domingo, 26 de diciembre de 2010

Danielle Steel

Accidente

A Popeye, que siempre está a mano cuando le necesitas, en las cosas
importantes y en las minucias.
Cada hora cada minuto de cada día, siempre te querré.
Con todo mi corazón y todo mi amor.


CAPITULO PRIMERO


Corría una de esas tardes de sábado de abril tan perfectas, tan
deliciosamente tibias, en las que una brisa de seda acaricia las mejillas y
uno querría vivir para siempre al aire libre.
El día ! había sido largo y soleado.
Mientras al filo de las cinco cruzaba el puente Golden Gate en dirección del
condado de Marín, Page contempló las aguas de la otra orilla y quedó
maravillada.
Miró de soslayo a su hijo, que iba sentado a su lado y cuyas facciones
parecían una réplica de ella misma.
Su rubio cabello se levantaba muy tieso allí donde lo había aplastado la
gorra de béisbol, y tenía la cara cubierta de mugre.
Andrew Patterson Clarke había cumplido siete años el martes anterior.
Mientras iban en el coche, relajándose tras el partido, se percibía con toda
intensidad los lazos que les unían.
Page Clarke era una buena madre, una esposa leal y la clase de amiga que
todo el mundo ansía tener.
Se preocupaba por los demás, prodigaba cariño, se entregaba con ahínco en
cualquier menester, ayudaba a las personas que significaban algo para ella y
poseía una vena artística que causaba asombro entre sus amistades, además de
ser una mujer muy bella y una compañía muy divertida.
-Hoy has jugado de maravilla -elogió a su hijo con una sonrisa, soltando
brevemente una mano del volante para enmarañarle el cabello revuelto.
Andrew tenía una mata de pelo de color pajizo idéntico al de ella, sus
mismos ojos azules y grandes, la tez también de tonos cremosos, salvo que la
del niño estaba trufada de pecas-.
Me ha dejado impresionada aquella pelota que has atrapado en el outfield.
Temía que os marcaran una carrera a la base.
Siempre le acompañaba a los partidos, a las representaciones teatrales de la
escuela y a las excursiones campestres con la clase o con los amigos.
Lo hacía porque le encantaba y por lo mucho que le quería.
Andy lo sabía.
-Yo también he creído que nos sacarían un punto -dijo, e hizo una mueca
enseñando las encías allí donde hasta pocos días antes se asentaban los dos
incisivos-.
Estaba seguro de que Benjie terminaría todo el circuito.
-Emitió un cloqueo en el momento en que dejaban el puente para entrar en el
condado de Marín-.
iPero no lo ha conseguido! Page rió.
Habían pasado un rato muy agradable.
A ella le habría gustado que Brad les acompañase, pero todos los sábados
jugaba al golf con sus socios.
Constituía una buena oportunidad para relajarse y ponerse al día sobre sus
respectivas actividades.
Era poco usual que pasara con ella una tarde de sábado.
Y, cuando lo hacía, siempre había algún asunto que atender, como los
partidos de Andy o las competiciones de natación de Allyson, que solían
celebrarse en los sitios más apartados.
O asistían a estos encuentros deportivos, o bien el perro se hacía daño en
una pata, aparecían goteras en el techo, se reventaba una tubería o había
que solventar alguna urgencia doméstica.
Desde hacía varios años ya no existían los sábados ociosos.
Page se había acostumbrado, y siempre que podían Brad y ella le robaban unas
horas al tiempo, por la noche cuando los niños dormían -en el ínterin entre
los viajes de negocios -, o incluso en los excepcionales fines de semana en
que se escapaban los dos juntos.
Encontrar momentos de intimidad en sus atareadas vidas era toda una hazaña,
pero de un modo u otro se las ingeniaban.
Tras dieciséis años de matrimonio y dos hijos en común, ella continuaba muy
enamorada.
Tenía cuanto había deseado: un marido al que adoraba y que también la
quería, una vida segura, dos hijos estupendos.
Su casa de Ross no era lujosa pero se hallaba situada en un bello entorno y
era bonita y confortable.
Además, con su laboriosidad y maña para arreglarlo todo, Page la había
convertido en un lugar realmente acogedor.
Aunque sus años en Nueva York como estudiante de arte y aprendiz de
interiorismo no le habían servido de mucho, en los últimos tiempos había
utilizado su talento para pintar unos preciosos murales, tanto privados como
por encargo.
Había realizado uno espectacular en la escuela de Ross, e hizo de su casa un
rincón de auténtica belleza.
Sus óleos, los frescos y un particular toque artístico habían transformado
un rústico edificio en un hogar que todos admiraban...
y envidiaban.
Era exclusivamente obra de.
Page, y quienquiera que lo viese lo advertía.
El año anterior, como regalo de Navidad para Andy, había pintado un
reñidísimo partido de béisbol en una pared de su habitación y a él le
entusiasmó.
Para Allyson había recreado un ambiente parisino en la época en que la niña
se apasionó por todo lo francés, más tarde reprodujo un cuerpo de
bailarinas, inspirado en Degas, y más recientemente, con su mano mágica,
había convertido el dormitorio en una piscina.
Incluso había pintado muebles en consonancia con la técnica del
trompe-l'oeil.
Su recompensa fue que Allyson y sus amigas calificaron la habitación de
nnsuperior", y a Page misma de ncojo.., bueno, aceptable", unas alabanzas de
primer orden para provenir de un grupo de quinceañeras.
Allyson cursaba segundo año de instituto.
Siempre que les miraba, Page lamentaba no haber tenido más hijos.
Los había querido desde el principio, pero Brad fue inflexible en su
decisión de quedarse con nnuno o dos", preferentemente uno.
Se sintió muy satisfecho al nacer la niña, y dijo que no veía la necesidad
de aumentar la familia.
Page tardó siete años en convencerle de tener al segundo.
Fue tras abandonar la ciudad para mudarse a la casa de Ross cuando
concibieron a Andy, nnnuestro pequeño milagro", como ella le llamaba.
Fue un bebé nacido en el séptimo mes de ernbarazo, porque Page se cayó de la
escalera mientras pintaba en su futuro cuarto un mural de Winnie the Pooh.
La ingresaron en el hospital con una pierna fracturada y el parto se
precipitó.
El niño pasó dos meses en incubadora, pero al final resultó una criatura
perfecta.
A veces, Page sonreía al recordar la historia, cuán desmirriado era, cuánto
habían temido perderlo.
No podía imaginarse a sí misma sobreviviéndole, aunque en el fondo sabía que
habría tenido que sobreponerse por Allyson y por Brad.
Sin embargo, su vida no habría sido la misma sin Andy.
-¿Te apetece un helado? -preguntó en el desvío de Sir Francis Drake.
-¡Ya lo creo! Andy esbozó una amplia sonrisa y Page soltó una carcajada.
Era imposible no reírse de aquella boca risueña y desdentada.
-¿Cuándo vas a echar los dientes, Andrew Clarke? Tendremos que comprarte una
dentadura postiza.
¡No! -exclamó él sonriente, y emitió un nuevo cloqueo.
Era muy grato estar a solas con él.
Normalmente, después del béisbol Page llevaba en su coche un cargamento de
niños, pero hoy había tomado el relevo otra madre, aunque ella asistió
igualmente al partido porque lo había prometido.
Allyson pasaba la tarde con sus amigos, Brad estaba jugando al golf, y ahora
mismo Page no tenía ningún trabajo pendiente.
Había empezado a proyectar un nuevo mural para la escuela y se había
comprometido a estudiar el salón de una amiga; pero ninguna de las dos cosas
era apremiante.
Andy tomó una bola doble de Rocky Road en un cucurucho con azúcares,
espolvoreada de virutas de chocolate, y ella una bola sencilla de yogur
helado al aroma de café, una de esas engañosas especialidades dietéticas que
te inducen a creer que no cometes un gran pecado.
Permanecieron un rato sentados en la terraza.
El helado de Andy, al derretirse, embadurnó su cara y manchó su uniforme.
Page no se enfadó, pues de todos modos había que lavarlo.
Contemplaron a los viandantes mientras gozaban de la calidez de los últimos
rayos del crepúsculo.
Habían tenido un día espléndido, y Page sugirió que el domingo podían comer
en el campo.
-Sería fantástico.
Andy puso cara de satisfacción cuando la punta de su nariz se hundió
definitivamente en el Rocky Road, con un goteo que se extendió hasta la
barbilla.
Page, al contemplarle, se sintió embargada de amor materno.
-Eres un tesoro, clo sabías? Ya sé que no debería decir estas tonterías,
pero creo que eres un fuera de serie, Andrew Clarke...
y además un buen jugador de béisbol.
¿Cómo he podido tener tanta suerte? El niño volvió a sonreír, con una
sonrisa aún más ancha, y el helado se desparramó por todas partes, incluida
la nariz de Page al estamparle un beso.
-Eres un chico encantador.
-Tú tampoco estás mal.
-Andrew desapareció de nuevo en su cucurucho, y al cabo de un momento alzó
la vista hacia su madre -.
Mamá? ¿Sí? Page había consumido casi todo el yogur, pero el Rocky Road
parecía dispuesto a rezumar y ensuciarlo todo hasta el día del juicio.
En manos de un niño pequeño, los helados siempre se crecen.
-¿Tendré alguna vez otro hermanito? Page se sorprendió.
No era ésta la clase de pregunta que solían hacer los chicos.
Allyson sí se lo había planteado en varias ocasiones.
Pero, con treinta y nueve años, ella no lo veía probable.
No porque se sintiera demasiado mayor, en vista de las edades a que
actualmente se conciben los hijos, sino por que sabía que nunca convencería
a Brad de tener el tercero.
él siempre insistía en que la época de procrear ya había pasado.
-No lo creo, cariño.
¿Por qué? ¿Estaba preocupado o era tan sólo curiosidad? Page no pudo por
menos que preguntárselo.
-La madre de Tommy Silberberg tuvo gemelos la semana pasada.
Los vi el otro día cuando fui a su casa.
Son muy bonitos, y también idénticos -explicó el niño, aún impresionado-.
Pesan tres kilos y medio cada uno, mucho más que yo a su edad.
-Desde luego que sí.
-Andy, con su precoz venida al mundo, apenas había pesado la mitad-.
Esos pequeños deben de ser monísimos, pero dudo de que nosotros tengamos
gemelos, ni siquiera un niño más.
Al decir estas palabras, Page se sintió invadida de una peculiar tristeza.
Siempre había convenido con Brad, por lealtad hacia él, en que dos hijos
eran el número ideal, pero había momentos en los que renacía su anhelo de
tener otro bebé.
-Podrías hablar de ello con papá -bromeó.
-¿De los gemelos? -inquirió Andy, intrigado.
-De la posibilidad de tener un hermanito.
-Sería divertido, fabuloso...
Aunque creo que también causan problemas.
En casa de Tommy todo estaba patas arriba.
Había un terrible desorden de camas, capazos y balancines.
iQué horror! Su abuela, que ha ido a ayudarles, guisó la cena y se le quemó.
El padre gritó como un energúmeno.
-Pues no parece muy divertido.
-Page sonrió, imaginando el caos que debió de generar la llegada de gemelos
en un hogar donde la organización no era ya su mayor virtud, y había además
dos hijos mayores-.
De todas maneras, es normal que al principio sea un poco difícil, hasta que
te acostumbras.
-¿Tuvisteis tanto lío cuando yo nací? Andy terminó por fin su helado.
Se enjugó la boca con la bocamanga y las manos en los pantalones del
uniforme de béisbol, ante la mirada sonriente de Page.
-No, pero ahora mismo tú tampoco eres un modelo de orden.
Es hora de volver a casa y quitarte toda esa suciedad.
Montaron de nuevo en la camioneta y se dirigieron al dulce hogar, charlando
de temas diversos, pero las preguntas de Andy acerca del hermanito
continuaban vivas en la mente de Page.
Por unos instantes sintió la familiar punzada de la melancolía.
Quizás eran sólo los efectos de aquel día tan benigno y lleno de sol, o de
estar en plena primavera, pero de pronto deseó tener otro hijo, intensificar
sus salidas románticas con Brad y pasar más tiempo a su lado, recuperar
aquellas tardes de asueto en las que, tumbados ambos en el lecho, no había
compromisos que cumplir ni nada que hacer excepto amarse.
Aunque su vida actual le satisfacía, había momentos en los que le habría
gustado atrasar las manecillas del reloj.
Su existencia estaba regida por transportes escolares, ayudas en los deberes
y asociaciones de padres.
Brad y ella sólo coincidían de pasada, o al final de una jornada agotadora.
No obstante, el amor y el deseo subsistían, pero sin tiempo para gozarlos.
Era justamente tiempo lo que siempre les había faltado.
Unos minutos más tarde aparcaron en el sendero del jardín.
Page distinguió el coche de Brad mientras esperaba que Andy recogiese su
equipo.
Miró a su hijo con orgullo.
-Lo he pasado estupendamente -dijo, bañada por la calidez del sol poniente y
con el corazón rebosante de todo lo que su hijo le inspiraba.
Había vivido uno de esos días especiales en los que uno descubre cuán
afortunado es y da las gracias por cada segundo, cada privilegiado segundo.
-Yo también.
Gracias por venir, mamá.
Andy sabía que hoy su madre podría haberse ahorrado el viaje, pero le hizo
mucha ilusión que aun así fuese a verlo jugar: Era una madre dedicada, y el
niño lo sabía.
Claro que él también era un buen chico y se lo merecía.
-No hay de qué, señor Clarke.
Corre, ve a contarle a tu padre esa famosa jugada del outfield.
iHoy has hecho historia! Andy soltó una risotada y entró raudamente en la
casa, mientras Page apartaba del camino la bicicleta que Allyson había
dejado allí tirada.
Su monopatín estaba apoyado contra la pared del garaje y la raqueta de
tenis×yacía en una silla junto a la puerta lateral de la casa, con un juego
de pelotas que había nntomado prestado" de su padre.
Era evidente que había tenido un día muy movido.
Cuando Page entró en la casa, Allyson estaba hablando por el teléfono de la
cocina, vestida aún de tenista, con su larga melena rubia recogida en una
trenza y de espaldas a ella.
La chica colgó y se volvió hacia su madre.
Era muy guapa, y algunas veces Page todavía se estremecía al mirarla.
Su físico llamaba realmente la atención, y era bastante madura.
Poseía el cuerpo de una mujer y la vitalidad de una quinceañera en perpetuo
movimiento, en acción, inmersa en mil proyectos.
Siempre tenía algo que decir, que explicar, que preguntar o que hacer,
siempre había un lugar donde debía acudir sin pérdida de tiempo, o al que
llegaba dos horas tarde...
iSu presencia era irnprescindible! Tal era en aquel instante la expresión de
su rostro, y Page se apresuró a cambiar de frecuencia tras el remanso de paz
que suponía para ella estar con Andy.
Allyson era más intensa, más parecida a Brad con su constante inquietud, su
ritmo infatigable, maquinando de antemano el siguiente paso, adónde quería
ir o qué era lo más importante.
También era más intensa que Page, más expeditiva, no tan dulce, y mucho
menos gentil de lo que sería Andy algún día.
Pero era una chica inteligente, con una mente lúcida y un sinfín de buenas
ideas y mejores intenciones.
De vez en cuando su sentido común se torcía y se enzarzaba con Page en
violentos altercados por algún que otro error juvenil, pero finalmente solía
entrar en razón.
Con sólo quince años, no había que sorprenderse de sus genialidades.
Estaba probando sus alas, midiendo sus capacidades tratando de establecer
quién sería en el futuro, no un reflejo de Page o Brad sino una persona
totalmente distinta.
Pese a sus semejanzas con ambos, quería ser una mujer independiente.
A diferencia de su hermano, que sólo deseaba parecerse a papá y en realidad
era igual que Page, Allyson sería ella misma.
A sus ojos, Andy no era más que un bebé.
Ella tenía ocho años cuando él nació, y lo consideró la criatura más
maravillosa del universo.
Nunca había visto un ser tan diminuto.
Al igual que sus padres, había temido por su vida, y se sintió muy feliz
cuando por fin pudieron trasladarle a casa.
Le llevaba en brazos por toda la casa, de una habitación a otra, y siempre
que Page echaba en falta al bebé sabía que le encontraría en la cama de su
hermana, acurrucado junto a ella como un muñeco de carne y hueso.
Durante años, Allyson volcó en él un amor ilimitado.
Incluso ahora mimaba en secreto a su hermanito, comprándole golosinas o
cromos de béisbol, y de tarde en tarde incluso se dejaba caer por sus
partidos.
Pero casi nunca estaba dispuesta a admitir que le quería.
-¿Cómo te ha ido, renacuajo? -Allyson siempre tomaba el pelo a Andy por lo
pequeño que había nacido, aunque ahora era un niño alto para su edad y más
corpulento que muchos de sus compañeros de clase.
-Bien -dijo él modestamente.
-¿Cómo que bien? Ha sido la estrella del campo -le enmendó Page.
Andy se sonrojó y fue en busca de su padre-.
¿Qué has hecho todo el día? -preguntó a su hija, abriendo la puerta de la
nevera.
Aquella noche no tenían pensado salir, y la temperatura era tan suave que se
le ocurrió organizar un picnic, o bien pedir a Brad que hiciera una barbacoa
en el jardín-.
¿Con quién has jugado al tenis? -Con Chloe y otros amigos.
Hoy había en el club unos chicos de Branson and M.A.
Hemos hecho un partido de dobles, y cuando se han ido Chloe y yo hemos
jugado un rato más.
Después nos hemos dado un chapuzón.
Lo contó sin inmutarse.
Allyson siempre había vivido la vida dorada de California.
Para ella no era ningún milagro, sino una costumbre, algo consustancial al
lugar donde se había criado.
Para Brad, hijo del Medio Oeste, o Page, que era de Nueva York, el clima y
sus oportunidades todavía tenían un componente mágico, pero los niños no
podían verlo así.
En su caso era un estilo de vida, y a veces Page les envidiaba sus fáciles
comienzos, aunque también se alegraba por ellos, puesto que era exactamente
lo que había deseado ofrecer a sus hijos: una existencia sin complicaciones,
segura, saludable, cómoda, sólida, protegida de todo aquello que pudiera
entristecerles o perjudicarles.
Hizo cuanto estuvo en su mano para proporcionarles lo mejor, y disfrutaba
viéndoles medrar y florecer.
-Parece que lo has pasado en grande.
¿Tienes algún plan para esta noche? -Si no lo tenía, o si venía Chloe para
pasar juntas la velada, quizá Page podría ir al cine con Brad.
Pero quedarse en casa no era ninguna tragedia.
Su marido y ella no habían hecho planes concretos.
Sería una delicia instalarse en el jardín bajo aquel aire tan tonificante,
conversar, tomarse un respiro y acostarse temprano-.
¿Se puede saber qué te traes entre manos ? Allyson encaró a su madre con
nerviosismo, con esa mirada que suele significar: "Destrozarás mi vida
entera si no me dejas hacer lo que he estado proyectando todo el día".
-El padre de Chloe nos ha propuesto llevarnos a cenar y a ver una película.
-De acuerdo.
No tenía ningún interés particular, lo preguntaba sólo por curiosidad.
La expresión de Allyson se relajó de inmediato, y Page esbozó una sonrisa.
Algunas veces los hijos eran más previsibles de lo que ellos creían, aunque
la tarea de crecer no estaba exenta de dolor.
Incluso en un hogar corriente, feliz, cada momento y cada plan encerraban su
nota de angustia.
No era nada fácil.
-¿Qué película? -Page metió la carne en el microondas para descongelarla.
Prepararía algo sencillo.
-No lo hemos hablado.
Hay tres que tengo ganas de ver, y aún está pendiente Woodstock, que se
exhibe en el Festival.
Su padre nos ha invitado a cenar en Luigi's.
¡ Qué amable!.Vais a divertiros mucho.
Page dispuso en un bol unas patatas fritas y, mientras lavaba la lechuga,
miró a su hija por encima del hombro.
Sentada muy tiesa en una banqueta frente al mostrador de la cocina, era una
auténtica preciosidad.
Parecía una modelo.
Tenía unos inmensos ojos castaños, como Brad, el cabello dorado de su madre
y una tez que se volvía de color miel en cuanto la tocaba el sol.
Sus piernas eran largas, bien torneadas, y tenía cintura de avispa.
No era raro que últimamente la gente, sobre todo los hombres, se detuvieran
a su paso.
Page le había comentado a Brad que en ciertos momentos le gustaría colgarle
un cartel advirtiendo que sólo tenía quince años.
Hasta los adultos de treinta se giraban en plena calle para mirarla.
Y es que aparentaba fácilmente dieciocho o veinte años.
-El señor Thorensen es un verdadero encanto sacando de paseo a dos niñatas
el sábado por la noche.
-No tiene nada mejor que hacer -dijo Allyson con un acento pueril que
provocó la risa de Page.
Desde luego, estos adolescentes tienen el don de devolvernos a la realidad y
recordarnos nuestras carencias y limitaciones", pensó.
-¿Cómo lo sabes? La mujer de Thorensen le había abandonado el año anterior
y, en cuanto obtuvo el divorcio, aceptó una oferta de trabajo de cierto
agente teatral inglés.
Quiso hacerse cargo de sus tres hijos y matricularlos en internados
británicos.
Ella era norteamericana, pero decía que en Inglaterra el sistema educativo
era mejor que en su patria.
Sin embargo, Trygve Thorensen no tenía la menor intención de separarse de
los niños y decidió quedarse con ellos.
Lamentablemente, tras veinte años de vida semirrural la esposa estaba harta
de ser chófer, criada e institutriz de sus hijos, y no vaciló en abandonarlo
todo.
Sí, todo: a Trygve, a los chicos y su vida en Ross.
No podía soportarlo más.
En lo que atañía a Dana Thorensen, había llegado la hora del desquite.
Había tratado repetidamente de discutirlo con su marido, pero él nunca la
escuchó.
Vivía tan obsesionado con que las cosas funcionasen, que fue ciego a la
cólera y la infelicidad de su esposa.
Cuando se fue causó una conmoción en la vecindad, y Page le criticó que
hubiera renunciado a los niños, pero al parecer hacía ya mucho tiempo que
aguantaba a duras penas.
Luego, los habitantes de Ross quedaron admirados de lo bien que se apañaba
Trygve con su prole, de lo mucho que se avenían.
Era escritor especializado en política, y trabajaba en casa.
En sus circunstancias era el arreglo idóneo y, en contraposición a su mujer,
nunca se cansaba de sus responsabilidades y obligaciones paternales.
Atendía a los chicos con el buen humor y la afabilidad que le habían hecho
popular en el barrio.
Algunas veces admitía que no era un camino de rosas, pero en general salían
adelante, e incluso se veía a sus hijos más contentos que en años
precedentes.
Thorensen encontraba ratos sueltos para escribir mientras estaban en la
escuela y por la noche, después de que se acostaban.
En las horas de convivencia familiar no daba un paso sin ellos.
Era una figura cotidiana para todos los amigos de los chicos, entre los que
tenía buena reputación.
A Page no le extrañó que se hubiera ofrecido a llevar la pandilla al cine y
al restaurante Luigi's.
De hecho, sus dos hijos mayores no eran ya tan niños, pues estaban en edad
universitaria, y Chloe tenía los mismos años que Allyson.
Había cumplido los quince en Navidad y era tan guapa como Allie, aunque muy
diferente.
Ella era menuda y había heredado el pelo moreno de su madre en combinación
con la piel clara del padre y sus ojos nórdicos, grandes y azules.
Los padres de Trygve eran ambos noruegos, y él mismo vivió en aquel país
hasta los doce años.
No obstante, en la actualidad era tan americano como el pastel de manzana.
Sus amigos bromistas le apodaban Vikingo.
Thorensen era un hombre atractivo y su separación causó un verdadero revuelo
entre las divorciadas de Ross, con el subsiguiente desengaño.
Absorbido por su trabajo y sus hijos, a Trygve no le sobraba un minuto para
las mujeres.
Page sospechaba, sin embargo, que lo que le faltaba no era tanto tiempo como
interés.
No era ningún secreto que había amado profundamente a su esposa, y también
era del dominio público que, en su desesperación, ella le había engañado
durante los dos últimos años antes de abandonarle.
En su juventud había sido una niña errante y jamás pudo asimilar la vida
conyugal y la monogamia.
Trygve hizo cuanto le fue posible, aconsejándola y pasando por dos
separaciones temporales.
Pero él quería mucho más de lo que Dana era capaz de darle.
Quería una vida real, media docena de hijos, una rutina sencilla, hacer
acampadas en vacaciones.
Ella prefería Nueva York, París, Hollywood o Londres.
Dana Thorensen era todo lo que Trygve nunca fue.
Se habían conocido en Hollywood siendo poco más que dos niños.
él probó fortuna brevemente en la redacción de guiones cinematográficos, con
su mente fresca de colegial, mientras ella trabajaba como actriz
principiante.
Le apasionaba su trabajo, y se disgustó mucho cuando Thorensen le pidió que
se mudaran a San Francisco.
Pero le amaba lo suficiente como para intentarlo.
Durante un tiempo trató de resarcirse de su pérdida interpretando algunas
obras de repertorio en el ACT de San Francisco.
Mas no encajaba en ningún papel, y además añoraba a sus amigos, las
emociones de Los Angeles o Hollywood y hasta sus aventuras como extra de
cine.
Quedó embarazada de forma imprevista, y Trygve la sorprendió con una
propuesta de matrimonio.
Después, el declive fue rápido.
Pronto tuvo que encarnar a un personaje que nunca le había gustado.
Y cuando Bjorn, su segundo hijo, nació aquejado del síndrome de Down, no
logró superarlo y mentalmente le echó las culpas a Trygve.
Ella no había deseado aquel hijo, y ni siquiera estaba segura de aceptar el
matrimonio.
Entonces llegó Chloe y, desde la óptica de su madre, consumó la tragedia.
La vida de Dana degeneró en una pesadilla.
Trygve luchó con todas sus fuerzas y los encargos periodísticos -artículos
sobre políticacomenzaron a lloverle.
Consiguió mantener a su numerosa familia.
Pero Dana sólo quería irse.
Durante más de la mitad de su vida en común apenas pudo tratar educadamente
a Thorensen.
Su único afán era recuperar la libertad.
Trygve, en cambio, se empeñó en salvar el matrimonio.
Y se comportó como un padre abnegado, lo cual aún exasperó más a Dana.
Trygve Thorensen era un sueño imposible que eligió mal a su compañera.
o, afable, Era comprénsivo siempre dispuesto a incluir en sus planes a los
hijos ajenos.
Se llevaba a los chicos de acampada, o bien a pescar, y era uno de los
factótums en la organización de las Olimpiadas Especiales, en las que Bjorn
solía descollar, para gran entusiasmo de todos excepto de Dana.
Aunque se esforzó, Dana no pudo integrarse.
A sus ojos, Bjorn representaba la supina vergüenza y decepción.
Al final, todos se fueron apartando de aquella mujer, de aquel espíritu
iracundo que bramaba contra un destino que ellos no juzgaban tan horrible.
Sus hijos eran estupendos, incluso Bjorn poseía una dulzura muy personal.
Y Trygve era un marido más que envidiable.
Sin embargo, a nadie le sorprendió que Dana empezara a tener frecuentes
idilios.
No parecía importarle que los demás lo supieran, y menos aún su propio
marido.
Quería incitarle a romper.
Cuando finalmente fue ella quien cortó, todo el mundo se sintió aliviado
salvo Trygve, que se había dejado arrastrar por la corriente año tras año,
fingiendo ante sí mismo que no era tan grave.
Se contaba embustes que sólo él creía: "Se acostumbrará...
Fue duro para ella renunciar a su carrera...
Dejar Hollywood supuso un gran golpe...
Si le cuesta más que a otras mujeres adaptarse al matrimonio es por su
innata creatividad...
Desde luego, lo de Bjorn la trastornó muchísimo...".
A lo largo de diecinueve años no había cesado de elaborarle excusas, y
cuando ella decidió abandonarle apenas pudo creerlo.
Aunque, para su sorpresa, fue el fin de un sufrimiento constante.
Y todavía le asombró más comprobar que' no sentía el menor deseo de
reincidir, de arriesgarse a sufrir por otra mujer.
Tomó plena conciencia de lo mal que lo había pasado.
No volvería a casarse, ni iniciaría una relación seria.
Al principio ni siquiera le apetecía salir.
Todas las mujeres que conocía en la ciudad se le antojaron aves de presa,
buitres a la espera de carnaza, y no tenía la mínima intención de
convertirse en su próxima víctima.
Era feliz con sus hijos y así se quedaría.
-No ha tenido ninguna novia, o una pareja más o menos fija, desde que se
fue la madre de Chloe hace ya más de un año -dijo Allyson-.
Reparte su tiempo entre sus hijos y los artículos sobre política, pero a
esto último se dedica sólo por las noches.
Chloe me ha contado que está escribiendo un libro.
La verdad es que le encanta salir con nosotros.
él mismo lo dice.
-¡Ya podéis estar contentos! Pero es posible que un día de éstos conozca a
una persona un poco más...
¿cómo lo diría?...
un poco más madura con quien compartir sus veladas.
Page sonrió al ver que Allyson se encogía de hombros.
La muchacha no podía imaginarse a Trygve Thorensen buscando otras compañías.
Sus hijos siempre habían sido el principio y el final de su existencia.
A Allie no se le ocurrió pensar que no sólo les había cuidado porque les
quería y deseaba estar con ellos, sino porque era una manera de eludir el
vértigo de un matrimonio desgraciado.
-Además, al señor Thorensen también le gusta salir con Bjorn.
Ahora mismo le está enseñando a conducir.
-Es un hombre excelente.
Page terminó de lavar la ensalada, la escurrió y la puso en un cuenco,
mientras Allyson comía una manzana.
-Por cierto, ¿cómo está Bjorn? Hacía tiempo que no le veía.
La enfermedad del chico era más benigna que en otros casos, pero aun así
tenía claras limitaciones.
-¡Fantásticamente! Juega a béisbol todos los sábados y ahora se ha
apasionado por los bolos.
Page tuvo un escalofrío sólo de pensarlo.
¿Cómo podía afrontarse una situación semejante? En cierto sentido comprendía
que Dana Thorensen se hubiera derrumbado, aunque su conducta posterior fue
imperdonable.
No eran amigos íntimos, pero conocía a Trygve Thorensen desde hacía varios
años y le caía bien.
El pobre hombre no merecía tantas desdichas, ni él ni nadie.
Y todas sus referencias indicaban que era un padre magnífico.
-Dormirás en casa de los Thorensen? -preguntó a su hija tras depositar en el
cuenco la última hoja de lechuga y secarse las manos.
Todavía no había visto a Brad y quería ir a saludarle, además de vigilar lo
que estaba haciendo Andy.
-No.
-Allyson meneó la cabeza, se levantó y tiró a la basura el corazón de la
manzana.
Sus líneas estilizadas y flexibles se ondularon al echar hacia atrás la
larga trenza rubia-.
Me traerán a casa después del cine.
Mañana Chloe tiene que madrugar, porque va a participar en una exhibición de
atletismo.
-¡En domingo? -preguntó Page con asombro, mientras ambas salían de la
cocina.
-Sí...
Bueno, quizá sea un entrenamiento o algo parecido.
-A qué hora te irás? -Hemos quedado a las siete.
Hubo una larga pausa, en la que Allyson clavó sus ojazos castaños en los de
su madre.
En el aire flotaba algo que Page no logró adivinar, pero se desvaneció
enseguida.
Era un secreto, un pensamiento, una íntima sensación que su hija no quiso
compartir.
-¿Me prestas tu suéter negro, mamá? El de cachemira adornado con perlas? -Se
lo había regalado Brad en Navidad.
Era demasiado caluroso, demasiado elegante y caro para una chiquilla de
quince años.
A Page no le hizo ninguna gracia la petición-.
Me temo que no.
Estarás de acuerdo en que no es el atuendo más adecuado para ir a Luigi's y
al Festival.
-Bien, como quieras.
¿Y el rosa? Eso está mejor.
-¿Me lo dejas? -Sí, claro.
Cuando se separaron, Allyson hacia su habitación y ella al encuentro de su
marido, Page suspiró y movió la cabeza con una mueca pesarosa.
Algunas veces casi podían tocarse los obstáculos y barreras que se
interponían entre ambos.
Era como si Brad y ella tuvieran que correr cada día una maratón antes de
poder disfrutar de unos momentos de intimidad: "Llévame...
déjame...
recógeme...
dame...
Puedo...? ¿Te importaría...? ¿Dónde está mi...? ¿Cómo, cuándo, qué...?".
Al doblar la esquina del pasillo, le vio en el dormitorio.
Algunas veces aún se extasiaba ante él.
Brad Clarke era la perfecta definición del hombre guapo, alto, moreno.
Medía más de un metro ochenta, llevaba el pelo corto y tenía ojos castaño
oscuro y hombros atléticos.
Completaban sus encantos unas estrechas caderas, unas piernas largas y un
modo de sonreír que siempre había hipnotizado a Page.
Estaba inclinado sobre una maleta abierta en la cama, y cuando su mujer
cruzó el umbral enderezó la espalda con una sonrisa espaciosa, prolongada,
exclusiva para ella.
-¿Cómo ha ido el partido? -preguntó Brad.
Ya no asistía a las competiciones de Andy, pues estaba demasiado ocupado.
Con el apretado programa de los niños y su propia agenda, apenas les veía.
-¡Fenomenal! Y tu hijo ha sido el héroe de la tarde -afirmó Page, poniéndose
de puntillas para besarle.
-Eso dice él.
-La mano de Brad se deslizó, sinuosa por la espalda de su mujer y la atrajo
hacia sí-.
Te he echado de menos.
-Yo a ti también.
-Page se acurrucó unos instantes en el pecho de él, antes de atravesar la
estancia para dejarse caer en una cómoda butaca mientras Brad reanudaba su
quehacer.
Normalmente hacía el equipaje los domingos por la tarde y cuando no había
más remedio (o sea, con bastante frecuencia) partía en viaje de negocios
unas horas más tarde.
Pero a veces, si le sobraba algún rato perdido, preparaba la ropa el sábado
para tener más tiempo libre el domingo-.
¿Por qué no enciendes la barbacoa? Fuera hace un tiempo delicioso, y he
descongelado unos filetes.
Seremos nosotros dos y Andy.
Allyson ha quedado con Chloe.
-Me gustaría mucho -dijo Brad, y se acercó a su esposa con cara de
circunstancias-, pero no he podido reservar plaza para el vuelo de Cleveland
de mañana por la noche.
Tengo que viajar hoy, en el avión de las nueve.
Saldré de casa a eso de las siete.
-Page se demudó.
Había pasado toda la tarde ansiosa por verle, por gozar juntos de una velada
tranquila, sentados en el jardín a la luz de la luna-.
Lo siento de veras, querida.
-Yo aún más.
-Era obvio que la noticia había entristecido a Page -.
No he dejado de pensar en ti en todo el día.
Sonrió a su marido, que se liabía sentado en el brazo de un sillón.
Intentaba no perder el buen humor, y a estas alturas ya debería haberse
acostumbrado a las ausencias de Brad, pero todavía le dolían.
Cada vez le extrañaba más-.
Supongo que un domingo en Cleveland no es precisamente el sueño de tu vida.
Sentía lástima por él.
En la agencia de publicidad donde trabajaba le exigían demasiado.
Pero era la estrella, el hombre que echaba el lazo a los clientes
potenciales.
En la empresa era ya legendaria su capacidad de aglutinar clientes nuevos
como si fuesen corderitos y, más excepcional aún, de conservarlos.
-Como igualmente estoy atrapado, he pensado que podría jugar al golf con el
director de la compañía que tengo que visitar.
Le he llamado hace un rato y me ha citado en su club para mañana.
Por lo menos, anticipar el viaje no será una absoluta pérdida de tiempo.
-Brad besó en los labios a Page, quien notó un sensual hormigueo que
conmovía todo su ser-.
Preferiría quedarme contigo y con los chicos -susurró Brad al abrazarse ella
a su cuello.
-Me sobran los chicos -dijo Page con voz ronca.
Brad rió.
-Me seduce la idea...
Guárdala hasta el martes por la noche.
Estaré en casa a la hora de acostarnos.
-De acuerdo, el martes te lo recordaré -musitó ella plantándole otro beso,
en el instante en que Andy irrumpía como un ariete en la habitación.
-Allie ha dejado las patatas fuera de la bolsa y Lizzie se está dando un
atracón.
¡Va a llenar la cocina de vómitos! -Lizzie, su perro labrador, tenía un
apetito voraz y un estómago de delicadeza singular-.
¡Ven corriendo, mamá! Se pondrá malísima si dejas que las devore todas.
-Bien, vamos allá.
Page sonrió con resignación y Brad le dio una cariñosa palmada en el trasero
cuando se alejó hacia la cocina en pos de Andy.
Tal y como el niño había anunciado, cubría el suelo una alfombra de
erujientes pedacitos de patata.
En el momento en que ellos entraron, Lizzie se disponía a engullir las
últimas.
-¡Qué desastres haces, Lizzie! -la regañó Page mientras barría el
desaguisado y ansiaba, una vez más, que Brad no se fuera a Cleveland.
Le habría hecho verdadera ilusión pasar unas horas a su lado.
Parecía como si su vida perteneciera a todo el mundo salvo a ellos mismos, y
justamente hoy sentía una intensa necesidad de gozar de unos momentos de paz
junto a su marido.
Se volvió luego hacia Andrew sin hacer caso a Lizzie, empeñada en lamer los
restos de patatas que sujetaba en la mano-.
¿Te gustaría salir de juerga con tu anciana madre? Papá tiene que marcharse
a Cleveland, y he pensado que podríamos ir a tomar una pizza.
-También podían comerse la pizza en casa, o los filetes que había
descongelado para toda la familia, pero de pronto le horrorizaba quedarse
allí sin Brad.
Además, siempre lo pasarían mejor en la calle-.
¿Qué me dices? -¡Será estupendo! -exclamó el niño y, exultante, condujo a
Lizzie fuera de la cocina.
Page guardó la ensalada y la carne en la nevera y luego volvió al
dormitorio.
Eran las seis y media.
Su esposo había terminado de hacer el equipaje y estaba casi vestido para
salir hacia el aeropuerto.
Llevaba un conjunto de chaqueta cruzada azul marino y pantalones beige, y se
había dejado abierto el cuello de la camisa, también azul, lo que le daba un
aspecto juvenil y seductor.
Al mirarle, Page se sintió de repente vieja y cansada.
Brad vivía en el mundo, tomaba iniciativas, trataba a nuevos clientes,
cerraba negocios y departía con otros adultos.
Ella, en cambio, no hacía más que planchar camisas y perseguir niños.
Trató de expresarlo con palabras mientras se lavaba la cara y se peinaba.
Brad soltó una risotada al escucharla.
-Sí, claro, tú eres una inútil.
Sólo gobiernas la casa mejor que nadie, cuidas con devoción a nuestros hijos
y los del prójimo y, en los ratos libres, pintas murales para la escuela y
todos tus conocidos, aconsejas a mis clientes cómo deben decorar el despacho
o a las amistades cómo reformar sus hogares.
Y, en el ínterin, aún te ves con ánimos de pintar algún cuadro.
Me avergüenzo de tener una mujer tan abúlica, Page.
Brad estaba bromeando, pero lo que decía era verdad, y Page lo sabía.
Sin embargo, ella lo encontraba tan insignificante como si de veras no
desarrollase ninguna actividad.
Quizá se debía a que siempre que ejecutaba alguna obra era por encargo de un
amigo, o como favor.
Hacía años que no cobraba por su tarea artística, desde que había finalizado
sus estudios en la escuela de arte y trabajado como aprendiz en Broadway.
Estaban ya a años luz los tiempos en que había pintado decorados, diseñado
escenografías y, para una producción del off off Broadway, incluso le habían
consultado sobre el vestuario.
Ahora se limitaba a disfrazar a sus hijos en Halloween...
o al menos así era como ella lo vivía.
-Créeme -prosiguió Brad tras dejar la maleta en el pasillo y estrecharla de
nuevo en sus brazos-, me encantaría cambiarme por ti y no tener que pasar la
velada del sábado en el avión de Cleveland.
-Lamento haberme quejado -se disculpó Page.
Su vida era más relajada que la de su marido, de eso no había duda.
Si podía vivir tan acomodada era gracias a Brad.
Él trabajaba duro para mantenerles, y siempre salía triunfante.
Los padres de Page habían reunido un buen patrimonio, pero los de Brad no
tuvieron ni un centavo hasta el día de su muerte.
Todo cuanto había conseguido se lo ganó él a pulso, sudándolo.
Se había labrado un porvenir peldaño a peldaño, a fuerza de trabajo, de una
labor bien hecha.
Un día, probablemente, dirigiría la agencia donde estaba empleado.
Y si no era ésta, llevaría otra.
Era un profesional muy cotizado y admirado, y sus jefes se desvivían por
tenerle contento.
Esta noche, por ejemplo, viajaría en primera clase, y en Cleveland se
alojaría en el Tower City Plaza.
No podían correr el riesgo de que se hartara de ellos, o quemara sus naves,
o que recibiera una oferta más tentadora.
-Volveré el martes por la noche.
Te llamaré más tarde.
Fue hasta las habitaciones de los chicos y besó a Allyson, que parecía toda
una mujer con el suéter de cachemira rosa de su madre y un ligero
maquillaje.
El suéter en cuestión tenía cuello redondo y manga corta y completaban el
arreglo una falda blanca más bien corta y la rubia melena suelta sobre los
hombros.
El pelo le llegaba casi hasta la cintura, y caía en una insinuante cascada
que enmarcaba su rostro y flotaba como un halo en tomo a su figura.
-¡¡Caramba! ¿Quién será el afortunado galán? Era imposible no reparar en
ella o en su apariencia.
Su belleza era insuperable.
-El padre de Chloe -repuso Allyson con una sonrisa.
-Espero que no se haya aficionado a las jovencitas, porque de lo contrario
no te dejaré salir con él.
¡Estás irresistible, princesa mía! ¡ Vamos, papá! -La chica puso los ojos en
blanco, violentada pero también complacida porque su padre la veía guapa y
le prodigaba piropos.
Brad nunca le regateaba elogios, ni a su madre, ni a Andy-.
Ese hombre es un vejestorio.
-¡Bien! Muchas gracias por el cumplido.
Creo que Trygve Thorensen es dos años más joven que yo.
Brad tenía cuarenta y cuatro, aunque no los aparentaba.
-Ya me has entendido.
-Sí, por desgracia te entiendo muy bien.
En fin, mi niña, haz el favor de portarte bien con tu madre.
Nos veremos el martes.
-Adiós, papá, que te diviertas.
-¡Desde luego! Voy a hacer estragos en Cleveland.
¿Cómo quieres que lo pase bien sin vosotros tres? -¿Te vas ya, papá? -Era
Andy, que había asomado la cabeza por debajo de su brazo para arrimarse a
él.
Estaba muy apegado a su padre.
-Sí.
Y te dejo a ti al mando.
Por favor, ocúpate de mamá.
El martes por la noche me presentarás un informe y me dirás si las señoras
han obedecido tus órdenes.
Andy obsequió a Brad con una sonrisa desdentada.
Era feliz cuando su padre delegaba poderes en él.
Le hacía sentirse importante.
-Esta noche llevaré a mamá a cenar una pizza -proclamó solemnemente.
-Vigila que coma con prudencia, no vaya a empacharse.
-Con tono de complicidad, Brad añadió a su joven lugarteniente-: Ya sabes,
como Lizzie.
¡ Oh, no! Andy hizo una mueca de asco y todos rieron.
El niño siguió a sus padres hasta la puerta de la calle.
Brad fue al garaje en busca del coche, lo detuvo frente a la casa, metió con
cuidado el equipaje en el maletero y abrazó a su mujer y su hijo.
-Os echaré de menos.
Sed buenos -dijo, sentado de nuevo al volante.
-Lo seremos -prometió Page sonriente.
Por mucho que lo intentaba, no lograba habituarse a las despedidas.
Era más fácil cuando se iba el domingo por la noche.
Aquello formaba parte de la rutina.
Pero hoy se sentía estafada.
Había contado los minutos que faltaban para verse con él, y ahora la
abandonaba.
Además, pese a la asiduidad de sus viajes, no podía dejar de pensar en los
peligros.
¿Qué pasaría si algún día sufría un percance? ¡Y si...? Nunca podría
sobreponerse a su pérdida.
-Cuídate -balbuceó, inclinada sobre la ventanilla del asiento delantero para
darle un último beso.
Debería haberle acompañado al aeropuerto, pero Brad quería disponer de un
coche a su vuelta y el martes Page tendría una tarde demasiado complicada
para pasar a recogerle, así que era mejor esta solución-.
Te quiero.
-Y yo a ti -repuso él, ladeando el cuello para decir adiós a Andy, que
estaba detrás de su madre.
Page retrocedió unos pasos, el coche arrancó y Andrew y ella agitaron la
mano hasta que hubo desaparecido.
Eran exactamente las siete menos cinco.
Entraron en casa, los dos cogidos de la mano, y Page volvió a sentirse sola,
aunque esta vez se rebeló.
Era una estupidez.
Una mujer hecha y derecha no tenía que depender tanto de su esposo.
Además, volvería al cabo de tres días.
Cualquiera diría, a juzgar por su decaimiento, que Brad iba a pasar un mes
ausente.
Allyson ya estaba arreglada y tan radiante como cabía esperar.
Había embellecido sus pestañas con una ligera pincelada de rímel, y sus
labios con un brillo rosa pálido que apenas se notaba.
Era la imagen de la frescura, la exuberancia y la juventud.
Sí, era la juventud en su momento más exquisito.
Tenía la misma edad de las modelos que aparecían en la portada de Vogue, y
en ciertas facetas, o Page así lo veía, las superaba a todas.
-Pásalo muy bien, cielo.
Quiero que estés en casa a las once.
Era el toque de queda usual, y Page lo defendía con firmeza.
¡Mamá! -Sabes muy bien que las once es una hora absolutamente razonable.
Acababa de cumplir quince años, y a Page no le gustaba que anduviese por las
calles más tarde.
-¿Y si la película aún no ha terminado? -Te concedo una prórroga hasta las
once y media.
Después de esa hora, olvídate de la película.
¡ Mil gracias ! -De nada.
¿Te acercamos en coche a casa de Chloe? -No hace falta, iré andando.
Hasta luego.
Se marchó sin más, mientras Page iba al dormitorio para recoger el suéter y
el bolso.
Sonó el teléfono.
Era su madre, que la llamaba desde Nueva York.
Le explicó que la había pillado a punto de salir a cenar con Andy, y que
ella le telefonearía al día siguiente.
Cuando Page y Andy se instalaron en el coche, provistos de sus respectivos
enseres, Allyson seguramente ya estaba con Chloe.
-Y bien, caballerete, ¿adónde vamos, al Domino o al Shakey? -Al Domino.
La vez anterior estuvimos en Shakey.
-Me parece bien.
Page encendió la radio del coche y dejó que Andrew escogiera la música.
El niño seleccionó la emisora de rock que sabía que escuchaba Allyson.
Para ser un chaval de siete años tenía gustos musicales muy extravagantes,
influenciado, cómo no, por su hermana mayor.
Llegaron al restaurante en cinco minutos.
Page se sentía ya más animada.
Su crisis de melancolía había cedido, y pasó una velada muy agradable con su
hijo.
Siempre estaban bien juntos.
Andy le habló de sus amigos, de lo que hacían en la escuela, y le comentó
que cuando fuera mayor había decidido hacerse maestro.
Al preguntarle Page el motivo, contestó que porque le gustaba rodearse de
críos pequeños y tener unas largas vacaciones en verano.
-O quizá sea una figura del béisbol, de los Giants o los n Mets.
-Será un brillante futuro -bromeó Page.
Era un niño ingenuo, simpático, con el que daba gusto charlar.
¿Mamá? -Dime.
-¿Tú eres artista? -Más o menos.
Lo fui en su día, pero hace mucho tiempo que no ejerzo seriamente.
-Me encanta el mural que pintaste en la escuela -afirmó Andy tras unos
segundos de reflexión.
-Me alegro.
A mí también me gusta, y es un trabajo del que guardo un buen recuerdo.
Es probable que haga otro.
El niño quedó satisfecho.
Tras terminar las pizzas, él se encargó de pagar la cuenta, aunque se dejó
asesorar para la propina.
Luego rodeó con el brazo el talle de su madre y se encaminaron juntos hacia
la camioneta, aparcada enfrente del local.
Diez minutos más tarde estaban en casa.
Andrew se bañó y luego se tumbó en la cama de Page para ver la televisión.
Al poco rato empezó a adormecerse y ella le dejó, besándole y arrullándole
con ternura.
Tenía unos siete años muy desarrollados, pero todavía era su bebé, y siempre
lo sería.
A su manera, incluso All_son conservaba una faceta infantil.
Tal vez era algo consustancial a los hijos, sea cual fuere su edad.
Page sonrió al pensar en ella, en su suéter prestado de cachemira, en lo
preciosa que estaría en la cena con los Thorensen.
Pensó también en Brad.
Al comprobar el contestador automático, descubrió que su marido le había
dejado un mensaje.
Sabía que no estaban en casa, pero llamó desde el aeropuerto para decirle
que la amaba.
Acto seguido, Page vio una película en la televisión.
Estaba cansada y se le cerraban los ojos, pero quería esperar levantada a
Allie.
Aún no había llegado a esa fase en la que uno da por cierto que el hijo
volverá.
Necesitaba una seguridad total, así que se sentó en el lecho y aguardó.
A las once dieron el noticiario.
Aquel día no había sucedido nada extraordinario, y Page constató aliviada
que no se habían registrado catástrofes en ningún punto del país.
Siempre que Brad viajaba, se ponía en tensión temiendo que le ocurriera
algo.
No era el caso.
El locutor informó de los cotidianos tiroteos de Oakland, guerras de bandas
rivales, insultos entre políticos y un incidente menor en una planta
purificadora de aguas.
Aparte de estas generalidades, en el puente de Golden Gate se había
producido un accidente que obligó a cortar el tráfico, pero no era un
problema que pudiera afectar a Page.
Brad estaba en el aire, Allyson cenaba con los Thorensen, y Andy dormía a
pierna suelta junto a ella.
Gracias a Dios, tenía a sus polluelos bien localizados.
Era reconfortante.
Consultó el reloj en espera de Allyson, que debía aparecer a las once y
media.
Eran las once y veinte y Page, que conocía a su hija, sabía que cruzaría el
umbral a y veintinueve, resoplando, con la mirada expectante, la melena
desaliñada...
y probablemente con una terrible mancha de salsa de espagueti en su suéter
rosa de cachemira.
Sonrió al visualizar la escena, y se arrellanó en la cama para escuchar el
parte meteorológico.

