos azules. Luego le sonrió como si hubiese acabado de encontrar algo que le causara un gran placer.
—Estoy muy contento de verla. —Ella hubiera podido decirle que no tenía razón alguna para no estarlo.
Ya era el orgulloso dueño de su casa—. Ha pasado mucho tiempo.
—¿ De veras?
Ariana no recordaba siquiera que le hubiese visto antes.
—Sí, creo que la última vez que nos vimos usted tenía... unos dieciséis años..., en un baile en el Teatro de
la Ópera. —Sus ojos adquirieron un intenso brillo—. Estaba usted adorable.
Por un momento, Ariana pareció quedar absorta. Había sido su primer baile. Y había conocido a aquel
oficial que le gustaba mucho... y que no había merecido la total aprobación de su padre..., ¿cómo se
llamaba?
—Estoy seguro de que no lo recuerda. Debe de hacer unos tres años.
Ariana tuvo la impresión de que le pellizcaría la mejilla, y por un instante sintió náuseas. Pero agradeció
la preparación recibida que le permitía dominarse y simular. En última instancia, ello se lo debía a
Hedwig.
—Sí, lo recuerdo —contestó secamente, pero no con aspereza.
—Ah, ¿lo recuerda? —El general parecía inmensamente complacido—. Bien, espero que vuelva algún
día. Tal vez cuando dé alguna fiesterita.
Pareció llenarse la boca con aquellas palabras, y al pronunciarlas hizo un gesto tan repugnante con los
labios que Ariana estuvo a punto de vomitar. Antes preferiría morir. En realidad, a medida que
comprendía lo que le depararía el destino, se le hacía más atractiva la idea de la muerte. No le contestó.
Pero cuando el general extendió la mano y le acarició el brazo, sus ojos azules parecieron encogerse.
—Sí, sí, espero que volveremos a vernos. Celebraremos muchísimas fiesteritas, fraulein. Usted debe
participar en ellas. Después de todo, ésta era su casa.
¡Lo es, bastardo, no lo era!, quiso gritarle, pero se limitó a bajar los ojos educadamente, con el fin de que
el general Ritter no pudiese descubrir la furia que ardía en su corazón.
—Gracias.
Los ojos del general dirigieron un críptico mensaje a Von Tipp, y luego hizo un vago gesto con la mano al
asistente que se encontraba detrás de él.
—Acuérdese de telefonear a Von Rheinhardt y dígale..., transmítale una... invitación para fraülein Von
Gotthard. Esto es si... aún no ha recibido otras invitaciones para ella.
Esta vez actuaría con cuidado. La última concubina que había agregado a su hatajo era una mujer de la
que había tomado posesión ante las propias narices de otro general. Ello había provocado más trastornos
de los que la mujer merecía. Y aunque ésta era bonita, ya tenía suficientes dolores de cabeza por el
momento. Dos de los trenes cargados de cuadros que estaba esperando de París acababan de ser
bombardeados. Sin embargo, le habría gustado sumarla a las otras chicas. Le brindó una última sonrisa,
saludó y se fue.
La maleta se encontraba en el asiento trasero, mientras Ariana mantenía la cabeza erguida y las lágrimas
se deslizaban por sus mejillas. No se tomó la molestia de ocultárselas al teniente. Que las viera. Que todos
vieran cómo se sentía por lo que le habían hecho. Pero lo que Ariana no vio mientras contemplaba la casa
que se perdía en la distancia, a sus espaldas era que también en los ojos de Manfred von Tripp había
lágrimas. Había comprendido perfectamente el críptico mensaje del general. Pretendía agregar a Ariana
von Gotthard al harén del lascivo bastardo. A menos que alguien la reclamara primero.
CAPITULO 17
—,Todo LISTO CON LA CHICA?
El capitán Von Rheinhardt miró a Manfred con irritación al pasar ante su escritorio algo después, aquella
misma tarde.
—Sí, señor.
—La llevó a Grunewald para que recogiera sus cosas?
—Sí, señor.
—Es una magnífica casa, ¿no? Es un hombre afortunado el general. No me importaría tener una casa
como ésa.
Pero a él no le iban tan mal las cosas. Una familia cuya casa estaba situada en un sitio desde el cual podía
admirarse el lago y el schloss de Charlottenburger había tenido la fortuna de renunciar a ella en su
beneficio.
El capitán siguió hablándole a Manfred de otros asuntos. Hildebrand estaba ocupado atendiendo los
teléfonos. Cada vez que sonaba el timbre, Manfred no podía dejar de preguntarse si sería el asistente del
general Ritter que llamaba para averiguar acerca de la situación de la joven. Luego se dijo que debía
poner freno a sus pensamientos. ¿Qué le importaba a él? Ariana no significaba nada para él; era sólo una
joven víctima de las circunstancias, que había perdido a su familia y su hogar. ¿Y qué? Había miles como
ella. Y si era lo suficientemente atractiva como para llamar la atención de un general, entonces no tendría
más remedio que aprender a valerse
Por sí misma. Una cosa era protegerla de la depravación de un joven oficial que pretendía violarla en su
celda, y otra muy distinta quitársela a un general. Un acto semejante podía tener funestas consecuencias.
Para él.
Manfred von Tripp había evitado por todos los medios tener problemas con sus superiores y con los
demás oficiales durante todo el curso de la guerra. No era que aprobase aquel enfrentamiento bélico, pero
estaba al servicio de su patria. En primer lugar y por encima de todo era alemán, y lo era mucho más que
otros por quienes se había sacrificado en aras del Reich. Pero no se quejaba por ello, mantenía la boca
cerrada y lo sobrellevaba todo pacientemente. Un día terminaría la guerra, regresaría a la tierra de sus
padres y tomaría posesión del schloss. Deseaba devolver al castillo todo su esplendor medieval, arrendar
las granjas y retomar a la vida las tierras de los alrededores. Y allí recordaría a Marianna, a su hijito y a su
hija, y a sus padres. No deseaba nada más que sobrevivir a aquella guerra para llevar a cabo esos
proyectos. No quería nada más que eso, no quería nada de los nazis, ni inapreciables pinturas robadas, ni
alhajas ni automóviles obtenidos por medios ilegítimos, ni botines, ni recompensas, ni oro, ni dinero. Lo
que él había deseado y querido ya no existía.
Pero lo que inquietaba a Manfred mientras permanecía en su escritorio y escuchaba era el hecho de que
Ariana fuese tan inocente y tan joven. En cierto modo sus respectivas vidas eran muy semejantes ahora,
con la diferencia de que Manfred tenía treinta y nueve años, y ella diecinueve. El lo había perdido todo,
pero no había quedado desamparado como ella lo estaba. El había quedado destrozado, sufrido el
tormento de la pena y la angustia, pero no había estado asustado y solo... Manfred había oído hablar de lo
que ocurría. Sabía de la clase de juegos a que se libraba el general: las chicas juntas, él y las chicas, un
poco de perversión, un poco de brutalidad, un poco de sadomasoquismo, un poco de flagelación, un
poco... Sólo con pensarlo sintió náuseas. ¿Qué les pasaba a todos ellos? ¿Qué les sucedía a los hombres
cuando iban a la guerra? ¡Dios, qué cansado estaba de todo aquello!
Arrojó la pluma sobre el escritorio en cuanto el capitán Rheinhardt abandonó la oficina y se dejó caer
contra el respaldo de la silla, con un suspiro. Fue entonces cuando se recibió la llamada del general, o
mejor dicho, de su asistente, el cual habló con Hildebrand, que se limitó a sonreír. Volvió a colgar el
aparato después de recibir el mensaje de que el capitán debía telefonearle por la mañana.
—Algo relacionado con una mujer. Diablos, ese viejo verde acabará esta guerra con su propio ejército...,
su ejército de mujeres.
—Dijo de quién se trataba?
—Sólo dijo que deseaba hablarlo con el capitán. A menos que ya sea demasiado tarde, como dijo el
ayudante del general. Dijo que se trata de un bombón que, según supone el general, muy pronto
desaparecerá del escaparate de la pastelería. Quizá ya haya desaparecido. Conociendo a Ritter, mejor para
ella que así sea. Me gustaría saber a quién le ha echado el ojo esta vez.
—Quién sabe.
Pero después de la llamada telefónica, Manfred no pudo quedar- se quieto en su asiento. Hildebrand se
retiró para no volver hasta el día siguiente, y Manfred permaneció allí sentado, detrás de su escritorio,
durante otro par de horas. No podía dejar de pensar en la joven y en lo que Hildebrand había dicho. El
general deseaba a Ariana..., a menos que el bombón ya hubiese desaparecido del escaparate... Se quedó
allí un largo rato, como si estuviese hechizado, y luego, cogiendo precipitadamente el capote, apagó la luz
del despacho, bajó corriendo la escalera, salió del edificio y cruzó la calle.
CAPITULO 18
EL TENIENTE MANFRED VON Tripp no tuvo inconvenientes en encontrar a Ariana von Gotthard en el
cuartel Había pensado preguntar en la oficina, pero no fue necesario. La joven se hallaba fuera del
edificio barriendo las hojas y metiendo enormes brazadas en un barril, para quemarlas posteriormente.
Saltaba a la vista que era la primera vez en su vida que realizaba una labor manual.
—Fraulein Von Gotthard.
El teniente adoptó un aire autoritario, con los hombros echados hacia atrás, la cabeza muy erguida, como
quien se dispone a hacer una declaración de capital importancia, y si Ariana le hubiese conocido mejor,
habría advertido además que también había una sombra de temor en sus ojos azules. Pero no le conocía lo
suficiente. En verdad, no conocía a Manfred von Tripp en absoluto.
—¿ Sí, teniente? —dijo Ariana sin fuerzas, apartando un largo mechón de rubios cabellos que colgaba
ante sus ojos.
Llevaba unos finos guantes de gamuza marrón para trabajar, pues eran los únicos que tenía. Imaginó que
el teniente se presentaba ante ella para darle nuevas órdenes. Desde el mediodía había fregado el suelo de
dos cuartos de baño, lavado bandejas en la cafetería, transportado cajas del último piso al sótano, y
Ahora esto. No podía decirse que hubiese pasado una tarde ociosa.
—Tenga la bondad de ir a buscar su valija.
—Mi qué?
Le miró completamente confundida.
—Su maleta.
—No puedo quedarme con ella?
¿Acaso alguien se había encaprichado de la magnífica maleta de cuero, y ahora querían quitársela
también? Aún llevaba el librito con el falso compartimiento en el bolsillo del abrigo. Y cuando se vio
obligada a dejarlo en su cuarto, lo había ocultado debajo de la cama envuelto con la ropa sucia. Fue el
único lugar que se le ocurrió en su apresuramiento por ponerse a trabajar. La matrona era una mujer
corpulenta como un buey y con una voz más propia para dar órdenes en un campo de instrucción que en
un cuartel de mujeres. Había tenido a Ariana absolutamente aterrorizada toda la tarde. Pero ahora ésta
miró a Manfred con renovada aversión.
—De modo que alguien quiere mi maleta. Muy bien, que se la quede. No pienso ir a ninguna parte por
algún tiempo.
—Me ha entendido mal.
El tono del teniente era afable, pero no así el de ella. Ariana tenía que recordarse constantemente a sí
misma que aquél era el hombre que la había salvado de las garras de Hildebrand aquella noche en su
celda. Por otra parte, le resultaba demasiado fácil pensar que era como los demás. Porque en definitiva lo
era. Aquel hombre estaba inextricablemente ligado al hilo de sus pesadillas, y ya le era del todo imposible
creer que sus necesidades diferían de las de ellos. Ya no creía en nada ni en nadie. Ni siquiera en aquel
alto y callado oficial que ahora la contemplaba con afabilidad pero con firmeza.
—En realidad, fráulein Gotthard, está usted completamente equivocada, pues va a ir a otra parte.
—¿ De veras?
Al principio le miró presa de un súbito terror. Y ahora qué? ¿Qué habían planeado hacer con ella?
¿Internarla en algún horrible campo de concentración? De repente experimentó una intensa alegría...
¿Sería posible?
—,Han encontrado a mi padre?
La consternación que se reflejó de inmediato en la cara del teniente fue más elocuente que sus palabras.
—Lo siento, fráulein. —Al ver la expresión de pavor en la cara de la joven, trató de tranquilizarla—. No
tema, estará usted a salvo.
Durante una temporada por lo menos. Y eso ya era algo en los
Tiempos que corrían. Una temporada era mejor que no contar con nada en absoluto. ¿Y quién podía
sentirse a salvo? En el pasado año de interminables incursiones aéreas, las bombas no habían cesado de
caer ni un segundo.
—,Qué quiere decir con eso de que estaré a salvo?
Ariana le miró con temor y desconfianza, aferrando con fuerza el mango del rastrillo, pero él se limitó a
menear la cabeza y decirle en voz baja:
—Confíe en mí. —Trató de tranquilizarla con la mirada, pero la joven siguió mostrándose
desesperadamente asustada—. Ahora haga el favor de hacer la maleta. La esperaré en el vestíbulo
principal.
Ariana se quedó contemplándole con desánimo teñido de desesperación. ¿Qué importaba nada ahora?
—Qué le diré a la jefa? Aún no he acabado de recoger las hojas.
—Yo se lo explicaré.
La joven asintió con la cabeza y entró en el edificio, mientras Manfred la observaba en silencio. Se dio
cuenta de que se preguntaba a sí mismo qué demonios estaba haciendo. ¿Acaso estaba tan loco com9 el
general? Pero nada tenía que ver una cosa con la otra, se dijo. El sólo lo hacía para proteger a la joven.
Sin embargo, también él experimentaba una desazón. No le había pasado inadvertida la belleza que el
color pardo de su ropa y su aflicción velaban ligeramente. Se requeriría muy poco para devolver al
diamante su antiguo esplendor, pero no era ése su propósito, no era por eso que se disponía a llevarla a
Wannsee. Deseaba llevarla allí para evitar que cayese en manos del general, para hacer desaparecer el
bombón del escaparate. Ariana von Gotthard estaría a salvo en Wannsee, pasara lo que pasase.
Manf red conversó brevemente con la matrona, explicándole que debía transferir a la joven. Con palabras
veladas y sutiles insinuaciones le dio a entender que se trataba más del capricho de alguien que de una
decisión militar. La matrona comprendió perfectamente lo que ocurría. La mayoría de las muchachas
como Ariana recibían la protección de algún oficial a los pocos días de estar allí. Sólo las feas se
quedaban para ayudarla, y en cuanto vio a Ariana supo de inmediato lo que sucedería. En realidad, no le
pesaba. La chica era demasiado menuda y delicada como para encargarle mucho trabajo. Saludó al
teniente con gesto enérgico y asignó la tarea de recoger las hojas a otra chica.
Aún no habían transcurrido diez minutos cuando Ariana ya es-
taba de vuelta en el vestíbulo, sosteniendo firmemente la maleta con la mano. Manfred no dijo nada, sino
que giró en redondo sobre sus talones y salió prestamente del edificio, esperando que Ariana le siguiese,
lo que la joven hizo sin vacilar. El abrió la puerta de su Mercedes, cogió la maleta de manos de la joven
esta vez y la colocó en el asiento trasero. Luego dio la vuelta en torno al vehículo, se instaló ante el
volante y puso el motor en marcha. Por primera vez en mucho tiempo, Manfred von Tipp parecía
complacido.
Ariana aún no comprendía lo que estaba pasando, mientras observaba con curiosidad los lugares por
donde pasaban. Le llevó casi veinte minutos darse cuenta de que se dirigían hacia Wannsee. Ya casi
habían llegado a la casa de Manfred. Pero para entonces ya había adivinado lo que sucedía. De modo que
para eso la había salvado aquella noche en la celda. Se preguntó si él también usaba un látigo. Quizá era
así como se había hecho aquella fina cicatriz que le cruzaba la mejilla.
Instantes más tarde, se detenían delante de una casa pequeña. Tenía un aire respetable, pero no Suntuoso,
y el interior estaba a oscuras. Manfred le indicó que descendiese del coche y él mismo cogió la maleta del
asiento posterior, mientras Ariana se encaminaba hacia la casa con la espalda tiesa como un huso y
esquivando la mirada del teniente. 1Qué bien había arreglado las cosas! Al parecer iba a ser suya. ¿Para
siempre, se preguntó, o sólo por aquella noche?
Sin más ceremonias, Manfred abrió la puerta, la llamó agitando la mano y entró en la casa. Luego cerró
cuidadosamente detrás de ellos, encendió unas luces y miró a su alrededor. La mujer que le hacía la
limpieza había estado allí por la mañana, y todo estaba limpio y ordenado. Había una sala de estar sencilla
pero acogedora, llena de libros y plantas, y una pila de leña recién cortada junto a la chimenea, que él
encendía todas las noches. Había fotografías, la mayoría de sus hijos, y una especie de diario íntimo sobre
su escritorio. Había grandes ventanas rústicas que se abrían ante un jardín repleto de flores, cuya vista
compartía la cocina, un reducido cuarto de estudio y un diminuto y atractivo comedor, todo lo cual
ocupaba la planta baja de la casa. Había una estrecha escalera de madera, cubierta por una gastada
alfombra que aún conservaba la belleza de otros tiempos, y todo cuanto Ariana pudo ver desde abajo fue
el pasillo de techo bajo del piso superior.
Como si esperara que la joven comprendiese sus intenciones, Manfred se dirigió en silencio de una
estancia a otra, abriendo de par en par las puertas, hasta que por último se detuvo al pie de la
Escalera. Entonces la miró de modo vacilante unos momentos y luego fijó la mirada en sus profundos y
airados ojos azules. Ella aún llevaba el abrigo y los guantes que se había puesto para recoger las hojas del
frente del cuartel; unos mechones. De cabellos colgaban de su dorado moño. La maleta había quedado
olvidada junto a la puerta de entrada.
—Le mostraré el piso de arriba —dijo él con voz queda al tiempo que le indicaba con la mano que le
precediera.
Aún no confiaba plenamente en ella como para volverle la espalda. La joven estaba demasiado asustada,
demasiado furiosa, y él era lo suficientemente cauto como para prevenirse, incluso de una jovencita como
aquella.
En el piso superior no había mucho que mostrar. Un simple cuarto de baño y dos puertas de ominoso
aspecto. Ariana las contempló con terror y luego sus grandes ojos azules se dirigieron lentamente hacia
las manos de Manfred y seguidamente hacia su cara.
—Venga, que le mostraré...
Sus palabras eran afables, pero todo era inútil, pues podía ver por la expresión de su rostro que estaba tan
asustada que apenas le oía. ¿Qué podía hacer para tranquilizarla? ¿Cómo podría explicarle lo que había
hecho? No obstante, estaba seguro de que con el tiempo llegaría a comprenderlo.
Abrió de par en par la puerta de su dormitorio, una desnuda, y sencilla habitación donde predominaban
los tonos marrones y azules. Nada en la casa era excesivamente bello, pero todo resultaba confortable y
respondía precisamente a lo que él había deseado cuando decidió instalarse en una casa propia en Berlín.
Era un sitio donde podía escapar de todo, donde podía sentarse cómodamente por la noche, contemplar el
fuego, fumar una pipa y leer. Su pipa preferida estaba sobre una mesita en su dormitorio, junto a la
chimenea donde él se instalaba en una raída pero siempre acogedora butaca. Pero en vez de observar lo
que la rodeaba, Ariana permanecía con los ojos desmesuradamente abiertos, los brazos caídos y los pies
clavados en el suelo.
—Este es mi dormitorio.
Los ojos de la joven le miraron con irremediable temor, mientras asentía con la cabeza.
—Sí.
Y entonces, tocándole el brazo suavemente, Manfred pasó junto a ella y abrió una puerta que Ariana
había supuesto pertenecía a un armario. Pero él la traspuso y desapareció por ella.
—Entre, por favor.
Cautelosamente y temblando, Ariana le siguió y pudo comprobar que se trataba de otro cuarto pequeño.
En él había una cama, una mesa y un escritorio de dimensiones tan reducidas, que casi habría sido más
adecuado para un niño, pero había también unas bonitas cortinas y un cubrecama estampados con rosas
que hacían juego con el papel de las paredes. Cuando Ariana entró, notó que había algo en aquel cuarto
que le causaba un efecto tranquilizador.
—Y ésta es su habitación, fráulein.
Manfred la miraba con afecto, pero se dio cuenta de que la joven aún no comprendía. Cuando sus miradas
se cruzaron de nuevo, en los ojos de Ariana había el mismo dolor, la misma pena, y él le sonrió y exhaló
un largo suspiro.
—Fráulein Von Gotthard, por qué no se sienta, pues debe de estar exhausta. —Le indicó la cama con la
mano, que ella miró fijamente por unos instantes, hasta que por fin se sentó muy rígida en el borde—.
Quisiera explicarle algo. No creo que lo comprenda.
De repente, mientras le hablaba, pareció convertirse en un hombre distinto; ya no era el severo oficial que
la había acompañado arriba y abajo por aquellos interminables corredores y escaleras, sino más bien el
hombre que llega por la noche a su casa, cena, se sienta ante el fuego y se queda dormido con el diario
abierto, vencido por el cansancio. Parecía una persona de veras, pero a pesar de todo Ariana se encogía
mientras le observaba desde la cama.
—La traje aquí esta noche porque creí que estaba usted en peligro. —Se echó lentamente hacia atrás en su
asiento y rogó que la joven se tranquilizara, pues se le hacía imposible hablarle viéndola allí sentada con
los ojos fijos en él—. Usted es una mujer muy bonita, fraulein Von Gotthard, o más bien debería decir
una joven muy bonita. ¿Cuántos años tiene? ¿Dieciocho? ¿Diecisiete? ¿Veinte?
—Diecinueve.
Más que una palabra fue un sonido entrecortado.
—No anduve muy lejos, pues, pero hay personas a quienes eso no les hace mella. —Por un instante su
rostro adquirió una grave expresión—. Como nuestro amigo Hildebrand. A él le importaría un comino
que tuviese usted doce años. Y hay otros...
Si fueses un poquito mayor, si hubieras visto algo del mundo antes de que te sobreviniese esta desgracia,
tendrías una ligera idea de cómo cuidar de ti misma. Frunció el ceño, mientras ella le miraba fijamente.
Aquel hombre le hablaba más como lo habría hecho su padre que como un individuo que se disponía a
llevársela a la cama y abusar de ella. Y él, allí sentado, aún la veía juntando las hojas
Con el rastrillo frente al cuartel; en aquel momento no parecía tener más de catorce años.
—Me comprende, fraulein?
—No, señor.
Estaba infinitamente pálida y ojerosa. Nada quedaba de la joven que se había enfrentado con descaro a
Von Rheinhardt en un primer momento. Aquella persona no era una mujer, era una niña.
—Bien, esta tarde se me ocurrió que existía la posibilidad de que la obligaran a... juntarse con el general...
—Una nueva oleada de terror le ensombreció la mirada, pero Manfred levantó una mano—. Me parece
que ésa no sería una manera muy adecuada de comenzar una nueva vida. Por eso, fráulein... —Echó una
mirada en torno a la habitación que sería de ella—. Por eso la traje aquí.
—Me obligarán a ir a vivir con él mañana?
Le miró con desesperación y angustia, en tanto él trataba de desviar la mirada del inmaculado color
dorado de sus cabellos.
—No, eso no es probable. El general nunca hace esfuerzo alguno por conseguir algo. Si se hubiese
quedado usted en el cuartel, se la habría llevado con él a Grunewald, pero habiéndose marchado de allí no
tiene nada que temer. —Y entonces se le ocurrió algo—. ¿Le importa eso? ¿Hubiese preferido irse con él
a fin de volver a su propia casa?
Pero la joven meneó la cabeza con tristeza.
—No habría podido soportar verla invadida por gente extraña, y... —las palabras parecieron ahogarla—
antes quisiera estar muerta que tener que vivir con él.
Manfred asintió con la cabeza y vio que la joven le miraba de pies a cabeza, como si estuviera
constatando si había salido ganando con lo que le había tocado en suerte, y él no pudo contener la risa.
Sabía exactamente por qué le miraba de aquella manera. Por lo menos había comprendido que no le
arrancaría la ropa cuando se la llevara hacia su habitación.
—Qué le parece la decisión que he tomado?
Ariana suspiró bajo su atenta mirada.
—Supongo que está bien.
¿Qué esperaba? ¿Que le diera las gracias por convertirla en su amante en vez de dejar que lo fuese del
general?
—Lamento que tengan que suceder estas cosas. Ha sido una guerra atroz... para todos nosotros. —Tenía
una expresión pensativa, distante—. Venga. Le mostraré la cocina.
En respuesta a su pregunta acerca de sus habilidades culinarias, Ariana sonrió.
—En realidad, no he cocinado nunca en mi vida. No hubo necesidad.
Siempre había tenido sirvientes que se encargaban de hacerlo.
—No se preocupe. Yo le enseñaré. No la obligaré a recoger hojas ni a fregar cuartos de baño, tengo una
mujer de la limpieza que viene a hacer todas esas cosas, pero sería realmente grato para mí que, como
parte de nuestro arreglo, se ocupara usted de cocinar. ¿Le parece que sabrá hacerlo?
Hablaba con tanta gravedad que de pronto Ariana se sintió muy cansada. Ahora ella era su concubina.
Como una esclava comprada con dinero contante y sonante.
Ariana lanzó un suspiro y le miró.
—Supongo que sí. ¿Y con respecto a lavar y planchar la ropa?
—Sólo tendrá que ocuparse de la suya. Eso es realmente, sólo cocinar.
Era un precio muy bajo a cambio de su seguridad. Cocinar y, por supuesto, tener que convertirse en su
amante. Todo eso lo comprendía.
Permaneció silenciosamente a su lado mientras él le enseñaba a preparar los huevos y a cortar el pan en
rebanadas, y luego le mostró cómo debía cocinar las zanahorias y las patatas. Después dejó que lavara los
platos. Ariana oyó que ponía leña en la chimenea y encendía el fuego, y posteriormente le vio escribiendo
con tranquilidad en su escritorio. De cuando en cuando, Manfred contemplaba las fotografías de los niños,
y acto seguido agachaba la cabeza y seguía escribiendo.
—¿ Le apetece un poco de té, señor?
Ariana se sintió como una de las criadas de su casa, pero recordó que no hacía muchas horas aún se
encontraba encerrada en la horrenda celda del Reichstag y dio gracias al cielo por hallarse en la casa del
teniente.
—Señor?
—Qué, Ariana?
Y en seguida se sonrojó ligeramente. Era la primera vez que la llamaba por su nombre de pila. Pero lo
hizo distraídamente. Por un instante, ella no estuvo segura de si la había llamado Ariana o Marianna. Era
difícil decirlo.
—Lo siento.
—Está bien. Le pregunté si deseaba una taza de té.
—Gracias. —El hubiese preferido café, pero por el momento era casi imposible conseguirlo—. ¿No
quiere usted acompañarme?
Ella no se había atrevido a servirse una taza de la preciada
Sustancia, pero ante su invitación corrió a la cocina a buscar una taza y se sirvió un poco. Durante unos
momentos se complació en aspirar la exótica fragancia. Hacía un mes que sólo podía soñar en semejantes
lujos del pasado, como por ejemplo saborear una taza de té.
—Gracias.
Durante un rato Manfred se preguntó cómo sería el sonido de la risa de Ariana. ¿La oiría alguna vez? Dos
veces esa tarde se había ganado su deslumbrante sonrisa. Mientras la contemplaba, sintió que se le agitaba
el corazón. Se la veía tan desesperadamente seria, tan infeliz. Sus ojos y su cara conservaban las huellas
del trauma reciente. En aquel momento la joven examinaba la habitación y sUs ojos se posaron en las
fotografías de los niños.
—6Son sus hijos, teniente?
Ariana le miró con curiosidad, pero él no sonrió. Era una curiosa reunión la que celebraban tomando una
taza de té, cada uno de ellos con su vida truncada. Manfred se limitó a asentir con la cabeza en respuesta a
su pregunta y le sugirió que se sirviese otra taza de té, mientras él encendía la pipa y extendía sus largas
piernas hacia el fuego.
Permanecieron allí sentados casi hasta las once, hablando muy poco. Simplemente estaban allí. Ariana se
iba acostumbrando al nuevo ambiente, y el teniente estaba contento de tener a otro ser humano en su
hogar. De cuando en cuando, sus ojos se posaban en ella, y se quedaba contemplándola, mientras ella
miraba fijamente el fuego con ojos soñadores, como si se hubiese transportado a un mundo del pasado. A
las once, Manfred se puso de pie, la miró y comenzó a apagar las luces.
—Mañana tengo que levantarme temprano.
Como obedeciendo a una señal, ella se levantó también. Pero de nuevo apareció una sombra de temor en
sus ojos. ¿Qué sucedería ahora? Aquél era el momento que más había estado temiendo toda la noche.
Manfred esperó a que ella saliera calmosamente de la estancia y luego la siguió. Llegaron primero ante la
habitación de él y se detuvieron. El vaciló un instante y luego con una pequeña sonrisa le tendió la mano.
Ariana le miró asombrada y le costó reaccionar para darle su mano. Aquello era tan distinto de lo que ella
había imaginado que casi se quedó con la boca abierta.
—Espero que un día, fráulein, llegaremos a ser amigos. Aquí no está usted prisionera, ¿sabe? Me pareció
que era lo más razonable que podía hacer... para su bien. Espero que lo comprenda.
Los ojos de Ariana se iluminaron lentamente y sonrió a Manfred.
—Quiere decir...
—Sí, eso quiero decir. —La miraba con ternura, y Ariana se dio
cuenta de que era un hombre bondadoso—. ¿Realmente pensó que
me comportaría como el general? ¿No cree que eso hubiese sido
jugar sucio? Ya le dije que no es mi prisionera. De hecho... —hizo
una gentil reverencia y se cuadró—, la consideraré mi invitada.
Pero Anana se limitó a mirarle fijamente, estupefacta
—Buenas noches, fráulein.
La puerta se cerró silenciosamente detrás de él y, completamente
pasmada, Ariana se alejó sin hacer ruido por el pasillo.
CAPITULO 19
—Y BIEN, ¿DÓNDE DEMONIOS está la chica? —Von Rheinhardt miró a Hildebrand con fastidio—.
Von Tripp dijo que la llevó al
cuartel ayer. ¿Le preguntó a la jefa?
—No, no estaba en su escritorio.
—Entonces vuelva allá. Tengo otras cosas en que pensar y no en estas tonterías, por todos los diablos.
Hildebrand volvió al cuartel para ver a la jefa y al cabo de una
hora se presentó ante el capitán, mientras Von Tripp estaba ocupado en una serie de proyectos que no
había podido terminar el día
anterior.
—,Qué dijo la jefa?
El capitán fulminó a Hildebrand con la mirada desde el otro
lado del escritorio. Todo le había salido mal aquel día. Y a él le
importaba un cuerno el general y aquella condenada chica Von
Gotthard. Ellos ya nada tenían que ver con ella, y lo que le sucediera de ahora en adelante no le interesaba
ni un comino. Si el
general Ritter se había encaprichado de ella, era problema suyo.
Bien podría haber enviado a su maldito asistente a buscar a la
chica.
—Se ha ido.
—Qué diablos quiere decir con que «se ha ido»? —Y entonces
164 se puso repentinamente furioso—. ¿Se ha escapado?
165
—No, nada de eso, capitán. Alguien se la llevó. La jefa dijo que era un oficial, pero no recordaba su
nombre.
—Consultó el parte diario?
Von Rheinhardt se quedó mirándole fijamente.
—No. ¿Debo volver?
—No importa. Si se ha ido, se ha ido. El general encontrará media docena de chicas más antes de una
semana. Y esa conejita quizá no valga el precio que puede costar. Siempre existe la posibilidad, por
remota que sea, de que regrese su padre algún día. Y si Ritter la hubiese incorporado a su harén, lo
pagaríamos caro.
Von Rheinhardt puso los ojos en blanco, y Hildebrand se echó a reír.
—Cree realmente que el viejo aún está con vida?
Miró a su capitán con interés.
—No, no lo creo.
El oficial de mayor graduación se encogió de hombros e indicó a Hildebrand que volviera a su trabajo. Y
no fue hasta última hora de la tarde cuando el capitán en persona se dirigió al cuartel con el fin de
mantener una breve conversación con la jefa. Unos instantes más tarde, la matrona extrajo en silencio el
libro de partes diarios y Von Rheinhardt obtuvo la información que buscaba. Leyó con interés el nombre
estampado en el libro e hizo el camino de regreso sumido en sus reflexiones. Tal vez después de todo Von
Tripp había vuelto al mundo de los vivos. Había tenido la sospecha de que Von Tripp jamás se recobraría
de la pérdida de su esposa y sus hijos, ni de su herida que había sufrido la Navidad pasada. Después de
haber caído herido, Manfred pareció renunciar a la vida. Era como la envoltura de un hombre; ni siquiera
participaba en el desenfreno que imperaba en la vida social. Pero quizá ahora..., era interesante... Lo había
sospechado, y por ello había ido a comprobarlo. Pocas cosas escapaban al ojo atento de Dietrich von
Rheinhardt.
—¿ Von Tripp?
—Sí, señor?
Manfred levantó la cabeza, sorprendido. No había visto llegar al capitán. Más aún, ni siquiera le había
visto salir media hora antes. Había estado enfrascado en la búsqueda de unos legajos que alguien había
extraviado, en el extremo del pasillo.
—Quisiera hablar con usted en mi despacho, por favor.
Manfred le siguió presa de la inquietud. El capitán no era hombre amante de perder el tiempo.
—Manfred, por casualidad eché un vistazo al libro de partes diarios del cuartel.
Pero ambos sabían que el capitán nunca hacía nada por «casualidad».
—¿Ah?
—Sí, «ah». ¿La tiene en su casa?
Era imposible saber qué pensaba por la expresión de su cara, pero Manfred asintió lentamente con la
cabeza.
—Sí, así es.
—,Puedo preguntarle por qué?
—La deseaba, señor.
Era la clase de respuesta sin ambages que Von Rheinhardt comprendería fácilmente.
—Eso me parece comprensible, por supuesto, ¿pero sabía usted que el general Ritter también la deseaba?
—No, señor. —Manfred sintió que se le ponía la piel de gallina—. No, señor, no lo sabía. Aunque ayer
nos topamos con él en el vestíbulo de la casa de Grunewald. Sin embargo, no dijo nada que me hiciera
suponer...
—Está bien, está bien, no se preocupe. —Los dos hombres se miraron fijamente durante un largo rato—.
Podría obligarle a entregar esa chica a Ritter, ¿sabe usted?
—Espero que no lo haga, señor.
Aquella frase encerraba la reticencia de toda una vida, y durante un momento interminable ninguno de los
dos hombres habló.
—No lo haré, Von Tripp. —Y luego de otra pausa agregó—: Me alegro de verle vivo de nuevo. —Le
brindó una amplia sonrisa—. Celebro que se interese por algo. Hace tres años que vengo diciéndole que
eso era todo lo que usted necesitaba.
—Sí, señor. —Manfred sonrió francamente, pero en el fondo sentía deseos de abofetear a su superior—.
Gracias, señor.
—De nada. —Y entonces rió para sus adentros—. Ritter lo tiene bien merecido. Es el más viejo de todos
y siempre consigue las chicas más jóvenes. No se preocupe, le mandaré otra. Esta le mantendrá contento
unas cuantas semanas.
Rió roncamente de su propia ocurrencia y despachó a Manfred con un gesto de la mano.
Así pues..., se la había ganado, y en última instancia merced al capitán. Notó que se le escapaba un largo
suspiro mientras miraba a su alrededor y se daba cuenta de que era hora de irse a casa.
—¿ TENIENTE?
El rostro de Ariana se asomó al vestíbulo, con sus hermosos cabellos dorados graciosamente recogidos en
lo alto de la cabeza y sus enormes ojos azules espiando nerviosamente para comprobar si era él.
—Buenas tardes, Ariana.
Manfred tenía un aire insoportablemente formal mientras observaba sus ojos azules y ella permanecía
ante él con una angustiada expresión en la cara.
—Qué...? ¿Acaso...? —tartamudeó Ariana con el terror pintado en la cara, e instantáneamente Manfred
comprendió.
—Tranquilícese. Todo está arreglado.
—,Se enfadaron mucho?
Sus enormes ojos azules parecieron agrandarse todavía más en tanto él meneaba la cabeza. Todos y cada
uno de los momentos de terror del pasado mes parecían reflejarse en los ojos de Ariana. Tan valiente
como le había parecido en varias oportunidades a Manfred, ahora la veía como una niña menuda e
indefensa.
—Le he dicho que todo está arreglado. Aquí estará usted a salvo ahora.
Ariana quiso preguntarle por cuánto tiempo, pero no se atrevió. En vez de ello, se limitó a asentir con la
cabeza.
—Gracias. —Y luego preguntó—: ¿Quiere una taza de té?
—Sí. —Hizo una breve pausa—. Si usted también toma una.
Ariana asintió en silencio y se marchó a la cocina. Regresó a los pocos minutos con una bandeja y dos
humeantes tazas del preciado brebaje. Para ella significaba uno de los más grandes lujos que podía
permitirse, después de pasar un mes en la celda. Volver a sentirse limpia y tomar té de nuevo. En realidad,
aquella tarde se había tomado la libertad de prepararse una taza mientras vagaba por la sala de estar,
examinando los libros y pensando en su padre y en Gerhard de nuevo. No podía dejar de pensar en ellos.
Y el dolor de la preocupación y la profunda pena aún se reflejaban en sus ojos. Manfred la miró con
afabilidad al dejar la taza sobre la mesa. ¡Era tan poco lo que él podía decirle! Sabía por experiencia cuán
doloroso era soportar el peso de tan sensible pérdida. Suspiró en silencio y cogió una de sus pipas al
tiempo que ambos tomaban asiento.
—Qué hizo hoy, fráulein?
Ariana meneó la cabeza lentamente.
—Yo..., nada... Estuve hojeando algunos libros.
Ello le hizo recordar a Manfred la espléndida biblioteca que había visto en casa de la joven el día anterior,
y mucho antes en su
Propia casa. Al rememorarlo, resolvió aprovechar la ocasión. Su mirada buscó cautamente los ojos de
Ariana mientras él encendía la pipa.
—Es una hermosa casa, fraulein.
Ella supo de inmediato a qué casa se refería.
—Gracias.
—Y un día volverá a ser suya. La guerra no durará eternamente.
—Dejó la pipa, y en sus ojos se reflejó el deseo de sincerarse ante la joven—. A mis padres también les
ocuparon la casa.
—¿ De veras? —Una muestra de interés apareció en la cara de Ariana—. ¿Dónde vivían, teniente?
La tristeza volvió a los ojos de Manfred cuando respondió:
—En las afueras de Dresde. —Instantáneamente leyó la pregunta en los ojos de ella—. No fue alcanzada
por las bombas.
El schloss no lo fue..., pero todo lo demás sí..., todo lo demás..., todos..., los niños, Theodor y Tatianna...,
Mananna, su esposa..., sus padres, su hermana, todos... habían desaparecido. Al igual que el padre y el
hermano de Ariana. Fruto de la misma fatalidad. Para siempre.
—Tuvo usted suerte.
Manfred levantó la vista, sobresaltado por sus palabras, y entonces se acordó de que estaban hablando del
schloss.
—Sí.
¿ Su familia?
El soltó un áspero suspiro.
—Por desgracia, no tuve tanta suerte. —Ariana aguardó, y el silencio se fue volviendo más tenso entre
ellos—. Mis hijos..., mi... esposa... y mis padres... se encontraban todos en la ciudad. —Se levantó y se
acercó a la chimenea. Ahora ella sólo podía verle la nuca—. Murieron todos.
—Cuánto lo siento! —dijo ella con voz que era tan sólo un sordo susurro.
Manf red se volvió entonces de cara hacia ella.
—No más que yo por lo que le ocurrió a usted, fráulein.
El calló y sus ojos se encontraron.
—Ha...? —Ariana no se atrevía a preguntárselo, pero tenía que saberlo—. ¿Ha habido alguna noticia?
Manfred denegó lentamente con la cabeza. Era hora de que Ariana se enfrentara a la verdad. Tenía la
impresión de que en el fondo de su corazón, inconscientemente, ella se negaba a hacerlo.
—No creo, fráulein, que su padre la haya abandonado..., que la
Haya olvidado. Por lo que he oído contar de él, no era un hombre capaz de hacer una cosa semejante.
Ariana movió lentamente la cabeza.
—No, lo sé. Algo debe de haberles sucedido. —Y entonces le miró de manera desafiante—. Yo les
encontraré después..., después de la guerra.
Manfred se quedó contemplándola con expresión dolorida y los ojos humedecidos por las lágrimas.
—No lo creo, fraulein. Considero que ha llegado el momento de que lo comprenda. La esperanza, la falsa
esperanza, puede ser algo muy cruel.
—Entonces ha sabido algo?
A Ariana el corazón comenzó a latirle aceleradamente.
—No he sabido nada. Pero..., Dios mío, piense en ello. Su padre se marchó para evitar que el muchacho
se incorporara al ejército, ¿no es así?
Ella no respondió. Tal vez se trataba de un truco despiadado, con el fin de conseguir que traicionara a su
padre. Y ella eso no lo haría. Ni siquiera por aquel hombre que casi se había ganado su confianza.
—Muy bien, no me lo diga. Pero eso es lo que yo supongo. —Y lo que dijo luego la sorprendió—. Es lo
que yo habría hecho. Lo que cualquier hombre en su pleno juicio haría para salvar a su hijo. Pero debió de
tener planeado volver por usted, Ariana. Y la única cosa que pudo haber evitado que lo hiciera fue su
propia muerte. La suya y la del muchacho. No existe ninguna posibilidad de que hubiesen conseguido
cruzar la frontera hasta Suiza ni de que su padre lograra regresar. Estoy seguro de que la patrulla
fronteriza les detuvo. Eso es lo que debe de haber ocurrido.
—Pero ¿no me hubiera enterado de ello?
Ahora había lágrimas que se deslizaban por sus mejillas hacia el mentón, y su voz no era más que un
susurro cuando formuló la pregunta.
—No necesariamente. Los soldados allí destacados no son precisamente los mejores. Si les mataron, y
eso es lo que debieron de hacer, se limitaron a deshacerse de ellos. Yo... —Por un instante pareció
turbado—. Yo traté de averiguar algo. Pero nadie supo decirme nada, fraulein. Sin embargo, creo que
debe afrontar la realidad. Han desaparecido. Deben de estar muertos.
Ariana se volvió lentamente de espaldas a él, con la cabeza gacha y los hombros caídos, y Manfred
abandonó la habitación en silencio. Al cabo de unos instantes, la joven oyó cerrarse la puerta
De su dormitorio. Ella se quedó allí, sollozando quedamente, y por último se dejó caer sobre el sofá y se
abandonó al llanto. Era la primera vez desde que se iniciara aquella pesadilla que lloraba
desconsoladamente. Y cuando dejó de llorar, se sintió como si la hubieran abandonado las fuerzas.
No volvió a ver a Manfred hasta la mañana siguiente, y cuando lo hizo, evitó mirarle a los ojos. No quería
ver su conmiseración, su compasión, su propio dolor; era todo cuanto ella podía hacer para olvidarse del
suyo.
EN EL CURSO DE LAS semanas siguientes, Ariana solía ver a Manfred contemplando las fotografías de
sus hijos y, cada vez que le sorprendía, experimentaba una punzada en el pecho y pensaba en Gerhard y
en su padre, sabiendo que no volvería a verles nunca más. Y cuando se quedaba toda la tarde sola en la
sala de estar, las caras sonrientes de los hijos de Manfred la perseguían, como si le reprocharan que
estuviera viviendo allí con su padre, cuando ellos no podrían volver a su lado jamás.
A veces sentía encono hacia ellos porque la miraban, la niña con sus trenzas y cintas de raso blanco, el
niño con sus lacios cabellos rubios y sus grandes ojos azules, que la miraban desde el fondo de sus
mejillas cubiertas de pecas... Theodor... Pero lo que más la irritaba de ellos era el hecho de que hubiesen
convertido al teniente en un ser humano; de alguna manera ellos le hacían parecer más real. Y ella no
quería que lo fuese. No quería saber nada acerca de él, ni interesarse por él. A despecho de lo que le había
dicho cuando la trajo a Wannsee, en cierto modo era su carcelero. Ella no deseaba verle bajo ninguna otra
luz. No quería saber nada de sus sueños, de sus esperanzas o de sus penas, como tampoco deseaba
hablarle de los suyos. El no tenía derecho a saber cuán profunda era su aflicción. Ya había hurgado
bastante en su vida y conocía demasiado su dolor y su vulnerabilidad. La había visto a merced de
Hildebrand en la celda del Reichstag y había sido testigo de los últimos momentos preñados de angustia
que había vivido en su hogar. Había visto demasiado, y no tenía ningún derecho a ello. Nadie lo tenía.
Ella no volvería a compartir sus sentimientos con nadie durante el resto de su vida. Manfred von Tripp
presentía esa animadversión en ella, mientras permanecía sentado en silencio contemplando el. Fuego,
noche tras noche, fumando su pipa y casi sin hablar a Ariana, que guardaba su compostura, perdida en sus
pensamientos detrás del muro de su propio dolor.
La joven ya llevaba tres semanas en su casa cuando una tarde, repentinamente y tomándola por sorpresa,
Manfred se puso de pie y dejó su pipa a un lado.
—,Le gustaría dar un paseo, fráulein?
—Ahora?
Ariana pareció alarmada y un poco asustada. ¿Se trataba de una trampa? ¿Adónde la llevaba, y por qué?
La mirada que Manfred descubrió en sus ojos se le clavó como una espina, al comprender
inmediatamente cuán grandes eran todavía su temor y su desconfianza, a pesar de todos aquellos plácidos
días. Pero comprendió que se necesitaría toda una vida para borrar de su memoria las jornadas pasadas en
las entrañas del Reichstag. Tal como él precisaría toda una vida para olvidar lo que había visto cuando
regresó a Dresde para remover las ruinas de su casa..., las muñecas despedazadas bajo las vigas y los
trozos de estuco, los retorcidos adornos de plata que eran el orgullo de Marianna..., ahora fundidos y
ennegrecidos..., como sus alhajas..., como los sueños de ambos. Manfred tuvo que hacer un esfuerzo para
concentrarse en el presente mientras seguía con la vista clavada en aquellos asustados ojos azules.
—No quiere hacer un poco de ejercicio?
Sabía que Ariana no se había aventurado a trasponer los límites del jardín en todas las semanas que
llevaba allí. Aún tenía miedo.
—Y si vienen a bombardear?
—Correremos hasta el refugio más cercano. No tiene que preocuparse. Conmigo estará segura.
A Ariana le pareció tonto discutir con él, cuando le hablaba con aquella voz grave y calmosa y la miraba
con ojos tiernos, y lentamente asintió con la cabeza. Sería su primera incursión en el mundo en dos meses.
El primer mes lo había pasado en la cárcel y hacía casi el mismo tiempo que se encontraba en Wannsee,
demasiado asustada como para alejarse más de unos pocos metros de la casa. La asaltaban toda clase de
temores, y esa noche Manfred comprendió por primera vez hasta qué extremo estaba atemorizada. La
observó mientras ella se ponía el abrigo y movió aprobadoramente la cabeza. Ariana no lo sabía, pero lo
miraba con la misma expresión que adoptaba ante Tatianna, su hija, cuando adivinaba que tenía miedo.
—Estupendo. Un poco de aire fresco nos hará bien a ambos.
Toda la velada había estado bregando con sus propios pensamientos. Ultimamente, ello le sucedía con
mayor frecuencia. No sólo pensaba en los niños, en sus padres o en su esposa..., sino que surgían otros
pensamientos... relacionados con Ariana.
—Lili
Ella asintió en silencio, con los ojos muy abiertos, y al salir a la calle, donde les envolvió el fresco de la
noche, Manfred le tomó la menuda mano enguantada y la deslizó en el hueco de su brazo. Mientras
caminaban, simuló no advertir que Ariana se aferraba distraídamente a la manga.
—Es maravilloso, ¿verdad?
Ariana contemplaba el cielo y sonreía de nuevo.
—Sí, lo es. Y como ve, sin incursiones aéreas.
Pero media hora más tarde, cuando ya volvían hacia la casa, sonaron las sirenas y la gente comenzó a salir
corriendo de las casas para introducirse en el refugio más cercano. En cuanto escuchó el primer ulular de
las sirenas, Manfred pasó un brazo sobre los hombros de la joven y comenzó a correr hacia el refugio
como los demás.
Ariana corría con él, pero en el fondo de su corazón no le importaba si podría ponerse a salvo o no. A ella
no le quedaba nada en el mundo por lo cual mereciera la pena vivir.
En el refugio había mujeres que lloraban, bebés que gritaban y niños que jugaban como siempre lo hacían.
Siempre eran los adultos los que estaban aterrorizados. Los niños habían crecido mientras la guerra hacía
su curso. Uno de ellos bostezaba y otros dos entonaban una insulsa canción, mientras seguían oyéndose
chillidos a su alrededor y las bombas estallaban a lo lejos. En medio de todo ello, Manfred observaba a
Ariana, su cara serena, sus tristes ojos, y sin pensarlo extendió el brazo y le tomó una mano. Ella nada
dijo, sino que siguió allí sentada, sosteniendo la mano, grande y suave, entre las suyas, mientras
contemplaba a quienes la rodeaban, preguntándose para qué vivían, por qué seguían luchando por
sobrevivir.
—Creo que ya pasó el peligro, fraulein.
Manfred aún seguía llamándola así casi siempre. Se puso de pie y ella le siguió. Se dirigieron
apresuradamente a casa. El paseo de momentos antes había adquirido otro carácter. Manfred sólo ansiaba
llegar a casa donde Ariana estaría a salvo. Al entrar en el vestíbulo, se quedaron el uno frente al otro,
mirándose en silencio, con una luz nueva y distinta en los ojos. Sin embargo, Manfred se limitó a mover
ligeramente la cabeza, se volvió y comenzó a subir las escaleras.
CAPITULO 20
CUANDO MANFRED LLEGÓ a casa por la tarde del día siguiente, encontró a Ariana subida a una silla
en la cocina, tratando desesperadamente de alcanzar una lata que se encontraba en el estante más alto. En
cuanto la vio desde la sala, se dirigió de inmediato a su lado, cogió la lata y se la entregó. Luego, sin
pensarlo, la tomó por la cintura y la bajó de la silla. La joven su ruborizó ligeramente y le dio las gracias,
y acto seguido se dedicó a prepararle la habitual taza de té. Pero tuvo la sensación de que algo había
cambiado en el ambiente. Percibió una especie de corriente eléctrica que antes no había existido, o que
había existido pero en estado latente entre ambos, dos seres turbados por un exceso de preocupaciones.
Esta vez, cuando Ariana le llevó la taza de té a Manfred, se había olvidado de ponerle azúcar, y de nuevo
se sonrojó ligeramente mientras volvía a la cocina.
Ambos estuvieron callados y tensos durante la cena, y después Manfred sugirió dar otro paseo. En esta
oportunidad no sufrieron ningún sobresalto, y no hubo alarma de bombardeo hasta altas horas de la noche.
Ambos despertaron de inmediato, pero demasiado tarde para abandonar la casa, y tuvieron que refugiarse
en el sótano envueltos en gruesas batas y calzados con abrigados zapatos. Manfred conservaba en el
sótano una maleta con una muda de ropa, por si acaso tenía que marcharse precipitadamente, pero
entonces se dio
Cuenta que no le había pedido a Ariana que bajase también algunas de sus cosas. Se lo sugirió ahora, y
ella se encogió de hombros en el débil resplandor de su pipa. Los tragaluces estaban cubiertos con
pedazos de tela negra, de modo que nadie podía ver el diminuto punto luminoso mientras él fumaba.
Manfred quedó desconcertado por su gesto, y luego comprendió.
—No le preocupa la supervivencia, Ariana?
Ella sacudió lentamente la cabeza.
—Por qué debería preocuparme?
—Porque aún es usted muy joven. Deberá rehacer su vida. Cuando todo esto termine, tendrá un futuro por
delante.
La joven no parecía muy convencida de ello.
—¿ Tanto le preocupa a usted? —Ariana había advertido la expresión de sus ojos cuando contemplaba la
fotografía de sus hijos y de su esposa—. ¿Tanto significa la supervivencia para usted?
—Ahora significa más que antes. —Su voz sonó extrañamente queda—. Y con el tiempo volverá a ser
importante para usted también.
—Por qué? ¿Qué puede importar nada ahora? Esto jamás terminará.
Se quedaron escuchando las distantes explosiones de las bombas. Pero Ariana no parecía asustada, sino
sólo desesperadamente triste. Deseaba que las bombas exterminaran a todos los nazis, y entonces ella
estaría libre.., o muerta.
—Terminará un día no muy lejano, Ariana. Se lo prometo.
Su voz seguía conservando aquel tono apagado en la oscuridad, y al igual que la noche anterior Manfred
buscó en silencio su mano. Pero esta vez, cuando se la tomó, ella sintió un escalofrío en todo su cuerpo.
Al cabo de un largo rato, notó que Manfred la atraía hacia él. Sin embargo, no se sintió con fuerzas para
resistir ni tuvo voluntad para apartarle de ella. Como si aquello hubiese sido lo que siempre había deseado,
se dejó rodear por sus fuertes brazos y notó que su boca descendía lentamente hacia la suya. El estruendo
de las bombas en la distancia se fue acallando, y todo cuanto pudo oír fue un golpeteo en los oídos
mientras Manfred la abrazaba, la besaba y la acariciaba, hasta que, sin aliento, tuvo que separarse de él.
Siguió un breve y embarazoso silencio, y luego Manfred exhaló un suspiro.
—Lo siento..., lo siento en el alma, Ariana..., no debí...
Pero esta vez fue él quien se quedó estupefacto cuando ella le hizo callar con un beso y acto seguido
abandonó el sótano sin pronunciar palabra y subió a su habitación. A la mañana siguiente ninguno de los
dos hizo mención de lo sucedido la noche anterior.
Pero a partir de ese momento la atracción fue en aumento y cada vez era más difícil para ambos resistir a
ella, hasta que finalmente una mañana, al despertar, Ariana descubrió a Manfred en su habitación.
—,Manfred? —Le miró soñolienta, sin darse cuenta de que por primera vez le había llamado por el
nombre de pila—. ¿Ocurre algo malo?
Él meneó lentamente la cabeza y avanzó hacia la cama. Llevaba un pijama de seda azul debajo de una
bata, también de seda azul oscuro. Por un largo rato no estuvo segura de sus intenciones, pero luego lo fue
comprendiendo. No sabía qué decirle al verle allí plantado, pero comprendió que deseaba a aquel hombre
con desesperación. Se había enamorado de su captor, el teniente Manfred von Tripp. En cambio él,
mientras la contemplaba deseoso pero con aire sombrío, se dio cuenta de que había cometido un grave
error y, antes de que ella pudiese decir nada, dio media vuelta y se dirigió prestamente hacia la puerta.
—Manfred..., ¿Qué estás haciendo..., adónde...?
El se volvió a medias.
—Lo siento... No debería haber... No sé lo que...
Pero Ariana le tendió los brazos. No como una niña, sino como lo hubiese hecho una mujer. Y Manfred
terminó de volverse de cara a ella y se le acercó con una tierna sonrisa y meneando la cabeza.
—No, Ariana..., eres sólo una niña. Yo..., no sé lo que pasó. Hacía horas que estaba en la cama pensando
en ti y... creo que por un momento perdí la cabeza.
Ella se levantó silenciosamente de la cama y permaneció allí de pie, esperando que se le acercara,
esperando que comprendiese. Al verla con su camisón de hilo blanco y una leve sonrisa en los labios,
Manfred se quedó mirándola atónito.
—Ariana? —No podía dar crédito a sus ojos—. Querida...
Fue tan sólo un susurro lo que escapó de sus labios cuando se aproximó a ella y la estrechó entre sus
brazos; entonces Ariana buscó anhelante su boca, y se acurrucó blandamente en ellos.
—Te amo, Manfred.
Ni siquiera había tenido conciencia de ello hasta aquel momento, pero cuando él la estrechó contra su
corazón, que latía enloquecidamente, comprendió que en verdad había dado expresión a su sentimiento.
Momentos más tarde se acostaron juntos, y él la tomó con la ternura de un hombre henchido de amor. Se
mostró considerado y experto al hacerle el amor una y otra vez....
Así FUE TRANSCURRIENDO el tiempo hasta Navidad. Ariana se Pasaba el día en la casa y en el
jardín, paseando y leyendo, y por la noche cenaban plácidamente y luego se sentaban un rato junto al
luego, pero ahora se acostaban más temprano pues existía el atractivo de las maravillas que Manfred le
enseñaba a Ariana en la cama. Vivían un idilio profundamente romántico y, a pesar de haber perdido a su
padre y a Gerhard, Ariana nunca había sido tan feliz en su vida. En cuanto a Manfred, había regresado al
mundo de los vivos COn deleite, alegría y humor. Quienes le conocían desde cuando murieron sus hijos
no podían acabar de creer que fuese el mismo hombre. En el curso de los dos últimos meses él y Ariana
habían sido infinitamente felices, y ahora sólo la proximidad de las fiestas tic Navidad les causaba una
cierta preocupación, pues los seres que habían amado en su vida pasada, en los pasados años, no podrían
compartir con ellos la alegría que acababan de descubrir.
—Y bien, ¿qué vamos a hacer con respecto a la Navidad? No quiero que nos quedemos aquí sentados y
nos deprimamos pensando en el pasado.
Manfred la miró con grave expresión, mientras tomaban el té en la cama. Esa mañana le había tocado a él
el turno de prepararlo.
—Lo que quiero es que brindemos por lo que nos ha sido dado en esta Navidad, y no que lloremos por lo
que hemos perdido. Por cierto, ¿qué quieres que te regale para Navidad?
Aún faltaban dos semanas, pero ya hacía quince días que el tiempo era frío y seco.
Ariana le sonrió con la cabeza apoyada en la almohada y ojos acariciantes.
—,Sabes lo que deseo para Navidad, Manfred?
—¿ Qué, amor mío?
Cuando la veía así, con la cabellera envolviéndola como un manto de hilos de oro, los delicados pechos
desnudos y la mirada tierna e invitadora, él no podía mantener las manos alejadas de su cuerpo.
—Quiero un hijo. Un hijo tuyo.
Por un instante, Manfred guardó silencio. Aquello era algo en lo que había pensado más de una vez.
—Lo dices en serio, Ariana?
Pero ella era aún tan joven. Cambiarían tantas cosas. Y después de la guerra... No le gustaba pensar en
ello, pero cabía la posibilidad de que, cuando ya no tuviese que vivir bajo su protección, apareciera
alguien más joven que él y... Rechazó el pensamiento, que detestaba. Sin embargo, Ariana le miraba con
aire solemne.
—Lo digo en serio, querido. Nada me gustaría más que un hijo nuestro.
Manfred la estrechó fuertemente en sus brazos, sin poder hablar. Era lo que también él deseaba, pero
todavía no. No en estos tiempos espantosos.
—Ariana, amor mío, te prometo que... —Se separó de ella para mirarla con adoración— cuando termine
la guerra, tendremos un hijo. Recibirás el presente de un hijo.
—Lo prometes?
Ariana le sonreía henchida de felicidad.
—Solemnemente.
Ella le abrazó riendo con aquella risa argentina que Manfred adoraba.
—Entonces no quiero nada más para Navidad. Eso es lo único que deseo en este mundo.
—Pero todavía no podrás tenerlo. —La alegría de Ariana era contagiosa, y él también reía ahora—. ¿No
hay nada. Más que te guste también?
—No. Salvo una cosa —respondió ella, radiante de gozo.
—Qué cosa?
Pero Ariana tenía vergüenza de decirlo. Hablar de tener un hijo era una cosa, pero proponerle matrimonio
a un hombre... Por lo tanto, comenzó a balbucear, a proferir risitas burlonamente, eludiendo la respuesta,
hasta que Manfred amenazó con no pasar la noche con ella. No obstante, él también tenía sus propias
ideas sobre el particular. Deseaba desesperadamente casarse con Ariana, pero quería esperar a que reinara
de nuevo la paz. La guerra no podía durar eternamente y el sueño de su vida hubiera sido casarse en el
schloss de su familia.
Pero también tenía sus propias ideas acerca de la Navidad, y cuando llegó la mañana de ese día había
media docena de cajas debajo del árbol. En una había un suéter que Ariana había tejido para Manfred, en
otra una serie de poesías que le había escrito en un papel que luego enrolló como un pergamino. Y la
tercera estaba llena de galletitas, las preferidas de Manfred, que ella misma había horneado después de
bregar con ellas varias mañanas hasta que finalmente logró que le saliesen como a él le gustaban.
Lebkuchen para Navidad, en todas las formas tradicionales: unas bañadas en chocolote y otras decoradas
con adornos de azúcar de brillantes colores. Al ver el afán con que Ariana había trabajado, Manfred se
emocionó profundamente.
Los regalos de Manfred para ella eran un poco menos caseros, y
Ariana sacudió las cajas alegremente, tratando de adivinar su contenido por el ruido.
—Cuál te parece que debo abrir primero?
—La más grande.
En realidad, Manfred tenía otras dos cajas grandes ocultas en el i armario del vestíbulo, pues no había
querido abrumarla dándole todos los regalos a la vez. El primer paquete que ella abrió contenía un
precioso vestido de un color azulado como el cielo, que en seguida sostuvo contra sus hombros y se
balanceó suavemente sobre su piel desnuda. Era cerrado hasta el cuello con un pronunciado escote en V
en la espalda, y después de haber llevado, durante los primeros días de invierno, faldas de basta tela,
pesados zapatos y gruesos suéters, Ariana no pudo menos que proferir chillidos de gozo ante aquel
hermoso vestido.
— Oh, Manfred, me lo pondré esta noche para la cena!
Poco se imaginaba ella que eso era más o menos lo que Manfred tenía previsto. En el segundo paquete
había un hermoso collar de aguamarinas que hacía juego con el vestido, y en el tercero unos zapatos de
noche plateados, de una perfección absoluta. Ataviada con todas aquellas galas, Ariana se recostó en la
cama, sorbiendo el té como si fuese champaña y cantando con una gutural voz de soprano. Manfred se
echó a reír henchido de felicidad mientras se dirigía a recoger el resto de las cajas, que contenían un
vestido de lana blanco completamente distinto del que llevaba, y otro de lana negro, digno de figurar entre
la ropa que había poseído antes. También le había comprado unos escarpines negros, un bolso de
cocodrilo del mismo color y un sencillo abrigo de lana también negro, que ella se puso gozosa; luego se
probó un conjunto tras otro.
— Oh, qué elegante voy a estar, Manfred!
Le abrazó fervorosamente, y ambos rieron de nuevo.
—Ya estás elegante!
Ariana llevaba puestos el collar de aguamarinas, las sandalias plateadas y el nuevo abrigo negro sobre la
ropa interior de encaje blanco.
—¿ De hecho, diría que estás sensacional! Pero falta una cosa...
Comenzó a hurgar en el bolsillo de su bata, buscando el último regalo para ella, que estaba oculto en un
estuche muy pequeño. Lo arrojó en las manos abiertas de Ariana y se apoyó en la cabecera de la cama con
una amplia sonrisa en el rostro.
—,Qué es?
—Ábrelo y lo verás.
Ella lo hizo despacio y con cautela, y cuando el estuche quedó
Abierto en sus manos en sus ojos se reflejó toda la alegría de una mujer enamorada. Era un maravilloso
anillo de compromiso de Louis Werner, de la Kurfürstendamm.
—Pero, Manfred, ¿te has vuelto loco?
—Tú crees? De alguna manera pensé que, si finalmente deseabas tener un hijo, estaría bien que antes de
llegar ese momento nos comprometiéramos.
—Oh, Manfred, es tan hermoso!
—También lo eres tú.
Deslizó el anillo con el redondo diamante en el dedo de Ariana, y ella se quedó contemplándolo sonriente,
vestida con la disparatada mezcla de prendas que se había puesto, procedentes de la montaña de regalos
con que Manfred la había cubierto. Luego se incorporó sobre un codo y dijo pensativamente, pero sin
denotar una gran urgencia:
—Ojala pudiéramos salir para poder lucir todas estas cosas tan bonitas.
Durante los pasados tres meses se habían contentado con dar un paseo por Wannsee o alguno de los
pequeños lagos. De vez en cuando iban a almorzar a un restaurante, pero en realidad habían vivido como
ermitaños, y ambos se sentían felices estando juntos en el hogar. Pero Manfred le había regalado unas
cosas tan preciosas que de pronto ella sintió la tentación de volver a poner los pies en el mundo.
—,De veras te gustaría?
Manf red mostró una cierta reserva. Ella asintió presa de una gran excitación.
—Con locura.
—Esta noche hay un baile, ¿sabes, Ariana?
—Dónde?
En realidad, había varios. Dietrich von Rheinhardt daba una fiesta, al igual que el general Ritter en la
vieja casa del padre de Ariana; luego se celebraba otra en el cuartel general, y la banda había organizado
otras dos grandes recepciones. Podían asistir a cualquiera de aquella fiestas, si así lo deseaban. Sólo la de
Ritter era la que Manfred deseaba eludir por todos los medios. Pero con esa excepción, Manfred le reseñó
la lista y escogieron tres.
—Me pondré el nuevo vestido azul y el collar..., y mi anillo de compromiso.
Sonrió a Manfred embelesada, y entonces, súbitamente, se acordó de algo que nunca le había mostrado
antes.
—Manf red?
Le miró titubeante.
—,Qué, mi amor? —El rostro de Ariana se había puesto serio tan rápidamente que él no sabía qué
pensar—. ¿Ocurre algo malo?
—¿ Te enfadarás si te muestro algo?
El sonrió ante aquella pregunta.
—No puedo saberlo hasta que me lo muestres.
—Pero..., ¿y si te enfadas?
—Me controlaré. —Ariana se encaminó a su antigua habitación y regresó con el libro de su padre—.
¿Vas a leerme Shakespeare ahora? ¿El día de Navidad?
Manfred se dejó caer sobre la cama profiriendo un gruñido.
—No, no bromees, Manfred. Escúchame... Tengo algo que mostrarte. ¿Recuerdas el día que me
acompañaste a Grunewald y yo tomé el libro de papá? Bien, pues la noche que mi padre se marchó con
Gerhard y... —Por un instante, sus ojos se ensombrecieron, y pareció concentrarse en sus pensamientos.
Hacía tiempo que se lo había contado todo a Manfred. Sosteniendo el libro en la mano, prosiguió por
fin—: Mi padre me dejó esto, por si un día llegaba a necesitarlo, si algo salía mal. Eran de mi madre.
Sin otra explicación, Ariana abrió el compartimiento secreto y quedaron a la vista los dos anillos: la
sortija con sello de diamantes y la de la esmeralda. Ella no se había atrevido a conservar la pequeña
pistola que su padre le diera. Cuando había sacado el libro de la biblioteca, disimuladamente había
empujado el arma hacia el fondo del estante. Si la hubieran sorprendido con el arma oculta, ello habría
significado una muerte instantánea. Pero los anillos constituían su tesoro, todo lo que le quedaba. Al no
esperar lo que Ariana iba a mostrarle, Manfred lanzó una exclamación de sorpresa.
—Dios mío, Ariana! —Y luego—: ¿Sabe alguien que tienes esto en tu poder? —Por supuesto que nadie
lo sabía. Ella sacudió la cabeza—. Deben de valer una fortuna.
—No lo sé. Papá dijo que podrían ayudarme a sobrevivir si tenía que venderlos.
—Ariana, quiero que vuelvas a esconder ese libro. Si algo sale mal, si termina la guerra y no ganamos
nosotros, esos anillos podrían servirte para salvar la vida algún día, o para trasladarte a un lugar donde
pudieras ser libre.
—Hablas como si pensaras abandonarme.
Sus ojos se habían agrandado y reflejaban tristeza.
—Claro que no, pero quién sabe lo que puede suceder. Podríamos quedar separados por un tiempo. —O
él podría morir, pero no quiso recordárselo esa mañana del día de Navidad—. Consérvalos. Y puesto que
es usted tan buena guardadora de secretos, fráulein Von
Gotthard —le dirigió una simulada mirada de reproche—, considero
que debe conocer éste. —Sin darle más explicaciones, Manfred sacó
un cajón de la cómoda y le mostró a Ariana que detrás de él había
escondido dinero y un pequeño revólver—. Si alguna vez llegaras a
necesitarlo, Ariana, ya sabes que está ahí. ¿Quieres guardar los
anillos junto con esto?
Ella hizo un gesto de asentimiento y depositó en aquel escondrijo
los anillos de su madre. Seguidamente, su rostro recobró su expresión
de felicidad. Así, aquella mañana del día de Navidad de 1944,
Ariana Alexandra von Gotthard quedó comprometida con el teniente
Manfred Robert Von Tripp.
CAPITULO 21
Su VELADA COMENZÓ EN el Teatro de la Ópera, situado en la amplia avenida Unter den Linden, que
Ariana tanto admiraba, con sus primorosas hileras de árboles, sólo interrumpidas por la Puerta de
Brandeburgo, que se levantaba frente a ellas.
Manfred contempló a Ariana con satisfacción cuando ella se apeó del coche: el vestido azul claro pendía
de sus hombros como una lámina de hielo y el collar de aguamarinas se balanceaba en su cuello. Fue la
primera vez en muchos meses que Ariana vestía una prenda que se parecía a sus antiguas ropas, y
resultaba placentero olvidar las tragedias del pasado año aunque fuese por una noche.
Ariana se colgó de su brazo mientras se abrían paso entre un mar de uniformes, en dirección a los de más
alto rango, a quienes Manfred debía rendir homenaje antes de unirse a los demás para disfrutar del baile.
Manfred la presentó con aire sombrío a dos generales, a varios capitanes y a unos cuantos coroneles
conocidos. En cada caso, les presentaba a Ariana formalmente, mientras ella permanecía impasible, con la
cabeza erguida y la mano extendida. Era una joven que habría hecho honor a cualquier hombre, y el
corazón de Manfred rebosaba de orgullo mientras admiraba su serenidad. Era la primera vez que Ariana
se sometía al escrutinio de la mitad de la oficialidad del Reich. Como princesa cautiva que era, todos se
sentían un poco intrigados, y ella lo sabía. Sólo Manfred se
Dio cuenta de cuán asustada estaba al comienzo de la velada, cuando sintió su mano temblorosa dentro de
la suya mientras la conducía al centro del salón para bailar.
—Tranquilízate, cariño, nada temas mientras estés conmigo.
Le sonrió con ternura y Ariana alzó aún más la barbilla.
—Tengo la sensación de que todos se fijan en mí.
—Sólo porque estás adorable, Ariana.
Sin embargo, ella sabía que jamás volvería a sentirse completamente segura. Aquella gente era capaz de
cualquier cosa; podían sacarla de su hogar de nuevo, matar a Manfred y encerrarla a ella en una celda.
Pero era absurdo pensar en ello ahora —era Navidad y ella y Manfred estaban bailando— y entonces,
súbitamente, mientras giraban por el salón al compás de la música, lo recordó y sus ojos volvieron a
sonreír cuando se encontraron con los de su amado.
—Sabes una cosa? ¡Fue aquí donde vine para mi primer baile! Con mi padre.
Al recordar aquella noche en que se había sentido tan emocionada y atemorizada, los ojos le brillaron de
felicidad.
—¡Ajá! ¿Debo sentirme celoso, fráulein?
—No lo creo. Sólo tenía dieciséis años.
Le miró con arrogancia, y Manfred se echó a reír.
—Claro, qué tontería por mi parte, Ariana. Ahora eres mucho más vieja.
Pero lo era en muchos aspectos. Era toda una eternidad más vieja que la niña que sólo tres años atrás
había bailado en aquel mismo salón, con su vestido de organdí y flores en el pelo. Parecía que hubiesen
transcurrido mil años. Y mientras pensaba en ello soñadoramente, alguien les sacó una fotografía. Ariana
se sobre- saltó y, parpadeando, buscó los ojos de Manfred con la mirada.
—1,Qué ha sido eso?
—Nos han sacado una foto, Ariana. ¿No te parece bien?
En todas las fiestas, en todos los bailes, era costumbre sacar docenas de fotografías de los oficiales y sus
acompañantes. Aparecían en los periódicos, las colocaban en los clubes de oficiales y hacían copias para
los parientes.
—Te importa, Ariana?
Por un instante, una expresión de contrariedad se reflejó en sus ojos. Seis meses atrás, se habría puesto
lívido si le hubiesen sacado una fotografía con una mujer, pero ahora deseaba que les fotografiaran juntos,
como si el hecho de poder contemplar sus caras en un diario lo tornara todo más real. Ariana comprendió
de inmediato la expresión de su mirada y agachó la cabeza con una ligera sonrisa.
—Claro que me parece bien. Sólo que me sorprendió. ¿Podré ver las fotografías?
El asintió con la cabeza, y Ariana sonrió.
Permanecieron en el Teatro de la Ópera durante una hora, y luego, consultando el reloj, Manfred musitó
algo al oído de Ariana y fue a buscarle el abrigo. Aquélla había sido la primera parada de la velada, y la
más importante recepción asentada en su agenda aún estaba por venir. El había querido que Ariana se
acostumbrara a estar rodeada de uniformes, a las miradas curiosas, a los destellos de las bombillas de
magnesio que dejaban un sinfín de puntitos negros bailando ante sus ojos, porque en la siguiente escala
sería observada con detenimiento aún mayor. Como prometida de él, debería sorne- terse a un
considerable escrutinio, y él sospechaba que hasta el Führer se encontraría allí.
Cuando se aproximaban al Palacio Real, Manfred divisó inmediatamente el Mercedes 500 K negro de
Hitler. Docenas de guardias especiales rodeaban el palacio, y en cuanto se encontraron en la esplendorosa
y antigua Sala del Trono, decorada con espejos y molduras doradas, Manfred sintió que la mano de
Ariana se aferraba a su brazo. El se la palmeó suavemente y la miró con una cálida sonrisa. Una a una,
fue haciendo las imprescindibles presentaciones, recorriendo lentamente la hilera de hombres
uniformados:
generales con sus esposas o sus amantes. Observando cómo Ariana inclinaba ligeramente la cabeza y
ofrecía graciosamente la mano, Manfred sentía que se le henchía de gozo el corazón. Hasta que por fin se
encontraron ante un rostro conocido, y el general Ritter apresó la delicada mano de la joven.
—Ah, fráulein Von Gotthard..., qué agradable sorpresa! —Le dirigió una jubilosa mirada, y luego miró
brevemente y con desaprobación a Manfred—. Teniente. —Manfred se cuadró y saludó con una
inclinación de cabeza—. ¿Aceptaría unirse a nosotros más tarde, fraülein? Se servirá un ligero refrigerio
en mi casa.
«Mi» casa. Manfred advirtió que a Ariana se le encendían los ojos de ira, y en seguida acentuó la presión
de su mano izquierda. Luego la introdujo suavemente en su brazo para que el general pudiese ver
fácilmente el anillo de diamantes.
—Lo siento, general —dijo Manfred con voz melosa—, mi prometida y yo ya tenemos otro compromiso
para esta noche, pero tal vez —agregó respetuosamente con una prometedora sonrisa— en otra
oportunidad...
—Por supuesto, teniente. Y..., ¿su prometida, ha dicho usted? La pregunta iba dirigida a Manfred, pero
sus ojos no se apartaban de Ariana mientras hablaba. Ella tenía la impresión de que la estaba desnudando
con la mirada; un escalofrío recorrió todo su cuerpo mientras simulaba no darse cuenta.
Pero esta vez Ariana se adelantó a Manfred y, con los ojos fijos en los del general, con tono cortés pero
frío respondió:
—Sí, estamos prometidos, general.
— Qué bien! —Sus labios se curvaron—. Su padre estaría muy complacido.
No tanto como por tenerle a usted en su casa, querido general. asqueroso canalla... Ariana sintió deseos
de abofetearle mientras le sonreía contemplando su repulsivo rostro.
—Puedo ofrecerles mis congratulaciones?
Manfred saludó de nuevo, y Ariana inclinó formalmente la cabeza antes de alejarse del general.
—Me parece que manejamos esta situación bastante bien.
Ariana miró a Manfred con una leve sonrisa.
—Así es, ¿no? —Parecía divertido y, al mismo tiempo, enloquecidamente enamorado de ella. Era un
placer estar en público con Ariana—. ¿Te estás divirtiendo, Ariana?
Bajó la vista hacia ella con interés; en sus ojos se reflejaba el orgullo de estar en su compañía. Ella le
devolvió la mirada de gozo e hizo un gesto de asentimiento.
—Sí, mucho.
—Bien. Entonces el lunes iremos de compras.
—Santo Dios, ¿para qué? Esta mañana me has regalado tres vestidos y un abrigo..., y un collar..., y
zapatos, y un anillo de compromiso.
Iba contando las cosas con los dedos a medida que las enumeraba como una chiquilla.
—No se preocupe, fraulein. Ha llegado la hora de que usted y yo empecemos a salir.
Pero en cuanto lo hubo dicho, un extraño silencio reinó en la sala, y pudieron oír en la distancia el
estallido de las bombas. Incluso en la noche de Navidad la guerra se hacía presente entre ellos, y Manfred
se preguntó qué magnífico monumento, qué hogar y cuántos niños acababan de ser destruidos en aquel
bombardeo. Pero las explosiones cesaron en seguida y no tuvieron necesidad de buscar refugio debajo del
edificio. La música siguió alegrando la fiesta. Y todos siguieron simulando que aquélla era una noche de
Navidad como cualquier otra. Pero la Grosses Schauspielhaus acababa de ser destruida, y había otros
edificios e iglesias que ahora desaparecían casi diariamente. Hacía casi un año que los berlineses
Se acostaban vestidos, dejando la maleta junto a la cama, dispuestos a salir corriendo hacia los refugios
donde muchos dormían todas las noches. Los aliados no cejarían en su ofensiva ahora, y ello asustaba a
Manfred terriblemente. ¿Y si Berlín se convertía en otro Dresde? ¿Y si algo le sucedía a Ariana, también,
antes de que terminara la guerra? Pero a su lado ella notó que algo le preocupaba y en seguida le buscó la
mano, que sostuvo fuertemente apretada en la suya, mientras sus profundos y adorables ojos azules se
alzaban hacia los de él para tranquilizarle. Al contemplar su boca dulce y sensual, él tuvo que sonreírle.
—No te preocupes, Manfred. Todo saldrá bien.
El sonrió lentamente, sin apartar los ojos de ella.
—El lunes iremos de compras.
—De acuerdo, si eso te hace sentirte mejor. —Y entonces ella se puso de puntillas y le musitó algo al
oído—: ¿Podemos irnos a casa ahora?
—Ya? —Al principio pareció sorprendido y en seguida sonrió, preguntándole en un murmullo a su
princesita—: ¿No tiene usted vergüenza, fraülein?
—Ni pizca. Prefiero estar contigo en casa que aquí, esperando al Führer.
Pero él se llevó un dedo a los labios para imponerle silencio.
Sin embargo, le vieron de todos modos. Entró en el salón rodeado por sus secuaces justo cuando ellos se
disponían a marcharse; era un hombrecillo de cabellos y bigote negros, de aspecto antipático, y no
obstante una corriente eléctrica recorrió toda la sala. Ariana notó que la gente se ponía tensa, las voces
aumentaban de volumen y súbitamente todos los presentes entonaron un «Heil Hitler» a coro, y ella
observó estupefacta cómo la multitud de hombres uniformados y mujeres con vestidos de noche llegaba al
paroxismo de la locura. Ella y Manfred permanecieron inmóviles hasta que el frenesí llegó a su fin y todo
el mundo se entregó a la diversión de nuevo, y entonces comenzaron a abrirse paso entre el gentío.
Cuando llegaron cerca de la salida, alguien tocó a Ariana ligeramente en el brazo, y al volverse ésta, vio
que Manfred se cuadraba súbita y rígidamente al tiempo que levantaba el brazo derecho. Y entonces se
dio cuenta de que era Hitler quien la había tocado, quien ahora sonreía benignamente y proseguía su
camino, como si hubiese impartido una bendición. Acto seguido, ella y Manfred se marcharon
precipitadamente. Durante un largo rato permanecieron en silencio, y
Cuando por fin volvieron a estar instalados en el coche, Ariana dijo:
—Manfred, pareció que se volvían locos.
El asintió con un ligero movimiento de cabeza.
—Lo sé. Siempre sucede lo mismo. —Y luego se volvió hacia ella—. ¿No le habías visto nunca en
persona?
Ella meneó la cabeza.
—No. Papá no quiso yerme envuelta en todo esto.
Pero en seguida se arrepintió de haberlo dicho, temiendo que Manfred lo tomara como un reproche
personal. En cambio, él asintió rápidamente con la cabeza. Lo comprendía.
—Con razón. ¿Y tú hermano?
—Hizo cuanto pudo para mantenerle alejado de ello también. Pero creo que sentía un temor distinto por
lo que pudiera sucederme a mí.
—Y con toda razón. —Siguió conduciendo en silencio y luego se volvió hacia Ariana—. ¿Sabes lo que
hacen en las fiestas como la que el general Ritter da esta noche? Presentan bellas coristas y travestís para
divertir a los invitados. Hildebrand me ha dicho que eso es muy común en sus fiestas.
Una expresión de repugnancia se pintó en su rostro.
—Qué son coristas y travestís?
Le miró con los ojos curiosos y ávidos de una niña, y Manfred esbozó una sonrisa.
—Oh, mi querida inocente, te amo! —En momentos como aquél recordaba que Ariana sólo era cinco
años mayor de lo que habría sido su hija—. Una corista es una mujer que baila desnuda de una manera
muy insinuante, y un travesti es un hombre que se viste de mujer, por lo general con vestidos de noche.
Bailan y cantan, y también pueden hacerlo de una manera muy insinuante.
Pero Ariana se reía, observándole la cara.
—,No resultan terriblemente graciosos?
Manfred se encogió de hombros.
—A veces, pero generalmente no. Ritter no presenta a los «graciosos», sino a los verdaderos. Y cuando
terminan de actuar, todo el mundo... —De pronto recordó con quien estaba hablando—. No importa,
Ariana. Todo resulta bastante repugnante. No quiero que tengas nada que ver con eso.
Y últimamente se daban cada vez más ese tipo de cosas. No sólo en la casa de Ritter en Grunewald; los
demás también se entregaban a los mismos placeres. Como si a medida que pasaban los días, a medida
que empeoraba la situación, tuviesen más necesidad de dar
Rienda suelta a sus más desenfrenadas fantasías y llegar a extremos cada vez más indecentes. No era ése
el mundo en el cual deseaba introducir a Ariana ahora. Pero al salir con ella aquella noche había vuelto a
experimentar el placer de llevar del brazo a una hermosa mujer, convertida en el centro de miradas de
admiración, y de verla brillar de una manera muy especial. A causa de ello, su reclusión en la casa de
Wannsee se le antojaba aún más preciada; sin embargo, también le atraía la idea de salir con ella.
—No te importa perderte las otras recepciones, Manfred?
El denegó con la cabeza, embargado por la felicidad.
—Había una en el Palacio de Verano en Charlottenburg que tal vez te hubiese gustado. Pero de hecho en
Wannsee se celebrará una fiesta que será mucho mejor.
Miró a Ariana con adoración, y ambos sonrieron.
Subieron rápidamente a su habitación y se entregaron gozosos uno en brazos del otro en la espaciosa y
confortable cama.
A LA MAÑANA SIGUIENTE, a la hora del desayuno, Ariana parecía pensativa, y Manfred la observaba
en silencio. Era domingo y no había tenido que ir a trabajar. Aquel día estaba de guardia Hildebrand.
Salieron a dar un paseo por el Tiergarten. Manfred la convenció para que probara el patinaje sobre hielo
en el Neuer See, y juntos se deslizaron por la pista helada sonriendo como un par de chiquillos entre
bonitas mujeres y hombres uniformados. Resultaba difícil creer que aún estaban en guerra.
Después fueron en el coche hasta un café de la Kurf9rsten- damm, que a Ariana siempre le parecía
idéntico al Champs-EIySéeS de París, donde ella había estado antes de la guerra con Gerbard y su padre
durante un breve viaje. En la Kurfürstendamm se encontraron rodeados por los pocos artistas y escritores
que aún quedaban en Berlín. Había muchos hombres con uniforme, pero la atmósfera era reconfortante y
Ariana ahogó un bostezo de tan dichosa como se sentía en aquel acogedor café.
—Cansada, querida?
Manfred le sonrió, cuando de pronto pudieron oír en la distancia el silbido y estallido de las bombas.
Abandonaron el café y se dirigieron corriendo al coche.
Mientras regresaban por la Kurfürstendamm hacia Wannsee, Ariana se arrimó más a él y le cogió del
brazo.
—¿ Ves esa iglesia, Manfred? —le preguntó señalando con el dedo, y él apartó por un instante la vista de
la calzada.
Era la familiar iglesia Kaiser Wilhelm en la Kurfürstendamíu.
—Sí. ¿Acaso te vuelves religiosa a esta hora de la noche? !.Le preguntó él bromeando, y ambos sonrieron.
—Sólo quiero que sepas que ésa es la iglesia donde quiero casarme cuando llegue el día.
—¿En la Kaiser Wilhelm?
-Sí.
Ariana admiró por enésima vez el precioso anillo de diamantes. Y él le pasó cariñosamente un brazo por
los hombros.
—No lo olvidaré, amor mío. ¿Feliz?
Se volvió a mirarla en la oscuridad. El bombardeo había cesado, al menos por el momento.
—Nunca fui más feliz en mi vida.
Y cuando recibieron las fotografías de los bailes de Navidad, pudo verse fácilmente que no mentía a
Manfred al decirle que era feliz. Su cara aparecía radiante frente a la cámara, con su cabeza erguida y sus
ojos brillantes de amor; del mismo modo, detrás de ella, Manfred, con su elegante uniforme, miraba
fijamente la cámara con evidente orgullo.
CAPITULO 22
AL CONCLUIR LA SEMANA navideña, ante la insistencia de Manfred fueron de compras al centro de
Berlín, a los almacenes Grunfeld. Tenía que comprarle más vestidos a Ariana. El capitán Von Rheinhardt
le presionaba para que saliese de su escondite y alternara con sus camaradas del Reich.
—,Estaba enfadado, Manfred? —inquirió Ariana, preocupada, mientras se dirigían al centro, pero
Manfred se limitó a palmearle la mano, sonriente.
—No, pero supongo que ya he dejado de ser un ermitaño. No tenemos que salir todas las noches, pero
comenzaremos a aceptar algunas invitaciones a cenar. ¿Te parece que podrás soportarlo?
—Claro. ¿Podremos ir a ver los travestís del general Ritter?
—dijo Ariana con una malévola expresión, y Manfred no pudo contener la risa.
—Ariana!
Salieron de la tienda tres horas más tarde, tan cargados de cajas que apenas pudieron llegar al coche de
Manfred. Otro abrigo, una chaqueta, media docena de preciosos vestidos de lana, tres vestidos de cóctel y
uno de baile, y un traje chaqueta admirable que parecía un esmoquin, salvo que en vez de pantalones tenía
una larga falda estrecha con un corte en un costado. Yen honor a la memoria de la madre de Ariana, le
había comprado también un elegante vestido largo de lamé dorado.
—Por Dios, Manfred, ¿adónde vamos a ir para poder lucir toda esta ropa?
Manfred la estaba malcriando. Se sentía como si volviera a tener esposa, una mujer a la cual mimar y
alimentar, vestir, proteger y distraer. De ningún modo se sentían extraños el uno con el otro, y ella se
encontraba tan cómoda con Manfred como nunca lo había estado con nadie en toda su vida.
Ariana tuvo oportunidad de lucir sus vestidos en varias ocasiones. Asistieron a conciertos de la
Filarmónica, a una recepción oficial en el Reichstag en honor del Parlamento, y frecuentaron a oficiales
destacados en Berlín; fueron invitados a una fiesta en el castillo Bellevue y a varias cenas en su mismo
barrio en Wannsee, donde otros oficiales habían buscado una tranquilidad que no habrían encontrado en
el corazón de la ciudad. Poco a poco, Manfred y Ariana se convirtieron en una pareja ejemplar, y todo el
mundo daba por sentado que se casarían después de la guerra.
—Para qué esperar, Manfred? ¿Por qué no os casáis ahora?
—le dijo un camarada de armas a Manfred en una cena.
Pero Manfred lanzó un suspiro y fijó la vista en el sello de oro que llevaba en su mano izquierda.
—Porque ella es demasiado joven, Johann; en realidad, es sólo una niña. —Suspiró de nuevo—. Y éstos
son tiempos extraordinarios. Debe tener la oportunidad de tomar esa decisión en una época normal. —Y
luego, meneando la cabeza lentamente, agregó—:
Eso, suponiendo que volvamos a ver alguna vez una época normal.
—Tienes razón, Manfred. Los tiempos no son buenos. Por ese motivo creo que lo mejor que podrías
hacer es casarte con Ariana ahora. —Bajó la voz con aire de conspirador—. No podremos resistir
eternamente, Manfred.
—¿Los norteamericanos?
Johann denegó con la cabeza.
—Me preocupan mucho más los rusos. Si llegan a ser los primeros en poner los pies en Berlín, estamos
listos. Sólo Dios sabe lo que serán capaces de hacernos, y si logramos sobrevivir nos enviarán a todos a
los campos de concentración. Pero si estáis casados, quizá tengáis una remota posibilidad de salvaros.
Además, en la práctica, los norteamericanos posiblemente tratarán mejor a Ariana si es la legítima esposa
de un teniente del ejército alemán que si es una concubina.
—,Tú crees que es tan inminente la derrota?
Siguió un momento de silencio durante el cual Johann esquivó la mirada de Manfred.
—Creo que podría serlo, Manfred. Pienso que incluso los más allegados al Führer también lo creen.
—Cuánto tiempo te parece que podremos seguir resistiendo?
El otro se encogió de hombros.
—Dos meses..., tres..., si se produce un milagro tal vez cuatro. Pero ya casi todo está perdido. Alemania
jamás volverá a ser tal como tú y yo la conocimos.
Manfred asintió lentamente con la cabeza; a sus ojos hacía mucho tiempo que Alemania no era el país que
él había amado. Quizá ahora, si los aliados no la destruían totalmente, tendría una posibilidad de renacer
de las ruinas.
Durante los días siguientes, Manfred se dedicó a hacer discretas averiguaciones. Todas las personas
influyentes que Manfred conocía corroboraron las palabras de Johann. Ya no se trataba de preguntarse si
Berlín caería, sino de saber cuándo debería llevar a cabo sus planes.
Algunas preguntas formuladas en los oídos adecuados tuvieron el poder de hacer aparecer el primer
objeto de la lista de compras. Manfred se lo llevó a Ariana dos días más tarde, y ella lanzó un chillido de
alegría.
—Manfred, me encanta! ¿Pero no piensas conservar el Mercedes?
Se trataba de un feo Volkswagen gris, que ahora ya tenía tres años, pero que cuando lo construyeron en
1942 había sido uno de los primeros. El hombre a quien se lo había comprado insistía en afirmar que era
fiable y útil. Sólo que él ya no lo necesitaba, pues había perdido ambas piernas en un bombardeo el año
anterior. Manfred no le contó a Ariana la razón por la cual se lo habían vendido. Se limitó a mover la
cabeza en silencio y abrir la portezuela para que ella subiera.
—Sí, voy a quedarme con el Mercedes. —Y luego de una pausa, añadió-: Ariana, éste es para ti.
Dieron una vuelta a la manzana y él se mostró satisfecho al comprobar que Ariana podía conducirlo sin
dificultad. Durante el pasado mes le había estado enseñando a conducir el Mercedes, pero el Volkswagen
era más fácil de manejar. Cuando se detuvieron frente a la casa, Manfred tenía una grave expresión.
Ariana en seguida se daba cuenta de cuál era su estado de ánimo. Sin vacilar, le preguntó:
—Manfred, ¿por qué lo has comprado?
Sospechaba la verdad, pero deseaba que él se la confirmara. ¿Acaso se marcharían de allí? ¿Se disponían
a huir?
Manfred se volvió hacia ella con una sombra de pesar y preocupación en los ojos.
—Ariana, creo que la guerra terminará pronto, lo cual será un alivio para todos nosotros. —Antes de
seguir hablando, la tomó en sus brazos y la estrechó fuertemente—. Pero antes de que termine, amor mío,
las cosas pueden tomar un mal cariz para nosotros. Berlín puede ser ocupada. Las fuerzas de Hitler no se
rendirán fácilmente. No volverá a haber otro Anschluss ni las cosas serán como cuando nos apoderamos
de Francia. Los alemanes lucharán hasta morir, y lo mismo harán los norteamericanos y los rusos... Esta
última etapa puede convertirse en la batalla más sangrienta de la guerra.
—Pero juntos estaremos a salvo, Manfred.
No quería verle asustado, y ahora se daba cuenta de que lo estaba.
—Tal vez sí, y tal vez no. Pero no deseo correr ningún riesgo. Si algo llega a suceder, si cae la ciudad y es
ocupada, si algo me pasara a mí, quiero que tomes este coche y te marches. Ve tan lejos como puedas. —
Hablaba con férrea determinación, y un súbito horror se reflejó en los ojos de Ariana—. Y cuando no
puedas conducir más, abandónalo y empieza a caminar.
—Sin ti? ¿Estás loco? ¿Adónde iría?
—Dondequiera que puedas llegar. A la frontera más cercana. Quizá a Alsacia, y desde allí no te será
difícil llegar a Francia. Si es necesario, puedes decirles a los norteamericanos que eres alsaciana. Ellos no
sabrán apreciar la diferencia.
—¡Al diablo los norteamericanos, Manfred! ¿Y tú?
—Yo vendré y me reuniré contigo. Después de que haya arreglado las cosas aquí. Yo no puedo huir,
Ariana. Tengo un deber que cumplir. A pesar de todo..., soy un oficial.
Pero ella sacudió la cabeza enérgicamente, y acto seguido extendió los brazos y le estrechó en ellos con
más fuerza que antes.
—No te abandonaré, Manfred. Jamás. Aunque me maten, aunque todo Berlín se derrumbe a mi alrededor,
jamás me separaré de ti. Permaneceré a tu lado hasta el fin, y que se nos lleven juntos.
—No seas tan dramática.
Le palmeó suavemente la espalda y la apretó contra sí. Sabía que lo que le estaba diciendo la asustaba,
pero tenía que decírselo. Habían transcurrido tres meses desde Navidad, y la situación había empeorado
considerablemente. Los británicos y los canadienses habían llegado al Rin, y los norteamericanos se
encontraban en Arbrucken.
—Pero puesto que estás tan decidida a no dejarme... —Le sonrió, pues había resuelto seguir el consejo de
Johann; era posible que ello contribuyera a su seguridad, y por esa razón había decidido no perder más
tiempo—. Puesto que es usted tan sumamente testaruda, jovencita, y al parecer estamos condenados a
seguir unidos irremisiblemente, ¿le parece que podría convencerla de que se case conmigo?
—Ahora?
Ariana le miró, sobresaltada. Sabía cuán decidido estaba a esperar, pero cuando él hizo un gesto
afirmativo, sonriendo, ella también le sonrió. No quiso buscar otra razón que no fuera la que descubría en
sus ojos.
—Sí, ahora. Estoy. harto de posponer el momento de hacerte mi esposa.
—Viva! —Le abrazó de nuevo fuertemente y en seguida se separó de él, con la cabeza echada hacia atrás,
los ojos brillantes como los de una niña y una amplia sonrisa en los labios—. ¿Podremos tener un hijo en
seguida?
Pero esta vez Manfred no pudo contener la risa.
—Oh, Ariana, querida..., ¿no te parece que eso podría esperar unos pocos meses, hasta que termine la
guerra? O acaso crees que para entonces seré demasiado viejo? ¿Es por eso que tienes tanta prisa, mi
pequeña?
Manfred le sonreía dulcemente, y ella le devolvió la sonrisa y denegó con la cabeza.
—Tú nunca serás demasiado viejo, Manfred, nunca. —Y entonces, estrechándole fuertemente entre sus
brazos de nuevo, cerró los ojos y agregó—: Siempre te amaré, amor mío, por el resto de mi vida.
—Yo también te amaré siempre.
Al pronunciar aquellas palabras, Manfred rogó que pudieran sobrevivir a todo lo que les tenía reservado
el futuro.
CAPITULO 23
AL CABO DE DIEZ DÍAS, el primer sábado de abril, Ariana avanzó lentamente por el pasillo central de
la pequeña Maria Regina Kirche, a corta distancia de la Kurfürstendamm, del brazo de Manfred Robert
von Tripp. No tenía quien la llevara hasta el pie del altar; no había damas de honor ni madrina de boda.
Estaban ellos solos y Johann, que había ido a presenciar la ceremonia.
Mientras caminaban por el pasillo de la bonita iglesia hacia el anciano sacerdote que les esperaba en el
altar, Manfred sentía la ligera presión de la mano de Ariana en su brazo. Ella llevaba un sencillo vestido
blanco con amplias hombreras que hacía resaltar su delicada figura. Los dorados cabellos, recogidos en
un bucle, enmarcaban su rostro, cubierto por un fino velo que ella había sujetado hábilmente en la parte
posterior del bucle. Estaba más hermosa que nunca. Milagrosamente, Manfred había conseguido un
pequeño ramo de gardenias blancas; Ariana llevaba dos en la solapa y una en el pelo. Además, aquel día
tan especial se había puesto la preciosa sortija con sello de diamantes de su madre en la mano derecha, así
como el anillo de compromiso que Manfred le había regalado en la izquierda.
El anillo de boda, que él había comprado en la joyería de Louis Werner, era un delgado aro de oro. Al
término de la ceremonia, Manfred se lo puso en el dedo y la besó, experimentando una profunda
sensación de alivio. Ya estaba hecho. Ariana era ahora frau Maníred Robert von Tripp, y cualquiera que
fuese la suerte que le esperase a Berlín, ello le brindaría una cierta protección. Sólo ahora, cuando todo
había concluido, Manfred pensó en su primera esposa, Marianna, que cuando se casaron parecía mucho
mayor y más fuerte que aquella frágil niña. Pero hubiese dicho que aquello formaba parte de otra vida.
Ahora se sentía unido a Ariana como no lo había estado a nadie, y al mirarla a los ojos pudo ver que ella
sentía lo mismo.
—Te amo, querida —le dijo él con voz queda cuando volvían al
Ariana se volvió hacia él con una sonrisa que le iluminaba la cara von una luz interior, y se dio cuenta de
que nunca habían sido tan felices como en aquel momento. Después de despedirse de Johann, %C
dirigieron a la Kurfürstendamm, que recorrieron en dirección al restaurante al que Manfred había
prometido llevarla en su «luna de miel» antes de regresar a casa. Ariana miró hacia atrás por encima del
hombro, para contemplar una vez más la iglesia, justo en el momento en que llegaban a la
Kurfürstendamm y doblaban. Entonces se produjo una ensordecedora explosión, y Ariana se aferró con
desesperación y presa del terror al brazo de Manfred. Se volvió a tiempo de ver saltar en pedazos la
iglesia a sus espaldas, y Manfred apretó el acelerador a fondo, al tiempo que le gritaba que se echara
sobre el piso del vehículo, para que si los cascotes de otros edificios rompían el parabrisas, ella no
sufriera heridas en la cara.
—Quédate agachada, Ariana!
Conducía de prisa y maniobraba desesperadamente con el fin de esquivar a los peatones y los vehículos
de los bomberos con que se cruzaban. Al principio, Ariana estaba demasiado aturdida para e accionar, i
pero luego, al comprender que habían escapado a la muerte por unos pocos minutos, comenzó a llorar
quedamente. Sin embargo, Manfred no se detuvo hasta que se encontraron cerca de Charlottenburg. Y en
cuanto lo hizo, se inclinó y la atrajo suavemente hacia sus brazos.
—Oh, querida, lo siento...
—Manfred..., pudimos..., esa iglesia.
Ariana sollozaba histéricamente.
—Cálmate, amor mío, ya pasó... Ya pasó, Ariana.
—Pero, ¿y Johann? Crees que...
—Estoy seguro de que ya se hallaba tan lejos como nosotros cuando cayó la bomba.
Pero interiormente no estaba tan seguro como le hizo creer. Y
Cuando al cabo de unos instantes prosiguieron la marcha, sintió que se apoderaba de él un gran cansancio.
¡Estaba tan desesperadamente harto de aquella guerra! Todas las personas amadas, todos los lugares
queridos, todos los hogares y monumentos y ciudades, todo parecía destinado a desaparecer.
Hicieron el resto del camino hasta su casa en silencio. Ariana permanecía callada y temblorosa junto a él,
con su velo y el bonito vestido blanco, mientras las gardenias despedían su exótica fragancia. Manfred se
dijo que el perfume de las gardenias siempre le recordaría aquella noche, la noche de su boda, la noche
que escaparon a una muerte segura. Súbitamente sintió deseos de llorar, de alivio, de fatiga, de terror y de
preocupación por aquella menuda y bella mujer que acababa de hacer suya. Pero se limitó a abrazarla
fuertemente, la tomó en brazos, entró en la casa y la subió a su habitación, donde esta vez, pensando sólo
en ellos, abandonaron toda ansiedad, toda preocupación, toda reserva y toda precaución, y se fundieron en
un solo ser.
CAPITULO 24
—¿ Has VISTO A JOHANN? —le preguntó Ariana a Manfred con expresión preocupada, en cuanto
éste volvió de la oficina al día siguiente.
—Sí, está bien —respondió él secamente, temiendo que ella descubriese que mentía.
En realidad, Johann había muerto frente a la iglesia la noche anterior. Manfred había permanecido
sentado y temblando en su despacho durante una hora, sin poder aceptar la muerte de otro ser querido.
Lanzando un suspiro, se dejó caer en su butaca preferida.
—Ariana, quiero hablarte de algo muy serio.
Ella sintió la tentación de bromear con él, para borrar de sus ojos aquella terrible y grave expresión que
los ensombrecía, pero al mirarle se dio cuenta de que no era oportuno. La vida en Berlín se había hecho
muy tensa últimamente. Se sentó en silencio y le miró fijo a los ojos.
—¿ De qué se trata, Manfred?
—Quiero dejar establecido un plan para ti, con el fin de que sepas qué hacer en el caso de que suceda algo
terrible. Quiero que de ahora en adelante estés preparada en todo momento. Ariana..., hablo en serio,
debes hacerme caso.
Ella asintió con la cabeza.
—Está bien, lo haré.
Extrajo una libreta y anotó cuidadosamente un nombre en una
—Ya sabes en qué lugar del dormitorio guardo el dinero y el revólver. Si llega a suceder algo, quiero que
lo tomes todo junto con la sortija de tu madre y que huyas.
—,Que huya a dónde?
Por un instante, ella pareció confundida.
—Hacia la frontera..., en el Volkswagen hay un mapa. Y quiero que siempre mantengas el depósito del
coche lleno de gasolina. En el garaje tengo una lata de reserva. Llena con ella el depósito antes de partir.
Ella hizo un gesto de asentimiento, detestando sus instrucciones y explicaciones. No tenía intención de
irse a ninguna parte. Jamás se separaría de él.
—Pero cómo crees que puedo ser capaz de hacer una cosa semejante? ¿Crees que cogeré el coche y te
dejaré aquí, Manfred?
Era ridículo sugerirlo, pues era algo que ella no haría jamás.
—Ariana, tal vez debas hacerlo. Si tu vida corre peligro, quiero que te marches. No tienes idea de lo que
será esta ciudad si la invaden las tropas aliadas. Habrá actos de pillaje, saqueos, asesinatos, violaciones...
—Hablas como si estuviéramos en los siglos tenebrosos de la Edad Media.
—Ariana, ésta será la época más tenebrosa que el país haya conocido nunca, y si por alguna razón no
puedo volver a tu lado te encontrarás completamente desamparada aquí. Yo puedo quedar atrapado en el
Reichstag, por ejemplo, durante semanas... o por varios días, en el mejor de los casos.
¿ Y crees realmente que me dejarán salir del país, en ese ridículo coche, con la sortija de mi madre y tu
revólver? ¡Manfred, tú estás loco!
—Tú debes estar loca, maldita sea! ¡Escúchame! Quiero que llegues lo más lejos que puedas con el coche
y que luego lo dejes abandonado. Entonces, corre, camina, arrástrate, roba una bicicleta, ocúltate entre los
arbustos, pero sal de esta condenada Alemania. Los aliados ya se encuentran al oeste de Berlín, en toda la
extensión hasta la frontera francesa, y pienso que en Francia estarás a salvo. Podrás llegar allí a través de
las líneas aliadas. No creo que te sea posible en estos momentos llegar a Suiza, Ariana. Quiero que trates
de llegar hasta París.
—Hasta París? —Ariana se quedó pasmada—. Pero París está a mil kilómetros de distancia, Manfred.
—Lo sé. Y no importa cuánto tiempo tardes en llegar allí, sino que tienes que llegar. En París tengo un
amigo, un compañero de escuela.
.
¿Qué te hace pensar que aún sigue allí?
--Según las noticias que me han llegado en el curso de los pasados seis años, me atrevería a decir que no
se ha movido de París. Cuando era niño tuvo poliomielitis, lo cual le salvó de ser movilizado por nuestro
ejército y por el suyo. Es secretario de cultura en l'4lrís, y ha llevado de cabeza a nuestros funcionarios.
—,Crees que está en la Resistencia? —inquirió Ariana, intrigada.
—Conociendo a Jean-Pierre, diría que existe esa posibilidad. Pero en ese caso es lo bastante listo como
para tener discreción. Ariana, si hay alguien que pueda ayudarte, ese alguien es Jean Pierre. Y sé que te
mantendrá a salvo hasta que yo pueda reunirme conmigo. Quédate en París si él te lo aconseja, o ve donde
él crea que debes ir. Confío en él con toda mi alma. —La miró con grave expresión—. Lo que quiere
decir que puedo confiarte a él.
Le dio el papel donde había escrito el nombre: Jean-Pierre de Saint Mame.
—¿ Y luego qué?
Parecía compungida mientras doblaba la nota, pero comenzaba preguntarse si Manfred no tendría razón.
—Espera. No será por mucho tiempo. —Le sonrió dulcemente—. Te lo prometo. —Y entonces sus
facciones se endurecieron de nuevo—. Pero a partir de este momento quiero que estés siempre preparada.
El revólver, los anillos, el dinero, la dirección de Saint Mame, ropa de abrigo, comida suficiente para
llevarte y el depósito del coche lleno de combustible.
—Sí, mi teniente.
Ariana sonrió ligeramente y le saludó, pero él no le devolvió la sonrisa.
—Espero que nunca lo necesitemos, Ariana.
Ella asintió con la cabeza, al tiempo que se desvanecía su sonrisa y le miraba fijamente.
—Yo también. —Y al cabo de un instante, añadió—: Después de la guerra, quiero tratar de encontrar a mi
hermano.
El tiempo y la distancia le habían hecho comprender lo arriesgado que debió de ser todo para Walmar,
pero le parecía que Gerard pudo tener una posibilidad de escapar y seguía creyendo que estaba sano y
salvo.
Manfred movió la cabeza dando a entender que compartía su deseo.
—Haremos cuanto nos sea posible.
Pasaron el resto de la velada en casa, y al día siguiente salieron a dar un largo paseo por la desierta playa
del Strandbad en Grosser Wannsee, que en verano era una de las más concurridas. Pero ahora, mientras
Manfred y Ariana caminaban por la arena, estaba solitaria y vacía.
—Tal vez el próximo verano todo habrá terminado y podremos venir aquí a descansar.
Ariana le miró esperanzada, mientras él se agachaba a recoger una concha. Se la dio tras un momento de
vacilación, y ella la acarició lentamente con sus dedos. Era suave y muy bonita, y tenía el mismo color
azul grisáceo de sus ojos.
—Tengo la esperanza de que podremos hacerlo.
Manfred sonrió mientras su mirada vagaba por encima del agua.
—,Podremos ir a tu schloss?
El pareció encontrar divertida la expresión prosaica que vio en sus ojos.
—Suponiendo que lo haya recuperado. ¿Te gustaría?
Ella hizo un gesto de asentimiento.
—Muchísimo.
—Bien. Entonces iremos allí también.
Su conversación se estaba convirtiendo en una especie de juego, como si pudiesen precipitar el fin de la
guerra y el comienzo de una nueva vida por el mero hecho de querer despertar de aquella pesadilla y
hablar de lo que harían «después».
A la mañana siguiente, tal como se lo había prometido a Manfred antes de que él se fuera a trabajar,
Ariana juntó todas las cosas que le había dicho que tuviese preparadas —el revólver, los anillos de su
madre ocultos en su escondite, alimentos, dinero y la dirección de su amigo francés— y salió a comprobar
que el depósito del coche estuviera lleno. Cuando salió de la casa, pudo oír a lo lejos
—pero no a mucha distancia— el rugir de los cañones. Aquella tarde las bombas cayeron más hacia el
centro de la ciudad. Manfred regresó temprano. Como era su costumbre durante los bombardeos, ella le
esperaba en el sótano con una radio y un libro.
—Qué sucedió? Dijeron por la radio...
—No hagas caso de lo que digan por la radio. ¿Estás preparada, Ariana?
Ella asintió, espantada.
—Sí.
—Esta noche tengo que volver al Reichstag. Quieren que todos los hombres disponibles se encuentren allí
para defender el edificio. No sé cuándo estaré de vuelta. Ahora tienes que portarte como una
Mujercita. Quédate aquí, pero si ocupan la ciudad recuerda todo lo que te dije.
<Cómo lograré huir si ocupan la ciudad?
l)dejarán salir a los evacuados, sobre todo a las mujeres y los timos. Siempre lo hacen.
tú?
Me reuniré contigo cuando todo haya terminado.
Pero entonces, echando una ojeada al reloj, subió a buscar algunas de sus cosas y luego volvió a bajar
muy lentamente.
-Tengo que irme.
Se abrazaron en silencio durante un momento que parecía no tener fin, y Ariana quiso rogarle que no se
fuera. Al diablo con Hitler,, el ejército, el Reichstag y todo lo demás. Ella sólo deseaba que se quedara allí
con ella, donde ambos estarían a salvo.
—Manfred...
Por el pánico que traducía su voz, él imaginó lo que seguiría. La hizo callar con un largo y tierno beso y
luego meneó la cabeza.
—No digas nada, amor mío. Ahora tengo que irme, pero regresaré pronto.
Había lágrimas en los ojos de Ariana cuando salieron y ella se quedó junto al Mercedes. Manfred se
volvió y le enjugó suavemente con la mano las que se deslizaban por sus mejillas.
-—No llores, amor mío. Estaré bien, te lo prometo.
Ella le echó los brazos al cuello.
—Si algo te pasara, Manfred, me moriría.
----Nada me pasará, te lo prometo. —Y entonces, sonriéndole a pesar de su propio dolor, se quitó el sello
del dedo, lo colocó en la palma de la mano de Ariana y le cerró los dedos con los suyos-. Guárdamelo
hasta que vuelva.
Ella le sonrió con dulzura, y se besaron largamente antes de que Manfred subiera al auto, diera marcha
atrás y partiese hacia el Reichstag en Berlín.
Día tras día, Ariana escuchó los boletines de noticias por la indio, acerca de los combates que se libraban
en las calles de Berlín. 1 .n noche del 26 de abril supo que todos los sectores de la ciudad estaban
afectados, Grunewald al igual que Wannsee. Por su parte no había salido del sótano en varios días. Había
oído disparos y explosiones por los alrededores y por ello no se atrevió a subir a la planta principal. Sabía
que los rusos estaban avanzando por la Schonhouserallee hacia la Stargarderstrasse, pero lo que ignoraba
era que en todo Berlín había gente que como ella se encontraba encerrada en los sótanos, la mayoría
desprovista de alimentos, agua o aire. No se habían tomado medidas para evacuar la ciudad. Incluso los
niños estaban condenados a correr la misma suerte que sus padres, atrapados como ratas, a la espera de
que todo. terminara. Y lo que nadie sabía era que el Alto Mando ya había huido de Berlín.
En la noche del primero de mayo se anunció por radio la muerte de Hitler, noticia que la población
escuchó con sombría estupefacción, y mientras todos aguardaban en oscuros refugios, sótanos y bodegas,
la batalla se tornaba más encarnizada y la ciudad ardía por los cuatro costados. Los aliados incrementaron
al máximo el fuego de sus baterías. Después de ser anunciada la muerte de Hitler, la radio comenzó a
transmitir música de Wagner y la Séptima Sinfonía de Bruckner, cuyas notas invadieron el sótano donde
se encontraba Ariana. Le resultó extraño escuchar aquellas notas mezcladas con las detonaciones de las
armas de fuego y las explosiones de las bombas, mientras recordaba la última vez que había oído aquella
sinfonía,' con Gerard y su padre, en el Teatro de la Ópera varios años atrás. Y ahora estaba allí sentada,
esperando que todo terminara, preguntándose dónde estaría Manfred, en qué lugar de aquel holocausto en
que se había convertido Berlín. Más tarde, esa misma noche, supo que el matrimonio Goebbels se había
suicidado después de envenenar a sus seis hijos.
El dos de mayo oyó la noticia del cese del fuego dada por la radio en tres idiomas. No la comprendió en
ruso y le pareció irreal en alemán, pero cuando una voz con acento norteamericano anunció en imperfecto
alemán que todo había terminado, entonces lo entendió. Sin embargo, aquellas palabras seguían sin tener
sentido para ella, puesto que aún se oían las explosiones de los obuses a lo lejos, y en Wannsee la lucha
proseguía con todo su vigor. Los cielos ahora estaban en silencio; la batalla se libraba a ras del suelo,
mientras los saqueadores atacaban las casas de los alrededores, aunque en el corazón de la ciudad los
berlineses habían abandonado sus hogares. En Wannsee, sin embargo, se prolongó durante tres días más,
y luego reinó un imponente silencio al tiempo que todo pareció detenerse. Por primera vez en muchas
semanas no se oyó ruido alguno, salvo algún grito ocasional, que era seguido de nuevo por el silencio.
Ariana permaneció inmóvil, aguardando, escuchando, sola en la casa, mientras el sol asomaba en la
sobrecogedora quietud del día cinco de mayo.