CAPITULO II


Allyson apretó el paso mientras avanzaba por la acera; llevaba ya cinco
minutos de retraso sobre la hora convenida.
La casa de Chloe estaba tan sólo a tres manzanas de la suya, pero hoy ni
siquiera tendría que ir hasta allí.
Las dos jóvenes se habían citado en la esquina de Shady Lane y Lagunitas, a
medio camino de sus respectivos hogares, aunque un poco más cerca del de su
amiga.
Chloe aguardaba ya cuando llegó Allie, jadeante y un poco congestionada con
su invernal suéter de cachemira.
, -¡Qué maravilla! -alabó la prenda la chica Thorensen-.
¡Es de tu madre? Ella no tenía ya el rico filón del armario materno donde
ampliar su vestuario, y el jersey negro que llevaba lo había pedido prestado
a la hermana mayor de una compañera de clase ! (más concretamente, su amiga
se lo había robado a la hermana, y advirtió a Chloe que las mataría a las
dos si no se lo devolvía el domingo por la mañana).
Era un suéter de cuello cisne, y lo había combinado con una minifalda de
cuero negro perteneciente a otra amiga y con unas medias negras que su madre
había dejado olvidadas en un cajón cuando se fue a Inglaterra.
! -Estás alucinante -dijo Allyson, impresionada por el sofisticado atuendo.
Pensó con preocupación que, al lado de Chloe, ella parecía unA cándida
heroína de cómic.
De todos modos, sus estilos eran distintos.
El jersey y la falda negros realzaban el reluciente cabello azabache de
Chloe, en vivo contraste con su tez sonrosada.
Era una chica muy bonita y allí, erguida junto a Allyson, tenía el porte
indiscutible de una bailarina.
Había estudiado danza once años, y se le notaba en cualquier movimiento.
El próximo otoño esperaba ingresar en la escuela ofi cial de baile de San
Francisco, donde acababan de aceptarla tras una serie de agotadoras
audiciones.
Al mirarla, Allie empezó a impacientarse, no tanto por su belleza como
porque Chloe consultaba su reloj una vez y otra, escudriñando la calle con
nerviosismo.
-¡Basta, por favor! Me estás sacando de quicio.
Quizá hicimos mal en aceptar -dijo Allyson, al borde del llanto y con un
súbito remordimiento.
-¿Cómo puedes decir esa insensatez? -se horrorizó Chloe-.
¡Son los dos chicos más guapos del colegio! Y Phillip Chapman tiene un pie
en la universidad.
Phillip, estudiante aventajado, sería la pareja de Allyson, y Jamie
Applegate era el chico con quien Chloe había soñado desde el primer año de
colegio.
Ahora estaba en tercer curso de instituto, y ambos muchachos pertenecían al
equipo de natación.
Jamie fue el instigador de la cita, y Chloe quien la organizó.
Había recurrido inmediatamente a Allyson, y ella le dijo que su madre nunca
le daría permiso para salir con un preuniversitario.
De momento sólo había hecho algunos tímidos pinitos, generalmente para ir al
cine con chicos que conocía de toda la vida o en grupos más numerosos, y aun
así sus padres siempre la acompañaban e iban a buscar.
Ninguno de sus compañeros de segundo de instituto se había sacado todavía
carnet de conducir, y en estas cuestiones el transporte era fundamental.
Naturalmente había asistido a fiestas, y antes de Navidad había tenido una
pareja fija durante varias semanas, pero para Nochevieja ya estaban los dos
más que hartos.
Nunca había acudido a una cita auténtica con un hombre de verdad que la
recogiera en un coche de adulto y la llevara a cenar por todo lo alto.
Nunca, hasta hoy.
Aquella noche era muy real, quizá demasiado.
Tras deliberar largamente con Allyson y sus otras amigas, Chloe decidió que
su padre no la dejaría salir con Jamie Applegate, y menos aún en un
automóvil conducido por él.
Sabía cuál sería el principal argumento de Thorensen: que apenas le conocía.
Tal vez si Jamie les frecuentaba, si cenaba en su casa un par de veces o les
hacía algunas visitas informales, nnpapá Trygve" cambiaría de actitud.
Pero sería demasiado tarde y Chloe no podría aprovechar aquella oportunidad
única en la vida, que debía cazarse al vuelo, pues no habría una segunda
ocasión.
Carpe diem, hoy es tu día, dice un antiguo refrán.
Y actuó en consecuencia.
Convenció a Allyson de que no había más remedio que engañar a sus padres.
Sería sólo por esta vez.
Una inocente mentira no perjudicaba a nadie, y si después del primer
encuentro continuaban gustándoles los chicos, si querían volver a salir con
ellos, plantearían el asunto en casa con toda claridad.
Lo de hoy no era más que una prueba.
Al principio Allie albergaba ciertos reparos, pero Phillip Chapman era tan
fantástico, tan apabullante en su físico y su veteranía, que ella no pudo
resistirse.
Chloe tenía razón.
Tras interminables conversaciones telefónicas y parlamentos secretos en la
escuela, aceptaron la proposición y acordaron encontrarse en la esquina de
Lagunitas.
-¿Así que no te dejan salir con tíos? -se burló Jamie cuando Chloe le indicó
el lugar donde les esperarían.
-¡Claro que sí! Pero no quiero que mis hermanos mayores te importunen en
caso de que no les caigas bien -improvisó una excusa.
Jamie anotó la dirección y prometió avisar a Phillip Chapman, que tenía
coche y podía llevarles a cenar a Luigi's.
-¿Pagaremos a escote? -preguntó Chloe un poco aturullada.
Aquello suponía un nuevo problema.
Había gastado toda su asignación en comprarse unos zapatos de precio
astronómico.
Además, aun estando en bancarrota había prestado cinco dólares a Penny
Morris.
Pero Jamie se rió de su pregunta.
Era un pelirrojo de cabello abundante y ancha sonrisa, y Chloe estaba
fascinada por él.
-No seas idiota.
Invitamos nosotros.
Ese era el quid.
Tenían una verdadera cita con dos estudiantes veteranos y atractivos.
Era tan emocionante que pasaron toda la semana cuchicheando como dos bobas.
Esperaban con ansiedad su gran noche.
Ahora, al fin, había llegádo.
Pero los chicos no aparecían, y Allyson empezó a preguntarse si no sería una
broma pesada y les habían dado plantón.
-Puede que no vengan -aventuró, entre molesta y aliviada-.
Quizá nos han tomado el pelo.
¿Por qué querría salir conmigo un tío como Phillip Chapman? Tiene diecisiete
años, casi dieciocho, dejará el instituto dentro de dos meses y es el
capitán del equipo de natación.
-Eso es una memez -replicó Chloe con vehemencia, aunque también sospechaba
que los chicos habían jugado con ellas y no se presentarían-.
Eres una monada, Allie.
Phillip tiene mucha suerte de que hayas accedido a ser su pareja.
-Puede que él no comparta tu opinión.
Sin embargo, no había concluido la frase cuando un viejo Mercedes dobló la
esquina y se detuvo limpiamente delante de las dos jóvenes.
Phillip iba al volante y Jamie en el asiento trasero.
Vestían americanas informales y pantalones holgados, ambos llevaban corbata.
A Allyson y Chloe les parecieron la suprema gallardía.
Phillip las miró en silencio y dedicó una sonrisa a Allyson.
-Hola.
Perdonad el retraso.
Hemos tenido que repostar y no encontraba ninguna gasolinera donde hubiera
gasoil.
-Jamie había abierto la portezuela del asiento posterior para que entrase
Chloe, y quedó deslumbrado por su reluciente melena, sus grandes ojos azules
y la escueta falda de cuero.
Piropeó sin rodeos a la chica.
Allie montó también en el automóvil y Phillip saludó a Chloe.
Formaban un grupo muy atractivo y, tan atildados, todos aparentaban haber
cumplido los dieciocho años-.
Abrochaos los cinturones -ordenó Phillip al arrancar rumbo a Luigi's, con
una voz de adulto que a todos les hizo sentir importantes.
Miró a Allyson, sentada a su lado, y le habló con tono meloso, mientras sus
dos amigos cotorreaban en la parte de atrás como si cenaran juntos todos los
sábados desde tiempo inmemorial y no hubieran pasado ni un instante de
azoramiento.
-Estás guapísima -dijo Chapman-.
Me alegro mucho de que hayas podido escaparte.
-Yo también.
-Allyson se sonrojó y esbozó una risita, deseando no estar tan nerviosa.
-¿Qué es lo que fastidia tanto a tus padres, nosotros o el coche? -preguntó
Phillip.
Por un momento, Allyson estuvo tentada de fingir que no había ningún
problema, pero enseguida se decantó por la franqueza.
Decidió que lo mejor era ser natural con él, pues parecía una persona de
fiar, y además le gustaba.
Se encogió de hombros, sonrió tímidamente y contestó: -Probablemente ambos.
No se lo he preguntado.
Nunca quieren que salga con extraños, y menos aún si van motorizados.
Es una regla tácita, pero se salen de sus casillas siempre que intento
abordar el tema.
-No les falta razón.
Pero yo soy un conductor prudente.
Mi padre me enseñó a conducir a los nueve años.
-Phillip lanzó una fugaz mirada a su acompañante, con una sonrisa dibujada
en el rostro-.
Un día de éstos podría pasar a buscarte por casa, y así me los presentas.
Tal vez me los ganaría.
"O tal vez no", pensó Allie.
Todo dependería de cómo se tomasen sus padres que saliera con un chico que
le llevaba casi tres años.
Claro que también podía caerles bien.
Era imposible predecir su reacción.
Desde luego, Phillip Chapman era educado, abierto y afable.
No tenía aspecto de gamberro.
-Me encantará que lo hagas -dijo dulcemente, sorprendida de su ánimo de
allanarle el terreno y aclarar la situación con su familia.
-Y a mí me encantará hacerlo.
El resto del trayecto charlaron animadamente, y Chloe, en el asiento de
atrás, rió sin parar.
Jamie le contó algunos chismorreos maliciosos del equipo de natación,
embustes en su mayoría según Phillip, que era mucho más serio pero también
una excelente compañía.
Para cuando llegaron a Luigi's y eligieron el menú, Allyson estaba
convencida de que el muchacho le interesaba.
Le sorprendió que pidiera vino para Jamie y para él, con la promesa de
compartirlo entre los cuatro.
Llevaban tarjetas de identidad falsas, pero el camarero ni siquiera las
pidió, limitándose a serviles dos copas de tinto de la casa y a ponerse
simbólicamente de espaldas en el momento en que las chicas lo probaron.
El hombre tampoco pestañeó cuando, a media cena, Phillip ordenó una
segunda ronda.
No obstante, Allyson advirtió que después del postre Phillip se tomaba una
taza de café solo y muy concentrado.
¿Eres un bebedor asiduo? -preguntó la joven con ingenuidad.
Sus padres sólo le permitían beber unos sorbos de champán en Navidad.
Había probado la cerveza en un par de ocasiones, pero su sabor le repugnaba.
Y, en cuanto al vino, aunque resultó excitante tomarlo esa noche, tampoco le
supo demasiado bien.
-No, en absoluto -respondió Phillip-.
Pero me apetece tomar una copa cuando lo paso bien.
La bebo en casa, con mis padres, y no les importa que lo haga también en las
fiestas familiares.
Pero sí les habría importado, y mucho, que se lo procurara valiéndose de un
carnet falso, para otro menor y con la intención de conducir después de
beberlo.
Y Phillip lo sabía.
Pero la presencia de aquellas chicas tan monas le envalentonaba.
-¿No te afecta el alcohol para la conducción? -insistió Allie con inquietud.
-No -negó él-.
Nunca me he achispado.
No me atrevería a tomar más de dos copas, y además he bebido un café bien
cargado.
-Me he dado cuenta.
Y celebro que lo hayas hecho.
Allie quería ser franca con él.
Tenía un porte imponente y una madurez superior a su edad, pero a ella le
resultaba fácil hablarle abiertamente, y a Phillip parecía gustarle.
¿Estabas preocupada? -Un poco.
-Pues olvida tus temores.
Phillip sonrió y extendió la mano sobre la de ella, posada en la mesa.
Se miraron a los ojos, pero enseguida apartaron la vista.
Para Allyson todo aquello era abrumador.
Observaron a Jamie y Chloe, que parloteaban sobre el ingreso de ésta a la
escuela de danza de San Francisco.
Jamie le decía cuánto le había entusiasmado su baile con una representación
escolar a la que asistió con su hermana.
-¡Gracias! -exclamó Chloe, exultante.
Estaba loca por Jamie y su aprobación significaba mucho para ella-.
cAsí que te ustó el número? -El número no -puntualizó él-.
Fue aburridísimo.
Pero a ti te encontré fenomenal, y mi hermana también.
-Solía bailar con ella antes de que lo dejara.
-Lo sé.
Ella era una calamidad, pero siempre ha dicho que tú tienes estilo.
-Quizá sí.
Una misma no puede juzgarse.
Unas veces me pesa el trabajo, y otras me entrego con pasión.
-A los nadadores nos pasa lo mismo -comentó Phillip, antes de proponer que
fuesen al centro a tomar un cappuccino -.
Podríamos aparcar en Union Street, dar una vuelta y meternos en alguna
cafetería.
¿Qué os parece? -Es una buena idea -repuso Jamie.
-Una idea buenísima -terció Chloe.
Por un instante, Allyson sintió una oleada de resquemor.
En casa no sabían una palabra.
Pero, a fin de cuentas, no harían daño a nadie.
En Union Street no pasaba nada extraño, y un café no era exactamente un
alucinógeno.
-Estoy de acuerdo, a condición de que me dejéis en casa antes de las once y
media -dino, e mtento despreocuparse.
-Entonces, vamos allá.
Phillip dejó una propina sustanciosa y volvieron al automóvil, estacionado
delante de Luigi's.
Chapman explicó al grupo que aquél era el coche de su madre.
Por lo general le hacían conducir un destartalado utilitario, pero tenía un
aspecto tan innoble que había requisado el Mercedes, otro vejestorio de
quince años, aprovechando que sus padres habían ido a pasar el fin de semana
a Pebble Beach.
Atravesaron el puente Golden Gate, pagaron el peaje y se dirigieron al este
por Lombard Street, y al sur por Filmore, en dirección de Union.
Tras un buen rato de búsqueda encontraron un aparcamiento y pudieron pasear
al fin entre tiendas y restaurantes.
Era un sábado muy concurrido, hacía una noche espléndida y era un placer
estar allí.
Allyson se sintió toda una mujer paseando por las calles con el brazo de
Phillip alrededor de su hombro.
Era alto, subyugador, y le contó todos sus proyectos estu diantiles.
Acababan de aceptarle en la UCLA y esperaba con gran ilusión el mes de
septiembre.
Al principio se había empeñado en ir a Yale, pero sus padres le disuadieron
de estudiar en el otro extremo del país.
Eran ya mayores, y él su único hijo, así que preferían tenerle un poco más
cerca.
Phillip dijo que la U C LA era una buena universidad y sugirió a Allyson que
fuese a visitarle en el otoño, después de instalarse.
A ella, la idea la encandiló.
Sin embargo, no imaginaba cómo iba a explicarlo en casa.
Se rió al pensarlo, y Chapman lo entendió.
-Para ser la primera noche, temo que me estoy precipitando.
¿Te apetece un café? Phillip se mostró comprensivo en muchas otras
cuestiones y, sentados en la terraza de un café, saboreando sus cappuccinos,
Allie supo que había empezado a calar hondo en sus sentimientos.
En cierto momento se inclinó sobre la mesa para susurrarle algo, y sus
labios casi se tocaron.
La presencia de Chloe y Jamie apenas se notaba, enfrascados como estaban en
su propia conversación.
En la cafetería no tomaron bebidas alcohólicas, y emprendieron el regreso a
las once menos cinco.
Caminaron lentamente hacia el coche, porque sabían que a esa hora ya tardía
no tendrían problemas en llegar antes de que sonara el toque de queda de
Allyson.
-Lo he pasado muy bien -le dijo tiernamente a Phillip mientras se ajustaba
el cinturón.
-También yo.
él sonrió, pero parecía tan mayor que Allie barruntó si la citaría para otro
día o sólo trataba de ser amable.
Era difícil adivinarlo, y lamentó no conocerle mejor.
El Mercedes recorrió despacio y con suavidad Lombard Street, camino del
Golden Gate.
Hacía una noche mágica.
Parecía que todas las estrellas del cielo destellaban al mismo tiempo.
La luna reverberaba en las aguas, y las luces de la bahía brillaban de un
modo especial.
La brisa era tibia y acariciadora como nunca lo es en San Francisco, y la
niebla nocturna se había evaporado.
Se desplegaba ante ellos el panorama más romántico que Allyson había visto
jamás, o al menos que recordase.
-¡Es maravilloso! -susurró al enfilar el puente.
En el asiento trasero se oyeron risas.
-¿Os habéis abrochado los cinturones? -preguntó Phillip, serio una vez más,
pero Jamie le mandó a paseo.
-Ocúpate de tus asuntos, Phillip Chapman.
-Si no os los ponéis, en cuanto hayamos pasado el puente pienso pararme en
el arcén.
Por favor, hacedme caso.
No se oyó el chasquido de ningún cierre metálico.
De hecho, lo que se produjo fue un significativo silencio, y Allyson no
quiso girar la cabeza para mirarles.
Con una sonrisa tensa, miró a Phillip.
-¿Qué harás mañana por la noche, Allyson? -preguntó entonces.
-No lo sé...
Verás, es que los domingos no me dan permiso para salir.
Quería ser completamente sincera con Phillip.
No era una estudiante de preuniversitario, sino una adolescente de quince
años que vivía conforme a ciertas normas, le gustasen o no.
Había disfrutado cada segundo de aquella noche, pero le incomodaba tener que
escabullirse de casa y hacer algo prohibido.
Le encantaba la perspectiva de que él conociera a su familia, pero no
volvería a mentir para poder verle, al margen de las decisiones que tomara
Chloe respecto a su Jamie.
A Phillip no pareció contrariarle mucho la negativa.
Sabía la edad de Allie, pero ella demostraba una madurez inusual y además
era un auténtico bombón.
Había disfrutado de su compañía, y estaba dispuesto a someterse a ciertas
reglas para consolidar su amistad.
-Mañana por la tarde tengo entrenamiento.
A lo mejor podría pasar luego por tu casa, si no te importa, y quedarme un
rato, saludar a tus padres...
¿te parece bien? -¡Magnífico! -exclamó ella con entusiasmo-.
¿De verdad no te molesta? -Phillip meneó la cabeza y le dedicó una mirada
que la derritió por dentro-.
He pensado que tal vez...
Bueno, para ti todo esto debe de ser más fastidioso que un dolor de muelas.
-Sabía a qué me exponía cuando te pedí que saliéramos.
Me extrañó que tus padres no exigieran conocerme, y enton ces supuse que les
habías engañado.
Pero no podemos vivir así siempre.
-No -convino Allyson, tranquilizada por su actitud-, no podemos.
Yo, al menos, soy incapaz.
Si se enterasen de esta aventura me matarían.
-Y mi madre me asesinará cuando averigüe que le he robado el coche, si es
que llega a saberlo.
Phillip Chapman hizo una mueca de picardía que dio a su rostro una expresión
aniñada.
Ambos rieron.
Habían hecho una golfería y lo sabían, pero en el fondo eran buenos chicos.
No pretendían perjudicar a nadie, fue todo un juego presidido por el buen
humor y sus ganas de vivir.
Habían atravesado ya más de medio puente.
Jamie y Chloe se arrullaban en el asiento de atrás, con murmullos salpicados
por lapsos de silencio.
Phillip acercó a Allyson hacia sí tanto como se lo permitía el estrecho
cinturón.
Ella se lo había aflojado, e incluso hizo ademán de soltarlo, pero él no lo
consintió.
Apartó los ojos de la carretera una fracción de segundo, dirigió a la
muchacha una mirada fija, penetrante, y entonces, al centrar de nuevo su
atención en la calzada, lo vio.
Demasiado tarde.
No divisó sino un fuerte resplandor, un relámpago de luz que se precipitaba
sobre ellos y estallaba casi en sus rostros.
Allyson estaba mirando a Phillip cuando se produjo el choque, y los de atrás
ni siquiera vieron nada.
Al zigzag luminoso le sucedió un retumbo de trueno, un estrépito de metal y
una explosión de cristales que se expandió por todas partes.
Fue el fin del mundo en un instante, aquel en que ambos coches chocaron, se
incrustaron uno en otro y empezaron a girar vertiginosamente como dos toros
enloquecidos mientras alrededor otros vehículos viraban con brusquedad para
esquivarles, sonaban cláxones, chirriaban frenos, estallaba un último fragor
y, de repente, volvía la calma.
Ambos coches quedaron convertidos en un amasijo de cristales rotos y hierros
retorcidos.
Se oyó un grito en la noche, más cláxones en la distancia, y por fin el eco
chillón y quejumbroso de una sirena.
Remisos al principio y luego cada vez más impulsivos, los ocupantes de los
otros coches se apearon y echaron a correr hacia aquellas informes
carrocerías que habían quedado empotradas, unidas en la muerte, congeladas
en un rictus de terror como una compacta bola de acero, una masa letal.
La gente acudió mientras el ruidoso lamento de las sirenas se aproximaba.
Era impensable que alguien hubiese sobrevivido.

CAPITULO III


Dos hombres fueron los primeros en acercarse a los restos del vetusto
Mercedes.
Era evidente que el Lincoln negro lo había embestido frontalmente.
El motor estaba hecho trizas y ambos coches parecían haberse fundido en uno.
Excepto por el color, era casi imposible distinguirlos.
Una mujer caminaba anonadadamente a escasos metros del siniestro, murmurando
consigo misma y sollozando, pero al parecer ilesa, y algunos testigos fueron
a atenderla mientras aquellos dos hombres examinaban el Mercedes plateado.
Uno de ellos blandía una linterna y vestía toscamente; el otro, un joven con
pantalones vaqueros, se había presentado como médico.
-¿Ve usted algo? -preguntó el de la linterna, y sintió un escalofrío al
mirar dentro del Mercedes.
Había visto muchos horrores en su vida, pero ninguno comparable a éste.
mismo había estado a punto de chocar contra otro coche al hacerse
bruscamente a un lado.
El tráfico se había detenido en todos los carriles y nadie circulaba por el
puente.
De momento, y pese al potente foco de luz, en el interior del vehículo no
había más que confusión.
Estaba todo tan triturado y comprimido que no podía distinguirse si había
alguien dentro.
De pronto le vieron.
Tenía la cara cubierta de sangre, el cuerpo embutido en un espacio
reducidísimo, el cráneo empotrado contra la portezuela y la nuca torcida en
un horrible ángulo.
Obviamente había muerto, aunque el médico le buscó el pulso para
cerciorarse.
-El conductor ha fallecido -dijo con serena profesionalidad.
El de la linterna enfocó la parte trasera y el haz tropezó con los ojos de
un joven.
Estaba consciente y alerta, aunque se limitó a mirar la linterna sin
despegar los labios.
-¿Estás bien, muchacho? Jamie Applegate asintió con la cabeza.
Tenía un corte en la ceja y se había golpeado la frente contra algo,
probablemente contra la cabeza de Phillip.
Se le veía un poco aturdido, pero por lo demás parecía indemne, lo cual
resultaba milagroso.
El hombre de la linterna intentó abrir la portezuela, pero estaba todo tan
desencajado que no lo consiguió.
-La policía llegará en unos minutos, hijo -dijo pausadamente.
Jamie volvió a asentir.
No podía articular palabra y era obvio que estaba desorientado.
Se quedó mirando, inexpresivo, a los dos voluntarios, y el de la linterna
consideró que como mínimo sufría una conmoción.
El médico había retrocedido para observar a Jamie a través de la ventanilla
y darle ánimos, cuando oyeron un profundo gemido en el mismo asiento, cerca
de él, seguido de un grito agudo que degeneró en aullido.
Era Chloe.
Jamie giró el cuello y la miró, sin comprender cómo había ido a parar allí.
El doctor rodeó el coche a toda prisa y el de la linterna enfocó a la chica
desde donde estaba en el otro lado.
Entonces pudieron comprobar su situación.
Había quedado atenazada entre los asientos frontal y trasero, pues aquél
había sido lanzado hacia atrás con la fuerza y la masa del Lincoln, que
había estrujado el respaldo contra su regazo.
Sus piernas no eran visibles desde fuera.
Prorrumpió en un llanto histérico, inconsolable pese a las palabras
tranquilizadoras de los dos hombres, balbuceando que no podía moverse y
quejándose de terribles dolores.
Jamie continuó vuelto hacia ella y con la mirada perdida, masculló unas
palabras ininteligibles a Phillip.
-Aguantad un poco -aconsejó el de la linterna-.
La ayuda no puede tardar.
Todos oían la proximidad de las aullantes sirenas, pero los sollozos de
Chloe eran aún más audibles.
-Estoy inmovilizada...
No puedo respirar...
-Jadeaba sin resuello, asfixiándose a causa del pánico.
El joven médico se centró en ella y le habló con sosiego: -Estás
perfectamente, no te pasa nada.
Te sacaremos de aquí en un minuto, pero ahora debes respirar despacio,
tranquila.
Vamos, toma mi mano.
Estiró el brazo y cogió la mano de la chica.
Vio que la tenía manchada de sangre allí donde había tocado las piernas,
pero la linterna no pudo revelarle la magnitud de las heridas.
Lo único alentador era que estaba consciente y hablaba.
Por muy dañadas que tuviera las piernas, seguía viva, y no había razón para
pensar en un desenlace fatal.
El hombre de la linterna les privó de ella unos instantes: Acababa de
vislumbrar a una muchacha inconsciente en la parte delantera.
Al principio era poco menos que invisible, ya que se hallaba hundida en su
asiento y medio sepultada bajo un amasijo de metal.
Pero, al examinar a Chloe, de repente habían percibido su cara y una rubia
melena.
El doctor permaneció junto a Chloe, hablándole y prestándole consuelo,
mientras su espontáneo ayudante trataba de abrir la portezuela para liberar
a la joven que yacía aprisionada bajo el salpicadero.
Fue inútil.
La puerta estaba abollada, atascada sin remedio, y la chica del asiento
frontal no hizo tampoco el menor movimiento cuando él coló la mano por la
ventanilla e intentó tocarla.
El médico, tras echarle un somero vistazo, expresó su temor de que hubiera
muerto como el conductor.
No obstante, dejó al otro hombre al cuidado de Chloe y fue a comprobarlo.
Se sorprendió al detectar un asomo de pulso en el cuello, tan débil y
discontinuo como la exangüe respiración.
Tenía la cabeza y el rostro empapados de sangre, el cabello totalmente
apelmazado, su suéter había adquirido tonos púrpuras, presentaba numerosos
cortes y magulladuras en la piel y resultaba patente que en la colisión
había sufrido una grave herida craneal.
Su vida, ahora tan frágil, pendía de un delgado hilo, y el facultativo creyó
poco probable que durase mucho tiempo.
No podía hacer nada por ella y, en el peor de los casos, no disponía de
medios para realizar una reanimación cardiopulmonar.
Estaba en una postura muy forzada y obviamente había experimentado lesiones
terribles, quizás irreparables.
No tenía otra opción que observarla desde el exterior con una sensación de
impotencia.
Así las cosas, el médico concluyó que los dos jóvenes del asiento delantero
eran casos perdidos.
La pareja de atrás, en cambio, había sido muy afortunada.
-¡Dios! Tardan una eternidad -se quejó entre dientes el hombre de la
linterna, contemplando el dantesco espectáculo.
El foco de luz iluminaba claramente la carnicería.
Las dos chicas parecían sangrar profusamente.
-Siempre da esa sensación -dijo el doctor con aplomo.
Diez años atrás había conducido una ambulancia en Nueva York durante su
época de residente, y había visto muchas miserias humanas en las carreteras,
las calles y los guetos.
También había asistido a partos en callejones pestilentes, pero sobre todo
presenciado escenas como aquélla, donde por lo general no había
supervivientes-.
Estarán aquí enseguida.
El otro hombre sudaba profusamente, afectado por los chillidos de Chloe.
Además, no se atrevía a mirar la desfigurada cara de Allyson.
Ni siquiera estaba seguro de que perdurase algún rasgo.
Finalmente llegaron los auxilios: dos coches de bomberos, una ambulancia y
tres coches de la policía.
Varias personas habían llamado para informar del terrible accidente, otras
se habían acercado a los dos vehículos y averiguado que en el más pequeño
viajaban cuatro pasajeros, y que dos de ellos estaban gravemente heridos.
La conductora del Lincoln resultó milagrosamente incólume, a excepción de
cuatro arañazos y moretones, y lloraba histéricamente a un lado de la
calzada, consolada por un desconocido.
Tres bomberos y dos agentes corrieron hacia el Mercedes, junto con la pareja
de enfermeros.
Los demás policías se ocuparon de organizar el tráfico, que comenzó a rodar
a marcha lenta, por un solo carril, sorteando los dos vehículos
siniestrados.
La presencia de los coches policiales había aumentado todavía más el caos y
el atasco, y el tráfico que fluía en sentido norte avanzaba con dificultad
entre los dos automóviles siniestrados y el despliegue oficial; al pasar sus
ocupantes contemplaban el desastre.
-¿Qué tenemos aquí? -preguntó el agente que comandaba la patrulla, dando un
repaso y frunciendo el entrecejo al reparar en Phillip.
-No hay nada que hacer -contestó el médico, y el enfermero lo confirmó.
Todo había terminado.
Una vida se había ido, segada en un suspiro.
No importaba lo joven que fuese, ni lo inteligente y amable, ni tampoco
cuánto le querían sus padres.
Había muerto sin motivo, absurdamente.
Phillip Chapman había dejado de existir a los diecisiete años, en una
fragante noche de sábado de abril.
-No hemos podido abrir ninguna portezuela -explicó el médico, tras
identificarse como Adam Stone-.
La chica del asiento trasero está atrapada y creo que ha sufrido serias
lesiones en las extremidades inferiores.
El chico presenta un cuadro mejor.
-Señaló a Jamie, que todavía les miraba como atontado-.
Es víctima de un fuerte shock y debemos trasladarle al hospital para ponerle
en observación, pero por los síntomas confío en que se recuperará.
Tiene una conmoción pasajera.
Los enfermeros metieron la mano para tantear a Allyson, mientras los
bomberos llamaban a la unidad de salvamento con cinco hombres de refuerzos.
No sería fácil sacarles del automóvil.
-¿Y la muchacha del asiento frontal, doctor? -Me temo que no se salvará.
-En todo aquel tiempo no había dejado de tomarle pulso, y estaba viva, pero
se la veía desmejorar y, hasta que llegase el equipo pesado, no podrían
evacuarla.
Aun así, los enfermeros prepararon un suero intravenoso, y uno de ellos
ajustó una almohadilla al respaldo para salvaguardar su ya maltrecha
cabeza-.
Al parecer tiene una lesión craneal -dictaminó Stone-, y sólo Dios sabe qué
heridas internas.
Allyson estaba enterrada bajo una montaña de chatarra, la mayor parte de su
cuerpo era inaccesible y aparentaba haberse roto en mil pedazos.
Sus expectativas de supervivencia parecían ínfimas.
En ese momento Chloe empezó a chillar de modo alarmante.
No se sabía si había oído los comentarios sobre sus amigos, o si los dolores
habían recrudecido.
Fue imposible razonar con ella.
Apenas tenía conciencia de dónde estaba o de lo sucedido, sólo se quejaba
de sus laceradas piernas y de la espalda.
Aunque daba pena oírla, el equipo médico consideró esperanzador que
conservara la sensibilidad.
En muchos accidentes las víctimas apenas sienten dolor porque se habían
seccionado la columna vertebral.
-Vamos, princesa, enseguida te sacaremos.
Resiste un poco más.
Antes de lo que piensas, estarás en casa -la animó un bombero.
Entretanto, la patrulla de carreteras consiguió forzar la portezuela de
Phillip con una palanca.
Extrajeron su cuerpo delicadamente y pidieron ayuda a un bombero para
depositar el cadáver en una camilla de ruedas.
Lo cubrieron con una sábana y lo transportaron hasta la ambulancia.
Los curiosos observaron la operación cariacontecidos y algunos no pudieron
contener el llanto al comprender que el joven había fallecido.
Eran lágrimas de consternación y duelo por un perfecto desconocido.
La eliminación de la puerta permitió al médico entrar en el vehículo para
evaluar el estado de Allyson.
No auguraba nada bueno; su respiración era cada vez más irregular.
Los enfermeros aplicaron una cánula por vía traqueal y la sujetaron a la
bolsa conectada al tubo de oxígeno.
El médico sabía que el aire bombeado alimentaba directamente los pulmones,
pero también sabía, igual que los enfermeros, que el suero y la respiración
asistida no eran más que un auxilio circunstancial.
La muchacha tenía los brazos tan deshechos que ni siquiera admitían una toma
de presión sanguínea, aunque el doctor Stone tampoco la necesitaba.
Veía lo que estaba ocurriendo.
La accidentada se les escapaba de las manos y, si no la liberaban pronto,
moriría.
Quizá la posibilidad de salvarla fuera nula de todos modos, pero Stone
advertía su extrema juventud y quería ayudarla a vivir.
-Venga chica, venga.
No me falles ahora.
-Sus palabras eran casi una plegaria, pero se hicieron perentorias cuando se
volvió hacia el auxiliar y ordenó-: Dele más oxígeno.
Observaron, tensos, el efecto, y los enfermeros añadieron una nueva
sustancia al suero.
Pero se agarraban a un clavo ardiendo.
Si no la trasladaban enseguida al hospital, no sobreviviría.
Oyeron por fin el rugiente motor de la unidad de salvamento.
Un equipo de cinco hombres saltó de su interior y corrió hacia el lugar.
Calibraron la situación en un segundo, celebraron una breve consulta con el
personal sanitario y pasaron a la acción.
Chloe había empezado a sufrir vahídos y un bombero le suministraba oxígeno
por la ventanilla abierta.
La primera en la labor de rescate sería Allyson, que estaba casi muerta y no
tenía esperanzas a menos que la liberasen de aquella prisión de acero en
cuestión de minutos, quizá de segundos.
La condición de Chloe era también apurada, pero no corría tanto peligro.
Además, no podrían moverla hasta que desalojasen el asiento delantero y a
Allyson con él.
Mientras un hombre estabilizaba el vehículo con cuñas y calces, un segundo
profesional deshinchó de forma simultánea los neumáticos y otros dos se
dedicaron, a la velocidad del rayo, a eliminar los trozos de cristal aún
adheridos.
El quinto conferenció con los agentes y el personal médico que había en la
escena, y luego fue a reunirse con sus compañeros para ayudarles a retirar
el cristal trasero.
A los tres jóvenes ocupantes les habían tapado cuidadosamente con piezas de
lona, de tal manera que no pudiera lastimarles alguna astilla suelta.
El parabrisas requirió la participación de tres hombres, y un cuarto
provisto de un hacha de cabeza plana que desprendió los contornos.
La placa saltó al fin, la doblaron casi como si fuera una manta y la
deslizaron debajo del coche con mano experta, con una precisión y una
soltura similares a las que desplegaría en el escenario un cuerpo de danza
de primera categoría.
Apenas habían transcurrido unos minutos desde su aparición en el lugar.
Stone al verles actuar, pensó que si Allyson sobrevivía sería gracias a su
trabajo tan diligente y a sus reflejos, dignos del mejor cirujano.
Con la lona principal extendida aún encima de Allyson, uno de los hombres
entró en el automóvil, quitó las llaves del contacto y cortó los cinturones
de seguridad.
Luego, todos en grupo, empezaron a trabajar en el techo con una cortadora
hidráulica y sierras manuales.
Provocaron un ruido atronador.
Jamie gimió lastimeramente y Chloe volvió a chillar, pero Allyson no se
inmutó y los enfermeros continuaron oxigenándola.
Al cabo de unos momentos habían desprendido el techo del vehículo, perforado
la portezuela con un taladro e insertado en ella una viga hidráulica para
abrirla.
Aquella máquina pesaba alrededor de cuarenta kilos y tenían que sujetarla
entre dos hombres, además de ser tan ruidosa como una perforadora.
Jamie lloraba abiertamente, aunque el clamor del aparato ahogaba sus
sollozos y los gritos de Chloe.
Sólo Allyson permanecía ajena a toda su odisea.
Uno de los enfermeros se había tendido junto a ella en el lado del
conductor, desde donde supervisaba el suero y el conducto del aire y
comprobaba su respiración.
Allyson respiraba muy precariamente.
Suprimieron la portezuela y se aplicaron con ahínco a apartar el
salpicadero.
Para lograrlo se requirieron tres metros de cadena y un sólido gancho.
Antes de que lo separasen del todo, los enfermeros colocaron una tabla bajo
el cuerpo de Allyson a fin de mantenerla inmovilizada.
En cuanto la hubieron afianzado, el coche se desmembró: el frontis
desgajado, el techo arrancado y las puertas fuera.
Por fin, la moribunda podía ser trasladada.
Los enfermeros se abalanzaron sobre ella y todos pudieron ver la gravedad de
sus lesiones.
Se diría que había recibido el golpe en la zona frontal y parietal del
cráneo.
Su cabeza debió de rebotar como una canica al colisionar con el Lincoln; el
cinturón de seguridad estaba tan flojo que era prácticamente como no
llevarlo.
Todos los efectivos se concentraron en trasladarla, con mucha suavidad, a la
camilla.
La presteza era esencial, pero cada movimiento tenía que ser infinitamente
delicado y planearse de un modo milimétrico, so pena de agravar su estado.
La unía a la vida un frágil suspiro cuando el jefe de los enfermeros dijo
"Adelante" y echaron a andar, procurando evitar movimientos bruscos, hacia
la ambulancia.
Acababan de presentarse otras dos ambulancias y los camilleros recién
llegados atendieron a Chloe y Jamie.
A las doce en punto de la noche, la ambulancia abandonó el puente a toda
velocidad con el cadáver de Phillip, Allyson y el joven doctor Stone.
Un agente de policía se ofreció a llevarle el coche hasta el hospital de
Marín.
Stone no quería que la accidentada viajase sin más compañía que los
enfermeros, aunque sabía que poco podía hacerse por ella.
La chica debía someterse a neurocirugía con urgencia, pero entretanto él
quería estar a su lado.
Seguía creyendo que no viviría.
Sin embargo, siempre quedaba un resquicio de duda.
Si surgía la mínima posibilidad, Adam Stone quería estar allí para ayudarla.
En el Golden Gate se habían congregado, además del contingente anterior, una
cuarta ambulancia y otros dos coches de bomberos.
La circulación hacia Marín aún discurría por un solo carril y el puente
continuaba cerrado en dirección a San Francisco.
-¿Cómo está? -preguntó un bombero, refiriéndose a Chloe, mientras los
enfermeros esperaban que el equipo de rescate terminara su trabajo.
Tenía una abundante hemorragia en ambas piernas y una crisis de histerismo.
Le habían inyectado suero y, cada vez que trataban de moverla, se desmayaba.
-Pierde el conocimiento a cada instante -explicó un camillero-.
Dentro de un momento la habremos sacado.
Para liberarla tenían que quitar el asiento de delante, que estaba trabado
en todos los ensamblajes.
La moderna maquinaria lo hizo jirones al levantarlo en el aire y luego lo
depositó en el asfalto.
Diez minutos después quedaban al descubierto las piernas de Chloe,
machacadas, rotas, con fracturas múltiples en ambas extremidades y los
huesos casi al descubierto.
Cuando la izaron tan suavemente como pudieron, recostada en una tabla, Chloe
se desvaneció del todo.
La segunda ambulancia arrancó con las sirenas aullando en la noche, y los
bomberos ayudaron a Jamie a salir del coche.
Libre de trabas, en cuanto se vio de pie en el asfalto se echó a llorar
espasmódicamente y se agarró a sus salvadores como un niño presa del pánico.
-Todo va bien, chico, tranquilízate.
Había vivido una horrible tragedia y todavía estaba confundido y trastocado.
No podía comprender lo ocurrido.
Lo instalaron en la última ambulancia y también le llevaron al hospital de
Marín.
En ese momento llegó una furgoneta de la televisión; llegaba tarde, pero el
bloqueo del tráfico había sido inexpugnable.
-¡Dios, odio las noches como ésta! -comentó un bombero a otro -.
De buena gana prohibiría a mis hijos que salgan de casa.
Ambos menearon la cabeza, atentos al equipo técnico que se esforzaba en
desenmarañar la masa de acero para poder remolcar los dos coches y despejar
el carril.
Una cámara de televisión filmó toda la maniobra.
A todos sorprendió que el Mercedes hubiera quedado tan destruido.
Pero era un modelo antiguo, y debió de chocar con el Lincoln en un mal
ángulo.
De haber sido un coche de chapa más fina, habrían muerto los cuatro
pasajeros y no sólo Phillip.
La otra conductora, aún trastornada, se había sentado en el arcén y recibía
el consuelo de una desconocida.
Llevaba un vestido negro y una capa blanca.
Estaba desgreñada y pálida, pero no se le apreciaban manchas de sangre.
Incluso la capa blanca se conservaba impoluta, lo cual era casi incongruente
habida cuenta de la condición en que quedaron los jóvenes del Mercedes.
-¿No deberían reconocerla en el hospital? -preguntó un bombero a un agente
policial.
-Dice que se encuentra bien.
No hay heridas externas.
Ha tenido una suerte insólita, aunque está muy trastornada.
La muerte del chico la ha afectado terriblemente.
Enseguida la acompañaremos a casa.
El bombero asintió, estudiándola desde lejos.
Era una mujer atractiva y elegantemente vestida que rondaba los cuarenta.
Dos mujeres estaban pendientes de ella y alguien le había ofrecido una
botella de agua.
Vertía sus lloros silenciosos en un pañuelo y sacudía la cabeza, incapaz de
creer lo que había sucedido.
¿Tiene idea de lo ocurrido? -preguntó un periodista a un bombero.
El hombre se encogió de hombros.
No simpatizaba con los medios de comunicación, y menos con su interés
morboso por las desgracias ajenas.
Estaba muy claro lo que había ocurrido.
Se había malogrado una vida, o quizá dos, si Allyson no había resistido.
¿Qué quería saber aquel sujeto, el porqué, el cómo? ¿Acaso importaba?
Quienquiera que fuese el responsable del accidente, los resultados no iban a
alterarse.
El bombero dio una respuesta evasiva, y se fue a reunir con un colega.
-Parece que ambos vehículos han invadido la línea continua.
-Eso era lo que acababa de comentarle la policía-.
Te distraes un segundo y...
Al final fue el coche de la señora el que más invadió el carril contrario,
pero ella niega haber provocado el accidente.
Y no hay razón para dudar de sus palabras.
Es Laura Hutchinson -concluyó, impresionado.
El otro bombero enarcó las cejas.
-¿La esposa del senador John Hutchinson? Exacto.
-¡Mierda! Imagínate si hubiese muerto -dijo el compañero, sin reparar en que
ninguna vida valía más que otra-.
¿Crees que los chicos iban borrachos o drogados? -Quién sabe.
En el hospital lo averiguarán.
Podría ser.
Aunque quizá se trate de uno de esos enigmas que nunca se llegan a aclarar.
La posición de los coches no es muy reveladora que digamos, y apenas queda
nada en lo que basarse.
Lo que quedaba estaba siendo descuartizado para facilitar su retirada.
También habían empezado a limpiar con mangueras el aceite y los restos
pequeños, así como la sangre desparramada sobre el asfalto.
Pasaría todavía un par de horas antes de que se restableciera el tránsito en
el puente, e incluso entonces sólo se abriría un carril en cada dirección,
hasta el amanecer, cuando remolcarían los últimos restos para proceder a su
examen.
El equipo de televisión se disponía a partir.
El espectáculo había terminado, y la mujer del senador había rehusado hacer
ninguna declaración sobre la muerte del muchacho.
La patrulla de carreteras la había protegido discretamente.
Eran las doce y media cuando al fin la llevaròn a su casa, un edificio de
Clay Street, en San Francisco.
Su marido estaba en Washington y ella había asistido a una fiesta en
Belvedere.
Sus hijos dormían.
El ama de llaves abrió la puerta, y se echó a llorar al ver la faz
demacrada'de su señora y enterarse de la historia.
Laura Hutchinson agradeció las atenciones recibidas e insistió en que no
juzgaba necesario ir al hospital.
Prometió que, si por la mañana notaba alguna anomalía, acudiría a su médico
particular.
También hizo prometer al policía que la había escoltado que le telefonearía
para informarla del estado de los jóvenes.
Sabía ya que el conductor había muerto, pero aún no le habían dicho que
Allyson tenía pocas probabilidades de sobrevivir.
Los agentes se habían compadecido de ella al verla tan rota, asustada y
desesperadamente hundida.
Había llorado profusamente cuando cubrieron el cadáver de Phillip para
llevárselo.
Tenía tres hijos y la idea de que un adolescente muriera de forma tan brutal
le resultaban insoportable.
El policía le sugirió que tomara un sedante, o por lo menos que bebiera unos
tragos de licor fuerte.
Parecía necesitarlo, y no creía que el senador desaprobase su consejo.
-No he probado alcohol en toda la noche -dijo la dama con cierto
nerviosismo-.
Nunca bebo cuando salgo sola -agregó.
-Creo que le haría bien, señora.
¿Quiere que le sirva una copa? Ella vaciló, pero el hombre intuyó que
aceptaría y, dirigiéndose al mueble bar, le sirvió una buena ración de
coñac.
Laura Hutchinson compuso una horrenda mueca al tragarlo, pero una vez lo
hubo bebido le sonrió y le dio de nuevo las gracias.
Habían estado encantadores con ella durante todo el episodio, y le aseguró
que el senador también les quedaría muy reconocido cuando le contase lo bien
que la habían atendido.
-No tiene importancia -contestó el agente.
Se despidió respetuosamente y fue a reunirse con su compañero, que preguntó
si a alguien se le había ocurrido hacer a la señora una prueba de
alcoholemia, para excluir esa eventualidad en la investigación.
¡Por el amor de Dios, Tom! Esa mujer es la esposa de un senador, tiene los
nervios destrozados por el accidente, ha visto morir a un muchacho y acaba
de decirme que no ha probado una gota de alcohol en toda la velada.
Con eso me basta.
El otro agente desistió, pensando que su colega tenía razón.
En efecto, era la mujer de un senador, y no iba a salir medio beoda a la
carretera para abalanzarse contra un grupo de jóvenes.
La gente no era tan irresponsable, y ella en particular parecía una persona
estupenda.
-De todos modos le he servido un coñac en su casa, así que, aunque ahora
quisieras hacerle el examen, sería demasiado tarde.
La pobrecilla necesitaba una bebida fuerte.
Creo que le ha sentado muy bien.
-A mí tampoco me iría mal -bromeó Tom-.
¿Me has traído un poco de ese coñac? -Venga ya.
Conque prueba de alcoholemia, ¿eh? -dijo, riéndose, el primer policía-.
¿Algo más? Podría haberle tomado las huellas dactilares.
-¡Desde luego! Seguro que el senador nos recomendaría para un ascenso.
Ambos policías soltaron una risotada y se internaron en la noche.
El turno estaba resultando extenuante, y sólo era la una y media de la
madrugada.