En cuanto hubo amanecido, Ariana resolvió salir en busca de Manfred. Si los aliados habían tomado la
ciudad, ella tenía que saber dónde estaba su esposo. Ahora ya no tenía que defender el Reichstag, pues ya
no había ningún Reich que defender.
Por primera vez en varios días subió de nuevo a su habitación y se puso una falda gruesa y fea, medias de
lana y sus viejos zapatos de recia factura. Se enfundó en un suéter y cogió una chaqueta, en uno de cuyos
bolsillos metió el revólver de Manfred y lo cubrió con un guante. No hizo ningún otro preparativo. Sólo
iba a buscar a Manfred, y si no le encontraba volvería a la casa y esperaría. Unos instantes más tarde, al
encontrarse en la calle por vez primera después de lo que le parecía un siglo, aspiró profundamente y
enseguida percibió un acre olor de humo. Se introdujo en el Volkswagen sin ser vista por nadie, dio
vuelta a la llave del contacto y apretó el acelerador.
Le llevó sólo veinte minutos llegar al centro de la ciudad, y una vez allí se le cortó la respiración ante el
espectáculo que se ofrecía a sus ojos. Las calles estaban sembradas de montones de escombros y desechos;
no había forma de seguir adelante. A primera vista parecía que no quedaba nada en pie. Al mirar con más
detenimiento, podía comprobarse que aún se alzaban algunos edificios, aunque ninguno había salido
indemne de la batalla que se había librado durante tantos días. Ariana miraba a su alrededor sin poder dar
crédito a lo que veían sus ojos, hasta que por fin comprendió que era inútil tratar de avanzar con el coche
a través de las ruinas. Conduciendo lentamente el vehículo marcha atrás, dobló en un callejón lateral y
procuró dejarlo lo más oculto posible. Guardó, las llaves en el bolsillo, palpó el arma para asegurarse de
que seguía en su lugar, se ciñó el pañuelo del cuello y se apeó. Su idea fija era que tenía que encontrar a
Manfred.
Pero todo lo que vio mientras se dirigía hacia el Reichstag fueron grupos de soldados británicos y
norteamericanos que marchaban a buen paso, y aquí y allá pequeños grupos aislados de berlineses
curiosos que les miraban pasar desde el umbral de sus casas o que se apresuraban a abandonar la ciudad
sin saber lo que les depararía el futuro. Y sólo mucho más tarde, cuando ya se aproximaba al Reichstag,
pudo ver hombres con el uniforme alemán. Estaban apiñados, mugrientos, exhaustos, esperando los
autobuses que los llevarían custodiados por los norteamericanos que ahora les vigilaban, apuntándoles
con las armas, pero con el mismo aire fatigado e igualmente cubiertos de suciedad. Mientras Ariana les
observaba y caminaba dificultosamente por las destrozadas aceras, se iba dando cuenta con todo su dolor
de cuán horrible había sido la lucha. De modo que eso era lo que le había sobrevenido a su país, eso era lo
que los nazis les habían traído a fin de cuentas. Más de cinco mil soldados habían tratado de defender el
Reichstag y la mitad de ellos
habían muerto. Cuando se detuvo, sin saber hacia dónde encaminar sus pasos, pasó ante ella un segundo
grupo de soldados con uniforme alemán. Ariana lanzó una exclamación al reconocer a Hildebrand, con un
ojo amoratado e hinchado, la cabeza sangrando a través del vendaje, el uniforme hecho trizas y una
mirada vacía en sus ojos. Seguramente Hildebrand sabría dónde estaba Manfred. De inmediato fue
detenida en su avance por dos soldados norteamericanos que cruzaron sus armas para cerrarle el paso. Les
habló, implorante, en alemán, pero en seguida comprendió que no lograría conmoverlos. Llamó a
Hildebrand, gritando repetidas veces su nombre, hasta que él se volvió.
—,Dónde está Manfred? Hildebrand..., Hildebrand..., ¡Hildebrand! ¿Dónde está...?
Los ojos del oficial se desviaron hacia su izquierda, y cuando Ariana siguió la dirección de su mirada
quedó aturdida por lo que vio. Un montón de cadáveres mutilados aguardaban que los camiones los
sacaran de allí. Los uniformes estaban tan destrozados que eran irreconocibles como tales, y las caras
estaban contraídas por el rictus de la muerte. Ariana se acercó lentamente a ellos, y entonces, como
atraída por una fuerza magnética, su mirada descubrió el conocido rostro de inmediato.
Reaccionó emocionalmente antes que por dictado de la razón:
se quedó clavada en el suelo, sin poder creer lo que veía, con la boca abierta, como para proferir un grito
que no llegó a brotar. Ni siquiera el soldado norteamericano se atrevió a impedir que se acercara a él.
Ariana se arrodilló junto a Manfred y le limpió la cara con un pañuelo.
Permaneció junto a él durante casi una hora, hasta que súbitamente, horrorizada, tuvo noción de la
realidad y, después de besar sus párpados cerrados, le acarició la cara y se alejó corriendo de allí. Corrió
tan aprisa como se lo permitieron sus fuerzas hasta el callejón donde había dejado el pequeño automóvil.
Y cuando llegó allí, descubrió que ya estaba ocupado por dos hombres que intentaban ponerlo en marcha
sin la llave. Entrecerrando los ojos y con voz temblorosa, Ariana extrajo el revólver y amenazó a sus
conciudadanos, que se alejaron prestamente del coche. Sin decir una palabra más, Ariana subió, cerró las
portezuelas, sin dejar de apuntarles con el arma que sostenía en una mano, mientras con la otra ponía el
motor en marcha. Y luego, acelerando a fondo, salió del callejón y se alejó por la avenida.
Ahora ya no tenía nada que perder..., nada por qué vivir..., y mientras circulaba por las calles de Berlín
podía ver a los saqueado- res: algunos eran civiles o soldados alemanes, otros eran rusos. Su ciudad sería
arrasada de nuevo sobre las cenizas. Y si a ella la mataban, que la matasen, pues ya nada le importaba.
Pero le había prometido a Manfred que intentaría ponerse a salvo. Y en cumplimiento de esa promesa,
trataría de salir del país.
Regresó a Wannsee a toda velocidad, y en seguida metió en el coche todas las cosas que tenía preparadas.
Unas patatas hervidas, un poco de pan y carne estofada. Y luego cogió el paquete de dinero, la dirección
del francés y el libro que contenía las dos sortijas. El anillo de compromiso que le había regalado Manfred
se lo dejó en el dedo —que alguien probara a quitárselo!— junto con el aro de oro y el sello de su esposo.
No vacilaría en matar a quien tratara de robárselos. Con una dura expresión en la mirada y la boca
firmemente cerrada, puso el arma en su regazo y giró de nuevo la llave del contacto del coche; y luego,
mirando por encima del hombro, dirigió una última mirada a la casa donde Manfred le había brindado
refugio aquella primera vez, y se apoderó de su corazón una gran angustia, que se tradujo en una serie de
sollozos incontenibles. El ya no estaba, el hombre que la había salvado se había ido para siempre. El dolor
que la embargó ante ese pensamiento fue tan insoportable que Ariana se sintió morir. Había guardado
entre sus papeles la única carta que Manfred le había escrito, una carta de amor llena de ternura y de
promesas, redactada después de la primera vez que hicieron el amor. Y también había guardado algunas
fotografías: las que le sacaron en el Teatro de la Opera, durante la primera recepción a la que asistieron
juntos, alguna otra del baile en el Palacio Real, unas cuantas del Tiergarten y además las de los hijos y la
ex esposa de Manfred. Ariana no quiso que otros ojos que no fuesen los suyos pudiesen ver aquellas
fotografías. Eran suyas, como lo sería Manfred por el resto de su vida.
CAPITULO 25
ARIANA ABANDONÓ LA CIUDAD en dirección al oeste, junto con millares de personas que
marchaban a pie, en bicicleta y en algunos casos en coche. Los aliados nada hacían para evitar que las
mujeres, los niños y los ancianos salieran de la ciudad como ratas asustadas. Ariana no podía soportar la
congoja que le causaba lo que veía, y una y otra vez se detenía para echar una mano a alguien, hasta que
comprendió que no podía pararse más. Cada vez que lo hacía, trataban de quitarle el coche, y sólo por fin
accedió a llevar a dos mujeres de avanzada edad, que se mostraron agradecidas y poco habladoras. Vivían
en Dahlem y todo cuanto deseaban era salir de la ciudad. La tienda que poseían en la Kurfürstendamm
había sido destruida en las primeras horas de la mañana, sus maridos estaban muertos y ahora ellas temían
por sus vidas.
—Los norteamericanos nos matarán a todos, fraulein —le dijo la mayor de las dos, llorando.
Ariana no lo creía así, pero estaba demasiado cansada para discutir con ellas. Además estaba tan
angustiada que ni siquiera tenía deseos de hablar. Pero comprendía que si los norteamericanos hubiesen
querido matarles no les faltaba oportunidad, pues las carreteras estaban atestadas de gente que huía. Ello
obligaba a Ariana a conducir con lentitud, hasta que por fin logró desviarse por un camino lateral. Y así
consiguió llegar hasta Kassel, a unos trescientos
Cincuenta kilómetros de Berlín, donde finalmente se quedó sin combustible.
Hacía tiempo que había dejado a sus pasajeras en Kalbe, donde tenían unos primos que las recibieron con
lágrimas en los ojos y los brazos abiertos. Mientras Ariana contemplaba la escena, sintió una punzada de
envidia. A diferencia de aquellas ancianas, ella no tenía a nadie en el mundo. Y después que las hubo
dejado, siguió conduciendo encerrada en sus pensamientos hasta que el automóvil fue aminorando la
marcha y se detuvo con una brusca sacudida. La lata de repuesto estaba vacía. Había llegado a mitad de
camino de Berlín a Saarbrücken, la ciudad al norte de Estrasburgo, por donde Manfred deseaba que
Ariana tratara de cruzar a Francia. Pero para llegar allí aún tenía que recorrer otros trescientos cincuenta
kilómetros. Se quedó un momento pensando en la oleada de gente que escapaba de Berlín. Ahora ella no
era más que otro rostro entre tantos millares, vagando sin rumbo, sin amigos ni bienes, y sin un lugar
adonde ir. Conteniendo las lágrimas mientras miraba por encima del hombro el pequeño coche gris, con
el que perdía la seguridad que le había brindado, apretó con fuerza los bultos que llevaba y emprendió el
largo camino hacia Francia.
Le llevó dos días salvar a pie los sesenta kilómetros que la separaban de Marburg, y desde allí un viejo
médico rural la llevó en su coche a Mainz. Durante las tres horas de viaje, fue muy poco lo que
conversaron. Recorrieron unos ciento treinta kilómetros y, cuando llegaron a Mainz, el médico la miró
compasivamente y se ofreció a llevarla hasta Neunkirchen; después de todo, le quedaba por el camino.
Ella aceptó gustosa, pues la cabeza le daba vueltas por la falta de descanso.
En Neunkirchen, Ariana le dio las gracias, mirándole sin verle y sintiendo el deseo de agregar algo más,
pero durante las interminables horas que había pasado conduciendo, luego caminando y finalmente
viajando con él, algo parecía haber arraigado en su interior; una sensación de pérdida, de esperanzas
malogradas, de profunda desesperación. Ni siquiera sabía muy bien por qué huía, salvo por el hecho de
que Manfred se lo había pedido y ella era una esposa obediente. El le había dicho que fuera a París, y así
lo haría. Tal vez el amigo de París conocería las respuestas; tal vez él le diría que lo que había visto tres
días antes bajo las primeras luces del alba era un espejismo. Tal vez Manfred estaría en París, esperando
que ella llegara.
—¿Fraúlein?
El anciano médico había observado el anillo, pero le resultaba
Difícil creer que estuviera realmente casada. ¡Parecía tan joven! Quizá lo llevaba como medida de
protección. Ello no quería decir que fuese a protegerla de los soldados ni que. lo precisara para protegerse
de él. Le sonrió tiernamente mientras ella cogía su pequeño paquete del asiento.
—Gracias, señor.
Se quedó mirándole durante un largo rato, como ensimismada.
—¿ Estará usted bien? —Ella hizo un gesto de asentimiento a modo de respuesta—. Dentro de unos días
tengo que volver a Marburg. ¿Quiere que la lleve conmigo?
Pero Ariana no iba a volver atrás. Para ella, el viaje sólo tenía una dirección, y en sus ojos se reflejaba la
tragedia de las despedidas definitivas. Sacudió la cabeza lentamente.
—Voy a quedarme con mi madre. Gracias.
No quiso confesarle que estaba tratando de salir del país. Ahora no confiaba en nadie. Ni siquiera en
aquel viejo.
—Bitte.
Ariana le estrechó la mano cortésmente, se separó del vehículo y el médico partió. Ahora todo lo que ella
tenía que hacer era caminar treinta kilómetros hasta Saarbrücken, y luego otros dieciocho kilómetros más
hasta la frontera francesa, y ya estaría a salvo. Pero esta vez no encontró a ningún viejo que la llevara en
su auto, y tardó tres largos días en recorrer aquella distancia. Le dolían las piernas, estaba cansada y tenía
hambre y frío. El primer día ya se había quedado sin comida. En dos oportunidades se había cruzado con
campesinos que la miraron asustados; uno de ellos le dio un par de manzanas, el otro se limitó a menear la
cabeza. Pero finalmente llegó a la frontera; habían transcurrido seis días desde que iniciara el viaje. Lo
había logrado..., logrado..., logrado... Todo lo que le restaba hacer era arrastrarse a través de la alambrada
y estaría en Francia. Lo hizo lentamente, con el corazón agitado, temiendo que alguien la descubriera y la
matara de un tiro allí mismo. Pero parecía que la guerra realmente había terminado; a nadie le importaba
que una sucia y derrengada muchacha cruzara la alambrada de púas, arañándose la cara, los brazos y el
cuerpo con ellas. Miró a su alrededor y, antes de dejarse caer al suelo para descansar, musitó:
—Bienvenida a Francia.
Se despertó al cabo de seis horas, al son del repicar de las campanas de una iglesia, con el cuerpo dolorido
y tremendamente entumecido. Porque la joven que. Había vivido bajo el ala protectora de su padre en
Grunewald y luego bajo la protección de Manfred durante los últimos ocho meses, no estaba preparada
para soportar un
Esfuerzo semejante. Comenzó a caminar de nuevo y al cabo de media hora cayó desmayada en medio del
camino. Una vieja mujer la encontró dos horas más tarde y pensó que estaba muerta. Sólo un ligero aleteo
debajo del suéter, pues su corazón latía aún levemente, hizo nacer una esperanza en la mujer, que corrió
hasta su casa en busca de su nuera y entre ambas la llevaron hasta el interior. La tocaron, la palmearon y
la incorporaron, y cuando por fin ella despertó, vomitó violentamente. Durante los dos días siguientes
tuvo mucha fiebre. Por momentos pensaron que se moriría en sus brazos. Todo lo que la vieja sabía
acerca de la joven era que procedía de Alemania, pues había encontrado el arma alemana y los
Reichsmarks entre los billetes que llevaba. Pero la vieja no sintió aversión por ella; su propio hijo había
ido a trabajar para los nazis en Vichy cuatro años atrás. En tiempo de guerra, hacía uno lo que tenía que
hacer, y si aquella muchacha se veía obligada a escapar ahora, ella estaba dispuesta a ayudarla. La guerra
había terminado, después de todo. La cuidaron durante dos días más, mientras ella seguía acostada y
vomitando, hasta que por último insistió en que ya se sentía bien como para proseguir su camino. Les
hablaba en su propia lengua y, a juzgar por su acento culto y el dominio del francés, igual podía ser de
Estrasburgo como de Berlín.
La vieja la miró con aire juicioso.
—Tiene que ir muy lejos?
—Hasta París.
—París está a más de trescientos cincuenta kilómetros. No puede recorrer esa distancia caminando, ¿sabe?
No en su estado.
Ariana ya daba muestras de desnutrición y era de suponer que se había dado algún golpe al caer, pues de
no haber sido así no habría vomitado de una manera tan violenta ni le habrían dolido tanto los ojos
después. Y además, desde el comienzo del viaje, parecía haber envejecido diez años.
—Lo intentaré. Siempre habrá alguien que quiera llevarme.
—¿ En qué? Los alemanes se apoderaron de todos nuestros coches y camiones, y los que no se llevaron
ellos nos los quitaron los norteamericanos. Hay un destacamento en Nancy y ya han recorrido esta región
con el fin de incautarse de más vehículos.
Sin embargo, su nuera le recordó que el viejo cura del pueblo saldría hacia Metz al caer la noche. Tenía
un caballo que utilizaba para desplazarse de un lado a otro. Y si Ariana tenía suerte, tal vez accedería a
llevarla. Resultó que Ariana tuvo suerte, y el cura la llevó con él.
Llegaron a Metz a la madrugada, y después de tantas horas de Cabalgar por la campiña Ariana volvió a
sentirse terriblemente enferma. Se sentía demasiado mareada para comer y demasiado mareada para
moverse, pero sin embargo tuvo que hacer ambas cosas. Desde Metz tenía que hacer otros setenta
kilómetros hasta Bar-leDuc. Volvió a ponerse en camino en seguida, a pie, rogando esta vez que pasara
alguien en un camión, y cuando ya llevaba recorridos los primeros siete kilómetros sus plegarias fueron
escuchadas, pues acertó a pasar un hombre con un carro tirado por un caballo. El hombre no era ni viejo
ni joven. No se mostró hostil ni amistoso. Ariana le hizo seña para que parase, le ofreció dinero francés y
se encaramó al carro. Viajó durante horas sentada junto al carretero, con el sol primaveral batiendo sobre
su cabeza; el hombre guardaba silencio a su lado y el caballo seguía avanzando con paso cansino. Al
ponerse el sol el hombre finalmente le detuvo.
—Ya llegamos a Bar-le-Duc?
Ariana le miró sorprendida, pero él meneó la cabeza firmemente.
—No, pero estoy cansado. Y el caballo también.
En realidad, ella también estaba exhausta, pero al mismo tiempo estaba ansiosa por proseguir.
—Descansaré un rato y luego continuaremos. ¿Le parece bien?
Ariana no tenía muchas alternativas al respecto. El carretero ya había extendido su chaqueta en el suelo y
se disponía a comer pan con queso. Lo devoró todo famélicamente, sin ofrecerle ni
una migaja a Ariana, que se sentía demasiado cansada y mareada como para probar bocado, y mucho
menos para quedarse a observar los groseros modales de aquel hombre. Se tendió sobre la hierba a cierta
distancia de él, apoyó la cabeza en su preciado paquete y cerró los ojos. La hierba le ofrecía un mullido y
cálido colchón, gracias al brillante sol de mayo que la había acariciado con sus rayos durante todo el día,
y sintió que se adormilaba vencida por el cansancio. Fue entonces cuando notó que el hombre le metía la
mano por debajo de la falda y tiraba de sus bragas, mientras ella, aturdida, se debatía fieramente y le
golpeaba la cara con ambas manos. Indiferente a la resistencia que la joven le oponía, el carretero trató de
dominarla con sus manos y el peso de su cuerpo. Y entonces ella notó que algo duro y caliente latía entre
sus piernas, pero antes de que consiguiera penetrarla se oyó un grito y un disparo al aire. El hombre se
echó hacia atrás, sobresaltado y, para su disgusto, quedó con el miembro al descubierto. Ariana se puso
rápidamente de pie y en seguida se tambaleó presa de un súbito mareo y casi se desplomó. Dos fuertes
manos la
Sostuvieron por los hombros y delicadamente la ayudaron a sentarse.
—¿ Está usted bien?
Ella agachó la cabeza e hizo un gesto de asentimiento, sin querer mirarle a la cara, y tampoco que él le
viese la suya. La voz del que la había salvado le hablaba en inglés, y Ariana comprendió que se
encontraba en manos de los norteamericanos. Pensando que ella no le entendía, le habló en un pésimo
francés. Ariana hizo un esfuerzo para no sonreírle cuando por fin levantó los ojos hacia él. Resultaba
curioso que hubiese creído que era francesa con tanta facilidad.
—Gracias.
El soldado tenía una afable expresión y una mata de suaves cabellos castaños, que asomaban en rizos por
debajo del casco, y a cierta distancia Ariana pudo ver a otros tres en un jeep.
—¿ La lastimó? —inquirió el joven con firmeza, y ella denegó con la cabeza.
Sin entrar en discusiones con el francés, el joven norteamericano del casco cerró el puño y le descargó un
directo en pleno rostro.
—Que le sirva de escarmiento.
Lo que le fastidiaba era que siempre se les acusaba de violar a las jóvenes del país ocupado, cuando en
realidad eran los muy hijos de perra quienes se encargaban de forzar a sus propias compatriotas. Y luego
bajó la vista hacia la menuda muchacha rubia, que ya se levantaba sacudiéndose unas hojas de hierba de
la dorada cabellera.
—¿ Necesita que la lleven a alguna parte?
—Sí. —Sonrió ligeramente—. A París.
Le parecía absurdo estar allí conversando con él.
—Se conforma con llegar a Chálons-sur-Marne? Se encuentra a unos ciento ochenta kilómetros de París,
y allí no será difícil encontrar a alguien que la lleve el resto del camino.
¿Era posible que la ayudase a llegar a París? Se quedó mirándole fijamente con lágrimas resbalándole por
las mejillas.
—Y bien? ¿Qué le parece? —La miraba con afabilidad y su sonrisa se ensanchó cuando ella asintió con la
cabeza—. Venga pues.
El francés aún se estaba sacudiendo el polvo cuando Ariana siguió al norteamericano hasta el jeep. Los
soldados eran jóvenes y bulliciosos, y parecían felices al bromear entre ellos, mientras observaban con
curiosidad a Ariana, que iba sentada muy apretada entre ellos, con ojos que parecían acariciar sus dorados
cabellos, las delicadas facciones, los tristes ojos, hasta que de pronto se encogían de hombros y seguían
charlando o entonaban una colorida canción.
El joven que la había salvado de las garras del francés llevaba el
nombre Henderson en el bolsillo de su mono de faena, y fue él
quien se encargó de convencer a otros dos soldados para que la
llevaran a París, una hora después de haber llegado a Chálons.
—Con ellos puede ir tranquila, señorita —le aseguró en su francés
chapurreado, y ella le tendió la mano.
—Gracias, señor.
—No hay de qué, madame.
Ariana se volvió para seguir a los dos soldados que se dirigían a
París en cumplimiento de una misión relacionada con dos coroneles
que, al parecer, se enviaban mutuamente mensajes por lo menos
tres veces al día. Pero no era en los coroneles en quien Henderson
estaba pensando. Pensaba en la expresión de desesperanza y desesperación
que había advertido en aquella pálida carita. Durante la
guerra había visto muchas veces aquella misma expresión. Y al
contemplar aquel rostro de hundidos ojos azules, de oscuras ojeras
y tensas facciones, comprendió algo más: que la chica estaba gravemente
enferma.
CAPITULO 26
Los DOS JÓVENES SOLDADOS norteamericanos le explicaron a
Ariana que ellos tenían que ir a la rue de la Pompe. ¿Sabía ella
adónde tenía que ir? Ariana extrajo el papel que Manfred le había
dado. Las señas eran de la rue de Varenne.
—Creo que queda en la Rive Gauche, pero no estoy seguro.
Resultó que así era, en efecto. París también mostraba las cicatrices de la guerra, pero de ninguna manera
causaba el efecto espantoso que producía Berlín. Más que daño por las bombas, París había sufrido a
manos de los alemanes, que habían tratado de apoderarse de todo cuanto tuviera valor artístico y enviarlo
a la Pinakothek de Berlín.
Un viejo que circulaba en bicicleta les explicó a los dos jóvenes soldados dónde estaba la calle que
Ariana buscaba y luego se ofreció gentilmente a conducirles hasta allí. Fue entonces cuando Ariana tuvo
su primera visión de París desde que lo visitara cuando era niña con su padre y su hermano, pero estaba
demasiado cansada para apreciar las vistas o siquiera la belleza de la ciudad. El Arc de Triomphe, la Place
de la Concorde, el Pont Alexandre III pasaron raudamente ante sus ojos. Pero ella se limitaba a
entornarlos, con la cabeza apoyada en el respaldo del asiento del jeep, escuchando las instrucciones que
gritaba el viejo de cuando en cuando y las palabras de agradecimiento del joven norteamericano sentado
al volante
Por fin llegaron a la dirección buscada, y Ariana abrió los ojos. Ahora no tenía otra alternativa que
descender, si bien hubiese preferido infinitamente quedarse a dormir en el asiento trasero del jeep. En
total, el viaje desde Berlín le había llevado nueve días completos, y ahora se encontraba en París, sin tener
idea de por qué había venido ni de cómo sería el hombre a quien iba a ver. Tal vez estaba muerto. Le
parecía que todo el mundo lo estaba. Y mientras aguardaba frente a la enorme puerta labrada, sintió
vehementemente deseos de regresar a la acogedora casita de Wannsee que ella y Manfred habían
compartido. Pero allí ya no había nada, tuvo que recordarse a sí misma. Nada en absoluto. Manfred ya no
existía.
— OUI, mademoiselle?
Una obesa anciana de blancos cabellos abrió la puerta principal, que daba acceso a un hermoso patio. Al
fondo podía verse un bonito hotel particulier del siglo XVIII y una breve escalinata de mármol.
—Vous désirez?
Las luces de la casa brillaban invitadoras en la oscuridad.
—Monsieur Jean-Pierre de Saint Mame —respondió Ariana en francés, y durante un prolongado instante
la mujer la miró de arriba abajo, como si no quisiera entenderla, pero ella insistió—: ¿Ha salido?
—No. —La mujer meneó la cabeza lentamente—. Pero la guerra ha terminado, mademoiselle. Ya no
tiene objeto molestar a monsieur de Saint Mame.
Estaba cansada de aquella gente que no dejaba de llamar y mendigar y suplicar desde hacía tanto tiempo.
Que recurriesen a los norteamericanos ahora. Llevarían a monsieur a la muerte con sus extenuantes
historias, sus miedos y sus emociones. ¿Por cuánto tiempo seguiría aún esta continua imposición?
¡Abusar del pobre hombre de esa manera! Ariana observaba la expresión de su cara y no lograba
comprender.
—Yo..., lo siento..., mi esposo y monsieur de Saint Mame eran viejos amigos. El me indicó que viese a
monsieur de Saint Mame cuando llegara aquí...
Las palabras murieron en sus labios, y la anciana meneó la cabeza.
—Eso es lo que todos dicen.
Y ésta no parecía mejor que los demás. Demacrada, desnutrida, pálida como una muerta, con la ropa
harapienta y los zapatos destrozados, y un pequeño hato en la mano. ¡Señor, parecía que no se había
bañado en una semana por lo menos! Y sólo por monsieur
—Iré a ver si monsieur está en casa. —Pero el lujoso Rolls hacía suponer que efectivamente su amo se
encontraba allí—. Espere aquí.
Ariana se dejó caer en un estrecho banco del patio, estremeciéndose ligeramente al sentir la fresca brisa
nocturna. Pero ya estaba acostumbrada a tener frío, cansancio y hambre.
Acaso alguna vez se había sentido de otra manera? Resultaba difícil recordarlo mientras cerraba los ojos.
Le pareció que habían pasado varias horas cuando sintió que la sacudían y, al levantar la
vista, vio que la vieja fruncía los labios reprobadoramente ante ella, si bien asentía con la cabeza.
—La recibirá en seguida.
Ariana se sintió invadida por una enorme sensación de alivio, no tanto por la perspectiva de ver al amigo
de Manfred, sino por el hecho de no tener que dar un paso más aquella noche. Al menos, eso esperaba.
No le importaba tener que dormir en el desván, pero le hacía el efecto de que no tenía fuerzas ni para
moverse. Ansiaba desesperadamente que la dejara quedarse allí.
Siguiendo a la mujer, subió la breve escalinata de mármol hasta la entrada principal, y un mayordomo de
sombría expresión abrió la puerta y se hizo a un lado. Por un instante, a Ariana le hizo pensar en Berthold,
pero este hombre tenía una mirada más bondadosa. La contempló durante unos segundos y acto seguido,
sin pronunciar ni una sola palabra, giró sobre sus talones y desapareció. Entre tanto, la vieja volvió a
menear la cabeza con evidente desaprobación y le (lijo a Ariana en voz baja:
—Fue a buscar al señor. La harán pasar dentro de un instante. Ahora tengo que dejarla.
—Gracias.
Pero a la anciana le importaban un rábano las gracias de Ariana.
El mayordomo no tardó en volver. Condujo a Ariana por un corredor magníficamente amueblado, con
cortinajes de terciopelo y retratos de los antepasados de los Saint Mame colgados a intervalos regulares.
Ariana los miraba sin verlos mientras caminaba por el largo pasillo, hasta que llegaron ante una enorme
puerta de una sola hoja revestida con un espejo, que el mayordomo abrió silenciosamente. Lo que Ariana
vio en la estancia que se abría frente a ella le recordó el Palacio Real de Berlin, con sus querubines y
molduras doradas, incrustaciones y trabajos de marquetería y un sinfín de figuras colocadas sobre las
repisas de mármol blanco de las chimeneas, y en medio de todo aquel esplendor se encontraba un hombre
de aire grave, de la edad de Manfred pero de constitución más frágil, que tenía unos ojos profundos,
coronados por espesas cejas. El hombre la contemplaba desde una silla de ruedas situada en el centro del
salón.
—Monsieur de Saint Mame?
Ariana se sentí a demasiado cansada para recurrir a las fórmulas de la etiqueta que las circunstancias y el
lugar parecían requerir.
—Sí. —El no hizo movimiento alguno en la silla de ruedas, pero la expresión de su rostro la conminó a
acercarse. Sus ojos aún conservaban la misma traza de seriedad, pero sin embargo denotaba una cierta
calidez—. Ese soy yo. Ahora, ¿quién es usted?
—Ariana... —Vaciló unos instantes—. La señora Manfred von Tripp. —Lo dijo con voz queda, mirando
fijamente los afables ojos que la observaban—. Manfred me dijo que si caía Berlin, viniese a verle. Lo
siento, espero que...
La silla de ruedas se acercó rápidamente, mientras ella buscaba las palabras. Saint Mame la detuvo muy
cerca de ella y le tendió la mano.
—Bienvenida, Ariana. Toma asiento, por favor.
Su cara aún no había expresado la alegría al darle la bienvenida. Estaba seguro de que aquella joven tenía
más cosas que contarle, y no tenía la certeza de que fuesen todas agradables.
Ariana se sentó en silencio, escrutando el rostro del francés. Podía decirse que era bien parecido, aunque
tan diferente de Manfred que casi resultaba difícil imaginar que hubiesen sido amigos. Mientras
observaba al compañero de estudios de su esposo, sintió más añoranza que nunca por el hombre al que no
volvería a ver jamás.
—Cuánto tiempo has tardado en llegar hasta aquí?
Sus ojos recorrieron los rasgos de su cara mientras aguardaba la respuesta. ¡Había visto tantas como ella!
Enfermas, extenuadas, abatidas, asustadas.
Ariana exhaló un suspiro.
—Nueve días.
—Cómo viajaste?
—En coche, a caballo, a pie, en un jeep...
A través de alambradas de púas, rezando, a punto de ser violada por un hombre repugnante... Sus ojos
quedaron fijos en Saint Mame con una expresión vacía. Y entonces él le formuló la pregunta que deseaba
hacerle desde el principio.
—Y Manfred? —dijo con voz muy queda, y ella bajó la vista.
La voz de Ariana no fue más que un murmullo en el grandioso salón.
—Está muerto. Murió.., en la... caída de Berlin. —Le miró directamente a los ojos—. Pero me había
dicho que viniera a verle. No sé por qué abandoné Alemania, salvo que ahora nada me queda allí. Tenía
que irme.
—Y tu familia?
La mirada de Saint Mame parecía haberse endurecido al conocer la infausta nueva de la muerte de su
amigo.
En respuesta a su pregunta, Ariana lanzó un quebrado suspiro que resonó en el silencio del salón.
—Creo que mi padre está muerto. Mi madre murió antes de la guerra. Pero mi hermano.., quizás esté vivo
aún. En Suiza. Mi padre le llevó allí el pasado mes de agosto para evitar que le movilizaran. Mi padre
nunca regresó de Suiza, y no he tenido noticias de Gerhard. No sé si está vivo o no.
—Gerhard tenía que quedarse? —Ella asintió con la cabeza—. Y tu padre debía regresar?
—Sí, a buscarme a mí. Pero... nuestra niñera, es decir, los sirvientes, avisaron a los nazis. Me llevaron a
mí y me tuvieron presa como rehén. Supusieron que mi padre volvería. —Le miró con ojos serenos—. Al
cabo de un mes, me dejaron en libertad. Manfred y yo...
Calló antes de que los sollozos le quebraran la voz.
Jean-Pierre suspiró y acercó hacia él una hoja de papel sobre el escritorio.
—Supongo que por eso Manfred te envió a mí.
Ariana pareció confundida.
—Creo que sólo me pidió que le viera a usted porque era su amigo y pensó que yo estaría a salvo aquí.
Jean-Pierre de Saint Mame sonrió con gesto fatigado.
—Manfred era sin duda muy buen amigo mío. Pero también era muy listo. Sabía lo que he estado
haciendo durante toda la guerra. Me mantuve en contacto con él. Con discreción, por supuesto. —Con un
gesto señaló vagamente la silla de ruedas—. Como puedes ver, estoy un poco... impedido, pero a pesar de
ello me las he arreglado bastante bien. Me he convertido en una especie de filántropo, por decirlo así,
ocupándome de reunir a los miembros de familias enteras, a veces en otros países, y organizando períodos
de «vacaciones» en climas más cálidos.
Ariana asintió al escuchar aquellos eufemismos.
—En otras palabras, se ha dedicado a ayudar a los refugiados para que pudieran escapar.
—Principalmente. Y ahora voy a pasar los próximos años tratando de reunir familias. Eso me mantendrá
ocupado durante un tiempo.
— ¿Entonces podrá ayudarme a encontrar a mi hermano?
—Lo intentaré. Dame toda la información que puedas, y veremos qué puedo averiguar. Pero me temo que
tienes que pensar en otras cosas además de ésa, Ariana. ¿Y tú? ¿Adónde irás ahora? ¿Volverás a
Alemania?
Ella sacudió la cabeza lentamente y luego le miró con ojos inexpresivos.
—No tengo a nadie allí.
—Puedes quedarte aquí por un tiempo.
Ariana comprendió que aquélla no era una solución definitiva, ¿y después adónde iría? No había pensado
en ello en absoluto; en realidad no había pensado en nada.
Saint Mame asintió en silencio, compasivamente, y tomó varias notas en el papel.
—Muy bien, por la mañana veré qué puedo hacer por ti. Debes decirme todo cuanto sepas que pueda
serme útil para encontrar a Gerhard. Si eso es lo que quieres que haga. —Ariana asintió lentamente, sin
poder terminar de convencerse de que no estaba soñando. La presencia de Saint Mame, el salón, el
ofrecimiento de ayudarla a encontrar a su hermano, todo le parecía irreal—. Y mientras tanto —Jean-
Pierre sonrió afablemente—, debes hacer otra cosa.
—,Qué?
Ella intentó devolverle la sonrisa, pero ya tenía que hacer un enorme esfuerzo para mirarle a los ojos y no
quedarse dormida en aquella butaca tan sumamente cómoda.
—Lo que debes hacer ahora, Ariana, es descansar un poco. Pareces estar muy cansada.
—Lo estoy.
Todos los que acudían a él tenían el mismo aspecto, todos estaban exhaustos, heridos, asustados. Dentro
de un par de días tendría mejor aspecto, pensó. Qué bonita era, y cuán extraño le parecía que Manfred se
hubiese casado con alguien tan frágil, tan etéreo, tan joven. Marianna había sido una mujer mucho más
robusta. En un primer momento, Jean-Pierre se quedó sorprendido al enterarse de que Ariana era la nueva
esposa de Manfred. En cierto modo no esperaba que Manfred volviera a casarse. Se había quedado tan
aturdido al morir su esposa y sus hijos... Pero allí estaba aquella muchacha. Y ahora le resultaba
comprensible la pasión de Manfred por
Ella ¡Era tan angelical, tan bonita, incluso con sus ropas sucias y harapientas! Hubiera preferido conocerla
en una época mejor. Y cuando volvió a quedarse solo en el salón, se quedó pensando en su viejo amigo.
¿Por qué le había enviado realmente a Ariana? ¿Para (lite esperara que él se reuniera con ella, como la
joven le había dicho, si lograba sobrevivir en la batalla de Berlín? O bien deseaba ¿tigo más? ¿Una
especie de protección para ella? ¿Que la ayudara a buscar a su hermano? ¿Qué? En el fondo, tenía la
impresión de que había querido transmitirle una especie de mensaje y él deseaba desesperadamente
descifrarlo. Quizá, se dijo mientras miraba por la ventana el cielo estrellado, con el tiempo todo se
aclararía.
Y en su habitación, que ofrecía una vista del bonito patio adoquinado, Ariana ya estaba profundamente
dormida. La había ayudado a acostarse una mujer de mediana edad de larga falda y delantal, que había
quitado el cubrecama, dejando al descubierto un edredón, unas gruesas mantas y unas sábanas
impecablemente limpias. A Ariana le pareció que hacía un siglo que no veía nada tan maravilloso, y sin
volver a pensar en Jean-Pierre ni en su hermano, y ni siquiera en Manfred, se acostó y se sumió en un
profundo SUEÑO.
CAPITULO 27
A LA MAÑANA SIGUIENTE, Ariana se reunió con Jean-Pierre después del desayuno. La luz del día
puso en evidencia que estaba enferma. Cuando se sentó en el estudio de su anfitrión, éste reparó en la
lividez de su cara.
—Estabas enferma antes de salir de Berlín?
—No.
—Debes de estar rendida por el viaje.., y el sufrimiento.
Muchas veces había sido testigo de las reacciones ante la desgracia. Sudor, vómitos, mareos. Había visto
desvanecerse a hombres maduros por la emoción de encontrarse por fin a salvo en su hogar. Pero ahora le
preocupaba más el estado emocional de la joven que el físico.
—Luego haré que te vea un médico. Pero primero quiero saber todo lo que pueda acerca de tu hermano.
Su descripción, estatura, complexión y peso. Luego, adónde se dirigía, qué ropa llevaba, cuáles eran
exactamente sus planes, a quién conocía...
Miró fijo a Ariana, y ella fue contestando una a una todas sus preguntas, explicándole con detalle el plan
que pensaba seguir su padre: de la estación de Lórrach debían dirigirse a la frontera suiza, por donde
cruzarían hasta Basilea; allí tomarían otro tren hasta Zurich, y luego su padre volvería a buscarla a ella.
—Y en Zurich, ¿qué?
—Nada. Simplemente tenía que esperar.
—,Y después qué pensabais hacer los tres juntos?
—Ir a Lausana, a casa de unos amigos de mi padre.
—Sabían ellos que iríais?
—No estoy segura. Tal vez papá no quiso telefonearles desde casa o de la oficina. Quizá pensaba ir a
verles directamente cuando llegara a Zurich.
—,Sabes si le dejó a tu hermano su número de teléfono?
—No podría asegurarlo.
—,Y tú nunca tuviste noticias de ninguno de ellos, de esos amigos, de tu hermano, de tu padre?
Ariana meneó la cabeza lentamente.
—De ninguno de ellos. Y además Manfred dijo que estaba seguro de que mi padre estaba muerto.
Por el tono de su voz, Jean-Pierre adivinó que también ella se había hecho a esa idea. Ahora era la pérdida
de Manfred lo que no podía soportar.
—Pero mi hermano...
Sus ojos le miraron implorantes, y él sacudió la cabeza.
—Ya veremos. Haré algunas llamadas telefónicas. Por qué no te acuestas de nuevo. En cuanto averigüe
algo te lo haré saber en seguida.
—Me despertará si estoy dormida?
—Te lo prometo.
Pero en última instancia no se tomó la molestia. Al cabo de una hora ya había averiguado todo lo que
había por averiguar, y no era suficiente como para molestarse en despertar a Ariana. Así que ella durmió
hasta el anochecer, y cuando Lisette le anunció que finalmente estaba sentada en la cama y tenía mejor
aspecto, Jean-Pierre se dirigió en la silla de ruedas a su habitación.
—Hola, Ariana, ¿cómo te sientes?
—Mejor. —Pero no lo parecía. En realidad parecía estar peor, pues tenía el semblante más pálido, más
lívido, y era evidente que tenía que hacer constantes esfuerzos para no marearse—. ¿Alguna
noticia?
Aunque él sólo se demoró un instante en responder, ella comprendió en seguida. Le miró de hito en hito,
y Jean-Pierre levantó tina mano.
—Ariana, tranquilízate. En realidad, no hay ninguna noticia. Te diré lo que he averiguado, pero es menos
que nada. El muchacho ha desaparecido.
—6Ha muerto? —preguntó con voz temblorosa.
Ella siempre había conservado la esperanza de que estuviera vivo. A despecho de lo que opinaba Manfred.
—Tal vez. No lo sé. Esto es todo lo que averigüé. Telefoneé al hombre cuyo nombre me diste. El y su
esposa fallecieron en un accidente de automóvil precisamente dos días antes de que tu padre y tu hermano
salieran de Berlin. El matrimonio no tenía hijos, la casa se vendió, y ninguno de los nuevos propietarios ni
de los asociados del amigo de tu padre en el banco han tenido noticias de tu hermano. Hablé con un
empleado del banco que conocía a tu padre, claro, pero nunca supo nada de él. Es posible que dejara al
muchacho y regresara a buscarte a ti, y que por el camino le mataran. En cuyo caso, es casi seguro que tu
hermano resolvió finalmente comunicarse con el amigo de tu padre y entonces se enteró de que habían
muerto, él y su esposa. Luego supongo que pudo haber hecho una de estas dos cosas: ponerse en contacto
con el banco o bien aceptar que debía valerse por sus propios medios, arremangarse y ponerse a trabajar
en cualquier parte, simplemente para sobrevivir. Pero no hay ni rastros de él, Ariana, ni en Zurich, ni en el
departamento central de policía, ni en los bancos de Lausana. Ni siguiera hay rastros de Máx. Thomas.
Ariana también le había dado su nombre. Jean-Pierre la miró apesadumbrado. Había tratado
desesperadamente de averiguar algo durante todo el día. Pero sin resultado. Ni el más pequeño indicio.
—He probado todas las vías habituales y también he recurrido a algunos de mis mejores contactos. Nadie
supo darme razón del muchacho. Eso tanto puede ser buena como mala señal.
—Usted qué cree, Jean-Pierre?
—Que él y tu padre murieron juntos, en algún lugar entre Lórrach y Basilea. —Comprendió por su
silencio que la joven había quedado paralizada de dolor. Siguió hablando para retener su atención, para
ayudarla a superar aquel trance—. Ariana, debemos seguir adelante.
—Pero hacia dónde?... ¿Para qué... y por qué? —Comenzó a sollozar y a hablarle airada—. No quiero
seguir adelante. Ya no. No ha quedado nadie. No tengo a nadie sino a mí misma.
—Ya es suficiente. Es lo mismo que me sucede a mí.
—A usted también?
Se quedó mirándole fijamente, mientras se sonaba la nariz, y él hizo un lento gesto de asentimiento.
—Mi esposa era judía. Cuando los alemanes ocuparon París, se la llevaron, a ella y a... —Se le quebró la
voz e hizo girar la silla de ruedas, alejándose de Ariana—. A nuestra hijita.
Ariana cerró los ojos firmemente unos segundos. De repente se sintió sumamente enferma. No podía
soportarlo más. Las interminables pérdidas, el inconmensurable dolor. Este hombre, y Manfred, y Máx., y
ella misma, todos habían perdido a sus seres queridos, hijos, esposas, hermanos y padres. Sintió que la
habitación daba vueltas, que ella misma daba vueltas, y se dejó caer hacia atrás en la cama, tras un débil
esfuerzo por sujetarse. Jean-Pierre volvió a su lado y le acarició tiernamente los cabellos.
—Lo sé, MA petite, lo sé.
Ni siquiera le mencionó la pista que había encontrado. Ello sólo habría contribuido a hacer más
insoportable la amarga verdad. Un empleado de un hotel de Zurich recordaba a un muchacho que
respondía a la descripción de Jean-Pierre. Había entablado una conversación con el muchacho y
recordaba que le había dicho que citaba esperando a unos familiares. Estuvo alojado en el hotel un par de
semanas, esperando. Pero luego el empleado recordó que se había reunido con sus parientes y se había
marchado del hotel.. No podía ser Gerhard. Él no tenía parientes. Si ello hubiese formado parte del plan,
el padre de Ariana se lo habría dicho. Todo hacía suponer que se trataba de un hombre muy concienzudo.
El empleado recordaba que el muchacho se había ido con un matrimonio y la hija de éste. Por lo tanto no
se trataba de Gerhard. Y eso había sido todo. No hubo ninguna otra pista, ningún otro indicio
esperanzador. El muchacho había desaparecido y, al igual que otros miles de personas en Europa, Ariana
se había quedado sola en el mundo.
Al cabo de un largo rato, Jean-Pierre volvió a hablarle.
—Se me ocurre algo que podrías hacer. Siempre que tengas el valor suficiente. Depende de ti. Pero si yo
fuese más joven, lo haría. Me iría lejos de todos estos países que han sido bombardeados, asolados,
destruidos. Me marcharía y comenzaría una nueva vida y eso es lo que creo que deberías hacer tú.
Ariana levantó la cabeza y se enjugó las lágrimas.
—Pero ¿adónde podría ir?
La idea le parecía aterradora. Ella no deseaba ir a ninguna parte. Quería permanecer anclada, oculta en el
pasado para siempre -
—A Estados Unidos —respondió él pausadamente—. Hay un barco de refugiados que parte mañana. Ha
sido fletado por una organización de Nueva York. Sus miembros irán a recibir el barco al puerto y ellos te
ayudarán a instalarte allí.
— ¿Y qué pasará con la casa de mi padre en Grunewald? ¿Cree que podría recuperarla?
—Realmente lo deseas? ¿Podrías vivir allí? Suponiendo que pudieras recuperarla, que lo dudo.
La verdad que encerraban aquellas palabras le causó a Ariana un gran efecto. Y Jean-Pierre, por su parte,
comprendió de pronto cuál había sido el mensaje de Manfred. Ese era el motivo por el cual le había
pedido a Ariana que fuese a ver a su amigo de la adolescencia. Sabía que Jean-Pierre encontraría una
solución. Y ahora comprendía que ésta era la correcta.
La única duda que tenía era si la joven estaría en condiciones de viajar. Pero sabía, gracias a la larga
experiencia con la gente a la cual había brindado su ayuda en los últimos seis años, que pasarían muchos
meses antes de que Ariana volviese a ser ella misma. Era mucho lo que había perdido, y los nueve días de
andar por el mundo como una loca, después de la conmoción sufrida al ver a Manfred muerto, habían
constituido la última gota de agua. Todo eso era realmente la causa de su mal: la fatiga, el agotamiento, el
hambre, el agobiante dolor, el exceso de infortunios. También representaba un problema el hecho de que
no saldría ningún otro barco por un largo tiempo.
— ¿Lo harás? —Los ojos de Jean-Pierre no se apartaban de los de ella ni un segundo—. Podrías iniciar
una nueva vida.
—Pero ¿y Gerhard? ¿No cree que pudo haberse ido a Lausana después de todo? O suponiendo que se
hubiese quedado en Zurich, ¿no le parece que si viajara hasta allí tal vez podría encontrarle?
Sin embargo, la esperanza también había desaparecido de sus ojos.
—De lo que estoy seguro, Ariana, es de que no existe absolutamente ningún rastro de él, y si estuviera
vivo los habría. Creo que ocurrió lo que te dije. El y tu padre deben de estar muertos.
Ella meneó la cabeza lentamente, hasta que por fin pareció aceptar aquella idea como un hecho
consumado... Había perdido a todos sus seres queridos. También ella podría quedarse allí tendida y dejar
que le sobreviniera la muerte..., o bien podía seguir viviendo.
Sobreponiéndose a los embates del mareo y de las náuseas, miró a Jean-Pierre sentado en su silla de
ruedas, junto a la cama, y asintió con la cabeza. Respondió impulsada por una fuerza instintiva nacida en
lo más profundo de su ser, y la voz que resonó en sus oídos no le pareció que fuese la suya.
—Está bien. Iré.
CAPITULO 28
El largo Rolls Negro de Jean-Pierre llegó silenciosamente al puerto de El Habré. Con la cara macilenta,
Ariana estaba sentada en el asiento posterior. Ninguno de los dos había hablado mucho en todo el camino
desde París. Las carreteras estaban atestadas de camiones, jeeps y pequeños vehículos que transportaban
material bélico entre París y el puerto. Pero la situación en torno a la capital se había normalizado
bastante, y aparte del color pardusco de los vehículos del ejército, los caminos ofrecían un aspecto casi
normal también.
Jean-Pierre la había estado observando en silencio durante la mayor parte del viaje, y por primera vez en
todos sus años de brindar ayuda a los refugiados sin hogar, asustados y con la salud quebrantada, no pudo
encontrar palabras capaces de ofrecerle un poco de consuelo. La expresión de sus ojos decía bien a las
claras
LILIC
nada de lo que pudieran decirle podría mitigar su terrible pena.
Mientras viajaban, a Ariana se le hacía más patente la realidad de su situación. No había nadie en el
mundo a quien ella amara, nadie a quien recurrir, nadie que pudiera siquiera conservar un recuerdo de lo
que había sido su pasado, nadie con quien entenderse sin tener que traducir, nadie que recordara a su
hermana, a su padre, la casa en Grunewald..., a su madre..., a fráulein Hedwig.
El verano en el lago... o las risas burlonas a espaldas de Berthold a la hora de las comidas. Nadie que
hubiese percibido el olor de los productos químicos de Gerhard cuando llevaba a cabo sus experimentos.
Tampoco habría nadie que hubiera conocido a Manfred, no en ese nuevo mundo donde viviría. No habría
nadie que comprendiese lo que sintió encerrada en aquella celda. O al ser atacada por Hildebrand... y
luego salvada por Manfred, para recluirla en Wannsee. ¿Con quién podría compartir el recuerdo del
«guiso» que preparó con embutido de hígado, del color del cubrecama en la habitación que ocupó los
primeros días..., o de la expresión de los ojos de Manfred cuando le hizo el amor por primera vez..., o de
la sensación que experimentó al acariciar su rostro cuando le encontró por última vez frente al Reichstag
en Berlín? Nadie sabría nunca nada de los pasados años de su existencia, y mientras viajaba sentada junto
a Saint Mame camino del barco que se la llevaría de allí para siempre, estaba convencida de que jamás
podría compartir su vida con nadie más.
—,Ariana? —la llamó Jean-Pierre con su voz grave y marcado acento francés.
Casi no se había atrevido a hablarle en toda la mañana, desde que partieron hacia El Havre. La joven
estaba demasiado enferma para levantarse. El día anterior se había desvanecido un par de veces. Jean-
Pierre tuvo la impresión de que ahora estaba un poco más fuerte y rogaba en silencio para que su salud
pudiese resistir el viaje hasta Nueva York, en cuyo caso le permitirían entrar en Estados Unidos, que
recibía a los refugiados de guerra con los brazos abiertos.
—,Ariana? —la llamó de nuevo con voz queda, y ella volvió del ensimismamiento en que la habían
hundido sus pensamientos.
—,Sí?
— ¿Estuvisteis mucho tiempo juntos tú y Manfred?
—Casi un año.
El movió la cabeza con lentitud en señal de asentimiento.
—Se me ocurre en este momento que ese año debió de parecerte toda una vida. Pero... —Una leve sonrisa
quiso hacer renacer la esperanza en ella—. A los veinte años, un año parece una eternidad. Dentro de
veinte años, ya no te parecerá tan largo.
Al responderle, la voz de Ariana adquirió un tono glacial.
—,Pretende sugerir que le olvidaré?
Le molestaba que Saint Mame lo hubiera insinuado, pero él meneó tristemente la cabeza.
—No, querida, no le olvidarás. —Por un instante pensó en su esposa y en su hija, que había perdido hacía
tan sólo tres años, y
Sintió que el dolor le desgarraba el corazón—. No, no le olvidarás. Pero creo que con el tiempo el dolor
será menos agudo. No será tan insoportable como te resulta ahora. —Le pasó un brazo por encima de los
hombros—. Puedes agradecer, Ariana, que aún eres joven. INIA ti, no todo ha terminado.
Trataba de animarla, pero no descubrió ni un asomo de esperanza en sus grandes ojos azules.
('cuando por fin llegaron a El Havre, Jean-Pierre no abandonó el coche para acompañarla hasta el barco.
Resultaba demasiado complicado sacar la silla de ruedas del portamaletas y dejar que el chofer le ayudara
a instalarse en ella. Ahora ya nada podía hacer por Ariana. Había hecho los arreglos para conseguirle el
pasaje hasta Nueva York, donde la Organización Femenina de Ayuda a las Víctimas de la Guerra se haría
cargo de ella.
Le tendió una mano por la abierta ventanilla, en tanto ella aguardaba con la pequeña maleta de cartón que
el ama de llaves de Jean-Pierre había desenterrado del sótano y llenado con algunas prendas de su esposa,
de las cuales probablemente no habría ninguna que le quedara bien. Parecía tan menuda y aniñada allí de
pie. Con sus enormes ojos hundidos en aquella carita de facciones increíblemente delicadas, que de
pronto Saint Mame se preguntó si no habría cometido un error al disponer que hiciera aquel viaje. Tal vez
su salud era demasiado frágil. Pero había logrado salvar los mil kilómetros que la separaban de París, a
pie, en coche y a caballo, en carro y en jeep, durante nueve inciertos días, por lo que probablemente
lograría resistir una semana más a través del océano. Valdría la pena que lograra poner el máximo de
distancia posible entre ella y la. Pesadilla vivida, que consiguiera iniciar una nueva vida en un mundo
nuevo.
—Me harás saber cómo estás, ¿no es cierto?
Se sentía como un padre al enviar a su amada hija a la escuela en un país extranjero. Lentamente, una
helada sonrisa afloró a los labios de Ariana y luego se reflejó en sus ojos azules.
—Sí, se lo haré saber. Y Jean-Pierre..., gracias... por todo lo que ha hecho por mí.
Él
asintió con la cabeza.
—Mi deseo hubiese sido. - - que las cosas fuesen diferentes.
Le habría gustado que Manfred estuviera allí, junto a su esposa. Ariana comprendió lo que quería decir, y
movió la cabeza en señal de asentimiento.
—El mío también.
Y entonces, con voz afable, Jean-Pierre musitó:
—Au revoir, Ariana. Buen viaje.
Ella le expresó una vez más su agradecimiento con la mirada y luego se volvió hacia la pasarela del barco
que debía abordar. Volvió la cabeza por última vez, agitó solemnemente la mano y, con lágrimas en los
ojos, murmuró:
—Adieu.
Libro tercero
ARIANA
Nueva york
CAPITULO 29
EL «SS PELGRTM'S PRIDE» no podía haber llevado un nombre más apropiado. Parecía como si los
peregrinos lo hubiesen utilizado mucho antes de la hazaña del «Mayflower». Era una nave pequeña,
estrecha y sombría, y olía a moho. Pero era marinera. Y estaba cargada hasta los topes. El «Pilgrim's
Pride» había sido adquirido conjuntamente por varias organizaciones norteamericanas de ayuda a las
víctimas de la guerra y era fletado principalmente por la Organización Femenina de Ayuda a las Víctimas
de la Guerra, de Nueva York, que hasta el momento había efectuado cuatro viajes de aquella naturaleza,
transportando más de un millar de refugiados de la Europa devastada por la guerra a Nueva York. Por
conducto de la gran variedad de organizaciones hermanas de todo el país, habían conseguido el
conveniente numero de familias para apadrinar a cada uno de ellos, y también habían contratado la
tripulación necesaria para efectuar los viajes y brindar la adecuada atención a los hombres, mujeres, niños
y ancianos que debían trasladar desde la asolada Europa a los Estados Unidos, donde les aguardaba una
nueva vida.
El estado de salud de la gente que viajaba en el barco era deplorable. Eran personas llegadas a París desde
otros países, así como de otras regiones de la misma Francia. Algunos habían viajado a pie durante
semanas y meses; otros, como algunos de los niños, se habían quedado sin hogar y hacía años que
vagaban de un lado a otro. Ninguno de ellos podía recordar la última vez que había ingerido una comida
decente, y muchos de ellos no habían visto nunca el mar, y mucho menos viajado en un barco.
La organización no había logrado alistar a ningún médico para estas travesías, pero habían contratado a
una joven enfermera extraordinariamente competente. Hasta el momento, en cada travesía sus servicios
habían sido de vital importancia. Ya había traído al mundo a nueve niños, atendido varios partos
prematuros, cuatro ataques cardiacos y seis fallecimientos. De modo que Nancy Townsend, como
enfermera de la nave, tenía que bregar contra la añoranza, la fatiga, el hambre, la desnutrición y las
desesperantes carencias de personas que habían sufrido los efectos de la guerra más allá de lo
humanamente imaginable. En el viaje anterior, habían llevado a cuatro mujeres que permanecieron
encarceladas durante dos años en las afueras de París antes de que llegaran los norteamericanos y las
liberaran. Pero sólo dos de ellas sobrevivieron al viaje hasta Nueva York. Antes de cada viaje, cuando
Nancy Townsend observaba a los pasajeros que subían a bordo, ya sabía que no todos ellos llegarían a
puerto. Pero muchas veces, aquellos que parecían más resistentes se desmoronaban de pronto en el último
tramo de su evasión. En esta oportunidad, hubiera dicho que la mujer menuda y rubia de la cubierta
inferior, que compartía un camarote con otras nueve mujeres, era uno de ellos.
Una muchachita de los Pirineos llegó corriendo en busca de Nancy, al tiempo que gritaba que alguien
estaba agonizando en la litera situada debajo de la que ella ocupaba. Cuando Nancy vio a la joven,
comprendió que sufría mareo, desnutrición, deshidratación, dolor y delirio. Resultaba imposible
determinar qué la había llevado a aquel estado, pero tenía los ojos en blanco, y cuando Townsend la tocó
la frente de la joven ardía por efecto de una violenta fiebre.
Tomándole el pulso, la enfermera se arrodilló junto a e!la e indicó a las demás mujeres que se
mantuvieran apartadas. Estas habían .estado observando a Ariana presa de una tremenda angustia, ante la
posibilidad de que falleciera en su camarote esa misma noche. Hacía dos días que habían pasado por un
trance similar, al cuarto día de zarpar de El Habré. Una pequeña y esquelética niña judía que había
viajado de Bergen-Belsen a París no había logrado sobrevivir al último tramo de su viaje.
Veinte minutos después de haber examinado a Ariana en el atestado camarote, la enfermera Townsend
dispuso su inmediato traslado a uno de los dos cuartos de aislamiento. Fue allí donde la
Liebre alcanzó el grado más alto y donde sufrió tremendos calambres en brazos y piernas. Nancy temió
que le sobrevinieran convulsiones, pero no fue así, y el último día de viaje la fiebre finalmente cedió.
Ariana vomitaba constantemente, y cada vez que trataba de incorporarse en la cama le bajaba la tensión
sanguínea y perdía el conocimiento. Casi había olvidado por completo lo que sabía de inglés, y se dirigía
constantemente a la enfermera en alemán, adoptando un tono que denotaba desesperación y temor, pero
Nancy no comprendía nada salvo los nombres que repetía sin cesar: Manfred..., papá..., Gerhard...,
Hedwig... Una y otra vez, había gritado: «OEIN, Hedwig!», cuando su mirada extraviada se posaba en los
ojos de la enfermera norteamericana. Y cuando comenzaba a sollozar a altas horas de la noche, no había
manera de consolarla. A veces Nancy Townsend se preguntaba si no estaría tan enferma porque ya había
perdido la voluntad de seguir viviendo. Ella no habría sido la primera.
La última mañana, Ariana la miró con cara inexpresiva; sus ojos no estaban tan febriles, pero había dolor
en su mirada.
—Espero que se sienta mejor.
Nancy Townsend le sonrió con afabilidad.
Ariana asintió con un gesto vago y volvió a quedarse dormida. No pudo presenciar la entrada del barco en
el puerto de Nueva York ni ver la estatua de la Libertad con el sol arrancando reflejos dorados del brazo
que sostiene la antorcha. Los pasajeros que se encontraban en las cubiertas lanzaron gritos de júbilo, con
el rostro lleno de lágrimas, al tiempo que se abrazaban unos con otros. ¡Al fin lo habían logrado! Pero de
todo esto Ariana nada supo. No tuvo noción de nada hasta que el funcionario de inmigración bajó a la
cabina después de que hubieran atracado. Saludó a la enfermera cortésmente y leyó sus informes. Por lo
general, procedían a poner a los pasajeros bajo la tutela de sus respectivos padrinos, pero Ariana debería
ser encuadrada entre aquellos que tenían que aguardar. Debido a su estado delirante y a la fiebre, querían
estar seguros de que no era portadora de ninguna enfermedad. El funcionario de inmigración aprobó la
decisión de la enfermera de poner a la muchacha en un cuarto aislado y luego, mirando a la joven
dormida y acto seguido a la mujer uniformada, levantó una ceja con expresión interrogativa.
——,Qué cree usted que puede ser?
La enfermera, sin decir palabra, hizo un gesto con la cabeza hacia el pasillo y dejaron a la enferma.
—No estoy segura, pero podría ser que la hubieran sometido a
Algún tipo de tortura o quizá estuvo encerrada en algún campo de exterminio. Sencillamente, no lo sé.
Deberá tenerla en observación.
El funcionario asintió con la cabeza, echando una compasiva mirada a través de la puerta abierta.
—,No presenta heridas abiertas, infecciones o lesiones externas?
—Nada que yo haya podido descubrir. Pero no cesó de vomitar en toda la travesía. Creo que debería tener
eso en cuenta. Podría haber alguna lesión interna. Lo siento, pero no puedo afirmarlo con absoluta certeza
—concluyó como excusándose.
—No se preocupe, señorita Townsend. Para eso la deja usted en nuestras manos. Supongo que debe de
haberle dado bastante trabajo.
Dirigió una mirada a los gráficos e informes que sostenía en la mano. Pero la enfermera sonrió al tiempo
que volvía la cabeza hacia el puerto.
—Sí, pero consiguió llegar. —Sus ojos se posaron de nuevo en los del funcionario—. Creo que ahora
tiene una oportunidad de seguir con vida. Aunque durante un tiempo...
—Me lo imagino.
El funcionario de inmigración encendió un cigarrillo y miró hacia el puente inferior para contemplar a los
otros pasajeros que estaban desembarcando. Aguardó la llegada de los enfermeros y que colocaran a la
muchacha con todo cuidado en una camilla. Ariana se despertó ligeramente y, mientras dirigía una última
mirada a la enfermera que la había mantenido con vida, fue sacada del barco. No tenía idea de dónde la
llevaban, y en realidad no le importaba.
CAPITULO 30
--- ¿ARIANA? ARIANA..., ARIANA...
La voz parecía llamarla desde una gran distancia y, mientras escuchaba, no estaba segura de si era la de su
madre o la de fráulein Hodwig, pero quienquiera que fuese ella no podía responderle. Se sentía
terriblemente cansada y abatida; habían emprendido un largo viaje, y le resultaba demasiado arduo
regresar.
—Ariana...
Pero la voz era tan insistente. Frunciendo ligeramente el ceño en sueños, Ariana tuvo la impresión de
regresar desde una gran distancia. Tendría que responderles, después de todo..., pero no quería. ¿Qué
deseaban?
—Ariana...
La voz seguía llamándola, y después de lo que pareció una eternidad Ariana abrió los ojos.
Junto a ella estaba una mujer alta y de grises cabellos, vestida de negro. Llevaba una falda negra y un
suéter del mismo color, y sus cabellos estaban recogidos en un moño. Acariciaba el cabello de Ariana con
manos firmes y frescas. Cuando por último separó la mano, Ariana pudo ver que llevaba un anillo con un
gran diamante.
—Ariana?
La joven constató que parecía haber perdido la voz y sólo podía responder con un movimiento de cabeza.
Pero no lograba recordar
Lo que había sucedido. ¿Dónde se encontraba? ¿Dónde había estado anteriormente? ¿Quién era aquella
mujer? En su mente todo era confusión y parecía fuera de contexto. ¿Se encontraba en un barco? ¿Estaba
en París? ... ¿En Berlín?
—1Sabes dónde estás?
La sonrisa era tan afectuosa como lo habían sido sus manos al acariciar los enredados cabellos de Ariana,
y hablaba en inglés. Ariana comenzó a recordar, o por lo menos eso le pareció, mientras miraba a la mujer
con ojos interrogantes.
—Estás en Nueva York. En un hospital. Te trajimos aquí para tener la seguridad de que estabas bien.
Y lo curioso era que, hasta donde habían podido determinar, lo estaba. Ruth Liebman comprendía que
había muchas cosas relacionadas con aquella gente que nadie sabía y nunca nadie llegaría a saber, muchas
cosas acerca de las cuales no tenían derecho a preguntar.
—,Te sientes algo mejor?
El médico le había dicho a Ruth que no sabían a qué atribuir el cansancio, el profundo sueño y el
decaimiento, salvo por supuesto a los vómitos y a la fiebre que había sufrido en el barco. Pero ahora
consideraban que era imprescindible que alguien tratara de arrancar a la joven del borde del abismo donde
aún se encontraba. Según su autorizada opinión, simplemente había renunciado a luchar para seguir
viviendo, y había llegado el momento decisivo de que alguien interviniera para sacarla de aquel estado
antes de que fuera demasiado tarde. En su carácter de jefa de trabajadores voluntarios de la organización
en Nueva York, Ruth Liebman había ido a visitar a la joven personalmente. Aquélla era la segunda vez
que lo hacía. La primera vez, a pesar de acariciarle suavemente los cabellos y de llamarla insistentemente,
Ariana no había salido de su sopor. En silencio, Ruth la había observado y buscado con todo disimulo los
números que pudiera llevar tatuados en la parte interior del brazo derecho. Pero no había encontrado nada.
Si se había librado de aquel sino fatal, significaba que era una de las pocas afortunadas. Tal vez había
permanecido oculta por una familia, o quizá había sido una de sus víctimas especiales, aquellas a las
cuales no marcaban con números pero eran utilizadas de otra manera. El plácido rostro de la bella y
menuda joven rubia no le decía nada, y todo cuanto sabía de ella era su nombre y que su apadrinamiento
había sido concertado por intermedio de la organización de ayuda a los refugiados de Saint Mame en
Francia. La única referencia que Ruth tenía de aquel hombre era que se trataba de un inválido que había
perdido a su esposa y a una hija en la guerra.
También había soportado su Propia tragedia desde que Pearl y iarb hor arrastró a los Estados Unidos a la
contienda. Al estallar la
guerra, tenía cuatro hijos felices y sanos; ahora sólo tenía tres: dos Incas y un muchacho. Simon había
muerto en Okinawa, y casi perdieron a Paul en luirán. Cuando llegó el telegrama, Ruth estuvo plinto de 1
desmayarse. pero con rostro impasible y manos temblorosas logró encerrarse en el estudio de su marido.
Sam se encontraba en la oficina. Las chicas se hallaban en el piso superior, y ella sostenía en sus manos
un papel semejante al que recibiera la primera vez..., el papel que le revelaría el sino de su último hijo.
Ruth resolvió afrontar la noticia ella sola. Pero cuando leyó el telegrama, experimentó un gran alivio. Paul
sólo había sido herido y estaría en condiciones de regresar a los Estados Unidos en unas pocas semanas.
Cuando telefoneó a Sam, la alegría la llevó al borde de la histeria. No tuvo necesidad de mantener su
férrea calma. Para ellos, la guerra había terminado. El gozo que experimentó otorgó nuevo vigor a cada
uno de sus movimientos, a cada uno de sus pensamientos. Quedó aturdida al conocer los horrores
cometidos en Alemania, y el hecho de haberse librado de los sufrimientos que soportaron los judíos en
Europa engendró en ella un acendrado sentimiento de culpa. Entonces se entregó en cuerpo y alma al
trabajo voluntario. Ahora miraba a aquella gente con mayor afecto y compasión, y la gratitud que sentía
por tener a Paul con vida se manifestaba en las horas que pasaba con ellos, ayudándoles a localizar a los
desconocidos padrinos, embarcándoles e los trenes que se dirigían a lejanas ciudades del sur y los estados
centrales, y ahora visitando a aquella asustada y menuda muchacha. Ariana la miró fijamente y luego
cerró los ojos.
—¿ Por qué estoy aquí?
—Porque te pusiste muy enferma en el barco, Ariana. Quisimos asegurarnos de que no se trataba de nada
grave.
Al oír eso, Ariana sonrió con una fatigada expresión irónica. ¿Cómo podían estar seguros de ello? Todo
era grave.
Con ayuda de aquella mujer, se incorporó lentamente y tomó tinos sorbos del caldo que la enfermera
había dejado; en seguida se desplomó extenuada. Incluso aquel Pequeño esfuerzo había sido excesivo.
Afablemente, Ruth Liebmart le arregló las almohadas y fijó la mirada en aquellos doloridos ojos azules.
Y entonces comprendió el significado de lo que los médicos habían dicho. Había algo aterrador en los
ojos de aquella muchacha que yacía allí postrada, algo que decía a las claras que había perdido toda
esperanza.
—,Eres alemana, Ariana?
Ella hizo un gesto afirmativo a modo de respuesta y cerró los ojos. ¿Qué significaba ser alemán ahora?
Ella era tan sólo urna refugiada como todos los demás, que había huido de Berlín tres semanas atrás. Ruth
observó que los párpados de la joven se estremecían ligeramente mientras recordaba, y al tocarle ella
ligeramente la mano Ariana volvió a abrir los ojos. Tal vez tenía necesidad de conversar con alguien, tal
vez necesitaba hablar, con el fin de librarse de los fantasmas que la acosaban.
—¿ Saliste de Alemania sola, Ariana? —De nuevo la joven asintió con la cabeza—. Fuiste muy valiente
al hacerlo. —Le hablaba lentamente y articulando cada palabra con precisión. La enfermera le había
dicho que Ariana hablaba inglés, pero no sabía los conocimientos que poseía del idioma—. ¿Hiciste un
viaje muy largo?
Ariana observó el afable rostro de la mujer con desconfianza, y luego decidió contestarle. Si aquella
mujer pertenecía al ejército, a la policía o al departamento de inmigración, no le importaba. Por un
instante, evocó los interminables interrogatorios a cargo del capitán Von Rheinhardt, pero ello no hizo
más que reavivar el recuerdo de Manfred. Cerró fuertemente los ojos unos segundos y en seguida los
abrió de nuevo mientras dos gruesas lágrimas se deslizaban lentamente por sus mejillas.
—Recorrí mil kilómetros... hasta Francia.
¿Mil kilómetros? ¿Y desde dónde? Ruth no se atrevió a preguntárselo. Era evidente que el mero hecho de
evocar aquellos recuerdos engendraba en la joven una renovada angustia.
Ruth Liebman era una mujer que jamás perdía las esperanzas. Era una actitud que comunicaba a los que
la rodeaban, lo cual justificaba la extraordinaria labor que realizaba. Siempre había deseado ser asistente
social cuando era más joven, pero al convertirse en esposa de Samuel Liebman había canalizado sus
energías por otros derroteros.
Ahora permanecía completamente inmóvil, contemplando a Ariana, esforzándose por comprender la
aflicción de la joven, deseando saber cómo podría ayudarla.
—Y tu familia, Ariana?
Las palabras fueron pronunciadas con ternura; sin embargo, era evidente que la joven aún no estaba
preparada para escucharlas. Llorando desconsoladamente, se incorporó y sacudió la cabeza:
—Están todos muertos..., todos..., mi padre..., mi hermano..., mi... —Iba a decir «mi esposo», pero no
pudo proseguir, y mientras tanto, sin pensarlo dos veces, Ruth la tomó en sus brazos—. Todos..., todos.
No tengo a nadie..., ningún sitio a donde ir..., nada...
1 u embargó una nueva oleada de dolor y de espanto. Atormen111(111 por todo ello, sólo rogaba porque
su vida llegara a su fin.
—Ahora no puedes mirar atrás, Ariana. —Ruth Liebman le habló con dulzura mientras la sostenía entre
sus brazos, y por un instante Ariana tuvo la sensación de haber encontrado una madre—. Debes mirar
hacia delante. Te aguarda una nueva vida, un nuevo país..., y las personas que amaste en la otra vida
jamás te abandonaran. Ellas están aquí contigo. Espiritualmente, Ariana, siempre las llevarás dentro de ti.
Al igual que le ocurría a ella con Simon,.., del mismo modo que jamás perdería ella a su primer hijo. Así
lo creía con toda su alma, y Ariana percibió un asomo de esperanza mientras seguía abrazada a aquella
mujer alta y enjuta cuyo optimismo y fortaleza parecían casi tangibles.
—Pero qué haré ahora?
—6Qué hacías antes?
Pero hasta Ruth se dio cuenta de inmediato de que se trataba de una pregunta tonta. A pesar de los años
que la fatiga y la experiencia vivida parecían haber agregado a su rostro ojeroso, era evidente que la joven
probablemente no tenía más de dieciocho años.
—Trabajabas acaso?
Ariana denegó lentamente con la cabeza.
—Mi padre era banquero.
Y en seguida exhaló un suspiro. Todo parecía absurdo ahora. Todos aquellos nimios sueños se habían
desvanecido.
—Debía ir a la universidad cuando terminara la guerra.
Pero hasta ella comprendía que nunca le habría sido necesaria la carrera. Se habría casado y tenido hijos,
habría dado fiestas y jugado a las cartas, al igual que las demás mujeres. Incluso con Manfred no habría
hecho nada más, salvo trasladarse de su casa en la ciudad al schloss los fines de semana y para las
vacaciones, donde habría tenido que ocuparse de que todo estuviese en orden para su esposo..., y luego
por supuesto habrían tenido hijos... Tuvo que cerrar los ojos fuertemente de nuevo.
—Pero todo eso pertenece al pasado. Ahora ya no tiene importancia.
Nada importaba. Eso era evidente.
—Cuántos años tienes, Ariana?
—Veinte.
Paul era tan sólo dos años mayor, y Simon habría tenido veinticuatro. ¿Era posible que hubiera hecho tan
largo viaje a su edad? ,Y cómo se había separado de su familia? ¿Por qué habían dado
muerte a sus padres y a su hermano, dejándola a ella con vida? Pero mientras Ruth contemplaba a la
joven, comprendió cuál era la respuesta a aquellas preguntas, y una nueva punzada le traspasó el corazón
al compadecerse de ella. Ariana era extraordinariamente bonita, incluso en su actual estado, con aquellos
enormes y tristes ojos azules. De pronto, Ruth tuvo la certeza de que los nazis la habían usado. En un
instante, vio con claridad lo que le había pasado a Ariana durante la guerra. Y ése era el motivo por el
cual no la habían matado, por el cual no le habían marcado el cuerpo o tatuado los brazos. Al
comprenderlo plenamente, sintió una profunda compasión por la joven, y tuvo que contener las lágrimas
que pugnaban por brotar de sus ojos. Era como si hubiesen tomado a una de sus amadas hijas y la
hubieran usado como habían hecho con Ariana; sólo de pensar en ello, Ruth Liebman se sintió desfallecer.
Por un largo rato reinó el silencio entre ambas mujeres, y luego Ruth tomó suavemente la mano de Ariana.
—Debes olvidar el pasado. Absolutamente. Ahora debes pensar solamente que comienzas una nueva vida.
Si no lo hacía, jamás se libraría de aquella mácula. Sin duda era una muchacha que tenía buena crianza,
pero si no reaccionaba la pesadilla vivida con los nazis destruiría su vida. Se convertiría en una alcohólica,
en una prostituta, en una perturbada mental encerrada en alguna institución, o seguiría postrada en aquella
cama del Beth David Hospital y se dejaría morir. Pero mientras sostenía la mano de Ariana, Ruth
formuló una muda promesa: le daría a aquella menuda y abatida criatura una nueva oportunidad en la vida.
—A partir de hoy, Ariana, todo es nuevo. Un nuevo hogar, un nuevo país, nuevos amigos, un mundo
nuevo.
—¿ Y qué sabe de mis padrinos?
Ariana dirigió a Ruth una mirada glacial, y la mujer le dio una vaga respuesta.
—Todavía no les hemos avisado. Primero deseábamos estar seguros de que estabas bien. No quisimos
alarmarles antes de saber a qué atenernos.
Pero la verdad era que habían hablado con ellos por teléfono. Se trataba de una familia judía de Nueva
Jersey que habían hecho lo que consideraban su deber, pero sin mucho convencimiento. La joven iba a ser
un problema para ellos; tenían un negocio, pero la muchacha no les sería de mucha ayuda y además
odiaban a los alemanes. Ellos ya habían manifestado a la organización que querían una francesa. ¿Y qué
demonios iban a hacer con ella si se encontraba internada en un hospital de Nueva York...? Ruth les
había asegurado que era por precaución, que no se trataba de nada importante, estaban casi seguros de
ello. Pero ellos se habían mostrado bruscos y antipáticos. Y Ruth dudaba que la aceptaran. A indios... De
pronto se le ocurrió una idea: a menos que lograra hoy vencer a Sam para que Ariana fuese a vivir con
ellos.
- En realidad... —Ruth Liebman miró pensativamente a Arriana mientras se ponía de pie. Una sonrisa
iluminó lentamente su rostro de espléndidos rasgos y volvió a palmear la mano de Ariana—. En realidad,
tengo que verles esta mañana. Estoy segura de que todo saldrá bien.
-Cuánto tiempo tengo que estar aquí?
Ariana miró en torno de la pequeña y fría habitación. Habían seguido manteniéndola aislada, sobre todo
por los interminables chillidos que lanzaba cuando sufría una pesadilla, pero no la dejarían allí mucho
más tiempo. Ruth les había oído decir aquella misma mañana que pensaban trasladarla a la sala general.
—Es probable que sólo te quedes en el hospital unos pocos días más. Hasta que hayas recobrado las
fuerzas. —Le sonrió dulcemente—. No tengas prisa por salir, Ariana, pues podrías sufrir una recaída.
Disfruta del descanso de que gozas aquí.
Cuando se disponía a marcharse, advirtió que Ariana volvía a ser presa del pánico, pues recorría con ojos
aterrorizados el cuarto vacío.
—Dios mío, mis cosas..., ¿dónde están?
Su mirada buscó prestamente la de Ruth Liebman, que la tranqililizó en seguida con una cálida sonrisa.
—Están en lugar seguro, Ariana. La enfermera del barco entrego tu maleta al conductor de la ambulancia,
y supongo que la tienen guardada aquí. Estoy segura de que encontrarás en ella todo cuanto tenías,
Ariana. No tienes por qué preocuparte.
Pero Ariana estaba preocupada. ¡Los anillos de su madre! Y entonces, bajó la vista hasta sus propias
manos. Tanto el aro como anillo de compromiso y el sello de Manfred habían desaparecido. Miró con
ojos extraviados a la mujer, que inmediatamente compendió.
—La enfermera puso todas tus cosas de valor en la caja de seguridad, Ariana. Confía un poco en nosotros.
—Y luego, con voz más queda, agregó—: La guerra ha terminado, pequeña. Ahora estás a salvo.
¿Pero lo estaba?, se preguntó Ariana. ¿Estaba a salvo y tenía ello alguna importancia?
Unos minutos más tarde pulsó el timbre para llamar a la enfer 242
mera, que acudió corriendo. Tenía curiosidad por ver a la muchacha de la que todos hablaban. La que
había escapado de los campos de Alemania y había estado durmiendo cuatro días seguidos.
Ariana se quedó esperando nerviosamente hasta que la mujer le
trajo la maleta.
—Dónde están mis anillos? ¿De mis manos? —Su inglés no era del todo correcto. Su tutor inglés no le
daba lecciones desde antes
de la guerra—. Lo siento... Llevaba puestos unos anillos.
—Ah, sí?
La enfermera adoptó una vaga expresión y salió del cuarto precipitadamente. Regresó al cabo de un
instante con un sobrecito, que Ariana le arrebató y conservó en sus manos prietamente cerradas. Cuando
la enfermera se hubo marchado, lo abrió con toda parsimonia. Allí estaban sus anillos: el fino aro de oro
que la había unido a Manfred, el de compromiso que él le había regalado el día de Navidad y el sello de
su esposo, que ella llevaba debajo de los demás para que no se le cayera. Los ojos se le llenaron de
lágrimas mientras volvía a ponérselos. Y cuando lo hubo hecho, se dio cuenta de que había estado más
enferma de lo que suponía durante los veintidós días que siguieron a su partida de Berlin. Los anillos se
deslizaron por sus dedos hasta caer en su regazo. Nueve días para llegar a París; dos días pasados allí
abatida por el cansancio, la pena y el terror; siete días gravemente enferma en el océano, y ahora cuatro
días en el hospital... Veintidós días... que más bien parecían veintidós años. Cuatro semanas atrás había
estado en los brazos de su esposo, y ahora no volvería a verle nunca más. Cerró con fuerza los dedos de la
mano izquierda en cuya palma sostenía los anillos mientras, sollozando con resolución, lograba
sobreponerse. Entonces abrió la maleta.
Las prendas de ropa que el ama de llaves de Jean-Pierre de Saint Mame le había proporcionado seguían
tan pulcramente dobladas como cuando las había guardado. Después de los dos primeros días de estar en
el barco, se había sentido demasiado mareada como para poder moverse o cambiarse de ropa. Debajo de
ellas se encontraba el otro par de zapatos, y debajo de ellos lo que Ariana buscaba desesperadamente: el
sobre con las fotografías y el pequeño volumen encuadernado en cuero con el compartimiento secreto
donde aún seguían estando las sortijas de su madre. Lentamente las extrajo del escondite, primero la
grande con la hermosa esmeralda, y luego la más pequeña con sello de diamantes que su padre le había
dado la noche antes de partir. Pero no se las puso, sino que se quedó contemplándolas con una mirada fija.
Aquellos anillos constituían sus únicos bienes, su única seguridad , sus, sus únicos recuerdos tangibles
del pasado. Ellos eran cuanto le quedaba del pasado. Ahora los anillos eran todo lo
que le quedaba de
aquel mundo perdido. Las dos sortijas de su madre, los anillos que le había regalado Manfred y su
sencillo sello de oro labrado, y unas cuantas fotografías que mostraban a
Un
hombre vestido de uniforme
y a una sonriente y feliz jovencita de diecinueve años.
CAPITULO 31
LA SECRETARIA DE SAM Liebman guardaba tan celosamente la puerta de su despacho privado en
Wall Street como un ángel vengador con una espada. Nadie, ni siquiera su esposa o sus hijos, podía
trasponerla a menos que él les hubiese mandado llamar. Cuando se encontraba en casa, les pertenecía en
cuerpo y alma, pero cuando estaba trabajando consideraba su despacho como un recinto sagrado. Todos
los miembros de su familia lo sabían, especialmente Ruth, que raras veces acudía a su oficina a menos
que debiera tratar algún asunto de suma importancia, como el que ahora la había llevado allí.
—Pero puede estar ocupado por varias horas.
Rebecca Greenspan miró a la esposa de su jefe con un asomo de exasperación. Ruth Liebman ya casi
llevaba dos horas allí sentada. Y el señor Liebman había dado órdenes estrictas de que no debía ser
molestado.
—Si aún no ha ido a almorzar, Rebecca, antes o después tendrá que salir a comer. Y mientras coma,
podré hablar dos palabras con él.
—Se trata de algo tan importante que no puede esperar hasta la noche?
—Si no fuese así no habría venido aquí. ¿No te parece?
Ruth Liebman dirigió una afable pero firme sonrisa a la joven a la que casi doblaba la edad... y también la
estatura. Era una mujer le aspecto imponente, alta, con hombros anchos, pero sin un rasgo tic
masculinidad. Tenía una cálida sonrisa y una dulce mirada. Sin embargo, quedaba empequeñecida por la
extraordinaria estatura de su marido. Samuel Julius Liebman medía un metro noventa descalzo, tenía
anchos hombros, cejas pobladas y una melena leonina que sus hijos tomaban como blanco de sus bromas,
pues sus cabellos eran casi del color del fuego. Con el paso de los años, se había hecho ligeramente opaca
y adquirido el tono cobrizo del bronce, que se decoloraba aún más a medida que los cabellos rojizos iban
encaneciendo. Al igual que él, su hijo mayor, Simon, era pelirrojo, pero el resto de sus hijos eran morenos
como su esposa.
Samuel Liebman era un hombre juicioso, caritativo y bondadoso, y en el mundo de la banca ocupaba un
lugar de gran importancia. La firma Langendorf & Liebman había resistido incluso la bancarrota de 1929,
y a los veinte años de su fundación era una compañía de inversiones que gozaba del respeto de todos. Y
un día Paul reemplazaría a su padre. Ese era el sueño de Sam. Él siempre había pensado que le sucederían
Simon y Paul, por supuesto. Ahora, todo el peso de la responsabilidad recaería sobre los hombros del
menor de sus hijos en cuanto volviera a estar en pie.
Por fin, a las tres de la tarde, se abrió la puerta del santuario y apareció el gigante con melena de león,
muy elegante con su traje oscuro finamente rayado y su flexible, el ceño fruncido y una cartera porta
documentos en la mano.
—Rebecca, me voy a una reunión.
Y entonces, con asombro, advirtió la presencia de Ruth, que aguardaba pacientemente en una butaca al
otro extremo de la estancia. Por un instante, el terror se apoderó de él.
¿Y ahora qué?
Ella le sonrió maliciosamente y la expresión ceñuda se borró del rostro de su esposo. Sam le devolvió la
sonrisa al tiempo que la besaba dulcemente. La secretaria desapareció de la antesala con toda discreción.
—Las personas respetables no deberían comportarse de esta manera, Ruth. Y menos a las tres de la tarde.
Ella le besó con ternura y le pasó los brazos alrededor del cuello.
—Y si simulamos que es más tarde?
—Entonces no llegaré a la reunión para la que ya se me ha hecho tarde. —Rió quedamente—. Muy bien,
señora Liebman, ¿qué le trae por aquí? —Se sentó y encendió un cigarro—. Te concederé tres minutos
exactos, de modo que procuraremos resolver lo que sea rápidamente. ¿Te parece que podremos hacerlo?
Sus ojos brillaron con impaciencia sobre el cigarro, y ella sonrió. Sus interminables enfrentamientos, en
los que cada uno procuraba imponer su voluntad, eran famosos. Ella tenía sus propias ideas sobre
determinadas cosas y Sam las suyas, y cuando ambas no se encontraban en perfecta armonía las batallas
podían prolongarse durante semanas enteras.
—,Qué opinas acerca de no darle largas al asunto?
La sonrisa se hizo más amplia. Durante los veintinueve años que llevaban de casados, habían descubierto
que en definitiva todo se reducía a llegar a un acuerdo poniendo la mejor buena voluntad por ambas
partes.
—Me parece bien. Todo depende de ti, Sam.
—Dios mío, Ruth..., no me salgas con eso! La última vez que me dijiste que algo dependía de mí casi me
hiciste volver loco con el dichoso coche para Paul antes de que ingresara en el ejército. ¡Un cuerno
dependía de mí! Tú ya se lo habías prometido sin consultármelo siquiera. ¡Depende de mí! —Lanzó una
risita—. De acuerdo1 ¿de qué se trata?
Ruth se puso seria y resolvió ir derecho al grano.
—Quiero apadrinar a una joven que trajimos a este país hace unos cuantos días, Sam. Llegó en el barco
de la organización. Se encuentra en el Beth David Hospital desde entonces, y la familia que la había
apadrinado no quiere saber nada de ella. —Sus ojos denotaron amargura e ira—. Querían una chica
francesa. ¿Una sirvienta francesa extraída de una película de Hollywood quizás, o una puta francesa?
—lRuth! —Sam la miró con desaprobación. Era raro que su esposa usara términos tan crudos—. ¿Qué es
ella, entonces?
—Alemana —repuso Ruth más calmada, y Sam asintió en silencio.
—,Por qué se encuentra en el hospital? ¿Está muy enferma?
—En realidad, no. —Ruth lanzó un suspiro y comenzó a pasear lentamente por la sala—. No lo sé, Sam.
Creo que está abatida. Los médicos no encontraron síntomas de una enfermedad específica, y por
supuesto nada que sea contagioso. —Ruth vaciló durante un largo instante—. ¡Oh, Sam, está tan..., tan
desvalida! Tiene veinte años y ha perdido a toda su familia. ¡Es tan doloroso!
Miró a su esposo, implorante.
—Pero eso ocurre con todas, Ruth. —Suspiró hondamente. Hacía un mes que todos los días oían hablar
de los horrores de los campos de exterminio—. No puedes traerlas a todas a casa.
La verdad era que en todo el tiempo que trabajaba para la organización nunca había sugerido apadrinar a
nadie.
-Sam, te lo suplico...
—Y Julia y Debbie?
—,Qué pasa con ellas?
—¿ Cómo se sentirán al tener que convivir con una persona total- monte extraña?
—¿Cómo se sentirían si hubiesen perdido a toda su familia, Sam? Si no son capaces de conmoverse ante
el dolor ajeno, entonces creo que hemos fracasado como padres. Ha habido una guerra,
m. Tienen que comprender eso. Todos debemos pagar las consecuencias.
—Ellas ya han sufrido las consecuencias. —De inmediato, todos pensamientos de Sam Liebman fueron
para su hijo mayor—. Todos las hemos sufrido. Es mucho lo que pides de la familia, Ruth. ¿Qué pasará
con Paul cuando vuelva a casa? Puede ser duro para él tener que lidiar con los problemas que pueda
causarle la pierna ante una persona extraña, y... —Enmudeció, incapaz de seguir hablando, pero Ruth
comprendió de inmediato—. Cuando llegue a casa sufrirá una serie de choques, Ruth, tú lo sabes. La
presencia de una extraña no facilitará su readaptación.
La mujer alta y morena sonrió a su esposo.
—Tal vez cause el efecto contrario. De hecho, creo que puede hacerle mucho bien. —Ambos sabían
demasiado bien lo que Paul tendría que afrontar cuando volviera a casa—. Pero ésa no es la Cuestión. La
cuestión es esa muchacha. Tenemos una habitación para ella. Lo que quiero que me digas es si me das tu
consentimiento para que venga a vivir con nosotros durante un tiempo.
—¿Durante cuánto tiempo?
—No lo sé, Sam. Para ser realista, seis meses, tal vez un año. No tiene familia, ni recursos económicos, ni
nada, pero parece bien educada y habla el inglés con corrección. Con el tiempo, cuando se ya recobrado
de la conmoción que ha sufrido, supongo que podrá conseguir un empleo y no depender de nadie.
—Y si no lo consigue, ¿qué haremos con ella? ¿Tenerla en casa para siempre?
—Por supuesto que no. Quizá podríamos hablarlo con ella. Podríamos proponerle que se quedara con
nosotros seis meses, con la posibilidad de quedarse seis meses más si fuese necesario; pero podríamos
dejar bien establecido que después de transcurrido un año tendrá que marcharse.
Sam comprendió que su esposa había ganado. A su manera,
Siempre salía vencedora. Aun cuando consideraba haber hecho prevalecer su criterio, en última instancia
siempre era ella la que conseguía salirse con la suya.
—Señora Liebman, debo reconocer que es usted turbadoramente persuasiva. Celebro que no trabaje para
una firma competidora.
—¿ Signiflca eso que me das tu consentimiento?
—Significa que lo pensaré. —Y después de una pausa, pregunté—: ¿Dónde has dicho que está internada?
—En el Beth David Hospital. ¿Cuándo irás a verla?
Ruth Liebman sonrió, y su esposo exhaló un suspiro y dejó el cigarro.
—Procuraré pasar a verla esta noche, cuando regrese a casa. ¿Reconocerá el nombre si le digo quién soy?
—Eso creo. He estado con ella toda la mañana. Dile que eres el esposo de la voluntaria llamada Ruth. —
Entonces advirtió que había algo que le preocupaba—. ¿Qué pasa?
—¿ Está desfigurada?
Ruth se acercó a él y le acaricié suavemente la mejilla.
—Claro que no.
Adoraba las debilidades y temores que a veces descubría en su esposo; a sus ojos, ello no hacía más que
poner de relieve su fortaleza y le reducía a una escala que parecía más humana. En aquellos momentos, le
amaba aún más. Le miró con una incipiente sonrisa y le guiñó un ojo.
—En realidad es muy bonita. Pero está tan..., tan desesperadamente sola en estos instantes... Lo
comprenderás cuando la veas. Es como si hubiese perdido todas sus esperanzas.
—Es probable que así sea después de lo que ha pasado. ¿Cómo podría creer en nadie, después de lo que
les hicieron...?
Súbitamente, los ojos de Sam Liebman volvieron a echar destellos de ira. Le enfurecía pensar en lo que
aquellos hijos de perra habían hecho. El día que leyó las primeras noticias llegadas de Auschwitz, se
encerró en su estudio y allí estuvo meditando, orando y finalmente llorando toda la noche. Y entonces
volvió a mirar a Ruth mientras cogía su sombrero.
—¿ Confia en ti?
Ruth se quedó pensativa un instante.
—Así lo creo. En la medida en que puede confiar en alguien.
—Muy bien, pues. -Cogió la cartera porta documentos—. Iré a verla.
Se quedó contemplando a su esposa un largo rato; luego, ambos se dirigieron al ascensor.
[e amo, Ruth Liebman. Eres una mujer maravillosa, y te amo.
Ella le besó tiernamente a modo de respuesta, y antes de que se abriesen las puertas del ascensor le dijo:
Yo también te amo, Sam. Entonces, ¿cuándo me darás tu respuesta ?
Sam puso los ojos en blanco mientras se abrían las puertas y entraban en el ascensor.
—Te la daré esta noche cuando llegue a casa. ¿Te parece bien?
Pero le estaba sonriendo, y ella asintió con la cabeza, muy contenta. Luego le besó ligeramente en la
mejilla y, mientras él se iba a la reunión, Ruth subió a su flamante Chevrolet y se dirigió a
su casa.
Capitulo 32
ARIANA ESTUVO TODA LA mañana sentada en la cama, contemplando la brillante luz del sol por la
ventana del cuarto del hospital y, cuando la venció el tedio, se quedó con la vista fija en el suelo. Al cabo
de un rato, apareció una enfermera que la conminé a levantarse y caminar, pero después de dar unos pasos
por el pasillo, sosteniéndose en los pasamanos y vanos de las puertas, se sintió fatigada y volvió a la cama.
Después del almuerzo le anunciaron que la mudarían de lugar, y a la hora de la cena se encontró en una
cama de la bulliciosa sala general. La enfermera le había dicho que le haría bien estar en compañía de otra
gente, pero Ariana no tardó en pedir que colocaran un biombo en tomo a su cama. Al escuchar las risas y
los ruidos, y sentir el olor de los platos de comida, Ariana quedó postrada en el lecho, vencida por la
náusea. Aún estaba con la toalla junto a la boca, con los ojos llorosos por las recientes arcadas, cuando
oyó que golpeaban el biombo que la aislaba de los demás enfermos, y con una expresión de pánico
guardó precipitadamente la toalla y levantó la vista.
—Quién es?
En verdad, ello no tenía ninguna importancia, pues no conocía a nadie en aquel país. Sus palabras fueron
apenas audibles y sus ojos parecieron volverse aún más grandes al ver aparecer a un hombre imponente
junto al biombo. Jamás se había sentido más pequeña y
asustada que en aquel momento, y cuando Sam Liebman se inclinó sobre ella, comenzó a temblar
visiblemente y tuvo que hacer un esfuerzo para contener el llanto. ¿Quién era aquel hombre? ¿Qué Quería
de ella? Con su sombrero y su traje oscuro, tenía aspecto de funcionario público, y ella tuvo la certeza de
que pertenecía a la policía o al departamento de inmigración. ¿Acaso iban a mandarla de nuevo a Francia?
Sin embargo, el hombre la contemplaba con expresión afable y cálida mirada, a pesar del aire altanero
que le otorgaba su elevada estatura.
—,Señorita Tripp...?
Ése era el nombre que figuraba en su documentación. Saint Mame había tenido la precaución de suprimir
el «von».
—¿Sí? —respondió con una voz que era poco más que un susurro.
—¿ Cómo se encuentra?
Ella no se atrevió a contestar. La joven temblaba tanto que Sam Liebman dudó si era conveniente que se
quedara. Al verla tan enferma, asustada y sola, comprendió por qué Ruth se había compadecido de
aquella joven. Era una criatura adorable. Y cuando más la miraba, más le parecía que no era más que una
chiquilla.
—Señorita Tripp, soy el esposo de Ruth Liebman.
Estuvo a punto de tenderle la mano, pero temió que si avanzaba hacia ella la joven saltaría, temblando, de
la cama.
—¿Sabe a quién me refiero? A Ruth Liebman, la señora que la visitó esta mañana, la trabajadora
voluntaria.
Sam insistió con el fin de avivar su memoria. Lentamente, una luz brillé en los ojos de la joven.
—Sí..., sí..., ya sé..., estuvo aquí... hoy.
El inglés de Ariana era más que correcto, hasta culto, pero hablaba con voz tan baja qué Sam apenas
podía oírla.
—Ella me pidió que viniese a verla. Así que me dije que pasaría por aquí antes de volver a casa.
¿Ella se lo habla pedido? ¿Por qué? ¿Se trataba de una visita social? ¿Aún había gente que hacía esas
cosas? Ariana le miró con estupefacción, con ojos inexpresivos, y luego, recordando sus buenos modales,
movió la cabeza lentamente.
—Gracias.
Y entonces, haciendo un gran esfuerzo, le ofreció su mano menuda y espectral.
—Es un placer —dijo Sam, aunque ambos comprendieron que no era ésa la expresión más adecuada.
La sala general era sencillamente horrible, y los gritos y las exclamaciones parecían aumentar cada vez
que ellos pretendían hablar. Ariana le había indicado una silla a los pies de la cama, y ahora él estaba allí
sentado, con una expresión que denotaba su embarazo y sin atreverse a posar sus ojos en la joven.
—Quiere que le traiga alguna cosa? ¿Algo que usted necesite?
Los enormes ojos de la joven buscaron los suyos, pero se limitó a menear la cabeza, mientras él se
reprochaba el haberle formulado aquella pregunta. Sus necesidades no eran fáciles de satisfacer.
—Mi esposa y yo queremos que sepa que, dentro de nuestras posibilidades, desearíamos ayudarla. —
Lanzó un entrecortado suspiro y prosiguió—: A nosotros, los norteamericanos, nos resulta difícil
comprender lo que ha sucedido en su país..., pero nos afecta, nos afecta profundamente..., y el hecho de
que usted haya logrado sobrevivir es un milagro que nos llena de gozo. Usted y los demás sobrevivientes
se erigirán como una especie de monumento testimonial de esta época, y para las épocas futuras..., y usted
merece una vida digna, por usted misma y por todos los demás.
Sam Liebman se puso de pie y se acercó a la joven.
Le había costado un enorme esfuerzo pronunciar aquellas palabras, y Ariana le observaba con los ojos
muy abiertos. ¿Qué era exactamente lo que aquel hombre estaba pensando? ¿Sabía que ella había logrado
huir de Berlín? ¿A quién se refería al hablar de «los demás»? ¿O lo había dicho pensando solamente en
los alemanes sobrevivientes? Pero fuera cual fuese el significado de sus palabras, era evidente que aquel
hombre hablaba con sinceridad. Con su elevada estatura y su poblada cabellera, parecía muy distinto a su
padre, pero sin embargo sintió que se había granjeado su afecto como si se tratase de un viejo amigo. Era
un hombre compasivo y noble, un hombre que merecía su respeto, y a quien su padre también habría
reverenciado. Entonces Ariana se inclinó hacia delante, apoyó ligeramente las manos sobre sus anchos
hombros y le dio un beso en la mejilla.
—Gracias, señor Liebman. Me hace .usted sentirme contenta de estar aquí.
—Así debe ser. —Sam le sonrió con ternura, conmovido por el beso—. Este es un gran país, Ariana. —
Era la primera vez que la llamaba por el nombre, pero ahora le parecía que ya podía hacerlo—. Ya tendrás
ocasión de comprobarlo. Es un mundo nuevo, donde reharás tu vida, conocerás a gente nueva, nuevos
amigos.
Los ojos de Ariana, sin embargo, parecían entristecerse mientras le escuchaba. Ella no quería conocer
gente nueva, sino recobrar
a las personas amadas, y éstas se habían ido para siempre. Pero, como hubiese advertido el dolor que si
reflejaban sus ojos, Sam Liebman l loco la mano.
Ahora Ruth y yo somos tus amigos, Ariana. Por eso he venido a verte.
Y entonces, al comprender lo que le decía, que había ido a verla , en el hospital, en aquella horrenda sala,
y que lo había hecho Porque estaba preocupado por ella, a Ariana se le llenaron los ojos de lágrimas.
Pero tras las lágrimas había una sonrisa.
—Gracias, señor Liebman.
en ese momento, también él tuvo que contener las lágrimas. Se puso de pie lentamente, tomándole la
mano, y se la estrechó un largo rato.
—Ahora tengo que irme, Ariana. Pero Ruth volverá a verte mañana. Y yo también te veré muy pronto.
Como una niña que se siente abandonada, movió la cabeza, (rutando de sonreír y luchando
desesperadamente para dominar el llanto que amenazaba con escapar a su control. Y entonces, incapaz de
contenerse a su vez, Samuel Liebman la tomó en sus brazos, afectuosamente, y la retuvo entre ellos
durante casi media hora, mientras Ariana daba rienda suelta a sus incontrolables sollozos. Por último,
cuando dejó de llorar, él le dio un pañuelo y Ariana se sonó estrepitosamente la nariz.
—Lo siento..., no quería... Fue sólo que...
—Silencio..., no hables. —Le acarició la cabeza tiernamente—. No es necesario que te justifiques, Ariana.
Lo comprendo.
Mientras contemplaba los dorados cabellos de aquella frágil chiquilla, que permanecía con la cabeza
gacha sobre su pañuelo en la cama, Sam se preguntó cómo era posible que hubiera logrado sobrevivir.
Parecía demasiado delicada como para resistir el menor embate de la vida; sin embargo, él se dio cuenta
de que detrás de aquellos dulces rasgos, de aquella débil complexión, de la menuda y graciosa figura,
había una mujer de recio temple. Algo resistente e invencible le había permitido superar todos los
contratiempos, y así sería en el futuro. Y mientras Sam Liebman contemplaba a la muchacha que se había
convertido en su tercera hija, agradeció a Dios aquella ventura.
CAPITULO 33
Los PREPARATIVOS PARA la llegada de Ariana se llevaron a cabo con una mezcla de regocijo y de
aprensión. Sam había llegado a casa después de su entrevista con la joven y lo primero que hizo fue
pedirle a Ruth que la sacara de aquella sala del hospital al día siguiente. Y siempre que los médicos
consideraran que no tenía ninguna enfermedad que constituyera un riesgo para sus hijas, Sam deseaba que
Ariana fuese llevada a la casa de la Quinta Avenida lo antes posible. Después de cenar, convocó a sus
hijas en su estudio y les explicó que Ariana iría a vivir con ellos, que era alemana, que había perdido a
toda su familia y que tendrían que tratarla con mucho cariño durante un tiempo.
Al igual que sus padres, Julia y Debbie eran compasivas. También ellas estaban conmocionadas por las
noticias que les llegaban diariamente acerca de Alemania. También ellas deseaban aportar su grano de
arena. A la mañana siguiente, rogaron a Ruth que las dejara ir con ella al hospital. Pero en eso el
matrimonio Liebman se mantuvo firme en su negativa. Ya tendrían tiempo de conocer a Ariana cuando
llegara a casa. Debido al estado en que se encontraba la joven desde su desastroso viaje marítimo, Ruth
temía que su visita resultara inconveniente para Ariana. De hecho, a sugerencia del médico, había resuelto
que permaneciese en cama durante la primera semana. Después, si se sentía con más fuerzas, podría ir
con ellos a almorzar o a cenar fuera, o incluso al cine. Pero era evidente que debía recobrar sus energías.
Ruth se presentó en el hospital y anunció a Ariana que ella y su esposo deseaban llevarla a su casa, donde
podría permanecer no soto seis meses, como en un principio le había dicho a Sam, sino durante todo el
tiempo que Ariana tuviese necesidad de convivir u en una familia. La joven la miró completamente
asombrada, segura de que su inglés le había jugado una mala pasada y no había entendido bien lo que le
decía
Se quedó mirando a Ruth con expresión interrogativa. Era imposible que hubiese oído lo que le parecía
haber entendido. Pero
k u t h le cogió las menudas y frágiles manos y se sentó en el borde de la cama, con una sonrisa en el
rostro.
—El señor Liebman y yo quisiéramos que vieneses a vivir con nosotros, Ariana. Durante el tiempo que
quieras.
Luego de haber estado con ella, fue el mismo Sam quien desechó la condición de los seis meses o un año.
—6En su casa?
¿Pero por qué aquella mujer le hacía aquel ofrecimiento? Ariana ya tenía quien la apadrinara, y esta mujer
ya le había dedicado bastante tiempo. Ahora contemplaba a su benefactora con una expresión libre de
todo temor.
—Sí, en nuestra casa, con nuestras hijas, Deborah y Julia, y dentro de unas semanas también regresará
nuestro hijo. Paul estuvo en el Pacífico, pero cayó herido; unos trozos de metralla se le alojaron en la
rótula, aunque muy pronto estará en condiciones de Viajar.
Nada le dijo acerca de Simon. No tenía objeto. Prefirió seguir hablándole alegremente, contándole cosas
de sus hijas y dejando (PIC Ariana ordenara sus propios pensamientos.
—Señora Liebman... —Ariana la miró fijamente a los ojos—. No sé qué decir.
Sin darse cuenta, le habló en alemán, pero Ruth Liebman, gracias a sus conocimientos , la entendió
perfectamente.
—No tienes que decir nada, Ariana. —Y entonces, sonrió, agregando—: Pero si lo haces, debes tratar de
decirlo en inglés, en caso contrario mis hijas no te entenderán.
—He vuelto a hablar en alemán? Lo siento. —Ariana se ruborizó y luego, por primera vez en muchas
semanas, miró a Ruth
Liebman y se echó a reír—. ¿De veras me llevará a su casa? —Miró
i su amiga con total asombro, y las dos mujeres intercambiaron una
larga sonrisa, mientras Ruth asentía con la cabeza y estrechaba fuertemente las manos de la joven—. Pero
¿por qué hace usted esto? ¿Por qué razón? Será mucha molestia para usted y su esposo.
Y entonces, súbitamente, recordó los días que Max Thomas permaneció con ellos. Él se había sentido
exactamente como ella se sentía ahora..., aunque aquello había sido distinto. Max era un viejo amigo. Y
su padre no le había ofrecido la casa para siempre. Pero al pensar en ello, comprendió que, si hubiese sido
necesario, lo habría hecho. Tal vez ambas situaciones eran similares.
Ahora Ruth la miraba muy seria.
—Ariana, queremos hacerlo porque lamento profundamente todo lo que ha sucedido.
Ariana la miró con tristeza.
—Pero ustedes no tienen la culpa, señora Liebman. Fue sólo... la guerra.
Por un instante, Ariana mostró una expresión tan desconsolada que Ruth Liebman le pasó un brazo por
los hombros, al tiempo que le acariciaba los sedosos y rubios cabellos que caían sobre su espalda.
—También aquí sentimos los afilados dientes de la guerra, la injusticia, el horror, la angustia. —Mientras
hablaba, pensó en Simon, que había muerto por su patria, pero verdaderamente, ¿para qué?—. Pero nunca
conocimos nada parecido a lo que vosotros vivisteis en Europa. Quizá de alguna manera, si podemos,
conseguiremos mitigar tus sufrimientos, para que puedas olvidarlos por un tiempo, para que puedas
iniciar una nueva vida. —Y entonces la miró con ojos preñados de afecto—. Ariana, aún eres muy joven.
Pero Ariana meneó lentamente la cabeza y respondió:
—Ya no lo soy.
VARIAS HORAS MÁS TARDE, el Daimier de Sam Liebman, con su chofer al volante, conducía a
Ariana a la casa de la Quinta Avenida, Al otro lado de la calle, Central Park se ofrecía con todo el
esplendor de sus exuberantes árboles y sus flores de variados colores. Ariana pudo admirar los cabriolés
que avanzaban lentamente por los senderos del parque, llevando a jóvenes parejas de enamorados. Era
una hermosa mañana primaveral de fines de mayo. Y ésa fue la primera visión que Ariana tuvo de Nueva
York. Sentada entre Samuel y Ruth, parecía una chiquilla.
Sam había dejado la oficina para ir al hospital, y él mismo había llevado la patética maleta de cartón hasta
el automóvil. En ella Ariana había guardado una vez más sus magras pertenencias, y de echo pensaba
sacar las prendas que se pondría cuando los Liebman fuesen a buscarla. Pero Ruth había pasado por Best
& Co. esa mañana, y la caja que orgullosamente puso en las manos de Ariana contenía un bonito vestido
veraniego de color azul claro, casi del mismo tono que los ojos de la joven, con la cintura fruncida y una
falda de amplio vuelo. Con aquel vestido, Ariana parecía más que nunca una princesa de cuento de hadas,
y Ruth se había quedado contemplándola con una cálida sonrisa. También le había llevado unos guantes
blancos, un suéter y un hermoso sombrerito de paja natural que, graciosamente inclinado hacia un costado
de su cabeza, realizaba las bellas facciones de Ariana. Y milagrosamente, los zapatos que Ruth le había
comprado se adaptaban perfectamente a los diminutos pies de Ariana. Cuando salieron del hospital, su
aspecto había cambiado completamente, y sentada en el coche color castaño de Sam Liebman,
observando por primera vez la ciudad, parecía más una turista que una refugiada.
Por un instante, Ariana se preguntó si, cerrando los ojos durante Unos segundos, tendría la sensación de
encontrarse en Berlín, camino de su casa en Grunewald..., pero, como si hubiese rozado con sUS dedos
una herida demasiado reciente, descubrió que aún experimentaba un dolor tremendamente agudo. Era
preferible mantener los ojos abiertos, mirar en torno y admirar todo cuanto se ofrecía a u vista. De cuando
en cuando, Sam y Ruth se miraban por encima de su cabeza y se sonreían. Estaban satisfechos con la
decisión que habían tomado. Quince minutos después de abandonar el hospital, El daimler se detenía, el
chofer descendía del vehículo y abría la portezuela. Era un negro de porte distinguido y ojos inquietos,
muy elegante con su uniforme negro, la gorra del mismo color, la camisa blanca y una corbata de lazo.
Se llevó la mano a la gorra, cuando Sam bajó del auto, y luego ofreció el brazo a Ruth. Ella lo rehusó con
una cálida mirada, miró Ariana por encima del hombro y acto seguido descendió del coche la ayudó a a y
bajar ella misma. Ariana aún no había recobrado todas sus fuerzas y, a pesar del bonito vestido y del
sombrero, su palidez todavía era muy acentuada.
- ¿Te encuentras bien, Ariana?
-Sí, gracias, estoy bien.
Pero Ruth y Sam la observaron con atención. Cuando se estaba vistiendo, se sintió tan débil que tuvo que
sentarse, y fue una suerte que Ruth estuviera con ella para ayudarla. Sin embargo, Sam reparaba en su aire,
en sus delicadas maneras, en su actitud, en la calma Con que se había comportado desde el instante en que
subió al coche. Fue como si finalmente hubiese penetrado en su propio mundo. Y Sam sintió deseos de
inquirir acerca de su vida. Ariana no sólo era una muchacha culta y bien educada; era una joven de clase,
un diamante de primera, cuya situación resultaba más trágica por el hecho de no tener absolutamente nada.
Pero ahora les tenía a ellos, se dijo a modo de consuelo, durante el breve momento que permaneció junto
a Ruth, contemplando el parque maravillado y esbozando una lenta Sonrisa. Ariana, por su parte, había
estado recordando el Grunewaldsee y los árboles y los botes. Pero al sentirse tan lejos de su patria, pensó
que todo aquello igualmente habría podido pertenecer a otro planeta.
—Dispuesta a entrar en casa?
Ariana asintió con la cabeza, y Ruth la condujo con paso cansino al interior de la casa, el vestíbulo
principal, adornado con cortinajes de terciopelo de suaves colores y antigüedades que habían adquirido en
sus viajes a Europa, realizados antes de la guerra. Había cuadros del medievo, tallas esculturas de caballos,
tapetes persas, una pequeña fuente de mármol y un suntuoso piano en el fondo del salón. En el centro de
la entrada una escalinata se elevaba en espiral hasta la planta alta, en la cual se encontraban dos jovencitas
de asombrados ojos y negros cabellos.
En silencio, miraban a Ariana, luego sus ojos se dirigían a su madre y volvían a posarse en Ariana, como
esperando una muda señal, hasta que de repente, sin que pareciera importarles las consecuencias de no
obedecer las instrucciones que les impartieran, se precipitaron escaleras abajo y abrazaron a Ariana,
gritando, riendo, saltando y danzando alegremente a su alrededor.
—1Bienvenida, Ariana! ¡Bienvenida a casa!
Aquella manifestación de afecto arrancó nuevas lágrimas de los ojos de Ruth Liebman. Pasado el solemne
momento impuesto por las personas mayores, las dos jovencitas lograron disipar con su alegría la congoja
que embargaba a Ariana y marcaron con ello el comienzo de la fiesta en que debía convertirse aquel
recibimiento. Había un pastel aguardando, y globos y gallardetes, y Debbie había cortado un enorme
ramo de rosas de los rosales del jardín. Julia había preparado el pastel, y juntas habían ido por la mañana
a comprarle a Ariana todas las cosas que consideraban indispensables para una joven de su edad: tres
lápices de labios de tonos distintos, varias polveras, una cajita de colorete, adornos y horquillas para el
pelo, e incluso una graciosa redecilla que Debbie insistía en afirmar que sería el último grito de la moda
en el próximo otoño. Habían envuelto todos los regalos y luego los colocaron en el tocador del cuarto de
huéspedes que Ruth había hecho preparar para Ariana la noche anterior.