CAPITULO IV


A las doce menos diez Page estaba viendo una película antigua en la
televisión.
De pronto se incorporó en la cama.
Allyson llevaba veinte minutos de retraso, y su madre no lo encontraba
gracioso.
A medianoche aún le divertía menos.
Andy dormía plácidamente a su lado y Lizzie descansaba en el suelo, a los
pies del lecho.
Reinaba en la casa un ambiente de paz y quietud, a excepción de Page, que se
inquietaba por momentos.
Allie había prometido regresar como máximo a las once y media, treinta
minutos más tarde de lo que ella había dispuesto en principio.
No tenía ninguna excusa para incumplir el toque de queda.
Pensó en llamar a los Thorensen, pero comprendió que sería inútil.
Si todavía estaban en el cine o tomando el último helado, nadie contestaría
al teléfono.
Supuso que al terminar la película habían ido a una cafetería, y Allyson no
habría advertido al padre de Chloe que debía volver a cierta hora.
A las doce y media Page estaba furiosa, y a la una el enfado se trocó en
preocupación.
Había decidido olvidar su reticencia y llamar a casa de los Thorensen,
cuando, a la una y cinco, sonó el teléfono.
Supuso que sería Allyson pidiendo permiso para dormir con Chloe.
La cara de Page había pasado ya por todos los colores, y le habría gustado
dar un bofetón a su hija mayor.
-¡No, no puedes quedarte! -bramó al auricular.
-¿Oiga? -preguntó una voz perpleja al otro lado de la línea.
Page se sorprendió.
No era Allyson, sino una desconocida.
No pudo imaginar quién la llamaba a hora tan intempestiva, a menos que se
tratara de un error o de un bromista-.
¿Es la residencia de los señores Clarke? -Sí.
¿Con quién hablo? -preguntó Page.
Un súbito escalofrío corrió por su columna, pero no hizo caso.
-Le llamamos de jefatura de tráfico, señora Clarke.
Es usted la señora Clarke, cverdad? -Sí.
-Su voz brotó en susurros.
Tenía un nudo en la garganta.
-Lamento comunicarle que su hija ha sufrido un accidente.
-¡Oh, Dios mío! -El cuerpo de Page se reanimó, espoleado por el terror-.
¿Está viva? -Sí, pero ha permanecido inconsciente todo el trayecto hasta el
hospital de Marín.
Tiene heridas de pronóstico reservado.
¿Señor, señor...
¿ Qué significa "pronóstico reservado"? ¿Es muy grave? ¿Podrá superarlo?
¿Vivirá? ¿Cuál es la importancia de sus heridas ? " -¿Qué ha
pasado? -preguntó con un graznido patético.
-Una colisión frontal en el puente Golden Gate.
Su coche se ha estrellado contra otro vehículo que circulaba en dirección
sur poco antes de entrar en el condado de Marín.
-¿En Marín? No puede ser.
Page estaba presta a hacer disquisiciones sobre el paradero de Allyson.
Quizá, si ganaba aquella discusión, significaría que nada había ocurrido.
-Me temo que sí.
Ahora mismo está ingresada en el hospital, señora Clarke.
Es importante que vaya allí sin pérdida de tiempo.
-¡Dios mío! Gracias.
Colgó sin decir una palabra más y a continuación llamó frenéticamente al
servicio de información, donde obtuvo el número del hospital de Marín.
Marcó y pidió que le pasaran con la sala de urgencias.
Sí, tenían internada a Allyson Clarke; sí, seguía viva; no, nó podían darle
más detalles.
Todo el equipo médico estaba atendiéndola y nadie podía ponerse al aparato.
Allyson Clarke figuraba en la lista de los pacientes críticos.
Las lágrimas afloraron a los ojos de Page mientras, con un temblor
convulsivo en las manos, telefoneaba a sus vecinos.
No podía dejar a Andy solo...
Tenía que llamar, tenía que vestirse e ir sin tardanza al hospital.
Sollozó sordamente y rezó para que Allyson estuviera con vida cuando ella
llegase.
-¿Diga? -preguntó una voz somnolienta tras el quinto timbrazo.
-¿Jane? ¿Podrías venir? Page hablaba entrecortadamente y con ahogo, como si
le faltara el aire.
¿Y si se desmayaba? ¿Y si Allyson moría? "¡Dios mío, no lo permitas!" -¿Qué
ocurre? -preguntó Jane Gilson.
Conocía bien a Page y nunca la había visto abandonarse al pánico -.
Qué tienes? ¿Te has puesto enferma? ¿Hay alguien ahí? -Tal vez merodeaba
algún intruso por la casa.
-¡No, es Allie! -repuso Page con un chillido aterrorizado y disonante -.
Ha tenido un accidente, un choque frontal.
Está en el hospital de Marín en situación crítica.
Brad se ha ido de viaje.
Tengo que dejarte a Andy...
-¡Qué espanto! No tardo ni dos minutos.
Jane Gilson colgó y Page corrió hasta su armario.
Cogió unos vaqueros y el primer suéter que encontró.
Era el viejo jersey azul que usaba para trabajar en el jardín y que estaba
descolorido y lleno de agujeros y lamparones.
Pero ella no reparó en nada al embutírselo por la cabeza y calzarse luego
los mocasines.
Sin siquiera peinarse, fue al estudio de Brad en busca de la libreta donde
solía anotar el nombre y número telefónico de su hotel siempre que salía de
viaje.
Sabía que la encontraría allí.
Sin embargo, no le llamaría antes de haber visto a Allyson, por si las
noticias eran mejores de lo que ella auguraba.
Se pondría en contacto con su marido desde el hospital.
Pero en el bloc no había señas, número ni ninguna indicación.
La página estaba en blanco.
Por primera vez en dieciséis años, Brad había olvidado dejarle los datos.
Era como si el destino intentara hacerles una vil jugarreta.
Pero Page no tenía tiempo de solucionar el problema.
Más tarde llamaría a algún compañero del trabajo y se las ingeniarían para
dar con él.
Ahora tenía que ver a su niña.
Recogió el bolso en el momento en que sonaba el timbre de la puerta.
Abrió a toda prisa.
Jane Gilson estrechó en un abrazo a su querida amiga.
Conocía a los Clarke desde que se habían mudado al vecindario, antes de que
naciera Andy, y a Allyson desde los siete años.
-Se salvará, tenlo por seguro.
Y trata de calmarte, Page.
Ya verás como es menos serio de lo que parece.
Procura no perder la serenidad.
-Le habría gustado llevarla en su automóvil, pero su esposo tampoco estaba
en casa.
Se había ido de acampada con sus dos hijos, que habían venido desde la
universidad para pasar en Ross las vacaciones trimestrales.
No había nadie más a quien confiar el cuidado de Andy.
El niño dormía profundamente en la cama de su madre, ignorante del drama que
vivían-.
Si aún no has vuelto, cqué le digo cuando despierte? -Que Allyson ha
enfermado y he tenido que acompañarla al hospital.
Te llamaré para tenerte al corriente.
Y sobre todo, Jane, si telefonea Brad acuérdate de apuntar su número.
-De acuerdo, ve tranquila.
Y conduce con prudencia.
Page salió a la tibia noche con el cabello alborotado y el monedero bajo el
brazo, montó en el coche y un segundo después desapareció por la avenida.
Durante todo el camino se arengó a sí misma, instándose a la calma, a
respirar, reconfortándose con la idea de que Allyson estaría a salvo y
suplicando al cielo que así fuera.
Todavía no había asimilado el desastre.
El hospital quedaba a ocho minutos de distancia.
Page aparcó en el primer sitio que vio, dejó las llaves en el contacto y
entró atropelladamente en el edificio.
La iluminada sección de urgencias era un galimatías de gente que corría de
un lado a otro, se asomaba a las habitaciones o salía disparada, mientras
media docena de personas aguardaban en el pasillo para recibir tratamiento.
Una parturienta deambulaba molesta y cansina, atendida por su marido.
A Page lo único que le importaba era ver a su hija, a su pequeña.
De pronto distinguió a unos periodistas, dos tipos que entrevistaban a un
agente de tráfico y tomaban nota de sus palabras.
Page se dirigió al mostrador de recepción para preguntar a una enfermera,
cuyo rostro se ensombreció instantáneamente al alzar la mirada.
Tenía unas bonitas facciones, con unos ojos que rebosaban afabilidad, y al
ver a aquella mujer lívida y temblorosa sintió una gran compasión.
-¿Es usted su madre? Page asintió, con unos espasmos cada vez más intensos.
-¿Está...? ¿Ha...? -Está viva.
-A Page se le doblaron las piernas.
La enfermera rodeó el mostrador para sostenerla con brazos firmes-.
Ha sufrido lesiones gravísimas, señora Clarke, incluida una lesión cerebral.
Todo el equipo de neurocirugía se ha volcado en ella, y ahora mismo
esperamos al jefe de servicios.
Vendrá a informarla en cuanto pueda.
Pero sepa que su hija vive.
-Llevó a Page hasta una silla y la ayudó a sentarse.
Era como si el mundo entero se hubiera vuelto del revés en cuestión de
minutos-.
¿Quiere una taza de café? Miró solidariamente a Page, quien negó con la
cabeza e hizo un esfuerzo sobrehumano para contener el llanto.
Fue en vano.
Las lágrimas se desbordaron mientras intentaba asimilar lo que acababan de
decirle: neurocirugía...
lesiones gravísimas...
¿Por qué? ¿Cómo ha ocurrido? Se encuentra bien? inquirió la enfermera.
Era una pregunta retórica, pues obviamente Page estaba muy mal.
Se secó el llanto y meneó la cabeza, deseando con toda el alma haber podido
retrasar el reloj.
¡Y pensar que se había enfadado porque Allie no cumplía el horario! Mientras
ella se enfadaba, su hija se estrellaba.
La sola imagen era insufrible.
¿Ha habido más heridos? -preguntó al fin con un quiebro de voz.
La enfermera asintió apenada.
-El conductor ha muerto.
Y tenemos a otra chica con heridas de consideración.
-¡Oh, Dios! ¿Muerto? ¿Había muerto Trygve Thorensen? Pero, por el amor de
Dios, cqué había sucedido? Mientras le daba vueltas en su cerebro, vio salir
de una de las salas de urgencias a un hombre que se le parecía
extraordinariamente.
El individuo cruzó la puerta con aire desorientado y miró hacia Page, aunque
en realidad no la vio.
Fue ella quien le reconoció, quien supo súbitamente que era Trygve.
¿Cómo era posible? La enfermera le había dicho que había muerto en el
accidente.
¿Qué era aquello, una broma de mal gusto, quizá una pesadilla? ¿Se ha bía
vuelto loca, o estaba soñando? No obstante al fijarse mejor comprendió que
su espejismo era real.
La enfermera se apartó discretamente, y Trygve, echando a andar, miró
también a Page con lágrimas en las mejillas.
-Page, estoy desolado -dijo Thorensen.
Tendió el brazo para tomar su mano, y la retuvo unos instantes-.
Debería haberlo sabido, haberlo previsto, pero no presté la debida atención.
¿Cómo he podido ser tan estúpido? Ella le observó horrorizada.
Había tenido un descuido y ahora sus hijas se debatían entre la vida y la
muerte.
¿Cómo era capaz siquiera de decírselo? ¿Y por qué la enfermera le comunicó
su muerte, cuando no era verdad? -No entiendo nada -admitió, y clavó una
mirada de angustia en Thorensen, que se sentó a su lado pesadamente,
cabizbajo, incrédulo aún.
-Yo empiezo a entenderlo.
No sé cómo no me di cuenta al verla salir con aquel conjunto.
Llevaba una falda de cuero prestada y unas medias negras que debieron de
pertenecer a Dana.
¡Soy un necio imperdonable! Estaba trabajando con Bjorn y la dejé
escabullirse sin hacer preguntas.
Dijo que la invitabas tú, y no sospeché nada.
¡ Como me arrepiento de no haberla detenido a tiempo! -¿Que la invitaba yo?
¿No eras tú el que conducía el coche? Page sintió una nueva punzada de
miedo.
Las chicas no habían salido con Trygve.
Pero entonces, ¿con quién iban? ¿Quién conducía? -No, no era yo.
-Allyson me dijo que ibas a llevarlas a cenar a Luigi's y a una sesión de
cine.
No se me ocurrió dudarlo.
-De repente, al meditarlo, las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar
también para ella: el suéter rosa de cachemira, la falda blanca y la absurda
huida a casa de Chloe en lugar de dejarse acompañar-.
¿Cómo he podido ser tan imbécil? -Ambos hemos fallado en lo mismo.
-Trygve miró a Page a través de sus lágrimas, y ella rompió a llorar-.
Deberías haber visto a Chloe cuando la ingresaron.
Tiene fracturas abiertas y múltiples en las dos piernas, la cadera
triturada, rotura de pelvis y heridas internas.
Ahora le están extirpando el bazo, y quizá sufra una atrofia en el hígado.
Han de ponerle una prótesis en la cadera, le han reconstruido la pelvis con
pinzas, y es probable que no vuelva a caminar.
-Se echó a llorar abiertamente-.
Y su mayor sueño era convertirse en una gran bailarina, ¡pobre hija mía!
¿Cómo puede ocurrir esto? Page hizo un gesto con la cabeza, abrumada por lo
que acababa de escuchar.
Chloe en una silla de ruedas.
¿Y Allyson? Olvidado el malentendido de antes -la presunta culpabilidad de
Trygve-, se atrevió a preguntarle: -¿Has visto a Allyson? Le asustaba
enfrentarse a los hechos, y sin embargo necesitaba desesperadamente
noticias.
Le habían dicho que esperara hasta que los neurocirujanos terminasen su
evaluación.
¿Y si moría antes y ella, su madre, no estaba a su lado? ¿Y si...
o si...? -No -contestó Trygve más compuesto, enjugando sus sollozos-.
Pedí autorización, pero no me han dejado.
Hace poco rato que Chloe ha entrado en el quirófano.
Dicen que tardarán de seis a ocho horas, tal vez más.
Nos aguarda una larga noche.
O no.
La de Page podía ser más corta, para desgracia de ella y de Allyson.
Quizá todo concluiría rápidamente.
-Me han dicho que Allyson sufre una grave lesión cerebral, pero no me han
especificado nada más -agregó Thorensen en un cuchicheo.
-Sí, es la misma explicación que me han dado a mí, pero ni siquiera sé lo
que significa.
¿Quedará dañado el cerebro? ¿Morirá sin remedio? ¿Puede recuperarse? -Las
lágrimas volvieron a agolparse en los ojos de Page-.
La están examinando en neurocirugía.
-Tienes que creer con todas tus fuerzas que se repondrá.
Es lo único que nos queda.
-Pero ¿y si no lo logra? Page se alegraba de tener a alguien con quien
conversar, y además una persona que compartía los terrores en que estaba
sumida, salvo que Chloe, aunque muy maltrecha, no parecía correr peligro de
muerte.
-Intenta no plantearte tantas preguntas -aconsejó Thorensen-.
Yo incurro en el mismo error con Chloe: ¿y si queda inválida, paralítica?
¿Podrá volver a andar, a bailar y correr? ¿Podrá ser madre? Hace apenas unos
momentos me he sorprendido a mí mismo organizando la colocación de rampas en
casa para su silla de ruedas.
Debes desechar esos pensamientos.
Aún no sabemos nada con seguridad.
Vive al minuto.
Page asintió.
Trató de imaginar qué le diría a Brad si Allyson moría, pero se negó a
aceptarlo.
-¿Sabes quién era el conductor? -indagó lúgubremente, recordando las
palabras de la enfermera.
-Sólo su nombre.
Phillip Chapman, un chico de diecisiete años, esa es toda mi información.
Chloe no estaba en condiciones de responder a ninguna pregunta.
-He oído hablar de él.
Creo que incluso me han presentado a sus padres.
¿Tienes idea de dónde se conocieron? -En la escuela, o en alguna competición
deportiva, o en el club de tenis.
Nuestros hijos se hacen mayores, Page.
De todas maneras, con los chicos nunca me he visto en un caso parecido.
Nick no se mete jamás en líos.
-Y Bjorn, claro, era distinto-.
Me temo que las niñas son más emprendedoras, al menos las nuestras.
-Trygve intentaba arrancarle una sonrisa, pero Page estaba más allá de
cualquier consuelo.
¿Y si Allyson no llegaba a tener una verdadera cita amorosa, ni un novio, ni
marido? ¿Y si no conocía la maternidad? ¿Se truncaría así su vida, con
quince efímeros años? Esta perspectiva le provocó un nuevo acceso de llanto.
Trygve apretó su mano y la mantuvo sujeta-.
No cedas al pánico, Page.
Has de sobreponerte.
-¿Cómo quieres que lo haga? ¿Cómo puedes ni siquiera decirlo? -Page apartó
la mano y sus sollozos arreciaron-.
Quizá Allie no sobreviva, quizá acabe igual que el chico del coche.
-Thorensen bajó la cabeza alicaído, y ella, tras sonarse la nariz con pavor
y desesperanza, volvió a mirarle-.
¿Bebieron más de la cuenta? -Fue lo primero que supuso al pensar en un
accidente de aquellas características, donde el conductor era un joven de
diecisiete años.
-Lo ignoro -repuso Trygve-.
La enfermera me ha comentado que les han sacado muestras de sangre para
comprobar los índices de alcohol.
Es de suponer que habrán tomado alguna copa -añadió con desánimo.
Un periodista se acercó a ellos.
Les había observado un buen rato mientras hablaban, y Trygve le había visto
hacer pesquisas con la enfermera de recepción después de interrogar al
policía.
Page continuaba llorando cuando aquel hombre les abordó.
Vestía vaqueros y una camisa de cuadros escoceses, llevaba zapatos de
deporte, exhibía en el pecho un carnet de prensa y portaba un pequeño
magnetófono y un bloc de notas.
¿Señora Clarke? -preguntó directamente, erguido al lado de Page y atento a
sus reacciones.
-¿Sí? -contestó ella, tan aturdida que le tomó por un médico.
Le miró despavorida, mientras Trygve le ojeaba con recelo.
¿Cómo está Allyson? -se interesó como si conociera a la accidentada.
Le había sonsacado el nombre a la enfermera.
-No lo sé.
He creído que usted me lo diría.
-Trygve hizo una mueca y Page reparó en la tarjeta identificativa del
sujeto, con su fotografía, el nombre y el logotipo del periódico-.
¿Qué quiere de mí? -Aquella intrusión la desconcertaba y aumentaba aún más
sus aprensiones.
-Sólo ver cómo se siente y cómo va su hija Allie.
¿Conocía a Phillip Chapman? ¿Qué clase de chico era? ¿Tenía fama de alocado?
¿Qué piensa usted...? El periodista indagó todo lo que pudo, hasta que
Thorensen le cortó abruptamente.
-Éste no es el momento -dijo, y avanzó un paso hacia él, pero el joven
reportero permaneció impasible.
¿Sabía que la conductora del otro coche era la esposa del senador
Hutchinson? No se ha hecho ni un rasguño -declaró con tono provocativo-.
¿Qué opina de eso, señora Clarke? ¿No le produce indignación? -A Page se le
desorbitaron los ojos a medida que hablaba el periodista, atónita ante lo
que oía.
¿Qué pretendía aquel individuo? ¿Volverla loca? ¿Qué más le daba a ella
quién era la otra conductora? ¿Aquel periodista era un demente además de
un desaprensivo? Miró a Trygve con desamparo, y le vio encolerizado -.
¿ Cree que los jóvenes llevaban una copa de más, señora Clarke? ¿Era Phillip
Chapman el novio formal de Allyson? ¿Qué diablos hace aquí? -se encaró Page
con el reportero, clavándole una mirada furibunda-.
Mi hija está al borde de la muerte, y no es asunto de su incumbencia cuánto
había intimado con ese muchacho, ni quién conducía el otro coche, ni mucho
menos cuáles son mis sentimientos.
-Lloraba tan intensamente que apenas le salían las palabras-.
¡Déjenos en paz! -Se sentó y ocultó la cara en las manos.
Trygve se interpuso entre ambos para proteger a Page.
-Le ruego que no nos moleste más.
Váyase de aquí.
No tiene derecho a hacernos esto -gruñó, aunque también a él se le quebraba
la voz.
-Tengo todo el derecho del mundo.
El público debe ser informado.
¿Y si los chicos estaban sobrios y la que había bebido era la mujer del
senador? -¿A qué viene eso ahora? -replicó Trygve.
¿Por qué se inmiscuían así en las vidas ajenas? Aquel interrogatorio no
tenía nada que ver con los intereses del público, ni con sus derechos, ni
con la noble lucha en pro de la verdad.
Era un ejemplo de depredación, de mal gusto, de carroñero que se ensaña con
quienes sufren las heridas más profundas.
-¿Han exigido que se practique la prueba de la alcoholemia a la señora
Hutchinson? Los ojos del buitre buscaron afanosos los de Page, que miró
anonadada a los dos hombres.
Había llegado a un punto en el que todo le resbalaba.
Sólo podía pensar en Allie.
-Estoy segura de que la policía ha cumplido con su obligación, así que ¿por
qué no se larga de una vez y deja de amargarnos la vida? ¿No ve el daño que
nos hace? -le increpó a pesar de su aflicción.
El periodista parecía empeñado en agobiarles.
-Unicamente quiero averiguar la verdad, eso es todo.
Espero que su hija se reponga -dijo con fría formalidad y se marchó.
él y el fotógrafo pasaron una hora más en la sala de espera, pero no
volvieron a importunar a Page.
A Trygve le había sublevado la actitud del periodista, su osadía al acosarla
en una circunstancia como aquélla.
Se dolió internamente de su estilo ladino e instigador, de las insinuaciones
que lanzó para alimentar la ira de ambos.
Era repugnante.
Quedaron tan perturbados tras la marcha del periodista que, cuando media
hora más tarde se les acercó un muchacho pelirrojo, apenas si se fijaron en
él.
Page no le había visto nunca, pero a Trygve sus rasgos le era vagamente
familiares.
¿Señor Thorensen? -preguntó el chico, muy nervioso.
Estaba pálido y parecía como extraviado, pero se plantó frente al padre de
Chloe y le miró a los ojos.
¿Sí? -lo miró sin calor ni reconocimiento.
No era la noche adecuada para presentarse allí y ponerse a platicar con
Trygve.
Éste sólo deseaba que terminara la operación de Chloe y rezar para que su
vida no se malograse.
-Soy Jamie Applegate, señor.
Estaba con Chloe en...
en el accidente.
-Los labios del chico temblaron al pronunciar esas palabras y Thorensen le
miró con expresión de espanto.
¿Quién eres? Se levantó para escrutar a Jamie, cuyo semblante se demudó.
Tenía una pequeña contusión y varios puntos de sutura en la ceja, pero por
lo demás había salido indemne de aquel horror.
-Soy amigo de Chloe, señor.
Habíamos quedado para cenar juntos.
-¿Os emborrachasteis? -preguntó Trygve sin piedad ni vacilación, pero Jamie
negó con la cabeza.
Acababan de analizar su sangre para verificarlo y había superado el examen,
él y también Philip.
-No, señor.
Cenamos en Luigi's, un restaurante de Marín.
Yo bebí una copa de vino y Phillip aún menos, creo que no llegó a media
copa.
Luego tomamos un cappuccino en Union Street y regresamos a casa.
-Sois menores de edad, hijo -le recordó Trygve-.
No deberíais haber probado el alcohol.
Ni siquiera media copa.
Jamie sabía que tenía razón, y así lo dijo antes de proceder a relatarles su
experiencia.
-Es cierto, señor, no lo niego.
Pero nadie se emborrachó.
Ignoro cómo ha podido pasar.
No vi nada.
Ibamos en el asiento trasero, charlando, y de repente me encontré en este
hospital.
Solamente sé lo que ha dicho la policía de tráfico, que alguien chocó contra
nosotros, o a la inversa.
De verdad que no me acuerdo.
Pero le aseguro que Phillip era muy responsable al volante.
Ordenó que nos abrochásemos los cinturones, y no perdió el dominio del coche
ni por un segundo.
Jamie se echó a llorar.
Su amigo había muerto y él tenía que vivir y pasar peor un calvario.
¿Crees que la culpa fue del otro conductor? -preguntó Trygve, ya más sereno.
Le había conmovido el relato del chico, ver cuán afectado estaba.
-No lo sé.
Tengo la mente en blanco.
Lo único que sé es que Chloe y Allyson están muy mal, y que Phillip...
-Prorrumpió de nuevo en sollozos al recordar a sus amigos, y Trygve no dudó
en rodearle con sus brazos-.
Lo siento, le juro que lo siento.
-También nosotros, hijo.
Pero ahora debes tranquilizarte.
Piensa en la inmensa suerte que has tenido esta noche.
Así es el destino.
El destino, que escoge a una víctima, agosta su vida y se esfuma al punto.
El destino que fulmina como el rayo." -Pero no es justo...
¿Por qué he tenido que librarme yo? ¿Por qué no ellos? -Son cosas que
ocurren.
Deberías alegrarte de tu buena estrella.
Sin embargo, Jamie Applegate sólo era capaz de sentir culpabilidad.
No quería que Phillip hubiese muerto, ni que Chloe y Allyson estuviesen tan
malheridas...
¿Por qué él se había hecho un simple chichón? Habría preferido conducir el
Mercedes en lugar de Phillip.
-¿Hay alguien que se ocupe de ti? -preguntó Trygve, incapaz de resentirse
con el muchacho después de lo que les había contado.
-Mi padre está al llegar.
Les vi aquí sentados y he venido para...
para decirles...
Miró de hito en hito a Thorensen y a Page, y tuvo un nuevo acceso de llanto.
-Lo comprendemos -dijo Page, alargando el brazo y estrechando su mano.
El chico se agachó en actitud cariñosa, y Page, al abrazarle, redobló sus
propios sollozos.
Llegó por fin el padre, con cólera, lágrimas y reproches.
Bill Applegate, que así se llamaba, estaba tan consternado como era de
esperar, pero respingó aliviado al ver a su hijo sano y salvo.
Había llorado cuando Jamie le anunció la muerte de Phillip Chapman, dio
gracias de que su chico hubiera sobrevivido.
Era un hombre muy respetado en su comunidad, y Trygve había coincidido con
él en fiestas y encuentros deportivos de la escuela.
Applegate conversó un rato con Page y con Thorensen, tratando de reconstruir
los hechos, y se disculpó en nombre de Jamie.
Pero los tres sabían que había pasado el tiempo de las disculpas, que ahora
lo único que contaba era la cirugía, los milagros y las oraciones.
Sí, lo sabían muy bien.
Dijo también que les llamaría para tener noticias de Allyson y Chloe.
Antes de irse, preguntó a Jamie si se habían pasado con el alcohol, y el
muchacho insistió en que no.
Cuando se fueron los Applegate, Trygve miró a Page y agitó la testa.
-Me da lástima ese chico, pero hay una parte de mí que aún se revuelve de
furia.
Aquella furia iba dirigida a todo el mundo, a Phillip por exponerles al
accidente, a Chloe por haberle engañado, y a la conductora del otro
vehículo, si es que era culpable.
Pero ¿quién sabía lo que había sucedido realmente? ¿Cómo dilucidarlo? El
oficial de policía le había comentado que la fuerza del choque fue tan
monumental que era casi imposible determinar quién infringió las normas, y
que por la posición de los vehículos tampoco se distinguía cuál de los dos
invadió antes la línea continua,.ni por qué.
Los análisis mostraban rastros de alcohol en la sangre de Phillip, aunque no
el suficiente para considerarle ebrio.
Y la mujer del senador parecía tan sobria que ni siquiera le hicieron la
prueba.
Cabía presumir que Phillip se había distraído, quizá por causa de Allyson, y
que tal vez, después de todo, había sido él quien provocó el accidente.
Sin embargo, ninguna hipótesis podía darse por cierta.
Page seguía pensando obsesivamente en el estado de Allyson, en la necesidad
que tenía de ver a su niña.
Transcurrió una hora antes de que la enfermera fuera a buscarla.
Finalmente, los neurocirujanos estaban listos para recibirla.
-¿Podré ver a Allyson? -La verá enseguida, señora Clarke, pero antes los
médicos desean reunirse con usted para explicarle la situación.
Al menos había algo que explicar.
Cuando Page se levantó Tr'ygve la estudió con expresión preocupada.
Era un buen vecino, se habían encontrado en decenas de eventos escolares
entrenamientos y algún que otro picnic y aunque no eran amigos personales a
ella siempre le cayó simpático, amén de que sus hijas se convirtieron en uñá
y carne desde el día mismo en que los Clarke se mudaron al condado de Marín.
-¿Quieres que te acompañe? Page titubeó, y luego dijo que sí.
Estaba aterrorizada por lo que podían decirle, y más aún por el encuentro
con su hija.
Ansiaba verla más que nada en la vida, pero temía no saber afrontar la cruda
realidad.
¿De veras no te molesta? -susurró un poco avergonzada mientras se
encaminaban hacia el lugar donde les aguardaba el equipo de neurocirugía.
-De veras -dijo Trygve, y aceleraron la marcha.
Avanzando juntos por los largos pasillos del hospital, ambos tan rubios y
tan escandinavos, parecían hermanos.
Thorensen era un hombre atractivo, sano, de constitución robusta y amables
maneras.
Era fácil congeniar con él.
Page se sentía muy cómoda a su lado.
Eran compañeros de desdichas.
La puerta de la sala se les antojó amenazadora, pero la empujaron sin
vacilar y vieron, sentados en torno a una mesa ovalada, a tres hombres con
mascarillas y batas asépticas.
Las mascarillas descansaban alrededor del cuello, y Page advirtió con
estremecimiento una mancha de sangre en la bata de uno de ellos.
Rezó para que no fuera de su hija.
¿ Cómo está? -Aquello era lo único que quería saber.
Sin embargo, la respuesta no era tan sencilla como la pregunta.
-Está viva, señora Clarke.
Es una chica fuerte.
Ha soportado un golpe terrible.
Muchas personas ya se habrían rendido.
Pero ella resiste, y esperamos que esa resistencia sea una buena señal.
No obstante, queda un arduo camino por recorrer.
"Presenta básicamente dos lesiones, cada una con sus complicaciones
inherentes.
La primera ocurrió en el instante del impacto.
Su cerebro sufrió una conmoción contra la masa craneal y, por expresarlo en
términos comunes, recibió una serie de brutales sacudidas.
Las fibras nerviosas se distendieron y en venas y arterias se produjeron
fisuras.
Todo ello podría causar daños irreparables.
"La segunda lesión es más aparatosa que la otra, pero no necesariamente
peor.
Se trata de una honda fisura allí donde se abrió el cráneo y se fracturó el
hueso.
Ahora mismo tiene el cerebro al descubierto en esa zona, probablemente como
consecuencia de haberse golpeado con algún objeto metálico después de la
colisión.
Mientras escuchaba, Page emitió unos gemidos ahogados, desgarradores, y
aferró instintivamente la mano de Trygve, Sentía náuseas al pensar en lo que
acababan de decirle, pero estaba decidida a no desmayarse ni vomitar.
Tenía que asimilar cada palabra.
-No obstante, existe una posibilidad -continuó el cirujano jefe.
Era muy desagradable, pero no había otro remedio que explicarlo.
Aquellas personas tenían derecho a saber cómo estaba su hija (había dado por
sentado que Trygve era el padre de Allyson)-.
Cabe esperar que la región adyacente a la herida esté intacta.
Con frecuencia, los grandes cortes en la cabeza tienen secuelas mínimas a
largo plazo.
Es la primera lesión la que nos inquieta y, naturalmente, las complicaciones
que pueden surgir de ambas.
Su hija ha perdido mucha sangre y su tensión arterial ha bajado en picado.
La hemorragia la ha debilitado considerablemente.
Además, el suministro de oxígeno al cerebro ha disminuido en una proporción
que ignoramos, y que podría tener resultados catastróficos..
o muy leves.
El tiempo lo dirá.
Ahora, lo primordial es llevarla al quirófano.
Debemos levantar el hueso que se ha aplastado; de ese modo suavizaremos la
presión.
Hay que tratar la herida.
Y es preciso atender también las lesiones de las cuencas oculares.
El golpe ha sido tan tremendo, que si no intervenimos podría quedarse ciega.
"Además, hay que prevenir otros problemas: la infección y las dificultades
respiratorias.
Suelen acompañar este tipo de heridas, pero si no se cuidan podrían resultar
irreversibles.
Mantenemos el tubo traqueal que introdujeron los enfermeros de la
ambulancia, y desde su ingreso ha estado conectada a una unidad de
respiración asistida.
Hemos realizado una exploración radiológica que nos ha proporcionado
información muy valiosa.
El cirujano jefe miró a Page, que tenía los ojos fijos en él, y de pronto se
preguntó si le había entendido.
Se la veía completamente abstraída, y el padre no parecía mucho más alerta.
De todas maneras decidió dirigirse al hombre, dado el aparente estupor de la
señora Clarke.
-¿He hablado lo bastante claro, señor Clarke? -inquirió con tono pausado y
frío, profesional.
-No soy el señor Clarke -gimió Trygve, tan abatido como Page por lo que
acababa de oír-.
Soy un amigo de la familia.
-Oh, perdón.
-El cirujano jefe se sintió desconcertado-.
¿Me ha comprendido, señora Clarke? -No estoy muy segura, doctor.
Veamos.
Lo que tiene mi hija son básicamente dos heridas, una conmoción interna del
cerebro y una herida abierta de resultas de una fractura en el cráneo.
A consecuencia de ellas podría morir, podría sufrir daños cerebrales
permanentes o podría perder la visión.
¿Es eso? -recapituló Page con los ojos anegados en llanto-.
¿Le he entendido bien? -Más o menos.
Nuestro siguiente paso tras la operación será descartar lo que llamamos
tercera lesión.
Podría haber también segundas lesiones, pero su hija las evitó gracias al
cinturón de seguridad.
Con tercera lesión nos referimos a una inflamación aguda del cerebro,
embolia, coágulos de sangre y contusiones serias.
Estos males retardados tienen efectos devastadores.
No es probable que aparezcan hasta veinticuatro horas después del
accidente, así que son difíciles de predecir.
Page preguntó lo que había tenido a flor de labios casi desde el principio,
pero que no había expuesto por miedo a la respuesta: ¿Hay alguna
probabilidad de que se recupere del todo, de que vuelva a ser normal? ¿Es
posible, a pesar de lo ocurrido? -Sí, es posible, en el bien entendido de
que hay distintos grados de normalidad.
Su sistema motriz podría quedar resentido temporal o indefinidamente, con
una incapacidad quizá superficial o quizá absoluta.
También pueden verse afectados sus procesos mentales, o incluso cambiar de
carácter.
Pero en conjunto, si tiene muchísima suerte o si se obra en ella un pequeño
milagro, tal vez vuelva a ser la misma de antes.
Por el tono del cirujano, Page tuvo la sensación de que no lo juzgaba muy
factible.
¿Personalmente cree usted que será así? -No quería extralimitarse, pero
tenía que saberlo.
-No.
Considero muy improbable que unos traumatismos de esta envergadura
desaparezcan sin dejar una huella perdurable.
Pero creo que, si todo va bien, el daño podría resultar relativamente
menor...
Insisto, si somos afortunados y todo sale bien.
No voy a hacerle promesas, señora Clarke.
En estos momentos su hija se encuentra al borde del abismo, y eso es algo
que no debemos olvidar.
Usted me pregunta qué pasaría en el mejor de los casos, y yo le respondo lo
que es posible, pero no forzosamente lo que sucederá.
-¿Y en el peor de los casos? -No sobrevivirá.
O, si vive, padecerá grandes limitaciones.
¿Como cuáles? -Podría pasar en coma el resto de sus días, o tener el cerebro
tan deteriorado que, suponiendo que recobrase el conocimiento, al despertar
padeciese una pérdida completa de la motricidad o del raciocinio.
En síntesis, que si la conmoción ha sido muy grave y sus heridas muy
profundas y extendidas, y no logramos curarlas, su masa cerebral quedará
atrofiada.
La tumefacción posterior también influye, y nuestro éxito al combatirla.
Necesitaremos de toda nuestra habilidad, señora Clarke, y de enormes dosis
de buena suerte, tanto nosotros como su hija.
Si firma los papeles, la operaremos de inmediato.
-,No he podido comunicarme con su padre.
-A Page se le hizo un nudo en la garganta-.
Quizá no logre localizarle hasta mañana, es decir hoy.
Estaba tan aterrada como delataba su voz.
Trygve la observó, compadeciéndose del trance por el que estaba pasando y
sintiéndose impotente para ayudarla.
-Allyson no puede esperar, señora Clarke.
Es cuestión de minutos.
Le hemos hecho un electroencefalograma y radiografías del cráneo, y debemos
intervenirla cuanto antes si queremos salvar su vida o las funciones
elementales de su cerebro.
-Sólo le pido un pequeño aplazamiento -persistió Page.
Tenía que consultárselo a Brad; Allyson también era hija suya.
No podía tomar decisiones sin contar con él.
El cirujano dirigió a Page una mirada franca.
-No creo que viva dos horas más, señora Clarke.
Y aunque viviera, no le quedaría ninguna función cerebral recuperable, por
no hablar del peligro de la ceguera.
¿Y si se equivocaba? ¿En qué quedaba la tan cacareada hipótesis del segundo
diagnóstico? El problema era que no disponían de tiempo.
Apenas lo tenían para corroborar el primero, puesto que el cirujano jefe
afirmaba que, sin una intervención urgente, Allie no sobreviviría más de dos
horas.
¿Qué otra alternativa había? -No me deja muchas opciones, doctor -musitó
Page tristemente, cogiendo la mano que Trygve le ofrecía.
-No las hay, señora Clarke.
Estoy seguro de que su esposo lo comprenderá.
Ünicamente queremos hacer lo mejor.
Ella asintió y miró al cirujano jefe, tratando de decidir si le merecía o no
confianza.
Pero en el fondo daba lo mismo, puesto que estaba en sus manos.
La vida de Allyson dependía de su pericia y buen juicio.
¿Qué sería de su pequeña si vencía a la muerte, pero quedaba deficiente
mental o en coma irreversible? ¡Qué magro triunfo! ¿Firmará el documento de
autorización? -apremió el facultativo.
Tras un breve titubeo, ella consintió.
¿Cuándo piensan operarla? -preguntó con voz estrangulada.
-Dentro de media hora.
¿Puedo hacerle compañía hasta entonces? -pidió Page, sintiendo pánico.
¿Y si no se lo permitían? ¿Y si aquélla era la última vez que veía viva a su
hija? ¿Por qué no la había retenido en casa la víspera, antes de que
saliera? ¿Por qué no le había dicho todo lo que le habría gustado
transmitirle en el curso de su corta existencia? Page rompió a llorar una
vez más.
El cirujano se inclinó hacia ella y apoyó una mano en su hombro.
-Haremos todo lo humanamente posible por Allyson, señora Clarke.
Le doy mi palabra.
-Miró a sus dos ayudantes, que no habían despegado los labios en la última
media hora-.
Y le garantizo que va a atenderla uno de los mejores equipos de neurocirugía
del país.
Confíe en nosotros.
Page hizo un gesto de asentimiento, falta de palabras, y el cirujano se
ofreció a acompañarla junto a su hija.
-Está inconsciente, señora Clarke, y además ha sufrido una serie de heridas
secundarias -la previno-.
Las apariencias son peores que la realidad.
Casi todos sus males visibles se curarán.
El cerebro ya es otra historia.
Sin embargo, nada de lo que dijo el médico preparó realmente a Page para lo
que vieron sus ojos al entrar en la sala donde estaba Allyson, vigilada por
un residente y dos enfermeras especializadas en cuidados intensivos.
Tenía un tubo de oxígeno en la garganta, otro en la nariz, un equipo de
transfusión en un brazo, el suero inyectado en la pierna, y máquinas y
monitores por todas partes.
Y, en medio de tanto artefacto, yacía la preciosa, la tierna Allyson, con el
rostro tan desfigurado que resultaba casi irreconocible, y la cabeza
envuelta en un vendaje estéril que ocultaba su rubio cabello, la melena que
en breve cortarían al cero.
Aun así, Page la habría reconocido en cualquier sitio, la habría encontrado
entre un millar e identificado como su hija.
Si sus ojos le hubieran fallado, se habría dejado guiar por el corazón.
Fue hacia su pequeña con pasos silenciosos y se detuvo a su lado.
-Hola, cariño -murmuró, rezando para que en algún recoveco de su mente su
hija pudiera oírla-.
Te quiero, tesoro mío.
Pronto estarás como nueva.
Te adoro, Allie, todos te queremos...
te queremos...
-Repitió las mismas palabras una y otra vez, mientras, entre sollozos, le
acariciaba el brazo, la mano y la mejilla que no tenía magullada.
Era tal su demacración y su palidez, que de no haber sido por los monitores
Page la habría considerado muerta.
Le dolían las entrañas al mirarla, incapaz todavía de aceptar la tragedia-.
Mi amor, todos te queremos.
Debes recuperarte por nosotros, por papá, por mí, por Andy...
Page permaneció largo rato en la cabecera de Allyson, hasta que al fin, al
acercarse la hora de la intervención, le rogaron que saliera para preparar a
la paciente.
Pidió que le dejaran quedarse, pero el médico dijo que no podía ser.
Page quiso saber en qué consistían aquellos preparativos, y le explicaron
que había que revisar los conductos respiratorios, administrar ciertas
drogas, rapar la cabeza y poner un catéter.
Tenían mucho trabajo que hacer.
Allie no se enteraría de nada, pero para su madre sería muy penoso
presenciarlo.
¿Podría...
les importaría...? -Page hubo de hacer un gran esfuerzo para expresarse con
claridad-: ¿Podría conservar un mechón de su cabello? -A ella misma le sonó
fatal, pero deseaba tenerlo.
-Desde luego que sí -respondió una de las enfermeras de la UCI-.
Le prometo que cuidaremos de ella, señora Clarke.
Page esbozó una sombría sonrisa y, volviéndose hacia Allyson, se inclinó
sobre ella y la besó con ternura.
-Siempre te querré, mi niña bonita, siempre te querré.
-Era una cancioncilla que solía cantarle de niña y que quizá ahora
perviviese en algún rincón de su memoria.
Las lágrimas cegaban sus ojos cuando dejó la sala, tras haber librado una
dura batalla consigo misma para apartarse del lecho de Allyson.
Era indeeiblemente doloroso saber que tal vez no volvería a verla con vida,
y sin embargo, como ella misma se recordó varias veces, no había
alternativa.
Tenían que operar a Allyson o su última esperanza se esfumaría.
Trygve la esperaba en el pasillo, y al verla le dio un vuelco el corazón.
Llevaba escrito en el rostro todo lo que acababa de pasar.
Era un espectro viviente.
Thorensen había vislumbrado a la muchacha en el instante en que entró Page,
y también él se descompuso.
Chloe no había resultado una visión grata, pero aquello era mucho peor.
Además, tras oír el dictamen médico pensaba que había bastantes
probabilidades de un desenlace fatal, aunque se abstuvo de comentarlo en voz
alta.
-Lo siento, Page -musitó, y abrió sus brazos para que ella desahogara su
pena.
Ella lloró y lloró.
No podía hacer otra cosa.
Aquélla fue para ambos la noche más aciaga de sus vidas, una noche poblada
de pesadillas sin fin.
Trygve todavía tenía a Chloe en el quirófano.
Una enfermera le había dicho poco antes que la intervención progresaba sin
novedad, pero que duraría unas horas más.
La recepcionista entregó a Page los formularios que debía firmar y, una vez
los hubo cumplimentado, Thorensen propuso que bajasen a tomar un café.
-No podría beberlo.
-Pues pide un vaso de agua.
Necesitas un cambio de escena, Page.
Tienes por delante un día muy largo.
-Eran ya las cuatro de la mañana y el neurocirujano les había anunciado que
la operación de Allie podía prolongarse entre doce y catorce horas-.
Deberías ir a casa y descansar un rato -sugirió Thorensen, francamente
preocupado por ella.
Habían intimado más en las tres últimas horas que en los ocho años
anteriores, y Page agradecía aquella solicitud.
Sin el apoyo de Trygve se habría vuelto loca.
-No me moveré del hospital -dijo con determinación-, pero acepto ese café.
Thorensen lo comprendió.
él tampoco habría dejado a Chloe.
Pero, en su caso, Nick estaba en casa para hacerse cargo de Bjorn.
Antes de irse les había contado a los dos todo lo que sabía, y además les
telefoneaba periódicamente.
Page, en cambio, debía ocuparse de Andy, el cual podía angustiarse mucho sin
su madre y su hermana.
¿Con quién has dejado a tu hijo? -preguntó Trygve en la cafetería, entre
sorbo y sorbo de un café vomitivo.
-Con Jane Gilson, nuestra vecina.
Andy le tiene mucho afecto, no se inquietará cuando despierte.
Además, es inevitable.
Tengo que estar aquí, en el hospital.
Dentro de unas horas habré de espabilarme para comunicar con Brad.
Es la primera vez en dieciséis años que sale de viaje sin dejarme un número
de teléfono.
-Siempre ocurre lo mismo -se lamentó Trygve-.
En cierta ocasión Dana fue a esquiar a casa de unos amigos y también olvidó
apuntarme su número.
Naturalmente, en aquellos tres días Bjorn se perdió, Nick se fracturó un
brazo y Chloe cayó en cama con neumonía.
Lo pasé de lo más divertido.
Page sonrió al imaginar el cuadro.
Thorensen era un hombre estupendo, y con ella se había sincerado.
Pero todavía tenía dificultad para asimilar lo sucedido.
-No sé cómo voy a decírselo a Brad.
Allie y él están muy compenetrados.
Será muy duro para él.
-Es un infierno para todos.
No puedo quitarme de la cabeza al pobre conductor.
¡Figúrate cómo se sentirán sus padres ! Tuvieron oportunidad de verlo una
hora más tarde, cuando los Chapman llegaron al Hospital de Marín.
Eran una atractiva pareja de cincuentones.
Ella tenía canas de peluquería, y el señor Chapman parecía un banquero.
Page les vio abalanzarse sobre el mostrador de recepción, exhaustos y
demudados.
Eran las seis en punto de la mañana y habían pasado la noche en la carretera
procedentes de Carmel, donde les avisaron de la hecatombe.
Todavía no la habían asumido del todo.
Phillip era su único hijo, y además tardío, nacido tras varios intentos
infructuosos.
Fue el sol de su existencia, razón por la que no habían querido que
estudiara en una universidad del Este.
No soportaban la idea de separarse de él, y ahora, irónicamente, no podía
estar más lejos.
Se había ido de sus vidas para siempre.
La señora Chapman escuchó el informe del médico con la cabeza baja y sordo
llanto, pero su marido, que la tenía asida por el hombro, lloró
inconteniblemente cuando les dijeron que Phillip había muerto
instantáneamente a causa de un impacto que le había desnucado, fracturando
las vértebras cervicales que unen la columna al cráneo.
Luego les informaron que se habían detectado pequeños índices de alcohol en
su sangre, insuficientes para considerarlo legalmente ebrio, pero que podían
haber afectado la lucidez de un chico tan joven.
Aunque no le achacaron de forma expresa la responsabilidad del accidente,
pues subsistían los interrogantes sobre el quién y el porqué, la insinuación
quedó en el aire, y los Chapman se horrorizaron.
El analista les dijo que la conductora del otro coche era la esposa del
senador Hutchinson y que estaba desesperada por lo acaecido.
Pero eso no les sirvió de ayuda: Phillip había muerto, y saber con quién
había chocado no se lo devolvería.
De pronto, el pesar de la señora Chapman se transformó en cólera ante
aquellas veladas acusaciones de que Phillip había bebido.
Preguntó si se había examinado también a la conductora del otro coche, y le
respondieron que no.
Los policías encargados del caso tenían la absoluta certeza de que estaba
sobria.
No hubo la menor sospecha al respecto.
Tom Chapman, por su parte, se fue encendiendo a medida que escuchaba.
La actitud general le parecía exasperante.
Era un prestigioso abogado y la idea de que su hijo hubiese sido analizado y
sutilmente difamado -mientras la mujer del senador gozaba de completa
inmunidadle parecía una injusticia del peor calibre.
No pensaba tolerarlo.
¿Qué pretende decirme, que porque mi hijo tenía diecisiete años y bebió
media copa de vino, o su equivalente, es el presunto responsable del
accidente? Y sin embargo, una mujer adulta que podría haber abusado del
alcohol mucho más que él, con la consiguiente embriaguez y pérdida de
facultades, está por encima de la ley sólo porque se ha casado con un
político.
¿Es eso? El señor Chapman se estremecía de dolor y de rabia al increpar al
joven doctor que acababa de decirle que Laura Hutchinson no había pasado la
prueba de la alcoholemia sencillamente porque la policía daba por cierta su
sobriedad.
-¡No se atreva a insinuar que mi hijo estaba borracho! -rugió, y su mujer
rompió a llorar.
Su ira era una pantalla contra la pena inconsolable que sentían-.
Es una burda calumnia.
Usted mismo ha dicho que el análisis demuestra que se hallaba muy lejos de
los baremos legales de embriaguez, que lo que bebió fue inapreciable.
Conocía a mi hijo.
Apenas probaba el alcohol, o lo hacía de forma esporádica y con moderación
y, ciertamente, nunca cuando conducía.
Ahora ya no volvería a hacer ni una cosa ni otra.
De súbito, la indignación de Tom Chapman se disipó al tomar conciencia de lo
ocurrido.
Deseaba culpar a alguien, herir a los demás tanto como lo estaba él.
Deseaba que la responsabilidad recayera en la otra conductora, no en su
hijo.
Pero, aún más, deseaba que el accidente no hubiera ocurrido.
¿Por qué habían ido a Carmel? ¿Por qué le dejaron solo y se fiaron de él? No
era más que un muchacho, casi un niño, y ahora todo había terminado.
Las lágrimas fluyeron copiosamente, y Chapman se volvió hacia su esposa con
la desesperación dibujada en la cara.
Por un instante aquel tempestuoso estallido le había ayudado a mitigar el
dolor, pero ahora volvió a desatarse en toda su magnitud.
Mientras se dirigía con su mujer hacia la sala de urgencias, ambos lloraron
amargamente y la coartada de las recriminaciones fue olvidada.
Un fotógrafo les tomó una instantánea mientras esperaban en la entrada de la
sala.
El destello del flash les desconcertó.
Era tanto lo que habían pasado, que aquello parecía tan sólo otro momento
incomprensible.
Pero cuando advirtieron que la prensa les había fotografiado, la intrusión
les enfadó; en medio de su aflicción se les sometía también a la indignidad.
Tom Chapman se congestionó y pareció que iba a agredir físicamente al tipo
de la cámara, pero no lo hizo.
Estaba muy convulsionado, pero era una persona razonable.
Aquel incidente hizo comprender a los Chapman que, debido a la identidad de
la otra conductora, su agonía se transformaría en un gran acontecimiento.
Era un notición, algo candente con lo que azuzar a la opinión pública.
¿Fue culpable la esposa del senador, o meramente una víctima inocente que
salió bien parada? ¿El chico Chapman fue el único res ponsable de la
tragedia? ¿Conducía ebrio? cEra un irresponsable, o sólo un joven inexperto?
¿Acaso Laura Hutchinson andaba metida en algo turbio? ¿Iba drogado alguno de
los involucrados? El hecho de que hubiera fallecido un chico de diecisiete
años, destrozando la vida de sus padres, que otra quedara lisiada y una
tercera medio muerta no eran sino pienso fresco para la prensa, y más aún
para la nnamarilla".
Los Chapman eran la estampa de la desolación cuando abandonaron el hospital,
aunque lo más terrible fue ver a su hijo Phillip.
Mary Chapman jamás olvidaría el horror del momento en que les mostraron su
cuerpo lívido, tumefacto, tan mortalmente rígido.
Ellos se desgarraron al contemplarle.
Tom sollozó abiertamente y Mary se inclinó sobre el cadáver, tocó su cara
con infinita dulzura y le besó.
Pensó en la primera vez que le había visto, diecisiete años atrás, al
acunarle en sus brazos y experimentar la inmensa felicidad de ser madre.
Siempre lo recordaría, eso era algo que el tiempo no podría quitarle, pero
la muerte le había arrebatado a Phillip.
No volvería a reír, a correr por el césped, a cerrar de un portazo al salir
de casa ni a contarle chistes.
No volvería a sorprenderla con alguna de sus ingenuas travesuras o sus
bromas entrañables.
No volvería a regalarle flores.
No crecería ante sus ojos hasta hacerse un hombre cabal.
Su imagen quedaría eternamente congelada en aquel cuerpo de descorazonadora
rigidez, privado de alma.
A pesar del amor que le prodigaban, y que él había correspondido, en un
instante fugaz e, inesperado, Phillip se había marchado de sus vidas.
Todo aquello hizo que el siguiente acoso de los periodistas, fuera ya del
centro, les repugnara todavía más.
Consciente de lo que iba a ocurrir, Tom Chapman se juró a sí mismo que
Phillip no cargaría con las culpas de la tragedia.
Si era necesario, reivindicaría el nombre de su hijo.
No permitiría que la memoria de Phillip fuese mancillada en titulares
tendenciosos, ni utilizada para proteger a la mujer del senador, o bien para
salvaguardar el puesto de Hutchinson en las próximas elecciones.
Chapman tenía la total seguridad de que su hijo había actuado
intachablemente, y no iba a consentir que nadie sugiriese lo contrario.
Así se lo dijo a su esposa en el coche, camino de casa, pero ella no le
oyó.
Estaba demasiado absorta recordando el rostro de su hijo cuando le dio el
último beso.
La noche fue interminable para todos.
Mientras esperaban que saliesen del quirófano sus respectivas hijas, Page y
Trygve tuvieron la sensación de haber pasado la vida entera en aquel
hospital.
-No puedo dejar de pensar en las alternativas -comentó Page en voz baja al
despuntar sobre Marín los primeros rayos de sol, un signo que ella intentó
interpretar como de buen augurio.
Amanecía otro espléndido día primaveral.
Sin embargo, la tibieza del clima no la estimuló.
En su corazón se había instalado el invierno, con la nieve, el hielo y todo
cuanto tiene de inhóspito-.
Resuenan en mi cabeza las palabras del doctor Hammerman, la perspectiva de
que el cerebro no se restablezca, que Allie quede seriamente aquejada de
deficiencias físicas o mentales.
¿Cómo voy a convivir con algo tan horroroso? -barruntó abstraída, hablando
más para sí misma que a su compañero, y de pronto se acordó de Bjorn y
sintió vergüenza-.
Perdona, Trygve, no sé lo que me digo.
-Descuida, comprendo muy bien lo que estás sufriendo.
O al menos eso creo.
Yo abrigo sentimientos parecidos respecto a las piernas de Chloe, y no he
olvidado cómo reaccioné cuando nos confirmaron que Bjorn tenía el síndrome
de Down.
Thorensen era franco con ella.
A fin de cuentas, ambos se esforzaban en prever los reajustes que tendrían
que afrontar.
Page estudió a su amigo.
Tenía el cabello desgreñado y llevaba vaqueros, una vieja camisa de cuadros
y zapatillas de deporte sin calcetines.
Miró entonces su propio suéter de faena y recordó que ni siquiera se había
peinado.
Pero la estética poco le importaba, e incluso sonrió al reparar en la imagen
que ofrecían.
-Estamos impresentables -dijo-.
Aunque reconozco que tú vas algo mejor que yo.
Salí de casa con tanta precipitación que es un milagro que me haya vestido.
Trygve le devolvió la sonrisa por primera vez en toda la noche, adoptando un
aire muy juvenil y nórdico con sus grandes ojos azules de rubias pestañas.
-Estos pantalones son de Nick, y la camisa es de Bjorn.
Las zapatillas no sé a quién pertenecen; las encontré en el garaje.
Poco faltó para que viniera descalzo.
Page asintió, imaginando mejor que nadie lo que había sentido cuando recibió
la noticia.
Ella misma apenas soportaba el recuerdo, y todavía tenía que comunicárselo a
Brad, otra pesadilla difícil de afrontar.
Ansiaba poder decirle que Allyson seguía con vida, que había esperanzas.
Pero era improbable que se supiera algo concreto en el momento de
localizarle.
-Estaba pensando en Bjorn -susurró Trygve, reclinado en el respaldo de la
silla con actitud reflexiva-.
Al principio fue espantoso.
Dana empezó a odiar a todos cuantos le rodeaban, en especial a mí, porque no
sabía en quién más verter su resentimiento.
Y también le aborreció a él.
No podía aceptar que su bebé tuviera un defecto.
Hablaba del niño como si fuera un vegetal y pintó un cuadro macabro de lo
que nos deparaba el futuro.
Quería internarle en una institución.
-¿Por qué no lo hicisteis? Page estaba intrigada, y no tuvo reparo en
preguntárselo.
Sabía que Brad habría rechazado a un niño anormal.
-No creo en esa solución.
Quizá sea por mi educación noruega, quizá por mi carácter particular.
Yo opino que no hay que huir de los problemas, por arduos que sean.
Nunca lo he hecho -agregó y sonrió con desencanto al rememorar sus
diecinueve años de matrimonio infeliz-, aunque en algunos casos quizá pequé
de demasiado constante.
Verás, en lo que a mí respecta, los ancianos, los niños, los enfermos y las
personas con limitaciones son parte de la vida.
El mundo no es perfecto, y tampoco hay que pedírselo.
Digamos que, tal y como yo lo veo, debemos conformarnos y sacarle el mejor
partido posible.
Dana se negó a participar en el cuidado de Bjorn, así que lo convertí en mi
misión personal.
Realmente tuvimos mucha suerte.
El mal no se ha desarrollado en él tanto como en otros chicos y, aunque está
limitado, posee un montón de habilidades.
Es un chaval bien dotado para la carpintería, las obras que realiza son
artísticas en su estilo infantil, se encariña con la gente, es enormemente
afectuoso y leal, cocina de maravilla, posee un gran sentido del humor, es
responsable hasta cierto punto e incluso ha aprendido a conducir.
Es verdad que nunca será como Nick, como tú o como yo.
No estudiará en la universidad, ni dirigirá un banco, ni ejercerá de médico.
Pero es Bjorn, voluntarioso, trabajador y amante de los deportes, los niños
y el prójimo en general.
Quizá lleve una vida feliz a pesar de sus impedimentos.
Yo espero que así sea.
-Le has dado mucho -apostilló Page-.
Es un joven afortunado.
Trygve habría querido responderle que Brad también lo era.
Por lo que había podido ver aquella noche, presentía que Page era una mujer
excepcional.
Acababa de recibir un revés ante el que cualquiera se habría desmoronado,
pero ella lo encajaba con entereza y todavía le ayudaba a él y le sobraba
tiempo para pensar en los demás, en su marido, en su hijo e incluso en los
Chapman.
-Se lo merece, Page.
Bjorn es un chico fenomenal.
No quiero ni pensar cómo habría sido su vida en una institución.
Quizá no habría evolucionado tanto, o quizá sí.
No lo sé.
Pero estando en casa va a comprar a la tienda, por ejemplo, y se siente
orgulloso.
Hay veces en las que confío más en él que en la misma Chloe.
Los dos rieron.
Decididamente, las adolescentes tenían sus propias limitaciones.
¿No te sientes frustrado alguna vez? ¿No querrías que hubiera llegado más
lejos? -No adelantaría nada quejándome, Page.
Ha hecho lo máximo que podía.
Es más fácil así, y yo me enorgullezco de mi hijo.
Sin embargo, los dos sabían que sería muy diferente si Allyson quedaba
mentalmente incapacitada y no podía cumplir la vida a que aspiraba.
-Sigo sin entender cómo se adapta uno a estas situaciones.
Supongo que has de desechar tu anterior escala de valoraciones y empezar de
nuevo, dando gracias por cada paso, por cada palabra, cada atisbo de
maduración y de progreso.
Pero ¿cómo olvidar? ¿Cómo olvidar lo que fue y aprender a aceptar logros tan
nimios? -No lo sé -contestó Thorensen apesadumbrado, sin una experiencia
que aportar-.
Tal vez debes agradecer que esté viva y partir de cero -sugirió.
Ella asintió con la cabeza, comprendiendo cuán dichosa iba a sentirse si
Allyson sobrevivía.
-Me temo que yo aún no estoy en esa fase.
Eran casi las ocho de la mañana y Page decidió llamar a uno de los socios de
Brad para intentar conseguir algún dato de su paradero en Cleveland.
Excusándose, despertó a Dan Ballantine y le contó sucintamente lo sucedido.
Dijo que Brad estaba citado para jugar al golf con el director de la empresa
de Cleveland y que, si Dan no sabía en qué hotel se hospedaba, podía
telefonear al citado director y dejarle recado de que Brad la llamase.
Era un método algo complicado de ponerse en contacto con su marido, pero no
se le ocurrió ninguno mejor.
Dan prometió actuar de inmediato, y dijo que daría el número del hospital de
Marín sin ser demasiado explícito, para no asustar a Brad.
Al despedirse, expresó su pesar por el accidente y su confianza en que Allie
se repondría.
-¡Ojalá así sea! -contestó Page, y le reiteró su agradecimiento.
No había transcurrido una hora cuando Dan la llamó por la extensión de
urgencias.
Había telefoneado al director de la compañía de Cleveland, y el hombre
afirmó que su cita con Brad era para el día siguiente.
Según él, no había acordado jugar al golf ni encontrarse el domingo por la
mañana.
-¡Qué raro! Pero si Brad me comentó que...
Olvídalo, seguramente hubo un malentendido.
En fin, tendré que esperar a que él me llame -dijo Page con laxitud.
Estaba demasiado agotada para pensar por qué le había dicho que jugaría al
golf con aquel hombre.
Se figuró sin más que habían anulado la partida y que Dan se armó un lío.
Por lo menos lo había intentado y, antes o después, su marido se enteraría
de todo.
Tal vez para entonces podría darle mejores noticias.
-No han podido localizarle -anunció a Trygve cuando volvió a la sala de
espera, sentándose a su lado en una incómoda silla.
A Thorensen le asomaba ya la barba, y parecía tan extenuado y deprimido
como ella-.
Cuando llame, Jane le dará este número.
¡Pobrecillo! La idea de contárselo me pone mala.
-Te comprendo.
Yo he llamado a Dana en Londres mientras hablabas por teléfono.
Acababa de regresar de un fin de semana en Venecia.
Se ha llevado un disgusto mayúsculo y, como siempre, me ha achacado todas
las culpas.
Me ha regañado porque dejé salir a Chloe, por no saber con quién iba, y ha
añadido que debo de ser idiota para no sospechar que maquinaba algo.
Es posible que tenga razón...
He sido muy negligente, pero de vez en cuando hay que confiar en ellos, o de
lo contrario nos volveríamos locos.
No puedes erigirte constantemente en su guardián y, a decir verdad, Chloe
suele portarse bien.
Sólo de tarde en tarde hace alguna trastada.
-Allie también es así.
No acostumbra saltarse las normas.
Imagino que querían probar sus alas, lo cual es muy normal, sólo que esta
vez su escapada se ha saldado trágicamente.
¡Ya lo creo que sí! En todo caso, Dana me ha hecho responsable.
¿Y tú estás de acuerdo? -De hecho, no.
Pero siempre hay una parte de ti que se lo cuestiona.
En el fondo, podría no estar tan desatinada.
Me horroriza pensarlo.
-Pues no lo pienses, porque Dana se equivoca y tú deberías saberlo.
Ha sido un abyecto capricho del destino, pero sin ningún culpable, excepto
tal vez la conductora del otro coche.
Ambos deseaban creer que había fallado Laura Hutchinson y no Phillip
Chapman.
Si el accidente había sido un golpe de mala suerte y Phillip no tuvo nada
que ver, sería más fácil soportarlo.
O quizá no, quizá no cambiaría nada.
Antes de que discutieran ese punto, apareció el cirujano ortopédico para
decirles que la operación de Chloe había sido un éxito.
Había perdido mucha sangre y pasaría bastante tiempo débil e inválida, pero
el equipo se sentía optimista en cuanto a su recuperación.
La pelvis estaba en su lugar, habían restaurado la cadera, y en ambas
piernas llevaba clavos y tornillos de acero que tardarían un año o dos en
quitarle.
Debía despedirse de la danza, pero, si todo iba bien, volvería a caminar, a
bailar con los amigos y algún día incluso podría tener hijos.
Aunque había que esperar su evolución en las semanas siguientes, el cirujano
se mostró muy satisfecho de su trabajo y de la reacción de Chloe, Trygve
lloró al escucharle.
Chloe estaba aún en la sala de reanimación, y el médico dijo que no
aconsejaba moverla hasta el mediodía.
En ese momento la trasladarían a una sala de cuidados intensivos, donde
permanecería aproximadamente una semana, y por fin a la habitación.
Informó a Thorensen de que a lo largo del día le harían un par de
transfusiones y le preguntó si él o alguno de sus hijos tenían el mismo
grupo sanguíneo.
Se alegró de saber que sí, que todos podían ser donantes.
-¿Por qué no se va a casa y descansa unas horas? Su hija está bien atendida.
Si quiere, puede volver por la tarde, cuando la llevemos a la UCI.
Piense que esto va a ser muy largo.
Chloe pasará en el hospital un mes, probablemente más.
Es absurdo que se agote usted en los prolegómenos.
Trygve encontró muy seductora la propuesta de echar una cabezada, pero no le
apetecía dejar a Page sola con Allyson en el quirófano.
Al final decidió quedarse, y se tendió en uno de los sofás de la sala de
espera.
Page habría hecho lo mismo, y consideró un deber no moverse de su lado.
Pasó el mediodía y, a las dos de la tarde, Chloe ingresó finalmente en la U
C I.
Estaba todavía muy aletargada pero reconoció a su padre, y no parecía tener
dolores, lo cual no dejaba de ser extraordinario después de su tremenda
experiencia y de los numerosos aparatos a los que estaba conectada.
Thorensen se animó al ver a los médicos tan satisfechos y esperanzados.
¿Cómo está? -se interesó Page cuando Thorensen regresó.
Ella había llamado a Jane y hablado con Andy.
El crío estaba preocupado por su ausencia, y más aún por su hermana.
Pero Page procuró disimular.
Era prematuro explicárselo todo cuando ni siquiera Brad lo sabía.
Su marido no había telefoneado, así que Jane permanecía a la espera para
darle el mensaje.
-Está como abotargada -dijo Trygve respecto a Chloe-.
Pero tiene buen aspecto, a pesar de todos los artilugios que le han
colocado.
De su cadera cuelgan tubos y placas metálicas, y de sus piernas sobresalen
clavos, hierros y más placas.
Más tarde la escayolarán, pero aún es pronto.
Aunque la he visto muy maltrecha, supongo que debo agradecer mi buena
estrella.
-Eso es algo que siempre me ha chocado -respondió Page, con la voz igual de
gastada que el resto de su persona-.
En situaciones como ésta la gente se empeña en decirte que tienes que estar
agradecido.
Hace sólo veinticuatro horas Allie era una chica de quince años sana,
exultante e ilusionada, que intentaba conquistarme para que le prestara un
suéter rosa.
Hoy afronta una operación cerebral y lucha por salvar su vida, y yo he de
dar gracias porque no ha muerto.
Pero, comparado con el día de ayer, esto es un asco.
¿Comprendes? Thorensen se echó a reír.
Las palabras de Page eran duras pero lógicas.
A él también le decían lo mismo en relación con Bjorn, que debía dar gracias
al cielo porque su retraso era más bien leve.
¿Ah, sí? ¿Y por qué demonios había nacido retrasado? ¿Qué era lo que tenía
que agradecer? Acaso mucho...
Tal y como ocurrieron las cosas, el destino podría haberse ensañado aún más.
Por fin, hacia las tres, Thorensen se marchó a casa para ducharse y hablar
con sus hijos.
A última hora pensaba llevarles al hospital.
Nick le había dicho que Bjorn preguntaba mucho por Chloe y estaba muy
inquieto, y Trygve creyó que verla le tranquilizaría.
Al chico le preocupaba mucho la muerte, algo típico en los niños y que, en
su caso, no constituía una excepción aunque hubiera cumplido ya los
dieciocho años.
Insistió a Page en que le llamara si necesitaba algo, y ella continuó sola
su vigilia.
Estuvo dudando en avisar a su madre.
Pero no se vio con ánimos y, además, Brad todavía no sabía nada.
Era injusto contárselo primero a ella.
Pasó más de una hora inmóvil en su silla, anhelando que su marido
telefonease.
Tuvo noticias de Allyson sobre las cuatro, cuando le anunciaron que la
operación iba bien y que su estado era estable dentro de la gravedad.
Precisaría varias transfusiones más, y Page sintió un gran alivio al
comprobar que tenía su mismo tipo de sangre.
Se prestó a que le extrajeran sangre enseguida, y luego, poco después de
terminar, recibió la tan ansiada llamada.
Brad había marcado el número de la centralita, pero la recepcionista pasó la
comunicación a un despacho privado.
-Dios mío, Page, cdónde estás? -Era obvio que Jane sólo le había dicho que
llamara a aquel teléfono-.
He creído entender que es el hospital de Marín.
-Lo es, sí.
-Page trató de superar su fatiga, buscando las palabras adecuadas y
fracasando en la primera intentona-.
Brad, amor mío...
Se echó a llorar y no pudo seguir.
¿Te encuentras mal? ¿Sucede algo? Por un momento, Brad se preguntó si se
había quedado embarazada, o si se había caído otra vez de la escalera.
¿Qué más podía pasar? -Cariño, Allie ha tenido un percance.
Page hizo una pausa para respirar, y él le espetó la pregunta que más
temía: -¿Está sana y salva? -No, Brad, no lo está.
-Page se sumió en un torrente de lágrimas-.
Anoche sufrió un accidente de coche.
No sabes cuánto siento tener que decírtelo así.
He removido cielo y tierra para encontrarte, pero como has suspendido tu
partida de golf...
-¡Ah! Sí, es verdad.
El director tenía otro compromiso.
¿A quién has llamado? -A Dan Ballantine.
Ha llamado a Cleveland para dejarle el recado a ese director.
No me anotaste en la libreta el número de tu hotel.
-Lo olvidé.
-La voz de Brad sonaba tensa y cortante, lo cual sorprendió a su esposa,
como si se hubiera enfadado porque ella había llamado a Dan-.
¿Cómo está Allie? ¿Qué clase de accidente sufrió? ¿Quién conducía, Trygve
Thorensen? -No.
En realidad salió con unos amigos.
Colisionaron de frente y...
Page se sintió desfallecer, pero tenía que explicárselo.
-Ha sufrido una grave herida cerebral, Brad.
Se encuentra en estado crítico, y ahora mismo la están operando.
¿Les has dejado intervenir sin consultarme? Por todos los demonios, ncómo
has podido hacer eso? -No he tenido otra opción.
El cirujano me advirtió que, si no daba mi permiso, Allyson moriría antes de
las seis de esta mañana.
-¡Mentira! Tenías todo el derecho a solicitar un segundo dictamen.
Y nos lo debía a ambos, tanto a Allie como a mí.
Brad no reaccionaba racionalmente, pero Page sabía que era sólo un escudo
protector.
El impacto de la noticia era demasiado brutal para resistirlo en el primer
embate.
-No había tiempo, Brad.
No había tiempo para nada, salvo para las plegarias y los milagros.
Todo estaba en manos de Dios...
y en las del cirujano.
-¿Cómo está ahora? -Continúa en el quirófano.
Hace casi doce horas que empezaron.
-¡Dios mío! -Hubo un prolongado silencio al otro lado del hilo, y Page
dedujo que su marido estaba llorando-.
¿Cómo ocurrió? ¿Quién conducía el coche? "¿Y qué más da?", pensó Page.
-Un chico llamado Phillip Chapman.
-¡Maldito hijo de puta! ¿Estaba borracho? Le voy a demandar, le despellejaré
vivo...
La voz de Brad temblaba y Page hubo de desengañarle.
-Phillip ha muerto, querido.
En el vehículo viajaban dos parejas.
El otro muchacho tuvo una simple contusión.
Chloe también está malherida, pero se recuperará.
En cuanto a Allie, probablemente no lo supere, Brad, o si lo hace podría no
quedar bien.
Tienes que volver, amor mío, te necesitamos.
-No tardaré ni una hora -prometió él.
Los dos sabían que era imposible, pero quizá llegaría en seis si cogía un
avión inmediatamente.
Page estaba segura de que Brad podía tocar algunas teclas y conseguir una
plaza en el primer vuelo de Cleveland, puesto que las circunstancias lo
justificaban, y se alegró de que por fin la hubiera llamado.
Le necesitaba desesperadamente.
Trygve había sido una bendición, pero Brad era su marido.
-Estaré contigo lo antes que pueda -repitió Brad atribulado.
-Te quiero -balbuceó ella-.
Estoy deseando que vuelvas.
-Yo también -contestó Brad, y colgó.
Asombrosamente, Brad atravesaba la puerta del hospital a las seis de la
tarde, una hora después de su conversación telefónica, y cuando hacía apenas
unos minutos que habían informado a Page de que, hasta entonces, todo iba
bien y Allyson había sobrevivido a la operación.
Pero la auténtica prueba vendría en las cuarenta y ocho horas siguientes, o
incluso en los próximos días.
Tan grave estaba Allyson, que el peligro perduraría durante un tiempo y no
había manera de predecir hasta qué punto se recobraría.
Lo único que sabían era que de momento vivía y que, daba su crítica
condición, los resultados eran satisfactorios, lo cual ya era mucho decir.
Al menos Page tenía algo bueno que anunciar a su esposo, aunque no
comprendía cómo había llegado al hospital al cabo de una hora de telefonear
desde Cleveland.
Brad habló con el equipo médico e interrogó a todo el mundo, pero no le
permitieron ver a Allie.
Su hija estaría en reanimación hasta el lunes por la mañana.
¿Cómo lo has hecho? -le preguntó Page dulcemente, mientras tomaban café de
máquina en la sala de espera.
No había probado bocado en todo el día y la comida le repelía.
Lo único que admitía su estómago era café y unas galletas saladas que
Trygve, solícito, le había instado a comer-.
¿Cómo has hecho para venir tan deprisa? -él se encogió de hombros y bebió
otro sorbo de café.
Sus miradas no se habían cruzado en ningún instante, y Brad tan sólo había
hablado de Allyson.
De repente, Page tuvo un raro presentimiento-.
¿Dónde estabas ? Era físicamente imposible viajar en una hora de Cleveland a
San Francisco o, más aún, del hotel al hospital.
-Eso es secundario -repuso Brad, esquivo-.
Lo único que ahora debe importarnos es Allie.
-Discrepo -dijo Page, escudriñando los ojos de su marido, pero sin descubrir
nada en ellos-.
Nosotros también contamos.
¿Dónde has estado? -Había en su voz una nota de estridencia, fruto de un
nuevo terror.
Creía haber cubierto el cupo del miedo en una sola noche, y ahora, de
súbito, la asaltaba otro-.
Te he hecho una pregunta, Brad.
-Y yo me niego a responderla.
-La cara de Brad Clarke tenía una expresión desconocida, indefinible-.
¿No basta con lo que ha pasado? He venido lo más rápido que he podido, Page,
en cuanto me he enterado.
Era lo que tenía que hacer.
Ella sintió cómo una gélida garra le apresaba y le estrujaba el corazón.
No era justo.
No podía perderles a ambos el mismo día.
¿o sí? -No has ido a Cleveland, cverdad? -insistió en un murmullo.
Brad apartó la vista y no contestó.

CAPITULO V


Brad salió del hospital antes que Page, una vez comprobó que allí no podía
hacer nada por Allie.
No le dejarían verla mientras estuviera en la sala de reanimación, y ya
había cambiado impresiones con el neurocirujano.
Le dijo a Page que se encontrarían en casa y fue discretamente a reunirse
con Andy.
Antes de marcharse Page vio a Trygve, que había vuelto en compañía de sus
dos hijos.
Ella le contó que Brad había volado desde Cleveland, si bien no le mencionó
el resto de su conversación.
Con aire ausente, saludó a los chicos y reiteró a Thorensen su
agradecimiento por el apoyo que le había prestado.
Le comentó que pasaría unas horas en casa, mientras Allyson se reanimaba, y
que regresaría al hospital antes del amanecer.
-¿Por qué no intentas dormir un poco? Tu cuerpo lo necesita.
-Ya veremos.
Page esbozó una sonrisa, pero toda la agonía de las últimas dieciséis horas
estaba grabada a fuego en su rostro, y sus ojos destilaban más tristeza de
la que Trygve había visto en su vida.
-Cuídate -se despidió Thorensen con cordialidad.
Page subió al coche y se dirigió hacia su casa, donde encontró a Brad
explicando a Andy el accidente de su hermana.
Le decía con tono campechano que tenía un buen boquete en la cabeza, pero
que se curaría en cuanto los doctores le hubieran hecho algunos remiendos y
se recuperase de la operación.
Jane Gilson ya se había ido.
Brad estaba solo con el niño, y a Page no le gustaron nada sus
explicaciones.
Así se lo hizo saber cuando Andy salió a jugar.
El pequeño estaba preocupado, pero no traumatizado, como ella misma verificó
al espiarle desde la cristalera del salón.
Correteaba con Lizzie por el césped del jardín.
No era preciso vigilarle estrechamente porque vivían en un barrio tranquilo,
donde todos los vecinos se conocían.
-No debiste decirle eso, Brad -censuró a su marido sin volverse hacia él.
Tenía un sinfín de preguntas, pero las reservaba para la noche, después de
acostar a Andy.
¿Qué le he dicho? -replicó Brad con tirantez.
También su cabeza bullía de actividad.
Aparte de la tragedia de Allyson, sabía tan bien como Page que aquel suceso
había desencadenado una grave crisis en su matrimonio.
-Que se pondrá bien -contestó Page, encarándose con él-.
Todavía no tenemos ninguna certeza.
¡Y tanto que sí! El doctor Hammerman me ha asegurado que tiene muchas
probabilidades de sobrevivir.
-¿En qué condiciones? ¿En coma, igual que un vegetal, o con el cerebro
nnsumamente deteriorado", como lo define él? Ciega tal vez? ¿Acaso no has
sabido interpretar una sola de sus palabras, Brad? Cometes un error al
suscitar falsas esperanzas en Andy y darle garantías que no existen.
¿Y qué querías que hiciese, enseñarle las radiografías craneales de Allie?
iPor el amor de Dios, Page, no es más que un niño! No le atosiguemos.
Recuerda que quiere mucho a su hermana.
-También yo la quiero.
Les quiero a los dos, y a ti, pero es una insensatez falsear la verdad.
¿Qué pasaría si Allie muere esta noche, si no supera el postoperatorio? ¿Qué
le dirás entonces a Andy? -Las lágrimas se agolparon en los ojos de Page al
preguntarlo, y empañaron los de Brad al responder.
-Cuando ocurra, lo afrontaremos.
-¿Y nosotros? -preguntó ella, sorprendiendo a su esposo con un giro tan
brusco en la discusión.
Andy, entretanto, jugaba feliz-.
También habrá que afrontar eso, ¿no te parece? ¿Qué pasa exactamente? -Que
los elementos se nos han puesto en contra -dijo Brad con voz serena-.
Si Allie no hubiera sufrido el accidente, nunca te habrías enterado.
Además, no deberías haberle pedido a Dan que llamase a Cleveland.
¿Por qué? -se indignó Page.
¿Su hija había estado a punto de morir y no debía dar ningún paso para
localizarle? -Porque habrá sacado sus conclusiones, y no es asunto de su
incumbencia.
-¿Y yo? ¿Qué es lo que debo concluir yo, Brad? ¿Hasta dónde ha llegado mi
imbecilidad? ¿Cuántas veces me has hecho lo mismo? -Ignoraba dónde había
estado, pero era evidente que no había sido en Cleveland.
-Esa no es la cuestión.
Brad estaba de nuevo alterado.
Le horrorizaba tener que admitir sus debilidades ante Page.
¡ Sí lo es! Justamente de eso se trata.
Este fin de semana te he pillado con la bragueta desabrochada, y tengo
derecho a saber dónde has ido y con quién.
No es tu vida la única que está en juego, Brad, sino también la mía.
No vives solo, no puedes permitirte el lujo de ir y venir, divirtiéndote a
tu antojo, y pasar por la "fonda Clarken, entre una partida de golf y otra.
Te lo digo muy en serio.
¿Quién eres tú realmente, Brad? ¿Qué diablos ocurre? A Page la corroía la
ira, y él parecía más enfadado que culpable.
-Ya lo has adivinado, cno? ¿Necesitas que te lo dé por escrito? Page creyó
que el corazón le estallaría en pedazos.
Se preguntó cuánto dolor era capaz de absorber en un solo fin de semana.
Habría querido que Brad lo negase todo, que no fuera verdad.
Pero lo era, y obviarlo de nada serviría.
-¿Es un idilio reciente? -preguntó.
-No pienso discutir este asunto contigo, Page.
-Más vale que lo hagas, Brad -repuso ella-.
No intentes jugar al gato y el ratón.
¿Es una persona importante en tu vida? -¡Maldita sea, Page! ¿Por qué tenemos
que hablar de eso ahora? -Porque no puede esperar.
No olvides que eres tú quien ha provocado el conflicto.
Quiero saber a qué atenerme.
¿Es un amor pasajero o hay algo más? ¿Hace mucho que dura? ¿Por qué? -Page
miró a Brad y dijo con una voz que era casi un gemido-: ¿Qué nos ha
sucedido? ¿Cómo es posible que no lo intuyera? ¿Tan ciega había estado?
¿Hubo algún indicio que le pasó inadvertido? Ni siquiera ahora, al hacer
memoria, vislumbró ninguno.
Brad se derrumbó en una butaca y observó a su esposa cariacontecido, odiando
aquella situación.
Siempre había detestado los enfrentamientos con Page.
Sin embargo, sabía que aquél no podía aplazarse ni eludirse.
Quizá era mejor así.
Tarde o temprano habría tenido que admitirlo.
-Reconozco que debí decírtelo antes, pero pensé...
Pensé que romperíamos pronto y que podría ahorrarme el mal trago.
¿Vais en serio? Clarke guardó silencio y, cuando al fin la miró a los ojos,
el corazón de Page casi dejó de latir.
No se trataba de un amorío sino de una relación formal.
Se preguntó con un espasmo de pánico si su matrimonio había terminado así,
sin previo aviso.
¿Y bien? -Ella misma notó que la pregunta brotaba como un chillido, pero
intentó forzarle a responder-.
¿Es algo serio, sí o no? -Podría serlo -dijo Brad con indecisión-.
No lo sé, Page.
Por eso no te lo había contado.
¿Cuánto tiempo hace que salís? ¿Cuánto tiempo había estado ciega, cuánto
había durado su imperdonable imbecilidad? -Unos ocho meses.
Todo empezó en un viaje de negocios.
Ella trabaja en el departamento creativo de la agencia, y fuimos juntos a
Nueva York para presentar una campaña a un cliente.
¿Cómo es? Page sintió un ligero vahído, pero deseaba saberlo todo.
¿Ocho...
ocho meses? ¿Cómo había podido ser tan estúpida? -Es muy diferente de ti.
Es...
no sé cómo describirla...
Es una mujer de veintiséis años, liberada, independiente, con mucha
personalidad.
Procede de Los Angeles, vino para estudiar en Stanford y se quedó.
Es algo...
ccómo te lo diría? Pasamos largas horas hablando y tenemos gustos afines.
Me he repetido una y otra vez que debía cortar con ella, pero no puedo.
Es superior a mí.
Brad miró a Page muy compungido, tanto que ella se habría apiadado de no
ser porque sus palabras le destrozaban el alma.
Le habría gustado preguntarle si era guapa, si se llevaban bien sexualmente,
si la amaba de verdad.
Pero ¿hasta dónde podía llegar sin excederse? ¿Y hasta dónde sin venirse
abajo? -¿Qué planes tenéis para el futuro, Brad? ¿Piensas abandonarme? -No
lo sé.
Lo único cierto es que así no podemos continuar.
¡Me siento muy confundido! -Clarke se mesó el cabello, sin apartar los ojos
de Page-.
Estoy al borde de la locura.
-¿Dónde he estado yo todo este tiempo? ¿Por qué no me he dado cuenta de
nada? -Page observó a su marido, todavía incrédula.
Era una situación inverosímil y atroz.
Sus peores pesadillas se habían realizado.
Allyson yacía moribunda en una cama de hospital y Brad se había enamorado de
otra-.
¿Qué nos ha ocurrido, Brad? ¿Por qué nos hemos encerrado tanto en nosotros
mismos? cPor qué estás siempre fuera de la ciudad o jugando al golf, y yo
soy el chófer siempre disponible de toda la comunidad infantil? ¿Es ése el
problema, que nos hemos distanciado de un modo imperceptible? Ansiaba
comprender las causas de su fracaso, pero de momento no se hizo la luz.
-No es culpa tuya -dijo él con gesto galante, pero luego meneó la cabeza,
visiblemente desorientado-.
O quizá sí lo es, quizá seamos culpables los dos.
Hemos permitido que nos arrastrara el torbellino.
Nos hemos dejado atrapar por las insignificancias y los embustes de cada
día.
iDaría cualquier cosa por saberlo! Pero, hoy por hoy, ignoro la respuesta.
Aquella ignorancia había durado ocho meses y era la razón de que no se
hubiera decidido a separarse de su mujer ni a decirle que tenía una amante.
-¿Estarías dispuesto a dejar de verla? -inquirió Page con toda sinceridad.
Clarke meditó varios segundos antes de negar con la cabeza, helándole la
sangre en las venas -.
¿Y qué se supone que debo hacer? ¿Mirar hacia otra parte mientras tú te
acuestas con la señorita creativa? De pronto, observándole, sintió una
oleada de cólera, un impulso incontrolable de triturarle, con la palabra
cuando no con los puños.
Brad pareció entenderlo.
En los últimos ocho meses se había reprochado frecuentemente su actitud,
sobre todo en los momentos en que Page era amable con él, o le dispensaba
atenciones, o quería hacer el amor.
Durante aquellos ocho meses se había sentido como un miserable traidor
siempre que estaban juntos.
Sin embargo, no había podido romper con Stephanie.
No era capaz de renunciar a ninguna de las dos.
Se decía a sí mismo que las amaba a ambas, aunque honestamente no era así.
Quería a Page, pero no estaba enamorado de ella.
El amor se había ido entibiando sin que Brad supiera por qué, hasta que por
fin la llama se extinguió.
La quería, la respetaba, era una madre ejemplar para sus hijos y una esposa
inmejorable.
Era una buena compañera y una persona extraordinaria.
Representaba todo lo que un hombre podía desear y, no obstante, ya no
inflamaba su corazón ni espoleaba sus sentidos como lo hacía Stephanie, y
nada de lo que pudiese decir cambiaría esta realidad.
-¿Qué tengo que hacer, evaporarme sin más? ¿Arreglarle la vida a la
parejita? -Page tuvo un repentino escalofrío, temerosa de que Brad
pretendiera echarla de casa o de que él se marchase.
¿Y Andy, qué sería de su niño? Se echó a llorar al pensarlo, al meditar
sobre su negro porvenir conyugal que, además, se agravaba aún más con la
angustia por Allie-.
¿¡Qué esperas de mí? -preguntó, tan descompuesta en,apariencia como en su
interior.
El habría deseado reconfortarla, pero no podía mentir ya más.
-No espero nada.
Ayudemos a Allyson en su trance y, por ahora, concentrémonos en la
supervivencia.
Solventaremos nuestro problema más adelante.
No podemos ocuparnos de todo a la vez.
Era una sugerencia razonable, pero Page estaba demasiado desbordada para
actuar con cordura.
¿Y qué propones, mudarte cuando Allie despierte...
o después del funeral? -increpó a su marido, amarga y de nuevo asustada,
pero él no hizo ningún ademán de consolarla.
No podía.
También él estaba muy trastornado, y sabía que cualquier iniciativa que
tomase sería contraproducente.
Además, ahora que Page conocía la existencia de Stephanie, Brad sentía la
necesidad de mantener cierta distancia.
-No sé lo que vamos a hacer, Page.
Hace meses que me lo estoy planteando, pero no he avanzado un solo paso.
Quizá tú encuentres la manera de resolverlo.
No estaba preparado para divorciarse ni había llegado a ninguna decisión con
respecto a Stephanie, quien le había prometido esperar hasta que ordenase
sus ideas.
Ella no le presionaba en absoluto.
Era más bien su propia pasión por ella lo que le impelía a buscar
soluciones.
Y no quería construir su vida sobre un engaño, ni consumirse en el complejo
de culpabilidad que Page le inspiraba, especialmente ahora que habían puesto
las cartas sobre la mesa.
Lo único que sabía era que las quería a ambas, aunque con un cariño muy
distinto, y que él mismo se había metido en aquella disyuntiva irresoluble.
Y todavía sería peor a partir de hoy, con Page en antecedentes y
previsiblemente cada vez más desquiciada.
Al menos, durante los ocho meses anteriores no había sospechado nada cuando
él le decía que debía ausentarse por negocios, lo que fue verdad algunas
veces, pero las menos.
Había permitido que la situación se complicara.
Y todo el mundo tenía grandes probabilidades de salir mal parado: Page,
Stephanie, él y sus propios hijos.
-Creo que ahora mismo no somos capaces de razonar como es debido, Page.
Deberíamos posponer lo nuestro hasta que Allyson se haya repuesto, o al
menos hasta que esté fuera de peligro.
¿Y entonces, qué? Page se obstinaba en exigirle respuestas que no tenía y
aumentar así su desdicha, pero, dadas las circunstancias, tampoco podía
reprochárselo.
-No lo sé.
Estoy muy ofuscado.
-Cuando te aclares, comunícamelo.
Page se levantó y miró fijamente a Brad.
De pronto le resultaba un completo extraño.
El hombre a quien había amado tanto tiempo, a cuyo calor había dormido tan
confiada, llevaba casi un año traicionándola.
La mitad de su alma le odiaba.
La otra mitad temía perderle.
-Supongo que es ridículo decirte que lo siento -masculló Brad con voz
apagada.
Sabía que le debía mucho más que una disculpa, pero no tenía nada que
ofrecer.
-No es ése el adjetivo que yo habría escogido.
"Insuficiente" sería más propio.
Sólo nnsentirlo" es muy poco para lo que yo te he dado, Brad.
¿No te parece? Las lágrimas centellearon en los ojos de Page al tropezarse
sus miradas de un extremo a otro de la sala.
En su faz había odio, furia y más dolor del que Brad había visto jamás.
-Siempre he sabido que te las compondrías bien sin mí, Page.
Eres muy fuerte y te llenas la vida de trabajo.
Pensé que ni siquiera me añorarías.
¿Acaso fue ella quien le alejó de su lado? ¿Era culpa de Page y no de Brad?
¿Había desatendido a su esposo? Mientras escuchaba sus argumentos, se acusó
a sí misma tanto como a él.
-Creo que somos un par de idiotas -dijo cáusticamente-.
Yo, por supuesto, lo he sido.
-Te mereces algo mejor, Page -dijo Clarke con franqueza.
También él lo merecía.
Tenía derecho a estar donde realmente quería, y no humillándose a los pies
de su mujer y pidiéndole perdón.
Claro que, en justicia, era el precio que debía pagar.
Sin embargo, aquello marcaba uno de los momentos más cruciales de sus vidas
y, unido al accidente de Allyson, adquiría tales dimensiones que fácilmente
podía destruirles a ambos.
-Todos nos merecemos algo mejor -dijo Page en un murmullo, y salió de la
habitación.
En la cocina actuó como un robot.
Puso una pizza en el microondas para que Andy cenara, y le llamó al cabo de
cinco minutos.
Tenía temblores, náuseas, y cada vez que sonaba el teléfono daba un respingo
pensando que era del hospital con malas noticias de Allie.
Su mente saltaba del terror del accidente a la revulsión de lo que Brad le
había confesado.
¿Cómo va eso, campeón? -preguntó a Andy con fingida naturalidad, y le sirvió
la cena en el mostrador de la cocina.
Brad estaba todavía en el salón.
Page se sentía como si el mundo se le hubiera caído encima.
-Estoy bien -contestó el pequeño-, pero tú pareces cansada, mamá.
Siempre había sido un niño considerado, tierno y juicioso.
Ella había creído que Brad también era así, pero ahora había descubierto una
faceta insospechada, y que preferiría no haberla descubierto jamás.
-Y lo estoy, cariño.
Allie se encuentra fatal.
-Ya lo sé.
Pero papá me ha dicho que se pondrá bien.
Era el evangelio según san Brad.
¿Y si Allyson moría? Como todas las otras miserias de su existencia, habría
que dejarla para más tarde.
-Esperémoslo.
El niño, receptivo, miró extrañamente a su madre.
¿Tú también crees que se curará? -Espero que sí -repitió Page.
¿Qué más podía decirle? Cuando Andy terminó su pizza, le sentó en su regazo
y le abrazó.
Aún era lo bastante pequeño para sentarse en su falda y así, arrullados,
ambos hallaban solaz.
Ahora mismo necesitaba a su hijo más que a nadie, más que nunca.
-Te quiero, mamá.
-Andy era todo espontaneidad.
-Y yo a ti, tesoro mío -dijo Page con los ojos humedecidos, ensimismada,
pensando no ya en Andy sino en Allie, en Brad y en sus recientes desdichas.
Bañó al niño, le acostó y le leyó un cuento.
Luego, se tendió diez minutos en su habitación.
Cerró los ojos e intentó dormirse, pero en su cabeza se arremolinó un
aquelarre de imágenes monstruosas, lacerantes, de interrogantes sobre
Allyson, sobre Brad, sobre su convivencia de tantos años, sobre la vida, la
muerte y lo que todo ello significaba.
Oyó un ruido, y al abrir los párpados vio a Brad en el umbral.
¿Quieres que te traiga algo? -él no sabía cómo abordarla.
Habían vivido demasiadas tensiones, habían dicho y revelado demasiado sobre
sí mismos como para volver a ser la pareja bien avenida de otro tiempo.
Era devastador pensarlo, e imposible simular que nada había ocurrido-.
¿Has comido? -No me apetece nada, gracias.
-Page no tenía apetito, y por razones justificadas.
-Puedo preparartte algo en la cocina.
Ella hizo un gesto de negación y trató de borrar de su memoria la escena del
salón, pero estaba obsesionada con la mujer de la agencia, con aquellos ocho
meses de citas secretas.
¿Y antes? ¿Hubo otra mujer antes? ¿En cuántas ocasiones le había sido infiel
su marido? ¿Había tenido muchas amantes? ¿Había perdido ella su atractivo
para Brad o sencillamente llegó el hastío? Cayó en la cuenta de que aún
llevaba el suéter raído de la víspera y sus vaqueros viejos, y que tenía el
cabello muy enmarañado tras las horas de espera en el hospital.
No podía competir con una licenciada de Stanford de veintiséis años sin
responsabilidades ni obligaciones familiares.
Se preguntó qué habrían hecho el fin de semana.
¿Adónde fuisteis ayer? -le soltó a bocajarro a su marido antes de que se
escabullera de la estancia.
-¿Y a ti qué más te da? A Brad le fastidiaba que le agobiase, y esa
irritación enfurecía a Page.
-Tengo curiosidad por saber dónde te habías metido mientras yo te buscaba a
ciegas.
¿Qué clase de lugares frecuentaba con ella? Page se sentía totalmente
excluida de la vida de Brad, como si fueran dos desconocidos.
-Pasamos la noche en el John Gardiner -respondió Brad inesperadamente.
Era un rancho con hotel y pistas de tenis situado en Carmel Valley.
Pero cuando telefoneó a Page estaban ya de vuelta en la ciudad, en el piso
de Stephanie, motivo por el cual se había presentado tan deprisa en el
hospital.
-Deberías comer un bocado -insistió él, en un intento de desviar el tema.
Si algo no deseaba en aquellos momentos era contarle sus andanzas con
Stephanie.
Pero Page estaba empecinada en averiguar todos los detalles, como si fuesen
a darle la clave de su propio naufragio.
-Me daré un baño y volveré al hospital -anunció pausadamente.
En casa no tenía nada que hacer.
Quería estar con Allie.
-Ya te han dicho que no podrás verla -le recordó Brad.
-No me importa.
Quiero permanecer cerca de ella.
él asintió, pero de repente se le ocurrió una objeción.
-¿Qué pasa con Andy? ¿Piensas regresar antes de que amanezca? -No.
Mañana tú mismo puedes vestirle y mandarle a la escuela.
No me necesitas para eso.
yo tal vez sí? ¿ Era aquél el único servicio que le interesaba ahora de
ella, el de niñera de sus dos hijos? -No -convino Clarke.
Y añadió con un tono que denotaba pesar-: Pero te necesito para otras cosas.
¿De veras? -preguntó Page, mirándole con distanciamiento-.
¿Por ejemplo? No puedo recordar ninguna.
-Page, te quiero.
-La frase sonó vacía.
¿En serio, Brad? -repuso ella desde las profundidades de su congoja-.
Por lo que he oído hace un rato, me he estado engañando a mí misma durante
meses, y puede que tú también.
Quizá sea mejor que hayamos descorrido el velo.
De todos modos, la verdad no la había aliviado, sino que la había herido
hasta desgajarle el alma.
-Estoy desolado -susurró Clarke, pero no dio ningún paso en dirección a
ella, lo que era suficientemente expresivo.
Les separaba todo un mundo.
-Y yo -dijo Page.
Se levantó del lecho, observó a Brad unos segundos y entró en el cuarto de
baño sin despegar los labios.
Abrió el grifo de la bañera, cerró la puerta y, una vez sumergida, dio
rienda suelta al llanto.
Ahora tenía a dos seres por quienes llorar.
Había sido un fin de semana memorable.