Cuando Ariana vio el cuarto, se le llenaron los ojos de lágrimas de nuevo. En cierto modo, le recordó las
habitaciones de su madre en Grunewald. También ésta era un paraíso de sedas y rasos de color rosado,
pero era aún más bonita, la cama era más grande, y todo mostraba frescor y esplendor, como era de
esperar en una habitación norteamericana. La cama estaba cubierta por un enorme dosel de organdí
blanco. El cobertor era un edredón de fino raso blanco y rosado. Había un escritorio de madera labrada
con flores y dibujos trompe l'oeil, un gran armario antiguo para la ropa, una chimenea de mármol blanco,
coronada por un precioso espejo de marco dorado y unas sillitas lujosamente tapizadas con raso rosado,
donde las jovencitas podrían sentarse con Ariana y charlar hasta primeras horas de la madrugada. Junto al
dormitorio había un pequeño gabinete y luego un cuarto de baño de mármol rosado. Y dondequiera que
Ariana dirigía la vista había rosas, y en una mesa dispuesta para cinco personas se encontraba el pastel de
Julia.
Al no poder encontrar palabras para darles las gracias, Ariana se limitó a abrazarlas sin dejar de reír y
llorar al mismo tiempo. Luego les dio otro abrazo a Sam y Ruth. ¿Qué milagro se había producido para
que ella hubiese ido a parar a aquella casa? Era como si hubiera completado la vuelta desde la casa en
Grunewald, pasando por la pequeña celda donde Von Rheinhardt la había encerrado, el cuartel de mujeres
y luego la acogedora casa de Manfred, de donde había salido de nuevo para perderse en la nada, hasta
penetrar en el lujoso y confortable mundo que conocía, un mundo en el cual se había criado, un mundo de
sirvientes y grandes coches y cuartos de baño de mármol rosado, como el que ahora contemplaba sin dar
crédito a sus ojos. Pero la cara cuyo reflejo percibió en el espejo por un instante ya no era la cara de la
jovencita que ella conocía. Aquélla pertenecía a una extraña, demacrada y fatigada, a una persona que en
realidad no pertenecía a aquella casa. Ahora no pertenecía a ningún lugar ni a nadie, y si aquella familia
deseaba brindarle su afecto durante una temporada, ella lo aceptaría y les estaría reconocida, pero sabía
que jamás podría volver a contar con un mundo de cuartos de baño de mármol rosado.
Con el aire solemne de una celebración, se sentaron para saborear el pastel artísticamente decorado de
Julia. Con pétalos de rosa había formado el nombre de Ariana en la cobertura escarchada, y ésta sonrió
mientras trataba desesperadamente de refrenar las náuseas que parecían no querer dejar de asaltarla jamás,
en tanto le cortaban un pedazo de pastel. En seguida descubrió que apenas podía tragar bocado, y aunque
las chicas eran adorables experimentó un gran alivio cuando Ruth las despidió de la sala. Sam tenía que
regresar a la oficina, las jovencitas tenían que ir a almorzar con su abuela, y Ruth quería que Ariana se
fuera de inmediato a la cama. Ya era hora de que la dejaran tranquila para descansar. Colocó sobre la
cama la bata y uno de los cuatro camisones que le había comprado por la mañana en Best's, y una vez
mas Ariana se quedó contemplando los regalos con asombro. Encaje blanco y raso..., encaje rosado...,
raso azul..., era todo tan maravillosamente familiar, y sin embargo ahora todo le parecía infinitamente
asombroso y nuevo.
—,Te encuentras bien, Ariana?
Ruth le dirigió una escrutadora mirada al ver que Ariana se dejaba caer en la cama.
—Estoy muy bien, señora Liebman..., y han sido todos ustedes tan buenos conmigo... que sigo sin saber
qué decir.
—No digas nada. Sólo gózalo. —Y luego, después de un instante de permanecer pensativa en silencio,
miró a Ariana—. En cierto modo, creo que es una manera de soportar el sentimiento de culpa.
— ¿Qué sentimiento de culpa?
Ariana parecía confundida.
—El sentimiento de culpa por haber permanecido aquí a salvo mientras vosotros en Europa... —
Enmudeció un instante—. Vosotros no erais diferentes de nosotros, y sin embargo tuvisteis que pagar
muy caro el hecho de ser judíos.
De repente Ariana comprendió. Creían que ella era judía. Por eso la habían acogido en su hogar como si
fuese una de sus propias hijas..., por eso se mostraban tan bondadosos con ella: estaban convencidos de
que era judía. Acongojada y presa de una profunda angustia, miró fijamente a Ruth Liebman. Tenía que
decírselo. No podía dejar que pensara... ¿Pero qué podía decirle? ¿Que era alemana..., una alemana
auténtica..., un miembro de aquella raza que había exterminado a tantos judíos? ¿Qué pensarían entonces?
Que era nazi. Pero ella no lo era. Ni lo había sido su padre..., ni Gerhard. Se le llenaron los ojos de
lágrimas mientras se veía acuciada por aquellos pensamientos..., jamás lo comprenderían..., jamás...; la
expulsarían de su casa..., la pondrían en un barco de nuevo. Prorrumpió en sollozos, y Ruth Liebman se
sentó junto a ella en la cama y la estrechó entre sus brazos.
—Oh, Dios mío... Lo siento, Ariana... ¡ Cuánto lo siento! No es necesario que hablemos de esto ahora.
Pero ella tenía que decírselo..., tenía que decírselo... No obstante, una vocecita en su interior le impuso
silencio. Todavía no. Cuando te conozcan mejor, entonces quizá serán capaces de comprender. Y estaba
demasiado extenuada como para poder rebatir aquellos argumentos. Dejó que Ruth Liebman la acostara
en la cama endoselada y que la arropara con el cobertor de raso rosado. Al cabo de unos instantes,
después de exhalar un largo y entrecortado suspiro, Ariana se quedó dormida.
Y cuando despertó, en seguida se encontró pensando en aquel problema. ¿Debía decirles la verdad ahora
o esperar? Mas para entonces Debbie ya le había escrito un poema, y Julia golpeaba suavemente la puerta
para entrarle una taza de té y otro pedazo de pastel. Era imposible decírselo ahora. Su vida se encontraba
entrelazada con las de 'ellas. Ya era demasiado tarde.
CAPITULO 34
¿QUÉ OS LLEVÁIS ENTRE manos las tres? —Ruth asomó la cabeza y vio a las tres jóvenes, que reían
tontamente en el dormitorio de Ariana, pues ésta les había estado enseñando a ponerse colorete—. ¡Ajá!
¡Mujeres pintarrajeadas!
Ruth examinó las tres caras y sonrió. Ariana, con sus bellos rasgos de camafeo y la larga cabellera rubia
que caía sobre sus hombros como si fuese una niña, estaba aún más ridícula que las otras dos con las
mejillas coloreadas.
—,Podremos salir con Ariana mañana?
Julia miró a su madre con ojos implorantes. Parecía un potrillo sensual, de largas piernas y grandes ojos
castaños que en cierto modo la hacían parecer mayor de dieciséis años. Era tan alta como su madre, pero
los rasgos de su rostro eran más delicados. Ariana la encontraba encantadora y un tanto exótica. Además,
maravillosamente sincera e inteligente, y poseía una agudeza innata.
Debbie, por su parte, era más dócil, más callada, pero también encantadora. Tenía algo de soñadora y a
diferencia de Julia no le interesaban los muchachos en absoluto. Su interés se centraba tan sólo en su
amado hermano, quien debía regresar a casa al cabo de una semana. Para entonces —Ruth lo había
prometido— Ariana podría salir con ellas, todos los días si así lo deseaba. Pero mientras tanto, quería que
se quedara tranquila, pues se daba cuenta de que, a pesar de manifestar lo contrario, la joven a veces
parecía agradecer que la dejaran sola para poder descansar.
—Ariana, querida, ¿acaso te sientes enferma o sólo muy cansada?
Ruth aún estaba sumamente preocupada por su salud, y a medida que pasaban los días se acrecentaba su
temor de que hubiese quedado quebrantada para toda la vida. A veces, se la veía muy animada y se
convertía rápidamente en un miembro más de la familia cuando se trataba de cumplir con los quehaceres
de la casa y de divertirse los fines de semana y después de las comidas; pero incluso entonces Ruth se
daba cuenta de que no se había recobrado completamente de la tremenda prueba. Le había hecho
prometer a Ariana que si en el curso de la semana siguiente no se sentía mucho mejor irían de nuevo a ver
al médico.
—Se lo prometo. No es nada. Sólo estoy cansada..., creo que a causa de haberme mareado tanto en el
barco.
Pero Ruth sabía muy bien que no se debía a la travesía. Se trataba de una dolencia espiritual. Sin embargo,
Ariana nunca cedía, nunca se quejaba. Todos los días ayudaba a Julia y a Debbie cuando se enfrascaban
en sus estudios veraniegos, cuando ordenaban su habitación y cuando cosían para Ruth. En dos ocasiones,
ésta la había encontrado en la planta baja ayudando al ama de llaves a reordenar los armarios de la ropa
blanca. La última vez que la atrapó allí, la sacó a cajas destempladas y la envió rápidamente a su
habitación a descansar. Pero al poco rato la encontró en el cuarto de Paúl, cosiendo las cortinas nuevas
que Ruth había comenzado a confeccionar, pero que nunca podía terminar. Era evidente que Ariana
deseaba participar en los preparativos hogareños para recibir a Paúl. Todos los de la casa aportaban su
granito de arena y ella también deseaba hacerlo.
Y mientras Ariana se encontraba en el cuarto de Paúl, cosiendo tranquilamente, trataba de imaginarse qué
clase de muchacho sería. Sabía cuánto le adoraban sus padres, pero no sabía mucho más que eso acerca
de él, salvo que tenía más o menos su edad y que las fotografías de la escuela secundaria, que llenaban su
habitación, mostraban a un alto y sonriente muchacho de aspecto atlético, anchos hombros y una luz
maliciosa en los ojos. Le caía simpático, incluso antes de conocerle, y ahora sabía que ese momento era
inminente. Paúl llegaría el sábado a su hogar y Ariana advertía con cuánta desesperación sus familiares
aguardaban su regreso, sobre todo desde la muerte del hijo mayor. Ruth le había contado, con voz serena,
lo que le había ocurrido a Simón, y por supuesto Ariana
Comprendió que la pérdida de aquel hijo había constituido un severo golpe y que por ello Paúl era ahora
su tesoro más preciado. Pero Ariana también comprendió que la llegada de Paúl a casa acarrearía ciertas
dificultades por otra razón.
Ruth le había contado que cuando Paúl partió dos años atrás, deseaba ser exactamente igual que su
hermano mayor. Todo cuanto hacía tenía que ser un reflejo de los actos de su hermano. Como sea que
cuando Simón se marchó estaba comprometido, Paúl también se comprometió antes de embarcar, con una
chica a la que conocía de toda la vida.
—Es una muchacha deliciosa —había comentado Ruth con un suspiro—. Pero ambos tenían veinte años,
y en algunos aspectos Joan era mucho más madura que Paúl. —Por la mirada de Ruth, Ariana
comprendió lo que quería decirle—. Hace seis meses, Joan se casó con otro hombre. Eso no es el fin del
mundo, claro, o no debería serlo, pero... —Ruth había dirigido una angustiada mirada a Ariana—. El caso
es que Joan nunca se lo dijo a Paúl. Nosotros pensábamos que le había escrito, pero finalmente nos
confesó que no le había dicho nada.
— ¿De modo que Paúl aún no lo sabe? —La voz de Ariana estaba llena de compasión. Con expresión
lastimera, Ruth meneó la cabeza—. ¡Oh, Dios mío! ¿Y tendrán que decírselo ustedes cuando llegue a casa?
—Así es. Y puedes creer que es la última cosa que desearía hacer en mi vida.
—Y la chica? ¿No cree que puede estar dispuesta a decírselo ella misma? Después de todo, no sería
necesario que le dijese que está casada. Simplemente, podría romper el compromiso y luego, cuando él se
enterase más adelante...
Ruth forzó una triste sonrisa.
—Eso me parecería magnífico, pero Joan está embarazada de ocho meses. —Ariana sonrió a su vez—.
Me temo que no tendremos más remedio que decírselo su padre y yo.
De modo que eso era lo que debían esperar. Ariana no pudo dejar de preguntarse cómo tomaría Paúl la
noticia. Sabía por sus hermanas que tenía un carácter irascible y que era un joven muy violento. Le
preocupaba también cómo reaccionaría al encontrar a una extraña en su casa cuando regresara. Para él,
después de todo, ella sería una extraña; en cambio ella, aun sin conocerle, ya no le consideraba un extraño.
Había oído contar infinidad de anécdotas relacionadas con él; conocía sus bromas, sus travesuras y sus
hazañas infantiles. Tenía la impresión de que ya era su amigo. ¿Pero qué ¿Sentiría él por aquella
misteriosa muchacha alemana que había aparecido de pronto en su hogar? No podía dejar de preguntarse
si no la rechazaría por el simple hecho de considerar a los alemanes como enemigas durante tanto
tiempo, o si, como el resto de la familia, le tomaría afecto y la aceptaría como a uno de los suyos.
Precisamente por ese afecto y esa aceptación no se atrevía a confesarles que no era judía. Después de
muchos días de atormentarse en silencio había tomado una decisión. No les diría nada, pues silo lo
destruiría todo. Jamás comprenderían que una alemana no judía podía ser un ser humano decente. Estaban
demasiado cegados por su propio dolor y revulsión ante lo que los alemanes habían hecho. Resultaba más
sencillo callar y sufrir el remordimiento de la culpa. Ahora eso no importaba. El pasado estaba muerto y
enterrado. Y ellos jamás descubrirían la verdad. Si llegaban a saberla, sufrirían Se sentirían traicionados.
Y no era así. Ariana había perdido tanto como cualquiera. Necesitaba a los Liebman tanto como ellos
habían supuesto en un principio. No había ninguna razón para decírselo. Y ahora no podía hacerlo. No
hubiera podido soportar el perder a esa familia también. Sólo esperaba que Paúl la aceptara a su vez. De
cuando en cuando, le asaltaba el temor de que le hiciese demasiadas preguntas, pero lo único que podía
hacer era esperar y ver qué ocurría.
Sin embargo, la mente de Ruth había tomado un rumbo completamente distinto. Se le ocurrió que el
hecho de tener a una joven tan bonita como Ariana en casa constituiría un motivo de distracción pura él.
A pesar de la fatiga que no dejaba de acosarla, la joven había mejorado notablemente en el curso de
aquellas dos semanas. lenta el cutis más delicado que Ruth hubiera visto jamás en un ser humano: era
aterciopelado como la piel de un melocotón, y sus ojos semejaban dos hojas de brezo besadas por el rocío.
Su risa era argentina, su cuerpo grácil y esbelto, y poseía una inteligencia despierta. Cualquier madre la
habría considerado como un don del ciclo, y Ruth Liebman no dejaba de pensar en ello cada vez que se
preocupaba por su hijo. Pero ahora no podía pensar sólo en Paúl; (también tenía que tener en cuenta a
Ariana, lo cual le hizo recordar que había algo que deseaba preguntarle. Miró a Ariana con los ojos
entrecerrados, y la joven se sintió como una chiquilla bajo aquella penetrante mirada.
—Dígame, jovencita, ¿por qué no me hizo saber que ayer por la mañana sufrió un desmayo? Te ví a la
hora del almuerzo y me dijiste que te encontrabas bien.
Lo había sabido aquella misma tarde por las sirvientas.
—Entonces me sentía perfectamente.
Sonrió, pero Ruth no pareció muy complacida.
—Cuando te ocurran esas cosas quiero que me lo digas. ¿Me comprendes, Ariana?
—Sí, tía Ruth.
Habían resuelto que aquél era el tratamiento que las hacía sentirse más cómodas.
—Cuántas veces te ha sucedido?
—Sólo una o dos. Creo que me pasa cuando estoy muy cansada o cuando no he comido.
—Lo cual por lo que veo es tu estado permanente. No comes lo suficiente, jovencita.
—Sí, señora.
—Está bien. Si vuelves a desmayarte, quiero saberlo por ti, no por los criados. ¿Está claro?
—Sí, lo siento. Sólo que no quería causarle preocupaciones.
—Entonces, cáusame alguna. Más me preocupa tener el presentimiento de que te ha ocurrido y no me lo
has dicho. —Entonces su expresión se suavizó de nuevo, y Ariana sonrió—. Te lo ruego, querida.
Realmente, me tienes preocupada. Y es importante que durante estos primeros meses nos ocupemos
seriamente de tu salud. Si pones empeño en reponerte convenientemente ahora, no te quedarán
reminiscencias del pasado que puedan atormentarte eternamente. Pero si no cuidas de ti misma, tal vez lo
pagues muy caro el resto de tu vida.
—Lo lamento, tía Ruth.
—No lo lamentes. Sólo cuídate. Y si continúas teniendo esos desmayos, te llevaré de nuevo al médico.
¿De acuerdo?
Este ya la había examinado en el hospital antes de ser dada de alta.
—Le prometo que la próxima vez se lo diré. Pero no se preocupe por mí. La semana que viene estará muy
ocupada atendiendo a Paúl. ¿Tendrá que guardar cama?
—No. Creo que no será necesario, siempre y cuando tome las debidas precauciones. No os perderé de
vista a ninguno de los dos para asegurarme que sabéis cuidaros.
Sin embargo, Ruth no tuvo que tratar de no perder de vista a su hijo cuando éste regresó a casa. Cuando le
dieron la noticia de que Joanie se había casado, quedó tan abatido que pasó dos días enteros encerrado en
su cuarto. No quiso dejar entrar a nadie, ni siquiera a sus hermanas, y fue su padre quien por fin se
impuso y le obligó a salir. Cuando lo hizo, estaba demacrado, exhausto y sin afeitar.
Tampoco el resto de la familia ofrecía mejor aspecto. Después de tantos años de vivir atenazados por el
miedo y la preocupación, tenerle por fin en casa, trastornado por la traición de su prometida, les llenaba
de dolorosa frustración. Pero en un arrebato de ira, su padre le acusó finalmente de condolerse de sí
mismo y de comportarse como un niño malcriado. Al oír las palabras de su padre, su propia ira le hizo
salir del cascarón. A la mañana siguiente apareció a la hora del desayuno, recién afeitado, pálido y con los
ojos enrojecidos, y aunque saludó con brusquedad a todos los presentes, por lo menos estaba allí con ellos.
No se dirigió directamente a nadie hasta el fin del desayuno. Estuvo mirando con expresión airada a todos,
salvo a Ariana, a quien ni siquiera parecía haber visto. Y luego, súbitamente, como si alguien le hubiese
golpeado en el hombro, fijó la vista en ella, que estaba sentada al otro lado de la mesa, con cara de
sorpresa.
Por un instante, Ariana no supo si sonreírle o permanecer impasible. Casi se sintió aterrada al advertir la
expresión de sus ojos. Su penetrante mirada parecía escrutar los rincones más íntimos de su ser,
cuestionando su presencia en aquella casa, en aquella mesa, e inquiriendo por qué se encontraba allí.
Instintivamente, Ariana bajó la cabeza y luego eludió sus ojos, pero percibió su mirada fija en ella durante
un interminable momento, y cuando volvió a levantar la vista hacia él, le pareció descubrir un millar de
preguntas en sus ojos.
— ¿De qué parte de Alemania eres?
No pronunció su nombre, y la pregunta fue recibida con extrañeza por sus padres, que interrumpieron su
conversación. Ariana le miró fijamente a los ojos.
—De Berlín.
Paúl asintió con la cabeza, frunciendo las cejas.
—Viste la ciudad después de la caída?
—Brevemente.
Ruth y Samuel cambiaron miradas de embarazo, pero Ariana no se inmutó. Sólo sus manos temblaban
ligeramente mientras untaba una tostada con mantequilla.
—,Cómo fue?
Paúl la miró con creciente interés. En el Pacífico, sólo habían oído rumores lejanos de lo que había sido la
caída de Berlín.
Sin embargo, para Ariana la pregunta evocó una súbita visión de Manfred sobre el montón de cadáveres
frente al Reichstag, e involuntariamente cerró los ojos, como si aquel acto pudiera borrar el recuerdo,
cuando en realidad nada en el mundo podía hacerlo.
Durante un instante, reinó un ominoso silencio en la mesa, y luego Ruth trató de llenar rápidamente aquel
vacío.
—No creo que ninguno de nosotros quiera hablar de esas cosas. Por lo menos no ahora, y menos a la hora
del desayuno.
Miró con expresión preocupada a Ariana, que ya había vuelto a abrir los ojos, pero los tenía velados por
las lágrimas. La mujer meneó la cabeza ligeramente, y sin pensar le tendió una mano a Paúl por encima
de la mesa.
—Lo siento..., es sólo..., es tan... —Se le quebró la voz en la garganta—. Es muy... doloroso para mí
recordarlo... —Ahora las lágrimas resbalaban copiosamente por sus mejillas—. Perdí... tantas cosas...
Y entonces, de repente, a Paúl se le humedecieron los ojos, extendió el brazo y estrechó fuertemente la
mano de Ariana con la suya.
—Yo soy el que lo siente. Fui un estúpido. Jamás volveré a hacerte una pregunta semejante.
Ariana asintió con una agradecida y leve sonrisa, y entonces él se levantó, se acercó a ella y le enjugó las
lágrimas de la cara con la servilleta de hilo. Hubo un silencio absoluto en el comedor mientras lo hacía, y
luego el resto de la familia se sobrepuso a la emoción y todo volvió a la normalidad. Pero una especie de
vínculo pareció establecerse rápidamente entre ellos, y Ariana tuvo la sensación de haber ganado un
amigo.
Paúl era tan alto como su padre, pero aún tenía la complexión de un muchacho muy joven. Poseía los
magníficos ojos castaño oscuro de su madre, y el cabello negro como el azabache, semejante al de sus
hermanas, pero Ariana sabía por las fotografías que su sonrisa era distinta de todas. En ese momento le
iluminó el rostro emocionado, y su grave expresión pareció suavizarse gracias al radiante brillo de sus
dientes marfileños. Aquella mañana Ariana había podido ver la parte más seria de su personalidad,
cuando fruncía las negras cejas y sus oscuros ojos relampagueaban, como si presagiaran un huracán en el
que se descargarían todas las iras de los cielos. Cuando se sulfuraba de aquella manera, casi se esperaba
que estallaran rayos y truenos.
Al recordarlo, Ariana sonrió mientras se ponía el vestido blanco de algodón y las sandalias de suela de
corcho que ella y Julia habían comprado unos días antes. Ruth había insistido en que fuese de compras y
se comprara algunas cosas más. Pero Ariana aún no sabía cómo reaccionar ante aquella constante
generosidad. La única solución que le pareció razonable fue la de llevar escrupulosamente una
Una cuenta de todo lo que gastaban en ella, y cuando estuviera en condiciones de conseguir un empleo les
reembolsaría el importe de los sombreros, abrigos, vestidos, ropa interior y zapatos. El armario de su
dormitorio se llenaba rápidamente de hermosas prendas.
En cuanto a las sortijas, aún las tenía escondidas, pues no podía pensar en venderlas. No ahora.
Constituían el único recurso que le quedaba. De cuando en cuando, acariciaba las sortijas de su madre y
en una ocasión estuvo tentada de mostrárselas a Ruth, pero tuvo temor de que lo interpretara como si
hiciera ostentación de sus magras riquezas. Y los anillos de Manfred aún le quedaban demasaido grandes
debido a lo mucho que había adelgazado. Le habría gustado lucir los anillos de Manfred. De una manera
diferente de lo que sentía por los de su madre, tenía la sensación de que los de Manfred formaban parte
integrante de su alma, al igual que Manfred, y siempre sería así. Le habría gustado hablarles de él a los
demás , pero era demasiado tarde. Y de cualquier manera, explicarles que había estado casada y que su
esposo había muerto también, era algo superior a sus fuerzas, más de lo que podía soportar, y tul vez más
de lo que ellos querrían saber.
— ¿Por qué estás tan seria, Ariana?
Julia se había deslizado en su habitación y le sonreía. Llevaba ¡'tiestas unas sandalias idénticas a las de
Ariana, y ésta le miró los pies y sonrió.
—Por nada en especial. Me gusta nuestro nuevo calzado.
—A mí también. ¿Quieres venir con nosotras y con mi hermano?
—Seguramente preferiréis estar los tres solos.
—No, él no es como era Simón. Paúl y yo siempre nos peleamos, y luego él arremete contra Debbie, y
luego todos comenzábamos a gritar... —Le sonrió tratando de alentada, con una expresión medio de
mujer, medio de niña—. ¿No te entusiasma? Vamos, podrás bailar.
—Eso es lo que tú supones, que se comportará así. Ha pasado dos años en el frente desde la última vez
que le viste actuar de ese modo, Julia. Puede haber cambiado mucho.
Ella misma había reparado en eso por la mañana en la mesa. Pero Julia se limitó a arquear las cejas.
—No lo creo, a juzgar por la forma en que reaccionó al saber lo de Joanie. Oye, Ariana, ella ni siquiera
era bonita. Lo que le enfureció es que se fuera con otro. Tendrías que verla —agregó, riendo
maliciosamente al tiempo que extendía los brazos y unía las manos
delante de su vientre—; parece un elefante desde que quedó embarazada. Mamá y yo la vimos la semana
pasada.
— ¿De veras? —La voz procedente del umbral tenía un tono glacial—. Pues te agradeceré que no vuelvas
a hablar de eso, ni conmigo ni con nadie de esta casa.
Paúl entró en el cuarto con la cara lívida. Julia se ruborizó, avergonzada por haber sido sorprendida
chismorreando acerca de su antigua novia.
—Lo siento. No sabía que estabas ahí.
—Eso parece.
Pero al ver que miraba a su hermana con arrogancia, Ariana se dio cuenta en seguida de que estaba
representando un papel. Después de todo, era sólo un muchacho que pretendía ser hombre. Y había sido
lastimado. Quizá por eso había tratado de confortarla en su dolor. En cierto modo se parecía a Gerhard.
Mientras le observaba no pudo evitar una ligera sonrisa, y cuando Paúl lo advirtió se quedó mirándola un
largo rato y luego sonrió a su vez.
—Lamento haber sido tan brusco, Ariana. —Y al cabo de un instante, agregó—: Me temo que he sido
rudo con todo el mundo desde que llegué a casa.
Indudablemente, era muy parecido a Gerhard, y Ariana sintió que aumentaba su afecto por él por ese
motivo. Sus ojos se encontraron y ambos sostuvieron la mirada.
—Tenías buenas razones para ello. Estoy segura de que debió de ser muy penoso volver a casa después de
tanto tiempo. Muchas cosas han cambiado.
Pero él sólo le sonrió a modo de respuesta, y luego le dijo con voz queda;
—Algunas cosas han cambiado para mejorar.
Se fueron en el coche hasta Sheepshead Bay, en Brooklyn, para comer ostras; luego siguieron hasta la
punta de Manhattan para ver la estatua de la Libertad, que Ariana no había podido admirar unas semanas
antes porque estaba demasiado enferma. Después subieron lentamente por la Quinta Avenida, y luego
Paúl las llevó hacia la Tercera Avenida para poder darse el gusto de correr a gran velocidad por debajo
del tren elevado. Pero mientras se desplazaban raudamente por la calzada de la Tercera Avenida, Ariana
se puso literalmente verde.
—Lo siento, nena.
—No es nada.
Ariana parecía avergonzada. Pero Paúl le sonreía benévolamente.
—La hubieras hecho buena si llegas a vomitar en el coche nuevo de mi madre.
La propia Ariana tuvo que reír ante aquella ocurrencia, y el grupo continuó hasta Central Park, donde
merendaron alegremente junto al lago de los botes y por fin dieron un paseo por el zoológico para reírse
de los animales. Los monos hacían piruetas en sus jaulas, el sol brillaba en lo alto brindando su calor, era
una magnífica tarde del mes de junio y ellos eran jóvenes y estaban juntos. Y por primera vez desde que
perdiera a Manfred, Ariana volvió a sentirse verdaderamente feliz.
— ¿QUÉ VAMOS A HACER este verano? —Fue Paúl quien sacó a relucir el tema esa noche a la hora
de la cena—. ¿Vamos a quedarnos en la ciudad?
Sus padres intercambiaron una mirada rápida. Paúl siempre era el que tomaba la iniciativa en todas las
cosas.
—Bueno, no sabíamos cuáles eran tus planes, querido.
Ruth le sonrió mientras se servía una porción de rosbif de la gran fuente de plata que sostenía una
sirvienta.
—Tenía pensado alquilar algo en Connecticut o en Long Island, pero tu padre y yo aún no hemos tomado
ninguna decisión.
Después de la muerte de Simón resolvieron vender la vieja casa de campo que poseían al norte del estado
de Nueva York. Los recuerdos que la estancia en aquel lugar les hubiera traído habrían sido demasiado
dolorosos.
—Lo cual me hace pensar —terció su padre como quien no quiere la cosa— que tú también debes tomar
algunas decisiones primero. Pero no hay ninguna prisa, Paúl. Acabas de volver a casa.
Se refería al despacho para su hijo que en aquellos momentos estaba siendo redecorado en su propia firma.
—Creo que tenemos muchas cosas de que hablar, padre.
Miró fijamente al viejo Liebman, y éste le sonrió.
— ¿De veras? Entonces, ¿por qué no vienes al centro y almuerzas conmigo mañana?
Le pediría a su secretaria que le hiciera enviar unos platos especiales de la cocina que surtía el comedor
de los empleados de la firma.
—Me encantaría.
Pero lo que Sam Liebman no imaginaba era que su hijo deseaba conquistarle para que le comprara un
Cadillac de dos plazas, y que quería disfrutar de un último verano holgazaneando antes de poner-
se a trabajar para su padre en el otoño. Pero incluso Sam tuvo que reconocer que era muy razonable que el
muchacho tuviera aquel deseo. Sólo tenía veintidós años, y si hubiese terminado los estudios
preuniversitarios le habrían impuesto las mismas reglas. Tenía derecho a darse aquel último gusto, un
verano de vacaciones, y solicitar el coche no era pedir demasiado. Estaban más que contentos de tenerle
en casa..., más que contentos de que hubiera vuelto...
A las cuatro de esa misma tarde, Paúl se plantó en el hueco de la puerta abierta de la habitación de Ariana
y se sorprendió al encontrarla sola.
—Bien, lo conseguí.
Tenía un aspecto sereno pero victorioso, y por un instante pareció más maduro.
— ¿Qué conseguiste, Paúl? —Ariana le sonrió y le indicó una silla con la mano—. Entra, siéntate y dime
qué conseguiste.
—Conseguí que mi padre me concediera unas vacaciones antes de comenzar a trabajar para él en el otoño.
Y... —añadió con ojos radiantes, convertido de nuevo en un muchacho— me regalará un Cadillac de dos
plazas. ¿Qué te parece eso?
—Estupendo.
Ella sólo había visto un Cadillac en Alemania antes de la guerra, y apenas lo recordaba. No estaba segura
de que hubiese sido un dos plazas. Ahora estaba en un mundo nuevo.
—Cómo es ese Cadillac de dos plazas?
—Una maravilla de coche. ¿Sabes conducir, Ariana?
La miró con curiosidad, sonriendo, y el rostro de la joven se ensombreció.
—Sí.
Paúl no sabía lo que había ocurrido, pero adivinó que había vuelto a abrir una vieja herida. Extendió el
brazo y le tomó la mano con ternura, y a Ariana, que luchaba por contener las lágrimas, le recordó más
que nunca a Gerhard.
—Lo siento, no debí preguntártelo. Ocurre que a veces olvido que no debo hacerte preguntas sobre tu
pasado.
—No seas tonto. —Ariana le estrechó la mano con fuerza, para demostrarle que no estaba dolida por la
pregunta—. No puedes tratarme siempre como si fuese un objeto muy frágil. No debes temer preguntarme
cosas. Y con el tiempo, el recuerdo ya no será tan doloroso. Es sólo que ahora..., ciertas cosas aún duelen
mucho, Paúl... Es todo tan reciente.
El asintió con la cabeza, pensando en Joanie y en su hermano, pues ambos constituían las únicas pérdidas
que había sufrido. Una
muy real y definitiva; la otra diferente, pero igualmente dolorosa. Mientras Ariana observaba, a Paúl, que
se había quedado con la cabeza gacha, volvió a sonreír:
—A veces me recuerdas a mi hermano.
Paúl levantó la vista buscando los ojos de la joven; era la primera vez que le hablaba voluntariamente de
su pasado.
—,Cómo era?
—Era terrible, a veces. Una vez casi hizo volar su cuarto con un experimento de química. —Esbozó una
sonrisa, pero los ojos se le llenaron rápidamente de lágrimas—. Y un día cogió el Rolls nuevo de mi padre
y se estrelló contra un árbol. —En ese momento Paúl notó que se le quebraba la voz—. Yo solía... —
Ariana cerró los ojos, como si no pudiese soportar el dolor que le causaba lo que tenía que decir—. Solía
decirme a mí misma que un muchacho como él..., como Gerhard..., no podía haber muerto. Que habría
encontrado la manera de seguir viviendo..., de... sobrevivir. —Abrió los ojos y las lágrimas se deslizaron
por sus mejillas, y cuando volvió los ojos hacia Paúl, había más angustia en ellos de la que jamás hubiera
visto él en los dos años de guerra—. Pero ahora, hace meses que trato de convencerme de que debo creer
lo que me han dicho, que debo perder toda esperanza. —Su voz era un débil susurro—. Tengo que creer
que está muerto... No importa que fuese muy alegre... o bien parecido y joven y fuerte... No importa que...
—los sollozos se le truncaron en la garganta cuando musitó esas palabras— le quisiera con toda mi alma.
A pesar de todo eso..., está muerto.
Siguió un largo silencio, hasta que él la tomó calladamente en sus brazos y la tuvo abrazada mientras ella
lloraba.
Pasó un largo rato antes de que Paúl hablara de nuevo, y cuando lo hizo le secó suavemente los ojos con
su pañuelo de hilo blanco. Pero aunque sus palabras eran alegres y dichas en tono de broma, sus ojos
denotaban una profunda compasión por el dolor de Ariana. No había nada trivial en lo que sentía por ella.
—Tan rica eras, pues? ¿Lo suficientemente rica como para tener un Rolls?
—Yo no sé si éramos ricos, Paúl. —Sonrió débilmente—. Mi padre era banquero. Los europeos no
hablan mucho de esas cosas.
—Y entonces, con un profundo suspiro, procuró hablar del pasado sin llorar—. Cuando yo era muy joven,
mi madre tenía un automóvil norteamericano. Creo que era un Ford.
— ¿Un cupé?
—No lo sé. —Se encogió de hombros para manifestar su ignorancia—. Supongo que sí. Te habría
gustado. Después estuvo encerrado en el garaje durante años.
Pero al hablar de ello se acordó de Máx., y luego de Manfred y del Volkswagen que había utilizado para
escapar..., y cada recuerdo se asociaba con otro. Aquél era todavía un juego demasiado peligroso. Ariana
se sintió abrumada de nuevo por el dolor de cuanto había perdido. Era como si hubiese vivido en un
universo que ya había dejado de existir.
—Ariana, ¿en qué estás pensando?
Ella le dirigió una franca mirada. Ahora Paúl era su amigo. En la medida de lo posible, sería franca con él.
—Pensaba en lo extraño que es que todo haya desaparecido, que nada de ello exista ya..., ni las
personas..., ni los lugares... Todos están muertos, todo ha sido bombardeado...
—Pero tú no. —La miró con ternura—. Ahora tú estás aquí.
—Le estrechó firmemente la mano y se miraron de hito en hito un instante—. Y quiero que sepas lo
mucho que me alegra que estés aquí.
—Gracias.
Ambos guardaron silencio durante un largo rato y luego Julia entró brincando en la habitación.
CAPITULO 35
UNA SEMANA MÁS TARDE, Paúl apareció con su Cadillac de dos plazas verde oscuro y llevó a
Ariana a dar el primer paseo. Luego les tocó el turno a Julia y a Debbie, después a su madre, y por último
de nuevo a Ariana. Dieron una vuelta por Central Park. El tapizado de cuero era mullido y suave al tacto,
y todo el coche despedía un olor de cosa nueva que a Ariana le encantaba.
—Oh, Paúl, ¡es estupendo!
—,Verdad que sí? —Rió, embargado por la felicidad—. Y es todo mío. Mi padre dice que debo
considerarlo como un préstamo hasta que empiece a trabajar para él, pero como le conozco bien sé que es
un regalo.
Contemplaba sonriendo con orgullo el flamante dos plazas, y Ariana le miraba divertida. En el curso de la
semana pasada había convencido a su madre para que alquilaran una casa en Long Island, y ya estaban en
marcha los planes para que todos pudieran pasar allí por lo menos un mes, si no dos.
—Y luego, a las minas de sal.
Sonrió a Ariana mientras se desplazaban lentamente por el parque.
—Y entonces qué? ¿Tendrás tu propio apartamento?
—Probablemente. Soy demasiado mayor para vivir en casa.
Ariana asintió, moviendo lentamente la cabeza. También era considerablemente maduro. Hacía tiempo
que se había desprendido de las faldas de su madre. Ariana ya se había percatado de ello.
—No obstante, les apenará que te mudes. Sobre todo a su madre y a tus hermanas.
Entonces Paúl la miró de un modo extraño, y Ariana sintió que algo temblaba en su interior. Acto seguido,
Paúl detuvo el coche.
—Y tú, Ariana? ¿Me echarás de menos también?
—Pues claro, Paúl —respondió con voz muy serena.
Pero de repente recordó la conversación que habían mantenido sobre su pasado. Paúl ya la había
conmovido profundamente. Ahora le dolería perderle.
—Ariana... Si me mudo a otro sitio, ¿vendrás a yerme?
—Por supuesto.
—No. —La miró fijamente—. No quiero decir sólo como amiga.
—Paúl, ¿qué estás diciendo?
—Que siento un gran afecto por ti, Ariana —contestó, sin apartar los ojos de los suyos—. Creo que me he
sentido atraído por ti desde aquel primer día.
El pensamiento de Ariana voló instantáneamente hasta aquella mañana en que él la había hecho llorar al
preguntarle acerca de Berlín y luego le había enjugado las lágrimas de las mejillas. En aquel momento,
había sentido una extraña atracción por él, y desde entonces no había dejado de sentirla. Pero le había
opuesto resistencia desde el primer momento. No correspondía que se dejara llevar por aquel sentimiento,
y además era demasiado pronto.
—Sé lo que estás pensando. —Paúl se recostó en el asiento, sin apartar sus ojos de Ariana, tan
etéreamente bella como siempre con aquella blusa de seda blanca que se, adhería a su cuerpo—. Estás
pensando que apenas te conozco, que hace tan sólo un par de semanas imaginaba estar comprometido con
otra chica. Estás pensando que es demasiado precipitado, que soy un veleta...
Siguió diciendo cosas por el estilo con tono quejumbroso, y Ariana sonrió dulcemente.
—No es exactamente eso lo que pensaba.
—Pero algo hay de ello.
Ella asintió con la cabeza.
—En realidad no me conoces, Paúl.
—Sí que te conozco. Eres simpática, eres adorable y eres tierna, y no estás amargada a pesar de todo lo
que has vivido. Y me importa un bledo que seas alemana y que yo sea norteamericano. Ambos
procedemos de mundos semejantes, de un medio similar, y ambos somos judíos.
Por un instante, Ariana pareció profundamente afligida. Cada vez que uno de ellos decía algo parecido.
ella se acordaba de nuevo de su mentira. ¡Pero era tan importante para ellos que fuese judía! Era como si
tuviese que ser judía para merecer su cariño. A menudo había pensado en ello. Todos sus conocidos,
todas las amigas de las chicas, todas las personas con las que Sam se relacionaba, eran judíos. Era algo
esencial. Una condición sine qua non. Y el hecho de que Ariana pudiese ser cualquier otra cosa menos
judía, habría sido algo impensable para ellos. Peor que eso; ella sabía que habría sido como una traición,
quizá la mayor de las traiciones. Porque Ariana se había ganado su afecto.
Sam y Ruth detestaban a los alemanes que no eran judíos. Para ellos, todo alemán que no fuese judío era
un nazi. Ariana también lo habría sido, si hubiesen conocido la verdad. Eso ella lo había comprendido en
seguida, y aún le dolía. Fue el dolor que experimentó al pensar de nuevo en ello lo que Paúl descubrió en
sus ojos. Ariana volvió la cabeza, con una expresión angustiada en la cara.
—No sigas, Paúl... No sigas..., te lo ruego.
—Por qué? —Le tocó suavemente el hombro con la mano-. ¿Es realmente demasiado pronto? ¿No sientes
lo mismo que yo?
Su tono era esperanzado, y durante un largo rato Ariana no respondió. Para ella era y siempre sería
demasiado pronto. Espiritualmente aún estaba casada. Si Manfred hubiera vivido, estarían tratando de
tener su primer hijo. Ella no quería pensar en ningún otro hombre. Aún no, no ahora ni por un largo
tiempo.
Entonces se volvió lentamente hacia Paúl, con una expresión de pesar en los ojos.
—Paúl, hay cosas de mí pasado... que tal vez nunca pueda olvidar... No es justo dejarte pensar...
—Pero tú me quieres, aunque sea como amigo?
—Muchísimo.
—Muy bien, pues dejemos pasar un poco de tiempo. —Sus miradas se encontraron, y Ariana se sintió
embargada por un deseo tan vehemente por él que se asustó—. Sólo confía en mí. Eso es todo lo que te
pido.
Y entonces la besó suavemente en los labios. Ella quiso resistirse, por fidelidad a Manfred, pero se dio
cuenta de que anhelaba que Paúl la besara eternamente, y cuando él separó su boca de la suya, notó que
estaba ruborizada y sin aliento.
—Ariana, sabré esperar si es necesario. Y mientras tanto... —le dio un beso en la mejilla y puso el coche
en marcha— me contentaré con ser tu amigo.
Al escuchar aquellas palabras, Ariana comprendió que debía decir algo más. No podía dejar las cosas
como estaban.
—Paúl —dijo, dejando descansar ligeramente la mano sobre su hombro—, ¿qué puedo decirte para
expresar cuánto aprecio tus sentimientos? ¿Qué puedo decir para que sepas que te quiero como a un
hermano, pero...?
El la interrumpió.
—No me besaste como una hermana.
Ariana se ruborizó.
—No comprendes que no puedo..., que no estoy preparada para ser la mujer de nadie.
Y entonces Paúl no pudo contenerse más y, antes de llegar a la casa donde los demás estaban aguardando,
se volvió hacia ella con una expresión tan dolorida en sus ojos como Ariana jamás había visto.
—Ariana, ¿te lastimaron? Quiero decir, los nazis...
Al reparar en la angustia que denotaba su mirada, a Ariana se le llenaron los ojos de lágrimas y,
estrechándole entre sus brazos enternecida por el sincero afecto que le demostraba, meneó la cabeza.
—No, Paúl, los nazis no me hicieron lo que tú supones.
Pero esa noche Paúl comprendió que no podía creer en sus palabras, cuando oyó sus terribles gritos.
Muchas noches había sido testigo de su tormento, pero esta vez, en lugar de volverse de costado, sabiendo
que la batalla que libraba debía ganarla sola, se encaminó descalzo hasta el dormitorio de Ariana y la
encontró sentada en el borde de la cama, con la luz de la mesita de noche encendida, la cara hundida en
las manos, sollozando quedamente, y un pequeño libro encuadernado en cuero sobre el regazo.
—Ariana?
Avanzó hacia ella y, cuando Ariana volvió la cara, vio lo que nunca había visto antes: la descarnada
máscara de la angustia. El no dijo nada más. Se sentó junto a ella y la abrazó hasta que por fin los
sollozos cesaron y se quedó calmada.
En sus sueños, Ariana había vuelto a ver a Manfred..., muerto frente al Reichstag. Pero no había modo
alguno de poder explicárselo a su joven amigo. Después de permanecer largo rato con la cabeza de Ariana
sobre su hombro, Paúl cogió el libro encuadernado en cuero y echó una mirada al lomo.
—Shakespeare? Querida, ¡qué intelectual estás a estas horas! No me extraña que estuvieses llorando. A
mí también me causaría el mismo efecto.
Ariana sonrió entre las últimas lágrimas y meneó la cabeza.
No es de verdad. —Y entonces tomó el libro en sus manos—. Pude evitar que se apoderaran de esto los
nazis..., es todo cuanto tengo. —Abrió el compartimento secreto y por un instante Paúl 1iwdó
asombrado—. Eran de mi madre. —Las lágrimas comenzaron a brotar de nuevo-. Y ahora son lo único
que me queda.
Paúl contemplaba el anillo con la esmeralda y la sortija con sello de diamantes entre los otros dos, pero no
se atrevió a preguntarle nada, al verla tan alterada.
Ariana había tenido la precaución de guardar las fotografías de Mainfred bajo el forro de su bolso, pero al
pensar en ellas se puso a llorar desconsoladamente otra vez. ¡Pensar que había tenido que esconderías de
aquella manera!
-Chitón..., Ariana, ¡basta! —La abrazó y notó que temblaba, sin apartar la vista de los anillos—. ¡Dios
mío, esas piedras son magníficas! ¿Pudiste llevarte eso sin que los nazis te descubrieran? —Ella hizo un
gesto afirmativo con la cabeza, y él cogió el anillo con la esmeralda—. Este anillo es una joya
extraordinaria, Ariana.
—,No es cierto? —Sonrió-—. Creo que perteneció a mi abuela ¡tutes que a ella, pero no estoy muy segura.
Dicen que mi madre lo llevaba siempre puesto. —Cogió la sortija de diamantes—. Y éste también. Estas
son las iniciales de mi bisabuela.
Pero el trazo era tan intrincado que no se podía adivinar qué letras eran sin que alguien lo dijera. Entonces
Paúl la miró con estupor.
-Es un milagro que nadie te las robara cuando venías en el barco.
O en cualquiera de los lugares donde había estado. No se atrevió a decir lo que pensaba, pero se requería
una gran dosis de ingenuidad para haber llevado aquel librito hasta un sitio tan lejano. Ingenuidad y
agallas, pero Paúl ya sabía que ésas eran dos cosas que a Ariana no le faltaban.
—No hubiera dejado que nadie me las robara. Eran todo cuanto tenía. Primero hubiesen tenido que
matarme.
Y al mirarla a los ojos, Paúl comprendió que lo decía seriamente.
—Nada es tan valioso como para dar la vida por ello, Ariana. Lo experiencia.
Y Ariana asintió con la cabeza lentamente. Manfred había Ilegado a la misma conclusión. ¿Qué se había
salvado con su muerte? Nada. Había frialdad en sus ojos cuando miró a Paúl, y esta vez, cuando él la besó,
no se movió.
- -Ahora trata de dormir un poco.
Paúl le sonrió dulcemente y la obligó a recostarse para poder arroparla. Pero ella ya se estaba reprochando
en silencio por haber dejado que la besara. No era correcto. Sin embargo, cuando Paúl hubo abandonado
la habitación, sin darse cuenta repasó mentalmente las cosas que él había dicho, acerca de la guerra...,
acerca de sí mismo..., y eran cosas que podría haber dicho Manfred. Paúl era joven, pero día a día se iba
convirtiendo en un hombre cada vez más maduro a los ojos de Ariana.
CAPITULO 36
—ARIANA, ¿TE ENCUENTRAS BIEN?
Ruth Liebman la miró mientras tomaban el desayuno a la mañana siguiente y le extrañó que estuviera tan
pálida. La noche anterior después de que Paúl la dejara, tardó horas en poder conciliar de nuevo el sueño.
Se sentía culpable por alentar sus esperanzas. Sabía que finalmente, cuando ya llevara un tiempo en casa
y volviera a encontrar a los viejos amigos e hiciese nuevas amistades, Paúl dejaría de sentirse tan atraído
por ella.
Pero mientras tanto era como un cachorro grandote y fiel, y ella no quería herir sus sentimientos. Estaba
sorprendida de sí misma, pero él se había mostrado tan afectuoso cuando tuvo la pesadilla... Y después de
todo, ella sólo era un ser humano.
Esa mañana levantó sus enormes y tristes ojos hacia Ruth Liebman, que la observaba con el ceño fruncido
por la preocupación.
—,Ocurre algo malo, querida?
Ariana sacudió la cabeza ligeramente.
—No, creo que estoy un poco cansada, tía Ruth. No es nada. Descansaré un rato y estaré bien.
Pero Ruth Liebman se quedó tan preocupada que al cabo de media hora hablaba por teléfono, y poco más
tarde se presentó en la habitación de Ariana.
La joven levantó la cabeza de la almohada con una desvaída
sonrisa. La noche que había pasado en vela había tenido un efecto terrible en ella. Después de tomar el
desayuno, había regresado a su habitación y estuvo vomitando durante media hora. Ahora, ello se notaba
en la lividez de su cara. Ruth acercó una silla a la cama y se sentó.
—Creo que sería una buena idea que te viera el doctor Kaplan. Ruth trató de ocultar su preocupación
recurriendo a una expresión común y corriente.
—Pero si estoy bien..., de veras...
—Vamos, Ariana.
Dirigió una mirada de reproche a la joven, que yacía casi completamente tapada por las sábanas, y
entonces Ariana aceptó con renuencia.
—Está bien, pero yo no quiero ir a ver al médico, tía Ruth. No tengo nada.
—Hablas como Debbie o Julia. Pensándolo bien —dijo, sonriente—, te comportas como lo haría Paúl. —
Y entonces, puesto que ya había dado un paso, resolvió dar el otro—. No habrá estado presionándote,
¿verdad, Ariana?
Observó la cara de Ariana atentamente mientras la joven meneaba la cabeza.
—No, por supuesto que no.
—Sólo quería sacarme esa duda. Está loco por ti, ¿sabes?
—Esa es la impresión que tuve, tía Ruth. —Ariana se sentó en el borde de la cama—. Pero yo no tenía
intención de alentar sus esperanzas. Para mí es como un hermano, y echo tanto de menos al mío... —Se le
quebró la voz y una vez más miró a Ruth a los ojos—. Y nunca haría nada que pudiese causarle a usted un
disgusto.
—Eso es lo que pensaba decirte, Ariana. A mí no me disgustaría en absoluto.
Ariana se quedó estupefacta.
—No. —Ruth Liebman sonrió—. Sam y yo estuvimos hablando de ello el otro día. Y sabemos que el
muchacho aún está un poco resentido por lo de Joanie, pero es un buen chico, Ariana. No deseo influir en
ti en ningún sentido. Sólo quiero que sepas que si llegara el caso... —Ruth miró con ternura a la joven
alemana que estaba sentada en la cama de su cuarto de huéspedes—. Nosotros te queremos mucho,
Ariana.
—Oh, tía Ruth! —Instantáneamente le echó los brazos al cuello a la mujer que había sido tan buena con
ella desde el primer momento-. ¡La quiero tanto!
—Lo que nosotros deseamos es que te sientas libre de hacer lo que tú quieras. Ahora eres un miembro de
nuestra familia. Debes hacer lo que consideres correcto. Y si él ha perdido la chaveta, no dejes que te
presione si eso no es lo que tú deseas. ¡Sé lo testarudo que es!
Ariana se echó a reír.
—No creo que las cosas lleguen a ese extremo, tía Ruth. Ariana no lo permitiría. Aún no lo consideraba
correcto para
—No pude dejar de preguntarme si eso era lo que estaba sucediendo, que Paúl te andaba acosando, y a ti
te consumía un sentimiento de culpa a causa de nosotros.
—No. —Ariana sacudió la cabeza con cierta vacilación—. Aunque Paúl dijo algo el otro día, pero... —
Ariana se encogió de hombros, sonriendo-. Creo que, como dice usted, sólo ha «perdido la chaveta».
—Tú haz lo que te dicte tu corazón.
Ruth le sonrió esperanzada, y Ariana rió mientras se levantaba de la cama.
—Debo suponer que las madres tienen que hacer el papel de Cupido?
—No lo sé. Nunca lo hice antes. —Por un instante sus miradas se encontraron—. Pero nada nos
complacería más que tenerte por nuera, Ariana. Eres una chica realmente encantadora.
—Gracias, tía Ruth.
Con una expresión de gratitud en el rostro se volvió hacia el armario y eligió un vestido a rayas rosadas y
unas sandalias blancas. El sol de junio aún era cálido. Y entonces, cuando se disponía a volverse hacia
Ruth para decirle que era una tontería ir a ver al médico, sufrió un vahído y se desplomó lentamente.
—¡Ariana!
Ruth se levantó rápidamente de la silla y corrió a su lado.
CAPITULO 37
EL CONSULTORIO DEL doctor Stanley Kaplan estaba situado en la calle 53 y Park Avenue, y Ruth
dejó a Ariana en la puerta de entrada del edificio y fue a aparcar el coche.
—Bien, jovencita. ¿cómo te sientes? Supongo que es una pregunta tonta. Evidentemente no muy bien, o
no estarías aquí.
El doctor Kaplan le sonrió desde detrás de su escritorio mientras Ariana se sentaba frente a él. La última
vez que la había visto, la joven estaba pálida, asustada, flaca y muy débil. Ahora tema el aspecto de la
hermosa mujer que era. O casi. Aún estaba ojerosa y tenía un rictus de dolor, causado por la pérdida y la
pena, que no se borraría tan fácilmente. Pero por otra parte, tenía un cutis terso y los ojos brillantes, y sus
largos cabellos rubios habían sido cortados estilo paje. Y con el fresco vestido a rayas que llevaba esa
mañana, parecía la hija de cualquiera de sus pacientes, y no la muchacha que había huido de la Europa
devastada por la guerra unas semanas atrás.
—Entonces, dime, ¿cuál es el problema? ¿Aún persisten las pesadillas, las náuseas, los vahídos, los
desmayos? Cuéntame.
El médico le sonrió afectuosamente y cogió la pluma.
—Sí, aún tengo pesadillas, pero no tan a menudo. Por lo menos ahora algunas veces puedo dormir.
—Sí —repuso él, asintiendo con la cabeza—, pareces más relajada.
Ella hizo un gesto de asentimiento luego le explicó que después le cada comida. Vomitaba. El doctor
Kaplan pareció sorpr enderse.
— ¿Lo sabe Ruth? —-Esta vez Ariana denegó con la cabeza—---. Tienes que decírselo. Deberías seguir
una dieta especial. ¿Después de cada comida, Ariana'?
—Casi siempre.
—Por eso estás tan delgada. ¿Tuviste antes esos problemas digestivos?
—Sólo desde aquella larga caminata cuando me dirigía a París. 1 .n cierta ocasión estuve dos días sin
comer, y un par de veces traté de comer basura en un campo...
El médico movió la cabeza en señal de asentimiento.
— ¿Y los desmayos?
—Aún me ocurren con frecuencia.
Y entonces el doctor Kaplan hizo algo que ella no esperaba. Dejó la pluma sobre el escritorio y la miró
fijamente, pero con una expresión afable y compasiva, y cuando le habló, ella comprendió que aquel
hombre era su amigo.
—Ariana, quiero que sepas que puedes ser franca conmigo. (.)Quiero que me digas todo lo que necesito
saber acerca de tu vida pasada. Me resulta casi imposible ayudarte si no conozco las penalidades que has
pasado. Pero quiero que sepas que lo que me cuentes es un secreto inviolable. Soy médico y he formulado
un juramento sagrado. Nada de lo que me digas puedo repetirlo a nadie, y jamás lo haré. Ni a Ruth, ni a
Sam, ni a sus hijos. A nadie, Ariana. Soy tu médico y también tu amigo. Y soy un viejo que ha visto
muchas cosas en su vida, tal vez no tantas como tú en tus cortos años, pero sí lo suficiente. Nada puede
sorprenderme. Por lo tanto, si hay algo que debas decirme, por tu propio bien, acerca de lo que te hicieron
y que pueda ser la causa de estos problemas, quiero que me lo digas.
Su rostro era tan bondadoso que Ariana sintió deseos de darle un beso, pero en vez de ello exhaló un
suave suspiro.
—No creo que tenga nada que ver con esto, doctor Kaplan. Estuve en una celda casi un mes, y todo lo
que me daban de comer c patatas hervidas, pan duro y agua, y una vez por semana desechos de carne.
Pero de eso hace mucho tiempo, casi un año.
—,Fue entonces cuando comenzaste a tener pesadillas?
—Algunas de ellas sí. Estaba terriblemente preocupada por mi padre y mi hermano. —Su voz se tomó
casi inaudible—. No volví a verles nunca más.
El médico asintió con la cabeza.
—,Y las molestias estomacales comenzaron también entonces?
—En realidad no.
Una sonrisa fugaz iluminó su cara, al recordar sus primeros intentos de cocinar para Manfred y el
«estofado» con embutido de hígado. Tal vez era eso lo que le había destrozado el estómago. Pero no le
explicó al médico el significado de aquella sonrisa.
—Ariana, tengo la impresión de que ahora nos conocemos un poco mejor.
Iba entrando en materia lentamente. La primera vez que la vio no se atrevió a hacerle preguntas.