CAPITULO VI


Page pasó la noche del domingo en el hospital, ovillada en una silla de la
sala de espera.
Pero ni siquiera advirtió la incomodidad del asiento.
Apenas durmió, pendiente como estaba de Allie.
El bullicio de la planta la mantuvo despierta, junto a los típicos olores de
clínica y el miedo a que, en cualquier instante, se segara la vida de su
hija.
Fue un descanso cuando por fin, a las seis de la mañana, le dieron permiso
para verla.
Una enfermera joven y atractiva la acompañó a la sala de reanimación, y por
el camino le habló amablemente de lo guapa que era Allie y de su magnífica
cabellera.
Page la oyó sin escucharla y, mientras recorrían los interminables pasillos,
dejó vagar su mente.
Estaba demasiado consternada para prestar atención.
Sin embargo, agradeció los esfuerzos de la enfermera por animarla.
No imaginaba cómo podían atisbar la belleza de Allyson.
Había quedado muy desfigurada y le habían tapado los ojos con vendas tras
intervenirle las cuencas oculares.
A su paso se abrieron varias puertas electrónicamente, y Page se obligó a sí
misma a volver a la realidad.
Por un momento se había distraído pensando en las confesiones de Brad, pero
ahora Allie requería toda su atención.
Lo que vio al aproximarse a la camilla en que yacía su hija no fue
exactamente alentador.
Su aspecto, en todo caso, era peor que antes de la intervención.
El vendaje de la cabeza resultaba espeluznante, la habían rapado, tenía la
tez pálida como la muerte y estaba rodeada de monitores y máquinas.
Sumida en coma, parecía hallarse a millones de kilómetros.
La enfermera de la sala preparatoria le había guardado a Page un ondulado y
sedoso mechón de rubios cabellos, que su compañera de la sala de reanimación
le entregó a Page en cuanto la vio entrar.
Una vez más, los ojos de Page se anegaron en lágrimas mientras aferraba el
rizo con una mano y, con la otra, tocaba suavemente a Allyson.
Permaneció largo rato a su lado, en silencio, acariciando su mano y evocando
cómo era su vida tan sólo dos días antes.
Le parecía increíble que todo se hubiera malogrado tan abruptamente.
Ya nunca podría confiar en nada ni en nadie, y mucho menos en la suerte o el
destino.
¡Qué crueles habían sido, tanto como Brad en sus sentimientos! Al cavilarlo,
Page se dijo que no soportaría el dolor de perder a Allie.
Recordó cómo se había sentido años atrás al nacer Andy, cuando se temió un
desenlace fatal.
Page había estado horas enteras contemplándole, tratando de insuflar vida en
aquel diminuto cuerpo que, acribillado de tubos, se debatía en la
incubadora.
Milagrosamente, Andy lo consiguió.
Ahora, Page se sentó en una estrecha banqueta y murmuró suavemente en los
oídos vendados de la chica, rezando para que captase sus palabras: -No
dejaré que te vayas, amor mío...
No, no lo permitiré.
Te necesitamos, y yo te quiero demasiado.
Tienes que ser valiente y luchar.
¡Vamos, pequeña, no te rindas! Te adoro, niña mía.
Pase lo que pase, siempre serás mi hijita querida.
Allyson olía a productos químicos y en las máquinas pulsaban sus débiles
constantes, pero no emitió ningún sonido, no hizo ademán ni gesto de
reconocimiento.
Aunque Page sabía que sería así, necesitaba hablar con ella, sentirla cerca.
Las enfermeras las dejaron tranquilas durante largo tiempo, hasta que a eso
de las siete, al producirse el cambio de turno, sugirieron a Page que bajara
a la cafetería a tomar un café.
Ella se quedó en la sala de espera, donde se abstrajo pensando en todo lo
ocurrido.
No oyó entrar a nadie, y sólo al notar una presión en el brazo levantó los
ojos y vio a Trygve.
Estaba aseado y afeitado, llevaba una inmaculada camisa blanca y pantalones
vaqueros, y se había peinado cuidadosamente su mata de cabello rubio.
Parecía repuesto y saludable.
Pero, al mirar a Page, su rostro se contrajo.
Era lunes por la mañana, el fin de semana había supuesto para ella una
experiencia muy dura y sus huellas eran patentes.
-¿Has vuelto a pasar aquí toda la noche? Page asintió.
Estaba muy desmejorada, peor aún que la víspera.
Pero Thorensen comprendía mejor que nadie su ferviente deseo de velar a
Allie.
-He dormido aquí mismo.
-Page intentó sonreír, aunque fue más bien una mueca patética.
¿Dormido? -repitió Trygve con el tono que adoptaría un padre severo.
-Sí, aunque no lo creas he echado alguna cabezadita -dijo ella, de nuevo con
una sonrisa ajada-.
Tengo suficiente.
Esta mañana me han dejado ver a Allie en la sala de reanimación.
¿Cómo está? -Me temo que igual que ayer.
Pero ha sido estupendo pasar un rato a su lado.
-Al menos seguía en este mundo, y Page podía estirar la mano y tocar un
cuerpo vivo.
No podía asumir la idea del fin, su más urgente deseo era volver a
reanimación para acompañarla, para decirle una vez más cuánto la quería-.
¿Cómo va Chloe? -Todavía duerme.
Acabo de pasar por su sección.
La mantienen muy sedada para que no sienta dolor.
Supongo que es lo más conveniente.
Page asintió con la cabeza y Trygve se sentó en la silla contigua.
¿Cómo se lo han tomado tus hijos? -Bastante bien.
Bjorn se impresionó mucho al verla.
Antes de traerle consulté a su médico, y él me dijo que lo hiciera, que era
importante para él.
Hay cosas que mi hijo no puede entender a menos que las vea con sus propios
ojos.
Pero fue una experiencia muy dura.
Lloró con desconsuelo y ha tenido pesadillas.
¡ Pobre muchacho! Page se compadeció de su vecino.
¡ Qué difícil era a veces la vida, qué injusta! Había que ser muy entero
para aceptarla.
¿Cómo está Andy? -Asustado.
Brad le contó que su hermana se recuperará, y yo fui menos optimista.
No considero positivo darle esperanzas infundadas.
-Estoy de acuerdo.
Seguramente tu marido no lo ha asi milado del todo.
A veces la negación es el camino más fácil.
-Sí, quizá -dijo Page, con gesto tan desencantado y hundido como lo estaba
interiormente.
-Voy a hacerte una pregunta tonta: ¿estás bien, Page? Es decir, dejando
aparte la desgracia.
Pareces muy desencajada.
-Sí, no te apures por mí.
Todo es cuestión de acostumbrarse...
Eso espero.
-¿Cuándo has comido por última vez? -No lo sé...
Anoche, creo.
Le hice una pizza a Andy y cogí un trocito.
-No debes abandonarte así, Page, tienes que conservar tus fuerzas.
Nadie saldrá beneficiado si caes enferma.
¡Venga, levántate! -ordenó Trygve, irguiéndose él mismo y mirándola con
autoridad-.
Vamos a desayunar.
Page se conmovió, pero lo último que le apetecía ahora era comer.
Sólo quería acurrucarse en un rincón y olvidarse del mundo, o tal vez morir,
si Allie expiraba.
En lo que a ella atañía, había empezado el duelo.
Se condolía por lo que su hija había sido y no volvería a ser, por lo que
había vivido junto a Brad, por los sentimientos que ya nunca tendría.
El suyo era un luto múltiple.
Lloraba a Allyson, a su matrimonio, a sí misma, a una vida que sería
diferente por siempre jamás.
-Gracias, Trygve, pero no podré tragar un solo bocado.
-Habrá que intentarlo -insistió él-.
No cejaré hasta que me acompañes y comas algo.
Si no me obedeces, avisaré al médico para que te alimenten por vía
intravenosa.
¿Es eso lo que quieres? Vamos -añadió, asiendo su mano y tirando de ella-,
mueve el trasero y ven a desayunar.
-Está bien, iré contigo -accedió Page con una sonrisa renuente, y le siguió
pasillo abajo hasta la cafetería.
-El sitio no es muy agradable -se disculpó Trygve-, pero tenemos que
conformarnos con lo que hay.
Pasó una bandeja a su compañera y le indicó que se sirviera copos de avena,
huevos revueltos, lonchas de bacon, tostadas, jalea y una taza de café.
-Si crees que voy a comerme todo esto, estás chiflado.
-Toma sólo la mitad y verás cómo te pones en forma.
Es algo que aprendí de niño, cuando vivía en Noruega.
Con el estómago vacío no hay quien resista el frío...
ni los shocks emocionales.
Tras separarme de Dana, pasaba días enteros abúlico e inapetente, pero hacía
un esfuerzo.
Luego me encontraba mejor.
-Es una incongruencia tener que comer en medio del desastre.
-El ayuno y la falta de sueño hacen que las penas parezcan peores.
Es imprescindible que te cuides, Page, ahora más que nunca.
¿Por qué no vas a casa y descansas unas horas? Brad podría quedarse de
guardia mientras tanto.
-Lo más probable es que haya ido al despacho, y no sé a qué hora estará
libre.
Pero yo misma haré una escapada para recoger a Andy en la escuela.
Él también pagará las consecuencias de este caos.
Ni siquiera he organizado quién irá a buscarle, quién le dejará por las
mañanas o le llevará a los entrenamientos de béisbol.
-Yo puedo hacerte algún relevo.
Nick regresará a la universidad dentro de unos días, cuando terminen las
vacaciones, Bjorn pasa todo el día en la escuela y Chloe está en buenas
manos.
Siempre que te veas en un aprieto, házmelo saber y acompañaré a Andy donde
tenga que ir.
Trygve sonrió.
Aquella mujer le caía francamente bien.
-Eres demasiado gentil.
-Tampoco hay que exagerar.
Tengo tiempo, eso es todo.
Suelo hacer mi trabajo por las noches.
Durante el día apenas si escribo.
Charlaron durante un rato.
Page batalló con los copos de avena, sostuvo un duro combate contra los
huevos y finalmente logró engullir una parte de su desayuno.
Trygve hizo cuanto pudo para entretenerla, desde hablarle de su profesión,
incluso de sus parientes noruegos, hasta interesarse por la pintura.
Ensalzó el mural que Page había hecho en la escuela, y ella le dio las
gracias.
Apreciaba su ayuda, consciente de que su presencia le hacía el hospital un
poco menos ominoso.
Pero su mente divagaba sin cesar hacia Allyson y Brad, y Thorensen advirtió
que le costaba trabajo prestarle atención.
Bjorn debía realizar aquel mismo día el examen de admisión en una nueva
escuela, y Page alentó a su padre a ir con él y prometió vigilar a Chloe,
cosa que hizo, aunque la muchacha pasó durmiendo la mayor parte del tiempo.
Se agitaba muy inquieta cada vez que se agotaba el efecto de los sedantes y
entonces la enfermera le inoculaba nuevas dosis de Demerol.
En ningún momento tuvo noción de que Page estaba en la sala, observándola.
A mediodía trasladaron a Allie a cuidados intensivos, lo que facilitó a Page
la supervisión de las dos chicas.
Brad hizo una breve aparición a la hora del almuerzo y se echó a llorar al
ver a Allyson.
Cuando dejaron la unidad se detuvo unos minutos para hablar con su mujer.
Se sentía azorado frente a ella, ahora que lo sabía todo.
Y percibía en su faz cuán destructivo había sido el golpe.
-Lo siento, Page.
Siento causarte todavía más sinsabores encima de lo que estamos pasando.
Tenía una expresión ceñuda, y la de ella no era mucho más risueña.
-Antes o después habría tenido que asumirlo, ¿no es verdad? -dijo Page con
voz inexpresiva.
-Es lamentable cómo se han desarrollado los acontecimientos.
Con Allie ya tenías más que de sobra.
Sí, era verdad, pero tras atrapar a Brad en una mentira era inevitable que
saltara a la palestra toda la historia, y Page había decidido que, en el
fondo, era preferible enterarse antes que basar su vida en una mentira.
Eso era quizá lo peor, descubrir que había creído que su matrimonio
funcionaba de maravillas cuando en realidad no era así.
Se preguntó si él le habría dicho ya a Stephanie que su esposa estaba al
corriente, o que al menos sabía lo esencial, y si a ella la había complacido
que fuera así.
Page hizo mil especulaciones en torno al pasado, a los amantes, a su misma
actuación y por qué a Brad no le había bastado la vida en pareja.
Sin embargo, intuía que muchas de sus preguntas jamás obtendrían respuesta.
-¡Ojalá supiera por qué ha pasado! -se lamentó plantada en el concurrido
pasillo, obligando a la gente a esquivarles.
No era el lugar más apropiado para una discusión íntima, pero no tenían
otro.
La sala de espera estaba atestada de personas ansiosas, angustiadas, que
sufrían por sus seres queridos en la UCI.
El corredor parecía menos asfixiante, y era un sitio como cualquier otro
donde conversar.
De pronto, Page recapacitó que tal vez ni siquiera importaba el porqué y era
mejor atenerse a los hechos.
Entonces miró a su marido de un modo muy singular y dijo-: Debéis encontrar
los dos muy divertido que yo fuera el bufón de esta farsa, que mientras
vosotros gozabais juntos yo me quedara en casa como una idiota, cuidando
niños y haciendo de transporte escolar.
-Él le había comentado cuán diferente era Stephanie de ella, con su carácter
nnindependiente" y su nnfuerte personalidad".
¿Por qué no iba a serlo? No tenía hijos ni marido, no se debía a una
familia.
Era libre de disfrutar de la vida junto a Brad y dejarle a Page las
obligaciones domésticas.
La sola idea le sacaba de quicio.
-Nadie ha querido menospreciarte, Page -protestó Brad, bajando la voz al
pasar por su lado un grupo de residentes-.
Siempre he tenido conciencia de lo espinoso de nuestra situación.
Mi fallo está en que no he sabido resolverla.
Pero nunca me he burlado de ti ni te he considerado el nnbufón".
En todo caso has sido la víctima inocente.
-Por lo menos en ese punto estamos de acuerdo.
-El gran dilema es qué vamos a hacer ahora -dijo Brad con cierto
desasosiego.
¿De veras? Pues a mí me parece bastante obvio.
Page trató de adoptar una postura frívola, pero en sus ojos se leía todo lo
contrario.
Eran un libro abierto de consternación, desesperanza y desencanto.
-Aquí no hay ninguna obviedad, o yo no la veo.
-Repentinamente Brad sintió preocupación-.
¿No irás a dejarme? Al parecer, aquella perspectiva le inquietaba.
Page, al mirarle, sonrió con amargura.
Era un hombre increíble.
-¿Bromeas? ¿Intentas insinuar que te sorprendería, o que no debo hacerlo, o
que no eres tú quien ha planeado abandonarme desde el principio? -Nunca he
dicho que quisiera irme -repuso él con terquedad-.
Jamás se me ocurrió tal cosa.
Lo que dije fue que no sabía qué camino tomar.
-Eso es un burdo eufemismo.
Además, también yo estoy hecha un lío, pero creo que en las actuales
circunstancias la ruptura es la opción más sensata para ambos.
¿Por qué vacilas tanto, Brad? ¿Qué intentas decir, que quieres continuar
casado conmigo, que dudas del amor de esa chica, o que eres tan cobarde que
no te atreves a mover tus piezas? ¿A qué juegas, Brad? Page había empezado a
alzar la voz y Clarke se sintió incómodo.
-Habla más bajo.
No hace falta que pregonemos nuestros asuntos por todo el hospital.
¿Por qué no? A fin de cuentas, deben de ser los únicos que aún lo ignoran.
Seguramente sois la comidilla del despacho, la verdadera sensación del año,
y no me extrañaría que también hayas coincidido en algún sitio con gente de
nuestro círculo.
Me temo que, como es proverbial en estos casos, yo he sido la última en
saberlo.
-Preferiría que no lo hubieras sabido nunca.
O al menos no de esta manera.
-¿Qué más da? Era forzoso que sucediera.
Podría haber cometido una indiscreción alguno de nuestros amigos, o podría
haberse accidentado Andy en vez de Allyson mientras te hallabas
supuestamente de viaje, o también podría haber enfermado yo.
Incluso podría haber topado con vosotros en plena calle.
Pero ¿qué pretendes darme a entender, que lo vuestro es un simple idilio?
Anoche tuve la impresión de que salíais en serio y no estabas dispuesto a
terminarlo.
¿Te malinterpreté o es que he perdido el juicio? A Page le habría gustado
creer que se había producido un equívoco.
Sin embargo, una inexorable voz interior le decía que sus sentimientos nunca
volverían a ser los mismos.
La ira podía aplacarse con el tiempo, pero no se imaginaba confiando
nuevamente en Brad.
Y, tras tantas palabras y tantos actos, cuando todo se esclareciera quizás
hasta habría dejado de amarle.
Ahora era imposible saberlo y no le quedaba sino especular sobre sus
intenciones.
-No, no me interpretaste mal -aclaró Clarke con una nueva mueca de
fastidio-.
No dije que fuese a romper.
Pero, aun así, opino que es prematuro tomar una decisión sobre nuestro
futuro en un momento tan crítico, con Allie postrada en una cama de
hospital.
-Ya -volvió a indignarse Page, aunque esta vez procuró guardar las formas -.
O sea que no quieres dejar de ver a tu amiguita, pero no toleras que yo te
expulse de casa, ni haces el gesto tú mismo, porque no es el momento
adecuado.
¡Cuánto lamento no haberte comprendido! Descuida, Brad, quédate todo el
tiempo que gustes y no olvides cursarme una invitación formal para tu boda.
Las lágrimas inflamaban los ojos de Page y las imprecaciones aguijoneaban
sus labios, mas ambos sabían que no resolverían sus desavenencias en el
pasillo de la U C I, donde su hija yacía en coma.
Eran demasiados avatares, vivían una crisis demasiado explosiva.
-Creo que deberíamos darnos un compás de espera hasta ver cómo responde
Allie.
-La propuesta de Brad era muy atinada, pero Page estaba tan iracunda que
apenas la escuchó-.
Además, a Andy le afectaría negativamente si tomásemos ahora una medida
drástica.
Aquellos razonamientos eran ciertamente lógicos, y Page, al fin, tuvo que
doblegarse.
-Sí, tienes razón.
-Levantó la vista hacia su marido, con unos ojos donde bullían preguntas
angustiosas-.
Así que tú prosigues con...
con tu historia, y en su día ya nos sentaremos a parlamentar.
¿Es eso? -Más o menos -contestó Brad, evasivo ante aquella mirada.
-Desde luego, es un pacto muy favorable para ti.
¿Qué he de hacer yo? ¿Ponerme de espaldas? -No sé por dónde navego, Page.
Tendrás que definirte tú -dijo casi inexpresivamente.
No deseaba arriesgar sus relaciones con Stephanie y, al mismo tiempo,
parecía aferrarse a su matrimonio, al menos hasta haber dilucidado sus
sentimientos.
Con aquel trato salía ganando, y a Page le exasperaba tener que acceder.
Pero ahora mismo no le quedaba otro remedio.
No podía enfrentarse simultáneamente a una separación matrimonial, al
accidente de Allie y a las reacciones de Andy, por no mencionar las suyas.
No obstante, cualquiera que fuese su determinación sabía que pensaría de un
modo obsesivo en lo que le deparaba el porvenir.
No era nada halagüeño en ninguna de sus facetas.
-Si buscas mi beneplácito, no voy a dártelo -dijo con extrema frialdad-.
No tienes ningún derecho a exigírmelo.
Tampoco has tenido mi permiso hasta ahora, y has hecho lo que te venía en
gana.
Pero no esperes que te allane el terreno diciendo que lo apruebo, porque no
es así.
Y, antes o después, tendrás que aceptar las consecuencias de tus acciones.
En cierto sentido, Brad tenía mucha suerte de que les absorbieran cuestiones
más importantes y pudiese salir airoso sin haber de expiar el daño que había
infligido a su matrimonio.
Pero más adelante, fuese cual fuese la evolución de Allie, tendrían que
afrontarlo.
Era eso lo que atemorizaba a Brad y deprimía a Page en aquel corredor de la
UCI del hospital de Marín.
Clarke miró a su mujer, sin saber qué decirle, y por fin consultó su reloj.
Necesitaba urgentemente un aplazamiento.
Todo aquello le superaba, sus emociones eran apabullantes y la realidad,
aterradora.
Sus vidas habían cambiado en un abrir y cerrar de ojos, y todavía no se
había reconciliado con tantos sucesos.
-Continuaremos hablando en otra ocasión.
Debo volver a la agencia.
¿Dónde estarás si te necesito? -preguntó Page con frialdad.
Clarke rehuía de Page, de Allie, de un hospital que a ambos desazonaba y,
por supuesto, de la confrontación abierta respecto a su ilícita aventura.
Se iba sin más, corría a la oficina para esconderse y a los brazos
consoladores de Stephanie.
Casi sin querer, Page se preguntó cómo sería aquella mujer.
¿Cómo que dónde estaré? -replicó él ásperamente-.
Acabo de decirte que en el despacho.
-Sólo quería saberlo por si tienes que salir de improviso.
-Brad entendió la indirecta y su cara enrojeció en un arranque de vergüenza
y de cólera-.
Si sales, deja recado en la recepción de la UCI para que pueda localizarte.
-Por supuesto -repuso él con voz gélida.
Page estuvo a punto de preguntarle si iría a casa aquella noche, pero pensó
que era mejor no indagar.
No quería escuchar más embustes, ni prolongar la pelea, ni insultarle, ni
oír el desdén y el tono defensivo de su voz.
Su conversación la había minado totalmente.
-Te llamaré más tarde -dijo Clarke, y se alejó presuroso hasta desaparecer
al final del pasillo.
Page le vio partir y sintió una oleada de sentimientos encontrados: enfado,
tristeza, confusión, dolor, rencor, humillación, una rabia suprema, miedo...
y soledad.
Regresó al lado de Allyson.
Luego, a las tres en punto, fue a la escuela primaria de Ross para recoger a
Andy.
Le resultó tonificante seguir aquel amago de rutina, estar un rato con su
hijo y llevarle en el coche a los sitios habituales.
Pasó toda la tarde con él y a la hora de cenar le dejó en casa de Jane
Gilson.
Brad iría a buscarle allí en cuanto saliera del despacho.
-Nos veremos mañana -se despidió del niño, besándole e impregnándose del
dulce aroma de su piel, de la suavidad de su cabello y de la ternura con que
se abrazó a ella para devolverle el beso-.
Te quiero.
-Y yo a ti, mamá.
Besa a Allie de mi parte.
-Lo haré, cariño mío.
Dio las gracias a Jane Gilson, quien la sermoneó, como había hecho Trygve,
para que no se excediera en su vigilia.
-¿Y qué queréis que haga -se soliviantó-, quedarme en casa viendo la
televisión? ¿Con mi hija en esas condiciones, dónde puedo estar más que en
el hospital? -Te comprendo, Page, pero debes usar la cabeza.
No adelantarás nada si te agotas inútilmente.
Sin embargo, era tarde para consejos.
El coche de Page vomitó humo por el escape y arrancó raudamente.
Tenía que acompañar a Allyson.
Regresó al hospital hacia las siete y cuarto.
Estuvo con Allie en la UCI mientras pudo y luego salió al pasillo.
Se sentó en una silla rígida y apoyó la cabeza contra la pared, con los ojos
cerrados.
Pasó largo rato inmóvil, esperando que la dejasen volver a entrar.
No podía quedarse en la unidad constantemente, pues el personal tenía mucho
trabajo y la mayoría de los pacientes estaban demasiado mal para recibir
visitas.
-No parece muy confortable -murmuró la voz de Trygve muy cerca de su oído.
Despacio, Page abrió los ojos y sonrió al verle.
Estaba exhausta.
Había tenido un día agotador y Allyson aún no había recobrado el
conocimiento.
Nadie esperaba grandes progresos, ni siquiera que despertase, pero los
médicos buscaban algún indicio fehaciente de que el cerebro no había muerto
y, aun estando en coma, le hacían incesantes pruebas.
¿Cómo te ha ido? -preguntó Thorensen, y se sentó en la silla vecina.
Tampoco él había tenido un día fácil.
Chloe sufría dolores terribles a pesar de la medicación.
-No ha sido nada glorioso.
-Page recordó entonces los mensajes de su contestador.
Para su perplejidad, los compañeros de Allie habían ocupado toda la cinta-.
¿Has recibido tantas llamadas de teléfono como yo? -Probablemente -repuso él
sonriente-.
Después de clase incluso se ha presentado un grupo de compañeros en el
hospital, pero no les han autorizado a entrar en la U C I.
Creo que algunos han intentado ver también a Allie.
Naturalmente, las enfermeras no lo han permitido.
-Les hará bien cuando estén un poco mejor.
–"Cuando lo estén, si llega ese día...
acaso nunca,", pensó Page-.
La noticia se ha extendido por el instituto como reguero de pólvora.
A todos les había sobrecogido la muerte de Phillip Chapman.
-Un muchacho me ha contado que hoy se personaron varios periodistas en el
instituto para hablar con los alumnos acerca de Phillip, de la clase de
chico que era.
Fue la estrella del equipo de natación, sacaba calificaciones espectaculares
y era el estudiante perfecto.
Eso da mayor dramatismo a la historia.
Trygve meneó la cabeza meditando, al igual que Page, que sus hijas podrían
haberse desnucado tan fácilmente como Phillip.
Aquel día, los periódicos publicaban en grandes titulares un artículo sobre
el accidente, con fotografías y semblanzas de los cuatro jóvenes.
Desde luego, la figura predominante había sido Laura Hutchinson y su
desolación por el fallecimiento de Phillip Chapman.
Se había negado a conceder entrevistas, pero en la prensa aparecía una
encantadora fotografía suya encabezando algunas declaraciones de un
secretario del senador.
Este portavoz explicaba que la señora Hutchinson se hallaba demasiado
conmovida por la tragedia para hacer ningún comentario.
Como madre, se solidarizaba plenamente con la aflicción de los Chapman y con
el suplicio que estaban viviendo los padres de los heridos.
En lo esencial, el artículo la exoneraba de toda responsabilidad y dejaba
implícito que, si bien el joven Chapman no iba legalmente ebrio, el grupo de
chicos había ingerido alcohol.
La conclusión que extraía el lector era que Phillip había sido el culpable
del choque, aunque el columnista no lo decía expresamente.
-Está muy bien escrito -dijo Trygve con cierta reserva-.
No le acusan de embriaguez pero provocan sutilmente esa impresión, a la vez
que elogian a la señora Hutchinson como una ciudadana madura y honrada,
además de una madre modelo.
¿Cómo iba a ser ella responsable de la muerte de un muchacho y casi de tres
más? -Presiento que tú no lo crees.
Page estaba desconcertada, ya no sabía qué pensar.
En el hospital habían comprobado que Phillip no estaba ebrio, y sin embargo
el accidente tuvo que ser culpa de alguien...
aunque, bien mirado, tampoco importaba.
Saber quién fue el causante no sacaría a Allyson de la UCI ni soldaría las
piernas de Chloe.
No alteraría nada.
Lo único que quizá cambiaría serían los pleitos subsiguientes, pero ahora
Page no podía pensar en eso.
Demandar a quienquiera que fuese no ayudaría a las chicas ni devolvería la
vida a Phillip.
La sola idea de los litigios la ponía enferma.
Era demoledor.
-No es que no lo crea -respondió Trygve-, sino que conozco las intrigas de
los reporteros, las insinuaciones veladas, las patrañas, cómo se curan en
salud o cómo tergiversan una historia para que coincida con sus opiniones.
Los informadores políticos son los más recalcitrantes.
Sólo cuentan aquello que se ajusta a su esquema mental, a su punto de vista
o el de su periódico, lo cual no es necesariamente verdad.
Es una manipulación destinada a encajar en un marco preconcebido.
En este caso podría estar sucediendo algo parecido.
No hay más que ver la propaganda que han montado los hombres de Hutchinson
para salvaguardar a su mujer y promocionar su imagen.
Tal vez el accidente no fue culpa suya, pero podría haberlo sido, así que
necesitaban presentarla ante la opinión pública como la Señora Bondadosa e
Intachable, Madre y Conductora Ejemplar.
-¿Piensas que es culpable, Trygve? -Tal vez.
Pero es indudable que tanto pudo ser ella como Phillip.
Hoy he hablado con la policía de tráfico y me han repetido que no tienen
pruebas concluyentes, y que las que poseen comprometen por igual a ambos
coches.
La única diferencia estriba en que Phillip era un joven, mucho más inexperto
que la Hutchinson, y que su juventud le perjudica, porque siempre partimos
de la base que los jóvenes son unos locos al volante, lo que a menudo es
falso.
Según todos sus amigos, el chico Chapman era muy concienzudo y responsable.
El mismo Jamie Applegate dijo que había tomado media copa de vino y dos
tazas de café fuerte.
Alguna que otra vez yo he conducido bastante más cargado.
O sea, que en ocasiones he sido más imprudente que él.
Además, a un chico sano y atlético no puede tumbarle media copita, y menos
aún seguida por dos cafés.
Sin embargo, la señora Hutchinson declaró que no había probado alcohol en
toda la noche y, dado que es una persona mayor, más cabal, más conocida y
respetable, una dama madura con un pasado intachable, Phillip se empieza a
perfilar como el autor de la catástrofe.
No es justo.
Eso es lo que me subleva.
A los adolescentes se les cuelga sistemáticamente el sambenito, lo merezcan
o no.
Y para la familia Chapman ese comportamiento resulta todavía más cruel.
¿Por qué han de manchar la memoria de su hijo sin saber a ciencia cierta
quién tuvo la culpa? "Hace un rato he hablado con Jamie, y ha insistido en
que nadie bebió de más y que Phillip no tuvo ninguna distracción.
Al principio incluso yo intenté culparle...
Necesitaba ensa ñarme con alguien, y él, como conductor del Mercedes, era el
blanco perfecto.
Pero ahora me guardaría mucho de decir nada en su contra.
Y admito que en el primer momento también habría matado al chico Applegate
por conspirar con Chloe, por inducirla a mentir, por meterla en aquel
maldito coche.
No obstante, es un joven muy normal.
Su padre me ha telefoneado dos veces.
El pobre Jamie está destrozado.
Se empeña en ver a Chloe, pero a mí me parece un poco pronto.
Le he aconsejado que espere unos días.
¿Permitirás que la visite? Page quedó impresionada por el sentido de la
justicia de Thorensen, e intrigada también por sus sospechas respecto a
Laura Hutchinson.
Probablemente había sido lo que aparentaba: un desgraciado accidente.
Las recriminaciones estaban fuera de lugar, eran ya muchos los que habían
pagado un alto precio por un segundo de distracción, una mirada en la
dirección indebida, un ligero movimiento del volante y, como resultado, la
tragedia colectiva.
Page no le guardaba inquina a nadie.
Sólo deseaba que Allyson sobreviviera.
Trygve asintió en respuesta a su pregunta sobre Jamie Applegate.
-Dejaré que vea a Chloe si ella lo desea.
Cuando se sienta algo mejor, la consultaré al respecto.
Quizá se niegue a dirigirle la palabra, pero Jamie están tan dolorido que
ver a mi hija podría serenarle un poco.
Su padre dice que el muchacho se ha empecinado en que...
-Thorensen calibró la crudeza de las palabras que iba a emplear, y no quiso
hundir a Page todavía más-.
En fin, teme que las chicas mueran, y tiene un gran complejo de culpabilidad
por haber salido bien librado.
No habla de otra cosa, insiste una y otra vez en que debería haber caído él
en lugar de Phillip, en lugar de Chloe y de Allie.
Al parecer, el joven Chapman y él fueron amigos íntimos durante años.
Se encuentra en un estado lastimoso.
-Miró de soslayo a Page, y le preguntó delicadamente-: ¿Asistirás mañana al
sepelio de Phillip Chapman? Ella asintió lentamente.
Había tenido reparos, pero ahora estaba convencida de que debía ir.
Era lo mínimo que podía hacer por el matrimonio Chapman.
Habían perdido a su hijo y ella casi había perdido a Allie, pero el nncasi"
marcaba un matiz fundamental.
El corazón le dio un vuelco al imaginar su sufrimiento.
-Tiene que ser espantoso para ellos -dijo a media voz.
Trygve asintió.
¿Irás con Brad, o quieres que pase a recogerte? Creo que es por la tarde,
así que nuestros hijos pueden acompañarnos.
Será más soportable si no vamos solos.
-A él también le asustaba.
Page suspiró, pensando en el llanto y el horror sin paliativos que
presenciarían.
Rezó para no tener que pasar por lo mismo con Allie.
-No sé si Brad irá, pero lo dudo.
-Brad Clarke detestaba los entierros, y Page sabía que, a diferencia de
Trygve, no se había mordido la lengua a la hora de achacar a Phillip toda la
culpa del accidente.
Siempre había eludido aquellas ceremonias y, en su actual situación, era muy
improbable que hiciera el sacrificio por ella-.
Yo no podría sobreponerme a una pérdida tan brutal -masculló, y trató de
desecharlo de su mente.
Volvió a mirar a Thorensen con los ojos llorosos-.
Ni siquiera sé cómo abordar esto.
Me siento como si toda mi vida se desmoronase, y sólo han transcurrido dos
días.
¿Qué hay que hacer? ¿Cómo aprendes a convivir con algo así sin dejar que tu
mundo se derrumbe? Las lágrimas afluyeron mientras hablaba.
Trygve era su amigo, una especie de hermano mayor.
-Supongo que no puedes evitarlo.
Hay que ver cómo se derrumba y luego recoger los pedazos.
-Es posible -dijo Page tristemente, pensando en Brad.
¿Cómo se lo ha tomado Brad? -preguntó Thorensen-.
Debió de ser terrible enterarse en Cleveland.
Por un instante Page estuvo tentada de contarle la verdad, pero le pareció
mezquino.
Se limitó a menear la cabeza y guardar silencio.
Finalmente dijo: -Ha reaccionado muy mal.
Está excitado, pusilánime e irascible.
Culpa a Phillip del suceso.
Pero, de algún modo, me lo reprocha también a mí por no haber adivinado los
planes de Allie.
No lo ha dicho explícitamente, pero la acusación flota en el ambiente.
-Era un medio como otro de zafarse de su propia culpa.
A Brad Clarke le reconfortaba tener algo que echar en cara a su mujer-.
Lo peor -añadió Page entre sollozoses que no se equivoca.
Yo soy la única culpable.
Si hubiera estado más atenta, si hubiera sido más sagaz y la hubiera
sondeado, o no la hubiese creído, esto no habría sucedido.
Lloró con lágrimas de agotamiento y de emoción.
Thorensen le pasó el brazo por el hombro.
-No debes abandonarte a esos pensamientos.
No había motivo para sospechar de nuestras hijas.
Nunca antes habían hecho una travesura semejante, y no podemos ser el eterno
sargento.
Confiarnos en ellas, lo cual no es ningún crimen, como tampoco lo fue su
pequeño embuste.
Casi todos los chicos de su edad hacen lo mismo.
Lo criminal ha sido el resultado, pero ¿quién podía preverlo? -Brad cree que
yo.
-Y Dana me ha achacado a mí lo mismo.
Pero es pura palabrería.
Necesitan descargar su dolor y nosotros somos sus chivos expiatorios.
No te lo tomes muy a pecho.
Brad está trastornado.
No sabe ni qué decir ni contra quién despotricar.
-Seguramente -convino Page, y recordó algunas estadísticas que había leído
sobre cómo los accidentes y las muertes infantiles solían destruir a las
parejas.
Si había ya una grieta, se abría de par en par.
Por lo visto, la grieta de ellos dos debía de ser tan ancha como el Cañón
del Colorado-.
La verdad -dijo al fin tímidamente, con una sinceridad que sorprendió a
Trygvees que Brad y yo atravesamos un mal momento.
No sabía por qué se lo contaba, pero tenía que desfogarse con alguien.
Nunca en su vida se había sentido tan sola ni tan desdichada, y no conocía a
ninguna otra persona con quien confiarse.
Sabía que tendría que llamar a su madre cualquier día, pero todavía no
estaba preparada.
Necesitaba tiempo para adaptarse a la nueva situación antes de localizarla
en Nueva York y ponerla en antecedentes.
Era más de lo que ahora mismo podía asumir.
De hecho, todo era excesivo salvo sus estancias en el hospital, las visitas
a Allie y las conversaciones con Trygve.
-Brad...
-empezó, pero no encontró palabras.
-No es preciso que me lo expliques, Page.
-Thorensen intentó allanarle el camino-.
No hay nadie que no zozobre ante una cosa así.
Hace sólo un minuto pensaba que mi unión con Dana se habría ido a pique si
no estuviera ya rota.
Todavía no podía creer que, después de su llamada, Dana no hubiera regresado
de inmediato a Norteamérica.
Le había acusado a él de negligencia, pero ni siquiera se le ocurrió volar
hasta San Francisco para ver a su hija.
Sólo expresó el deseo de que se recuperase pronto y pudiera reunirse con
ella en Europa durante las vacaciones de verano.
Definitivamente, no era una mujer digna de admiración y menos aún una madre
aceptable.
Casi se asombró de haber estado diecinueve años casado con ella.
Algunas veces, cuando reflexionaba sobre el pasado, se sentía como un
idiota, pero no era menos cierto que últimamente la había aguantado sólo
para evitar el disgusto a sus hijos.
-Nuestro problema no tiene nada que ver con el accidente.
-Page se esforzó en abrirse-.
El azar ha querido que estallara ahora, en medio de todo este drama -dijo
lacónicamente, pero quedó patente que sus disidencias conyugales la habían
marcado.
"Quizá Brad tiene una amante", pensó Trygve, que era un experto en amoríos
ilegítimos y sus efectos sobre el matrimonio.
Pero no acababa de entenderlo.
Clarke no le parecía el clásico marido infiel.
-En plena crisis no pueden formarse juicios.
¿Por qué no? ¿Crees que no sé discernir la realidad? ¿Y si resulta que, en
todos estos años, nada ha sido tal y como yo creía? ¿Y si mi vida se ha
basado en una mentira? -Ya despejarás esas incógnitas más adelante.
Pero no las analices ahora.
Ninguno de los dos estáis en condiciones de actuar con ecuanimidad.
¿Cómo lo sabes? -preguntó Page.
Tenía mucho en que pensar, y en cierto sentido el hospital era el sitio
ideal para ello.
-Tengo una amplia experiencia en relaciones difíciles y apariencias
engañosas.
Créeme, sé de lo que hablo.
Y sé tam bién que ahora todo se os ha vuelto del revés.
No podéis exigiros responsabilidades por lo que digáis o hagáis, ni por las
reacciones de cada uno.
Fíjate en ti misma, extenuada, debilitada.
-Sí, supongo que tienes razón.
Yo estoy muy desorientada tras dos días sin dormir y sin probar un plato
decente.
He vivido con Brad desde los veintitrés años.
Siempre pisé fuerte, creyendo que nuestra unión era perfecta, y de repente
me he asomado al abismo.
No sé qué pensar, ni quién es el hombre con el que me casé.
A mi alrededor todo se confunde.
-Y había sucedido en cuestión de días, de horas, de minutos.
Tu hija ha salvado la vida a duras penas.
Estás completamente traumatizada.
¿Quién no lo estaría? Pues bien, recuerda que Brad, yo mismo e incluso
nuestros otros hijos nos encontramos en el mismo caso.
¿Te fiarías de tus reflejos, de tus impulsos? ¡Caramba, si no me atrevo ni a
comprar en el supermercado! Soy capaz de pedir alpiste para el perro.
Tienes que darte un respiro, Page.
Procura no pensar en nada.
Vive sólo el presente.
-Recuerda lo que te he dicho antes -reiteró Trygve-.
No hagas juicios en medio de una crisis.
-Lo intentaré -prometió ella con voz queda, sorprendida de su predisposición
a contarle a Trygve tantos pormenores de su vida.
Pero la deslealtad de Brad la había sacudido visceralmente, y sentía una
necesidad apremiante de sincerarse con alguien.
Y Trygve le inspiraba confianza.
No habría podido decir por qué, pero le gustaba de un modo intuitivo.
-Ignoraba que ejercieses de consejero matrimonial –dijo Page con una
sonrisa, y él soltó una carcajada.
-Lo triste es que sólo conozco las desdichas.
Si te ocurre algo bueno, no me consultes.
¿Tan nefasta fue tu experiencia? -Peor -se quejó él, aunque con tono de
broma-.
Creo que Dana y yo protagonizamos uno de los matrimonios más desgraciados de
la historia.
Finalmente he podido rehacerme, gpero me da pánico reincidir.
Prefiero mil veces vivir solo que con una mala esposa.
Ambos se sentían como viejos amigos y Trygve todavía tenía a su vecina
abrazada por el hombro.
En las últimas cuarenta y ocho horas la había apoyado como no lo hubiese
hecho su mejor amigo.
Incluso Brad le dejó en la estacada.
Thorensen, en cambio, estuvo siempre a su lado.
Y eso era algo que ella jamás olvidaría.
Page recordó lo que había comentado Allyson el sábado por la tarde, que
Thorensen nunca salía con mujeres, y se compadeció de él.
Era un hombre atractivo, inteligente y tratable.
-Quizá necesitas algo más de tiempo -le dijo con amabilidad, pero Thorensen
rió.
-Sí, unos cuarenta o cincuenta años.
No tengo prisa por reincidir en los mismos errores y arruinar mi vida y la
de mis hijos.
Mientras llega ese día, me lo tomo con calma.
Ellos se merecen algo mejor de lo que han tenido, y yo también.
No es fácil encontrar a la persona apropiada.
-A lo mejor, cuando superes tus resquemores te resultará más
sencillo -sugirió Page.
-Es probable, pero tampoco me quema la impaciencia.
En casa todos somos felices tal y como estamos.
Para mí es esencial, Page.
Era casi la medianoche.
Habían hablado largo y tendido, con diversos intervalos para entrar en la
UCI y verificar el estado de sus hijas respectivas.
Chloe dormía y Allie continuaba inconsciente.
Pero cuando Trygve, muy fatigado, se disponía a volver a casa, apareció el
médico residente y le comunicó a Page que Allyson sufría complicaciones.
La inflamación del cerebro que tanto temían había empezado, y Allyson
experimentaba una intensa presión en la herida y en el cráneo.
Era la que habían pronosticado, nntercera lesión" y el médico les explicó
que existía riesgo de embolia.
Llegó el cirujano jefe e informó que las dificultades de Allyson iban en
aumento.
Con la tumefacción le había subido la tensión sanguínea y aminorado el
pulso, y el doctor no auguró nada bueno.
Hacia la una, el final parecía inminente.
Thorensen se ofreció a quedarse con Page en el hospital.
Page no podía creer lo que estaba pasando.
Sólo una hora an tes sus constantes permanecían estables...
y dos días atrás su hija era una chica normal.
A veces la vida puede dar un giro de ciento ochenta grados sin previo aviso.
Para cuando se reunieron los demás miembros del equipo médico, Page había
hecho varios intentos de hablar con Brad, pero estaba puesto el contestador
y no respondió a sus llamadas.
Al fin, desesperada, le rogó a Trygve que telefoneara a Jane Gilson para que
fuera a su casa, le despertase y le relevara en el cuidado de Andy.
Trygve volvió del teléfono cabizbajo, y comunicó a Page el mensaje de Jane:
Brad no había pasado a recoger a Andy.
El niño dormía tranquilamente en su cama y Jane no tenía la menor idea del
paradero de Brad.
Ni siquiera la había llamado.
¿Que no ha llamado? Page se quedó atónita.
¿Cómo podía comportarse así después del discurso que él mismo había hecho?
¿Le importaba más su satisfacción sexual que su propia hija? -Jane dice que
no ha tenido noticias suyas.
Lo lamento, Page.
-Trygve apretó cariñosamente su mano y pensó que lo que había sospechado
debía de ser verdad.
Brad tenía un idilio, o se estaba emborrachando para ahogar sus penas.
No podía haber escogido momento más inoportuno.
Thorensen lo sintió por Page, que cargaba sola con aquella responsabilidad.
Sin embargo, Thorensen estaba de vuelta de todo.
Era una repetición de lo que había vivido con Dana-.
No te preocupes -la animó mientras esperaban que los médicos terminasen su
evaluación-.
Ya dará señales de vida.
Aquí tampoco podría hacer nada, ni Brad ni ninguno de nosotros.
-Pero al menos contribuiría con su presencia, igual que Page, igual que
Trygve, tan entregado a Chloe-.
No todo el mundo está capacitado para estos menesteres.
Yo antes sentía náuseas cada vez que escuchaba la palabra "hospital".
-¿Qué te hizo cambiar? -Mis hijos.
Tuve que esforzarme por ellos, ya que Dana se desentendía.
Brad puede apoyarse en ti con la tranquilidad de que Allyson está en buenas
manos.
Sonrió con afabilidad, buscándole a Brad unas excusas que, Page bien lo
sabía, no merecía en absoluto.
¿Y quién la respaldaba a ella?, pensó.
Si Trygve no se hubiera quedado a hacerle compañía, habría estado sola.
Supuso que Brad había ido a casa de su amante, pero no sabía dónde vivía.
Volvieron los médicos para informarles.
Allyson se había estabilizado un poco, pero la crisis no había pasado.
Una inflamación cerebral siempre era inquietante, tanto si constituía un
indicio de heridas más graves como si era una secuela concreta de la
operación del domingo.
El diagnóstico era comprometido y no querían fomentar falsas esperanzas.
Dada la gravedad de la paciente, no había que descartar un desenlace fatal.
¿Cuándo, ahora mismo? -preguntó Page con expresión descompuesta-.
¿Esta noche? ¿Qué habían querido decirle, que estaba a punto de morir? "¡No,
Dios mío, por favor!", rezó para sus adentros.
Cuando se lo permitieron, acudió junto a su hija y se sentó calladamente en
la cabecera de la cama, donde, con el rostro demudado por el llanto, sujetó
su mano como si de esa manera pudiera impedir que se le fuera, que marchase
hacia la eternidad pese a todo lo que ya había resistido.
Aquella noche la dejaron quedarse todo el tiempo que quiso, y Page no se
movió de la UCI, con la mano de su hija asida fijamente, observándola,
orando.
-Te quiero -susurraba de vez en cuando-.
Te quiero, mi pequeña -insistía, con la esperanza de que Allie la oyera.
Al amanecer, la inflamación no había empeorado y la paciente respiraba
mecánicamente, conectada a varios tubos.
Aunque no se había detectado una evolución favorable, seguía con vida.
Todo podía cambiar en unos segundos, y el personal de guardia pidió a Page
que procurase estar localizable, pero le aseguraron que Allyson se hallaba
momentáneamente fuera de peligro y que le habían administrado los sedantes
necesarios tras la intervención quirúrgica.
Eran las seis y media de la mañana cuando Page abandonó la unidad, tras
besar amorosamente a su niña.
Salió al pasillo con todos los músculos del cuerpo tensos y doloridos.
Quedó boquiabierta al encontrar a Trygve esperándola.
Dormía en una silla pero no se había marchado.
Quiso estar allí, solícito, para la eventualidad de que Allyson muriera y
Brad no hubiese telefoneado.
Thorensen consideraba a Clarke un condenado imbécil, aunque nunca se
atrevería a decírselo a Page.
Se alegró casi tanto como ella de que Allie hubiera aguantado una noche más.
-Ven, te llevaré a casa.
Puedes dejar tu coche en el aparcamiento.
Yo mismo te traeré más tarde.
-Puedo coger un taxi -comentó Page agradecida.
Pero estaba demasiado exhausta para caminar, así que siguió a Thorensen
hasta su coche, aliviada porque Allyson había vencido un nuevo escollo.
nniSi conservara la vida!", suspiró mientras se acomodaba en el asiento
delantero del automóvil.
Si ella lograba contagiarle su voluntad...
-Has sido muy valiente -dijo Trygve, inclinándose hacia ella y besándola en
la mejilla.
Luego le dio un suave apretón en los hombros a la vez que encendía el motor.
-¡He pasado tanto miedo, Trygve! De buena gana habría corrido a
esconderme -admitió ella.
Aquella noche había sido peor de lo que nunca habría soñado, peor que la
pesadilla más dantesca.
-Pero no lo has hecho.
Y Allyson consiguió superarlo.
Debes avanzar paso a paso -le aconsejó Trygve, atento a la conducción.
Al llegar a casa de Page la miró y comprobó que dormía profundamente.
Le supo mal tener que despertarla.
La zarandeó sin brusquedad, ella respingó, abrió los ojos y le dedicó una
sonrisa soñolienta.
-Gracias por ser tan buen amigo.
-Me habría gustado iniciar esta amistad en otras circunstancias -dijo
Thorensen-, en un campeonato de natación o en la presentación de tu mural.
¿Aún quieres ir al entierro de Phillip? -añadió, acordándose de pronto.
Ella asintió.
Estaba ya segura de que no podía contar con Brad.
-Te recogeré a las dos y cuarto.
Entretanto, concéntrate en dormir.
Lo necesitas como el aire que respiras.
-Haré todo lo posible.
Tocó la mano de Trygve a modo de despedida y se apeó.
él aguardó hasta que ella hubo abierto la puerta.
A las siete de la mañana, no había nadie en casa.
En cuanto Trygve Thorensen se hubo alejado, Page cerró suavemente la puerta,
meditando qué le diría a Brad cuando le viese.
Al parecer no les quedaba nada por decir, excepto adiós.
¿o ya no hacía falta?