—,Sí?
Ariana le miró expectante.
—Acaso... —Calló buscando la forma más delicada de preguntárselo—. ¿Acaso abusaron de ti? —A
juzgar por su exquisita belleza, estuvo seguro desde el primer momento de que así había sido, pero ahora
ella denegó con la cabeza, y él se preguntó si no sería porque tenía miedo de decir la verdad—. ¿Nunca?
—Una vez, casi... En la misma celda.
Pero no ofreció más explicaciones, y el anciano asintió con la cabeza.
—Entonces, será mejor que te examinemos.
Pulsó un timbre para llamar a la enfermera, que la ayudó a desvestirse.
El médico tuvo una extraña impresión mientras la revisaba. Frunció el ceño y la examinó con más
detenimiento, le formuló algunas preguntas más y finalmente, con renuencia, sugirió efectuar un examen
pelviano. Estaba seguro de que para la joven sería una dura prueba. Pero Ariana parecía resignada a hacer
Frente a lo inevitable, y permaneció extrañamente callada mientras él procedía a revisarla. Por fin, vio
confirmadas sus sospechas: el útero estaba inflamado hasta alcanzar dos veces su tamaño normal. Sin
duda, la joven había mentido. No sólo habían abusado de ella, sino que la habían dejado embarazada.
—Ariana. —Ella permaneció inmóvil, después de que la enfermera abandonara la sala, muy pálida y
extraordinariamente joven debajo de la sábana—. Me temo que tengo que decirte algo, y luego tal vez
debamos hablar un poco más.
—6Ha encontrado algo, doctor?
Parecía asustada. Ella había supuesto que sólo estaba extenuada. Nunca creyó que pudiese estar
gravemente enferma. Incluso la falta de menstruación la había atribuido a la conmoción, al viaje y a la
readaptación.
—Eso me temo, pequeña. Estás embarazada.
El doctor Kaplan esperó ver aparecer una expresión de angustia y en la cara de Ariana. En cambio, se
encontró ante una expresión de total estupefacción y luego una incipiente sonrisa.
¿No lo sospechabas? —Ella denegó con la cabeza, y la sonrisa se hizo algo más amplia—. ¿Y estás
contenta?
A hora le tocó el turno al médico de quedar estupefacto. Ariana parecía haber recibido un regalo de un
valor incalculable, que superaba todo cuanto hubiese podido desear y esperar en la vida, y se quedó
mirando al doctor Kaplan con sus enormes ojos azules llenos e amor y temor. Tuvo que haber sucedido
después de que se casaron.., hacia fines de abril, quizá la última vez, antes de que él se hilera a defender
el Reichstag... Por tanto, hacía unas siete semanas OIIIC estaba embarazada. Miró fijamente al doctor
Kaplan sin poder acabar de creerlo.
—,Está usted seguro?
—Indicaré que te hagan un análisis, si quieres, pero francamente estoy seguro. Ariana, ya sabes que...
Ella le sonrió dulcemente.
—Sí, lo sé. —Sabía que podía confiar en aquel hombre, que tenia que hacerlo—. El niño es de mi esposo.
Es el único hombre que he... conocido.
—Y dónde está él ahora?
Ariana bajó los ojos y dos lágrimas se desprendieron de sus Pestañas y se deslizaron por sus mejillas.
—Está muerto..., como todos los demás. —Alzó lentamente la cabeza de nuevo—. Está muerto.
—Pero tendrás un hijo suyo. —Kaplan habló con voz queda, compartiendo el gozo que embargaba a la
muchacha—. Ahora siempre te quedará eso, ¿no es cierto?
Ariana le sonrió ligeramente y por fin cedió al deseo de rememorar a Manfred, de ver su rostro con los
ojos de la mente, de recordar su contacto, sus caricias. Era como si ahora pudiese entregarse a su recuerdo,
para compartir con él la alegría de tener un hijo. Hasta ese momento había luchado desesperadamente con
los recuerdos, temerosa de que invadiesen su mente. Pero ahora, cuando el médico salió de la sala,
permaneció un largo rato sumida en los dulces recuerdos y ensueños, y esta vez, cuando afloraron las
lágrimas, una sonrisa iluminaba su rostro. Aquel fue el momento más feliz de su vida.
Cuando se reunió con el doctor Kaplan en el consultorio, éste la miró muy serio durante un rato.
—Ariana, ¿qué harás ahora? Tendrás que decírselo a Ruth.
Siguió un largo silencio. Ariana aún no había pensado en ello. Por un instante, todo lo relacionado con los
Liebman se le borró de la mente. Pero ahora se daba cuenta de que tenía que decírselo, y sabía lo que
dirían ellos. ¿Cómo podían recibir con beneplácito a aquel niño..., que era hijo de un oficial nazi? Ella
tenía que defender a aquel hijo que llevaba en sus entrañas. 6Qué debería hacer ahora? Pensó en los
anillos de su madre. Si era necesario, los utilizaría para mantenerse hasta que el niño naciera. Haría
cualquier cosa, pero no podía seguir viviendo con ellos. Dentro de unos meses se marcharía.
—No quiero decírselo a la señora Liebman, doctor.
— ¿Y por qué no? —inquirió el médico con aflicción—. Ruth es una buena mujer, Ariana, una mujer de
gran corazón. Ella lo comprenderá.
Pero Ariana se mostró inflexible.
—No puedo pedirle que haga más de lo que ya ha hecho. Ha hecho mucho por mí. Y esto sería demasiado.
—Tienes que pensar en el pequeño, Ariana. Debes proporcionarle una vida decente, una buena
oportunidad, tan buena como la que se te ha dado a ti, como la que los Liebman te han brindado.
Aquellas palabras pesaron sobre el ánimo de Ariana toda la tarde, después de haber hecho prometer al
doctor Kaplan que no le diría nada a Ruth. Y así fue; simplemente le dijo que Ariana estaba aún un poco
fatigada, pero que no era nada como para preocuparse. Debería alimentarse bien, dormir mucho, pero
aparte de eso estaba perfectamente bien.
—Oh, ahora estoy mucho más tranquila —le dijo Ruth a Ariana cuando regresaban a casa.
Aquel día parecía mostrarse más amable que de costumbre, y a Ariana se le desgarraba el corazón al tener
que engañarla con respecto a su hijo. Pero no le parecía correcto pedir que hicieran algo más por -ella.
Aquella situación tenía que afrontarla sola; debía cuidar de su hijo ella sola. El hijo era de ella... y de
Manfred. Era el hijo que ambos habían deseado con toda el alma..., concebido entre las cenizas de sus
sueños. Ahora él regresaría para florecer en los más verdes prados, como un recuerdo de lo esplendoroso
que había sido su amor. Aquella noche permaneció en su habitación, preguntándose, soñando, si sería
niño o niña. ¿Se parecería a Manfred... o quizás a su padre? Era como esperar a un visitante de un viejo
mundo muy conocido, se dijo, mientras se preguntaba cuál de las caras que jamás volvería a ver renacería
en aquel pequeño ser. El médico había dicho que el niño nacería a fines de enero o quizás a primeros de
febrero.
A veces, insistió, los primerizos se retrasan. Y consideraba que comenzaría a notársele algo en septiembre,
o tal vez en octubre, si procuraba ponerse la ropa adecuada. De modo que para entonces abandonaría a los
Liebman. Y una vez instalada, una vez tuviera un empleo, entonces se lo diría. Cuando el niño naciera,
Julia y Debbie irían a visitarla. Sonrió para sus adentros al pensar en el pequeño bulto de prendas de
punto que las chicas irían a ver.
—,A qué se debe que estés tan contenta, Ariana?
Era Paúl, que se encontraba de pie junto a ella. No le había oído entrar.
—No lo sé. Sólo estaba pensando.
— ¿ Qué pensabas?
- Paúl se sentó en el suelo a su lado y alzó los ojos para admirar las perfectas facciones de Ariana.
—Nada en especial.
Le sonrió lentamente. Su felicidad era casi imposible de ocultar, y Paúl también se mostró exultante.
—,Sabes en qué he estado pensando hoy? En nuestro veraneo. Será maravilloso estar en el campo.
Podremos jugar al tenis y nadar. Podremos tomar el sol y asistir a fiestas. ¿No te parece que será divertido?
Se lo parecía, pero Ariana tenía otras cosas en que pensar. Asintió con la cabeza. Y luego, poniéndose
seria, miró a su joven amigo.
—Paúl, he tomado una decisión muy importante.
—¿ De qué se trata?
El muchacho le sonrió, expectante.
—En septiembre, conseguiré un empleo y me marcharé.
—Entonces seremos dos. ¿Quieres ser mi compañera de habitación?
—Muy gracioso, pero yo hablo en serio.
—Yo también. ¿Y qué clase de empleo piensas conseguir?
—Aún no lo sé, pero ya pensaré algo. Tal vez tu padre pueda darme alguna idea.
—Yo tengo una mejor. —Se inclinó hacia ella y le dio un beso en los sedosos cabellos rubios—. Ariana,
¿por qué no quieres hacerme caso?
—Porque no eres lo suficientemente maduro como para hablar con sensatez.
Ariana se sentía feliz como no se había sentido en muchos meses, y él se echó a reír, contagiado por su
alegría y buen humor.
—Sabes una cosa? Si hablas en serio acerca de conseguir un empleo en septiembre, éste será también tu
«último verano». Será nuestra última oportunidad de echar una cana al aire antes de sentar cabeza.
—En realidad, eso es exactamente lo que será —dijo ella con una amplia sonrisa.
Paúl le sonrió a su vez y se puso de pie.
—Entonces que sea el mejor verano que hayamos pasado en la vida.
Ariana siguió sonriendo, mientras sentía que se le partía el corazón.
CAPITULO 38
UNA SEMANA MÁS TARDE se trasladaron todos a la casona de East Hampton. El cuerpo principal
constaba de seis dormitorios, tres cuartos de servicio, un comedor lo suficientemente grande como para
alojar a un regimiento, una espaciosa sala de estar, un pequeño estudio y una sala familiar en la planta alta.
1 a cocina era gigantesca y acogedora, y en la parte posterior había una casa de huéspedes y una caseta de
playa donde cambiarse ropa. En la casa de huéspedes había cinco habitaciones, los Liebman pensaban
tener ocupadas todo el verano con familiares y amigos. Las vacaciones comenzaron con buenos auspicios
hasta que, en vísperas de mudarse, Paúl le dijo a Ruth que Ariana pensaba buscar un empleo y marcharse
de casa en otoño.
—Pero ¿por qué, Ariana? No seas tonta. Nosotros no queremos que te vayas.
Ruth Liebman la miró, con expresión dolorida.
—Es que no puedo ser una carga para ustedes eternamente.
—Tú no eres una carga. Tú eres una de nuestras hijas, Ariana. Esto es absurdo. Y si crees que es
absolutamente necesario que trabajes, ¿por qué no puedes seguir viviendo en casa? —Parecía
desconsolada ante la perspectiva de perderla—. Ve a la universidad, si quieres...; una vez dijiste que te
gustaría estudiar una carrera.
Puedes hacer lo que quieras, pero no hay ningún motivo para que te vayas de aquí.
—Oh, Paúl, parecía tan dolida
Ariana le miró con expresión desolada mientras se dirigían a la ciudad en sus dos plazas para cumplir
unos encargos que le había hecho Ruth a su hijo. Tenían que recoger dos trajes de baño más para Debbie,
unos medicamentos para Julia, unos papeles relacionados con la Organización Femenina que Ruth había
olvidado en su despacho. Lo hicieron rápidamente, y entonces Ariana consultó el pequeño reloj de oro
que Ruth le había regalado.
—Te parece que tendré tiempo de hacer un recado más?
—Claro. ¿De qué se trata?
—Le prometí al doctor Kaplan que pasaría a buscar unas vitaminas si tenía tiempo.
—Todo el tiempo del mundo. —La miró con aire reprobador—. Teníamos que haber hecho esto antes que
todo lo demás.
—Sí, señor —dijo ella en tono burlón.
Después de reunir todas las cosas que habían prometido llevar al regreso, se dirigieron al centro. Era un
placer sentirse joven y disfrutar del verano. El sol parecía sonreírles, y Ariana se desperezó gozosa en el
coche.
—Quieres conducir tú al regresar?
-—Tu precioso dos plazas? Paúl, ¿has bebido?
El se echó a reír, contento de verla tan alegre.
—Te tengo confianza. Dijiste que sabías conducir.
—Me siento muy halagada por tu ofrecimiento de dejarme conducir tu coche nuevo.
Ariana estaba conmovida, pues sabía lo que aquel automóvil significaba para él.
—No tengo reparos en confiarte todo cuanto poseo, Ariana. Incluso mi coche nuevo.
—Gracias.
Poca cosa más pudo agregar antes de llegar al consultorio del doctor Kaplan. Cuando se disponía a
apearse, Paúl saltó rápidamente del coche para ayudarla. Llevaba unos pantalones de hilo de color blanco
y una chaqueta ligera y, con sus largos y ágiles pasos y su cálida sonrisa, estaba muy juvenil y elegante
cuando entraron en el edificio.
—Entraré contigo un instante. Hace un siglo que no le veo.
No había motivo alguno para ver al doctor Kaplan, pues la rodilla que le había dejado fuera de combate
ya estaba casi curada. De hecho, ni siquiera se notaba que cojeara y, con el ejercicio que haría
durante el verano, cuando llegase el Otoño la rodilla le quedaría como nueva.
Pero el doctor Kaplan se mostró muy complacido al verle y los tres charlaron un rato hasta que el médico
pidió ver a Ariana a solas. Paúl no puso reparo alguno y se sentó en la sala de espera, dejando la gorra en
una silla junto a él.
Una vez en el despacho del médico, Ariana le miró con los ojos muy abiertos.
—Cómo te encuentras, Ariana?
—Bien, gracias. Si tengo cuidado con lo que como, me encuentro bien.
Le sonrió y el doctor Kaplan pensó que nunca la había visto tan serena. La joven llevaba un vestido
veraniego de falda volada y cintura estrecha, y un sombrero enorme de paja atado bajo la barbilla con
unas cintas azules como sus ojos.
—Tienes un aspecto magnífico. —Y después de una pausa, la miró con fijeza—. No se lo has dicho,
¿verdad?
—No. —Meneó la cabeza lentamente—. Tomé una decisión. Usted me dijo que comenzaría a notarse en
septiembre, de modo que cuando regresemos de Long Island este verano, me marcharé y buscaré un
empleo. Y luego se lo contaré todo. Y estoy segura de que lo comprenderán. Pero me niego a seguir
siendo una carga para ellos o a consentir que mantengan a mi hijo.
—Un gesto muy noble de tu parte, Ariana. Pero ¿has pensado cómo os mantendréis tú y tu hijo? ¿Has
pensado en el niño, o sólo en misma?
ti
Había una dureza inusual en sus palabras, y en un primer momento Ariana se enfureció, y luego se sintió
herida.
-Claro que he pensado en el niño. Es lo único que me preocupa. ¿Qué quiere usted decir?
—Que tienes veinte años y no conoces ningún oficio ni tienes una profesión, que vas a estar sola con tu
hijo en un país desconocido, donde es posible que la gente no te dé trabajo por el mero hecho de que eres
alemana. Acabamos de poner fin a una guerra con Alemania y a veces la gente conserva una especie de
resquemor durante mucho tiempo. Lo que quiero decirte es que no haces nada para brindarle un futuro
decente a tu hijo, y podrías hacerlo si no dejas pasar mucho tiempo. Si haces algo en seguida.
El doctor Kaplan le clavó una escrutadora mirada, y ella le miró amente.
fij
— ¿Qué quiere decir?
—Lo que quiero decir, Ariana —su voz se suavizó—, es que te cases
. Sé que éstas son palabras fuertes, Ariana, pero desde la última vez que te vi. me ha estado atormentando
este problema. Creo que es la única solución. Lo he pensado una y otra vez. Conozco a Paúl desde que
nació. Me doy cuenta de lo que siente por ti. Me remuerde la conciencia sugerirte algo como esto..., pero
¿quién saldrá perjudicado? Si te casas con ese muchacho que está en la sala de espera, garantizarás el
futuro de tu hijo y el tuyo propio.
—Lo que me pase a mí no me preocupa.
Ariana se había quedado anonadada por lo que el médico le estaba sugiriendo.
—Pero te preocupa tu hijo. ¿No es cierto?
—Pero no puedo hacer una cosa semejante..., no sería honrado.
—No has pensado que hay muchas chicas que lo hacen? Chicas que tienen muchos menos motivos para
hacerlo que tú... Ariana, el niño tardará siete meses en nacer. Yo podría decir que nació prematuramente.
Nadie se enteraría. Nadie. Ni siquiera Paúl.
Ariana miraba fijamente al doctor Kaplan, horrorizada por lo que le estaba proponiendo.
—No cree que podría ganarme la vida para mantener a mi hijo?
—Por supuesto que no. ¿Cuándo fue la última vez que viste trabajar a una mujer embarazada? ¿Quién te
contrataría? ¿Y para hacer qué?
Quedó callada unos instantes y luego movió la cabeza, pensativamente. Quizá tenía razón. Pero ¿cómo
podía hacer una cosa semejante..., cómo podía hacerle aquella jugarreta a Paúl..., cómo podría mentirle de
aquella manera? Paúl era su amigo y en cierto modo ella le amaba. En realidad, le quería muchísimo.
—Cómo podría ser capaz de hacer una cosa semejante, doctor? Es una mala acción.
Sólo de pensarlo, se sentía embargada de vergüenza y nacía en ella un sentimiento de culpabilidad.
—Podrías ser capaz de hacerlo por el bien de tu futuro hijo. ¿Qué hiciste para llegar a París, para llegar a
este país? ¿Fuiste siempre tan sincera? ¿No hubieras sido capaz de mentir, de herir o de matar para salvar
tu vida? Ahora debes hacer lo mismo por tu hijo, Ariana. Para proporcionarle una familia, un padre, una
vida decente, alimentos, una educación...
Ariana comprendió que había sido muy ingenua al creer que podía salir de aquel trance merced a unos
anillos que conservaba ocultos en aquel compartimiento secreto. Lentamente, movió la cabeza en señal de
asentimiento.
—Tendré que pensarlo.
—Hazlo, pero no lo pienses demasiado. Si esperas mucho tiempo, será demasiado tarde. De este modo, si
el niño nace dentro de siete meses podré explicar fácilmente que fue debido a tu precaria salud, al viaje
desde Europa, a todas esas cosas.
—Ha pensado usted en todo, ¿verdad?
Mientras miraba al doctor Kaplan, comprendió que aquel hombre le estaba dando el empujón que
necesitaba para poder sobrevivir. Le estaba enseñando las reglas de un juego en el que ella comenzaba a
descollar, y en lo más profundo de su corazón sabía que tenía razón. Pero ¿dónde terminaría todo aquello?
El médico estaba hablando.
—Si lo haces, Ariana, tu secreto morirá conmigo.
—Gracias, doctor..., por mi vida... y la vida de mi hijo.
El le dio las vitaminas y posó una mano suavemente sobre su hombro antes de que saliera de su despacho.
—Decídelo rápidamente, Ariana.
Ella asintió con la cabeza.
—Sí, lo haré.
Capitulo 39
—ARIANA, ¿QUIERES VENIR a nadar?
Julia estaba golpeando a la puerta a las nueve de la mañana, y Ariana abrió soñolienta un ojo.
—,Tan temprano? Aún no estoy levantada.
—Tampoco lo estaba Paúl. Y él también viene.
—Eso es cierto —confirmó el muchacho al tiempo que cruzaba el umbral de la puerta—, y si yo tengo
que ir a nadar con esos monstruitos tú también tienes que venir.
—Conque ésas tenemos, eh?
Ariana se desperezó con indolencia y sonrió, mientras él se sentaba al borde de la cama y le besaba un
rubio mechón de cabello que le caía sobre el rostro.
—Sí, señorita, y si no la sacaré de la cama y la llevaré a rastras hasta la playa, sin hacer caso de sus gritos.
—Qué simpático!
—Verdad que sí? —Sonrieron los dos mirándose a los ojos—. Por cierto, ¿te gustaría ir a una fiesta en
Southampton esta noche? Mis padres Se llevan a las chicas a pasar la noche no sé dónde.
— ¿Cómo es eso?
—Este fin de semana es el cuatro de julio, querida. El Día de la Independencia de los Estados Unidos.
Espera y verás, será todo un acontecimiento.
Y así fue. Fueron a nadar con las chicas por la mañana, y por la tarde con toda la familia a una merienda
campestre. Después, Sam y Ruth emprendieron con las chicas su excursión y Ariana desapareció para
echar una siestecita. Pero a las siete en punto ya estaba vestida para la salida nocturna, y cuando bajó las
escaleras de la enorme casa veraniega, Paúl lanzó un silbido y sonrió.
—Vaya, señorita, nadie me advirtió que le sentaba tan bien el bronceado.
Ariana llevaba un vestido de seda color turquesa que realzaba el tono moreno de su piel. El también
estaba muy elegante con su traje de hilo blanco, la camisa blanca y una corbata de lazo azul marino con
puntitos blancos, y ambos partieron en su coche nuevo.
Con espíritu festivo, dejó que Ariana lo condujese hasta el lugar de la fiesta, y una vez allí
inmediatamente le llevó un gin-fizz. Sin saber el efecto que podía causarle el alcohol, ella sólo tomó unos
pequeños sorbos. Pero la fiesta estaba en todo su apogeo. Había dos orquestas, una que tocaba dentro de
la casa, y otra en los jardines. Habían acudido varios yates para la ocasión y estaban atracados en el
extenso muelle, y una luna llena de verano brillaba en el cielo.
—,Quieres bailar, Ariana?
Paúl le sonreía amorosamente, y ella se deslizó suavemente en sus brazos. Era la primera vez que
bailaban juntos, y a la luz de la luna era fácil imaginar que bailaba con Manfred, o con su padre, o con
cualquier otro.
—Te ha dicho alguien alguna vez que bailas como un ángel?
—Me temo que últimamente no.
Celebró el cumplido con una risita, y siguieron bailando hasta el fin de la fiesta. Luego se acercaron
lentamente a una balaustrada desde la que podían contemplar las embarcaciones que se balanceaban
debajo de ellos, y Paúl la miró con una gravedad que Ariana desconocía en él.
—Soy tan feliz cuando estoy contigo, Ariana! Nunca conocí a nadie como tú.
Ariana sintió deseos de bromear y preguntarle por Joanie, pero consideró que no era oportuno.
—Ariana —dijo él, mirándola con ternura—, tengo algo que decirte. —Le tomó las manos entre las suyas
y se las besó suavemente, una después de otra—. Te amo. No sé en qué otra forma podría decírtelo. Te
amo. No soporto estar lejos de ti. Cuando estoy contigo, me siento... tan feliz y tan fuerte que sería capaz
de hacer cualquier cosa, como si tuviera el don de convertir en una ofrenda todo cuanto toco..., y no
quisiera que esa sensación se desvaneciera jamás.
Si te vas lejos cuando acabe el verano y yo hago lo mismo, no podremos gozar de momentos como éste.
—Se le humedecieron los ojos al pronunciar estas palabras—. Y Ariana, sé que no podré vivir sin ti.
—No digas eso —susurró Ariana—. Paúl, yo...
Y entonces, como si él así lo hubiese dispuesto, estallaron sobre sus cabezas los primeros fuegos
artificiales. Paúl metió la mano en el bolsillo y extrajo un anillo con una enorme esmeralda tallada. Antes
de que Ariana se diese cuenta de lo que sucedía, se lo colocó en el dedo y sus labios se unieron a los de
ella con toda la fuerza y toda la pasión que le abrasaba. Ella sintió que en el fondo de su ser se despertaba
un deseo que creía para siempre dormido. Durante un momento, se abrazó a él casi con desesperación,
devolviéndole los besos y tratando de 'dominar el anhelo que se apoderaba de su alma.
Por fin, cuando sus labios se hubieron separado, Ariana le dijo que estaba cansada, y regresaron a la casa
de East Hampton mucho más sosegados. Ella aún seguía debatiéndose con su conciencia. ¿Cómo podría
llevar adelante aquella comedia? Y no era que no le quisiera. En realidad, le amaba de una manera cálida,
amistosa, pero era censurable que se aprovechara del afecto que él sentía por ella para endilgarle un hijo
que no era suyo. Cuando finalmente bajaron del coche en la senda de entrada, Paúl la tomó suavemente
por la cintura y la condujo al interior de la casa. Y en el vestíbulo la miró con una triste expresión en la
cara.
—Sé lo que estás pensando. Tú no quieres el anillo, ni lo que representa, ni me quieres a mí... Está bien,
Ariana. Lo comprendo.
—Pero había una tremenda congoja en su voz cuando la estrechó contra él—. Pero, ¡Dios mío, cómo te
amo! Déjame estar a solas contigo esta noche, sólo esta noche, te lo suplico. Déjame soñar, déjame
imaginar lo que hubiera podido ser si ésta fuese nuestra casa, si estuviésemos casados, si todos los sueños
se hubieran hecho realidad.
—Paúl.
Ariana se separó de él suavemente, pero cuando lo hizo vio que había lágrimas en su rostro, hermoso y
juvenil. Y entonces, cedió toda su resistencia; le atrajo hacia sí y elevó su cara hasta la de él, ofreciéndole
una amorosa pasión que jamás hubiera pensado poder brindar a nadie más en el mundo. Instantes más
tarde, entraban en la habitación de Ariana y, con una ternura inconcebible para sus años, Paúl le quitó el
vestido de seda. Permanecieron acostados a la luz de la luna, abrazándose, acariciándose, besándose y
soñando, sin decir ni una sola palabra. Y finalmente, bajo las primeras luces de la mañana, apagada la
última chispa de pasión, se quedaron dormidos el uno en brazos del otro
.
Capitulo 40
—BUENOS DÍAS, AMOR MIO.
Ariana miró de soslayo para poder verle, cegada por la brillante luz del sol. Paúl había colocado la
bandeja del desayuno sobre la cama y estaba abriendo cajones de la cómoda y poniendo su contenido en
una pequeña maleta que reposaba abierta a los pies del lecho.
—,Qué estás haciendo?
Ella se sentó en la cama y tuvo que contener una oleada de náuseas. El café estaba fuerte y había sido una
larga noche.
—Estoy haciendo tu maleta.
Paúl le sonrió por encima del hombro.
—Pero ¿adónde vamos? Tus padres regresarán esta noche. Se inquietarán si no nos encuentran...
—Para entonces ya habremos regresado.
—Entonces ¿para qué la maleta, Paúl? No comprendo... —Se sentía completamente desorientada, allí
sentada en la cama, aún desnuda, mientras aquel hombre de largas piernas, envuelto en una bata de seda
azul marino, hacía su maleta—. Paúl, ¿quieres hacer el favor de dejar de moverte y explicarme qué pasa?
Había una ligera nota de pánico en su voz.
—Lo haré en seguida. —Y luego, cuando hubo terminado, se volvió, se sentó tranquilamente en el borde
de la cama y le cogió
Una mano entre las suyas, la que aún lucía el anillo con la enorme esmeralda tallada—. Muy bien, ahora
te lo diré. Esta mañana nos vamos a Maryland, Ariana.
—,A Maryland? ¿Por qué?
Pero esta vez le miró francamente a los ojos. Era como si de la noche a la mañana se hubiese hecho
hombre.
—Nos vamos a Maryland a casarnos, porque estoy harto de juegos y de que nos comportemos como si
tuviésemos catorce años. No somos unos niños, Ariana. Yo soy un hombre y tú eres una mujer, y si algo
como lo de esta noche ha podido ocurrir una vez entre nosotros, podrá ocurrir muchas otras veces. No
estoy dispuesto a jugar contigo. No quiero implorarte. Te amo, y creo que tú también me amas. —Y
entonces su voz se suavizó de nuevo—. ¿Quieres casarte conmigo, Ariana? Amor mío, te amo con todo
mi corazón.
—Oh, Paúl
Cuando Ariana le tendió los brazos, había lágrimas en sus ojos. ¿Era posible que le hiciera tan feliz? Si se
casaba con Paúl, por agradecimiento por todo lo que le ofrecería a su hijo, siempre sería buena con él.
Pero ahora todo lo que podía hacer era llorar en sus brazos. Se trataba de una importante decisión, y ella
aún no estaba segura de lo que quería hacer.
—Quieres dejar de llorar y darme una respuesta? —Le besó suavemente el cuello, luego la cara y luego el
cabello—. Oh, Ariana, te amo..., cómo te amo...
Volvió a besarla, y esta vez ella asintió con la cabeza lentamente, y luego le miró a la cara, mientras otros
rostros se perfilaban en su mente: el de Manfred..., el de su padre..., incluso recordó brevemente el de
Max Thomas cuando la besó en la habitación de su madre la noche que huyó de Berlín. ¿Qué pensarían
todos ellos si se casaba con este hombre? Y entonces se dio cuenta de que ello no tenía importancia, que
era algo que debía decidir ella ahora, que se trataba de su propia vida. No de la de ellos. Ellos habían
desaparecido todos. Ella era la única que quedaba... Ella..., y su hijo... y Paúl. El era mucho más real que
cuanto pudieran serlo los otros. Le tendió una mano al tiempo que le ofrecía una lenta y dulce sonrisa.
Parecía querer desprenderse de toda una vida, para entregarse a él con todo su corazón y toda su alma, y
al hacerlo se juró a sí misma no traicionar jamás aquel amor.
—,Y bien?
Paúl la miraba, temblando, temeroso de cogerle la mano, sin atreverse a moverse. Pero ella le cogió las
suyas y se las acercó a los
labios. Y luego le fue besando los dedos uno a uno con los ojos cerrados. Cuando los abrió de nuevo,
había en ellos una ternura que le conmovió hasta el fondo de su alma.
—Sí —dijo ella, sonriendo y atrayéndole hacia su cuerpo—. Sí, amor mío. ¡Sí! La respuesta es sí. —Y
entonces, hundiendo la cabeza en su hombro, exclamó exultante—: ¡Cómo te amaré, Paúl Liebman! —Y
luego retrocedió un paso y le miró de arriba abajo-. ¡Qué hombre tan apuesto eres!
—Dios mío! —El sonrió—. Creo que te has vuelto loca. Pero a caballo regalado no le mires el diente.
Sigue estando loca y deja que me ocupe de todo lo demás.
Y así lo hizo. Una hora más tarde se encontraban camino de Maryland, con las maletas en el baúl del
coche, y la tarjeta de identidad provisional de Ariana en el bolsillo de Paúl. Al cabo de unas pocas horas,
la esposa de un juez de paz en las afueras de Baltimore les sacaba una instantánea mientras su esposo
miraba a Paúl solemnemente y asentía con la cabeza, murmurando con voz firme:
—Puede besar a la novia.
—MADRE... PAPÁ... —LA VOZ de Paúl temblaba ligeramente al enfrentarse con ellos, pero no vaciló
al tomar la mano de Ariana con orgullo. Luego sonrió a sus padres con una expresión que decía a las
claras que era un hombre—. Ariana y yo nos fugamos. —Miró con una sonrisa a la menuda y nerviosa
Ariana—. Casi tuve que obligarla a hacerlo por la fuerza; por eso no quise perder tiempo esperando a
hablarlo con vosotros. De modo que... —Miró afectuosamente a sus padres, y aunque éstos estaban a
todas luces estupefactos, no parecían en modo alguno disgustados—. ¿Me permitís que os presente a la
señora de Paúl Liebman?
Hizo una graciosa reverencia a su flamante esposa, y ella se postró a sus pies. Acto seguido, con un ágil y
garboso movimiento, se incorporó, dio un beso a Paúl y tendió prestamente los brazos a Ruth. La mujer la
abrazó y la estrechó largo rato, recordando a la aterrorizada y enferma muchacha que ella había rescatado
del barco. Sam se quedó contemplándolas un instante y luego se volvió hacia su hijo con los brazos
abiertos.
CAPITULO 41
SEGÚN LO PLANEADO, Ariana y Paúl se quedaron en East Hampton hasta el mes de septiembre, y
después del Día del Trabajo se dirigieron a la ciudad para empezar a buscar su propia vivienda. Paúl
comenzó a trabajar con su padre en la oficina, y Ruth salió con Ariana en busca del lugar donde formarían
su hogar. Después de que todos juntos celebraran el Rosh Hashanah, encontraron una bonita casita y, tras
un breve debate, Paúl resolvió que tenía que ser para ellos. Por el momento la alquilarían, pero el
propietario se mostró interesado en vendérsela al término del contrato. La joven pareja consideró que el
arreglo era perfecto. Ello les permitiría decidir si realmente les gustaba la casa.
Todo lo que necesitaban ahora era amueblarla, y como las chicas habían vuelto a la escuela Ruth disponía
de más tiempo para ayudar a Ariana. Ya no destinaba tantas horas a la organización de ayuda a los
refugiados, y pasaba casi todo el día con Ariana, lo que le permitió comprobar nuevamente que la joven
no se encontraba bien.
—Ariana, ¿has vuelto a ir a ver al doctor Kaplan? —Ruth la miraba con expresión angustiada, y Ariana
asintió con la cabeza, mientras trataba de elegir entre un muestrario que había encargado una tela para
cortinas que hiciera juego con su alfombra nueva. —Y bien, ¿has ido?
—Sí. Fui el jueves pasado.
Esquivó la mirada de Ruth unos instantes, pero luego miró a su madre política con una incipiente sonrisa.
-¿Y qué te dijo?
Que los desmayos y los problemas estomacales seguirían durante un tiempo más.
—,Acaso cree que es algo crónico?
Ruth la miró con evidente preocupación, pero Ariana meneó la
cabeza.
—De ninguna manera. De hecho, ni siquiera se inquieta por vilo. Dice que antes la causa residía en los
inconvenientes que sufrí durante el viaje, pero que ahora se trata del precio que tengo que pagar por lo
que hice después de llegar aquí.
—Qué quiso decir con eso? —Y luego, de súbito, comprendió vi. Críptico mensaje. Abrió
desmesuradamente los ojos y contempló a Ariana con una lenta sonrisa—. ¿Quiere decir que estás
embarazada'?
—Así es.
—Oh, Ariana! —La miró rebosante de felicidad y cruzó rápidamente la estancia para darle un abrazo.
Pero entonces contempló a la menuda joven con renovada preocupación—. ¿Opina el doctor Kaplan que
todo irá bien? ¿No es demasiado pronto, después de haber estado tan enferma...? Estás muy delgada. Tú
no eres una mujer fuerte como un caballo como lo soy yo.
Pero le aferró fuertemente las manos a Ariana, emocionada por la noticia. Por un instante se acordó de la
alegría que había sentido cuando supo que esperaba a su primer hijo.
—La única cosa que quiere es que vea a un especialista más adelante, cuando falte poco para el parto.
—Me parece razonable. Por cierto, ¿para cuándo será?
—A principios de abril.
Interiormente, Ariana se sintió acobardada al tener que mentir y logó para que Ruth nunca supiera la
verdad acerca del niño, y se prometió a sí misma y a Ruth que un día tendría un hijo que sería un
verdadero Liebman. Estaba en deuda con Paúl, y en cuanto le fuera posible tendría otro hijo, y otro más si
así lo deseaba él. Haría cualquier cosa con tal de proteger al hijo de Manfred.
A MEDIDA QUE PASABAN los meses, Paúl parecía más maduro, se volvía cada vez más paternal,
ayudaba a Ariana a preparar el cuarto para el pequeño y le sonreía cuando la veía noche tras noche
haciendo calceta. Ruth también les había llevado cajas y más cajas
De ropita de sus propios hijos, y en todas partes donde Paúl ponía la vista parecía haber gorritos, calzado,
vestidos y suéters diminutos.
—Bien, a juzgar por el aspecto de esta casa, señora Liebman, se diría que vamos a tener un hijo.
Faltaban dos semanas para Navidad. Paúl pensaba que estaba de cinco meses y medio tan sólo, cuando en
verdad el pequeño nacería al cabo de seis semanas. Pero nadie parecía encontrar exagerado el tamaño de
su vientre. Suponían que su impresionante redondez se debía simplemente al hecho de que resaltaba más
en una mujer menuda como Ariana. Y ahora Paúl estaba enamorado de aquel vientre; le llamaba nombres
divertidos y decía que tenía que frotarlo dos veces para que le trajese buena suerte antes de irse a trabajar
todos los días.
— No hagas eso! —chillaba ella cuando le hacía cosquillas—. Conseguirás que me dé patadas de nuevo.
—Tiene que ser un chico —dijo Paúl con gran seriedad una noche, con la oreja pegada a su vientre—.
Creo que está tratando de jugar al fútbol.
Ariana lanzó un gruñido y puso los ojos en blanco mientras le decía riendo a su esposo:
—Realmente está jugando al fútbol aquí dentro..., con mis riñones, creo.
A la mañana siguiente, después de marcharse Paúl a la oficina, algo extraño sucedió, y durante horas
Ariana se sintió embargada de nostalgia por su vida pasada. Se quedó sentada en una silla pensando en
Manfred, sacó su joyero y se probó los anillos que él le había regalado. Recordó sus planes y sus
promesas, y luego se encontró preguntándose qué habría pensado él de este hijo. Incluso se preguntó qué
nombre le habría gustado ponerle. Paúl se inclinaba por Simón, en memoria de su hermano muerto. Y ella
consideraba que debía darle el gusto.
Y mientras desgranaba sus recuerdos, se topó con el sobre que contenía las fotografías de ella y Manfred,
oculto en un libro que conservaba bajo llave en un cajón de su escritorio. Las sacó del sobre y las
extendió sobre su regazo, para contemplar el rostro amado, al tiempo que recordaba hasta el último
detalle de su uniforme y le parecía oír de nuevo las palabras que le había dicho la primera Navidad que
pasaron juntos. Resultaba difícil creer que las fotografías de las fiestas de Nochebuena hubiesen sido
sacadas un año antes. Mientras dos ristras de lágrimas caían de sus mejillas sobre el voluminoso vientre,
recogió las fotografías y no oyó entrar a su marido. Paúl se quedó de pie detrás de ella, con los ojos
lavados en las fotografías, primero presa de una gran confusión ,' luego de horror, al distinguir con
claridad las insignias del uniforme.
—Dios mío, ¿quién es ése?
La furia y el estupor le demudaron el rostro, al ver la cara sonriente de Ariana junto a la de aquel hombre.
Ariana se puso de
de un salto, aterrada, al oír su voz. No se había dado cuenta de que estaba en la habitación.
—Qué haces aquí?
Las lágrimas se secaron en sus ojos y aún sostenía las fotografías en la mano cuando se puso de pie.
—Vine para saber cómo se sentía mi esposa y pedirle si quería almorzar conmigo, pero al parecer he
interrumpido una intrigante ceremonia privada. Dime, Ariana, ¿haces esto todos los días o sólo en las
grandes solemnidades? —Y después de una pausa glacial, inquirió—: ¿Te importaría decirme quién era
ése?
—Era..., era un oficial alemán.
Ariana miró a Paúl casi con desesperación. Por nada del mundo hubiese querido que se enterara de
aquella manera.
—De eso ya me di cuenta por el brazal nazi. ¿Hay algo más que (quieras decirme? ¿Como cuántos judíos
mató? O qué campo de exterminio dirigía?
—El no mató a ningún judío ni dirigía ningún campo. De hecho, me salvó la vida. Y evitó que fuese
violada por un teniente y que un general me convirtiera en una prostituta. De no haber sido por él... —
Comenzó a llorar desconsoladamente, sosteniendo en la mano las fotografías del hombre que ya hacía
siete meses que estaba muerto—. De no haber sido por él..., probablemente estaría muerta.
Por un instante, Paúl lamentó lo que le había dicho, pero al fijar la vista en las fotografías que aleteaban
en la mano de su esposa sintió que la ira volvía a apoderarse de él.
—Entonces, ¿qué demonios haces riendo y sonriendo en esas fotos si tu vida corría tantos peligros? —Le
arrebató las fotografías y entonces advirtió con creciente furia que Ariana estaba bailando con el oficial
nazi en una fiesta—. Ariana, ¿quién es este hombre?
Y entonces comprendió de pronto cómo había logrado sobrevivir a los horrores de los campos de
exterminio. Su madre había tenido razón. Y él no tenía derecho a condenarla por lo que había hecho. La
muchacha no había tenido otra alternativa. Conmovido, la tomó tiernamente y la atrajo hacia él hasta
donde le permitía su voluminoso vientre.
—Lo lamento..., ¡oh, amor mío, lo lamento! Creo que por un momento olvidé lo que sucedió. Al ver esa
cara y ese uniforme, con ese aire tan alemán, creo que por un segundo perdí la cabeza.
—Pero yo también soy alemana, Paúl.
Ariana aún estaba llorando, sollozando quedamente en sus brazos.
—Sí, pero tú no eres como ellos, y si tuviste que ser la amante de ese hombre para librarte de los campos,
Ariana, entonces me importa un cuerno lo que ocurrió.
Pero al decir estas palabras, notó que Ariana se ponía tensa en sus brazos. Y entonces ella,
silenciosamente, se separó de él y se sentó.
—Eso es lo que tú crees, ¿verdad, Paúl? —Le miró durante un interminable momento y, al ver que él no
decía nada, siguió hablando con voz queda—. Crees que fui la amante de ese hombre para salvar la vida.
Bien, eso no es cierto y quiero que conozcas la verdad. Después de la muerte de mi padre y de Gerhard,
él..., Manfred..., me llevó a su casa sin exigirme nada, nada. No me violó, no me tocó ni me lastimó. Sólo
me brindó su protección y se convirtió en mi único amigo.
—Es una historia muy conmovedora, pero eso es un uniforme nazi, ¿no es cierto, Ariana?
La voz de Paúl sonaba fría como el hielo, pero se dio cuenta de que Ariana no parecía asustada;
conservaba la serenidad que le otorgaba la certeza de saber que hacía lo que debía hacer.
—Sí, Paúl, lo es. Pero hubo hombres decentes que tuvieron que vestir el uniforme nazi, y él era uno de
ellos. No todo se reduce a dividir a los hombres en buenos y malos. La vida no siempre es tan simple
como eso.
—Bueno, bueno, querida. Gracias por la lección. Pero francamente, no me resulta fácil tener que
apechugar con el hecho de llegar a casa y encontrar a mi esposa llorando ante las fotografías de un
maldito nazi, y luego saber que ese tipo era su «amigo». Los nazis no eran amigos de nadie, Ariana. ¿No
lo comprendes? ¿Cómo puedes decir lo que estás diciendo? ¡Tú eres judía!
Paúl estaba furioso y parecía fulminarla con la mirada, pero ella se puso de pie para enfrentarse con él y
sacudió la cabeza.
—No, Paúl, yo no soy judía. Soy alemana.
El se quedó sin habla por la sorpresa, y Ariana siguió hablando, temiendo que si callaba ahora no podría
volver a encontrar las palabras.
—Mi padre era un buen alemán, era el director del banco más importante de Berlín. Pero cuando
movilizaron a mi hermano, después de que hubo cumplido los dieciséis años, mi padre no quiso que
Gerhard fuera a la guerra.
Ariana trató de sonreír a su esposo. ¡Qué alivio sentía al contarle toda la verdad, sin temor a las
consecuencias!
—Los nazis jamás gozaron de las simpatías de mi padre, y cuando pretendieron movilizar a Gerhard
comprendió que teníamos que huir. Ideó un plan para llevarle hasta Suiza, desde donde debía regresar a
buscarme al día siguiente. Pero algo debió de ocurrir, y él jamás volvió. Nuestros criados me delataron...,
personas en las que había confiado toda la vida —su voz subió de tono—, y los nazis vinieron a buscarme.
Me encerraron en una celda durante un mes, Paúl, conservándome como «rehén», por si acaso regresaba
mi padre, pero él nunca apareció. Durante un mes viví en una mugrienta y hedionda celda, medio muerta
de hambre y medio loca, en un cuarto que era la mitad de grande que los armarios de las sirvientas de tu
madre. Y luego me soltaron porque no les servía para nada. Se incautaron de la casa de mi padre, se
quedaron con todas nuestras cosas y me arrojaron a la calle. Pero el general que se posesionó de la casa de
mi padre en Grunewald, al parecer también me deseaba a mí. Manfred, este hombre —señaló las
fotografías con mano temblorosa mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas—, me salvó de sus
garras y de todos los demás. Me mantuvo a salvo hasta el fin de la guerra. —Entonces su voz se quebró—.
Hasta la caída de Berlín, cuando le mataron.
Miró a Paúl, pero vio que su rostro se mantenía duro como una roca.
— ¿Y fuisteis amantes, tú y ese asqueroso nazi?
—,No lo comprendes? ¡El me salvó la vida! ¿No te importa eso?
Ariana le miró largamente, sintiendo nacer en ella su propia ira.
—Lo que me importa es que fuiste la amante de un nazi.
—Entonces eres un imbécil. ¡Logré sobrevivir, maldita sea! ¡ Sobreviví!
— ¿Y le querías? —le preguntó él con voz helada.
Y súbitamente, todo el amor que había sentido por Paúl se convirtió ahora en odio. Quiso herirle del
mismo modo que él la hería a ella.
—Le quería muchísimo. Era mi esposo, y aún lo sería si no estuviese muerto.
Por un instante se quedaron mirándose de hito en hito, conscientes de repente de todo cuanto allí se había
dicho, y cuando Paúl volvió a hablar su voz temblorosa denotaba su agitación. Fijó la vista en su vientre,
lo señaló con el dedo y luego levantó los ojos hasta su cara.
— ¿De quién es ese hijo?
Estuvo a punto de mentirle, por el bien del niño, pero ya no
pudo hacerlo.
—De mi marido —respondió, con voz fuerte y orgullosa, como si quisiera devolver a Manfred a la vida.
—Yo soy tu marido, Ariana.
—De Manfred —-dijo quedamente, dándose cuenta de pronto de lo que le había a hecho a Paúl. Y, como
si hubiese recibido un golpe,
casi se tambaleó.
—Gracias —musitó él, y acto seguido, girando sobre sus talones, salió dando un portazo
.
CAPITULO 42
A LA MAÑANA SIGUIENTE, Ariana recibió un pliego de papeles del abogado de Paúl. Se le notificaba
que el señor Paúl Liebman tenía la intención de iniciar un juicio de divorcio. Se le comunicaba
formalmente que cuatro semanas después del nacimiento del niño tendría que desalojar la vivienda, pero
que mientras tanto podía permanecer en ella. También seguiría siendo mantenida durante ese breve
período, y cuando se marchara, una vez hubiera nacido el niño, recibiría un cheque por la suma de cinco
mil dólares. En el futuro no recibiría ninguna asignación para el mantenimiento del niño, puesto que
aparentemente no era hijo del señor Liebman, ni para el de ella, dadas las circunstancias de su breve y al
parecer fraudulento matrimonio. Una carta adjunta de su suegro confirmaba los arreglos financieros, y
una nota de su suegra expresaba su repudio por haberles traicionado. ¿Cómo se había atrevido a hacerse
pasar por judía? Fue, como Ariana siempre lo imaginó, una rotunda traición, ello sin mencionar el hecho
de que llevaba el hijo de «un nazi» en sus entrañas. La guerra había causado estragos. «Un nazi»: Ariana
se estremeció al leer aquella palabra. Además, se le prohibía a Ariana poner los pies cerca de la casa de la
Quinta Avenida, y también acercarse a ellos por ningún motivo. Si se enteraba de que Ariana había
intentado ver a Deborah o a Julia, Ruth no tendría escrúpulos en comunicarlo a la policía.
Cuando Ariana leyó los papeles que le habían mandado, trató desesperadamente de comunicarse con Paúl.
Pero él había buscado refugio en casa de sus padres, y bajo ninguna circunstancia accedería a atender sus
llamadas. En cambio, se comunicó con ella por medio de su abogado, se iniciaron los correspondientes
trámites para el divorcio, los Liebman le cerraron la puerta, y el veinticuatro de diciembre, poco después
de medianoche, un mes más tarde, Ariana tuvo que hacer frente completamente sola a los dolores del
parto.
En esos momentos se le acabaron las agallas, al igual que, momentáneamente, se esfumó su valentía.
Quedó paralizada por el miedo —a lo desconocido, a la soledad—, pero logró ponerse en contacto con el
médico y llegó al hospital en un taxi.
Doce horas más tarde todavía sufría los tormentos del parto y el dolor le hacía proferir incoherencias.
Asustada, frenética, aún conmocionada por lo que había ocurrido con Paúl y los Liebman, no estaba en
condiciones de hacer frente a lo que estaba sucediendo, y una y otra vez gritaba el nombre de Manfred,
hasta que por último le aplicaron un calmante. A las diez de la noche del día de Navidad finalmente dio a
luz, mediante cesárea, pero a pesar de las dificultades del parto ni la madre ni el niño sufrieron daño
alguno. Se lo mostraron brevemente: un puñado de carne arrugada con las manos y los pies más
diminutos que jamás hubiera visto.
No se parecía a ella ni a Manfred, ni a Gerhard ni a su padre. No se parecía a nadie que ella conociera.
—Qué nombre le pondrá? —le preguntó la enfermera dulcemente mientras le estrechaba la mano.
—No lo sé.
Estaba tan fatigada, y el niño era tan poquita cosa... Se preguntó si era normal que fuese tan chiquitito.
Pero en medio del dolor y de la anestesia, experimentaba una reconfortante alegría.
—Como es Navidad, podría llamarle Noel.
—Noel? —Ariana reflexionó un instante, sonriendo en su estado de semiconsciencia provocado por las
drogas—. ¿Noel? Es bonito.
Y luego, volviendo la cara hacia donde imaginaba que se encontraba el niño, esbozó una plácida sonrisa.
—Noel von Tripp —se dijo para sus adentros, y se quedó dormida.
CAPITULO 43
EXACTAMENTE CUATRO SEMANAS después del nacimiento de su hijo, Ariana llevó la última de
sus maletas al vestíbulo. Según lo dispuesto, abandonaba el apartamento, y ya había dejado al niño bien
abrigado en el taxi. Se dirigirían a un hotel que una enfermera del hospital le había recomendado. Era un
lugar acogedor y barato, y la propietaria servía comidas. Tan corto tiempo después de la cesárea, Ariana
aún no estaba en condiciones de andar levantada. En una ocasión había tratado de comunicarse con Paúl
en su oficina, y en otro momento se atrevió a llamarle a su casa. Pero todo fue inútil. El no quería hablar
con ella. Todo había terminado. Paúl le había enviado cinco mil dólares. Todo cuanto ahora quería eran
sus llaves.
Ariana cerró la puerta silenciosamente a sus espaldas, y con su ropa y el niño, las fotografías de Manfred
y el volumen de Shakespeare cón el compartimiento para los anillos, inició su nueva vida. Ya había
devuelto el anillo que Paúl le había regalado, y de nuevo llevaba puestos los de Manfred. Le parecía que
era el mejor sitio donde debían estar, y sabía que ya nó volvería a quitárselos jamás. Sería Ariana von
Tripp para siempre. Si era conveniente, por el hecho de estar en Estados Unidos, eliminaría el «von», pero
jamás renegaría de su antigua vida, y nunca más volvería a mentir ni a fingir que era lo que no era. Ella
había sufrido horrores en manos de los nazis; sin embargo, comprendía mejor que nadie que los nazis
eran tan sólo una horda de hombres, y en medio de aquella horda había algunos que eran buenos. Jamás
volvería a mancillar la me- mona de Manfred.
Manfred era el esposo al que amaría toda su vida. Era el hombre acerca del cual hablaría a su hijo. El
hombre que había servido valientemente a su patria y a la mujer que le había amado hasta el fin. Le
hablaría de su abuelo y del tierno Gerhard. Tal vez le contaría que se había casado con Paúl, pero no
estaba segura de ello. Comprendía que había cometido un error al tratar de engañarle, pero ya había
pagado su falta con creces. Sin embargo, se dijo
—contemplando con una sonrisa al niño dormido—, que a modo de compensación, siempre tendría a su
hijo.
CAPITULO 44
CUANDO NOEL CUMPLIÓ los dos meses, Ariana había conseguido un empleo, por medio de un
anuncio en el periódico, en una librería que se especializaba en libros extranjeros. Le permitían llevar al
niño y le pagaban un magro sueldo que, por lo menos, alcanzaba para atender a sus necesidades más
elementales.
—Ariana..., realmente deberías hacerlo.
La joven la miraba fijamente mientras Ariana vigilaba a su inquieto hijo. Ya hacía más de un año que
trabajaba en la librería, y Noel había aprendido a caminar muy temprano y se mostraba fascinado por los
lomos de colores de los libros que se alineaban en los estantes cercanos al suelo.
—No quiero nada de ellos, Mary.
—Sí, pero ¿no deseas nada para tu hijo? ¿Acaso piensas hacer este trabajo el resto de tu vida? —Ariana la
miró titubeando-. Nada perderás con intentarlo. Y no vas a pedir una limosna, sino a reclamar lo que es
tuyo.
—Lo que era mío. Que es muy diferente. Cuando me fui, estaba todo en manos de los nazis.
—Al menos ve al consulado y deja que te informen.
Ante la insistencia de Mary, Ariana resolvió que quizá iría a averiguar algo cuando tuviera el próximo día
libre. El gobierno alemán había instaurado un sistema por el cual la gente que había perdido bienes y
propiedades a manos de los nazis podía reclamar una especie de indemnización. Ariana no tenía manera
de demostrar sus derechos sobre la casa de Grunewald ni sobre el schloss de la familia de Manfred, que
también le habría pertenecido por derecho sucesorio.
Dos semanas más tarde, el jueves, que era su día libre, se encaminó al consulado empujando el cochecito
de Noel. Era un día frío y ventoso del mes de marzo, y casi desistió de ir por temor a que nevara. Pero
envolvió al niño en su gruesa manta y llegó a la imponente puerta de bronce.
—4Bitte? ¿En qué puedo servirla?
Por un instante, Ariana no supo qué responder. Hacía tanto tiempo que no oía su propio idioma, que no
veía a ningún europeo ni se la trataba con el aire autoritario al que estaba acostumbrada, que durante unos
segundos no pudo hacer más que mirar asombrada a su alrededor. Fue como si en una fracción de
segundo hubiese sido transportada a su patria. Lentamente, comenzó a contestar preguntas y a explicar el
motivo que la había llevado hasta allí. Y para su sorpresa, se vio tratada con el mayor respeto y cortesía,
se le facilitó la información que deseaba así como una serie de formularios que debía llenar, y se le dijo
que regresara la semana siguiente.
Cuando volvió, había una considerable cantidad de gente en el vestíbulo, y ahora todo lo que tenía que
hacer era esperar que la entrevistara un funcionario del consulado, quien se encargaría de dar curso a su
solicitud. Y luego, ¿quién sabía el tiempo que exigiría el trámite? Años tal vez, y eso suponiendo que
consiguiera algo. Pero valía la pena probar.
Mientras se encontraba en el consulado, con el niño dormido en su cochecito, no pudo resistir la tentación
de cerrar los ojos e imaginar que estaba de nuevo en su patria. A su alrededor todos eran alemanes, que
hablaban con el acento de Baviera, de Munich, de Leipzig, de Frankfurt... y de Berlín. Le sonaba dulce y
familiar y, al mismo tiempo, le resultaba doloroso. Entre todas aquellas palabras, acentos y dichos
conocidos, no distinguía ninguna voz familiar. Y súbitamente, como si estuviera soñando, sintió que la
cogían del brazo, oyó una exclamación entrecortada y, cuando levantó la vista, se encontró ante unos
familiares ojos castaños. Aquellos ojos ella los había visto antes en alguna parte..., eran ojos conocidos...
y hacía sólo tres años que se había mirado en ellos por última vez.
—Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío!
Y entonces, repentinamente, se echó a llorar. Era Max..., Max Thomas... y sin pensar se arrojó en sus
brazos. El la tuvo abrazada
Durante largo tiempo, mientras ambos reían y lloraban a la vez. Max la abrazó, la besó, tomó al niño en
sus brazos; para ambos era un sueño que jamás pensaron que pudiera hacerse realidad. Y luego, sentados
uno junto al otro mientras aguardaban en el vestíbulo, Ariana le contó lo de su padre y Gerhard y cómo
perdieron la casa. Y después le habló de Manfred, sin temor ni vergüenza; le dijo a Max que le había
amado, que se habían casado, y que Noel era hijo de él. Pero no tardó en saber que, salvo lo del
nacimiento de Noel, Max estaba enterado de todo. Después de la guerra, había recorrido todo Berlín en
busca de ella y de su padre.
— ¿Trataste de encontrarles cuando terminó la guerra, Ariana?
Ella vaciló un instante y luego denegó con la cabeza.
—Realmente, no supe cómo hacerlo. Mi esposo me dijo que tenía la seguridad de que mi padre estaba
muerto. Y después me puse en contacto con un amigo suyo en París, un hombre que dirigía una especie
de organización de ayuda a los refugiados. Siguió todas las pistas posibles, tratando de encontrar algún
rastro de ellos, en especial de Gerhard. —Suspiró hondamente—. Incluso intentó saber algo de ti, pero sin
resultado... Ni rastro de ti ni de Gerhard.
Y entonces se dio plenamente cuenta de lo que acababa de decir. No había ni rastro de Max y sin embargo
estaba vivo... ¿No era posible que Gerhard estuviera también con vida? Por un instante quedó anonadada,
y Max le tomó tiernamente la cara entre sus manos y movió la cabeza de un lado a otro.
—No. Ellos están muertos, Ariana. Lo sé. Yo también les busqué. Después de la guerra regresé a Berlín,
para tratar de encontrar a tu padre y... —Estuvo a punto de decir «de verte a ti»—. Los empleados del
banco me dijeron lo que había sucedido.
—,Qué te dijeron?
—Que había desaparecido. Y que posteriormente todo el mundo comprendió que se había marchado para
salvar a Gerhard de la movilización. No hay absolutamente ningún indicio de tu padre ni de Gerhard. Una
vez, en Suiza, la camarera de un hotel le reconoció en una fotografía que yo tenía de él, le encontró
parecido a un muchacho que se había alojado allí hacía cosa de un año, pero no estaba segura y, después
de contemplar la fotografía durante un rato, aseguró que no era el mismo muchacho. Volví a Suiza y me
pasé tres meses buscándoles. —Lanzó un hondo suspiro y se recostó en la pared—. Creo que la patrulla
fronteriza les descubrió, Ariana. Esa es la única explicación razonable. Si estuviesen vivos, finalmente
habrían vuelto a Berlín. Y eso no ocurrió. Me he mantenido en contacto con gente de allí.
Al escucharlo por boca de él, comprendió de nuevo que era una realidad y que Max tenía razón. Si
hubiesen estado con vida habrían aparecido, y si Max estaba en contacto con gente del banco en Berlín,
entonces era evidente que eso no había sucedido. Las palabras de Max habían abierto de nuevo la herida y
Ariana sintió que se le desgarraba el corazón. El le pasó un brazo por los hombros y con la otra mano le
acarició los dorados cabellos.
—,Sabes? Es sorprendente. Sabía que habías venido a Estados Unidos, Ariana, pero nunca imaginé que
volvería a verte.
Ella volvió la cara hacia él con expresión de sorpresa.
—,Lo sabías? ¿Cómo?
—Como te dije, os estuve buscando a los tres. Tuve que hacerlo. A tu padre le debía la vida y... —por un
momento pareció volverse tímido como un adolescente— nunca pude olvidar aquella velada..., la noche
que... —bajó la voz— te besé. ¿Lo recuerdas?
Ariana le miró con tristeza.
veras crees que lo he olvidado?
—Podría ser. ¡Ha pasado tanto tiempo!
—Ha sido un largo camino para ambos. Pero tú lo recordabas. Y yo también. —Y entonces se acordó de
que no le había contado los detalles de la historia—. ¿Cómo supiste que había venido a Estados Unidos?
—No lo sé. Fue una corazonada. Pensé que era lógico suponer que si habías logrado sobrevivir a la caída
de Berlín, no te habrías quedado en Alemania. Como esposa de un oficial alemán... Como ves, lo sabía.
—Titubeó un instante, mientras escrutaba sus ojos—. ¿Te obligó a casarte con él?
Ariana meneó la cabeza. ¿Tendría que pasarse la vida negándolo?
—No, Max. Era un hombre extraordinario.
De pronto recordó a Hildebrand y al general Ritter..., y a Von Rheinhardt y los interminables
interrogatorios... Al estar allí, escuchando las incontables conversaciones que mantenían en torno a ella en
alemán, se reavivaron sus recuerdos. Pero volvió a centrar su atención en Max.
—El me salvó la vida, Max.
Guardaron un largo silencio, y luego él la atrajo lentamente a sus brazos.
—Alguien me dijo que le habían matado. —Ariana asintió con grave expresión—. De modo que sopesé
distintas posibilidades, y Francia era una de ellas. Los funcionarios de emigración en París tenían
registrado haber extendido papeles de viaje temporales a tu
nombre. Así supe la fecha en que partiste de Francia. Y seguí tus pasos hasta Saint Mame.
Ariana estaba conmovida más allá de lo que podían expresar sus palabras.
—6Qué te impulsó a llevar a cabo una búsqueda tan intensa?
—Consideré que estaba en deuda con tu padre, Ariana. Contraté a un detective para que te buscara en
cuanto llegué de vuelta a Berlín. Y de tu padre y de Gerhard... —vaciló transido de dolor— no pudo
encontrarse pista alguna. —Entonces sonrió ligeramente—. Pero tú, Liebchen, sabía que estabas viva, y
no me resignaba a darme por vencido.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste? ¿Por qué no me buscaste aquí? Seguro que Jean-Pierre debió decirte que
había venido a Nueva York.
—Me lo dijo. ¿Sabías que murió?
—Jean-Pierre? ¿Murió?
Ariana quedó aturdida por la noticia.
—Murió en un accidente automovilístico en las afueras de París. Por un instante, reinó el silencio entre
ambos y luego él prosiguió.
—Me dio el nombre de una familia de Nueva Jersey. Les escribí y me contestaron que ni siquiera llegaron
a conocerte. Reconocieron haber aceptado ser tus padrinos, pero que luego cambiaron de idea.
Ariana recordó que sus padrinos de Nueva Jersey se habían borrado de su vida mientras ella yacía medio
muerta en el hospital.
—Me escribieron que desconocían quiénes se habían hecho cargo de ti y nadie parecía saberlo. La gente
que se quedó con los archivos de Saint Mame en París no tenían idea de dónde estabas. Sólo meses
después, cuando volví a Nueva York, una persona de la Organización Femenina de Ayuda a las Víctimas
de la Guerra me habló de los Liebman. Pero cuando fui a conversar con ellos personalmente, las cosas se
volvieron confusas.
Al oír aquel nombre, Ariana notó que su corazón comenzaba a latir aceleradamente.
—Qué te dijeron? —inquirió, extrañamente ansiosa.
—Dijeron que jamás te habían visto y que no sabían dónde estabas. La señora Liebman manifestó que
recordaba tu nombre, pero que no tenía más información que darme.
Ariana movió la cabeza lentamente en señal de asentimiento. Ruth era capaz de una cosa semejante.
Estaba tan furiosa con ella que no vacilaría en negarlo todo, sobre todo que se había casado
con su hijo. Lentamente, los ojos de Ariana se posaron en los de Max con una expresión que decía a las
claras que había mucho más.
—Después de eso no volví a encontrar ningún indicio de tu existencia.
—No importa, Max. —Le tocó el brazo afectuosamente—. Finalmente me has encontrado. —Tuvo un
momento de vacilación y luego resolvió contárselo todo. ¿Por qué no?—. Ruth Liebman te mintió. Estuve
casada con su hijo.
Max se quedó estupefacto ante aquellas palabras, mientras Ariana, muy pálida y encogida, seguía
hablando hasta contárselo todo, sin omitir nada. Max la escuchaba con lágrimas en los ojos, y sin darse
cuenta de ello, le cogió la mano y la retuvo entre las suyas mientras ella le contaba la historia del
principio al fin.
— ¿Y ahora?
—Estoy esperando el divorcio. El juicio terminará a fines de julio.
—Lo lamento, Ariana. ¿Qué más puedo decir?
—La culpa fue mía. No debería haber procedido como lo hice, pero fui una estúpida y una tonta. Sólo lo
siento porque ahora les he perdido a todos, y eran una gente muy especial. Ruth me salvó la vida.., y la de
Noel.
—Tal vez un día cambien de actitud.
—Lo dudo.
—,Y el pequeño? —Max sonrió pensativamente, recordando a sus propios hijos—. ¿Cómo se llama?
—Noel. —Ariana le devolvió la sonrisa—. Nació el día de Navidad.
—Qué maravilloso regalo para ti! —Y luego, mirando a Ariana con ternura, preguntó—: ¿Hubo alguien a
tu lado? —Ella denegó lentamente con la cabeza—. Lo siento, Ariana.
Pero lo sentía por todos ellos. Por lo mucho que habían sufrido y lo mucho que habían perdido en los
últimos años. Sólo Ariana parecía ser la más afortunada mientras contemplaba a la gente que la rodeaba
durante aquella espera para formular sus reclamaciones; ella poseía el tesoro de Noel, y aquel hijo
merecía todos los sufrimientos que había pasado.
—,Y a ti cómo te fue?
Mientras aguardaban aún en el vestíbulo del consulado, Max le contó que gracias a las pinturas que le
había dado su padre había seguido con vida durante la guerra, y que no sólo le habían permitido comer,
sino asistir a la Facultad de Derecho para revalidar su título cuando llegó a los Estados Unidos.
Había permanecido en Suiza hasta el fin de la guerra, desempeñado los más insólitos trabajos, viviendo al
día, esperando, hasta
(ILIC
llegó el Día de la Victoria, en que vendió la última de las pinturas, y poco
tiempo después partía hacia Estados Unidos. Todo ello había ocurrido dos años atrás.
Y ahora, por fin, volvía a ser abogado y por eso se encontraba allí. Deseaba establecer su propio bufete y
luego llegar a un acuerdo con el consulado para hacerse cargo de las muchas demandas que recibirían en
el futuro. Esperaba que el consulado le recomendaría puesto que su título de abogado era válido en
Alemania y en Estados Unidos.
—No me haré rico, pero me ganaré la vida. 6Y tú? ¿Lograste salvar algo, Ariana?
—La piel, unas pocas joyas... y las fotografías de Manfred.
Max movió lentamente la cabeza, recordando todo lo que en un tiempo habían poseído, el esplendor de la
mansión del padre de Ariana... Parecía increíble que hubiesen llegado tan lejos y que nada quedara de
aquel mundo. Sólo recuerdos, chucherías y sueños.
Para Max había recuerdos que por nada del mundo hubiera querido volver a revivir.
—,Has pensado alguna vez regresar a Alemania, Ariana?
—Realmente, no. No tengo allí nada más de lo que tengo aquí. Ahora ya no tengo a nadie, excepto a Noel.
Y aquí le aguarda una buena vida.
—Así lo espero.
Max miró al niño sonriendo con ternura y recordando a sus hijos. Y luego cogió con todo cuidado a Noel
de los brazos de su madre y le acarició el cabello. Allí juntos, parecían una familia, alegre, feliz, unida, y
nadie, salvo aquellos que habían pasado por lo mismo, hubiera creído que habían recorrido tan largo
camino.
Libro cuarto
Noel
CAPITULO 45
LA CEREMONIA TUVO LUGAR una brillante y soleada mañana, en el Harvard Yard, entre la
Biblioteca Widener y la Capilla Appleton. Parecía un mar de radiantes rostros juveniles y altas y enjutas
figuras ataviadas con gorro y toga, que esperaban recibir los diplomas que tantos sudores les habían
costado. Ariana les contemplaba, sonriendo embelesada, mientras Max, sentado como ella en aquellas
estrechas sillas plegables, le sostenía la mano y observaba los destellos del sol en la esmeralda del anillo
que ahora Ariana llevaba permanentemente.
—Verdad que es un muchacho muy apuesto, Max?
Ariana se inclinaba hacia el distinguido caballero de blancos
cabellos en que Max se había convertido, y él le palmeó el brazo,
sonriendo.
—No sé cómo puedes distinguirle, Ariana. Yo ni siquiera sabría decir cuál de ellos es.
—Hay personas que no tienen consideración.
Cuchicheaban como dos niños, con la alegría reflejada en sus
ojos. Hacía ya casi veinticinco años que Max era su fiel compañero,
y a pesar del tiempo transcurrido aún gozaban estando juntos.
Ella le sonreía con su esplendente belleza, que todavía no se
había marchitado, si bien con el tiempo sus facciones parecían más
serenas. Sus cabellos dorados habían adquirido un tono más pálido,
pero sus enormes ojos aún conservaban el mismo azul intenso. Era Max quien había cambiado
notablemente; aún era alto, flaco, casi descarnado, pero su poblada cabellera era completamente blanca.
Diecinueve años mayor que Ariana, acababa de cumplir los sesenta y cuatro.
—Oh, Max, estoy tan orgullosa de él!
Esta vez él le pasó un brazo por los hombros y movió la cabeza en señal de asentimiento.
—Tienes motivos para estarlo. Es un buen muchacho. —Y entonces sonrió de nueva—. Y un buen
abogado. Es una verdadera lástima que quiera trabajar para esa pomposa firma. Yo me sentiría muy
orgulloso de tenerle como asociado.
Pero aunque el prestigio de Max en Nueva York había crecido en proporciones considerables, su
actividad era relativamente escasa en comparación con la del bufete que ya había hecho un ofrecimiento a
Noel el verano anterior. Había trabajado como pasante para ellos durante un verano, y en seguida le
brindaron un puesto en la firma para cuando se graduara en la Facultad de Derecho de Harvard. Y ahora
ese momento había llegado.
Al mediodía la ceremonia llegó a su fin, y Noel volvió junto a ellos para dar un afectuoso abrazo a su
madre y estrechar la mano de tío Max.
—Qué tal, pareja, sobreviviendo? Temía que a estas horas ya estaríais cocinados por el sol.
Sus grandes ojos azules brillaban alegremente al mirar a su madre, y ella sonreía contemplando su cara,
tan parecida a la de Manfred que a veces aún se sobresaltaba al mirarle. Noel tenía la estatura y la delgada
complexión de su padre, así como sus anchos hombros y sus delicadas manos; sin embargo, a veces hacía
un gesto... o adoptaba una expresión que recordaban vagamente a Gerhard, y Ariana pensaba, mientras
miraba sonriente a Noel, que ambos vivían en su hijo.
—Querido, fue una magnífica ceremonia. Y ambos estamos muy orgullosos.
—Yo también lo estoy, ¿sabes?
El se inclinó ligeramente al hablar a su madre con voz queda, y ella le acarició la cara con la mano que
lucía la sortija con sello de su madre en el dedo meñique y el anillo que Manfred le había regalado y que
no se había quitado nunca más desde que naciera su hijo. Durante los años que siguieron después de que
Paúl se divorció de ella, no se había separado jamás de sus preciados anillos. Ellos constituían no sólo su
último recurso, sino también el único lazo con el pasado.
Con el tiempo. Max obtuvo para ella la indemnización por su casa de Grunewald y parte de su contenido,
y por el schloss de Manfred. La suma no era una extraordinaria fortuna, pero una e, bien invertida le
proporcionó a ella y al niño una renta suculenta, por lo menos para el resto (le la vida de Ariana. Ella no
necesitaba más que eso. Sus días de gloria ya habían pasado. Ello le permitió dejar la librería y comprar
una casita en el East Side; invirtió todo su dinero y dedicó todos y cada uno de los momentos de su vida a
cuidar a su único hijo.
Durante los primeros años Max trató de convencerla para que se casara con él, pero luego dejó de insistir.
Ninguno de ellos deseaba más hijos, y cada uno a su manera se sentía demasiado ligado a aquellos que
había amado en el pasado. Por un tiempo, Max alquilé un pequeño apartamento, y finalmente, a instancias
de Ariana, compró un piso muy bonito frente a la casa de ella. Iban juntos a la opera y al teatro, salían a
cenar y, de cuando en cuando, desaparecían durante todo un fin de semana, pero después cada cual se
refugiaba en su propio hogar. Por largo tiempo Ariana lo hizo por su hijo, pero finalmente se convirtió en
una costumbre. Y ahora, incluso durante los siete años que Noel pasó en Harvard, Ariana pasaba la mayor
parte del tiempo en su casa.
—Tienes todo el derecho de sentirte orgulloso, querido.
Ariana le miró por debajo del ala de su sombrero de paja, y Noel se preguntó, como Max muy a menudo,
si alguna vez se reflejaría en su rostro el paso de los años. Ariana seguía siendo tan espectacularmente
bonita como lo había sido en su adolescencia. Pero Noel meneé la cabeza, sonriendo.
—No quise decir que estaba orgulloso de mí —musité—. Quise decir que estaba orgulloso de ti.
Ariana celebró su cumplido, le acaricié el rostro y enlazó el brazo con el de Max.
—No creo que debas decirle semejantes zalamerías a tu madre, Noel.
—Tienes razón. Además —tercié Max sonriéndoles—, podría ponerme celoso. —Los tres rieron, y
Ariana cogió la mano a Max—. ¿Y cuándo empiezas a trabajar, Noel?
—Un cuerno voy a trabajar ahora, tío Max. ¿Estás bromeando? ¡ Voy a tomarme unas vacaciones!
Ariana le miró con sorpresa y satisfacción.
— ¿De veras? ¿Adónde piensas ir?
Noel no le había dicho nada aún. Pero ahora ya era un hombre. Ella no esperaba que le contara todos sus
planes. Muy sensatamente, con la ayuda de Max, había aprendido de una manera gradual a
dejar de ser una madre posesiva cuando él empezó a estudiar en
Harvard en el otoño de 1963.
—He pensado ir a Europa.
—De veras?
Ariana le miró sorprendida. En los viajes que habían efectuado juntos habían ido a California, a Arizona,
al Gran Cañón, a Nueva Orleans, a Nueva Inglaterra..., a todas partes salvo a Europa, porque ni Max ni
ella tuvieron nunca el valor de volver. ¿Qué sentido tenía regresar al pasado, para ver los lugares, las
casas, los refugios de las personas que habían amado, personas que ya no existían aunque no habían sido
olvidadas? Hacía tiempo que ella y Max habían acordado no regresar a su patria jamás.
— ¿A qué lugar de Europa, Noel?
Ariana había palidecido.
—Aún no lo he decidido. —Y luego la miró con ternura—. Pero probablemente me detendré en Alemania,
madre. Tengo que hacerlo..., quiero hacerlo... —Ella asintió lentamente con la cabeza—. ¿Verdad que lo
comprendes?
Ariana sonrió afectuosamente al hijo que de repente se había hecho hombre.
—Sí, querido, lo comprendo.
No obstante, le sorprendió advertir que en el fondo se sentía mortificada. Ella había deseado engendrar en
él un amor por todo lo norteamericano, crear un mundo donde no tuviera cabida Alemania, un mundo
donde el muchacho pudiese vivir contento con lo que tenía y jamás sintiera el deseo de volver al viejo
mundo de su madre.
—No pongas esa cara tan triste. —Max la miró afectuosamente mientras Noel se alejaba para traerles el
almuerzo—. Para él no significa «volver», sino simplemente ir a ver algo de lo que ha oído hablar o ha
leído en los libros. No tiene el profundo significado que tú le das. Créeme.
Ariana levantó la vista hacia él y le sonrió.
—Se trata tan sólo de una sana curiosidad, te lo aseguro. Además, no es solamente tu patria, Ariana, sino
que era también la de su padre.
Y ambos sabían que para Noel era algo sagrado. Para Noel, Manfred fue siempre como un dios. Ariana le
había contado todo lo referente a su padre, cómo la había salvado de los nazis, lo bueno que había sido
con ella, lo mucho que se amaban. Había visto las fotografías de su padre con uniforme. Nada se le había
ocultado.
Max la miró de nuevo, mientras seguían sentados bajo el cálido sol de Cambridge, y le palmeó la mano.
—Has sido una buena madre para él, Ariana.
— ¿Tú crees?
Le miró de soslayo con picardía por debajo del ala del sombrero.
—Sí, eso creo.
—Y tú no has aportado tu granito de arena, ¿verdad?
—Bueno, sólo...
—Max Thomas, eres un trapacista. Tú sabes que has sido como un padre para él.
Durante un rato, Max no contestó y luego la besó suavemente en el cuello.
—Gracias, querida.
Ambos se sobresaltaron cuando Noel se plantó ante ellos, con dos bandejas en las manos y luciendo una
amplia sonrisa.
—Vaya, vaya, todo el mundo se dará cuenta de que no estáis casados si os hacéis arrumacos en público.
Los tres se echaron a reír, y Ariana se ruborizó.
—Noe1, por favor!
—No me mires así, madre. No era yo quien estaba ahí sentado comportándose como un adolescente... ¡ y
a plena luz del día! —Replicó Noel enfáticamente, y los tres volvieron a reír a coro; luego él les sonrió
con ternura—. Me encanta veros tan felices.
—No lo hemos sido siempre?
Ariana miró a Max con expresión de sorpresa, y luego volvió a fijar la vista en su hijo, quien asintió con
la cabeza.
—Sí, sorprendentemente, siempre lo habéis sido. Y creo que eso es bastante raro.
Sonrió de nuevo. Y esta vez fue Ariana quien besó a Max.
—Tal vez lo sea.
Acto seguido los tres se concentraron en el almuerzo, y ya casi había llegado el momento de escuchar al
orador invitado, cuando súbitamente Noel se puso de pie y saludó a un amigo. Por un instante su toga
ondeó al viento mientras él agitaba la mano, indicando a quienquiera que fuese que se acercara, y en
seguida se sentó sonriendo ampliamente, con una expresión triunfante que pareció querer compartir con
su madre y con Max.
—Ella viene hacia aquí.
—,!Ella? —repitió Max con tono burlón, y esta vez fue Noel quien se sonrojó.
Y al cabo de un instante, una joven se unió al grupo. Noel se puso de pie instantáneamente. La chica era
muy alta y graciosa, y tan
Morena como rubio era Noel. Tenía unos enormes ojos verdes, tez olivácea y una larga y brillante
cabellera negra. Sus piernas eran largas y delgadas, y Ariana observó que llevaba sandalias.
—Max, madre, os presento a Tamara. —La joven sonrió, mostrando una dentadura perfecta—. Tammy,
mi madre y el tío Max.
—Cómo están?
Les estrechó la mano cortésmente, echando hacia atrás un mechón de largos cabellos negros como el
azabache con un gracioso movimiento de cabeza, y luego su mirada buscó los ojos de Noel. Por un
instante parecieron compartir una especie de secreto, como si intercambiaran un cierto mensaje. Y Max se
dio cuenta de que les contemplaba sonriendo. Aquella clase de miradas entre dos personas sólo
significaba una cosa.
—También estudias derecho, Tamara?
Ariana la miraba con afabilidad, tratando de no sentirse impresionada por la presencia de aquella joven en
la vida de su hijo. Pero no había nada capaz de causar aprensión en ella; parecía una chica muy franca y
simpática.
—Sí, señora Tripp.
—Sí, pero aún es una abogada bisoña —terció Noel con tono burlón, mientras le acariciaba un mechón de
sus cabellos—. Es sólo una novata —agregó para importunarla, y ella simuló fulminarle con una acerba
mirada.
—Aún me faltan dos años para graduarme —explicó la joven a Max y a Ariana—. Noel está muy
satisfecho de sí mismo hoy.
Lo dijo como si existiera un entendimiento entre ellos, como si Noel le perteneciera más a ella que a
Ariana y a Max. Ariana captó la intención de sus palabras y sonrió.
—Tal vez estamos todos un poco impresionados por él, Tamara. Pero ya te llegará el turno. ¿Seguirás
estudiando en Harvard?
—Así lo creo.
Pero de nuevo los jóvenes intercambiaron una rápida mirada. Noel adoptó un aire despreocupado y posó
calmosamente los ojos en Tamara.
—Algún día la veréis en Nueva York. Cuando tenga que preparar algún caso. ¿No es cierto, pequeña?
—Oh! ¡Mira quién habla! —De repente, Ariana y Max se dieron cuenta, mientras les contemplaban muy
divertidos, de que los jóvenes se habían olvidado de ellos—. ¿Quién terminó tu última tesis? ¿Quién pasó
a máquina todos tus trabajos durante los últimos seis meses?
Pero ambos se echaron a reír y él le puso rápidamente un dedo sobre los labios.
—Silencio, por el amor de Dios, Tammy, ¡eso es un secreto! ¿Acaso quieres que me quiten el diploma?
—No. —Le hizo una mueca—. Sólo quiero que me lo den a mí, para poder salir de aquí.
Pero en ese momento el orador invitado se disponía a iniciar su parlamento; Noel impuso silencio a
Tamara, que volvió a estrechar- les la mano a Max y a Ariana, y en seguida se marchó para unirse con sus
amigas.
—Es una joven muy bonita —le dijo Max a Noel en voz baja, con una sonrisa—. Una belleza
deslumbrante, de hecho.
Noel asintió con la cabeza.
—Y un día será una excelente abogada.
Se quedó mirando a lo lejos con expresión admirativa, y contemplando a su hijo, tan joven, tan alto y tan
rubio, Ariana se apoyó en el respaldo de la silla y sonrió.
CAPITULO 46
ESA NOCHE CENARON EN el Locke Ober, pero los tres estaban exhaustos, y no volvieron a tocar el
tema de Tamara. Max y Noel conversaron sobre jurisprudencia mientras Ariana les escuchaba
distraídamente, observaba a la gente y pensaba una y otra vez en aquella muchacha. Por algún motivo,
tenía la impresión de haberla visto antes, pero se dijo que tal vez Noel tenía alguna instantánea de ella en
el apartamento de Nueva York. De cualquier manera, ello no tenía ninguna importancia. Por muy unidos
que estuvieran, sus caminos tomarían ahora rumbos diferentes.
—,No te parece, Ariana? —Max la miraba con una ceja levantada y luego sonrió—. ¿Estás flirteando con
algún joven, querida?
— Oh, Dios mío, me pescaste in fraganti! Lo siento, querido. ¿Qué decías?
—Te pregunté si no creías que a Noel le gustará más Baviera que la Selva Negra.
El rostro de Ariana se ensombreció.
—Tal vez. Pero francamente, Noel, pienso que sería mejor que fueses a Italia.
—Por qué? —Noel miró a su madre fijamente—. ¿Por qué no a Alemania? ¿De qué tienes miedo, madre?
En su fuero íntimo, Max se alegró de que el muchacho tuviese la valentía de poner el dedo en la haga.
—No tengo miedo de nada. No seas tonto.
—Sí, algo te preocupa.
Ariana vaciló un instante, miró a Max y luego bajó los ojos. Los tres habían sido siempre muy francos,
pero ahora, de pronto, le dolía decir lo que estaba pensando.
—Tengo miedo de que si vas a Alemania descubrirás que una parte de ti pertenece a aquel país. Te
sentirás en tu patria.
—Y entonces qué? ¿Crees que me quedaré allí?
Noel sonreía afable a su madre y le tomó la mano en silencio.
—Tal vez. —Exhaló un leve suspiro—. No sé realmente de qué tengo miedo, a no ser que... Hace tanto
tiempo que me fui de allí y pasé una época tan horrible... Sólo puedo pensar en lo que perdí..., en los seres
queridos.
—Pero no crees que tengo derecho a saber algo más acerca de ellos también? ¿A conocer el país donde
vivieron? ¿Donde tú viviste cuando eras niña? ¿Ver la casa donde viviste con tu padre, el sitio donde mi
padre vivió con sus padres? ¿Por qué no puedo verlo, aunque sólo sea para saber que allí, en alguna parte,
hay algo que me pertenece como te pertenece a ti?
Hubo un largo silencio, y fue Max el primero en hablar.
—El muchacho tiene razón, Ariana. Tiene derecho a ello. —Y luego miró a Noel—. Es un hermoso país,
hijo. Siempre lo fue y estoy seguro de que siempre lo será. Y quizá una de las razones por las que no
queremos volver reside en el hecho de que aún lo amamos demasiado y nos duele profundamente saber lo
que ocurrió.
—Eso lo comprendo, Max. —Y entonces dirigió una tierna mirada a su madre, preñada de compasión—.
No me dolerá, madre. Yo no lo conocí como era antes. Simplemente voy a ir a verlo, eso es todo, y luego
volveré a tu lado, a mi país, enriquecido por la experiencia de saber algo más de ti y de mí mismo.
Ariana suspiró quedamente y les miró a ambos.
—Qué elocuentes sois los dos; deberíais ser abogados.
Y entonces los tres se echaron a reír, terminaron de tomar el café y Max pidió la cuenta.
EL AVIÓN DE NOEL partiría del Aeropuerto Kennedy al cabo de dos semanas, y él tenía planeado
permanecer en Europa unas seis semanas. Deseaba estar de vuelta en Nueva York para mediados de
agosto. COn el fin de terminar de arreglar su apartamento y comenzar a trabajar el primero de septiembre.
Las semanas que precedieron al viaje fueron febriles. Noel tenía amigos a los que deseaba ver, fiestas a
las que asistir, y casi diariamente se sentaba con Max y comentaban una y otra vez los planes del viaje.
Ariana aún estaba preocupada, pero terminó por hacerse a la idea. Y le divertía ver a Noel en constante
movimiento. Una noche, al verle partir con sus amigos, pensó que en veinte años los jóvenes no habían
cambiado mucho después de todo.
—,En qué estás pensando?
Max había percibido el brillo de la nostalgia en sus ojos.
—En que nada cambia —respondió ella, sonriendo tiernamente a su amado.
—No? Yo estaba pensando lo contrario. Pero eso quizá se debe a que soy veinte años mayor que tú.
Ambos recordaron las dependencias vacías de la madre de Ariana en la casa de Grunewald, cuando él la
había besado por primera vez, mientras se ocultaba de los nazis. La mirada de Max le preguntó si ella lo
recordaba. Lentamente, Ariana asintió con la cabeza.
—Sí, lo recuerdo.
El sonrió.
—Entonces te dije que te amaba. Y era cierto, ¿sabes?
Ella le dio un beso en la mejilla.
—Yo también te amaba, de la manera que podía amarte con mis tiernos años. —Ariana le sonrió,
mirándose en sus cálidos ojos castaños—. Fuiste el primer hombre a quien besé.
—Y ahora espero ser el último. En cuyo caso tendré que vivir por lo menos cien años.
—Confío en ello, Max.
Se sonrieron largamente y luego él le tomó la mano, en uno de cuyos dedos brillaba como siempre la
pesada esmeralda.
—Tengo algo que decirte, Ariana..., o más bien, hay algo que quiero preguntarte.
Ella intuyó de qué se trataba de inmediato. ¿Era posible? ¿Acaso tenía importancia, después de todos
aquellos años?
—Sí, es muy importante. Para mí. Ariana, ¿quieres casarte conmigo?
Lo dijo con toda dulzura, con ojos implorantes y llenos de amor. Por un instante, ella no contestó, y luego
le miró con la cabeza ligeramente inclinada hacia un costado.
—Max, ¿por qué ahora, amor mío? ¿Acaso importa tanto ahora?
——Sí. Para mí, sí. Noel se irá. Ya es un hombre, Ariana. Cuando vuelva de Europa. se mudará a su
propio apartamento. ¿Y nosotros qué? ¿Guardaremos las apariencias como siempre hicimos? ¿Para qué?
¿Por lo que pueda decir mi portero y tu sirvienta? ¿Por qué no vendes tu casa, o yo puedo vender mi
apartamento, y nos casamos? Es nuestro turno ahora. Tú has dedicado veinticinco años de tu vida a Noel.
Dediquemos ahora los próximos veinticinco a nosotros mismos.
Ariana no pudo dejar de sonreír ante aquel razonamiento. En cierto modo, sabía que Max tenía razón, y a
ella le complacía lo que le proponía.
—,Pero para eso tenemos que casarnos?
El le hizo una mueca.
—No quieres ser una mujer respetable a tu edad?
—Pero, Max, sólo tengo cuarenta y seis años.
Ahora ella le había sonreído, y Max comprendió que finalmente la había convencido. Y la besó de nuevo,
veintiocho años después de aquella primera vez.
Se lo anunciaron a Noel a la mañana siguiente, y el muchacho se mostró encantado. Besó a su madre y
esta vez le dio un beso a Max también.
—Ahora me marcho más contento. Y sobre todo cuando me mude en septiembre. ¿Conservarás la casa,
madre?
—Aún no lo hemos resuelto
Ariana estaba un poco excitada por la decisión que habían tomado. Y entonces Noel sonrió súbitamente y
volvió a besar a su madre en la mejilla.
—Qué os parece? No todas las parejas se casan para celebrar sus bodas de plata...
— Noel
Ariana aún era presa de una extraña sensación ante la perspectiva de casarse a su edad. Casarse, por lo
que a ella concernía, era algo que debía hacerse a los veintidós o veinticinco años, no dos décadas más
tarde, con un hijo que ya era un hombre.
—Entonces, ¿cuándo es la boda?
Max respondió por ella.
—Aún no lo hemos decidido. Pero esperaremos a que tú regreses.
—Por supuesto. Bien, ¿vamos a celebrarlo?
Parecía que era lo único que hacían desde que Noel había salido de Harvard, y ya tenía que partir hacia
Europa al día siguiente.
Pero igualmente Max les llevó a cenar al Cóte Basque. La co-
mida fue regia, y la ocasión magnífica. Brindaron por la escapada de Noel al pasado y por su venturoso
futuro, y como siempre Ariana vertió unas cuantas lágrimas.
PARÍS SATISFIZO TODAS sus esperanzas. Visitó la Torre Eiffel y el Louvre. Descansó en los cafés,
leyó los diarios y escribió una postal a casa, dirigida a «Queridos tórtolos» y firmada: «Vuestro hijo». Esa
noche, antes de cenar, tal como había prometido, telefoneó a una amiga de Tammy llamada Brigitte
Goddard, hija del afamado marchante y propietario de la Galerie Gérard Goddard. Noel había conocido a
Brigitte muy superficialmente durante su breve estancia en Harvard, pero ella y Tammy se habían hecho
muy amigas. Brigitte era una chica misteriosa con una familia rara: una madre a la que odiaba, un padre
que según ella estaba obsesionado con su pasado, y un hermano de quien siempre decía riendo que estaba
loco. Ella siempre gastaba bromas y estaba alegre como unas pascuas. Era hermosa y divertida.
Pero también había algo trágico en ella, como si le faltara algo. Y cuando Noel le preguntó seriamente
acerca de ello, le contestó:
«Tienes razón. Me falta la familia, Noel. Mi padre vive en su propio mundo. Ninguno de nosotros
significa nada para él... Sólo el pasado..., los demás..., los seres que perdió en otro momento de su vida...
Nosotros, los que estamos vivos, no contamos». Y luego había agregado algo cínico y gracioso, pero Noel
no había podido olvidar la expresión de sus ojos, una expresión de pena, dolor y desolación que no
correspondía a sus años. Y ahora Noel deseaba verla, y se sintió amargamente contrariado cuando le
dijeron que no estaba en la ciudad.
Para consolarse, se dio el gusto de cenar opíparamente, después de tomar un trago en La Tour d'Argent,
en el Maxim's. Se había prometido a sí mismo ese festín antes de abandonar París, y ahora no iba a poder
hacerlo en compañía de Brigitte. Pero como disponía de tiempo, gozó de la cena mientras contemplaba a
las elegantes parisinas y sus apuestos esposos. Notó que allí la gente parecía más cosmopolita. Le gustaba
el aspecto de las mujeres, el modo que tenían de moverse, de vestirse, de peinarse. En cierto modo le
recordaban a su madre. Tenían un aire que era un regalo para la vista, una prestancia inusual, un algo sutil
pero atractivamente sexual, como una flor oculta en un jardín; no afectaba directamente a los sentidos,
pero uno presentía de inmediato su existencia. A Noel le encantaba la sutileza de aquellas
mujeres; evocaba en él algo cuya presencia en su interior desconocía.
A la mañana siguiente se dirigió a Orly muy temprano, tomó su vuelo a Berlín, y cuando aterrizaron en el
aeropuerto de Tempelhof el corazón le latía aceleradamente por la emoción y la impaciencia. No era la
sensación de poner los pies en su tierra lo que sentía, sino el ansia del descubrimiento, de encontrar la
respuesta a secretos largamente guardados, de rastrear los pasos de seres que habían desaparecido hacía
mucho tiempo, los sitios donde habían vivido, las cosas que habían visto y lo que habían sido y
significado unos para otros. En cierto modo, Noel sabía que allí encontraría todas las respuestas.
Dejó el equipaje en el Hotel Kempinski, donde había reservado una habitación, y al salir del vestíbulo se
quedó un largo rato en la Kurfürstendamm, mirando hacia arriba y hacia abajo. Aquella era la calle, al
decir de Mar, donde durante muchas décadas se solían congregar los escritores, los artistas y los
intelectuales. A su alrededor podía ver cafés y tiendas, y ríos de personas que caminaban solas o parejas
que paseaban del brazo. Había un ambiente de fiesta en torno a él, como si todos hubiesen estado allí
esperando, como si aquella hubiese sido la hora en que él tenía que llegar.
Con un plano y un automóvil alquilado, salió a recorrer la ciudad. Ya había visto las ruinas de la Maria
Regina Kirche, donde sabía que sus padres se habían casado. Lo que quedaba de ella se elevaba
desoladamente hacia el cielo. Recordaba la descripción que había hecho su madre del bombardeo, y ahora
restaba allí como el recuerdo atomizado de otra época. La mayor parte de Berlín no mostraba cicatriz
alguna; los daños habían sido reparados, pero aquí y allá se levantaban los muros derruidos como
monumentos a aquellos años aciagos. Pasó conduciendo lentamente ante la estación Anhalter, que
también estaba en ruinas; luego se dirigió al auditorio de la Filarmónica, y después atravesó el Tiergarten
hasta la Columna de la Victoria, que seguía intacta, y el palacio Bellevue, que era tan imponente como
Mar le había dicho. Y a corta distancia de allí, Noel se detuvo bruscamente. Allí estaba, resplandeciente a
la luz del sol, el Reichstag, que había sido el cuartel general nazi, situado en lo que ahora llamaban la
Strasse des 17 Tury, el edificio en cuya defensa su padre había perdido la vida. En torno a él, otros
turistas lo contemplaban también con mudo horror.
Para Noel, aquel edificio no constituía un monumento a los nazis; nada tenía que ver con la historia o la
política, o con aquel hombrecillo de bigotito que había sentido el insaciable deseo de
dominar el mundo. Aquel edificio tenía que ver con un hombre que Noel siempre había sospechado que
era muy parecido a él, el hombre que había amado a su madre y que Noel no había conocido. Recordó la
descripción de su madre de aquella mañana..., las explosiones, los soldados, los evacuados, y la
destrucción de las bombas..., y entonces ella había visto el cadáver de su padre. Mientras Noel seguía allí
parado, las lágrimas se deslizaban lentas por sus mejillas. Lloraba por él mismo y por Ariana,
experimentando el mismo dolor que había sentido ella al contemplar el rostro sin vida de su padre en
aquella pila de cadáveres en la estrecha calle. ¿Cómo, en nombre de Dios, había logrado su madre
sobrevivir a tanto horror?
Noel se alejó lentamente del Reichstag, y fue entonces cuando vio por primera vez el Muro; sólido,
infranqueable, definido, se extendía a través de Berlín, a lo largo de un costado del Reichstag y, cortando
la Puerta de Brandeburgo, convertía la otrora floreciente Unter den Linden en una calle sin salida. Lo
contempló con interés en silencio, sintiendo curiosidad por lo que había al otro lado. Aquello era algo que
ni Max ni su madre habían conocido: el Muro que dividía Berlín en dos partes. Más adelante iría hasta allí,
para ver la Marienkirche, el Ayuntamiento y el Dom. Imaginó que allí también debía de haber muchas
ruinas. Pero había otros sitios que deseaba visitar primero, los lugares que había venido a ver.
Con el plano extendido en el asiento del Volkswagen que había alquilado, salió del corazón de la ciudad,
rodeando el estadio Olympic, hacia Charlottenburg, donde se detuvo un rato junto al lago para admirar el
schloss. Y aunque él no podía saberlo, aquél era exactamente el lugar donde treinta y cinco años antes su
abuela Kassandra von Gotthard se encontraba con el hombre que amaba, Dolff Sterne.
De Charlottenburg se dirigió a Spandau, donde, después de quedarse mirando fascinado la enorme
ciudadela, se apeó del vehículo para examinar las famosas puertas. En ellas, los cascos de incontables
guerras habían sido tallados con profusión de detalle, desde la Edad Media hasta el último panel, que
llevaba la inscripción «1939». En la prisión había un solo prisionero, Rudolf Hess, cuya manutención le
costaba al gobierno de la ciudad más de cuatro mil dólares anuales. Desde Spandau se fue a Grunewald, y
allí, bordeando el lago, observó detenidamente todas las casas, buscando la dirección que Máx. le había
facilitado. Había querido pedírsela a su madre, pero llegado el momento no se había atrevido a hacerlo.
Max le había dado las direcciones al tiempo que le explicaba lo bella que era la mansión, y una vez más le
había contado la historia
de cómo el abuelo de Noel le salvó a Max la vida cuando se disponía a huir del país, cómo cortó los
valiosísimos cuadros de los marcos y, después de enrollarlos, se los entregó a su amigo.
Al principio Noel supuso que le había pasado inadvertida, pero entonces, súbitamente, vio la verja. Según
la descripción de Max, nada parecía haber cambiado, y cuando Noel se bajó del coche y echó una mirada
a través de las rejas, un jardinero le saludó con la mano.
— ¿Bitte?
El alemán de Noel era muy rudimentario. Sólo sabía lo que había aprendido en Harvard en el curso de
tres semestres varios años atrás. Pero logró explicarle al viejo que cuidaba los jardines que en el pasado
aquella casa había pertenecido a su abuelo.
—ja
El jardinero le miró con interés.
—Ja. Walmar von Gotthard —dijo Noel con orgullo, y el hombre sonrió, encogiéndose de hombros.
El jamás había oído aquel nombre. Entonces apareció una vieja que conminó al jardinero a darse prisa,
pues la señora estaría de vuelta de su viaje al día siguiente.
Sonriendo, el viejo explicó a su esposa el motivo que había llevado a Noel allí, y la mujer, después de
observar al joven con desconfianza, volvió a fijar la vista en su marido. Al principio, la mujer vaciló, pero
al cabo de un momento de rezongar, movió la cabeza y le hizo un gesto a Noel. El joven miró al jardinero
con expresión interrogativa, no muy seguro de haberles entendido.
Pero el viejo le cogió del brazo, sonriendo.
—Ella le acompañará para que eche un vistazo.
— ¿Al interior de la casa?
—Sí.
El anciano le sonreía afectuosamente. Él comprendía. Le complacía que aquel joven norteamericano
sintiera tanto interés por la tierra de su abuelo como para haber hecho un viaje para conocerla. Muchos de
ellos habían olvidado sus orígenes. Muchos de ellos nada sabían de lo que había sucedido antes de la
guerra. Pero éste parecía diferente, y ello le causaba al viejo una gran satisfacción.
En algunos aspectos la casa parecía distinta de lo que él esperaba, y en otros era exactamente como la
recordaba Ariana de cuando era niña, y aquellos recuerdos los había compartido con él constantemente a
través de los años. La tercera planta, donde ella había vivido con su hermano y su niñera, aún se
conservaba tal como se la había descrito. La sala grande que había sido su cuarto
de juegos, los dos dormitorios, el enorme cuarto de baño que los niños compartían. Ahora aquellas
dependencias eran los cuartos de huéspedes, pero Noel pudo tener una idea exacta del lugar donde su
madre había vivido. La segunda planta parecía haber cambiado mucho. Allí había varios dormitorios
pequeños, salitas, bibliotecas, un cuarto de costura y un cuartito lleno de juguetes. Obviamente, la casa
había sido remodelada y quedaban en ella pocos rastros del pasado. La planta baja aún resultaba
impresionante aunque un poco recargada. Sin embargo, a Noel le fue fácil imaginar a su abuelo
presidiendo la vasta mesa del comedor en aquel espacioso vestíbulo. Durante un segundo pensó en el
general nazi divirtiéndose allí con sus jovencitas, pero rápidamente ahuyentó aquella imagen de su mente.
Expresó reiteradamente su agradecimiento al anciano matrimonio antes de marcharse, y luego sacó una
fotografía de la casa desde el lugar donde había dejado el coche. Tal vez conseguiría que Tammy hiciera
un dibujo de ella, para poder regalárselo un día a su madre. La idea le pareció buena mientras se dirigía al
cementerio de Grunewald, donde le llevó mucho tiempo encontrar la parcela de la familia. Pero allí
estaban, las tías tios tíos, los bisabuelos; todos con nombres y fechas desconocidos para él. El único que le
resultó familiar fue el de su abuela Kassandra von Gotthard. Le chocó que sólo tuviera treinta años y se
preguntó cómo habría muerto.
Había cosas que su madre aún no le había contado, cosas que él no necesitaba saber. Como la verdad
acerca del suicidio de su abuela, que era algo que siempre había inquietado a Ariana en grado sumo. Y el
hecho de que ella misma hubiera estado casada con Paúl Liebman. Le parecía que Noel no tenía por qué
saber eso tampoco. Cuando tuvo edad de comprender las cosas, ella y Max decidieron que aquél era un
capítulo cerrado en la vida de Ariana, del cual su hijo no precisaba estar enterado.
Noel deambuló lentamente por el cementerio, observando los verdes montículos, hasta que finalmente
volvió al coche y enfiló el camino de Wannsee, pero esta vez sufrió una decepción. La casa cuya
dirección recordaba vagamente por habérsela oído nombrar a su madre ya no existía. En su lugar, se
alineaban unos asépticos y modernos edificios. La casa donde ella había vivido con Manfred había
desaparecido.
Noel permaneció en Berlín otros tres días más, durante los cuales volvió a hacer un viaje a Grunewald y a
Wannsee, pero la mayor parte del tiempo la pasó en el otro lado del Muro. El sector oriental de Berlín le
fascinó. ¡Cuán diferente era allí la gente, cuán tristes las expresiones de sus rostros, cuán sombrías sus
tiendas! Aquélla fue su primera y única visión del comunismo, y le pareció más real que los borrosos
fantasmas de los nazis, que algunos trataban de mantener con vida.
De Berlín partió hacia Dresde, y fue a visitar los pocos lugares de que tenía noticia. Lo que más le
interesaba era el schloss por el que su madre había solicitado una indemnización. Sólo sabía que ahora se
había convertido en un pequeño museo regional y que de vez en cuando era visitado por grupos de
turistas. El día que llegó él, estaba casi desierto, custodiado por un solo guardián adormilado. El castillo
era oscuro y un poco tétrico; los muebles escasos, pues la mayoría habían sido sacados de allí, según
decía una placa, durante la guerra. Pero aquí también, como había hecho en Grunewaid, pudo extender la
mano y tocar las mismas paredes que había tocado su padre cuando era niño. Le causaba una extraña
sensación mirar por las mismas ventanas, cruzar los mismos umbrales, tocar los mismos tiradores de las
puertas, respirar el mismo aire. Aquél hubiese podido ser el hogar de su niñez, si no hubiera vivido en la
calle 77 Este de Nueva York. Y al abandonar el castillo, el guardián le sonrió desde la silla donde estaba
sentado.
—Auf Wiedersehen.
Sin pensar, Noel sonrió y murmuró:
—Adiós.
Pero en vez de encontrarse deprimido por las visitas, curiosamente se sentía por fin libre. Liberado de las
preguntas, de los espacios vacíos que ellos habían visto y él no. Ahora había estado en todos ellos
también. Los había visto como eran ahora, como parte del presente, como parte de su época, no de la de
ellos, no como habían sido. Ahora los había incorporado a su vida, y sabía que comprendía mejor a sus
mayores y se sentía más libre que nunca para ser él mismo.
Contó con el tiempo necesario para poner el pasado en perspectiva, para comprender aún más a su madre,
lo mucho que había tenido que soportar, lo fuerte que era. Prometió hacer lo posible para que ella
estuviera orgullosa de su hijo durante el resto de su vida.
Salió del avión en el Aeropuerto Kennedy, sintiéndose relajado y feliz, y por largo rato estrechó
fuertemente a su madre entre sus brazos. No importaba lo que había visto ni lo mucho que significó para
él; el caso era que ésta era su patria y de eso no tenía ninguna duda.
CAPITULO 47
—BIEN, MUCHACHOS, ¿CUÁNDO es la boda?
A su regreso Noel había encontrado un apartamento al este de las calles cincuenta, con vista sobre el East
River, y oportunamente situado cerca de una gran variedad de bares de barrio. Aún le gustaba salir a
tomar una copa con sus compañeros de estudios, pues a pesar de tener un empleo todavía no se había
acostumbrado a prescindir del recreo. Claro que aún no tenía veintiséis años cumplidos, y Max y Ariana
consideraban que ya tendría tiempo de sentar cabeza.
—¿ Habéis fijado ya la fecha?
Era la primera cena que compartían desde que se había mudado, y el albornoz de Max cada vez pasaba
más tiempo y aparecía con mayor frecuencia colgado detrás de la puerta del dormitorio de Ariana.
—Bueno —respondió Ariana, sonriendo primero a Max y luego a Noel—. Hemos pensado que podría ser
en Navidad. ¿Qué te parece?
—Estupendo. Podría ser antes de mi cumpleaños. —Y sonrió tímidamente—. ¿Será una gran boda?
—No, por supuesto que no. —Ariana meneó la cabeza, riendo—. ¡A nuestra edad! Sólo invitaremos a
unos pocos amigos.
Pero al decirlo, su mirada parecía distante. Por tercera vez en su
vida, se iba a casar, y los recuerdos de su familia desaparecida cruzaron raudos por su mente y por su
corazón. Noel, al mirarla, pareció adivinar sus pensamientos. Desde su viaje a Europa habían estado más
unidos que nunca. Era como si ahora él supiera. Aunque nunca o raras veces hablaban de ello, un nuevo
lazo estrechaba sus sentimientos.
—Me pregunto si podría invitar a una amiga a la boda, madre. ¿Crees que estaría bien?
—Claro, querido. —Ariana sonrió instantáneamente—. ¿La conocemos nosotros?
—Sí. Os la presenté este verano, el día de mi graduación. ¿Os acordáis de Tamrny?
Noel trataba desesperadamente de aparentar indiferencia, pero se le veía tan nervioso al hablar que Max
no pudo contener la risa.
—La arrebatadora Rapunzel de largos cabellos negros, si no estoy equivocado. Tamara, ¿no es así?
—Sí.
Noel dirigió una mirada de agradecimiento a Max, y su madre sonrió.
—Yo también la recuerdo. La joven estudiante de Derecho... que había terminado su primer año.
—Exacto. Bien, ella vendrá a ver a sus padres en Navidad, y pensé... que le gustaría asistir a la boda.
—Claro, Noel. Por supuesto.
Max le sacó del apuro cambiando de tema, pero la expresión de la cara de Noel no pasó inadvertida a
Ariana. Esa noche le preguntó a Max antes de acostarse:
—Te parece que Noel lo ha tomado en serio?
Ariana parecía preocupada, y Max le sonrió afablemente al tiempo que se sentaba en el borde de la cama.
—Podría ser, pero lo dudo. No creo que esté lo suficiente maduro como para sentar cabeza.
—Espero que no. Aún no tiene veintiséis años.
Max Thomas sonrió a la mujer que muy pronto se convertiría en su esposa.
—Y qué edad tenias tú cuando le tuviste a él?
—Eso fue diferente, Max. Yo tenía tan sólo veinte años, pero estábamos en guerra y...
—¿ Crees realmente que te habrías quedado soltera hasta los veintiséis años si no hubiese sido por la
guerra? Al contrario, yo creo que te habrías casado en seguida.
—Oh, Max, aquél era otro mundo! ¡Otra vida!
Durante un largo rato, ninguno de los dos dijo nada, y luego calladamente Ariana se unió con él en la
cama y le abrazó. Ahora ella le necesitaba para ahuyentar los recuerdos y el dolor. Y él así lo comprendía
también.
—Dime, Ariana, después de todos estos años, ¿estás dispuesta a tomar mi nombre?
Ella le miró asombrada.
—Pues claro. ¿Por qué no habría de estarlo?
—No lo sé. —Max se encogió de hombros—. ¡En estos días las mujeres son tan independientes! Pensé
que tal vez preferirías seguir siendo Ariana Tnpp.
—Yo preferiré ser tu esposa, Max, la señora Thomas. —Y entonces esbozó una sonrisa—. Ya es hora.
—Lo que más me gusta de ti, Ariana —dijo él con voz queda, mientras sus manos acariciaban el cuerpo
de Ariana bajo las sábanas— es que siempre tomas las decisiones con tanta rapidez... Esta vez sólo has
tardado veinticinco años.
Ariana se echó a reír. La tintineante y cristalina risa no había cambiado desde que era una jovencita, como
tampoco la pasión con que le recibía, sobresaltada como siempre por el impulso apasionado con que él la
tomaba y la llenaba de amor.
CAPITULO 48
—Y TÚ, MAXIMILIAN, TOMAS a esta mujer como...
La ceremonia fue breve y encantadora, y Noel les contemplaba con lágrimas en los ojos, agradeciendo
que al ser alto pocas personas advirtieran que tenía húmedas las pestañas.
—Puedes besar a la novia.
Se besaron largamente, gozando a todas luces más de lo que parecía correcto en esos casos. Los amigos
que habían invitado rieron con picardía, y Noel palmeó el hombro a Max, sonriendo.
—Vamos, parejita, basta. La luna de miel tendrá lugar en Italia. Esto es sólo la ceremonia.
Max se volvió hacia él con una sonrisa divertida en los labios, y Ariana, sonriendo, se alisé los cabellos
con la mano.
Habían decidido celebrar la boda y la recepción en el Carlyle. Quedaba cerca de la casa y tenían una
habitación disponible que se adaptaba perfectamente a la circunstancia. Finalmente, habían invitado a casi
cuarenta personas a la ceremonia y a un lunch formal, y un cuarteto ya estaba tocando para los que
quisieran bailar.
—6Me permites, madre? Creo que el primer baile corresponde al padre de la novia, pero tal vez aceptes
esta moderna variación sobre el tema.
—Encantada.
Noel hizo una reverencia y ella le cogió del brazo, y se adelantaron lentamente hasta la pista para bailar
un movido vals. Noel bailaba tan impecablemente como su padre, y Ariana se preguntó si lo llevaba en
sus genes. El muchacho se movía con una gracia que le tornaba irresistible a los ojos de las mujeres que le
observaban, mientras giraba suavemente al compás de la música. Al mirar por encima del hombro de su
hijo para echar un vistazo a su flamante esposo, Ariana vio a Tammy, que permanecía en un rincón, con
su negra cabellera recogida en un moño, unos pendientes de diamantes y un bonito vestido negro de lana.
—¿ QuÉ ME DICES DE LOS tórtolos?
Noel sonreía mirando a su madre. Tammy estaba un poco incómoda entre tanta gente desconocida, pero
siempre se sentía feliz junto a Noel. Le parecía raro verle en aquel ambiente. Estaba acostumbrada a verle
con tejanos y suéter de cuello de cisne, jugando al rugby con sus amigos en el Harvard Yard. Durante el
invierno, Noel ya había ido a verla un par de veces, y ella acababa de contarle lo que había pensado.
—,A ti qué te parece, Noel?
—El qué?
Noel sonreía distraídamente a su madre desde donde se encontraba.
—Tú sabes a qué me refiero.
—¿ A pedir la transferencia a la Universidad de Columbia? Creo que estás loca. Tienes una buena
oportunidad de graduarte en la Facultad de Derecho de Harvard, muñeca. Es algo demasiado importante
para echarlo por la borda por un capricho.
—¿ Eso es lo que significa para ti?
Tamara entrecerró los ojos y pareció airada y herida. Pero él se apresuró a cogerle la mano y se la besó
con ternura.
—No, y tú lo sabes. Pero lo que trato de indicarte es que no quieres pasar en Harvard los próximos dos
años, y dejar que yo vaya a verte cuando pueda, porque eres terriblemente testaruda.
Noel le sonrió con dulzura.
—Pero eso es una estupidez. Será más arduo para ti y para mí. Ahora que trabajas, cada vez tendrás más
casos que preparar, más libros que consultar. ¿Cuánto tiempo crees que tendrás para destinarlo a venir a
Cambridge? Y si en la facultad se muestran tan exigentes como este año, será difícil que yo pueda hacer
alguna escapada. En cambio, si estoy aquí, ambos podremos cumplir con nuestras obligaciones y estar
juntos.
Los grandes ojos le miraban implorantes, y Noel tuvo que hacer un esfuerzo para no rogarle que hiciera lo
que deseaba hacer.
—Tammy, simplemente no quiero influir en tu decisión. Es demasiado importante. Tú hablas de un
cambio tan radical que puede afectar a toda tu carrera.
no seas tan afectado, por el amor de Dios! Hablo de la Universidad de Columbia, no de la universidad de
la incultura.
—6Cómo sabes que te aceptarán?
Por un lado Noel trataba. desesperadamente de cumplir con su deber, y por el otro deseaba
desesperadamente también que Tammy hiciera el cambio.
—Ya lo he averiguado, y me dijeron que podía comenzar el próximo curso. —Noel la miraba fijamente,
sin hacer comentario alguno—. ¿Y bien? —inquirió ella, mirándole expectante.
Noel exhaló un lento y hondo suspiro.
—Creo que este es el momento en que debo ser sincero y tratar de disuadirte.
—,Es eso lo que quieres hacer?
Tamara le buscó los ojos con la mirada y se miraron de hito en hito.
—No. Lo que quiero es vivir contigo. Aquí. Ahora. Pero eso es tremendamente egoísta. Deberías darte
cuenta de ello. —Se acercó más a ella y sus cuerpos se rozaron ligeramente—. Te amo y quiero tenerte
conmigo.
—Entonces déjame hacer lo que quiero.
Tamara le sonrió y él le devolvió la sonrisa, justo en el momento en que Max y Ariana se aproximaban a
ellos, observándoles con sonrisas admirativas.
Eran tan jóvenes y guapos, tan felices y tan libres, que uno se sentía atraído por ellos, deseaba estar a su
lado, compartir lo que les aguardaba en el futuro. Era como contemplar una extensa y amplia carretera
abierta al porvenir.