CAPITULO VII


Poco después de las siete, Page, de pie en la sala de estar, dudaba aún
entre meterse en la cama o ir a casa de Jane Gilson para recoger a Andy.
Estaba tan cansada que le dolían los huesos y tenía mucho sueño, pero sabía
que Andy también la necesitaba, así que se lavó la cara, se peinó y escuchó
desde la cocina los mensajes del contestador.
No había ninguno de Brad, lo que la puso furiosa.
¿Cómo podía hacerle eso ahora, con la vida de Allyson pendiente de un hilo?
¿Qué clase de depravada era Stephanie al permitírselo? Fue a buscar a Andy y
le encontró desayunando con Jane.
El televisor estaba encendido y Jane preparaba unas ricas tortitas y cantaba
alegremente.
-Pero ¡cómo te miman! -exclamó Page con languidez, a la vez que besaba a su
hijo en la cabeza y sonreía a Jane.
Su amiga observó que las ojeras de Page se habían oscurecido.
¿Cómo está Allie? -preguntó Andy.
Page titubeó.
Tuvo que refrenar las lágrimas antes de contestar.
De pronto no le salían las palabras.
Aquella noche su hija había estado en las garras de la muerte, aunque,
gracias a Dios, había escapado.
Jane vio su vacilación y, al pasar junto a ella para prepararle una taza de
café, posó una mano amiga sobre su hombro.
-Regular -contestó Page.
Se volvió hacia Jane y agregó-: Esta noche nos ha dado un buen susto.
Se le ha inflamado el cerebro de resultas de la operación, y apenas podía
respirar.
-¿Va a morir? -Andy abrió unos ojos como platos.
Su madre se apresuró a negarlo.
Al menos aún no había expirado, y todos hacían votos para que no ocurriera.
-Espero que no.
Se relajó unos segundos, mientras el pequeño asimilaba la información, pero
enseguida hubo de abordar otra pregunta engorrosa.
-¿Dónde está papá? Ayer no vino a buscarme.
-Creo que le surgió un imprevisto en el trabajo y cuando llegó a casa tú ya
te habías acostado.
No quiso despertarte.
¡Ah! -A Andy acababan de quitarle un peso de encima.
La noche anterior había oído la riña entre sus padres, y no le gustó nada.
El accidente de Allie lo había trastocado todo.
De repente, nada le parecía seguro, y las personas a quienes más quería
estaban asustadas, nerviosas y de mal humor-.
¿Podré visitar a Allie hoy? -Todavía no, cariño.
-Page no podía consentir que la viese sin su bonita melena, con la cabeza y
los ojos envueltos en vendas, entubada, conectada a frías máquinas y
rezumando efluvios de muerte.
Constituía una visión terrorífica para cualquiera, y en especial para un
niño de siete años-.
Cuando mejore un poco.
Cuando vuelva en sí -prometió, conteniendo las lágrimas.
Esta vez tuvo que volverse de espaldas para que su hijo no lo notara.
Jane la rodeó con su brazo.
-Necesitas dormir.
¿Por qué no te tiendes un rato y, por un día, llevo yo a Andy a la escuela?
Andy se demudó al oír aquella sugerencia.
No podía entender lo cansada que estaba su madre, ni cuán agotadoras eran
las sesiones en el hospital.
Y quería tenerla cerca.
-Puedo ocuparme yo misma -respondió Page.
Respiró hondo, y bebió un sorbo de café-.
Sólo tardaré un momento.
Después podré echar un sueñecito.
Page se había prometido que dormiría hasta la hora de reunirse con Trygve.
En el hospital sabían cómo localizarla si se producía alguna urgencia.
Le resultaba imprescindible reponer fuerzas, pues tenía la sensación de que
no podía dar un paso más.
Camino de la escuela primaria de Ross, hubo de hacer un esfuerzo para que no
se le cerraran los ojos, y llegó sin novedad a casa de puro milagro.
En cuanto cruzó el umbral, volvió a escuchar la cinta del contestador.
No había ningún mensaje de Brad.
Era demasiado temprano para llamarle a la agencia.
Parecía increíble que hubiera tenido la osadía de pasar toda la noche fuera,
sin siquiera molestarse en telefonear.
Aunque, por otra parte, cqué iba a decirle? "Perdona, pero me quedo a dormir
en casa de mi amante." Page estaba anonadada de cómo se habían desbordado
los acontecimientos en un par de días.
Toda su vida de casados, su relación, se había ido al traste.
A las ocho y cuarto estaba en la cama y, aunque al principio se agitó y
revolvió a causa de la luz, pensando en Allyson y en las angustias de la
noche, quince minutos más tarde el cuerpo derrotó a la psiquis y Page dormía
como una criatura, con la ropa aún puesta.
Su descanso se prolongó hasta las doce, cuando la despertaron los
persistentes timbrazos del teléfono.
Saltó del lecho al identificar el ruido, aterrada de que fuese una llamada
del hospital.
¿Diga? -preguntó con un débil gemido.
No era el hospital, sino su madre.
-Por Dios, cqué te pasa? ¿Estás enferma? -No, mamá.
Me has despertado.
Había mucho que explicar, y no sería tarea fácil contárselo a su madre.
-¿A las doce de la mañana? ¡Es inaudito! ¿Te has quedado embarazada? -No,
mamá.
He trasnochado a causa de Allyson.
De pronto, Page se sintió culpable de no haber telefoneado antes.
-Dijiste que me llamarías el domingo, pero no lo hiciste.
A su madre le encantaba quejarse, se recreaba en el papel de mártir.
Siempre le recriminaba a Page que la tenía abandonada, pero la verdad era
que no se acordaba demasiado de ella porque se entendía mejor con Alexis, su
hija mayor.
Alexis vivía también en Nueva York y salían mucho juntas.
-He tenido unos días muy ajetreados.
¿Cómo pronunciar las palabras fatídicas? Page apretó los párpados y se
debatió consigo misma-.
Allyson sufrió un accidente el sábado por la noche.
-¿Está a salvo? -preguntó su madre con perplejidad.
Ni siquiera ella podía escurrirse ante aquella frase, ante la fuerza
intrínseca que contenía.
Era una mujer inteligente que ocultaba celosamente esa cualidad y de ese
modo vivía en un mundo de fantasía.
-Todo lo contrario: está en coma.
El domingo la operaron del cerebro y nadie puede predecir qué sucederá.
Perdóname por no haberte llamado, mamá.
No sabía cómo enfocártelo y decidí esperar hasta que las perspectivas fueran
algo mejores.
-¿Cómo está Brad? Page pensó que era una pregunta extraña.
¿Brad? Muy bien, él no intervino en el accidente.
Allie había salido con unos amigos.
-Pobrecillo, debe de haberle afectado mucho.
Era típico de su madre centrarse en Brad, no en su hija o en Allyson, sino
en su yerno.
Si no la hubiera conocido tan bien, Page habría creído que la había
entendido incorrectamente.
-Nos ha afectado a todos.
A Brad, a mí, a Andy, y principalmente a Allie.
¿Se recuperará? -Todavía no lo sabemos.
¡ya verás que sí! En un primer momento estas cosas parecen atroces, pero
todos los días hay millares de personas que se recuperan de los accidentes.
¡Dios, qué salida tan característica! Huyendo siempre de la realidad, a
cualquier precio.
Su madre jamás cambiaría.
No obstante, quizá era difícil comprender la situación de Allie sin haberla
visto.
Su madre prosiguió: -He leído historias extraordinarias sobre heridas
cerebrales y personas en coma que, un buen día, volvían a la vida.
Allyson es joven.
Lo más lógico es que salga adelante.
-Eso espero -dijo Page con laxitud, mirando el suelo y preguntándose cómo
alguien podría comunicarse con su madre.
Siempre fue la misma, ya a los catorce años Page se había dado cuenta de que
sólo escuchaba y creía lo que a ella le convenía, nada más, aunque se lo
contases de cien maneras distintas -.
Te mantendré informada.
-Dile que la quiero -ordenó severamente Maribelle Addison-.
Me han comentado que las personas en coma se enteran de todo.
¿Hablas con ella, Page? - Page asintió y por sus mejillas fluyeron sendos
lagrimones.
¡Naturalmente que le hablaba! Le reiteraba su cariño, le suplitrar.
É tampoco caba que no muriese, que no les dejara.:.
-Sí -susurró con voz ronca.
-Bien.
No te olvides de decirle que su abuela y tía Alexis también la adoran.
-Entonces, como si acabara de ocurrírsele, Maribelle preguntó-: ¿Quieres que
vayamos las dos a veros? -Madre e hija iban siempre enganchadas.
-¡No! Si os necesito, ya te llamaré.
-Muy bien, cariño.
Te telefonearé mañana.
Se diría que estaban quedando para una partida de bridge.
Era pasmoso su optimismo, su absoluta convicción de que Allyson se
repondría, sin reparar un solo instante en la situacPrendas para ción real.
Como de costumbre, no ofreció consuelo ni apoyo quizás has venido a a su
hija menor.
-Gracias, mamá.
Te avisaré si hay novedades.
-No dejes de hacerlo, querida.
Mañana tengo que ir de compras con Alexis.
Te llamaré puntualmente a mi regreso.
Da un beso de mi parte a Brad y a Andy.
-Descuida.
Page colgó el auricular y pasó largo rato absorta en sus pensamientos,
recordando cómo había sido su vida de soltera con su madre y con su hermana,
una vida repleta de embustes, de desdichas, regida por una permanente huida
de la verdad.
Alexis encajaba a la perfección.
Jugaba a lo mismo que su madre.
Todo era maravilloso, nadie obraba jamás censurablemente y, si lo hacía, no
se mencionaba y asunto arreglado.
Las aguas estaban siempre tranquilas, nunca se levantaba una voz, y por
dentro las tres se ahogaban.
Page se consumía.
No podía esperar para independizarse.
Se mudó a otra casa en cuanto empezó sus estudios de arte.
La familia se opuso y rehusó ayudarla económicamente, pero ella había ganado
un dinero haciendo trabajos eventuales, e incluso se empleó como camarera
nocturna en un restaurante a fin de sufragarse los gastos.
Habría hecho cualquier cosa por alejarse de aquel ambiente.
Sabía muy bien que de ello dependía su supervivencia.
Estaba tan enfrascada en sus recuerdos, que no le oyó enTrar.
Continuaba sentada en la cama, con la ropa muy arrugada y la vio junto al
teléfono.
Brad había cruzado media habitación cuando ella se movió, y ambos se
sobresaltaron.
-¡Por el amor de Dios! -bramó Clarke-.
¿Por qué no has dicho nada? -No te había visto.
¿Vienes a casa para comer? -dijo ella con tono irónico.
Page tenía la respuesta preparada.
¡ Sólo faltaba que apareciesen ellas! el cabello revuelto, pero tenía un
aspecto más relajado que unas horas antes.
-He venido a dejar unas cosas -replicó Brad con vaguedad, a la vez que
echaba una camisa sucia en el cesto del cuarto de baño.
lavar? ¿A qué hora las quiere el señor? buscar una muda porque piensas pasar
fuera también esta noche? -Page destilaba cólera y veneno-.
¿No te parece que, como mínimo, podrías haber llamado? ¿O quieres borrar de
un plumazo todos estos años de matrimonio? ¿Qué más da que llamase o no? De
todos modos no estabas en casa...
Brad parecía tan brutalmente insensible que a Page le hubiera gustado
machacarle.
-Pues hubieras telefoneado a la UCI, o a Jane, nuestra vecina.
Andy te estuvo esperando.
Creyó que tú también habías tenido un accidente.
¿o es que ya no te importa tu hijo? Allyson ha sufrido una recaída muy
grave -disparó a bocajarro y Brad recibió los impactos donde más le dolía.
¿Cómo está? -Resiste, pero muy precariamente.
Brad Clarke miró a su mujer con cara de arrepentimiento.
Sólo había querido tomarse una noche libre.
Fue un gran alivio abstraerse del hospital, de Page, e incluso de Andy.
-Me olvidé de llamar.
-Su excusa era impresentable y él lo sabía.
-Yo también querría olvidar.
Tienes suerte de conseguirlo -musitó Page, entristecida.
Pero ella no podía desentenderse - de sus hijos, ni lo deseaba.
Tres días antes, tampoco se habría distanciado de Brad.
Ahora todo era distinto-.
No puedes seguir escabulléndote, Brad.
Lo que nos ocurre es real, y debes afrontarlo.
¿Cómo te sentirías si Allie hubiese muerto anoche? -¿Tú qué crees? -repuso
él, y miró a su esposa.
-Andy también te necesita.
Y puede que te convenga pasar más tiempo con Allyson.
Si sucediera algo...
-Page no habría podido estar en ningún otro sitio, pero Brad no era como
ella.
-Que me siente junto a su cama no la salvará -repuso Brad, a la defensiva-.
Conmigo o sin mí, el final será el mismo.
Me deprime verla y, además, obstinarse en que viva a toda costa no es la
mejor solución.
-Pero cqué dices? -Page quedó horrorizada-.
¿Insinúas que debemos dejarla morir? Sintió ganas de echarse a gritar.
¿Qué le había pasado a Brad? ¿Cómo podía hablar así? -Digo que quiero
recuperar a Allie.
A Allie, ccomprendes? A mi hija de siempre, a la mujer en que se habría
convertido de no mediar esta tragedia.
Quiero a mi niña bonita, fuerte e inteligente, con un sinfín de aptitudes,
capaz de conseguir cuanto se proponía.
¿De veras deseas que viva sin todo su potencial? ¿Deseas ser la enfermera
permanente de una disminuida mental? ¿Es eso a lo que aspiras para ella? Yo
no.
Prefiero que muera ahora mismo si la alternativa es la invalidez.
E ir al hospital a contemplar cómo se inflama su cerebro y cómo le insufla
oxígeno una máquina no contribuirá en nada a que mejore.
Hemos hecho todo lo posible.
Sólo resta esperar.
Y a Allie le da lo mismo que esperemos aquí o en la UCI, pegados a ella.
¿Y si no era así? ¿Y si Allyson percibía de algún modo su presencia? Al
oírle, Page sintió repulsión.
-Andy te necesita tanto como ella.
¿o también el niño te sobrepasa? -atacó a su marido sin piedad, pues no se
la merecía.
Les estaba fallando a todos por motivos puramente egoístas.
-Me sobrepasa todo.
¿A ti no te ha ocurrido nunca? -preguntó Brad, acercándose a Page unos
pasos.
Detestaba tener que verla ahora que sus encuentros siempre degeneraban en
altercados, reproches o una retahíla de acusaciones.
-Tu único problema es que tienes un alto grado de autocompasión, y por ello
vas a tomar decisiones funestas.
El tiempo no se detendrá porque tú lo quieras, Brad.
No puedes nndarte un respiro" mientras solventas tu apetito sexual.
Allie te necesita, sean cuales sean tus ideas sobre su estado y su futuro.
Precisamente te necesita más por esa razón.
Y Andy se encuentra en el mismo caso.
El pobrecillo está aterrorizado viendo cómo la familia se desintegra ante
sus propios ojos, sabiendo que su hermana podría morir, sufriendo tus
ausencias y teniendo que vivir todo el día en casa de los vecinos.
-Entonces quizá deberías venir a dormir aquí -dijo Brad, y quedó paralizado
cuando Page se levantó y avanzó unos metros hacia él.
-Entérate de una cosa, Brad: no dejaré a Allie hasta que sepa si va a
recuperarse, o hasta que exhale el último suspiro.
Y si muere -añadió Page con ojos llorosos, pero con voz inquebrantable-,
estaré a su lado, sostendré su mano y la ayudaré en su tránsito al otro
mundo igual que la ayudé a venir a la vida.
No pienso quedarme contigo, a menos que sea en el hospital, ni siquiera con
Andy.
Yo, por lo menos, no me refugio en un amante fingiendo que no pasa nada.
Se dio la vuelta.
No soportaba la cara de Brad, aquella expresión que hacía evidente que ya no
le pertenecía.
-Page...
Ella se volvió hacia su esposo, sorprendida al percibir en su voz el temblor
del llanto.
Clarke se desplomó en una silla y enterró el rostro entre las manos.
-No resisto verla tan maltrecha -dijo Brad-.
Es como si ya se hubiera ido...
¡No lo soporto! Page no comprendía aquella actitud.
¿Qué le hacía pensar que tenía otra opción? Tampoco ella lo aguantaba, pero
debía sobreponerse.
Debía luchar por Allie.
-De momento, todavía está entre nosotros -dijo más apaciguada, con ánimo de
alentarle, pero remisa a aproximarse a él.
Les separaban poderosos sentimientos de dolor, aversión y desengaño.
No confiaba en Brad, ni le creía.
Ni siquiera sabía - ya quién era-.
Le queda una última oportunidad.
No puedes desecharla.
-No tiene por qué ser así -replicó Clarke.
Él no era de los que se rendían fácilmente, y Page no entendía su postura.
Era como si buscase la salida más sencilla para él e incluso para Allie,
aunque significara perderla, renunciar.
Ella jamás compartiría ese punto de vista-.
No sé cómo explicarlo...
Cuando la vi, tuve la impresión de que no se recuperaría nunca, y no quiero
que sea un vegetal el resto de su vida.
Los médicos sólo hablan de comas, parálisis espástica, pérdida de
motricidad, cerebro, cerebelo, neuronas, atrofia...
¿Cómo puedes oír tantas atrocidades y seguir pensando que volverá a ser
normal? -Porque todavía conservo la esperanza.
Quizá sea un camino difícil, quizá su recuperación sea incompleta, o ¡qué
demonios! quizá muera.
Pero en todo caso -dijo Page, y sus ojos se llenaron nuevamente de
lágrimas-, necesitará toda nuestra ayuda.
Brad miró a su mujer con desespero, llorando en silencio.
-Yo no podré ayudarla, Page.
Sé que no podré.
Estaba mortalmente asustado, y ella lo advirtió.
Se acercó a su butaca y le rodeó con ambos brazos.
él hundió la cabeza en su pecho.
Page acarició el negro cabello de Brad, y anheló no haber llegado tan lejos
en su mutua destrucción.
Por desgracia, nada podía borrarse ya, de igual modo que no se podía
conjurar el accidente de Allie.
-Tengo miedo -susurró Brad con la cabeza apoyada con= tra los mullidos
senos-.
No quiero que mi hija muera, pero tampoco quiero que sobreviva en estas
condiciones, Page.
Siento vértigo sólo de verla.
Y perdóname por lo de ayer.
No debería haber desaparecido; si lo hice fue porque no podía afrontar la
situación.
-Page asintió, comprensiva, aunque ella había sido la primera perjudicada.
Brad tuvo necesidad de huir y así lo hizo, pero la dejó sola y desvalida
frente a la pesadilla que vivía con Allie-.
¿Y si se nos muere? Clarke dirigió a su esposa una mirada angustiada, y ella
tragó saliva al pensarlo.
-No lo sé -admitió con voz entrecortada-.
Anoche creí que sucumbiría, pero se repuso.
Hemos ganado otro día, y sólo nos queda rezar.
él asintió con la cabeza, envidiando su entereza.
Todavía deseaba escapar, ¡y Stephanie se lo ponía tan fácil! Se compadecía
de él y le ayudaba a evadirse del horror que afrontaba su hija.
Le permitía abandonarse a la idea de que él no podía hacer nada.
Le había dicho que Page sabría encargarse de todo y le urgió a dejarla
actuar.
Pero cuando Brad vio a su mujer debatiéndose contra todo aquel dolor, de
repente renació sú sentido de culpabilidad.
Ahora, apoyado en su cálido cuerpo, Brad sintió la punzada del deseo, una
agitación interna que era el prólogo de un acercamiento.
La abrazó por la cintura e intentó sentarla en su falda para besarla.
Pero ella se puso rígida y le miró con rencor.
¿Cómo te atreves? Después de todo lo que había descubierto desde el
accidente, le repelía el contacto con su marido.
-Te necesito, Page.
-Eres repugnante -replicó ella con vehemencia.
Ya tenía a Stephanie.
¿Qué más quería, un harén? Antes de saber lo de su amante, era diferente.
Pero ahora no podía aceptarle.
El la besó de todas formas, un beso de pasión y frenesí.
Aun así, no ablandó a Page, que se sintió más distante.
Brad Clarke se había convertido en un extraño.
Era la pareja de otra mujer, no la suya.
Se zafó bruscamente, retrocedió unos pasos y le dejó hundido en la silla,
sin aliento.
-Lo siento -se disculpó Page por su vehemencia y se retiró.
Brad quedó con expresión de enfado y sensación de estúpido.
Sabía que obraba mal hiriendo a su mujer y aferrándose a Stephanie, pero,
como la propia Page acababa de decirle, últimamente sólo tomaba decisiones
nefastas.
Un poco más tarde, fue a la cocina en su busca.
Page se estaba preparando una taza de té, y no volvió la cabeza al oírle
entrar.
-Lo lamento -dijo él-, me he dejado llevar.
He sido muy inoportuno con todo lo que está ocurriendo.
- A Page le parecía inverosímil que sólo una semana antes hubieran hecho el
amor como si su matrimonio fuera viento en popa, sin albergar la menor
sospecha de que Brad tenía una amante.
Pero ahora las cosas habían cambiado.
Y, dada su relación con Stephanie, Page no quería que él la tocase.
Habría sido distinto si, asolado por el arrepentimiento, le hubiera
prometido poner fin al idilio.
Sin embargo, en ningún momento hizo esa promesa.
En todo caso, los que habían terminado eran ellos dos.
Tal era, al parecer, la voluntad de Clarke.
Ahora que su lío de faldas había salido a la luz, su primera reacción había
sido marcharse de casa, indiferente a las necesidades de su familia, a una
posible urgencia de Allyson e incluso a los sentimientos de Andy.
Stephanie se había impuesto a cualquier otra consideración.
La constatación de este hecho golpeó a Page como una roca de diez toneladas.
No podía ignorarlo.
-Creo que deberías darme su número.
Si sucede algo y estás con ella, sabré dónde informarte -dijo Page sin
volverse, para que Brad no viera las lágrimas que se habían agolpado en sus
ojos.
-Te aseguro que no se repetirá.
Esta noche me quedaré en casa con Andy.
-No me interesa lo que digas.
-Ahora Page se giró en redondo para encararse con Brad, y él se asustó al
ver su expresión.
Estaba dolida, indignada y decidida más allá de las palabras.
Era obvio que su breve lapso de intimidad había pasado-.
Se repetirá, y quiero tener su teléfono.
-Bien.
Te lo anotaré en la agenda.
Page asintió y bebió unos sorbos de humeante té.
¿Qué piensas hacer hoy? -Clarke suponía que volvería al hospital, y se
sorprendió al comprobar que no.
-Dentro de un rato asistiré al entierro del joven Chapman.
¿Quieres acompañarme? -Ni lo sueñes.
Ese malnacido casi mató a mi hija.
¿Cómo tienes estómago para ir? Brad estaba congestionado y Page, impasible,
se encogió de hombros.
-Los Chapman han perdido a su único hijo, y no hay pruebas de que el
accidente fuera culpa suya.
¿Cómo puedes negarte a asistir? -No les debo nada -repuso Brad fríamente-.
Los análisis han demostrado que había bebido alcohol.
-En cantidades muy pequeñas.
¿Y qué me dices de la otra conductora? ¿No pudo ser ella la causante de
todo? -Trygve se lo había planteado, y Page también, pero a Brad no se le
había ocurrido.
-Laura Hutchinson es la mujer de un senador, tiene tres hijos crecidos y
nunca rondaría por las calles borracha, al volante de un coche o cometiendo
negligencias -sentenció Clarke con absoluta convicción.
¿Cómo lo sabes? -Page no habría puesto la mano en el fuego por nadie, ni por
la esposa del senador ni siquiera por Brad-.
¿Cómo puedes defender tan seguro su inocencia? -Porque estoy seguro de ello,
tanto como la policía.
No le hicieron la prueba de la alcoholemia, obviamente, porque no la
consideraron necesaria; de lo contrario se la hubieran exigido.
No la han acusado de nada.
Sin duda a Brad le bastaba con eso.
-A lo mejor les impresionó su apellido.
-En los últimos días discutían por todo, y Page se alegró de que Andy
estuviera en la escuela-.
Sea como fuere, pienso asistir al sepelio.
Trygve Thorensen pasará a recogerme a las dos y cuarto.
Brad enarcó las cejas.
¡Muy entrañable! -No seas impertinente.
-Page miró a su esposo con un peculiar brillo en los ojos, producto de la
ira y el cansancioDurante tres días hemos pasado las horas muertas en ese
hospital que tanto aborreces, atentos al más mínimo progreso de nuestras
hijas.
Phillip Chapman conducía el coche donde viajaba Chloe, pero eso no le impide
a Thorensen ofrecer sus condolencias a los padres del chico.
-Es un tipo fantástico.
Quizá lleguéis a haceros amigos íntimos ahora que yo he perdido todo mi
atractivo.
Clarke estaba enfadado por el rechazo de antes, aunque en el fondo lo
comprendía.
Pero le soliviantó que Page elogiara a Trygve.
- -Tienes razón, Brad, es fantástico.
Posee un gran sentido de la amistad.
Incluso se ha quedado en el hospital sólo para apoyarme.
Ayer, cuando nadie sabía dónde te habías metido, estuvo conmigo y me ofreció
su mano, y también velamos juntos la noche del accidente, mientras tú te
divertías con tu amiguita.
Ha sido una joya de hombre.
Y te diré más: es lo bastante cabal como para guardarse la virilidad en los
pantalones y anteponer sus hijos al sexo.
Así que si pretendes hacerme sentir culpable o apurada, no te molestes.
Dudo mucho que a Trygve Thorensen yo le importe un comino como mujer, y así
debe ser, porque no busco amante.
Sólo necesito un amigo que me preste su hombro, ya que no tengo marido.
Poca réplica podía presentar Brad a aquellas palabras, de modo que se
encerró en el cuarto de baño.
Sin dirigirle la palabra a su mujer, diez minutos después salió de la casa
dando un sonoro portazo.
Ella estaba tan furibunda que de buena gana le hubiera estrangulado, aunque
también se sentía triste.
¡Su vida se había derrumbado tan precipitadamente! Era incomprensible.
Ahora les acuciaban tensiones muy agudas pero ya antes se habían deteriorado
otros aspectos de su unión, y ella no lo supo ver.
El accidente fue el gran detonante, y había aportado sus nefastas
consecuencias.
Page se duchó y se vistió para acudir el sepelio, y Trygve pasó a recogerla
a las dos y cuarto en punto.
Llevaba un traje ; azul marino, camisa blanca y corbata oscura, un atuendo
sobrio pero que le favorecía mucho.
Page se puso un vestido negro de hilo que había comprado en Nueva York la
última vez que fue a visitar a su madre.
Las exequias se celebraron en la iglesia episcopal de Saint John.
Page no estaba preparada para la multitud de adolescentes que había allí,
con sus resplandecientes rostros juveniles ensombrecidos por la pérdida del
amigo, sus corazones llenos de una aflicción avasalladora.
A modo de recordatorio, los maestros de ceremonias entregaron a los
asistentes una bonita fotografía de Phillip con el equipo de natación.
Page comprobó que los chicos que las distribuían eran precisamente los
miembros del equipo.
Vio también a Jamie Applegate.
Escoltado por su familia, era la imagen de la devastación.
No obstante, ellos le respaldaban.
Su padre le llevaba abrazado por el hombro.
Se emitieron canciones de estilo joven, y Page, al oírlas, notó en la
garganta la contracción del llanto.
En la iglesia se habían congregado trescientos o cuatrocientos chicos, y
Page supo que Allyson tampoco habría faltado de no yacer en coma en un
hospital.
Al fin, con porte muy digno, aunque deshechos por la pena, hicieron su
entrada los padres de Phillip y ocuparon sus lugares en el primer banco.
Les acompañaba una pareja bastante mayor, los abuelos.
Daba pena verlos.
La intensidad del golpe se hacía palpable en sus caras.
El oficiante habló emotivamente de los-misterios del amor divino y del gran
dolor que siempre causa perder a un ser querido.
Platicó sobre el magnífico joven que había sido Phillip, admirado por todos
y con un brillante futuro.
A Page la homilía le traspasó el alma, y pensó, entre sollozos, qué dirían
de Allie si moría.
Sería algo parecido.
También la admiraban y querían todos sus conocidos.
Ella jamás se reharía de su pérdida.
La señora Chapman lloró profusamente durante toda la ceremonia.
Al final del servicio, el coro escolar en pleno cantó el Amazing Grace.
Luego, cada uno de sus componentes fue invitado a subir al altar para
recitar una breve plegaria, un postrer tributo al compañero.
La iglesia entera estaba sumida en llanto, y Page, al mirar alrededor, quedó
hondamente conmovida por la consternación que se reflejaba en aquellos
semblantes casi infantiles.
Fue entonces cuando vio a Laura Hutchinson.
Estaba sollozando discretamente en un banco algo apartado.
Al parecer había venido sola y se sentía tan desolada como el resto de los
presentes.
Page la observó largo rato, pero sólo vio a una doliente más, y muy
afectada.
Sorprendentemente, la despedida de la ceremonia fue rápida.
La gente aún no había salido de su estupefacción.
¡Era tan doloroso! De repente, Page y Trygve detectaron la presencia de los
periodistas.
Al principio persiguieron a la señora Hutchinson, pero ella se marchó en una
limusina sin hacer declaraciones.
Después sacaron fotografías de algunos jóve - nes que lloraban en la acera.
De súbito, toda la prensa se arremolinó en torno a los Chapman.
El padre de Phillip se encolerizó y les espetó entre lágrimas que eran unos
cerdos desalmados.
Ellos no se fueron, aunque retrocedieron ligeramente.
Phillip Chapman era todavía una noticia candente.
Después de las exequias había una recepción en la sala de actos del
instituto, y más tarde los Chapman habían invitado a su casa a algunos
amigos.
Page no fue ni a un sitio ni a otro.
Era superior a sus fuerzas.
Sólo ansiaba quedarse sola, aislarse, recuperarse de la tremenda conmoción
que había supuesto el oficio fúnebre.
Consultó a Trygve con la mirada y descubrió que había llorado tanto como
ella.
¿Te encuentras bien? -le preguntó Thorensen.
Page asintió, pero con un nuevo acceso de llanto-.
Sí, yo estoy igual.
Te llevaré a casa.
Ella volvió a asentir y le siguió hasta el coche, donde permanecieron largo
rato en silencio.
Page no había reunido valor para abordar a los Chapman, así que los dos
habían firmado en el libro que había a la puerta de la iglesia.
Luego leería en el periódico que se recibieron más de quinientos pésames.
-¡Dios, ha sido muy duro! -exclamó al fin, intentando componerse un poco.
Trygve la miró, arrasado por sus propias emociones.
-Es espantoso.
No existe nada peor.
Espero no vivir lo bastante para ver morir a uno de mis hijos.
Se arrepintió de aquellas palabras, puesto que la vida de Allyson estaba aún
en peligro, pero Page se hizo cargo.
Tampoco ella quería pasar por esa experiencia.
-He visto a la señora Hutchinson.
Es todo un detalle de su parte haber venido.
A los Chapman les habrá impresionado favorablemente.
Su gesto demuestra cuán solidaria es, cuán humana.
Ha sido una astuta jugada.
Pero ¡qué cinismo el mío! -se riñó Page a sí misma-.
A lo mejor actuaba de buena fe.
-Lo dudo.
Conozco a los políticos.
Créeme, es su marido quien le ha mandado que asista.
Quizá ella no tuvo la culpa del accidente y es totalmente inocente.
Pero nunca está de más vender buena imagen.
¿Y ése es el único motivo? -Page se sintió decepcionada.
-Probablemente.
No lo sé.
Sigo pensando que cometió algún descuido, que los chicos no fueron
responsables del choque, aunque tal vez soy yo quien me empeño en creerlo.
-A los Chapman les ocurría otro tanto.
Thorensen encendió el motor y se dirigieron a casa de Page tras la lenta
caravana que marchaba hacia la escuela, pero a mitad de camino ella recordó
quë nëbía pasar por el hospital a recoger su camioneta.
Además, quería ver a Allie.
¿Te importaría dejarme allí? -preguntó, sonriendo con tristeza.
Había sido una tarde terrible.
Page había telefoneado varias veces al hospital para preguntar por Allyson,
pero no se habían producido cambios desde la mañana.
-¡En absoluto! Igualmente tenía intención de visitar a Chloe.
Hoy más que nunca debemos agradecer que estén vivas, cverdad? Page asintió
con la cabeza, evocando lo que había dicho Brad en el fragor de su disputa,
que no le interesaba una Allie imperfecta.
Y parecía creerlo en serio.
-Prefiero tener a Allie en cualquier estado antes que perderla.
Quizá me equivoque, pero es lo que siento.
Brad opina que, si ha de quedar incapacitada, más vale que muera.
-La suya es una visión elitista de la vida, un maniqueísmo en blanco y
negro.
Estoy de acuerdo contigo, prefiero juntar los pedazos, antes que tener las
manos vacías.
Page coincidía con Trygve en todo, pero curiosamente no en lo relativo a su
matrimonio.
En ese terreno era más intransigente que él.
Claro que lo veían desde ópticas distintas.
-Mi marido no ha podido enfrentarse a todo esto.
Sale huyendo a la primera ocasión -dijo con voz serena, procurando no volver
a excitarse.
-Hay muchas personas que no saben sobrellevar las desgracias.
-Sí, como Dana...
y como Brad.
¿Y por qué nosotros nos metemos hasta el cuello? ¿Somos unos valientes o
sólo un par de tontos? -Seguramente una mezcla de ambos -repuso Thorensen
con una risita irónica-.
Me temo que no tenemos otra alternativa.
Cuando los demás saltan por la borda, nos ponemos al timón.
-Dirigió a Page una mirada de franqueza.
Había pasado suficiente tiempo a su lado para hacerle una pregunta directa-:
¿No te saca de tus casillas? -Le intrigó la aparente predisposición de Page
a aceptar un matrimonio que distaba mucho de ser modélico.
Brad no se había dejado ver desde el accidente.
-Me pone furiosa -admitió Page sonriente-.
A la hora de comer hemos tenido un enfrentamiento por esa razón.
-Al menos eres humana.
Yo también me ponía como un basilisco cuando Dana se esfumaba en el momento
en que más la necesitábamos los niños o yo.
-En mi caso, existen complicaciones de otra índole.
Trygve movió la cabeza, decidido a no indagar.
Pero finalmente no pudo contenerse.
¿Complicaciones graves? -Eso parece -contestó Page-.
Yo diría que terminales.
¿Y te han pillado por sorpresa? -La verdad es que sí.
He estado casada dieciséis años, y hasta hace tres días creía que mi
matrimonio era perfecto.
-Estaban ya en las inmediaciones del hospital-.
He cometido un error.
Un error mayúsculo.
-Quizá no.
Es posible que estéis pasando una mala época.
De vez en cuando, todas las parejas tienen sus altibajos.
Ella reflexionó unos segundos, y negó con la cabeza.
-Había muchas facetas oscuras que yo desconocía.
Sin saberlo, me he estado engañando a mí misma durante largo tiempo.
Pero, ahora que lo sé, no podría disimular que todo va bien.
No es mi estilo.
Mi relación huele a podrido -explicó ácidamente.
-Recuerda lo que te he dicho antes, que algunas personas pierden la brújula
cuando deben afrontar una crisis.
-Brad la perdió hace ya meses.
Pero le ha salido mal, porque le he pillado con la bragueta abierta.
Page torció la boca en una afectada sonrisa siniestra, y Trygve soltó una
carcajada.
-Vaya, ha tenido mala suerte.
Page estaba anonadada por la naturalidad de aquel diálogo.
Se sentía capaz de contárselo todo a Trygve, incluso secretos que jamás
habría revelado a su hermana, por supuesto, ni a Jane Gilson, que era una
antigua amiga pero no una confidente.
Tras los rigores de sus inicios, nunca se había sincerado con nadie excepto
con Brad, lo cual hacía su traición aún más abyecta.
Y ahora, para su asombro, a Trygve le contaba cosas que se habría resistido
a confiarle a Brad aun antes de que estallara la guerra entre ambos.
Una vez en el hospital, se encaminaron hacia la UCI todavía alicaídos por el
ambiente que había reinado en el sepelio, pero a ambos les alivió ver a sus
hijas.
Chloe tenía algunos espasmos, aunque progresaba, y Allie continuaba igual.
Por el momento, su condición era estable.
Esta vez, Page se marchó antes que Trygve.
Volvió a casa hacia las cinco para recoger a Andy en la de Jane.
El niño había ido al entrenamiento de béisbol en el autocar de la escuela, y
a esa hora debía estar ya de vuelta.
Page tenía muchas ganas de verle cuando aparcó el coche frente al garaje de
Jane.
La tarde había sido un suplicio, y el sepelio de Phillip le helaba la sangre
cada vez que recordaba los lloros de los jóvenes y el pesar de los padres.
Todos habían sollozado inconsolables al abandonar el templo, y el corazón de
Page voló hacia ellos.
Mientras pulsaba el timbre de casa de Jane, todavía vibraban en sus oídos
los cánticos del coro.
-Hola, ¿cómo estás? -Jane miró a su amiga y frunció el entrecejo-.
¿o no debería preguntártelo? Quizá Allyson había empeorado.
Page estaba consumida, pálida y patéticamente triste.
-No te apures -dijo con voz quebrada-.
Me ves así porque he ido al entierro de Phillip Chapman.
-¿Y qué tal? -inquirió Jane, franqueándole la entrada.
-Tan deprimente como cabía esperar.
Había cuatrocientos jóvenes anegados en llanto, y la mitad de adultos.
-Es justo lo que necesitabas.
¿Te ha acompañado Brad? -No, me llevó Trygve Thorensen.
Hemos visto a la esposa del senador.
Estuvo muy en su papel, sacudida por el dolor en la medida justa.
Francamente, esa mujer ha tenido muchas - agallas al presentarse.
Trygve piensa que ha ido por razones políticas, para seguir el juego a los
reporteros y dejar constancia de cuán buena e inocente es.
-¿Lo es? -preguntó Jane circunspecta.
-Empiezo a sospechar que nunca lo sabremos.
Probablemente no existe un único culpable, fue un cúmulo de coincidencias y
maniobras mal sincronizadas.
-Tengo mis dudas.
¿Había periodistas en la ceremonia? -Sí, cámaras de televisión y algunos
fotógrafos de prensa.
Han hinchado el asunto porque está involucrada la señora Hutchinson.
Pero a mí me parte el corazón ver a esos chicos, por no mencionar a los
padres.
-En la crónica que leí ayer dejaban traslucir que el responsable fue el
chico Chapman.
¿Son meros rumores o hay algo de verdad? ¿Bebió realmente alcohol? -Al
parecer, no el suficiente para inculparle.
He oído que el señor Chapman va a querellarse contra el periódico y
reivindicar el nombre de Phillip.
Como te decía, no hay evidencias que permitan acusar a ninguna de las
partes, ni al chico ni a la señora Hutchinson, pero él era muy joven y había
bebido media copa de vino...
y dos tazas de café negro.
Trygve y ella habían debatido el caso hasta la saciedad, sin sacar nada en
claro.
Había sido un desgraciado accidente, aparentemente sin culpables.
Y Page entendió que los Chapman quisieran rehabilitar la memoria de su hijo.
Había sido un chico extraordinario y merecía que su reputación fuese
respetada, aunque sólo fuera por sus padres.
En aquel instante, Andy la divisó desde el jardín y fue corriendo a su
encuentro.
Llevaba el uniforme de béisbol y estaba tan adorable que Page se emocionó al
verle.
Su salud y su normalidad le recordaron el último partido al que le había
llevado, cuando su vida discurría plácidamente.
Allie aún estaba bien.
Y Brad no había confesado su engaño.
¿Cómo te van las cosas, Andrew Clarke? -preguntó Page con una sonrisa
luminosa.
El pequeño le echó los brazos al cuello.
-¡Fenomenal! Hoy he marcado una carrera a la base.
Andy estaba satisfecho de sí mismo, y a su madre aquel abrazo la hizo
revivir.
¡ Magnífico! También él estaba muy contento de verla.
Le dirigió una mirada inquieta y preguntó: ¿Vas a volver al hospital? ¿Debo
quedarme aquí? -No, hoy irás a casa conmigo.
Page había decidido tomarse una noche libre en honor de su hijo.
Sabía cuánta necesidad tenía de ella y no quería negarle su presencia.
Además, mientras Allie se mantuviera estacionaria se lo podía permitir.
Le guisaría una buena cena para variar, algo más que una pizza congelada, y
luego se sentaría a charlar largamente con él.
Así no se sentiría tan abandonado.
¿Por qué no nos prepara papá una barbacoa? -Page ignoraba si Brad dormiría
en casa aquella noche, de modo que no quiso prometer nada y pretextó que
tenía mucho trabajo-.
De acuerdo.
En ese caso, haremos una cena corriente.
El niño parecía entusiasmado con el plan.
Al cabo de unos minutos estaban los dos en su cocina.
Page hizo hamburguesas, con patatas al horno para Andy y una gran fuente de
ensalada acompañada de aguacates y tomates rojos.
Pegó un respingo cuando oyó entrar a Brad, en el preciso momento en que se
sentaban a la mesa.
No le esperaba, pero había preparado su plato por si aparecía y deseaba
cenar.
-¡Papá! -exclamó Andy muy excitado.
Page leyó en su cara cuán ansiosámente buscaba el contacto de ambos.
El chico estaba más preocupado de lo que dejaba adivinar.
-¡Qué sorpresa verte! -dijo ella con retintín, y Brad le lanzó una mirada
torva.
-No empecemos, Page.
-También él había tenido un día complicado, pero se había esforzado para
llegar a casa a la hora de cenar-.
¿Hay un plato para mí? -preguntó secamente, señalando la mesa y la cena que
Page se disponía a servir.
- -Desde luego -dijo ella, y unos instantes después le sirvió un plato
completo.
Andy le contó a su padre todos los incidentes del partido, especialmente su
carrera a la base en el cuarto ataque.
Luego le habló largo rato de sus compañeros de clase.
Era como una esponja que succionara cada segundo que le dedicaban, cada
momento que podían escatimarle a su hermana.
Observándole, Page tomó conciencia de lo asustado que estaba, de lo mucho
que les necesitaba.
En su mentalidad infantil, tenía tanto miedo como ella.
En cierto sentido lo pasaba aún peor, porque no había visto a Allyson.
¿Puedo ir al hospital este fin de semana? -pidió tras terminar su patata.
Page estaba encantada de lo bien que había cenado, y ahora, ya ahíto,
parecía más relajado.
Pero eso no significaba que pudiera ver todavía a su hermana.
El estado de Allie era sobrecogedor y el peligro, acuciante.
Si moría, no deseaba que guardase de ella semejante recuerdo.
-Me temo que no, cariño.
Más vale esperar hasta que se reponga un poco.
Page sabía también que para visitar la U C I había que tener once años
cumplidos, pero el médico le había dicho que haría una excepción con Andy.
-¿Y si tarda mucho en reponerse? Yo quiero verla.
El niño empezó a gimotear.
Page miró de soslayo a Brad, pero él no estaba atento.
Hojeaba el periódico con el ceño fruncido y expresión de infelicidad.
Stephanie se había enfurecido cuando le anunció que cenaría en familia.
-Ya veremos -dijo Page respecto a la visita de Andy mientras cambiaban los
platos.
Como postre sirvió helado con salsa de chocolate, y para ella se preparó una
taza de café.
Nadie lo había notado, pero Page apenas probó la cena.
Pasados unos minutos, fijó los ojos en su marido y dijo: -Brad, cpodrías
dejar el periódico para después de cenar? Odiaba que leyera durante las
comidas, y él lo sabía.
¿Por qué? ¿Tienes que decirme algo? -le espetó él.
Page se encrespó, bajo la mirada angustiada de Andy.
Nunca antes les había visto reñir acaloradamente, pero a lo largo de los
últimos días no habían hecho otra cosa, así que el niño estaba con el alma
en vilo.
Después de cenar, Brad fue a buscar algo al estudio.
Andy se retiró a su cuarto seguido de Lizzie.
Era la viva estampa del desamparo.
Page ordenó la cocina, quitó los últimos platos, preparó la mesa para el
desayuno y escuchó los mensajes del contestador.
Había al menos una docena de personas que se interesaban por Allie.
Algunos de los asistentes al funeral de Phillip preguntaban cuándo podrían
verla.
Afortunadamente, el personal médico del hospital se encargaba de rechazar
las visitas y siempre que llegaba un ramo de flores lo enviaban a la sección
de maternidad, porque en la U C I estaban prohibidas.
Page prefería no recibir aún a los amigos de Allie.
No habría podido responder a sus preguntas.
El último mensaje que había en la cinta era de un reportero que solicitaba
una entrevista.
Page ni siquiera se tomó la molestia de apuntar su nombre.
Telefoneó a varios chicos que le habían dejado sus datos, pero le resultó
extenuante explicarles todo lo acontecido, o contar repetidamente la
historia a sus madres.
Se le ocurrió preparar una grabación especial con un sucinto parte médico de
Allie.
Sin embargo, lo que debía decir era tan inquietante, y las esperanzas tan
ínfimas, que no se vio con ánimos.
Finalmente, fue a la habitación de Andy y le encontró sentado en su cama,
llorando y hablando con Lizzie.
Le relataba a la perra el accidente de Allie y decía que se curaría, pero
que todavía dormía, que tenía los ojos vendados y la cabeza muy hinchada.
Era un resumen no del todo exacto, aunque bastante aproximado, y Lizzie le
escuchaba moviendo la cola.
-¿Cómo vamos, cariño? -preguntó Page lánguidamente, y se sentó en el borde
de la cama.
Se alegraba de haber pasado unas horas en casa con su hijo, pues había
comprobado cuán afectado estaba y cuán necesitado de cariño y atención.
Se felicitó por haber tomado la decisión de dormir los tres en casa.
Andy lo necesitaba más que nunca, y era positivo que Brad estuviera allí,
aunque no se mostrara precisamente simpático.
¿Por qué papá y tú os peleáis tanto? -preguntó Andy, apenado-.
Antes no erais así.
-Estamos nerviosos...
por lo de Allie.
Las personas mayores, cuando tienen preocupaciones o algo les asusta, no
saben demostrar sus sentimientos y empiezan a criticarse entre ellas,
incluso se gritan.
Perdónanos, amor mío.
No queremos entristecerte.
Page acarició la cabeza de su hijo.
-¡Te pones tan agresiva cuando le hablas! ¿Cómo iba a explicarle al niño que
su padre la había traicionado, que había tirado por la ventana todos
aquellos años de matrimonio? No debía, y no lo haría.
-Es muy duro estar en el hospital con Allie.
¿Cómo es posible, si no hace más que dormir? Andy estaba sumido en un mar de
confusiones.
Todo resultaba tan difícil, tan enrevesado, y sus propios padres se
cornportaban de un modo tan extraño...
-Es que sufro mucho por ella, igual que sufro por ti.
Page sonrió, pero Andy continuó ceñudo.
-Y papá, ctambién sufres por papá? -Claro que sí.
Padezco por todos vosotros.
Es mi oficio -dijo ella con una sonrisa forzada.
Unos minutos más tarde, llenó la bañera del niño.
Después del baño le leyó un cuento.
Luego, Andy fue a dar las buenas noches a su padre, pero Brad estaba ocupado
con una conferencia telefónica y le hizo una desabrida señal de que se
alejara.
Tenía los nervios de punta no sólo con Page, sino también con su hijo.
Cenar en casa no le había resultado fácil, y todavía no sabía si había hecho
bien.
Page acostó a Andy y le arropó.
El pequeño le suplicó que dejase encendida la luz del pasillo, algo inusual
en él.
Tan sólo se lo pedía cuando sentía mucho miedo o cuando estaba muy enfermo,
pero en aquel momento los tres tenían síntomas de todo.
-Como quieras, cariño.
Hasta mañana.
Page volvió a besar a su hijo y, mientras se encaminaba a la cocina para
acabar de recogerla, dio gracias por tenerle.
Entrevió la figura de Brad en el salón, pero no le dirigió la palabra.
No les quedaba ya nada por decir.
Había intuido, correctamente, que hablaba con Stephanie cuando Andy le
interrumpió.
Vació el lavavajillas, pasó la bayeta, contestó algunas llamadas más y
preparó una nueva cafetera.
Alrededor de las diez, Brad, ansioso y desdichado, asomó la cabeza.
Ambos habían superado otro día de prueba, con sus confrontaciones, el
sepelio de Phillip Chapman y una cena familiar que distó mucho de ser
relajante.
Page estaba revisando el correo de varios días.
Alzó la vista al oírle.
-Las cosas no marchan -dijo Brad con decaimiento al encontrarse sus miradas.
Vestía pantalones vaqueros y una camiseta, y por un instante Page recordó
los intensos sentimientos que durante años había suscitado en ella, y se
preguntó si en todo ese tiempo habían sido ya unos extraños.
Habían tenido dos hijos y compartido dieciséis años, y de la noche a la
mañana Brad se le había revelado como un hombre diametralmente distinto de
aquel con el que siempre creyó vivir.
-Ya puedes decirlo -convino con voz plomiza, a la vez que se servía café.
Tenía los nervios tan desquiciados que ni siquiera la cafeína le producía
efecto-.
Y Andy empieza a darse cuenta.
¿Quién no? El aire que les rodeaba podía cortarse con su carga de
sufrimiento, cólera y decepción.
-Hemos tenido una semana terrible.
-Sí, un cortocircuito de doble corriente.
¿Qué significa eso? -preguntó Brad con expresión de desconcierto.
-Allie por un lado y nuestro matrimonio por el otro.
-Quizá ambos forman parte de un mismo problema -sugirió Clarke-.
Es posible que, en cuanto Allyson se recobre, podamos resolver este
embrollo.
A Page le extrañó oírle hablar así, más aún tras su categórica negativa del
domingo a romper con Stephanie.
Caviló qué era lo que intentaba darle a entender.
¿Quedaba un resquicio - de esperanza entre ellos? ¿Brad había cambiado de
opinión? ¿Había ocurrido algo? Su marido se había convertido en un libro
cerrado, y ni siquiera estaba segura de querer abrirlo.
-Tal vez podamos llegar a un acuerdo -insistió él con tono poco
convincente-.
Pero sólo si ponemos buena voluntad.
-¿Y quién se sentará a parlamentar, tú, yo y Stephanie? ¿Es eso lo que
quieres, Brad? -le increpó Page, tan harta como exhausta-.
No volvamos a enredarnos en trifulcas, ni a zaherirnos con pullas y
falsedades.
Primero devolvámosle la vida a Allie, y luego ya concentraremos la atención
en nuestro problema.
Ahora mismo, y perdona la franqueza, no tengo ninguna gana de hablar de
ello.
Brad asintió.
Page tenía razón, pero repentinamente Stephanie había comenzado a
atosigarle.
Era como si se sintiera desbancada por Allyson, y de repente le presentaba
exigencias inusuales.
Quería pasar más tiempo a su lado, verle constantemente y hacerle dormir en
su casa.
Se diría que pretendía demostrar algo, que se había empeñado en dejar en
claro que Brad le pertenecía a ella, no a Page.
Aquel asedio a dos bandas acabaría por volver loco a Brad.
Antes de que pudiera dar respuesta a su mujer, oyeron un chillido aterrador
procedente del dormitorio de Andy.
Los dos acudieron a todo correr, pero Brad llegó primero.
Encontraron al niño medio dormido, presa de un acceso de histeria.
Había tenido una pesadilla.
-Cálmate, campeón...
tranquilo...
No pasa nada, sólo ha sido un mal sueño.
Pero ni Brad ni Page pudieron sosegarle.
El pequeño había soñado que toda la familia sufría un accidente, y los
únicos que se salvaban eran Lizzie y él.
Dijo que había visto ríos de sangre y muchos cristales rotos.
Se habían estrellado, según Andy, porque mamá y papá se enzarzaron en una
gran trifulca.
Ambos adultos se miraron avergonzados por encima de su cabeza, y al fin el
pequeño se apaciguó, aunque Page comprobó que había mojado la cama; habría
que cambiarle las sábanas.
No le sucedía desde los cuatro años, lo cual la preocupó.
Su hijo estaba trastornado incluso a un nivel subconsciente.
-No hace falta ser psiquiatra para interpretar esas imágenes -comentó Brad
en voz baja, camino ya de su habitación.
-Está sugestionado por lo de Allie.
Para él ha sido muy brutal.
Nos oye hablar de su gravedad y ni siquiera la ha visto.
En su mente es como si hubiera muerto.
-Sabes tan bien como yo que eso no es lo único que le perturba dijo Brad.
-Cierto -admitió ella-.
Deberíamos tener más cuidado.
Era evidente que Andy les había oído discutir.
-Detesto decirlo -masculló Brad, mirando a su mujer con cara de
circunstancias-, pero quizá sería bueno que me mudara por unos días, hasta
que nos hayamos serenado un poco y podamos hacer frente a todo esto.
¿Te instalarás con ella? -preguntó Page, disgustada por la sugerencia.
-Puedo hospedarme en un hotel o alquilar un piso amueblado en la ciudad, en
Zooo Broadway -contestó él.
Page comprendió que aquélla era la oportunidad perfecta para verse con
Stephanie sin tener que escuchar los reproches y las imprecaciones de su
esposa.
De todas maneras, en la presente situación tampoco se atrevía a
criticárselo, aunque sería difícil explicarle su ausencia a Andy.
-No sé qué decir -reconoció, y miró a Brad, dolida por su actitud.
Habían ido muy lejos en muy poco tiempo, hasta un callejón sin salida donde
ella jamás imaginó que acabarían.
Mientras observaba pensativamente a su esposo, sonó el teléfono.
Page lo cogió sin vacilar, suponiendo que eran noticias de Allie.
La llamaban, en efecto, del hospital.
La inflamación cerebral se había agravado, oprimiendo la zona lesionada e
incrementando el riesgo para la paciente.
Si no mejoraba, tendrían que operarla por la mañana.
Querían que Brad o Page les firmara una autorización para el caso de que
hubiera que hacerlo.
No era peligroso aguardar unas horas, a menos que desmejorase, pero existían
muchas probabilidades de que tuviese que pasar por quirófano al día
siguiente.
Aunque sería su segunda intervención en cuatro días, el doctor Hammerman
decía que no había otra opción.
Al igual que la primera vez, si no actuaban, Allyson perecería.
-¿Quieren volver a operarla? -preguntó Brad con gesto adusto.
Page asintió-.
¿Y luego qué? ¿Por Dios! ¿Cuántas veces más piensan aplicarle el
bisturí? -Tantas como sea preciso hasta que se recupere, hasta que su
cerebro funcione con normalidad.
¿Y si no lo consiguen? Page vio que su marido iba a exponer nuevamente sus
elucubraciones anteriores, y no estaba de humor para escucharlas.
-En lo que a mí respecta, Allie siempre será nuestra hija.
Voy a firmar esos papeles, Brad.
Tiene derecho a recibir todos los cuidados que podamos proporcionarle.
-Lucharía a muerte con él si trataba de detenerla.
A pesar de la odisea que estaban pasando, Brad Clarke era un hombre
razonable y deseaba lo mejor para Allie.
Así que, al fulminarle Page con la mirada, cualquier oposición que hubiera
concebido se disolvió al instante.
-Haz lo que juzgues oportuno, Page.
-Se dirigió al dormitorio, se tendió sobre la cama y pensó en lo preciosa
que había sido su hija.
Era cruel recordarlo ahora, cuando Allyson yacía en la UCI, inmóvil y con el
rostro desfigurado hasta lo irreconocible-.
¿Pasarás la noche en el hospital? -preguntó a Page, que había entrado tras
él y descolgado el camisón del armario.
Ella meneó la cabeza y le miró.
Dormiré con Andy.
-Puedes quedarte aquí si lo deseas -propuso Brad, titubeante-.
Prometo portarme bien.
Todavía sé controlarme.
Intercambiaron una sonrisa singular.
Se hallaban en una encrucijada de sus vidas en la que los temas de debate
eran dónde dormiría cada uno, o si Brad debía o no cambiar de domicilio.
Una vez más, Page tuvo la sensación de vivir inmersa en una pesadilla.
Se acurrucó en la estrecha cama de Andy y le tuvo abrazado largo rato, con
las lágrimas fluyendo y fluyendo hasta que serpentearon por la base de la
nuca, empapando la almohada.
Tenía mucho por lo que llorar, dichas que siempre creyó seguras y que ahora
se habían evaporado.
Por la mañana, Andy se sorprendió al encontrarla acostada junto a él, pero
no hizo preguntas.
Se levantó, se vistió, y entretanto Page preparó los desayunos.
El niño no mencionó su pesadilla, aunque permaneció taciturno durante todo
el trayecto hasta la escuela.
Le llevó su madre.
Habían acordado con Brad que se reunirían en el hospital un poco más tarde.
Ella tenía que personarse a las ocho y cuarto para firmar la autorización.
Querían operar a Allyson hacia las diez, y esta vez su padre había prometido
asistir.

CAPITULO VIII


Page coincidió con el jefe de neurocirugía en la entrada de la UCI.
Allie no había experimentado ninguna mejoría, así que firmó el documento y
entró a ver a su hija.
Continuaba en coma, conectada a máquinas y monitores, pero Page logró tener
junto a ella unos minutos de tranquilidad.
A aquella hora no había visitas y las enfermeras las dejaron solas.
Ellas podían supervisar el estado de Allyson desde una cabina donde, a
través de sus propias pantallas, mandos y ordenadores, veían las gráficas de
la paciente.
Page permaneció inmóvil a su lado, sujetando su mano, hablándole y
acariciándole las mejillas, y la besó cariñosamente cuando se la llevaron a
las nueve y media.
La espera fue tan prolongada como solitaria.
Page sabía que estaban preparando a Allyson para el quirófano, y que si la
operación fracasaba su hija moriría.
La tumefacción de su cerebro provocaría lesiones de incalculable magnitud, y
las fracturas y heridas no cicatrizarían con el trauma de aquella presión.
El doctor Hammerman le había anunciado que la intervención duraría de ocho a
diez horas, y que sería realizada por el mismo equipo de la operación
anterior.
Dijo que sería cuestión de rutina, aunque, por supuesto, eso no era verdad.
Page estaba muy alarmada.
Luchó consigo misma para no pensar en el resultado.
No debía obsesionarse con lo que podía ocurrir dentro de aquella sala, o de
que en cualquier instante saldrían a informarle que Allyson había muerto.
Era absolutamente insoportable.
Estaba angustiada y pálida cuando llegó Brad con treinta minutos de retraso
sobre la hora convenida.
Pero lo que importaba era que estaba allí.
Había cumplido su promesa.
¿Sabes algo? -preguntó ansiosamente.
-No, no hay noticias -respondió Page casi sin voz-.
¡Tenía una expresión tan dulce antes de que se la llevaran! Me he esforzado
en hacerla despertar, pero no lo conseguí.
Sus ojos se humedecieron y dio la espalda a Brad.
No quería imponerle sus sentimientos.
Había perdido la confianza en él, la sinceridad con que siempre se habían
tratado.
Ahora le veía como a un desconocido.
Resultaba extraño con qué facilidad podía uno distanciarse de un ser
querido, cómo cambiaba todo en un suspiro.
El día se les hizo eterno en la sala de espera de la UCI, sentados en
incómodas sillas y circundados por distintos grupos de desconocidos.
Apenas si se hablaron en toda la jornada.
Brad, muy callado, acompañó a su mujer con una compostura insólita en él,
como si se sintiera obligado a ser cortés.
En una o dos ocasiones revivieron fugazmente anécdotas de Allie, pero era
demasiado doloroso.
La mayor parte del tiempo guardaron silencio, absorto cada uno en sus
propias cábalas, sin despegar los labios.
A las cuatro de la tarde fueron a la cafetería para tomar un bocadillo.
Le dijeron a la enfermera dónde estarían por si había alguna novedad.
En la recepción se encontraron con Trygve.
Él les deseó buena suerte y luego subió a la planta de Chloe.
No volvieron a verle.
Los Clarke regresaron del bar, reanudaron su aislada vigilia en aquella sala
de espera tan estrecha y mal ventilada, y aguardaron noticias del cirujano.
El especialista se presentó finalmente a las seis y cuarto, y para entonces
ambos estaban al borde del colapso con la tensión acumulada.
Habían tenido otro día marcado por el terror.
¿Cómo está? Brad saltó de la silla y se encaró directamente al médico, que
denotaba satisfacción.
-Mejor de lo que esperábamos.
-Sea más explícito -pidió Clarke, mientras Page permanecía sentada y
escuchaba con el cuerpo rígido; temía desmayarse si se erguía.
- -Allyson ha sobrevivido y sus constantes vitales son correctas.
Hace un rato nos dio un pequeño susto, pero se recupera peor de lo que
habíamos previsto, pero hay buenas razones para creer que podría obrarse una
curación completa, o casi.
Habrá que ver cómo evoluciona y también, naturalmente, cuánto tiempo se
prolonga el coma.
En estos momentos conviene tenerla muy sedada.
Es imprescindible para que el cerebro se vaya normalizando.
Dentro de unas semanas procederemos a una nueva evaluación.
-¿Ha dicho semanas? -Brad sintió horror-.
¿Es que va a pasar inconsciente todo ese tiempo? -Es posible.
Más aún, es muy probable.
En realidad, señor Clarke, aunque el coma se prolongase unos meses no
comprometería el éxito final.
Esta clase de lesiones requieren mucha paciencia.
-Brad puso los ojos en blanco, el cirujano sonrió y ambos miraron a Page-.
Todo ha salido bien, señora Clarke -dijo el doctor con amabilidad-.
Allyson no se halla fuera de peligro, pero hemos avanzado un paso más, hemos
ganado un día, y su hija ha superado otro escollo.
Es un signo esperanzador.
Todavía es pronto para establecer el grado exacto de su recuperación o qué
secuelas duraderas ha dejado el impacto.
Queda un largo trecho por andar.
-Incluso era prematuro garantizar su supervivencia.
Podía morir en una fracción de segundo, eso se daba por sobrentendido-.
Hoy volverá a pasar la noche en la sala de reanimación.
Pueden irse a casa.
Les llamaremos si surgen dificultades.
-¿Espera que las haya? -preguntó Page con voz ahogada.
-No podría estar en ningún otro sitio -dijo Page.
Era difícil expresarlo con palabras, pero una fuerza interior la impelía a
no moverse de allí.
Le había ocurrido lo mismo cuando metieron a Andy en la incubadora.
Había momentos en los que sabía, por instinto, que debía quedarse a su lado.
Ahora la historia se repetía.
Tanto si le permitían visitar a Allie en cuidados intensivos como si no,
deseaba estar cerca de ella-.
hasta que se estabilice, desde luego.
Va progresando, pero debemos redoblar la vigilancia.
-Ahora está más débil que antes.
Sin embargo, nos sentimos optimistas respecto al resultado.
-¿Más aún después de la segunda operación? –inquirió Page.
El neurocirujano vaciló unos momentos antes de responder.
-No, pero hemos de ser realistas.
Allyson ha sido sometida a dos intervenciones muy delicadas en cuatro días,
y ha sufrido traumas de primer orden tanto en el accidente como en el
quirófano.
Este hecho aumenta la incertidumbre...
Hemos suavizado la presión craneal todo lo posible.
El doctor Hammerman lo confirmó: "esperanzador"...
Page odiaba aquellas abstracciones que había aprendido a entender demasiado
bien.
El doctor le decía que Allie estaba viva, pero que la operación podía haber
socavado su resistencia.
No había que excluir una muerte súbita.
Hammerman se marchó unos minutos más tarde.
Brad suspiró, se sentó y miró a su mujer.
Eran como un par de náufragos recién rescatados del mar y yacentes sin
aliento en la playa después de su epopeya.
-Estas cosas te dejan hecho cisco, cverdad? Me siento como si hubiera
escalado el Everest, y me he pasado el día aquí sentado.
-Yo preferiría haber escalado el Everest -repuso Page apesadumbrada.
Él esbozó una sonrisa.
-Y yo.
Pero Allie ha salido adelante.
De momento no podemos pedir más.
-Brad recordó lo que había dicho hacía sólo unas horas, que no quería que su
hija sobreviviera si iba a quedar disminuida, y de repente supo que le daba
igual.
Su único anhelo era que viviese unos minutos, un día más; quizá al final les
sonreiría la suerte-.
¿Vienes a casa? -preguntó.
-Me quedo en el hospital -repuso Page.
-¿Por qué? De todos modos no te dejarán verla, y han prometido telefonear si
hay algún problema.
Pero tú tendrías que volver a casa con Andy.
El pobre ya sufre bastante.
- Tras la pesadilla, los dos habían empezado a preocuparse por su hijo
menor.
Aquella tarde, Page incluso había llamado al pediatra que dijo que su
ansiedad y las alteraciones del sueño eran previsibles.
El accidente de Allie le había conmocionado tanto como a ellos, tal vez más.
¿No quieres que te haga un rato de compañía? -ofreció Brad antes de irse,
con voz casi inaudible.
Ella negó con la cabeza y le dio las gracias.
Había sido muy enojoso pasar un día entero a su lado, ambos inactivos, y
callar todo lo que ansiaba decirle, las mil preguntas que bullían en su
mente.
¿Desde cuándo se había truncado su relación? ¿Por qué le había mentido? ¿Por
qué no le bastaba con una sola mujer? ¿Ya no la amaba en absoluto? No
obstante, habría sido inútil, y ella lo sabía.
Así pues, se obligó a mantener la boca cerrada, aunque el estómago no cesó
de dolerle en toda la tarde.
Brad estaba tan guapo como siempre, pero ya no era suyo, sino de otra.
Cada vez que le observaba, tenía la impresión de mirar a un extraño.
Los dos se comportaron educadamente, y ella se alegró de tenerle en el
hospital, pero ninguno se atrevió a iniciar una conversación, y menos aún
sobre los temas conflictivos.
-Besa a Andy de mi parte -dijo Page como despedida.
Brad asintió, agitó la mano y se marchó, tras decirle que telefonearía por
la mañana.
Page comenzó su guardia en la silenciosa habitación, meditando que su
marido, al marcharse, no le había dado un beso ni la había tocado.
De alguna manera, sus nexos se habían roto.
Trygve pasó brevemente a saludarla, acompañado de Bjorn, pero notó que Page
no estaba comunicativa.
Tenía el rostro triste y demacrado.
Bjorn quiso saber en qué sala estaba Allyson y si se había fracturado las
piernas como Chloe.
Ella le explicó que Allie se había dañado la cabeza, no las piernas.
El chico dijo que en una ocasión él había tenido migraña, y que lamentaba
que Allyson se encontrara tan mal.
Dejaron a Page unos bocadillos y luego, en el momento de irse, Trygve le dio
un apretón en el brazo y la miró.
La vio menuda, flaca y exhausta.
-ánimo -le susurró.
Ella inclinó la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas, pero en cuanto se
quedó sola recuperó la serenidad.
A veces, el afecto de la gente exacerba el dolor.
Page lloraba cada vez que alguien le manifestaba su consternación por Allie.
Durante la larga velada, tumbada en el sofá de la escueta sala, tuvo más
tiempo para reflexionar que en los últimos años de su vida.
Pensó en Brad y en lo felices que habían sido, y en el nacimiento de Allie,
con su tierna carita.
Cerró los ojos y se vio a sí misma en su casa de la ciudad.
Estaba muy destartalada cuando la compraron, pero ella la fue arreglando y
en el momento de venderla era una preciosidad.
Pensó también en la casa de Marín y en el accidentado parto de Andy.
Pero, una y otra vez, sus pensamientos revirtieron en Allie.
Era como si habitara la estancia convertida de nuevo en una niña, con su
particular modo de hablar, su fisonomía...
Page no se sorprendió cuando la enfermera fue a buscarla poco después de la
medianoche.
Sabía lo que iba a decirle.
Había sentido la presencia de Allyson en la sala y, en el instante en que
aquella mujer abrió la puerta, Page se incorporó y comprendió para qué la
llamaban.
¿Señora Clarke? -Sí, soy yo.
Todo parecía un sueño, y Page no podía creer lo que estaba pasando, pero era
real.
-Allyson sufre complicaciones postoperatorias.
-¿Han avisado al cirujano? -Está de camino.
He pensado que quizá querría ver a su hija.
Aunque la tenemos todavía en reanimación, puedo llevarla allí si lo desea.
-Se lo agradecería mucho.
Page miró a la enfermera a los ojos, y preguntó: -¿Se...
se está muriendo? La mujer titubeó sólo un instante.
-Parece que su hija se apaga...
No ha reaccionado bien, señora Clarke.
Lo siento.
Creo que podría fallecer.
- También lo creían sus compañeras de reanimación.
Habían llamado al cirujano inmediatamente, pero dudaban de que la encontrase
viva al llegar.
¿Tengo tiempo de telefonear a mi marido? Page se asombró de su propia voz.
Estaba extrañamente tranquila, consciente de lo que se avecinaba.
Lo había esperado sin apenas saberlo.
Había estado con Allie cuando Vino al mundo, y la acompañaría también en su
despedida.
Corrieron las lágrimas, pero Page conservó la calma mientras la enfermera la
conducía hasta el ascensor.
Page asintió, sabiendo que Brad podía haber recurrido a Jane, pero que tenía
pánico a venir.
Incluso comprendió a su marido.
Ahora ya lo había aceptado.
Brad no podía afrontar aquel momento decisivo.
-Será mejor que subamos.
Si quiere, nosotras telefonearemos.
A Page no le agradaba que Brad se enterase por una enfermera, ya que sería
más llevadero si se lo comunicaba ella misma, pero no podía llegar tarde a
su cita con Allie.
Su hija iba a emprender un viaje sin retorno, y quería decirle adiós.
-Hemos llamado a su esposo -la informó en voz baja una enfermera, mientras
Page sostenía la mano de Allie y le prodigaba caricias.
-¿Va a venir? -preguntó ella impertérrita.
.
-Ha dicho que no quería dejar solo a su hijo.
La enfermera apoyó la mano en el hombro de Page y lo apretó ligeramente.
Había presenciado muchas escenas similares, pero no lograba acostumbrarse, y
menos aún cuando los pacientes eran jóvenes.
En la entrada de la sala le pusieron una bata y una mascarilla.
Siguió a otra enfermera y finalmente la vio.
Yacía rodeada Deseaba de aparatos y con la cabeza vendada, pero súbitamente
a su madre se le antojó más pequeña, más plácida que nunca.
Ya no estaba asustada, sino llena de paz, y más.
cerca de Allie que en ningún otro período de su vida.
Madre e hija estaban juntas, unidas para siempre en un instante que, a su
manera, tenía tanta significación como su nacimiento.
En cierto sentido, no había diferencia.
Existió un principio, y ahora se acercaba el fin.
Habían completado el ciclo.
Fue más corto de lo que habían planeado, pero eso no menoscababa la solidez
de sus vínculos.
-Hola, cariño mío -susurró junto a su cabecera, llorando, sí, pero contenta
de verla, no atormentada como hasta ahora-.
Quiero que sepas que papá y yo te queremos con toda el alma...
y Andy también.
Te echa mucho de menos, y yo, y tu padre...
Te añoramos, Allie.
Pero sé que siempre estarás con nosotros.
Sabía que, de alguna forma, su hija la oiría.
-¿Allie? –musitó Page-.
Todo irá bien, amor mío, no tengas miedo.
Yo estaré a tu lado si me necesitas.
Allyson siempre fue reacia a los lugares nuevos, y ahora debía emprender un
viaje a lo desconocido donde no podría contar con su ayuda.
Sin embargo, la acompañaría en espíritu, de igual modo que Allie jamás se
separaría de su madre.
¿Señora Clarke? -Era el doctor Hammerman.
Page no le había oído acercarse-.
La estamos perdiendo -dijo débilmente.
Una enfermera le proporcionó una banqueta.
Page se sentó y asió la mano de su hija.
La sintió muy frágil y agarrotada.
Tenía los dedos rígidos y los brazos anquilosados, como síntomas de las
lesiones de su cerebro.
Aquél era, justamente, uno de los motivos por los que Page no quería que
Andy viese a su hermana.
Las consecuencias del accidente causaban honda impresión.
-Lo sé.
-Las lágrimas brotaban de sus ojos.
Miró al cirujano con una sonrisa y una mirada que a Hammerman lo
conmovieron.
-Hemos hecho todo lo humanamente posible.
Las lesiones son irreversibles.
Esta tarde he creído que podría sobreponerse, pero...
Lo siento, señora Clarke.
El médico guardó una respetuosa distancia y vigiló los monitores.
Él mismo comprobó las pulsaciones, analizó las cintas grabadas en los
sucesivos controles y celebró consulta con el personal de guardia.
Su conclusión fue que no duraría más de unos minutos.
Compadeció a aquella pobre madre.
- ¿Señora Clarke? -dijo al fin-.
Estamos a su entera disposición.
¿Hay algo que desee pedirnos? ¿Quiere que venga un sacerdote? -Estamos bien
así -respondió ella mientras recordaba la primera vez que había acunado a
Allie en sus brazos.
Fue un bebé sano y rollizo, una perfecta bolita con la cara sonrosada,
vivaz, enmarcada en una pelusa de cabello rubio.
Pese a lo laborioso que había resultado su alumbramiento, Page había
intentado cogerla en el instante mismo del nacimiento.
Rememorarlo ahora la hizo sonreír, y se centró en Allyson para contarle la
historia, como había hecho en un centenar de ocasiones.
Dos enfermeras se enjugaban las lágrimas y fueron a atender a otro paciente,
pero el cirujano permaneció allí.
Una hora después de su llegada, al examinar nuevamente los monitores,
comprobó que no había cambios.
Las constantes no habían mejorado, pero tampoco estaban peor.
En algún recóndito lugar de su ser, Allyson luchaba.
Page permaneció sentada en la banqueta, sosteniendo su mano y hablándole con
ternura.
Había abierto las compuertas de su corazón y liberado, por fin, a su hija.
No tenía derecho a retenerla si no era ése su destino.
Para ella, Allie era como un ángel y sentirla próxima le daba una gran
felicidad.
-Te quiero, preciosa mía.
-No se cansaba de repetirlo, necesitaba imperiosamente decírselo mil veces
más antes de que Allyson les dejase-.
Te quiero, Allie.
-Una parte de Page todavía esperaba que despertara, le sonriera y
contestase: "Yo también te quiero, mamá", aunque sabía que no sería así.
El doctor Hammerman la mantenía bajo continua observación, y de vez en
cuando palpaba sus manos, ajustaba unanmáquina, verificaba la respiración y
volvía a retirarse.
Estas idas y venidas duraron un par de horas.
Page se afligió de la ausencia de Brad, que no se despidiera de su hija
también él.
El médico se acercó con andar sigiloso y dijo: ¿Ve ese artilugio? -Señaló
uno de los monitores-.
Indica que el pulso se ha regularizado.
Nos ha tenido a todos en jaque pero, en mi opinión, lo está superando.
Los ojos de Page se empañaron con la emoción y le vino a la memoria un día
ya remoto en el que Allyson se había caído en una piscina y casi se ahogó.
Al tenerla de nuevo en sus brazos, el primer impulso de Page fue darle una
tunda por el mal rato que le había hecho pasar.
Ahora la miró, con una sonrisa desvaída, y lamentó no poder vapulearla,
pegarle, llenarla de besos, abrazarla o llorar las dos juntas.
¿Está seguro? -Vigilemos un poco más.
Page le susurró a su niña sobre el episodio de la piscina y del susto que se
habían llevado.
Por aquel entonces Allie tenía sólo cuatro o cinco años.
Más tarde les había dado otro sobresalto, metiéndose en el tráfico de Ross
montada en bicicleta cuando su madre estaba embarazada de Andy.
Page también le contó esa historia, y le recordó una y otra vez cuánto la
quería.
Cuando el sol empezaba a elevarse sobre las colinas de Marín, Allyson
pareció amagar un suspiro y abandonarse a un pacífico sueño.
Se diría que había partido para luego regresar, exhausta tras la aventura.
Page casi percibió cómo se trasladaba de un espacio a otro.
No tenía ya aquella indefinible sensación de que Allyson se les iba.
Su hija había vuelto al mundo de los vivos.
-En mi profesión vemos muchos milagros -afirmó el doctor Hammerman, entre un
corrillo de enfermeras que observaban y cuchicheaban.
Horas antes, todas ellas estaban convencidas de que Allyson Clarke no
viviría hasta el amanecer-.
Esta jovencita es muy obstinada.
No quiere darse por vencida...
y yo tampoco.
-Gracias -dijo Page, abrumada por sus sentimientos.
Había pasado la noche más extraordinaria de su vida.
Aunque lo ocurrido fue pavoroso, Page no había sentido miedo.
Presintió que Allie les dejaba y no obstante se alegró por ella, se
tranquilizó, pese a que la congoja la embargaba.
Notó cómo su hija dejaba el valle de la vida y cómo regresaba después.
Y ahora, al contemplarla y besar la yema de sus dedos, Page supo que no
volvería a amilanarse ante nada.
Sentía una placidez interior que no había experimentado en años.
Había sido bendecida.
Cuando finalmente dejó el hospital para irse a casa, estaba sobrecogida
por el poder de aquella bendición.
Toda la noche había intuido la mano de Dios y ahora se sintió más segura que
nunca, como si Allyson hubiera obtenido la salvación eterna.
Con infinita gratitud y absoluta paz interior, Page avanzó por las calles de
Ross al calor de los primeros rayos solares.