—6Te acuerdas de Tammy, madre?
—Me acuerdo.
Ariana dirigió a la joven una afectuosa mirada. Le gustaba. Le gustaban su apariencia y su espíritu. De lo
que no estaba tan segura era de la tierna y grave expresión que descubría en los ojos de su hijo.
—Tal vez debería repetir las presentaciones. Después de todo, mi madre lleva un nuevo apellido. —Esta
vez fue Ariana quien se ruborizó ligeramente, mientras Max, a su lado, sonreía con orgullo-. Mi madre, la
señora de Maximilian Thomas, mi padrastro, Max Thomas, y mi amiga, Tamara Liebman.
—Liebman... —Ariana no pudo evitar la sorpresa, pero logró refrenar sus emociones prestamente—.
¿Estás emparentada con Ruth y Samuel Liebman?
No se atrevió a mencionar el nombre de Paúl. Tammy asintió con la cabeza, intrigada por la expresión
que observaba y no comprendía en la cara de la otra mujer.
—Eran mis abuelos, pero fallecieron hace muchísimo tiempo. Yo no llegué a conocerles.
—Oh! —Ariana quedó muda por un instante—. Entonces, tú eres...
—La hija de Paúl y Marjorie Liebman. Y mi tía Julia vive en Londres. Quizá también la conozca.
—Sí...
A Ariana se le ahogó la voz en la garganta y súbitamente se puso muy pálida.
TAMMY NO PODÍA SABER lo que se escondía detrás de la reacción de Ariana. Ella sólo se dio cuenta
de la angustia que le había provocado el rechazo cuando unos minutos más tarde bailaba con Noel y las
lágrimas se escurrían lentamente por sus mejillas.
—¿tammy? ¿Estás llorando? —Noel la miró con ternura, y ella sacudió la cabeza, pero su negativa no
tenía objeto—. Vamos, salgamos de aquí un momento.
Noelia llevó al vestíbulo de la planta baja y caminaron despacio por los pasillos.
—¿ q ué te pasa, muñeca?
—Tu madre me detesta —contestó ella, con un entrecortado sollozo.
¡ Y tanto como había deseado que todo saliera bien! Sabía cuán unido estaba Noel a su madre, y
consideraba que era esencial granjearse su aprobación desde el principio. Pero ahora todo había terminado
ya.
—Viste la cara que puso cuando oyó mi apellido? Casi se desmayó al saber que soy judía. ¿No se lo
habías dicho?
—No creí que tuviera que hacerlo, demonios! Tammy, estamos en la década del setenta. Ser judío no es
un crimen.
—Tal vez no lo sea para ti, pero lo es para ella. Como el hecho de que fueses alemán lo fue para mis
padres. ¡Pero por lo menos yo se lo advertí! ¿Cómo es posible que no comprendas lo que le pasa a tu
madre? ¡Es una antisemita, por todos los diablos, y tú no lo sabías!
—No, ¡no lo es! ¡La próxima vez dirás que mi madre es nazi!
Eso no era probable, pero era exactamente lo que el padre de Tamara había dicho de Noel.
—Noel, tú no comprendes nada.
Tamara estaba temblando, mientras desde el vestíbulo del hotel contemplaba a la gente que pasaba
apresuradamente por la calle.
—Lo que comprendo perfectamente es que te has dejado influir por todas sus patrañas y les haces el
juego. Nosotros nada tenemos que ver con esta lucha, Tammy. No fue nuestra guerra. Nosotros somos
personas, negras, blancas, coloradas, amarillas, judías, irlandesas, árabes. Somos norteamericanos..., en
eso reside toda la magnificencia de este país. Todas esas otras tonterías ya no tienen ninguna importancia.
—La tienen para ellos.
Tamara se quedó desconsolada al volver a pensar en la madre de Noel, pero éste la atrajo hacia sí y la
estrechó firmemente entre sus brazos.
—Pero no la tiene para mí. ¿Puedes creer eso? —Ella asintió con la cabeza—. Y esta noche voy a hablar
con mi madre antes de que salga para el aeropuerto, para comprobar si tienes razón.
—Sé que tengo razón, Noel.
—No estés tan segura de ello.
Pero Tamara rehusó volver a la fiesta. Subieron un instante para que ella pudiese recoger su abrigo, y
después que se hubo despedido educadamente de la madre de Noel, volvieron a bajar a la planta baja y él
le consiguió un taxi.
—Tu AMIGA ESTABA MUY bonita, Noel.
Ariana lo dijo muy tiesa una vez instalados en la sala de estar de su casa, tras regresar de la recepción en
el hotel. Disponían de tres horas antes de que ella y Max tuviesen que partir hacia el aeropuerto.
Volverían a Europa para pasar la luna de miel, pero sólo a Génova y Roma.
—Parece una chica excelente.
Pero un ominoso silencio se hizo en la sala después de pronunciar ella esas palabras. Ya había hablado de
ello con Max durante el rato que estuvieron solos.
Noel la miraba desde el lugar que ocupaba junto a la chimenea, con una expresión en sus ojos que decía a
las claras que no comprendía el tono que había empleado.
—Ella cree que no te gusta, madre. —No hubo respuesta—. Porque es judía. ¿Es eso cierto?
Sus palabras encerraban una tácita acusación, y Ariana bajó lentamente los ojos.
—Lamento que crea eso, Noel. —Y entonces volvió a mirar a su hijo—. Pero no, no es por eso.
—Entonces ella tiene razón: no te gusta.
Noel parecía airado y dolido por lo que tenía que oír y Ariana se quedó cortada.
—Yo no he dicho eso. Tamara me parece una buena chica. Pero, Noel... —Le miró con los ojos
velados—. Tienes que dejar de verla.
—¿Qué? ¿Estás bromeando?
Se separó de la chimenea y cruzó la sala.
—No.
—Bien, ¿entonces qué es exactamente lo que está pasando? Ya tengo veintiséis años, ¿y tú vienes a
decirme a quién puedo y a quién no puedo ver?
—Te lo digo por tu propio bien.
La excitación de las últimas horas parecía haberse esfumado, y de repente Ariana parecía fatigada y
envejecida. Max le acarició la mano, pero ni siquiera él podía confortarla cuando se disponía a decirle
algo a su hijo que le lastimaría.
—No tienes por qué meter las narices en mis asuntos. Ariana pareció encogerse ligeramente.
—Lamento oírte decir eso. Pero el hecho es que cuando su padre averigüe lo vuestro, tú te enterarás de
algo que herirá tus sentimientos, Noel. Por lo tanto, mejor será que lo sepas ahora.
—,Por qué'? —Preguntó Noel en un grito angustiado—. Y qué demonios sabes tú acerca de su padre?
Se hizo un profundo silencio en la sala, que Max quiso romper para evitar aquel mal rato a Ariana, pero
ella levantó la mano cansadamente.
—Yo estuve casada con él cuando llegué a Estados Unidos, Noel.
Esta vez fue su hijo quien sufrió una conmoción y se dejó caer pesadamente en una butaca.
—No comprendo.
—Lo sé —dijo ella con ternura—. Y lo siento. Creí que nunca sería necesario que lo supieras.
—,Pero no estabas realmente casada con mi padre?
—Sí, pero cuando llegué aquí, viuda y asustada, estaba tremendamente enferma. Vine en un barco
patrocinado por la Organización Femenina de Ayuda a las Víctimas de la Guerra, la cual ya no exista pero
que entonces era muy importante. Hice amistad con una mujer adorable... —Pensó en ella un instante,
dolorida por su muerte—. Ruth Liehman. Ella era la abuela de Tammy. Y resolvieron llevarme a vivir
con ellos. Se portaron maravillosamente bien conmigo. Me cuidaron hasta que recobré la salud, me lo
dieron todo y me brindaron su amor. Pero también creían que yo era judía. '' fui lo bastante tonta como
para no sacarles del error.
Calló durante lo que pareció un largo tiempo. Y luego miró fijamente a su hijo.
—Los Liebman tenían un hijo. Había vuelto del Pacífico porque estaba herido, y se enamoró de mí.
Entonces yo tenía veinte años, y el sólo veintidós. Y después de conocer a tu padre, él parecía... un
muchachito. Pero era tierno y la chica con la que había estado comprometido durante la guerra acababa de
casarse con otro. Y entonces... —tragó saliva— descubrí que estaba embarazada de ti, Noel. Resolví
dejarles y tenerte a ti, pero algo... No sé qué sucedió... Paúl insistía en pedirme que me casara con él, y
todo parecía tan simple. Yo no tenía nada que darte, y si me casaba con Paúl podría dártelo todo. —Se
enjugó una lágrima de la mejilla con tristeza—. Pensé que... él podría darte todo lo que yo no podía, y yo
siempre le estaría agradecida. —Se secó las lágrimas con la mano-. Pero dos semanas antes de que tú
nacieras, volvió inesperadamente a casa y me encontró mirando las fotografías de tu padre y se descubrió
todo. No pude mentirle más. Le conté la verdad. Y entonces supo que el niño era de Manfred y no de él.
—Su voz parecía muy distante y tenía la mirada perdida en el vacío-. Ese día se marchó de casa y yo no
volví a verle nunca más. Sólo se comunicó conmigo por medio de su abogado. —Su voz se hizo aún más
queda—. Nunca más volví a ver a ninguno de ellos. Para ellos yo era una nazi.
Entonces, Noel se levantó de la butaca, se acercó a su madre y, arrodillándose junto a ella, le acarició el
cabello.
—Ellos no pueden hacernos nada, mamá, ni a mí ni a Tammy. Los tiempos han cambiado.
—Eso no importa.
Noel le levantó la barbilla suavemente con una mano.
—Sí que importa. Para mí.
—Estoy completamente de acuerdo contigo, Noel. —Max se levantó y habló por primera vez en media
hora—. Y ahora, si me perdonas que sea tan egoísta, quisiera estar a solas con tu madre hasta el momento
de partir.
Sabía que Ariana ya había tenido bastante.
—Claro, Max.
Noel les besó a ambos y se detuvo en el umbral de la puerta un instante.
—¿ No estás enfadado porque no te lo haya dicho nunca, Noel? Ariana miraba a su hijo con pesar
mientras permanecían de pie
en la puerta, pero él meneó la cabeza lentamente.
—Enfadado no, madre, sólo sorprendido.
—No te preocupes por él —la tranquilizó Max cuando volvieron a entrar—. No le debes explicaciones a
nadie, querida. Ni siquiera a tu hijo.
Y así diciendo, la besó dulcemente, y ella le siguió al interior de la sala.
Noel ya había conseguido un taxi y al cabo de unos minutos estaba en su propio apartamento con el
teléfono en la mano.
—,Tammy? Tengo que verte.
—Cuándo?
—Ahora.
Veinte minutos más tarde ella ya estaba allí.
—Te reservo unas cuantas sorpresas, muñeca.
—Por ejemplo?
Noel no sabía por dónde empezar. Resolvió ir directamente al grano.
—Por ejemplo, que tu padre casi fue mi padre.
—,Cómo?
Tamara le miró confundida, y él comenzó a explicárselo. Le llevó casi media hora contarle todos los
detalles, después de lo cual se quedaron mirando fijamente el uno al otro.
—No creo que nadie de la familia sepa que estuvo casado.
—Bueno, desde luego sus padres lo sabían, y también sus hermanas. No sé si lo sabrá tu madre.
—Probablemente. —Tamara reflexionó acerca de ello un instante—. Es tan escrupuloso acerca de la
sinceridad y de no andar con tapujos, que seguramente se lo dijo cuando se conocieron.
—A él no puede hacérsele ningún reproche. Fue mi madre quien trató de mantenerle con los ojos
vendados.
Noel, no obstante, lo dijo con voz afable, pues sólo sentía ternura y compasión por lo que su madre había
tratado de hacer. Imaginó a la refugiada de veinte años, embarazada, y su corazón se llenó de amor por
ella.
La tragedia que había pertenecido a otra generación, una vez más, con el paso del tiempo, se había
convertido en otra pieza de la historia. A ellos no les afectaba realmente; sólo importaba a aquellos que
habían tomado parte en el drama en el pasado.
—,Vas a hablarle de lo nuestro a tu padre, Tammy? —le preguntó.
—No lo sé. Tal vez.
—Creo que deberías decírselo ahora. No esperemos a revelar los secretos cuando ya sea tarde. Me
gustaría poner todas las cartas sobre la mesa ahora. Nuestros padres ya tuvieron bastantes sorpresas en su
vida.
—Significa eso que quieres vivir conmigo, Noel?
Sus profundos ojos verdes se llenaron de esperanza, y él asintió solemnemente.
—Sí, eso es exactamente lo que significa.
CAPITULO 49
CUANDO EL CURSO DE invierno llegó a su término, Tammy ya había tomado una decisión. Hacía
tiempo que había tramitado su traslado a la Facultad de Derecho de Columbia, y todo lo que le quedaba
por hacer era preparar las maletas y desocupar el pequeño apartamento que compartía en Cambridge con
otras cuatro chicas. Noel hizo su aparición muy temprano un sábado por la mañana, y juntos hicieron el
corto viaje a Nueva York.
En su apartamento, Noel había hecho espacio para ella en todos los armarios, y había flores y globos y
una botella de champaña aguardando en el refrigerador. Desde entonces ya habían transcurrido tres meses,
y no había surgido ningún problema entre ellos, salvo uno. En contra de sus principios de mostrarse
absolutamente sincero con su madre, Noel no le había dicho que estaba viviendo con Tammy. En cuanto a
Tammy, sencillamente había instalado su propio teléfono en el escritorio, y cuando sonaba Noel sabía que
no debía atenderlo. Sería su padre que la llamaba para saber si estaba allí.
Pero a finales de mayo el juego se interrumpió bruscamente un día en que Ariana se presentó para dejar
unas cartas que habían llegado a su casa por error. Se disponía a dejárselas al portero, cuando Tammy
salió corriendo del edificio, cargada con la ropa de la lavandería y sus textos de derecho, camino de la
facultad.
—Oh..., hola, señora Tripp..., quiero decir, señora Max...!
Su cara se puso colorada como una brillante llama roja cuando Ariana la saludó con frialdad.
—,Visitando a Noel?
—Yo..., sí... Tenía que consultar unas cosas en sus viejos libros... para un examen.
Deseó caerse muerta allí mismo. Noel tenía razón. Deberían habérselo dicho antes. Ahora Ariana parecía
defraudada y se sentía traicionada.
—Estoy segura de que Noel te presta una gran ayuda.
—Sí, sí..., así es... ¿Y cómo está usted?
—Muy bien, gracias.
Y después de saludarla cortésmente, Ariana se dirigió a la cabina telefónica más cercana para llamar a su
hijo. Al fin, él se alegró de que aquello hubiese sucedido. Ya era hora de que lo supieran. Y si Tamara no
pensaba decírselo a su padre, Noel decidió que lo haría él. Con mano firme marcó el número de
información y luego llamó a la oficina de Paúl Liebman y concertó una entrevista para las dos cuarenta y
cinco.
El edificio ante el que se detuvo el taxi era el mismo donde Sam Liebman había establecido sus oficinas
casi cincuenta años atrás, y el despacho desde el cual Paúl Liebman dirigía su compañía de inversiones
era el mismo que Sam había ocupado durante tantos años. Era el despacho donde Ruth había visitado a su
esposo para rogarle que aceptara recibir en su casa a la menuda y rubia jovencita alemana. Era el
despacho en el que entró, con pasos largos y firmes, el hijo de aquella jovencita alemana; estrechó la
mano al padre de Tamara y sin decir palabra se sentó.
—Nos conocemos, señor Tripp?
Paúl Liebman había examinado atentamente a Noel y le pareció encontrar en él algo que le resultaba
familiar. Su tarjeta comercial le acreditaba como asociado de una prestigiosa firma de asuntos legales, y
Paúl Liebman se preguntó silo que le había llevado allí era algún problema relacionado con la firma o un
asunto particular.
—Nos presentaron una vez, señor Liebman. El año pasado.
—Oh, lo siento. —Liebman esbozó una simpática sonrisa—. Me temo que mi memoria no brilla con todo
su esplendor estos días.
Noel sonrió cortésmente.
—Fue Tamara. Me acababa de graduar en la Facultad de Derecho de Harvard.
—Oh, ya veo. —Y entonces súbitamente lo recordó, y la sonrisa comenzó a desvanecerse—. Supongo no
obstante que no vino a ver- me para hablar de mi hija, señor Tripp. ¿En qué puedo servirle, pues?
Le habían concedido la cita al muchacho sobre la base del prestigio de su bufete.
—Me temo, señor, que su suposición no es del todo acertada. En realidad, vine a verle para hablar con
usted acerca de Tamara. Y de mí. Temo también que lo que tengo que decirle es más bien embarazoso,
pero quiero ser franco con usted desde el principio.
—Acaso Tamara se encuentra en dificultades?
El hombre palideció. Ahora recordaba quién era el muchacho. Lo recordaba perfectamente. Y ya le
detestaba por sus agallas. Pero Noel se apresuró a tranquilizarle.
—No, señor. Su hija no está en dificultades, sino todo lo contrario. —Sonrió y procuró parecer menos
nervioso de lo que estaba—. Hace bastante tiempo, señor Liebman, que ella y yo estamos enamorados.
—Eso me resulta difícil de creer, señor Tripp. Tamara ni siquiera ha mencionado su nombre en muchos
meses.
—Creo que no lo habrá hecho porque teme su reacción. Pero antes de seguir adelante, hay algo que debo
decirle, porque si no lo hago tarde o temprano igualmente se sabrá. Y pienso que es preferible que
hablemos del asunto ahora mismo.
—Apartó la vista de Paúl Liebman un instante y se preguntó si no estaba loco por haber venido. Aquello
era una locura. Y también era la situación más terrible en que se había encontrado en su vida—.
Veintisiete años atrás, creo que su madre actuaba en una organización de ayuda a los refugiados de guerra.
—El rostro de Paúl Liebman se puso tenso, y Noel siguió hablando—. Ella brindó su amparo a una joven
alemana, una refugiada de Berlín. Por las razones que fueran, usted se casó con ella poco tiempo después,
y posteriormente descubrió que estaba embarazada de su esposo, que había muerto en la caída de Berlín.
Usted la abandonó y se divorció de ella, y... —Hizo una breve .pausa—. Yo soy su hijo.
Siguió un electrizante momento de silencio y luego Paúl Liebman se levantó.
—Salga usted de mi despacho! —ordenó, señalando imperiosamente hacia la puerta, pero Noel no se
movió.
—No me marcharé hasta haberle dicho que amo a su hija, señor, y que ella también me ama a mí. —Se
levantó en toda su estatura, sobrepasando a Paúl Liebman—. Y que mis intenciones con ella son
absolutamente honestas.
—,Se atreve a decirme que quiere casarse con mi hija?
—Sí, señor.
—Eso jamás! ¿Me entiende? ¡Jamás! ¿Tiene su madre algo que ver en esto?
—En absoluto, señor.
Por un instante, a Noel le centellearon los ojos también, pero entonces el fuego se apagó en la mirada de
Paúl. Fuera lo que fuese lo que hubiera pasado entre ellos, ahora Liebman no podía cebarse en Ariana y,
por lo tanto, no habló más de ella.
—Le prohíbo que vuelva a ver a Tamara.
Había rabia en su expresión, basada en un antiguo dolor que no había logrado olvidar. Noel, sin embargo,
habló con toda calma.
—Me permito decirle abiertamente que ni ella ni yo le obedeceremos, señor. Lo único que puede usted
hacer es aceptar los hechos.
Y acto seguido, sin aguardar a escuchar las últimas palabras airadas de Liebman, Noel se encaminó a la
puerta y salió del despacho. Oyó el ruido de un formidable puñetazo descargado contra el escritorio, mas
para entonces la puerta ya se había cerrado a sus espaldas.
A MEDIDA QUE TÁMARA conocía mejor a la madre de Noel, nacía en su corazón un afecto por ella
como si se tratase de su propia madre, y en Navidad, cuando Noel decidió anunciar su compromiso,
Ariana le hizo un regalo que la conmovió profundamente. Noel ya estaba al tanto de lo que su madre se
proponía hacer, y ambos cambiaron una secreta sonrisa mientras Tanmmy desenvolvía el papel de colores,
y luego la brillante sortija cayó súbitamente en su mano. Era la sortija con sello de diamantes que muchos
años antes había pertenecido a Kassandra.
—Oh, Dios mío, oh..., oh, no!
Tamara miró a su alrededor con estupor, primero a Noel, luego a Ariana y seguidamente a Max, que la
contemplaba con una amplia sonrisa, y de inmediato buscó a tientas la mano de Noel, en tanto las
lágrimas asomaban a sus ojos.
—Es tu anillo de compromiso, querida. Mamá lo hizo arreglar a tu medida. Vamos, pruébatelo.
Pero al ponérselo en el dedo, lo único que hizo fue llorar todavía más. Conocía la historia de aquella
sortija..., y ahora aquel anillo que había sido usado por cuatro generaciones era suyo. La sortija se adaptó
perfectamente al dedo anular de su mano izquierda, y Taniara se quedó mirando con admiración los
brillantes reflejos de aquella preciosa obra de orfebrería.
— Oh, Ariana, gracias!
Al abrazar a la madre de Noel, nuevas lágrimas corrieron por sus mejillas.
—Vamos, vamos, querida. Ahora es tuyo. Que te traiga toda la felicidad del mundo.
Ariana miraba a la joven con cariño; Tamara se había granjeado todo su afecto. Y entonces la mujer
resolvió tomar cartas en el asunto.
Tres días después de Navidad, buscó el número y, con manos temblorosas, lo marcó. Se identificó como
la señora Thomas, concertó una cita y al día siguiente tomó un taxi hasta e) centro. No le había dicho
nada a Max ni a Noel; consideraba que no debían saberlo, pero ya era hora de que, después de tantos años,
se encarara con Paúl y éste con ella.
La secretaria la anunció, y Ariana, ataviada con un vestido negro y un abrigo de visón de color oscuro,
entró calmosamente en el despacho. En la mano lucía el anillo con la enorme esmeralda. La sortija con
sello de diamantes pertenecía ahora a Tamara.
—La señora Thomas.
Pero cuando Paúl se puso de pie para saludarla, abrió desmesuradamente los ojos, sorprendido. A pesar
del asombro, no pudo dejar de advertir lo poco que Ariana había cambiado en casi treinta años.
—Hola, Paúl. —Se plantó valientemente ante él, esperando que la invitara a sentarse—. Pensé que debía
venir a hablar contigo. Acerca de nuestros hijos. ¿Puedo sentarme? —Paúl le indicó una butaca con la
mano y luego, sin dejar de mirarla fijamente, se sentó a su vez—. Creo que mi hijo ya vino a verte en una
ocasión.
—No sirvió de nada. —La expresión del rostro de Paúl se endureció aún más—. Y tu visita también será
inútil.
—Tal vez. Pero la cuestión, según creo, no reside en lo que nosotros pensemos, sino en lo que piensan
nuestros hijos. Al principio, sentí lo mismo que tú. Me opuse violentamente a que se unieran. Pero el
hecho es que, nos guste o no nos guste, eso es lo que ellos desean hacer.
—Y puedo preguntar por qué te opusiste?
—Porque supuse que me guardarías rencor y que por ello rechazarías a Noel. —Hizo una pausa y su voz
sonó más queda cuando prosiguió—. Lo que hice estuvo terriblemente mal. Después lo comprendí, pero
en la desesperación del momento, deseando lo mejor para mi hijo..., las cosas que tú podías brindarle y yo
no... ¿Qué pueda decirte, Paúl? Me equivoqué.
Él se quedó mirándola durante un largo, muy largo rato.
—,Has tenido más hijos, Ariana?
Ella denegó con la cabeza, esbozando una sonrisa.
—No. Y no volví a casarme hasta el año pasado.
—No porque siguieras enamorada de mí, supongo.
Pero había menos ira en su voz y el asomo de un antiguo fulgor en sus ojos. Ariana exhaló un breve
suspiro.
—No; porque sabía que había estado casada, que para bien o para mal eso era lo que me había deparado
el destino. Tenía a mi hijo, y no deseaba volver a casarme.
—Qué te hizo cambiar de idea?
—Un viejo amigo. En cambio, según parece, tú volviste a casarte en seguida.
El asintió con la cabeza.
—En cuanto concluyó el juicio de divorcio. Ella era una chica con la que había ido a la escuela. —Y
entonces lanzó un suspiro a través del escritorio, a través de toda una vida que, como aquella mesa, le
separaba de Ariana—. Al fin, éstas son las mejores. Y por eso me opuse a lo de Tamara y Noel. No tanto
porque él fuese tu hijo. —Suspiró de nuevo—. Es un excelente muchacho, Ariana. Un buen hombre.
Tuvo la valentía de venir a yerme, para contarme toda la historia. Eso me inspira respeto en un hombre.
—Y entonces gruñó por lo bajo—: Fue más de lo que Tamara tuvo la decencia de hacer. Pero la
verdadera cuestión en este caso no reside en si tú y yo estuvimos casados o no, sino en la clase de
personas que ellos son. Considera los factores hereditarios de Noel. Piensa en tu familia, Ariana, en lo que
sé de ella ahora. Y en cambio nosotros somos judíos. ¿Puedes justificar realmente su unión con estos
antecedentes?
—Si ellos pueden, sí. No creo que tenga mucha importancia que yo sea alemana, y tú judío. Quizá ello
importaba mucho entonces, después de la guerra. Quisiera pensar que eso ahora ya no importa tanto.
Pero Paúl Liebman sacudió la cabeza con determinación.
—Aún importa. Esas cosas no cambiarán jamás, Ariana. Mucho tiempo después de que tú y yo hayamos
desaparecido, seguirán existiendo.
—No quieres ni siquiera darles una oportunidad?
—¿ Para qué? ¿Para que me convenzan de mi error? ¿Para que
Puedan tener rápidamente tres hijos y dentro de cinco años vengan
a decirme que se divorcian porque yo tenía razón y la cosa no funcionó?
—6Crees realmente poder evitar eso?
—Quizá.
—,Y qué me dices del próximo? ¿Y del que le siga a éste? ¿No te das cuenta de que, a pesar de todo, ella
hará lo que desea hacer? Se casará con quien ella quiera, hará su vida y seguirá su propio camino. Ya
hace un año que vive con Noel, te guste o no te guste. Quizá ha llegado la hora de que pongas fin a esta
guerra entre nosotros y mires con otros ojos a esta generación. Mi hijo ni siquiera desea ser alemán. Y tal
vez tu hija ya no quiera enarbolar más banderas que proclamen que es judía.
—Qué es lo que quiere ser, pues?
—Una persona, una mujer, una abogada. Los jóvenes de hoy tienen ideas que yo realmente no comprendo.
Son mucho más independientes y más liberales en su modo de pensar. —Le sonrió lentamente—. Quizá
tienen razón. Mi hijo me dice que la guerra de la que hablamos es nuestra guerra, no la de ellos. Para ellos
es sólo historia. Creo que para nosotros a veces aún sigue vigente.
—Cuando le vi., Ariana... —su voz se hizo dolorosamente queda—, acudieron a mi mente las imágenes
de las fotografías que estabas contemplando aquel día. Le imaginé con uniforme..., con un uniforme nazi,
como el que llevaba su padre... —Cerró los ojos firmemente y luego la miró con frialdad—. Es
exactamente igual a él, ¿verdad?
Ariana sonrió afablemente y asintió.
—Sin embargo, Tamara no se parece mucho a ti.
No había nada más que pudiera decirle, pero por lo menos él sonrió.
—Lo sé; se parece a su madre. En cambio, su hermana se parece a Julia..., y mi hijo... se parece a mí —
concluyó con orgullo.
—Me alegro. —Y después de un largo y vacío silencio, Ariana le preguntó—: ¿Has sido feliz?
Paúl asintió lentamente con la cabeza.
—Y tú'? Muchas veces me pregunté qué habría sido de ti, adónde habrías ido. Quise comunicarme
contigo, sólo para que supieras que aún me acordaba de ti, pero tenía miedo de hacerlo...
—Por qué?
—Temí parecer un imbécil. Al principio, ¡me sentí tan herido en mis sentimientos! Pensé que te reirías de
mf. Fue mi madre quien finalmente lo comprendió. Comprendió que lo habías hecho por el niño y quiso
suponer que quizá me amabas también.
Cuando él mencionó a su madre, a Ariana se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Yo te amaba, Paúl.
El asintió de nuevo con la cabeza.
—Después de reflexionar sobre ello, mi madre así lo imaginó.
Y entonces se sintieron unidos por primera vez, después de tantos 'años de separación—. ¿Qué haremos
con respecto a los chicos, Ariana?
—Dejar que hagan lo que ellos quieran hacer. Y aceptarlo.
Ariana le sonrió al tiempo que se ponía de pie y le tendía la mano con vacilación. Pero él no se la estrechó
sino que dio la vuelta en torno al escritorio y la estrechó entre sus brazos.
—Siento lo que ocurrió entonces. Lamento no haber tenido la capacidad para comprenderlo o para dejar
que te explicaras.
—Las cosas fueron como tenían que ser, Paúl.
Él asintió encogiéndose de hombros, y ella le dio un beso en la mejilla y le dejó con sus pensamientos,
absorto en la contemplación de Wall Street.
CAPITULO 50
LA BODA LA FIJARON para el verano siguiente, para después de que Tamara hubiera concluido sus
estudios de derecho, y los dos anduvieron buscando un apartamento, eligieron el que mejor se adaptaba a
sus gustos, y Tamara encontró un empleo con el que se iniciaría en otoño.
—Pero primero vamos a ir a Europa!
La joven se lo había comunicado a Ariana y a Max con una sonrisa.
—A qué lugar? —se interesó Max.
—A París, a la Riviera, a Italia, y luego Noel quiere llevarme a Berlín.
Esta vez, sin embargo los ojos de Ariana no se ensombrecieron.
—Es una hermosa ciudad. Al menos lo era.
Pero había visto las fotografías que Noel sacara durante su viaje y conservaba la de la casa de Grunewald;
ahora ya no tenía que esforzarse en recordar algún detalle borroso en su memoria. Lo único que tenía que
hacer era contemplar la fotografía. Noel también le había dado las fotos del schloss que ella no había visto
nunca y que sólo conocía por las descripciones de Manfred.
—,Cuánto tiempo estaréis de viaje?
—Alrededor de un mes. —Tammy lanzó un suspiro de satisfacción—. Este es el último verano que
gozaré de libertad, y Noel
QUIEN sabe lo que tuvo que pelear para conseguir las cuatro semanas e vacaciones.
Qué haréis en la Riviera?
---Trataré de ver a una chica que conocí en la facultad. —Habían decidido visitar a Brigitte—. Pero
primero, tenemos que sobrevivir ¡i la boda —agregó Tammy, sonriendo a Ariana.
----Será maravilloso.
Hacía meses que Ariana escuchaba los planes de los jóvenes. Por fin, Paúl se había ablandado y tuvo que
reconocer que apreciaba a Noel, y en febrero comenzaron a planear llevar a cabo el casamiento en el mes
de junio.
Cuando por fin llegó el día, Tamara apareció sorprendentemente bella con un vestido enteramente de raso
color crema, profusamente adornado con encajes de Chantilly. El sombrerito que llevaba le cubría los
negros cabellos salvo el moño con su vaporoso lazo, y el velo que flotaba como una nube causaba aún
más la impresión de que estaba envuelta por un etéreo esplendor. Incluso Ariana quedó impresionada.
—Dios mío, Max, está bellísima!
—Claro. —Max sonrió orgullosamente a su esposa—. Pero también Noel está muy guapo.
Con su chaqué y el pantalón rayado, Noel estaba más elegante que nunca, y sus ojos azules brillaban a la
par que sus cabellos. Ariana tuvo que reconocer, mientras sonreía para sí misma, que tenía un aire
netamente alemán, pero por alguna extraña razón eso ya no parecía tener importancia alguna. Paúl
Liebman sonreía benignamente a la joven pareja, tras haber desembolsado una fortuna pura la boda con el
fin de complacer los sueños más bien extravagantes de su esposa. Ariana finalmente la había conocido;
era una mujer agradable que probablemente había sido una esposa ejemplar durante todos aquellos años.
Debbie estaba casada con un productor de Hollywood. Julia era la más adorable y la más enérgica, y sus
hijos daban muestras de ser inteligentes y simpáticos. Pero las dos mujeres sólo hablaron con Ariana
brevemente. Ambas se habían sentido profundamente heridas por lo ocurrido en el pasado. Para todos
ellos, Ariana había dejado de existir el día en que Paúl la abandonó.
Paúl le dirigió alguna que otra mirada durante la ceremonia, y en una ocasión sus ojos se encontraron, y
por primera vez en mucho tiempo ella le recordó con amor. Y en aquellos instantes experimentó una
punzada de dolor por la pérdida de Ruth y Sam.
—Te amo, Noel.
—Yo también, pero si sigues haciendo eso... voy a comenzar la luna de miel aquí mismo, en el avión.
Tamara le sonrió coquetamente a su esposo y se recostó en su asiento con un suspiro de felicidad.
Entonces fijó la vista en la maravillosa sortija con sello de diamantes. Jamás dejaría de sorprenderse por
el hecho de que Ariana le hubiese regalado aquel anillo de compromiso. Había llegado a amar
verdaderamente a Ariana y sabía que ésta también la quería a ella.
—En París quiero comprar un regalo espléndido para tu madre, Noel.
—,Qué clase de regalo?
Noel levantó la vista del libro, sonriéndole. Lo bueno que tenía el haber vivido juntos durante casi dos
años era que ahora, cuando finalmente estaban casados, no experimentaban el frenesí que suele
apoderarse de los novios. Estaban cómodos juntos y en todas partes adonde iban se sentían como en su
propia casa.
—¿ Qué es lo que quieres comprarle?
—No lo sé. Algo incitante, como una pintura o un vestido de Dior.
—Santo Dios, eso sí que es incitante. ¿A qué se debe tu deseo?
Ella le mostró el anillo a modo de respuesta, y Noel sonrió.
Como presente del padre de Tamara se alojaron en una lujosa suite del Plaza-Athénée. Bajaron a la planta
baja después de terminar su primera cena de luna de miel a la luz de las velas, para encontrarse con
Brigitte en el famoso bar. Cuando entraron en él, estaba atestado de gente con exótico aspecto: hombres
con la camisa abierta y el pecho cubierto de collares y mujeres con pantalones de raso de color rojo de
perneras acuchilladas, o con cortos chaquetones de visón y tejanos.
Tammy casi no reconoció a la chica con la que había trabado amistad en Radcliffe. Llevaba la cara
empolvada, los labios pintados de rojo, y los rubios cabellos habían sido encrespados artificialmente a
ambos lados del rostro, pero sus ojillos azules aún danzaban maliciosamente como siempre, y estaba
encantadoramente vestida con un esmoquin, un sombrero de copa de raso negro y debajo sólo un
sujetador de satén rojo;
—Querida, no sabía que te habías vuelto tan conservadora.
- -Cuidado. Es muy sensible —le dijo Tammy, llevándose un dedo a
los
labios, y los tres comenzaron a
reír de nuevo.
Pasaron una agradable velada juntos, y en el curso de la siguiente semana, Brigitte les llevó de un
extremo a otro de París, de Un almuerzo en Fouquet's a una cena en el Brasserie Lipp; luego a desayunar
a les Halles y a cenar en el Maxim's al día siguiente. Y así fueron frecuentando bares, restaurantes y
fiestas, donde todo el mundo conocía a Brigitte y ella conocía a todo el mundo, y los hombres reclamaban
prácticamente implorantes su atención mientras ella se ponía atuendos cada vez más descabellados y
atrevidos, y Tammy y Noel la observaban con franca admiración.
-- ¿No es divina? —le preguntó en un susurro Tammy a Noel, mientras vagaban por la boutique de
Courrges.
-Sí, y un poco loca. Creo que me gustas más tú, muñeca.
---Eso es una buena noticia.
-—No me entusiasma mucho tener que conocer a su familia.
-Oh, son gente normal.
—No quiero estar permanentemente con ellos. Un par de días y basta Tammy. Quiero estar a solas
contigo unos días. Después de todo, estamos en luna de miel.
La miró con aire petulante, y ella le besó riendo.
Lo siento, querido.
- --No es nada. Sólo prométeme que no estaremos más de dos días en la Riviera con ellos y que luego nos
iremos a Italia. ¿ Entendido?
Sí, señor.
Y Tammy le saludó militarmente. Brigitte volvió a su lado y les arrastró a Balmain, Givenchy y Dior.
1 n Dior, Tammy encontró exactamente lo que quería para Ariana:
Un delicado vestido de cóctel, de seda color malva, que imaginó le sentaría muy bien a sus enormes ojos
azules. Iba acompañado de una chalina que hacía juego y Tammy agregó unos pendientes. El conjunto le
costó más de cuatrocientos dólares, y Noel casi se desmayó.
—BIEN, SEÑORA TRIPP, lo hicimos.
Noel sonrió a Tammy, y ella le besó en el cuello con sus tiernos
1 -( s tres se echaron a reír. Brigitte Goddard se mostraba más divertida que nunca.
Tú también te has vuelto más apuesto, Noel, ¿sabes?
Brigitte sonrió con picardía, y Tammy rió y siguió la broma. l)demasiado tarde, parejita. Nosotros dos ya
estamos casados,
¿ recuerdas? Lo siento, muchachos...
Pero Noel la miró con ojos cálidos, y Brigitte se echó a reír. l)e cualquier manera, es demasiado alto para
mí. No es mi
—En septiembre ya ganaré mi sueldo, Noel. No pongas esa cara.
Pero. ambos sabían que se trataba de algo especial. Era lo que Tammy había elegido para agradecerle la
sortija. Brigitte le echó el ojo de inmediato la primera vez que se vieron en el Plaza. Al parecer, en la
galería de su padre tenían una sección dedicada a joyas antiguas, pero ella no había visto nada tan notable
como aquella sortija. La tarde antes de partir de París, Brigitte les llevó a la Galerie Gérard Goddard en el
Faubourg-St.-Honoré, y pasaron en ella más de una hora maravillados, admirando los Renoir, los Picasso,
las cajas de Fabergé, los brazaletes de diamantes antiguos de un valor incalculable, los pequeños bustos y
las estatuas. Todo era realmente extraordinario. Cuando se marcharon, Noel se despidió de Brigitte,
encantado y exultante.
—Es como un pequeño museo, pero mejor.
Ella asintió con orgullo.
—Papá tiene algunas cosas muy bonitas.
Su comentario fue más bien una severa subestimación, y Noel y Tamara sonrieron a sus espaldas. Por eso
su padre la había enviado a Radcliffe, esperando que adquiriera una sólida preparación en historia y arte,
pero Brigitte tenía sus propias preferencias, tales como los partidos de rugby y las fiestas, los estudiantes
de medicina y la hierba. Y al término de dos años desastrosos, su padre la hizo regresar para que se
divirtiera de una manera más simple en Francia. En aquellos momentos, hablaba vagamente de estudiar
fotografía o rodar una película, pero era obvio que sus ambiciones no eran acuciantes; sin embargo, era
una chica muy divertida. Era una especie de diablillo que corría en todas direcciones, siempre alegrándolo
todo a su paso, pero sin quedarse mucho tiempo en ninguna parte. Había una especie de inquietud en ella
que se estaba convirtiendo rápidamente en el mal du siécle.
—Lo curioso es que no parece acabar de madurar jamás —comentó Tammy con tono de burla, mientras
Noel se encogía de hombros.
—Hay gente que no madura nunca. ¿Su hermano es como ella?
—Sí, pero un poco más.
—Cómo es eso?
—No lo sé. Malcriado, tal vez infeliz. No lo sé. Tienes que conocer a los padres para comprenderlo mejor.
La madre es una antipática señora con aires de gran dama, y su padre es un hombre muy retraído, como si
estuviese acosado por fantasmas.
CAPITULO 51
EL VUELO A NIZA SÓLO duró poco más de una hora, y Bernard Goddard les aguardaba en la verja del
aeropuerto. Era un muchacho tan rubio y guapo como su hermana, iba descalzo y llevaba una camisa y
unos pantalones de seda. Tenía un aire totalmente ausente, como si le hubieran dejado en aquel sitio sin
que él se hubiera dado cuenta de ello. Pareció volver a la realidad cuando su hermana le echó los brazos al
cuello. La enorme caja de plata para marihuana en la guantera de su Ferrari explicaba el aura indefinida
que parecía envolverle.
Pero cuando Tamara y Noel le obligaron a participar en la conversación, pareció ser capaz de retornar al
mundo de los vivos.
—Pienso ir a Nueva York en noviembre —dijo sonriendo dulcemente, y por un momento Noel tuvo la
extraña sensación de haberle visto en alguna fotografía ya olvidada—. ¿Estaréis allí para entonces?
—Sí —respondió Tammy.
—Cuándo vas a ir?
BRIgitte miraba a su hermano con cara de sorpresa.
—En noviembre.
—Pensé que ibas a ir a Brasil en esa época.
—Eso será más adelante, y además no creo que vaya a Brasil después de todo. Mima quiere ir a Buenos
Aires.
Brigitte asintió con la cabeza como si todo aquello tuviera sentido para ella, y Tammy y Noel cambiaron
miradas de estupefacción. En cierto modo, Tammy no recordaba que fuesen tan chiflados, y súbitamente
se arrepintió de haber planeado pasar unos días en St. -Jean-Cap-Ferrat antes de seguir viaje a Roma.
—Quieres que nos marchemos mañana por la mañana? —le preguntó Tammy a Noel en voz baja, cuando
seguían a los otros dos hacia la enorme mansión de estilo provincial francés.
—Excelente idea. Les diré que tengo que ver a un cliente de la firma por el camino.
Ella asintió con aire de conspiradora y se dirigieron a su dormitorio, una gran habitación de altísimo techo,
con una antigua cama italiana y una vista que abarcaba una vasta extensión de mar. El suelo era de
mármol beige claro y en la terraza había una hermosa litera antigua, en la cual Brigitte había colocado
displicente el teléfono.
El almuerzo se sirvió en el jardín, y a pesar de sus planes y de la vida un tanto alocada que llevaban,
Brigitte y Bernard resultaron ser unos jóvenes divertidos. Sabiendo que partirían al día siguiente, Tammy
y Noel se sentían mejor; ya no les parecía ser como unos prisioneros en una colonia de ciencia ficción,
sino unos simples huéspedes.
Pero esa velada se sintieron aún más como huéspedes cuando entraron en el ceremonioso comedor, y
Noel fue presentado por primera vez a los padres de Brigitte y Bernard. Se encontró ante una mujer
bastante robusta, pero aún extraordinariamente hermosa, de enormes y relucientes ojos verdes. Tenía una
sugestiva sonrisa y unas piernas largas y bien torneadas, pero había una cierta rigidez en sus maneras,
como si estuviera acostumbrada a mandar, como si siempre hubiera hecho su voluntad. No parecía
particularmente complacida por la conducta de sus hijos, pero Tammy y Noel le parecieron encantadores
e hizo un gran esfuerzo para ser una buena anfitriona, supervisándolo todo, incluyendo a su esposo, que
era un hombre alto, bien parecido y rubio, de plácidos pero tristes ojos azules. Una y otra vez, en el
transcurso de la velada, Noel se sintió atraído por aquel hombre. Tenía la impresión de que le conocía, o
de que le había visto anteriormente, y por fin resolvió que ello sólo se debía a que se parecía mucho a su
hijo.
Cuando un momento después de la cena, la señora Goddard se llevó a Tammy al salón para mostrarle un
pequeño cuadro de Picasso, Gérard Goddard se dirigió a Noel, y fue entonces cuando éste advirtió su
acento extranjero por primera vez. Por un instante,
Noel Se dijo que debía de ser suizo o belga. No estaba seguro, pero entonces, más que nunca, se quedó
intrigado por el profundo pesar que descubría entre las arrugas de su rostro.
Cuando Tammy regresó del salón, el grupo reanudó su incesante charla, hasta que Tammy puso la mano
sobre la mesa y la sortija con sello de diamantes centelleó bajo la luz de las velas. Por un momento,
Gérard Goddard lo miró fijamente y enmudeció en medio de una frase. Y acto seguido, sin pedir siquiera
permiso, le tomó la mano, la levantó y contempló el anillo.
Es bonito, ¿verdad, papá?
Brigitte se apresuró a admirar la sortija de nuevo, y la señora Goddard se mostró indiferente mientras
seguía conversando con su hijo.
Es maravilloso. —El señor Goddard aún sostenía la mano de 'l'ammy entre las suyas—. ¿Puedo verlo?
Lentamente, Tammy se lo quitó del dedo y se lo entregó con una sonrisa
Es un anillo de compromiso que me regaló Noel.
.De veras? —Gérard miró a su joven huésped—. ¿Dónde lo compraste, Noel? ¿En Estados Unidos?
Parecía tener un millar de preguntas que hacerle.
—Era de mi madre.
De veras?
Los ojos de Gérard Goddard parecieron volverse hacia el interior.
—Es una larga historia familiar que ella podría explicarle mejor que yo, si algún día viniera usted a
Nueva York.
—Sr., sí... —El hombre parecía estar absorto en sus pensamientos, ' luego sonrió a sus jóvenes amigos—.
Algunas veces voy a Nueva York... Me encantaría visitarla. —Y luego agregó rápidarmente -: Acabamos
de inaugurar una sección de joyería en la galería, ¿sabes? Me interesaría mucho cualquier otra alhaja que
pudiera tener.
Noel le sonrió con afabilidad. El hombre se mostraba tan impaciente. En cierto modo, tan desesperado y a
la vez tan triste...
—No creo que quiera desprenderse de nada, señor Goddard, pero conserva otro de los anillos de mi
abuela.
—¿ De veras? —exclamó Gérard, abriendo desmesuradamente
los
ojos.
—Si—respondió Tammy con una sonrisa—, Tiene uno con una esmeralda fabulosa. De este tamaño —
agregó, juntando los dedos.
—Tenéis que decirme qué puedo hacer para ponerme en contacto con ella.
—Por supuesto. —Noel extrajo una libretita y un lápiz estilográfico de plata y empezó a escribir. Anotó la
dirección y el número de teléfono de su madre—. Estoy seguro de que se alegrará de verle si alguna vez
va a visitarla a Nueva York.
—Estará allí durante el verano?
Noel hizo un gesto afirmativo con la cabeza, y Goddard sonrió.
La conversación derivó hacia otros temas, y por último llegó el momento de retirarse a descansar. Tammy
y Noel expresaron su deseo de acostarse temprano con el fin de poder estar despejados para el largo viaje
que emprenderían al día siguiente. Alquilarían un coche en Cannes y de allí partirían. Brigitte y Bernard,
por su parte, tenían que ir a una fiesta que, según ellos, no empezaría hasta las doce o la una de la
madrugada. De modo que, de momento, sólo quedaron en el salón Gérard y su esposa, mirándose el uno
al otro y a lo que restaba de su vida juntos.
—No empieces de nuevo con esa tontería, ¿oyes? —dijo ásperamente la mujer, mirándole a la tenue luz
de las velas—. vi. cómo mirabas el anillo de esa chica.
—Si su suegra tiene otro, podría ser una magnífica adquisición para la galería. De cualquier manera, esta
semana tengo que ir a Nueva York.
—Ah, sí? —Ella le miró con desconfianza—. ¿Para qué? No lo habías mencionado antes.
—Hay un coleccionista que quiere vender un excelente Renoir. Quiero verlo antes de que lo ponga
oficialmente en venta.
Ante esas palabras, su esposa asintió comprensiva. Fueran cuales fuesen los defectos que tuviera como
hombre, no podía negarse que su marido había realizado un trabajo magnífico al frente de la galería,
mucho mejor que lo que el padre de ella había imaginado, por cuyo motivo su esposa había accedido a
que le cambiara el nombre por el suyo. Pero eso ya había sido convenido desde un principio, cuando le
acogieron en su hogar, le proporcionaron un empleo y luego una educación en el terreno del arte. Eso
ocurrió cuando ella y su padre huyeron a Zurich durante la guerra.
Fue entonces cuando le conocieron, le brindaron un techo, trabajo y un hogar. Y cuando la familia regresó
a París, una vez terminada la guerra, le llevaron con ellos. Para entonces Giselle estaba embarazada, y el
padre de ella no dio a Gérard opción alguna. Sin embargo, en última instancia, fue él quien prevaleció
sobre los dos astutos parisinos: aprendió su métier tan bien que convirtió la galería en un fructífero
negocio. En cuanto a Giselle, no importaba. Durante veinticuatro años, Gérard representó su papel. Le
habían
proporcionado lo que él quería, un hogar, una vida, éxito, dinero y los medios necesarios para llevar a
cabo su búsqueda. Pero en realidad, había sido ésta lo que le había mantenido activo todos esos años.
Hacía veintisiete años que andaba buscando a su padre y a su hermana, y un día se convenció de que no
volvería a verles con vida jamás. Sin embargo, siguió buscando cada vez que creía haber encontrado una
pista, cada vez que alguien le decía que le parecía conocer a alguien que... Había hecho más de sesenta
viajes a Berlín. Y todo había sido infructuoso. Inútil. En el fondo de su corazón, Gérard sabía que habían
muerto. De no ser así, él los habría encontrado, o ellos le habrían encontrado a él. Su nombre no era tan
distinto. De Gerhard von Gotthard se había convertido en Gérard Goddard, pues llevar un nombre alemán
en Francia, después de la guerra, representaba ser objeto de insultos, ataques, odios y represalias. Al cabo
de un tiempo, no pudo soportarlo más. Fue su suegro quien tuvo la idea del cambio de nombre, y en aquel
momento demostró ser una idea sensata. Ahora, después de tantos años, ya era más francés que alemán. Y
eso no tenía importancia. Nada importaba ya. Sus sueños se habían desvanecido.
A veces se preguntaba qué haría si llegaba a encontrarles. ¿Qué cambiaría realmente? En el fondo, sabía
que todo habría cambiado para él. Finalmente, habría tenido el valor de abandonar a Giselle y quizá
habría manejado a sus hijos con mano más firme, e incluso vendido la galería y disfrutado del dinero para
variar. Sonrió ante las innumerables opciones que se le ofrecerían, sabiendo secretamente que si los
encontraba no sería el fin, sino el principio del sueño de toda su vida.
A LA MAÑANA SIGUIENTE, Tammy y Noel se despidieron de Brigitte y de su hermano, y cuando
estaban a punto de partir Gérard Goddard bajó precipitadamente a saludarles. Miró a Noel profundamente
a los ojos, preguntándose si ... Pero aquello era una locura..., él no podía ser..., pero tal vez aquella señora
Thomas supiera... Era una clase de locura con la que Gérard Goddard había vivido durante casi treinta
años.
—Muchas gracias, señor Goddard.
—De nada, Noel... Tamara... Esperamos veros por aquí de nuevo.
No mencionó para nada la dirección que le habían dado y se limitó a agitar la mano cuando ellos les
gritaron palabras de despedida por enésima vez y se fueron.
—Me gustan tus amigos de Nueva York, Brigitte.
Sonrió a su hija tiernamente, y por una vez ella le devolvió la sonrisa. Su padre se había mostrado siempre
tan distante, tan infeliz, que toda su vida tuvo la impresión de que estaba ausente.
—A mí también me gustan, papá. Son muy simpáticos.
Brigitte se quedó observándole mientras él regresaba con aire pensativo a su habitación, y más tarde le
oyó hablar por teléfono con Air France. Como quien no quiere la cosa, entró en su dormitorio. Su madre
ya se había marchado.
—Piensas ir a alguna parte, papá?
El asintió lentamente con la cabeza.
—Sí, a Nueva York. Esta noche.
—Por negocios? —El asintió de nuevo—. ¿Puedo acompañarte?
Al volverse hacia ella, Gérard se sobresaltó. Su hija parecía casi tan solitaria como él mismo. Pero este
viaje tenía que hacerlo solo. Tal vez la próxima vez..., si...
—Qué te parece si lo dejamos para el próximo viaje? Esta vez será un poco agitado. Se trata de una
operación bastante difícil. Y no creo que me quede mucho tiempo.
Brigitte le observaba desde la puerta del dormitorio.
—,De veras me llevarás la próxima vez, papá?
El movió la cabeza afirmativamente, sorprendido de que se lo hubiese pedido.
—Sí, te lo prometo.
SE MOSTRÓ MÁS BIEN impreciso cuando conversó con Giselle esa misma mañana. Y luego se
encaminó a su habitación y preparó la maleta. No pensaba prolongar el viaje más de uno o dos días a lo
sumo. Y después de besar precipitadamente a Giselle y a los chicos, se dirigió al aeropuerto para tomar el
avión. Sus largas zancadas le permitieron llegar a tiempo a la entrada. El aparato hizo escala en París y
luego siguió directamente a Nueva York. En el Aeropuerto Kennedy tomó un taxi y luego, sin poder
refrenar el temblor de sus manos, pidió al taxista que se detuviera ante una cabina telefónica cercana a la
dirección de la señora Max Thomas.
—Señora Thomas?
—Sí.
—Me temo que usted no me conoce, pero mi hija es amiga de Tammy...
—¿ Ocurre algo malo? —inquirió la mujer súbitamente asustada, pero el tono de su voz no le resultó
familiar a Gérard.
Probablemente resultaría otra falsa corazonada. ¡Había sufrido tantas decepciones como aquélla!
—No, no. —Se apresuró a tranquilizarla—. Sus hijos partieron hacia Italia esta mañana y todo salió a
pedir de boca. Sólo pensé que..., como tenía que resolver un asunto..., algo relacionado con un Renoir..., y
quedé tan impresionado con el anillo de su nuera... ella me dijo que usted poseía otro con una esmeralda,
y como disponía de un poco de tiempo, se me ocurrió...
Enmudeció, preguntándose por qué había hecho aquel largo viaje.
—El anillo de la esmeralda no está en venta.
—Claro, claro. Lo comprendo.
Pobre hombre. ¡Parecía tan contrariado y tan tímido! Ariana advirtió que debía de tratarse de Gérard
Goddard, a quien Tamara había mencionado en alguna ocasión, y de repente le Pareció que se había
mostrado descortés y poco amable.
—Pero si a usted le interesa verlo, quizá podría pasar un momento por mi casa.
—Me gustaría muchísimo, señora Thomas.... ¿Le parece bien dentro de media hora?
Gérard Goddard ni siquiera había reservado habitación en un hotel; todo lo que tenía era una maleta y un
taxi aguardando, y aún le quedaba media hora de tiempo que perder. Pidió al taxista que le Llevara a dar
una vuelta por Madison Avenue, luego por la Quinta Avenida y finalmente por el parque. Y así llegó la
hora de encontrarse con la señora Thomas. Temblándole las rodillas, se apeó del
—¿ Quiere que le espere aquí? —ofreció el taxista.
Ya casi le debía cuarenta dólares. Diablos, ¿por qué no? Pero el francés meneó la cabeza, le dio un billete
de cincuenta que había cambiado en el aeropuerto y cogió la maleta y la cartera porta documentos.
Oprimió el timbre situado junto a la aldaba de bronce y esperó durante lo que le pareció una eternidad. Su
impecable traje gris sentaba bien a su delgada figura y llevaba una corbata azul oscuro de Dior; su camisa
blanca estaba tristemente arrugada por el viaje, y sus zapatos habían sido hechos a mano en Londres, al
igual que la camisa. Pero a pesar del elegante y costoso atuendo, Gérard volvía a sentirse como el
jovenzuelo que aguardó el regreso de su padre, al que no volvería a ver jamás.
—,Sí? ¿Señor Goddard?
Ariana abrió prestamente la puerta y fijó los ojos en el rostro del visitante con una afable sonrisa. El anillo
con la espléndida esmeralda brillaba en su mano. Sus miradas se encontraron; ambos tenían los mismos
ojos azules y profundos. En un primer momento, ella no le reconoció, pero el hombre que se había
llamado Gerhard von Gottharcl comprendió en seguida que por lo menos había encontrado a tino de sus
seres queridos. Ante la incomprensión de Ariana, comenzó a llorar en silencio. Allí estaba la misma
chiquilla que había poblado sus obsesivos recuerdos. La misma cara..., los mismos ojos azules y
risueños...
—6Ariana?
Fue sólo un susurro, pero de inmediato evocó en su mente los sonidos del pasado: los gritos por el hueco
de la escalera..., los alaridos desde el laboratorio..., los juegos al aire libre..., ¡Ariana! Aún podía oírle
gritar su nombre..., ¡Ariana!
—Ariana!
Fue como un eco, mientras un sollozo brotaba de la garganta de Ariana y ésta se echaba en brazos de su
hermano.
—Dios mío! ¡Dios mío! ¡Eres tú! ¡Oh, Gerhard!
Le abrazó con la angustia de toda una vida, mientras aquel hombre alto, bien parecido, de ojos azules, la
estrechaba sollozando entre sus brazos.
Así permanecieron durante largo tiempo, aferrándose fuertemente al presente y al pasado, y cuando por
fin Ariana hizo entrar a su hermano n casa, le miró sonriendo y éste le sonrió a su vez... Dos seres que
habían llevado una pesada carga durante la mitad de su vida y que finalmente se habían encontrado. Y,
por fin, se sintieron libres.
FIN
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