CAPITULO IX


Durante el resto del día, perduró en Page la impresión de que su vida se
había transformado.
Nunca se había sentido tan ligera ni tan feliz.
Era inexplicable, pero sabía que no volvería a tener miedo ni a ser
desdichada.
Las adversidades que pesaban sobre ella habían dejado de importar, la
inundaba una serenidad sobrenatural y se había reconciliado con el mundo
entero.
Incluso Brad advirtió el cambio.
Su mujer ya no estaba cansada ni abatida.
Aunque había pasado toda la noche en vela, parecía fresca y casi radiante
mientras preparaba los desayunos.
Clarke respiró aliviado al enterarse de que Allyson había superado la
crisis, y se emocionó mucho por todo lo que Page le contaba.
Acompañó a Andy a la escuela y emplazó a su mujer para la hora de la cena.
Cuando se hubieron marchado, Page llamó a su madre y le dio las últimas
noticias de Allie.
La madre se ofreció nuevamente a ir a visitarles y, como siempre, tergiversó
cuanto le referían, pero por una vez no soliviantó a Page.
Continuaba serena y contenta al colgar, tras prometerle a Maribelle que
volvería a telefonear más adelante.
Nunca se había sentido tan cerca de Allyson y sabía que su hija se hallaba a
salvo y en manos de Dios.
Era el primer día en que Page no consideraba necesario estar en el hospital
a todas horas.
Se duchó, se acostó y se sumió en un sueño profundo.
Despertó con tiempo suficiente para pasar un momento por el hospital antes
de recoger a Andy.
Allie estaba otra vez en la UCI.
Page evocó la noche anterior como un largo recorrido que madre e hija habían
realizado juntas.
Se sentó a su lado, acunó su mano yerta entre las suyas y le habló con voz
melosa.
-Hola, mi niña, bienvenida a casa.
-Sabía que Allie enten - dería el significado de aquella frase en algún
lugar de su corazón-.
Te quiero con toda mi alma.
Anoche me asustaste, pero no estoy enfadada.
-Casi sintió sonreír a su hija, en forma de una tibieza que le levantó el
ánimo.
Era como si pudiera penetrar en ella, como si pudieran comunicarse
sensorialmente-.
Te necesito aquí, Allie, yo y todos los demás.
Debes darte prisa en recuperarte.
Te echamos de menos.
Siguió hablándole a su hija durante un rato.
Al marcharse, sentía una extraña paz interior.
Trygve entraba en ese momento en el hospital, y advirtió su transformación.
Andaba con paso más garboso, su cabello ondeaba al viento y exhibía su
primera sonrisa franca en muchos días.
-¡Dios mío! ¿¿Qué te ha pasado? -No lo sé...
Ya tendremos ocasión de comentarlo.
¿Cómo va tu hija? -Mejor.
Ayer resistió bien la operación y, tras darnos un susto a media noche, se ha
estabilizado, lo cual ya es algo.
-Pero había mucho más que contar, demasiado para exponerlo de pie en un
pasillo-.
Por cierto, acabo de ver a Chloe.
Ahora duerme, pero cuando llegué estaba despierta.
Se quejaba continuamente, lo que debe de ser buena señal, y tiene un aspecto
muy aceptable.
-¡Gracias a Dios! ¿Piensas volver más tarde? -No lo creo.
Iré a buscar a Andy y le llevaré al entrenamiento de béisbol.
Después me gustaría cenar en casa, salvo que la señorita Allyson vuelva a
tirar de la cuerda.
Estaba convencida de que no lo haría.
Sabía que el momento que habían vivido la víspera no se repetiría; un suceso
como aquél sólo ocurría una vez en la vida.
-Hasta mañana entonces.
Trygve sintió cierta decepción, pues en la UCI se hacían mutua compañía
durante los trances difíciles.
-Vendré a primera hora, después de dejar a Andy en la escuela -dijo Page con
una sonrisa, y se marchó en busca de su hijo.
Pasaron una tarde agradable.
Andy jugó bien, aunque no tan brillante como de costumbre.
Seguía conmocionado, pero finalmente se imbuyó de la calma de su madre.
Ya en el coche, el niño se arrimó a ella con un helado en la mano, postura
que trajo a la memoria de Page el sábado anterior.
Costaba creer que, sólo cinco días antes, sus vidas eran completamente
normales.
Sí, hacía cinco días del accidente, y cuatro desde que se había desmoronado
su convivencia con Brad, y sin embargo parecía una eternidad.
Su marido no fue a cenar a casa, aunque esta vez llamó y dijo que se le
había amontonado el trabajo y que sería más "cómodo", quedarse en la ciudad.
Page sabía lo que aquello significaba, pero al menos la había prevenido.
Ella misma se sorprendió de lo bien que se lo tomaba.
Estaba muy a gusto sola con el niño, y animada porque Allyson no había
vuelto a recaer.
Metió a Andy en la cama y llamó a Jane, que había recibido una información
muy inquietante.
Aquel día había visto en la ciudad a una amiga suya, una mujer que conocía
de antiguo a Laura Hutchinson, y que le dijo que la actual esposa del
senador había tenido problemas con el alcohol en su juventud.
Años atrás había seguido un tratamiento de desintoxicación y, según la amiga
de Jane, no había reincidido desde entonces.
"Pero ¿y si ha sufrido algún revés últimamente? -se preguntó Jane-.
¿Y si ha empezado a beber otra vez, o se achispó aquella noche?" Nunca lo
sabrían.
Page escuchó el resto del relato y lo fue analizando.
No eran más que murmuraciones, conjeturas, ansias de culpar a alguien.
Pero los hechos eran inalterables.
-Lo más probable es que esté limpia -dijo finalmente.
-Si no lo está, cualquier día lo leeremos en la prensa amarilla -repuso
Jane-.
Los periódicos se han cebado en ella desde aquella noche.
-Espero por su bien que no sea el caso -repuso Page pausadamente-.
Y espero también que no la atosiguen mucho.
Los chismes sólo sirven para hundir a la gente.
-Pensé que te interesaría conocer su historia -dijo Jane.
A ella la había excitado mucho.
-No me parece ético juzgarla por una debilidad que tuvo hace
décadas -replicó Page-.
De todas formas, te agradezco que me hayas informado.
-Si averiguo algo más, te lo haré saber.
Page dio a su amiga el parte habitual sobre Allie.
En los últimos días aquél era su tema casi exclusivo de conversación.
Tras colgar el teléfono, se ocupó de varias facturas y contestó cartas
atrasadas.
Era el primer momento que tenía en toda la semana para ponerse al día, y lo
encontró estimulante.
A la mañana siguiente dejó a Andy en la escuela y fue directamente al
hospital para ver a Allie.
En sólo dos días, Page creía haber conquistado algunos logros.
Había dedicado parte de su tiempo a Andy, que la necesitaba vitalmente, y
ella misma se había serenado.
Ahora sabía que, si el proceso se alargaba, debía mantener la cabeza erguida
y las fuerzas intactas.
Allí seguía sin novedad cuando su madre llegó al centro, poco después de las
nueve.
Todas las enfermeras sonrieron al verla.
Sabían cuán cerca de morir había estado la paciente tras la operación, y
aquello hacía que cada momento, cada día, fuese un don infinitamente
precioso.
¿Cómo está? -preguntó Page.
Había telefoneado varias veces durante la noche, y siempre le habían dicho
que no había novedades.
Allyson continuaba estable.
-Igual que ayer.
-La enfermera de turno le sonrió.
Era una mujer de la misma edad que Page, de mente lúcida, corazón amable y
un gran sentido del humor.
Se llamaba Frances-.
El doctor Hammerman la ha visitado hace una hora y ha quedado satisfecho de
sus progresos.
-¿Ha disminuido la inflamación cerebral? No podía apreciarse bajo el
abultado vendaje, pero Allie parecía descansar serenamente, y su tez había
cobrado un punto de color.
-Un poco.
Con la intervención hemos conseguido que se redujera la presión.
Page asintió.
Se sentó junto a Allyson, cogió su mano como solía hacer e inició un dulce
monólogo mental dedicado a su hija.
Aunque no se advertían cambios ostensibles desde la víspera, Page se sentía
mejor, más capaz de aceptar lo ocurrido, e incluso menos despechada con
Brad.
No habría po dido explicar el porqué, pero la experiencia con Allie del día
anterior la había convertido en otra mujer.
Cuando Trygve apareció a las diez de la mañana con una bolsa de croissants,
también la notó distinta.
-Pareces más tranquila que en los días pasados -le dijo con una sonrisa-.
Da gusto verte.
Era sorprendente cómo las personas se adaptaban a todo.
Él mismo se sentía más animado después de seis días de visitar a Chloe.
Aquella tarde la trasladarían a una habitación y al cabo de unas semanas
podría volver a casa.
La espera había sido interminable, pero al menos todos habían sobrevivido.
Page se despidió de los Thorensen cuando dejaron la UCI, y un poco más
tarde, antes de abandonar el hospital, pasó por la habitación de Chloe.
Se la veía más espabilada, aunque sus dolores eran aún considerables.
La habitación estaba repleta de flores y alrededor de la cama había un
grupito de sus amigos íntimos.
Trygve había salido al pasillo para dar un respiro y dejar que los jóvenes
hablaran con mayor libertad.
Era la primera vez desde el accidente que Chloe veía a sus compañeros.
Durante su estancia en la UCI sólo la habían visitado su padre y sus
hermanos.
Jamie Applegate había llamado porque también quería ir, pero Trygve le rogó
que esperase un día más, hasta el fin de semana.
El chico se mostró muy correcto y solidario, y era evidente cuánto deseaba
ver a Chloe.
El ramo más espectacular, que llegó a la misma hora en que Allyson ingresó
en la habitación, fue el de Jamie y su familia.
-Todo empieza a arreglarse -apuntó Page, sonriendo a Thorensen.
Era un placer verle más relajado y más jovial.
-No estoy tan seguro -repuso él con una mueca-.
Temo que la segunda fase no va a ser nada fácil.
Chloe quiere su música, sus amigos, quiere ir a casa la semana próxima, lo
cual es imposible, ¡y quiere también que le lave la cabeza! Aunque se
quejara, se sentía eufórico de tener aquellos problemas y no los derivados
de la supervivencia.
-Me das mucha envidia -dijo Page con una sonrisa.
-Lo sé -repuso Trygve con tono afectuoso-.
Me han dicho que en la noche de la segunda operación faltó poco para que
Allie muriese.
Una enfermera le había relatado todo el episodio.
Page asintió, pensando en cómo explicárselo para no parecer una chiflada.
-Fue la experiencia más extraña que he tenido jamás.
Sabía lo que estaba ocurriendo.
Lo presentí aun antes de que me llamasen.
Era consciente de que Allyson nos dejaba.
Nunca me había sentido tan unida a ella...
Recordé cada día, cada hora y cada minuto.
Reviví escenas que había olvidado con el paso de los años, hasta que de
pronto algo cambió, y tuve la sensación de que mi hija regresaba desde un
confín lejano.
Fue el instante más intenso y a la vez más apacible de mi vida.
Fue increíble.
Page todavía se estremecía al evocarlo, y Thorensen lo leyó en sus ojos.
-He oído hablar de fenómenos similares...
Gracias a Dios que volvió -dijo, mirándola y casi deseando haber compartido
su vivencia.
La enfermera también le había comentado que telefonearon a Brad, que sin
embargo no se presentó.
-Allie nos dio una gran sorpresa -afirmó Page con una cálida sonrisa.
-Confío en que siga dándolas.
-Y yo también -convino ella.
¿Cómo lo encaja Andy? -Bastante mal.
Ultimamente ha tenido pesadillas -dijo Page y, bajando la voz por respeto a
su hijo, que se habría horrorizado de saber que su madre se lo contaba a
terceros, agregó-: Y ha mojado la cama.
Sin duda todo esto le ha trastornado.
No obstante, me resisto a que vea a su hermana.
-Haces bien.
Allie estaba aún muy desfigurada.
Por estable que fuese su situación tras el bajón del postoperatorio, su
aspecto era escalofriante.
Incluso Chloe se sobresaltó al verla en la UCI, y rompió en sollozos al
saber que se trataba de Allie.
Al principio ni siquiera la había reconocido.
-Sería demasiado traumático para él.
-A decir verdad, también sufre por nuestra causa.
-Page vaciló un momento, con la mirada perdida en el pasillo, pero luego
miró de nuevo a Thorensen y añadió-: Mi matrimonio naufraga, y Andy se ha
dado cuenta.
Brad apenas va por casa estos días, y hasta habla de mudarse.
Su voz vibró con ligero tremor, pero ella misma se asombró de la naturalidad
con que surgían sus palabras.
Después de dieciséis años, su marido iba a abandonarla.
De hecho, a todos los efectos prácticos y afectivos, ya la había dejado.
Aquella misma mañana había llamado para decirle que no le esperase el fin de
semana.
-¡Pobre criatura! -exclamó Trygve-.
No se pueden asimilar tantas desdichas en una sola semana.
-Tienes razón.
En realidad todavía no he hablado con él, pero intuye que algo va mal y está
muy preocupado.
-Con nnpobre criatura" no me refería a Andy, sino a ti.
Estás pasando por un trago amargo.
En un primer momento creí que Brad se había vuelto trastornado con el
accidente, pero luego comprendí que el asunto era más complicado.
Trygve lamentaba sinceramente haber dado en el clavo.
-Sí, lo es.
Sale con otra mujer desde hace ocho meses.
Al parecer, se ha enamorado de ella.
Y yo he vivido en las nubes todo este tiempo.
Supongo que estaba demasiado ocupada pintando murales y llevando niños en el
coche.
Page intentó banalizar el problema.
Thorensen, erguido muy cerca de ella, la observaba.
-Sé muy bien lo que se siente en estos casos.
Es demoledor.
Page alzó los hombros en una actitud pretendidamente frívola, pero que no
pudo conservar.
-No sospeché nada.
¿Puedes imaginártelo? Me siento una estúpida.
Estúpida, herida, traicionada, desposeída...
y muy sola.
-Todos nos comportamos como unos estúpidos alguna que otra vez.
Estas cosas son muy duras de afrontar.
Mientras las andanzas de Dana iban de boca en boca por el condado de Marín,
yo me obstinaba en vivir como si formáramos una pareja.
-A mí me ha ocurrido otro tanto.
-Los ojos de Page estaban húmedos cuando los volvió hacia Trygve, y él
sintió deseos de abrazarla.
Por alguna razón, no era lo mismo hablar de Brad que de Allie-.
Es curioso cómo se juntan las desgracias: Allie, Brad...
¡Cuántos batacazos! Y el bueno de Andy trata de encajarlos todos.
Yo también, claro, pero se supone que soy una adulta.
-Olvídate, y dale a Brad una buena patada en la espinilla si eso te
desahoga.
-Es lo que hemos hecho la mayor parte de la semana, darnos nnpatadas,.
Me dolía tanto que casi no podía creerlo, pero súbitamente, cuando Allie
estuvo a punto de morir, mi perspectiva se alteró.
Ya no me parecía tan catastrófico (hablo de Brad, por supuesto), sino tan
sólo un conflicto que debíamos resolver.
En cuanto al accidente, tengo que aprender a vivir con él.
Ahora me siento más fuerte, aunque no me preguntes por qué.
-Se te nota.
La mente es algo prodigioso, siempre encontramos en ella los recursos
necesarios.
-Page asintió, sintiéndose cómoda y compenetrada con Trygve, quien la miró y
le preguntó-: ¿Qué planes tenéis Andy y tú para mañana por la
tarde? -Ninguno en particular.
Como no tiene partido, había pensado dejarle al cuidado de una vecina.
Su padre no estará en casa pero todavía no se lo he dicho.
Y no quiero que Allie pase todo el día sola.
Como ves, aún no me he organizado.
¿Por qué? ¿Qué pensabas proponerme? -Se me ha ocurrido que quizá os
apetecería comer con nosotros.
A Bjorn le encantan los niños de la edad de Andy, y creo que se llevarán
bien.
Podrías dejármelo cuando vengas al hospital y recogerlo después de cenar, o
bien volver un poco antes y apuntarte tú también.
Era una invitación en toda regla.
Page se conmovió.
-No querría causarte molestias.
¿Estás seguro de que no estorbaremos? ¿Qué harás con Chloe? -He prometido a
Bjorn venir a verla mañana por la mañana, y que luego jugaríamos un rato
juntos.
Dos amigas de Allie han anunciado su visita para la tarde, y Jamie también
estará, así que no tenía intención de volver hasta última hora.
-Será un día muy agitado -vaciló Page, pero Trygve le suplicó con los ojos
que aceptara.
Disfrutaba de su compañía, el crío le resultaba simpático, y ambos
necesitaban un descanso de su agobiante situación.
Habían tenido una semana atroz, y Thorensen sabía que a Page le hacía tanta
falta distraerse como a él mismo.
-Vamos, Page, a nosotros nos darás una alegría...
y a Andy le sentará bien.
-De ese modo le pasaría más inadvertida la ausencia de su padre.
-Sí, tienes razón -admitió ella-.
De acuerdo, iremos.
Muchas gracias.
Dos de las amigas de Chloe salieron en ese momento de la habitación, y
Trygve se dispuso a volver a entrar.
Citó a Page para las doce del mediodía.
-Dile a Andy que traiga su guante.
A Bjorn le entusiasma el béisbol.
-Descuida, se lo diré.
Page se despidió con una sonrisa, y acto seguido regresó a casa.
Le contó a Andy los planes y le dijo que Brad tenía negocios que atender el
fin de semana.
-¿Los dos días? -preguntó el niño con suspicacia, pero no quiso indagar más.
Su madre intentó explicarle la peculiaridad de Bjorn, y Andy, más que
asustarse, sintió curiosidad.
Conocía al joven Thorensen, pero nunca había jugado con él.
Dijo que en la escuela había otro chico igual y que le habían puesto en una
clase especial.
Al día siguiente, tanto Page como Andy quedaron gratamente sorprendidos de
lo bien que transcurrió la jornada.
Bjorn ayudó a preparar la comida, haciendo exquisitas hamburguesas con
patatas fritas, mientras que Trygve se ocupó de los hot dogs y de la
ensaladilla también de patata con rodajas de tomate.
Bjorn proclamó con absoluta seriedad que Nick, que había reanudado el curso
en la universidad, era el experto en hot dogs de la familia, y que los
preparaba mucho mejor que su padre.
Y Andy exhibió una risa desdentada, a la vez que probaba los dichosos
bocadillos.
¿Qué te ha pasado en los dientes? -preguntó Bjorn, intrigado.
-Se me han caído -explicó Andy sin ningún azoramiento.
Ahora comprendía mejor a Bjorn, y no le impresionaba que padeciese el
síndrome de Down.
Lo único que le preocupaba era su edad: con dieciocho años, era su compañero
de juegos más veterano.
-¿Irás al dentista para que te los ponga nuevos? -preguntó Bjorn-.
El año pasado me rompí uno y el dentista lo arregló.
Le mostró a Andy el diente, y el pequeño asintió solemnemente al ver que no
se distinguía de los otros.
-Los míos volverán a crecer desde la raíz.
A mi edad, tú también los cambiaste, sólo que ya no te acuerdas.
-Quizá.
Seguramente no me fijé.
Page y Trygve les observaban circunspectos.
Se entendían espléndidamente, como dos viejos colegas, sentados en sus
sillas plegables bajo el sol primaveral.
¿Juegas al béisbol? -preguntó Bjorn con mirada expectante.
-Sí -confirmó Andy sonriente y se sirvió una hamburguesa.
-Yo también.
Y soy muy aficionado a los bolos.
¿A ti te gustan? -Nunca he practicado -repuso Andy-.
Mamá dice que todavía soy pequeño.
Por lo visto, las bolas pesan demasiado.
Bjorn asintió.
-Yo también las encuentro pesadas, pero como me lleva mi padre...
Algunas veces voy con Nick o con Chloe.
Chloe está enferma.
La semana pasada se rompió la pierna, pero volverá a casa muy pronto.
-Sí -dijo Andy, poniéndose serio-.
Mi hermana también está mal.
Se golpeó la cabeza en un accidente de coche.
-¿Y se la partió? Bjorn se compadeció de su amigo.
Era terrible tener una hermana herida, él había llorado cuando visitó a
Chloe.
-Más o menos.
Todavía no me han dejado visitarla, porque está muy maltrecha.
-¡Oh! -A Bjorn le satisfacía que tuvieran tantos puntos en común.
A ambos les gustaba jugar al béisbol y sus hermanas estaban en el hospital-.
Yo participo en las Olimpiadas Especiales.
Me ayuda mi padre.
-Eso es estupendo.
¿Cuál es tu especialidad? Mientras Bjorn le describía a su nuevo amigo su
predilección por el baloncesto y el salto de longitud, Trygve y Page se
alejaron hacia el otro lado del jardín.
-Yo diría que ha sido un éxito -dijo Thorensen-.
Andy tiene la edad idónea.
Bjorn está mentalmente entre los diez y los doce años, pero siente una
auténtica debilidad por los chicos menores.
Andy es un niño encantador.
-A Trygve le había enternecido el respeto y afectividad con que Andy trataba
a su hijo, y era obvio que le caía bien-.
Tienes suerte.
-Los dos la tenemos.
Todos son buenos chicos.
¡Ojalá ciertas damiselas que conozco no nos hubieran mentido el sábado por
la noche! Se habrían ahorrado este calvario -dijo Page, contemplando a los
chicos.
Resultaba difícil creer que hubiera pasado solamente una semana desde que el
destino había destrozado sus vidas, para luego, caprichosamente, acercarles
el uno al otro.
Durante toda esa semana ella había desnudado su alma ante Trygve sin prestar
la menor atención a su físico.
Pero ahora reparó en lo atractivo que era.
-Hay momentos en los que me gustaría atrasar las agujas del reloj -masculló
Thorensen, y miró a su amiga.
Se había arrellanado en una tumbona, con el cabello alborotado sobre los
hombros y el rostro vuelto hacia el sol.
Se estaba muy bien en aquella parte del jardín.
-No sé si retroceder en el tiempo sería lo más práctico.
Yo más bien correría hacia delante, pero muy deprisa, para saltarme los
capítulos funestos.
-Lo malo no se termina nunca, cverdad? -Ambos rieron.
-A mí no me importaría adelantarme ahora mismo hasta el punto donde Allie se
recupera.
-Se recuperará -dijo Trygve alentadoramente.
Había sobrevivido una semana al accidente y, como dictaminaron los médicos,
cabía ser optimista-.
Pero quizá sea un largo proceso.
¿Has pensado en ello? -No me lo quito de la cabeza.
El neurocirujano me advirtió que podrían pasar años antes de que vuelva a
ser nnnormal", y ni siquiera concretó en qué grado.
-Sí, podría tardar.
No estoy familiarizado con casos como el suyo, pero sé cómo fue la evolución
de Bjorn.
Llevó pañales hasta los seis años y no venció la incontinencia hasta los
once.
El tráfico se convirtió en mi perenne obsesión, y a los doce años se quemó
con la sartén cuando aprendía a guisar.
Tardó una eternidad en llegar hasta aquí y requirió grandes dosis de
paciencia y de trabajo, tanto a él como a mí, además de tener que recabar
colaboración especializada en varias ocasiones.
Es posible que tú también la necesites y debes mentalizarte para empezar
desde cero con tu hija.
Trygve no lo mencionó, pero ambos sabían que cabía la posibilidad de que
Allie no recobrase nunca la normalidad.
Tal vez su capacidad sería incluso inferior a la de Bjorn, suponiendo que
recobrase el conocimiento.
-La perspectiva me da escalofríos, pero prefiero tenerla con deficiencias
antes que perderla.
-Lo entiendo muy bien.
Para Page era reconfortante hablar con alguien que la comprendía, y aquella
tarde le costó un gran esfuerzo interrumpir la charla e ir al hospital.
Pero no quería privar a Allie de su compañía, y además había prometido
llevarle algunas cosas a Chloe.
La chica Thorensen había pedido revistas, galletas y su maquillaje.
Se encontraba decididamente mejor y había dicho que la comida del hospital
era repulsiva.
Los chicos jugaban al béisbol en el césped cuando Page se marchó.
Ya en el coche, vio que Trygve la despedía con la mano.
Se sentía feliz por primera vez en siglos.
Pese a todo lo que estaba sucediendo, al menos él la respaldaba.
Trygve se había revelado como un buen amigo y los ratos que pasaban juntos
eran un islote de calma en el mar de sus horrores.
Aquel día, en el hospital todo discurrió apaciblemente.
Allie continuaba sumida en su sueño, conectada al tubo de oxígeno, y su
estado figuraba en las tablillas como nncrítico pero establen,.
Page se sentó una vez más a su cabecera y le habló con suave acento, dándole
cuenta de las últimas novedades y recordándole lo mucho que la querían.
En cierto momento subió a la habitación de Chloe y encontró allí a Jamie
Applegate.
Había traído un cargamento de discos compactos, un tocadiscos portátil y un
ramillete de flores.
Saludó a Page con cortesía y le preguntó cuándo podría ver a Allie.
-Todavía es un poco prematuro -explicó ella.
Allyson no estaba en condiciones de recibir a nadie, y para el chico habría
sido dramático verla en aquel estado.
Page le aseguró que lo llamaría en cuanto se permitieran las visitas, y dejó
a los dos jóvenes escuchando música.
Al caer la tarde fue a recoger a Andy.
Los dos chicos estaban jugando a las cartas y atronando toda la casa con sus
risas.
El juego era el nntute", y ambos hacían trampas, mientras Trygve, muy
atareado, preparaba la cena.
-Hoy preparé mi famoso estofado noruego, pasta y albóndigas suecas.
-Sus albóndigas son las mejores -le elogió Bjorn al pasar como un rayo por
la cocina, con Andy a sus talones.
Iban al primer piso para ver una película.
-No creo que consigas llevarte a Andy, así que tendréis que quedaros a
cenar -bromeó Trygve.
Page rió y se ofreció a ayudarle.
Puso la mesa, hirvió la pasta y rehogó unas setas.
El estofado despedía un olor excelente y Trygve le dio a probar una
albóndiga.
Bjorn no había exagerado.
Estaban deliciosas.
Aquel hombre era un buen cocinero, un amigo leal y una grata compañía.
¿Cómo has encontrado a Chloe? -preguntó, rectificando el fuego de la
cocción.
Page sonrió.
-Muy bien.
Jamie estaba con ella.
Es un gran muchacho, aunque parece muy nervioso y algo acomplejado.
Llevó a Chloe un montón de discos y cuando me marché estaban oyéndolos.
-El semblante de Page se oscureció-.
Al verles, he sentido más intensamente la soledad de Allie.
Hace sólo unos días, en realidad hoy se cumple una semana exacta, mi hija
me engatusaba para que le dejase mi suéter favorito.
El jersey rosa, al que habían tenido que cortar en jirones en el hospital.
Hasta ahora no había pensado en ello.
No quería que le devolvieran la prenda, sino a su hija.
-Desearía poder hacer algo para suavizarte el golpe -dijo Trygve, sentados
en la cocina con sendas copas de vino mientras esperaban que se cociera el
estofado.
-Ya lo estás haciendo.
Supongo que mi vida no será nada fácil durante una temporada.
Al paso que vamos, Brad acabará por marcharse del todo.
Será especialmente doloroso para Andy, y también para mí.
Y aunque Allie responda bien, tampoco será fácil.
Sería una pesadilla que en el mejor de los casos se prolongaría meses, y
habría instantes descorazonadores.
Pero el destino daba estos vuelcos y Page estaba dispuesta a asumirlo.
En la última semana había aprendido muchas virtudes, entre ellas la
aceptación y la templanza.
¿Qué crees que ocurrirá con Andy si Brad os deja? -Se llevará un disgusto
tremendo.
Y no uses el condicional.
No se trata de nnsi" se va, sino de nncuándo".
Está clarísimo.
-De todos modos, los niños son imprevisibles.
Con frecuencia saben lo que va a ocurrir antes de que se lo digamos.
Quizá.
Los chicos volvieron a atravesar la cocina ruidosamente.
Todo indicaba que lo estaban pasando muy bien.
Cinco minutos más tarde, Trygve les llamó a cenar.
-¡La hora de las albóndigas! -gritó, y les ordenó que se lavaran las manos
antes de sentarse.
Ya en la mesa, rezaron la oración de gracias, lo que sorprendió a Page,
aunque también tuvo su nota entrañable.
Era una lejana reminiscencia familiar.
En su vida de casada nunca habían rezado y sólo acudían a la iglesia en las
fechas muy señaladas.
Le extrañó que Trygve fuese creyente.
-Yo voy a catequesis -le contó Bjorn a su nuevo amigo-.
Me lo enseñan todo sobre Dios.
¡Es un tipo fantástico! A ti te gustaría.
Page reprimió una sonrisa y lanzó una mirada a Trygve, sentado frente a
ella.
También él sonreía.
Los muchachos no pararon de cotorrear en toda la cena.
Una vez acabada, Page y Trygve salieron al jardín.
Era tarea de Bjorn lavar los platos por la noche, y Andy se quedó para
echarle una mano.
-Tienes un hijo magnífico -dijo Page mientras colocaban las sillas en el
césped.
El cielo estaba precioso, con una purpúrea franja crepuscular sobre las
colinas de Marín, y ambos lo admiraron en silencio durante unos segundos.
-En efecto -convino Trygve-.
Afortunadamente, Nick y Chloe opinan lo mismo.
Algún día, cuando yo muera, tendrán que velar por él.
He pensado en ponerle a vivir solo en un apartamento, pero aún no está
maduro.
ésa era una cuestión que tal vez Page también debería considerar.
Si Allyson no podía valerse por sí misma, algún día su hermano tendría que
responsabilizarse de ella.
Hasta ahora no se le había ocurrido, pero era innegable que los hijos
especiales planteaban problemas específicos.
De repente se perfilaba ante ella todo un mundo desconocido.
-Ha sido muy agradable teneros aquí, Page -dijo Trygve-.
Bjorn y yo hemos disfrutado cada minuto.
-Y nosotros -respondió ella-.
Nos habéis proporcionado unas horas de relajo y esparcimiento en medio del
caos que reina en nuestras vidas.
-No siempre será así -vaticinó Thorensen, decidido a ayudarla a salir a
flote.
-Ahora mismo no puedo verlo de otra manera.
No sé por dónde navego.
Todo cambia a una velocidad tal que no tengo tiempo ni de tomar aliento.
Lo que la semana pasada me parecía fundamental, ahora ya ni siquiera forma
parte de mi vida.
Es difícil discernir qué debo hacer -dijo Page con actitud reflexiva.
él asió su mano y la retuvo con fuerza.
No quería asustarla, y sabía que aquél era un mal momento.
Pero en aquella mujer había algo que le incitaba a protegerla.
-Estás actuando con muy buen tino.
E irás más lejos si - avanzas despacio -le aconsejó, pero Page se rió del
comentario.
-Créeme, yo soy la única que va lenta en este torbellino.
El resto se está desmembrando a un ritmo tan vertiginoso que apenas tengo
oportunidad de recoger los pedazos.
Ahora fue Trygve quien se echó a reír.
Sentado muy cerca de ella, contempló el ocaso.
-Algunas veces la vida nos parece sencilla, pero nunca lo es tanto como
aparenta, cverdad? -dijo mientras el último rayo de luz se deslizaba,
indolente, tras las montañas-.
Pensamos que hemos plantado sólidos cimientos y entonces el maldito edificio
se nos viene abajo.
La única ventaja es que, cuando lo reconstruimos, lo hacemos con cimientos
más resistentes.
-¡Ojalá pudiera creerlo! -musitó Page, observando a Trygve y complacida por
lo que veía, un hombre auténtico, íntegro y honesto.
-Actualmente vivo mucho mejor que antes -dijo Trygve-.
Pensé que jamás llegaría a admitirlo, pero es la pura verdad.
Y me da igual si no vuelvo a casarme.
Aunque me encantaría y hasta me tienta la idea de tener más hijos, te
aseguro que, mientras no se presente la mujer ideal, me siento totalmente
feliz así.
Adoro a mis hijos, mi trabajo, mi mundo.
En mi época de matrimonio vivía sobre un volcán, luchando como un loco para
funcionar bien con Dana...
y fracasando siempre.
Ella tenía el don de estropearlo todo, y de hacerme sentir hundido y
fracasado.
Ahora es muy distinto.
Me gusta mi vida.
Estoy satisfecho de mí mismo y de mis chicos.
Antes de lo que imaginas, a ti te ocurrirá lo mismo.
Tienes unos hijos fabulosos, posees un gran talento y eres una excelente
persona.
Mereces ser feliz, Page, y lo serás, con o sin marido.
¿Podrías firmarlo con sangre, por favor? Así tendré más garantías.
-Cuando quieras.
Tu panorama se irá despejando, ya lo verás.
-Espero impaciente ese día -respondió Page con un suspiro.
Trygve la observó largo rato.
Por fin se inclinó súbitamente hacia ella y Page se preguntó si iba a
besarla.
En aquel preciso momento, los dos chicos irrumpieron en el césped y pidieron
permiso para jugar al béisbol.
-Ni hablar -prohibió Trygve.
El momento había pasado y Page se quedó con la duda de haberlo soñado-.
Es demasiado tarde para juegos, Bjorn.
¿Por qué no entráis en casa y veis la televisión? Pronto será hora de
acostarse.
¿Quieres dejarnos a Andy a dormir? -ofreció Thorensen volviéndose hacia
Page-.
¿Regresarás al hospital? -No, hoy pensaba ir directamente a casa.
Brad me ha dicho que mañana se ocupará de Andy.
Si lo hace, podré pasar más tiempo con Allie.
¿Y tú, irás a ver a Chloe? -Ahora, sus vidas se reducían a aquellos
continuos viajes al hospital que exigían un sinfín de reajustes y
malabarismos para compaginar las necesidades de todos.
A veces era extenuante.
-Iré dentro de un rato -dijo Trygve.
-Bien.
Nos marcharemos enseguida -anunció Page, renuente, y ambos permanecieron
unos minutos más sentados en el jardín, vivificados por la brisa y contentos
de estar juntos.
Trygve no intentó ningún nuevo acercamiento y, camino de su casa, Page,
decidió que todo habían sido figuraciones suyas.
Era un hombre independiente y tenía una vida propia.
Además, como Allyson dijera el sábado anterior y él mismo había corroborado
después, vivía estupendamente sin la presencia de una mujer.
Dana le había dejado hondas cicatrices.
Y Page llevaba marcadas las heridas de Brad.
Por ese motivo, fue extraño descubrir cuánto le atraía Trygve.
Nunca se había detenido a meditarlo, pero, tras una semana de mantener
estrecho contacto, hubo de admitir que no sólo le encontraba apuesto, sino
seductor.
Estaba pensando en él, con una sonrisa involuntaria, cuando Andy, que iba en
el asiento trasero, le hizo una pregunta que la dejó patidifusa.
¿Quién es Stephanie? ¿Qué dices? El corazón de Page aceleró su ritmo.
-El otro día gritaste ese nombre en una discusión con papá.
Y luego oí que él la telefoneaba.
-Creo que es una compañera del despacho -mintió Page con tono
pretendidamente neutro.
Trygve tenía razón.
Los niños eran más receptivos de lo que se suponía.
Se preguntó qué más habría oído Andy la noche de su pesadilla.
-¿Es guapa? -persistió el pequeño.
-No la conozco -repuso su madre, todavía inexpresiva.
-Entonces, cpor qué te enfadaste tanto con papá a causa de esa señora? Page
empezó a irritarse.
-No me enfadé con papá, y no quiero hablar más del asunto.
-¿Por qué no? Por teléfono me pareció simpática.
¿Por teléfono? -inquirió Page.
Aquello le sentó como un puñetazo en el estómago.
-Fue ayer, cuando estabais en el hospital.
Me pidió que le dijese a papá que había llamado.
¿Y le diste el recado? -Me olvidé.
Espero que no me regañe.
-Descuida, no lo hará -dijo Page.
Aparcó el coche en la avenida de grava, se apearon y entraron en la casa.
¿Te has disgustado conmigo? -preguntó Andy mientras su madre le ayudaba a
quitarse la ropa.
Ella le miró, contando hasta diez.
Era absurdo hacerle pagar al hijo las acciones del padre.
-No, cariño, no me he disgustado.
Tan sólo estoy cansada.
-Desde el accidente de Allie te ha cambiado el humor.
-Ha sido muy duro para todos.
También para ti, no creas que no lo sé.
-¿Y con papá estás disgustada? -A veces me crispa los nervios, sí.
Pero casi siempre se debe al agotamiento y la preocupación por Allie.
Ni él ni yo tenemos nada contra ti, hijo.
Tú estás al margen de todo lo que ocurre.
¿Le tienes manía a Stephanie? Andy intentaba aclarar la situación, y era muy
perspicaz para su edad, más de lo que él mismo suponía.
Page suspiró antes de contestarle.
-Ni siquiera la conozco -era cierto.
Era en Brad en quien debía descargar su cólera, en Brad que la había
traicionado, que le había mentido y le destrozó el corazón.
Todo había sido culpa de su marido, no de la chica con quien se había
liado -.
No me pasa nada, ni con tu padre ni con nadie.
-¡Menos mal! -El niño sonrió aliviado, y Page barruntó que tendrían que
decirle algo a no mucho tardar, sobre todo si Brad se iba de casa-.
Bjorn me ha caído bastante bien.
-Y a mí.
Es un chico muy majo.
-Es el mayor de mis amigos.
Ya ha cumplido dieciocho años y tiene algo especial.
-Tú también lo tienes -dijo Page sonriendo.
Acostó a su hijo, le besó y le arropó bien.
Luego se tumbó en la cama de su propio dormitorio y pensó en cómo había
cambiado su vida en una sola semana, cuán fácil había sido todo unos días
atrás, cuando supuestamente Allie salía a cenar con los Thorensen y Brad
volaba hacia Cleveland.
Entonces su existencia era un lecho de rosas, pero ahora habían salido las
espinas.

CAPITULO X


Page pasó la mayor parte del domingo en el hospital, tras dejar a Andy en
casa de un compañero de clase.
Brad había llamado por la mañana para decirle que no tendría tiempo de
verle.
Superada la decepción inicial, Andy estuvo encantado de ir a jugar con su
amigo.
Trygve se reunió con Page en la sala de espera de la UCI y le llevó
bocadillos y galletas.
Chloe tenía la habitación llena de amigos y se sentía eufórica de poder
verlos, e incluso ello parecía influir positivamente en su recuperación.
-Por cierto, ayer Bjorn se divirtió muchísimo -comentó Trygve mientras
compartía un bocado con Page.
Era obvio que se alegraba de verla, pero ella se convenció de que su ilusión
de la víspera había sido sólo eso, una ilusión.
Thorensen no se mostraba romántico, sino sólo cordial.
-Andy también.
No deja de mencionar lo bien que lo pasó.
Le habría gustado devolverle la invitación a tu hijo, pero ha tenido que ir
a casa de un amigo.
Brad le ha telefoneado para anular su visita de hoy.
-De todas formas, Bjorn tenía que hacer los deberes de la escuela.
¿Cómo ha reaccionado Andy a la llamada de su padre? -No ha dado saltos de
júbilo, pero se ha resignado.
Conversaron durante un rato y luego Trygve regresó a la habitación de Chloe.
Page, antes de volver a casa, recogió a Andy y pararon a tomar un helado.
En un mundo donde todo se había trastocado de la noche a la mañana, los
rituales más intrascendentes les brindaban solaz.
Ambos se sorprendieron cuando Brad llegó a casa poco después que ellos, y
anunció que se quedaría a cenar.
Preguntó por Allie y Page le dijo la verdad: seguía con vida pero no se
detectaba ninguna mejoría.
Los tres se instalaron en la cocina.
Después de la cena, Page vio que su marido hacía la maleta.
¿Te marchas? -inquirió sin aspavientos, como si ya lo esperase, lo cual
entristeció a ambos.
Habían tocado fondo en sólo ocho días.
-Voy a Chicago por negocios.
Brad no dijo que Stephanie le acompañaría.
Esta vez había insistido en estar con él.
-¿Cuándo? -preguntó Page, preparada para todo.
Esta noche.
¿Y abandonas a Allie? ¿ Qué haría si su hija volvía a recaer? ¿Podría vivir
Brad con el remordimiento? Page sabía la respuesta antes de que él la
dijera.
-No tengo otro remedio.
Debo cerrar un trato importante.
Ella no pudo contenerse.
-¿Es un trato real, o como el de Cleveland? -No empecemos, Page -replicó
Brad ásperamente-.
Te lo digo en serio.
-Y yo también.
-No confiaba en él, aunque lo que pudiera hacer no era ya de su incumbencia.
-Te recuerdo que todavía tengo un trabajo.
Aparte de mi situación personal, me debo a él.
Y ese trabajo me obliga a desplazarme a otras ciudades.
-Lo sé -repuso Page, y salió de la habitación.
Antes de irse, Brad dio un beso de despedida a Andy, y dejó anotado el
número de teléfono del hotel en el bloc de la cocina.
Estaría fuera tres días.
A Page no le importaba.
Su ausencia aliviaría la tirantez que había entre ellos.
-Volveré el miércoles -le dijo Clarke al partir.
No dijo nada más, ni un "te quiero", ni siquiera nnadiós".
Tan sólo cerró la puerta y se marchó calle abajo.
Tenía el tiempo justo para recoger a Stephanie camino del aeropuerto.
-¿Estáis enfadados papá y tú? -preguntó Andy.
Había advertido el tono de voz de sus padres y se sentía frenético.
Incluso se había tapado las orejas con la almohada para no oírles en caso de
que empezaran a gritar.
- -No, no lo estamos -contestó Page, pero sus ojos la contradijeron.
Tras la marcha de Brad se puso a leer, intentando no pensar en todos los
cambios que habían vivido.
Eran demasiados.
Al fin apagó la luz y se metió en la cama, no sin antes llamar al hospital
para saber cómo seguía Allie.
A la mañana siguiente, una vez hubo dejado a Andy en la escuela, fue a ver a
su hija con el propósito de quedarse todo el día en la UCI.
Frances, la enfermera jefe, la dejó pasar las horas muertas a la cabecera de
Allie.
Para Page se estaba convirtiendo en una rutina.
No tenía otra vida, otra ocupación ni otros intereses que atender a salto de
mata las necesidades de Andy, montar guardia en el hospital y reñir con
Brad.
Era increíblemente claustrofóbico.
Permaneció allí, sentada y entumecida, observando cómo las máquinas
respiraban por Allyson.
Le habían quitado el vendaje de los ojos.
Hubo un instante, el tiempo de una exhalación, en el que creyó advertir un
leve pestañeo, pero tras observar larga y atentamente a su hija llegó a la
conclusión de que lo había imaginado.
Algunas veces las personas veían aquello que deseaban, pero sólo sucedía en
sus mentes, como un espejismo.
Se reclinó en el incómodo respaldo de la silla y cerró los ojos.
Se hallaba aún en esta postura cuando apareció Frances.
Page esperaba a la fisioterapeuta que se encargaba de mover las extremidades
de Allie.
Era esencial realizar aquel ejercicio, pues de lo contrario podían
atrofiarse los músculos o producirse un anquilosamiento en las
articulaciones que dificultaría la recuperación.
Incluso con una paciente en coma, había mucho que hacer.
¿Señora Clarke? ¿Sí? -dijo Page, dando un respingo.
-Hay una llamada para usted.
Puede responder en el mostrador de recepción.
-Gracias.
Probablemente era Brad, que se interesaba por su hija desde Chicago.
Era la única persona que sabía dónde localizarla, excepto Jane, y ella no
tenía motivos para telefonearla.
Andy estaba en clase.
Sin embargo, la llamada era de la escuela primaria de Ross.
Se disculparon por molestarla y añadieron que se trataba de una urgencia,
que su hijo había tenido un percance.
¿Mi hijo? -dijo Page atónita, como si Andy nunca hubiera existido.
Parecía a punto de sufrir un colapso-.
¿Qué ha pasado? -preguntó, paralizada por el pánico.
-Lo siento, señora Clarke.
-Le hablaba la secretaria de dirección, a la que Page apenas conocía-.
Ha habido un accidente.
Se ha caído de las barras de gimnasia.
"¡Oh, Dios! Andy ha muerto." Se había partido la columna, seguro, o
lesionado el cerebro.
Page se echó a llorar.
¿Acaso no comprendían que no podía pasar nuevamente por todo aquello? -¿Qué
ha ocurrido? -preguntó con voz casi inaudible.
Una de las enfermeras observó su rostro y vio que se volvía ceniciento a
medida que escuchaba.
-Creemos que se ha fracturado la clavícula.
Ahora mismo le están trasladando al hospital de Marín.
Si baja a la sala de urgencias, podrá recibirle allí.
-Sí, claro...
-Page colgó sin despedirse y miró, despavorida, en todas direcciones-.
Mi niño...
mi hijito...
ha tenido un accidente.
-Cálmese, por favor.
No será nada grave.
-Frances tomó las riendas de la situación.
Sentó a Page en una silla y le ofreció un vaso de agua-.
Procure mantener la serenidad, Page.
Su hijo se pondrá bien.
¿Adónde le han llevado? -Está aquí, en urgencias.
-Yo la acompañaré -dijo la enfermera jefe.
Impartió algunas instrucciones y acompañó a Page hasta urgencias.
Page estaba pálida y al entrar en la sala temblaba ostensiblemente.
Pero Andy todavía no había ingresado.
Frances la dejó al cuidado del personal de urgencias y regresó a sus
quehaceres.
Page se dirigió a un teléfono público.
Sabía que era una estupidez, pero, por una vez en su vida, no podía apañarse
sola.
Necesitaba a Trygve.
Respondió al segundo timbrazo, con voz ausente.
Segura mente estaba escribiendo.
Page sabía que tenía pendiente un artículo para The Neze> Republic.
¿Diga? -preguntó Trygve.
-Perdón, pero tenía que llamarte.
Ha habido un accidente en la escuela.
Al principio Thorensen no la reconoció y pensó que telefoneaban del colegio
de Bjorn.
Por fin, supo quién era.
-Page.
¿Qué ocurre? -inquirió, alarmado por su tono de angustia.
-No lo sé.
-Page sollozaba y apenas podía hilvanar las frases-.
Es Andy...
me han llamado de la escuela...
está herido...
se ha caído de las barras...
-Su llanto recrudeció, temiendo lo peor.
Trygve se levantó raudamente de su asiento.
-Voy enseguida.
¿Dónde estás? -En la sala de urgencias del hospital.
Era un lugar familiar para ambos, y Thorensen hizo el trayecto a toda
velocidad.
Estacionó el coche en el momento en que un profesor bajaba a Andy de su
coche particular.
Corrió al encuentro del niño.
Estaba asustado, pálido y con la cara contraída por el dolor, pero no había
perdido el conocimiento ni se apreciaba un peligro aparente.
¿Qué haces tú aquí, jovencito? Este sitio es para los enfermos y yo te veo
muy saludable.
Trygve examinó al pequeño con la mirada.
-Me duele el brazo...
y también la espalda.
Me caí de las barras de gimnasia -dijo Andy con voz débil mientras Trygve le
abría la puerta al profesor, que debía de ser el de educación física a
juzgar por las zapatillas de tenis y el silbato que colgaba de su cuello.
Parecía muy preocupado.
-Mamá te espera dentro -le tranquilizó Thorensen con una sonrisa cariñosa.
Les siguió al interior y enseguida divisó a Page.
Tenía un aspecto deplorable y experimentaba espasmos nerviosos.
Rompió a llorar en cuanto les vio.
Se diría que todo el coraje que había acopiado con Allie la había abandonado
de pronto.
Trygve la sujetó por el hombro y la atrajo hacia él, en un intento de
mitigar sus temblores, mientras el profesor llevaba al pequeño hasta la
sala de reconocimiento, donde les aguardaba la enfermera encargada de
verificar las constantes vitales y evaluar su estado.
Era una mujer alegre y guapa.
Palpó la zona dolorida y comprobó que Andy se había fracturado el brazo y
dislocado el hombro.
Luego exploró sus córneas y descartó una posible lesión cerebral.
-¡Pero bueno! -bromeó Trygve-.
Eres tan calamitoso como Chloe.
Ella no puede andar, y tu vas y te rompes el brazo.
¡ Qué par de ineptos ! Tendré que mandaros a Bjorn para que ponga un poco de
orden.
-Hizo una mueca divertida.
Andy intentó sonreír entre las lágrimas, pero el brazo le dolía mucho.
Le sentaron en una silla de ruedas y le llevaron a radiología.
Thorensen no se separó de Page ni un instante.
-No es nada serio, Page.
Tienes que tranquilizarte -la confortó durante la sesión de rayos X.
-No sé qué me ha pasado -dijo ella, aún temblorosa y con expresión
demudada-.
Me he dejado dominar por el pánico.
Siento de veras haberte llamado.
Había sido su primer impulso al enterarse de la noticia.
Sintió la urgente necesidad de tener a Trygve a su lado, igual que durante
los días infernales en que Allie se agravó, y también después.
Era a Thorensen a quien quería, no a Brad, y ella misma se asombró al darse
cuenta.
Sabía que con Trygve podía contar y, además, él había acudido encantado.
-Yo no lo siento en absoluto.
Lo lamento sólo por el pobre Andy, pero estoy seguro de que no será nada.
El profesor de gimnasia ya había vuelto a la escuela, así que Trygve
acompañó a Andy y sostuvo su mano cuando le escayolaron el brazo.
Luego le encajaron la articulación del hombro, una operación muy dolorosa,
le pusieron la extremidad en cabestrillo y le inyectaron un analgésico.
Le recomendaron que guardase un día de cama, tras lo cual debía sentirse
como nuevo.
Le quitarían el yeso al cabo de seis semanas.
Era una fractura más bien delicada, pero, a su edad, no había que prever
secuelas a largo plazo.
-Os llevaré en mi coche -propuso, solícito, Trygve.
No se habría fiado de Page ni aún conduciendo un triciclo.
Ella aceptó, pero antes subió a la U C I para recoger su bolso y anunciar
que se iba.
Trygve también se detuvo brevemente en la habitación de Chloe, le dio un
beso y le dijo que regresaría más tarde.
Le contó el incidente de Andy y ella le envió muchos recuerdos, además de
sorprenderse por la mala suerte que últimamente les perseguía a todos.
-Dile que cuando nos veamos le firmaré la escayola.
-Así lo haré.
Hasta luego, cariño.
Trygve volvió presuroso a la sala de urgencias y fue con Andy hasta el
coche.
El niño estaba aletargado tras la inyección que le habían puesto, y Page
llevaba unas píldoras para administrarle en casa.
Pasaría el día adormecido, sin duda lo más aconsejable.
Thorensen le entró en volandas en su dormitorio, después de que Page abriera
las puertas intermedias.
Entre los dos le desvistieron y acostaron.
Andy rebulló un poco mientras lo preparaban, pero se quedó dormido antes de
tocar la almohada.
No era él quien preocupaba a Trygve, sino su madre.
Estaba muy desmejorada.
-Quiero que tú también te tiendas un rato.
Tienes un aspecto preocupante.
-He tenido un terrible sobresalto, eso es todo.
No sabía con qué me iba a encontrar.
Creí...
-Lo veo claramente en tu cara -cortó Trygve, mirando su tez grisácea-.
Venga, cdónde está tu habitación? Page le guió por el pasillo y él no se
movió hasta que se hubo tendido sobre el lecho con la ropa puesta.
-Me siento un poco ridícula, pero estoy bien.
-Pues no lo parece.
¿Quieres un poco de coñac? Te reconfortará ofreció Trygve.
Ella rehusó con una sonrisa e, incorporando la espalda, escudriñó al hombre
que lo había dejado todo para ayudarla.
-Gracias por ser tan buen amigo.
Marqué tu número casi involuntariamente.
Supe de un modo instintivo que te necesitaba.
Thorensen se sentó en una butaca amplia y mullida que había junto a la cama
y miró a Page con afecto.
-Me alegro de que me hayas llamado.
Ya has sufrido bastante tú sola.
-Le asaltó un nuevo pensamiento, y halló interesante que no se le hubiera
ocurrido a ella-.
¿Quieres que telefonee a Brad? -Está en Chicago.
Ya le llamaré yo dentro de un rato -dijo Page.
Instintivamente, pensó lo mismo que Thorensen-.
Cuando me telefonearon a la UCI, ni siquiera se me ocurrió ponerme en
contacto con él -agregó.
Deseaba que Trygve lo supiera-.
Fui directamente a un teléfono y te llamé.
Fue un acto reflejo.
-Un reflejo muy atinado -afirmó él con dulzura, inclinándose hacia Page.
En su interior hormigueaban unos sentimientos que no había tenido en años, y
ella, al observarle, se sintió confundida por sus propias emociones.
-Page, no quiero hacer nada contra tu voluntad -susurró, pero de repente se
sintió incapaz de seguir alejado de ella.
Le empujaba una fuerza magnética cada vez que dirigía la vista a Page, la
cual, al mirarle, comprendió que no se había imaginado nada la otra noche en
el jardín.
Trygve había estado a punto de besarla.
Y ahora también.
Había suspirado por darle un beso durante varios días, mientras, sentados
hora tras hora en las dependencias del hospital, compartían su desconsolada
vigilia.
-No sé cuál es mi voluntad, Trygve.
-Page alzó hacia él sus ojos grandes azules, rebosantes de honestidad-.
Hace tan sólo diez días creía estar felizmente casada.
Luego descubrí que todo era mentira, que mi matrimonio había terminado...
Y en medio de ese mare mágnum apareces tú, la única persona en quien he
podido confiar, el único amigo que sabe cómo me siento y el único, sí, el
único hombre con el que deseo estar -dijo con el rostro vuelto hacia
Thorensen, que se había acercado más-.
No sé dónde estoy, ni lo que hago, ni lo que va a suceder.
No sé nada de nada...
excepto...
ccómo decirlo?...
-No hace falta que digas nada...
Olvidemos ahora las palabras -susurró él, y se sentó en el borde de la cama
para estrecharla en un abrazo.
Quería besarla, estrujarla como no había hecho con nadie en mucho tiempo.
Posó sus labios en los de ella, los separó amorosamente con la lengua y
penetró en su boca, dejándola sin respiración, mientras sus cuerpos se
fundían en uno solo.
Page estaba abrumada por sus sensaciones, y también temerosa, pero supo
inequívocamente que le deseaba.
Aquello no era un devaneo ni una venganza contra Brad.
Era la unión con alguien que la había apoyado en el peor trance de su vida,
pero no la había defraudado y por quien sentía una atracción avasalladora.
-¿Qué será de nosotros? -preguntó, una vez Trygve se hubo apartado para
contemplar su belleza rubia y ruborosa.
-Por ahora, yo no me lo plantearía.
Al menos ya sé cómo devolver el color a tus mejillas.
Estás mucho mejor así.
-¡Oh, Trygve! -exclamó ella.
Thorensen volvió a abrazarla, y esta vez su beso fue más apasionado.
No había sentido nada igual desde antes de conocer a Dana, si es que lo
sintió alguna vez.
-No pienso parar, ni ahora ni nunca -dijo-.
Había olvidado que pudiera ser tan hermoso.
-A mí me ocurre igual -admitió Page.
Brad fue siempre tan egocéntrico que, ahora lo constataba, apenas le había
dado nada a ella, ni emocional ni sexualmente.
Trygve la dejaba sin aliento, y rió como una quinceañera cuando volvieron a
besarse.
Era muy oportuno que Andy durmiera bajo los efectos de un sedante, aunque
Page sabía que ninguno de los dos estaba predispuesto a cometer una locura.
Ella, por lo menos, tenía que zanjar sus desavenencias con Brad antes de
iniciar una relación sólida con Trygve.
Pero era innegable que a partir de ahora todo sería distinto.
-¿Qué voy a hacer? -se preguntó, bajando los pies al suelo y mirando a
Thorensen, que le sonreía con expresión beatífica.
Page no recordaba haberse sentido nunca tan feliz.
-Tú misma lo irás viendo.
Deja que los acontecimientos sigan su curso.
Además, quiero que sepas que no pienso apremiarte.
-Trygve trató de ponerse solemne, pero no lo consiguió-.
Me limitaré a rondarte suplicante hasta que decidas que no puedes vivir sin
mí.
Desde luego, aquello era algo más que un simple besu queo.
Page esbozó una sonrisa pícara, y esta vez fue ella quien le besó.
¡Era todo tan desconcertante! ¿Cómo ha podido ocurrir? -No lo sé.
Quizá haya sido el ambiente de la UCI.
O el trauma, o el dolor, o el miedo, o bien el hecho de haberse ayudado
mutuamente.
Trygve le había dispensado notables deferencias, y Page le había
correspondido.
Habían atravesado el peor aprieto de sus vidas y habían sobrevivido juntos,
sin la ayuda de nadie más, ni siquiera de Brad, que parecía empeñado en
destruir a su mujer.
-La vida es una caja de sorpresas, cverdad? -comentó Page sin salir de su
estupor-.
Supongo que tendremos que ir paso a paso.
Brad todavía no ha resuelto lo que quiere hacer.
-A lo mejor sí, pero no te lo ha dicho.
¿Y tú, has tomado tus propias decisiones? ¿Qué deseaba ella, que su marido
se marchase, el divorcio, quizá más tiempo para reflexionar? Trygve no
estaba muy seguro de lo que podía querer, y sospechaba que la propia Page
tampoco, lo cual era lógico.
Su fracaso matrimonial era reciente, aún no sabía qué camino seguir.
-Cada vez que veo a Brad me doy más cuenta de lo insostenible de esta
situación.
Vive prácticamente con la otra, pero continúa casado conmigo.
No me resulta fácil hacer borrón y cuenta nueva.
-Nadie te pide que lo hagas -dijo Thorensen con ternura.
Entendía muy bien a Page.
Él había pasado por lo mismo, y estaba dispuesto a aguardar pacientemente a
que reorganizase su vida.
Jamás había conocido a una mujer como ella.
Mientras conversaban sonó el teléfono, y Page pegó un respingo.
Ignoraba quién podía llamarla, como no fuera del hospital con alguna novedad
sobre Allie.
No se sentía capaz de absorber más malas noticias, y al responder cerró
fuertemente los ojos.
Notó la tibia mano de Trygve sobre la suya, transmitiéndole todo su apoyo.
¿Sí? -preguntó cautelosa.
Pero enseguida abrió los ojos y meneó la cabeza.
No le telefoneaban del hospital, sino su madre, para comunicarle algo muy
poco agradable.
Lo había meditado a fondo durante el fin de semana y había decidido ir a
visitarla con Alexis.
Era obvio que Page las necesitaba, aunque ella se obstinara en negarlo.
-Me las arreglo bien, de veras que sí -insistió Page-.
Todo está bajo control y de momento Allyson se ha estabilizado.
-Eso podría cambiar en un segundo.
Además, Alexis quiere hablar contigo.
David le ha dado referencias de un cirujano plástico portentoso, por si
precisas sus servicios.
A largo plazo tal vez sí, pero ahora Page tenía prioridades más urgentes.
En primer lugar, Allyson debía vivir, y después habría que ver si su cerebro
reanudaba alguna función con visos de normalidad.
No obstante, a Alexis sólo la preocupaba una cuestión: la estética de su
sobrina, la perfección externa.
-Francamente, no deberíais venir -dijo Page con fingido aplomo.
Lo último que deseaba era tener a su madre en casa, y menos todavía a
Alexis.
-No discutas conmigo -replicó la madre-.
Llegaremos el domingo.
-Mamá, piénsatelo bien...
No tendré tiempo de atenderos, ni a ti ni a Alexis.
Debo dedicarme por entero a Allie.
Y encima, Andy acaba de sufrir un accidente.
Page habría hecho cualquier cosa para disuadirla.
-¿Qué? -Por una vez, la voz de su madre subió de tono.
-No es nada importante.
Se ha fracturado el brazo.
Pero entre uno y otro me tienen completamente ocupada.
-Por eso vamos, querida.
Queremos ayudarte.
Page suspiró.
Ya no sabía qué más argumentar.
-Sigo creyendo que no es necesario.
-Estaremos ahí el domingo a las dos.
David enviará un fax a la oficina de Brad con toda la información.
Hasta entonces.
-Y, antes de que su hija pudiera replicar, colgó.
Page miró fijamente a Trygve.
-No te lo vas a creer -dijo con desaliento.
-Deja que lo adivine.
Tu madre viene desde el Este.
¿Te causa eso alguna dificultad? ¿Dificultad? ¿Bromeas? ¿Como Dalila a
Sansón, o David a Goliat...
o incluso el áspid a Cleopatra? El término nndificul tad" es una pálida
definición.
Llevo más de una semana tratando de mantenerla a raya.
Y no sólo se presenta ella, sino que trae también a mi hermanita.
-A quien tú aborreces -apuntó Trygve, haciendo un cursillo acelerado de
historia familiar.
-Ella me aborrece a mí...
En realidad dedica toda sus energías en amarse a sí misma.
Es una narcisista impenitente.
No ha tenido hijos y está casada con un cirujano plástico de Nueva York.
A los cuarenta y dos años se ha corregido las bolsas de los ojos, ha
exhibido tres narices, se ha operado los senos, se ha hecho la liposucción
en cien sitios y dos estiramientos faciales.
Es una mujer perfecta en todo, en las uñas, la cara, el cabello, el vestido
y el cuerpo entero.
Emplea cada minuto de cada día en embellecerse.
Nunca en su vida le ha importado ningún alma viviente salvo la suya, y mi
madre es igual.
Te explicaré la trama de esta parodia.
Si vienen aquí, es con la única finalidad de que yo me ocupe de ellas, les
asegure que a Allie no le ocurre nada y, si le ocurre, que no las salpicará,
incomodará, importunará ni afectará de ninguna manera.
-Por lo que cuentas, no te serán muy útiles -dijo Thorensen, y besó a Page
en la punta de la nariz, divertido por la descripción.
Sus propios padres eran unas personas excelentes.
Durante toda la semana se habían ofrecido mil veces a tomar el primer vuelo
para San Francisco, aunque él les había dicho que no lo hicieran, pues
vivían retirados en Noruega.
Pero, al mirar a Page con mayor atención, Trygve se percató de que hablaba
en serio.
La deprimía hondamente hablar de su madre y su hermana.
-"Ütiles" es una palabra irrelevante en este contexto -dijo, a la vez que se
ponía en pie.
¿¿Se puede saber adónde vas? Trygve sujetó su mano y volvió a tomarla en sus
brazos.
-A incendiar la habitación de invitados -contestó Page con displicencia,
pero al cabo de un momento se besaron una vez más y casi olvidó a su madre.
-Tengo una idea mejor.
La voz de Thorensen sonó ronca e insinuante, había empe zado a besarla en el
cuello mientras Page, entornados los párpados, saboreaba cada segundo.
¿Cómo era posible? En diez días había perdido al único hombre que había
amado de verdad, y ahora se recreaba inesperadamente en el abrazo de otro,
de alguien que había sido muy noble con ella, que la deseaba tanto como a la
inversa...
Era todo tan descabellado, pero ¡tan placentero! -Todavía no, por
favor -susurró entre besos, y él sonrió y la repasó de arriba abajo.
-Ya lo sé, tonta.
No soy ningún necio.
Tenemos tiempo de sobra, así que no voy a forzar la marcha.
¿Por qué no? -le provocó Page, pero Trygve la miró seriamente y contestó con
sentimiento: -Porque quiero tenerte para mucho tiempo, Page, si es que me
aceptas.
No me arriesgaré a perderte.
-Estampó un nuevo beso en sus labios y transcurrieron varios minutos antes
de que se separasen.
Page le indicó que más valía que se fuera, o Andy se despertaría y les
sorprendería haciéndose carantoñas en su dormitorio.
Trygve prometió regresar más tarde para ver cómo estaban.
Quizá le diría a Bjorn que le acompañase.
Y también se brindó a relevarla en la UCI.
Page no quería dejar solo a Andy hasta el día siguiente, y él decidió
hacerse cargo de todo, incluso de su cena.
-¡La señora desea algo más? -preguntó desde el coche, mientras Page, erguida
en el umbral, le despedía con la mano.
-¡Sí! -gritó ella.
-Dispara.
-Trygve frenó el automóvil.
-¡Asesina a mi madre! Trygve Thorensen soltó una carcajada y arrancó
inusualmente contento.

CAPITULO XI


Brad quedó consternado cuando se enteró del accidente de Andy, y sugirió que
la culpable había sido Page, aunque se guardó de decirlo abiertamente.
-?¿Estás segura de que no hay complicaciones? Es el brazo derecho, ¿no? -Sí,
y se lo ha roto en un mal ángulo, pero los médicos dicen que se soldará
limpiamente.
Con el hombro habrá que tener más precauciones.
Esta temporada no podrá hacer de pitcher, y quizá tenga que dejar el béisbol
hasta el año que viene.
-¡Mierda! -renegó Brad, casi tan disgustado como cuando se enteró del
accidente de Allie.
Pero ahora todas sus reacciones eran improcedentes.
Ambos eran presas del miedo y de premoniciones de desastre.
Page comprendió perfectamente por qué reaccionaba así respecto a Andy.
-Lo siento, Brad.
-Sí, ya -repuso él con aire abstraído, y de pronto se acordó de lo otro.
¡La estancia en Chicago había sido tan relajante!-.
¿Cómo va Allie? -Igual.
No la veo desde esta mañana.
Hoy me he quedado en casa con Andy.
Page no dijo que Trygve y Bjorn les habían llevado la cena y, curiosamente,
tampoco Andy lo mencionó.
Ella no le había pedido que ocultase nada a su padre, nunca habría sembrado
en el niño tamaña confusión.
Era más bien como si un sexto sentido advirtiera al pequeño de que sus
padres ya tenían bastantes conflictos.
Trygve y Page estuvieron muy comedidos durante la visita de éste, pero
circulaba entre ellos una corriente distinta, más cálida.
Desde aquella mañana todo había cambiado, y de re pente se les hizo muy
cuesta arriba tener que reprimir sus emociones.
Estuvieron hablando un buen rato en la sala de estar, mientras los chicos
jugaban pacíficamente con la perra en el cuarto de Andy.
A Bjorn le encantaron los cromos de béisbol y la colección de rock del
verano anterior.
También quiso jugar al "tute", pero Andy estaba agotado.
A ambos les dio mucha pena que los Thorensen se fueran, y Page permitió a
Andy dormir en su cama y éste, por fin, no mojó las sábanas.
Parecía más tranquilo que en los días anteriores, y los analgésicos que le
habían prescrito le ayudaron a descansar de un tirón hasta la mañana.
Mientras dormía, Page estuvo largo tiempo tendida a su lado, arrullándole,
acariciando su pelo, pensando en él, en Brad y en Trygve.
No sabía qué hacer.
Trygve se había convertido en un amigo muy querido...
y muy atractivo.
Brad, por su parte, había sido su marido durante dieciséis años.
Todavía no podía asimilar la idea de que iba a perderle, y sin embargo, de
alguna forma, sabía muy bien que ya no había nada entre ellos.
Pero nunca le había traicionado y, por seductor que fuese Thorensen y por
penosa que resultara la infidelidad de Clarke, no deseaba dar ningún paso
del que después pudiera arrepentirse ni iniciar su nueva relación con mal
pie.
Aquel miércoles, al volver de Chicago, Brad estuvo frío y distante, y se
comportó como si Page fuera una desconocida.
Durmió fuera la noche del jueves, sin siquiera avisar, y el viernes se
mostró gélido con ella cuando pasó fugazmente por casa.
Era absurdo simular que su matrimonio no había concluido.
Las huellas de Stephanie se hacían manifiestas en todo su ser.
Llevaba corbatas diferentes, había renovado su vestuario y exhibía un corte
de pelo distinto.
Pero, aunque Brad llegara a los peores extremos, Page no quería arrojarse en
brazos de Trygve sólo por despecho.
Deseaba aclarar su situación con Brad antes de actuar por su cuenta y
riesgo.
No obstante, él se negó a hablar.
Lo único que dijo fue lo mucho que le enfurecía la visita de su madre.
-¿Cómo le consientes que se plante aquí ahora? ¡Y, para como, con tu
hermana! ¿Has contratado un peluquero per manente, o prefiere que nos manden
uno a domicilio cada vez que lo necesite? -Yo tampoco salto de alegría,
Brad.
-Esta discusión tenía lugar el viernes por la tarde, poco antes de que él
saliera a cenar, supuestamente, con unos clientes-.
Pero ¿cómo voy a prohibirles que vengan? Allie se encuentra en estado
crítico y quieren verla.
-Dicho así, parecía razonable, aunque Page sabía que no era el raciocinio lo
que predominaba en las mentes de aquellas dos mujeres.
Brad siempre las había odiado y ellas tampoco le apreciaban mucho.
Aunque su madre presumía de adorarle, era pura hipocresía.
Brad conocía demasiados detalles del pasado, y Maribelle le guardaba a su
hija un enconado rencor porque se los había contado-.
Hice cuanto pude para desanimarlas, pero mi madre se mantuvo en sus trece y
anunció su llegada.
-Pues ahora anúnciale tú que aquí no pueden quedarse -dijo él, y Page leyó
en sus ojos una firme determinación.
-No me pidas eso, Brad.
Son mi familia -replicó.
Había conseguido huir de ellas y se alegraba, pero era muy duro dejar de
verlas o marginarlas enteramente de su vida.
-¡Maldita sea! Diga lo que diga, harás lo que te dé la gana.
Al oír aquello, Page empezó a soliviantarse.
Brad no había movido ni el dedo meñique para ayudarla, y ahora le venía con
ultimátums.
-¿Es que tú no lo haces también, Brad? ¿Acaso temes que entorpezcan tu vida
social, ahora que has roto las cadenas? Una vez más, había estallado la
guerra, tras el remanso de paz con ocasión del viaje a Chicago.
-He tenido mucho trabajo en la agencia.
-¡Y un cuerno! Apuesto la mano derecha a que en Chicago sí has estado muy
activo.
Brad le clavó una mirada fulgurante para advertirle que no hurgase más en la
herida.
Aunque era él quien había fallado, no toleraba el agobio de Page.
Era injusto, y lo sabía, pero no pensaba ceder.
-No es asunto tuyo -dijo con tirantez.
¿Por qué? -Los acontecimientos van demasiado deprisa para mi gusto.
También para Page corrían demasiado.
Las dos últimas semanas habían sido más fulminantes que un rayo, y no por
culpa suya.
-Quiero que las aguas se calmen un poco antes de tomar una decisión
definitiva -agregó Brad y se giró hacia ella-.
He comprendido que no puedo mudarme todavía.
Page, sorprendida, le estudió en silencio, preguntándose si habían cambiado
sus sentimientos o si ahora se peleaba también con Stephanie, o bien,
sencillamente, si le había acobardado todo lo que entrañaba una separación.
¿Por razones de índole geográfica, o tiene algo que ver con nuestro
matrimonio? -inquirió, sintiendo en el corazón una punzada de ansiedad.
Pese al daño que le había hecho en los últimos tiempos, Brad era su marido y
quizás aún le amaba.
-No lo sé -admitió Brad compungido, pero sin acercarse a ella-.
Irme de esta casa es un paso trascendental, y me da pavor.
Me temo que he sido un cretino...
Estoy en un mar de dudas, aunque confieso que tampoco me veo capaz de
reemprender nuestra vida de antes.
Ambos eran conscientes de que nada volvería a ser igual.
Page no confiaría en él nunca más, y Brad sabía que no rompería con
Stephanie.
Aquélla era la clave de todo.
Sin embargo, abandonar a Page significaba perder a Andy.
En la última semana había pensado mucho en su hijo, y casi enloqueció.
Stephanie no parecía entenderlo.
Decía que Andy les visitaría a menudo, pero no era lo mismo, y él lo sabía
muy bien.
-Todavía no he resuelto el dilema -dijo Brad, y miró a Page con desazón-.
No sé por dónde camino.
Se sentó en la cama y se mesó el cabello, bajo la mirada de su mujer.
Estaba recelosa frente a un hombre que la había herido tanto, y que, a su
modo, continuaba martirizándola día tras día.
-Bien, habrá que esperar.
-Quizá el accidente había influido en el talante de Clarke, aunque Page
sabía que no era ésa la causa principal de su cambio-.
¿Quieres que acudamos a un psicólogo? -preguntó titubeante, pues ella misma
no estaba segura de desearlo, pero la respuesta de Brad fue rápida y
tajante: -No.
No iría si eso implicaba dejar a Stephanie.
No estaba dispuesto a perderla.
Tampoco quería dejar todavía a Page, pero no podía renunciar a su amante.
Era fundamental en su vida.
Para Brad personificaba la juventud, la esperanza y la fe en el futuro, casi
tanto como Allie.
No obstante, incluso él veía que se debatía en un caos, y que todo lo que
hacía aumentaba su incertidumbre.
-No sé qué más sugerirte, como no sea un abogado.
-Ni yo tampoco.
-Por fin, Clarke habló a su esposa con honestidad-.
¿Puedes seguir así durante algún tiempo, o te pesa demasiado? -No sabría
decirlo.
No podré aceptarlo permanentemente, y hasta es posible que me harte muy
pronto.
Desde luego, mucho tiempo no lo aguantaré.
-Ni yo -coincidió Clarke con expresión abatida.
Stephanie le estaba asediando para que abandonase a Page y se casara con
ella, así que su decisión no podía demorarse mucho.
Sin duda todo lo que había compartido con su mujer se destruía
irremisiblemente: su matrimonio, su hija mayor, la relación, la confianza
mutua...
En su mente se había creado una extraña dicotomía en la que Page encarnaba
el pasado y Stephanie el porvenir.
Mas aquella noche, al acostarse, el pasado renació.
Andy dormía y la puerta estaba cerrada.
Page leía cómodamente en el lecho, sin hacer caso de su marido, pero de
repente él empezó a besarla como no lo había hecho en meses, con un fuego y
una pasión ignorados.
Al principio ella se resistió, pero Brad estuvo tan enérgico y tan ardiente
que, antes de que se diera cuenta, le había quitado el camisón y se
restregaba contra su cuerpo.
Pese a que no deseaba en absoluto ha cer el amor, la resistencia de Page se
diluyó.
Después de todo, todavía era su esposo, y unas semanas atrás creía amarle
con locura.
Despacio, con exquisitez, Clarke la penetró, y al hacerlo murió su deseo tan
súbitamente como la erección.
Intentó disimular unos minutos y avivar de nuevo la llama, pero quedó
patente que sus indecisiones y su dolor habían afectado algo más que la
convivencia doméstica.
-Lo lamento -dijo con rabia y acritud, tumbándose boca arriba en el lecho.
Ella estaba aún sofocada, y furiosa consigo misma por haber cedido a aquel
arrebato.
Habida cuenta de todas sus divergencias, era impropio acostarse con Brad,
aunque fuera legalmente su pareja.
Además, no quería formar parte de su harén ni exponerse a que la humillara
de nuevo.
-Al cuerpo no se le puede engañar, Brad -sentenció con desánimo-.
Tal vez sea ésta la respuesta que buscas.
-Me siento como un imbécil -bramó él, paseándose por la habitación con su
esbelta anatomía más espléndida que nunca.
Pero Page debía enfrentarse a la realidad.
Por mucho que hubiese querido a Brad todo había terminado, al menos de
momento...
y seguramente para siempre.
-Convendría que aclares tus ideas antes de que embarullemos aún más la
situación -le aconsejó con sensatez.
Brad asintió.
Aquello era ridículo y no favorecía a nadie.
Lo que más le extrañaba era que, durante cerca de un año, había pasado del
lecho de Stephanie al matrimonial con cortos intervalos, quizá de horas, y
nunca había tenido problemas.
Pero ahora que Page lo sabía todo era distinto.
Casi se arrepintió de habérselo dicho, salvo porque necesitaba su libertad.
También se debía a Stephanie, y lo cierto era que así no hacía justicia a
ninguna de las dos.
No dejaba de asombrarle lo bien que se sentía con su amante, lo grata que
era su compañía.
Ahora ella quería que se instalase en su casa, y recientemente incluso le
había amenazado con romper si no se mudaba de inmediato.
No obstante, lo que Brad habría deseado era nneliminar" temporalmente a
Page, encerrarla en una despensa, hibernarla o algo similar, para pasar un
año junto a Stephanie y luego volver y encontrar su hogar idéntico.
Habría sido estupendo poder probarlo.
-Tal vez debería marcharme -dijo muy alicaído, y se sentó en la cama.
Sintió un repentino deseo de correr junto a Stephanie y demostrar que no era
impotente.
Su pequeño fiasco con Page le había horrorizado.
-No voy a apremiarte -prometió Page serenamente, con su cuerpo largo y
sinuoso desnudo sobre las sábanas, aunque él no la miró.
Se llamó estúpida a sí misma por haber permitido aquel contacto sexual, y
sintió un inesperado anhelo de Trygve-.
Pero creo que, hagas lo que hagas, no debes aplazarlo.
Ni yo ni Andy podremos tragar mucho tiempo esta píldora.
Tus apariciones y tus ausencias son bastante fastidiosas.
-Lo sé -dijo Brad.
Durante las dos últimas semanas no había habido nada normal en su vida.
A su manera, él estaba tan traumatizado como Page y como su hijo, y encima
no lograba tomar una resolución-.
Veremos qué sucede.
Ella asintió y se dirigió al cuarto de baño, donde tomó un larguísimo baño,
pensando en Trygve.
No quería que su relación fuera una componenda para paliar el rechazo de
Brad o el trauma del accidente.
Si al fin se unían sentimentalmente, sería porque tenían algo genuino que
compartir, una buena vida, tal vez unos ratos felices, o porque su destino
era estar juntos.
Todo debía ir rodado y no parecerse en nada a su experiencia con Brad.
Page sabía que a partir de ahora le costaría un gran esfuerzo confiar en
alguien, ni siquiera en Trygve.
Brad dormía cuando ella volvió a la cama.
Por la mañana, al levantarse, vio que se había ido.
Dejó una nota comunicando que tenía una partida de golf y que no cenaría en
casa.
No mencionó en qué club jugaría ni con quién, y Page supo que era un
embuste.
Estaba con Stephanie.
El episodio de la víspera le había asustado y se había lanzado en sus brazos
para ratificar su virilidad.
Tiró la nota a la papelera y suspiró.
En ese momento sonó el teléfono.
-Hola, Page, ncómo va la vida? -Era Trygve, que llamaba para preguntar por
Andy.
Sabía que teniendo el brazo roto no podría jugar a béisbol, y le propuso que
lo dejara con Bjorn cuando ella fuese a visitar a Allie, a menos, por
supuesto, que Brad estuviera en casa.
Pero intuía que no era ése el caso-.
Hoy viene la asistenta y les vigilará a los dos.
Deseo pasar unas horas con Chloe.
-A Andy le hará mucha ilusión -accedió Page, agradecida por enésima vez.
Al margen ya de lo que ocurriera entre ellos, Thorensen había sido un amigo
incomparable y ella jamás lo olvidaría-.
Voy a decírselo ahora mismo.
¿A qué hora quieres que vayamos? -Eran las diez en punto y deseaba estar en
el hospital sobre las once.
-Tráele cuando salgas, sin horario.
Avisaré a Bjorn para ponerle de buen humor.
Está muy enfurruñado porque no le llevo a ver a Chloe.
Pero es que, siempre que vamos juntos, al cabo de unos minutos no hay quien
le sujete.
Lo toca todo y vuelve locas a las enfermeras.
Page rió al visualizar la escena.
Andy se entusiasmó con la invitación y, una vez en casa de Thorensen, la
mujer que limpiaba la residencia una vez por semana prometió no perderle de
vista.
Parecía muy eficiente, y Page se lo dejó con toda tranquilidad.
Los chicos se dirigieron al cuarto de Bjorn para ver un vídeo, y Page
acompañó a Trygve al hospital.
¿Cómo te va con Brad? ¿o prefieres que me meta en mis propios
asuntos? -preguntó Thorensen, prudente, durante el trayecto.
Ahora aquel nnasunto" también le concernía, ya que había invertido en él sus
propios intereses, pero no quería atosigar a Page, que parecía
apesadumbrada.
Todavía estaba azorada y pesarosa por lo que había pasado la noche anterior.
Sin saber por qué, se señtía un poco culpable ante Trygve.
-Pésimamente.
Yo creo que ya hemos dado las últimas bocanadas, pero él tiene miedo de
admitirlo.
-¿Y tú estás lista para llegar hasta el final? -Thorensen había apostado
fuerte en la jugada, y deseaba saber qué sentía ella.
Page le miró de soslayo, sin desatender la conducción.
Quería ser franca con él.
Le gustaba demasiado para fingir.
-No voy a precipitarme ni a cometer estupideces.
No quiero...
-Buscó afanosamente las palabras, pero Trygve la había comprendido y se dio
por satisfecho.
No esperaba otra reacción-.
No quiero actuar por revanchismo ni haré nada que pueda lamentar después, o
que nos perjudique a ti y a mí.
-Tampoco yo -contestó Trygve muy templado, ladeándose en el asiento para
besarla en la mejilla-.
No te daré prisas ni forzaré una relación que se pueda volver negativa.
Tendrás todo el tiempo que precises.
Y si Brad y tú os reconciliáis, lo sentiré por mí, pero lo celebraré por
vosotros.
Tu matrimonio es lo primero...
Yo permaneceré en segundo plano y a tu disposición si me necesitas.
Page aparcó en una plaza libre frente al hospital y observó a su amigo con
los ojos llenos de gratitud.
Lo más peregrino del caso era que, a pesar de lo mucho que había querido a
Brad, ahora suspiraba por Trygve.
-¿Cómo he podido ser tan afortunada? -Yo no lo llamaría así -replicó
Thorensen con una sonrisa amarga-.
Hemos pagado un alto precio para estar juntos.
Hemos sufrido dos malos matrimonios, peor el mío, y luego el accidente,
donde nuestras hijas no han muerto por un pelo...
Bien mirado, quizá nos lo hemos ganado.
-Page asintió.
El accidente había dado un drástico vuelco a sus vidas, pero tal vez les
reservaba también algunas compensaciones.
Era pronto para decirlo-.
Te amo, Page -agregó Trygve con un susurro e, inclinándose, volvió a
besarla.
La rodeó con sus brazos y la retuvo contra su cuerpo.
Pasaron mucho tiempo así, abrazados y en silencio, sensibles a la caricia
del tibio sol de mayo.
Hacía quince días del accidente.
Costaba creerlo.
Entraron por fin para ver cada uno a su hija.
En la UCI, Page departió unos momentos con las enfermeras.
Trygve fue a llevarle el almuerzo unas horas después.
La acompañó, gentil como siempre, a la sala de espera, y le dio un bocadillo
de pechuga de pavo y una taza de café.
Le explicó el contenido de su último artículo, que había terminado la
víspera, y Page lo halló muy interesante.
Pero lo que más la llenaba era ver cómo la cuidaba, pensando en todo, en
ella, en Andy y en su propia familia.
Trygve era su mayor alimento espiritual, y lo necesitaba fervientemente.
-¿Cómo has encontrado a Allie? Page se encogió de hombros, desencantada.
Había trabajado más de una hora con la fisioterapeuta.
Le habían dado un masaje en las extremidades y habían hecho todo lo que
estaba en su mano.
Pero era evidente que Allyson perdía peso y no progresaba.
-Sólo han transcurrido dos semanas y me parecen siglos.
Supongo que, a estas alturas, esperaba que se hubiese obrado ya el milagro.
-Hacía diez días desde la segunda operación.
Allyson se había estabilizado y la presión craneal había disminuido, pero
continuaba sumida en un coma profundo.
-Te advirtieron que podía durar bastante tiempo, meses incluso.
No te rindas -la animó Trygve cariñosamente.
Para él era mucho más fácil, con Chloe malherida pero fuera de peligro.
Aunque tuviera que someterse a futuras intervenciones y que aprender a
caminar de nuevo, el auténtico riesgo había pasado.
Su hija debería superar las fatigosas sesiones de rehabilitación y afrontar
que sus sueños de ser bailarina se habían frustrado sin remedio.
No era ninguna bagatela, pero tenía mejores perspectivas que Allyson, la
cual podía morir en cualquier momento.
Sería realmente atroz que sobreviviera semanas, incluso meses, para expirar
sin haber salido del coma.
-No me rendiré -protestó Page, mordiendo el bocadillo de pavo.
Trygve sabía que si la hubiera dejado sola no habría comido nada, y por eso
se había quedado con ella.
Además, le apetecía pasar un rato en su compañía, ahora que Chloe estaba
cada día más animada-.
¡Me siento tan indefensa! -gimió Page.
-Y lo estás.
Pero haces todo lo que puedes, y también los médicos.
Date tiempo.
Su estado podría prolongarse así durante semanas, sin ningún signo de
recuperación, y de pronto despertar relativamente bien.
-Dicen que si no hay síntomas de mejoría en un mes y medio, podría quedar en
coma para el resto de su vida.
-Sí, pero también podría recobrarse más adelante.
Existen precedentes entre chicos de su edad.
¿No me contaste tú misma el caso de alguien que despertó a los tres meses?
Trygve intentaba infundirle esperanzas, pero los ojos de Page se anegaron en
lágrimas y meneó la cabeza.
Eran tantas sus cuitas, había tanto que soportar y que sobrellevar, que en
algunos momentos se sentía desfallecer.
-Trygve, ccómo voy a superar todo esto? Hundió la cabeza en el pecho de él y
desahogó su llanto.
Era muy tentador refugiarse en Brad, o despotricar contra Brad, o
preocuparse por el brazo de Andy, pero la peor adversidad de todas, aquella
a la que nadie podía enfrentarse, era la eventual muerte de Allyson.
-Hasta ahora has sido muy valiente -dijo Trygve, y le dio un tierno abrazo-.
Estás luchando con todas tus armas.
El resto hay que dejarlo en manos de Dios.
Page se apartó para mirarle, mientras él le daba una servilleta de papel
para que se enjugase las lágrimas.
-¡Ojalá se dé prisa en curarla! -La curará, pero concédele un poco más de
tiempo -dijo Thorensen sonriendo.
-Ya ha tenido dos semanas, y mi vida se deteriora irremisiblemente.
-Sólo has de mantenerte en la misma línea.
Te has portado fabulosamente.
Page sabía que nunca habría salido adelante sin Trygve.
Brad estaba sabe Dios dónde, haciendo cualquier memez.
Había ido a ver a Allie varias veces, pero no soportó la angustia de la UCI
más que unos instantes.
Brad todavía no había hecho frente a la realidad, a la monotonía, la
ausencia de mejoría en Allyson, las máquinas, los monitores, la posibilidad
inminente de perderla.
Había dejado que Page se las compusiera sola.
Su conducta había sido infinitamente mejor cuando tuvieron a Andy, pero
entonces ambos eran más jóvenes y la incubadora del bebé encerraba mil
promesas, mientras que en la UCI se respiraba la muerte.
Page y Trygve tocaron temas diversos.
Él le echó en cara, medio en broma, que estaba fuera de quicio por la
próxima llegada de su madre, y ella no lo negó.
-¿Por qué la detestas tanto? -preguntó.
Tras darle muchas vueltas, había concluido que Page no era una persona
mezquina.
-Por problemas del pasado.
Tuve una infancia abominable.
-Eso nos ocurre a casi todos.
Mi padre, un buen noruego a carta cabal, opinaba que unos palos de vez en
cuando podían ser muy instructivos.
Todavía tengo una cicatriz en el trasero de una tunda especialmente
vigorosa.
-¡Qué horror! -se escandalizó Page.
-En aquella época era lo normal.
Si mi padre tuviera niños en casa, creo que aún seguiría pegándoles.
No entiende cómo yo he sido tan liberal con mis hijos.
Lo cierto es que, por lo que he podido comprobar, mi madre y él son más
felices desde que regresaron a Noruega.
-¿Irías tú a vivir allí? -preguntó Page, intrigada, y tratando también de
olvidar su preocupación por Allie.
Trygve tenía razón.
Lo único que podía hacer era esperar, rezar y conservar la fe...
-No, no podría adaptarme -contestó él-, y menos todavía después de haber
vivido en Norteamérica.
En los países escandinavos los inviernos son rigurosísimos, con una noche
casi perpetua.
Tienen algo, cómo expresarlo...
algo de primitivo.
Me temo que no sobreviviría en ningún lugar fuera de California.
-A mí me pasa lo mismo.
La mera idea de volver a Nueva York le producía escalofríos.
Aunque le habría gustado tener la oportunidad de proseguir allí su carrera
artística, también podría haberlo intentado en el Oeste.
La verdad era que nunca se lo había propuesto.
Brad le había inculcado que desarrollase su actividad no como profesión.
Nunca la había valorado.
Ahora Page había prometido pintar un nuevo fresco en la escuela, pero, con
sus constantes desplazamientos al hospital, no disponía de tiempo.
-Deberías reformar este sitio -dijo Trygve, dando un vistazo a su alrededor.
La sala de espera era tétrica, y el pasillo más aún-.
Resulta muy deprimente.
Uno de tus murales brindaría a la gente un poco de distracción mientras
velan a sus enfermos.
¡Con sólo mirarlos se le levanta a uno el ánimo! -añadió con tono
admirativo.
-Gracias.
Yo disfruto pintando.
Page examinó la habitación y barruntó lo que podía hacerse, aunque confiaba
en no pasar en el hospital el tiempo suficiente para decorar sus paredes.
¿Conoceré a tu madre durante su estancia? -preguntó Thorensen con desenfado,
y Page puso los ojos en blanco, lo que suscitó su risa-.
¡Vamos, no puede ser tan terrible! -En realidad es peor, aunque si le
conviene tiene una gracia sutil para ocultarlo.
Rechaza por instinto todo lo desagradable.
Ni lo afronta ni lo discute.
Veremos cómo salva el reto que va a encontrarse aquí.
-Por lo menos, debe de tener un carácter jovial.
¿Y tu hermana? -Es muy singular -respondió Page, y no pudo por menos que
reírse-.
Son tal para cual.
Al trasladarme a California pasé algunos años desvinculada de mi familia,
pero cuando murió mi padre sentí lástima de mi madre y la invité a venir una
temporada.
Fue un error.
Brad y ella se llevaron como el perro y el gato, aunque desde luego se
atacaban muy sutilmente, con una agresividad subterránea.
Yo me ponía enferma de verles.
Naturalmente, mi madre no perdía ocasión de criticarme por lo mal que
educaba a Allie.
-Ahora ya no puede quejarse de eso -dijo Trygve.
-No, pero censurará al cirujano.
A estas horas David, mi cuñado, ya habrá averiguado que no es más que un
curandero, y que le han puesto una denuncia judicial por incompetente.
Y el hospital será un antro inmundo, por no hablar de lo que verdaderamente
importa, como las chapuzas que hace el peluquero de I.
Magnim.
-No pueden ser tan frívolas.
-Te aseguro que no exagero.
Detrás de la chanza, Trygve presentía que había algo más.
Page era demasiado madura y ponderada en sus opiniones como para odiarlas
tanto sin albergar razones de peso.
Pero era obvio que no deseaba confiárselas, y no la sondeó más.
Tenía derecho a sus propios secretos.
Finalmente volvió junto a Chloe, y Page con Allyson, antes de subir asimismo
a la habitación de Chloe, hacia las cinco de la tarde, para charlar un rato.
La chica Thorensen padecía aún agudos dolores, y sus múltiples escayolas,
clavos y demás tenían un aspecto infausto, pero los resistía bien, y daba
gracias al cielo de seguir con vida.
Estaba muy preocupada por Allie, pues Trygve le había dicho sin ambages que
todavía podía morir.
Jamie también se hallaba presente.
¿Cómo está? -preguntó Chloe en cuanto Page asomó la cabeza.
-Igual.
¿Y tú qué haces? ¿Desquicias a las enfermeras, coqueteas con los residentes
y pides pizza a media noche? -Page hizo una mueca socarrona y Chloe rió.
-¡Eres incorregible! -se unió Trygve a la broma, y Chloe soltó otra
carcajada.
Era la viva representación de la adolescencia, y verla alegraba el corazón.
-Así me gusta.
¡Qué no habría dado Page por que Allyson hiciera otro tanto! Pero su drama
no era nada comparado con el de los Chapman.
Ni siquiera podía figurarse qué sentían dos semanas después del
fallecimiento de Phillip, y se condolía cada vez que pensaba en ellos.
Por precaria que fuera la condición de Allyson, todavía quedaba esperanza.
Los Chapman no tenían nada.
Jamie dijo que les había visto unos días antes, y que la señora Chapman
estaba hundida.
El padre, al parecer, había demandado al periódico donde se acusaba
encubiertamente a Phillip.
Contó también que a él un periodista le había preguntado qué le parecía ser
el único que había salido ileso.
Pero, en general, el interés de la prensa se había apagado.
Dejaron a Chloe sobre las seis, en cuanto llegó la pizza que había encargado
Trygve.
Jamie se quedó con ella, y Thorensen condujo la camioneta de Page hasta su
propia casa.
¿Cenamos juntos? -preguntó.
-Me encantaría, pero debo ir a casa por si se presenta Brad.
Aunque probablemente no lo haga, si apareciera a Andy le apenaría mucho no
haberle visto.
Trygve no insistió y, desoyendo las protestas de los dos chicos, madre e
hijo volvieron al hogar.
Brad no dio señales de vida hasta la mañana siguiente.
A pesar de todas las promesas que se había hecho a sí misma, Page explotó.
¿Qué eran todas aquellas monsergas de la otra noche, cuando dijiste que
querías vivir aquí y que no estabas seguro de tus intenciones? ¿A quién
pretendías engañar con tus patrañas ? Tenía el rostro como la grana.
Se había hartado de vivir en la cuerda floja mientras él se divertía con
otra mujer.
-Lo siento, debería haberte llamado.
No recuerdo qué ocurrió.
-Sí que se acordaba, por supuesto, sólo que no podía decírselo a Page.
Había hecho una escapada con Stephanie, y no hubo manera de telefonear desde
el hotel donde pernoctaron.
Stephanie no le dejó solo ni un minuto y, encima, el domingo por la mañana
se enfadó porque él quiso adelantar el regreso.
Sin embargo, el enfado de Stephanie fue muy inferior al de Page cuando Brad
entró en su casa, a las doce del mediodía, sin haberla advertido.
Andy y ella se disponían a salir para el aeropuerto-.
Ya te he dicho que lo siento -repitió Brad, desvalido y apabullado.
Se debatía entre dos mundos, entre dos mujeres, y con ninguna prosperaba.
¿Por qué no te decides a preguntarme si Allie continúa viva? -le espetó Page
con crueldad.
Aquello no era propio de ella, pero estaba harta.
-¡Dios mío! ¿Es que...
que ha...? Los ojos de Clarke se inundaron de lágrimas.
Page le observaba gélidamente.
-No, no ha muerto.
Pero podría haber sucedido, y ya me dirás dónde iba a localizarte.
Una vez más, no me has llamado.
-¡Eres una mujer malvada! Brad entró en el dormitorio y cerró con un sonoro
portazo.
Andy se echó a llorar.
Sus peleas eran cada vez más violentas.
-Perdónanos, amor mío.
Page abrazó a su hijo para consolarle.
Clarke no volvió a salir de la alcoba.
Y ella no fue en su búsqueda.
Se marcharon al aeropuerto.
Andy permaneció callado durante todo el trayecto.
Page, también en silencio, pensó en la buena pinta que tenía Brad al llegar
a casa.
Estaba rejuvenecido, fresco, pletórico...
hasta que la vio a ella.
Pero era Andy quien le inquietaba.
El niño miraba por la ventanilla del coche con expresión abatida.
La madre y la hermana de Page fueron de las primeras pasajeras en
desembarcar.
Su madre iba tan acicalada como siempre, con el cabello cano primorosamente
peinado y un vestido de color azul marino que realzaba su figura juncal.
Alexis estaba muy llamativa con su traje Chanel rosa pálido, su cabellera
rubia de elegante corte y unas facciones exquisitas que, en su
artificialidad, eran dignas de figurar en la portada de Vogue.
Llevaba un bolso de cocodrilo negro, modelo Hermes, y una bolsa de viaje a
juego, que dejó en el suelo para besar el aire -que no la mejilla de Pagey
saludar, esquiva, a Andy.
-Estás guapísima, querida -le dijo su madre jovialmente, y miró por encima
del hombro-.
¿Dónde has dejado a Brad? -En casa.
No ha tenido tiempo de venir, pero me ha rogado que le disculpe.
Page ni siquiera sabía si Brad seguiría allí cuando volvieran.
En los últimos días era imposible predecir sus apariciones, y no iba a serle
nada fácil disimularlo durante la visita de su madre.
Pero no le apetecía hablar con ella de sus desventuras matrimoniales y,
además, Maribelle tampoco querría enterarse.
Aguardaron que saliera el equipaje por la cinta transportadora y,
afortunadamente, todas las piezas llegaron intactas.
El mozo se tambaleó bajo la montaña de bultos que le cargaron.
Alexis viajaba con una colección completa de maletas Gucci.
cCómo está Allyson? -preguntó con reticencia una vez en el coche.
Page comenzó a darles el parte de la enferma, pero su madre la cortó antes
de que pudiera pronunciar la palabra "coma", y comentó el tiempo maravilloso
que hacía en Nueva York y lo precioso que estaba el piso de Alexis tras las
últimas reformas.
-Estupendo -masculló Page.
Nada había cambiado.
Era la misma pareja de la que se había despedido tiempo atrás.
El único enigma estribaba en por qué Page esperaba encontrar algo distinto.
Durante toda su vida se había empeñado en cambiar a su madre, convertirla en
una mujer hogareña y afectuosa, capaz de escuchar los asuntos ajenos y de
solidarizarse.
Y se había empecinado en que Alexis fuese una chica normal y de corazón
sensible.
Pero eran inmutables.
A su madre sólo le interesaban las trivialidades, y Alexis apenas abría la
boca en su constante afán de parecer perfecta, de resultar guapa.
Page se preguntaba de qué hablaban con David, si es que se dirigían la
palabra.
él era mucho mayor que su hermana y vivía metido en los quirófanos, la mayor
parte de las veces, ciertamente, ocupado en recomponer a su esposa, lo que
al parecer era su gran vocación.
¿Qué tiempo ha hecho por aquí? -inquirió su madre mientras cruzaban el
puente donde había ocurrido el accidente de Allyson.
Page no podía pasar por él sin tener náuseas o vahídos.
-¿El tiempo? -dijo con la mente en blanco.
¿Cómo saberlo? Su vida discurría entre la UCI y las trifulcas con Brad.
¿Qué le importaba a ella la meteorología?-.
Creo que ha sido bueno.
No me he fijado.
-Andy, ccómo va tu brazo? ¡Mira que eres tonto! -regañó Maribelle a su
nieto, que le estaba enseñando a Alexis las firmas de su escayola.
Bjorn incluso le había dibujado un perrito, y Andy solía decir, con una
sonrisa traviesa, que era idéntico al hámster de Richie Green.
Pero apreciaba a Bjorn y se sentía orgulloso de su buena camaradería.
Le gustaba poder contar a sus compañeros de clase que tenía un amigo de
dieciocho años.
Evidentemente, nadie le creía.
A Page le extrañó que Brad estuviese en casa.
Además, se mostró muy cordial con las recién llegadas.
Sacó del vehículo su voluminoso equipaje y llevó el de Maribelle hasta la
habitación de huéspedes, donde su suegra dormiría en la espaciosa cama
doble.
Alexis normalmente, se habría instalado con ella, pero esta vez había pedido
que le dejasen utilizar la habitación de Allie.
Page no quería, ya que conservaba - aquel dormitorio como un santuario.
No había tocado nada desde la funesta noche del accidente.
Sin embargo, Brad dijo que no veía inconveniente.
Page se esforzó en vencer sus reparos.
Era ilógico que ella y Brad durmieran en la misma cama habiendo un cuarto
vacante.
Además, a Page le disgustaba que otra persona ocupase el reducto de su hija,
pero no podía negarse, y sabía que era infantil resentirse por ello.
Alexis pidió un vaso de agua.
Tenía que ser Evian fresca y sin hielo.
Su madre dijo que tomaría muy a gusto una taza de café y un bocadito
mientras deshacía las maletas.
Era una petición típica de ellas, y Page fue a la cocina y preparó lo que
querían.
Eran las cuatro y media de la tarde y estaba ansiosa de ir al hospital.
No había ido en todo el día y suponía que su madre y su hermana desearían
ver a Allie.
Se lo mencionó tan pronto se reunieron las tres en la sala y su madre la
hubo felicitado por el nuevo tresillo, las cortinas y los cuadros.
-Haces auténticas monerías, cariño.
Al igual que Brad, consideraba el trabajo de Page como un pasatiempo
insustancial.
La breve incursión de Page en el teatro la había horrorizado, y fue un
alivio para ella que no intentara reincidir en California.
-Podríamos ir al hospital -dijo Page, consultando nerviosa su reloj-.
Imagino que querréis ver a Allie cuanto antes.
Pero ambas mujeres intercambiaron una significativa mirada y Page comprendió
que, una vez más, se había equivocado.
El hospital no constaba en su agenda del día.
-Hemos tenido una jornada durísima -arguyó Maribelle Addison, arrellanada en
el sofá-.
Alexis ha quedado agotada, pobrecilla.
Está convaleciente de un resfriado terrible -explicó, y Alexis asintió con
un gesto-.
¿No crees que sería preferible posponerlo hasta mañana? -preguntó, y enarcó
las cejas al percibir la vacilación de Page.
-Ejem...
Sí, claro, como queráis...
Era sólo una idea...
¡Qué incauta había sido al pensar que desearían visitar a su hija!
Probablemente tenían un pánico acerval de verla.
"¿Para qué demonios han venido entonces?", recapacitó Page, y dedujo que era
una diversión como otra, y que de ese modo podían autocomplacerse en la
creencia de que realizaban una buena obra con ella, lo cual no podía ser
menos cierto.
-Está decidido, iremos mañana.
¡No crees que es mejor así, Brad? -preguntó Maribelle a su yerno, que
acababa de entrar en la estancia caminando como un autómata.
Stephanie le había llamado sin más, en pleno día, y le había dado un
ultimátum.
Insistía en que cenaran juntos aquella noche para discutir la jugada.
-Sí..
sí, Maribelle, tienes toda la razón.
Debéis de estar cansadas, y la visión de Allie es muy turbadora.
A Page le dolió oírle hablar así.
Fue a recoger su bolso y anunció que regresaría a las seis para hacer la
cena.
¿Cuidarás de Andy hasta que yo venga? -preguntó a Brad.
-Sí.
Pero cuando vuelvas tendré que salir.
¿De acuerdo? -¿Me dejas alternativa? -preguntó ella.
-Debo recoger unos documentos en la ciudad.
Page asintió, y se despidió de su madre.
Alexis se había tumbado a descansar en la cama de Allyson.
Camino del hospital, se enfadó consigo misma por haber consentido la visita
de su madre y su hermana, aunque terminó riéndose.
Aquello era un descalabro.
Allie estaba en coma, Brad tenía un idilio, Andy se había fracturado el
brazo, y como colofón su madre y su hermana le amargaban la existencia.
Era la definición clásica de una pesadilla.
Cuando entraba en el hospital se encontró con Trygve.
Thorensen había pasado por la U C I y, al no encontrarla, supuso que ya se
había marchado.
¿Qué tal ha ido con tu madre? Los ojos de Thorensen expresaban cuán contento
estaba de verla.
Page rió de pronto divertida por lo absurdo de su situación.
-Tal como era de esperar que me da risa.
Si las oyeras no podrías creerlo.
-¿Dónde están ahora? A Trygve le sorprendía que no estuviesen allí.
-Mi madre se ha quedado elogiando el tresillo nuevo.
Y mi hermana descansa.
A decir verdad, su anorexia crónica parece haber empeorado.
Ha llegado envuelta en Chanel y con un equipaje de mano de puro cocodrilo.
-¡Muy impresionante! Venir al hospital habría representado un esfuerzo
excesivo para ellas, ¿no es así? -Sí, estaban demasiado exhaustas.
Alexis aún no se ha restablecido de su último catarro.
Y Brad les ha dado la razón, les ha confirmado que sería una visita muy
nnturbadora".
¡ Vaya ! -Veo que empiezas a captarlo.
Mañana será el gran día...
a menos que Alexis tenga que hacerse la manicura.
-¿Y qué sucedió contigo? ¿Cómo escapaste de ese ambiente? ¿Por qué no te
pasas el día en la peluquería, en vez de pintar murales y transportar niños
arriba y abajo? -Porque soy la idiota de la familia.
No entendí su lema.
-Quizá tu padre te compensó -aventuró Trygve.
Eso lo explicaría todo.
Pero Page negó con la cabeza y desvió la vista.
-No, en absoluto.
-Alzó de nuevo los ojos hacia Thorensen y añadió-: Supongo que soy una
especie de aberración.
La mejor noticia que podrían darme es que fui adoptada, como acostumbraba a
decirme mi hermana, pero por desgracia mentía.
¡Ahora me facilitaría las cosas! -Nick también se lo decía a Chloe -comentó
Trygve, que no había dejado de reír mientras Page le describía a sus
parientes-.
Los niños disfrutan torturándose con esas tonterías.
-En mi caso habría sido una liberación -aseveró ella.
Miró su reloj y comprobó que se le hacía tarde si quería volver a casa a
tiempo de preparar la cena-.
Me voy volando, o no podré estar con Allie.
-En la UCI he visto a la fisioterapeuta.
Todo funcionaba con normalidad.
-Te agradezco que hayas ido.
-Page titubeó pero, cuando él se le aproximó, no intentó apartarse.
Tras rozarse los labios se miraron-.
Me alegro de que hayamos coincidido -susurró, adentrándose en el edificio.
-Yo también -le dijo Trygve, y agitó la mano a modo de despedida.
En cuidados intensivos se mantenía el statu quo.
Page estuvo sentada junto a Allyson durante una hora, y le comunicó que la
abuela y tía Alexis pensaban visitarla.
Le contó también las últimas peripecias de Andy, y le recordó una y otra vez
cuánto la querían.
Le dijo, en síntesis, todo lo que pasó por sus mientes, excepto que su
matrimonio se había roto y que Brad tenía una amante.
Antes de partir la besó amorosamente en la frente y se retiró unos pasos
para examinar el vendaje con detenimiento.
Brad estaba en lo cierto: Page ya no lo advertía, pero la imagen de Allyson
era desoladora.
Se sintió flaquear en el trayecto de vuelta, y extenuada en cuanto cruzó el
umbral.
A lo lejos se oía la voz de su madre, y Alexis, que hablaba por teléfono con
David en Nueva York, se quejaba del mal servicio del avión.
Nadie pronunció el nombre de Allyson.
Sólo Andy preguntó cómo estaba su hermana mientras Page se organizaba en la
cocina.
¿Estás segura de que se curará? -la interrogó con expectación, acuciándola
en el día menos indicado.
Page hizo una pausa, miró al pequeño y lo atrajo para poder abrazarle.
-No, no lo estoy.
Espero que se reponga, pero todavía no se sabe con certeza.
Podría...
-La palabra se le atragantaba y tuvo que reunir todo su valor-.
Podría morir, y podría superar el coma.
Y, si recupera el conocimiento, podría volver a ser la de antes o quedar
como Bjorn.
No hay forma de predecirlo.
¿Como Bjorn? Andy se sintió perplejo, no había comprendido del todo qué
tenía su amigo.
-Más o menos.
-También podría quedar parapléjica, o ciega, o ni siquiera como Bjorn, sino
con un retraso más acentuado.
¿De qué habla esta parejita? -preguntó Maribelle, haciendo una de sus
entradas triunfales y entrometiéndose en su intimidad.
-De Allyson.
-Hace un rato le decía a Andrew que se pondrá bien.
La madre les sonrió.
Page sintió ganas de matarla.
No era justo embaucar así al niño.
No lo permitiría.
-Es lo que todos deseamos, mamá -replicó-, pero aún no lo sabemos con
certeza.
Todo depende de cuándo salga del coma, si es que sale.
-Es como estar dormido, sólo que no te despiertas y continúas en otro
mundo -explicó el niño a su abuela.
En ese momento Brad entró en la cocina.
Llevaba un traje formal, y Page hubo de morderse la lengua para no hacer
ningún comentario.
-Volveré más tarde -dijo Clarke en voz baja al notar su mirada inquisidora.
-¿Ah, sí? Por si acaso, no aguantaré la respiración mientras espero.
-Gracias -repuso él y con la mano alborotó el cabello de Andy-.
Buenas noches, Maribelle -agregó sin volverse hacia ella.
-Buenas noches, querido -respondió la madre.
Tan pronto desapareció su yerno, le dijo a Page : Es un hombre muy apuesto,
hija, ¡qué suerte has tenido! A Page le habría gustado contestarle que en
otro tiempo también lo había creído, pero ahora ya no.
No obstante, calló y se concentró en la cena.
Como era de prever, la cena fue lastimosa.
Alexis se dedicó a cazar por el plato un pedazo diminuto de carne y una hoja
de lechuga, sin probar apenas bocado.
Habló aún menos que comió, y su madre dominó la mayor parte de la
conversación, parloteando sobre sus amistades, su piso de Nueva York y el
jardín de ensueño que tenía Alexis en East Hampton.
Había contratado a tres jardineros japoneses, de modo que Alexis no hacía
nada personalmente, y desde luego mostró mucho menos entusiasmo que su
madre.
En realidad, no la motivaba nada ni nadie a excepción de Chanel.
Al término de la velada ninguna de las dos había mencionado a Allyson.
Se acostaron a la par que Andy, con el pretexto de que aún no se habían
adaptado al horario de California.
A Page la irritó oír ruido en la habitación de Allie.
Cerró la puerta de su dormitorio para aislarse.
Le parecía un sacrilegio, una intromisión imperdonable.
Pasó largo tiempo tendida sobre el lecho, pensando en ellas, en lo
desdichada que había sido su infancia.
Ellas habían convertido su vida en un bullente infierno hasta el día en que
se fue.
Siempre que las veía, su memoria revivía aquel triste período.
Las lágrimas resbalaron lentamente por su rostro mientras lo rememoraba, y
se instó a sí misma a volver al presente.
Brad regresó pasada la medianoche.
Page estaba despierta, pero tenía la luz apagada y se había arropado en la
cama.
Se volvió en la oscuridad y le halló cansado y alicaído, lo que la
sorprendió.
¿Lo has pasado bien? -inquirió.
Sabía con quién había salido.
Era mucho lo que Page tenía que absorber, y libraba un arduo combate.
Y, a juzgar por su expresión, él también lo libraba.
La observó largamente antes de responder.
Vivía dividido entre dos mujeres, y ambas le causaban dolor.
-No demasiado.
No es la estampa idílica y maravillosa que te imaginas.
-No, no lo es...
para ninguno de nosotros.
-Sé cuánto has de sufrir -musitó Brad.
Por unos segundos su tono fue el del hombre que Page conocía, aunque no se
acercó a ella-.
Quizá habría sido mejor mantener el engaño un poco más...
o quizá no, y ya era tiempo de que lo supieras.
No podíamos seguir así eternamente.
-Lo malo era que Page sí podía.
En todos aquellos meses no había intuido su aventura-.
Sólo intento hacer lo más correcto para todos.
Sin embargo, no logro dilucidar qué es.
Page asintió.
No podía decirle nada útil.
Vivían suspendidos en el vacío.
-Quizá deberías centrarte en Allyson y olvidar temporalmente todo lo demás.
No es el momento idóneo para tomar decisiones.
-Lo sé.
Pero Stephanie se sentía insegura y se obstinaba en ponerle a prueba.
Aunque injusta, era su manera de abordar el conflicto, y Brad no quería
perderla.
Stephanie no conocía a Allyson ni a Page, para ella sólo eran dos nombres.
Lo único que le importaba era su amante, y no consentiría que le diese más
largas.
Durante casi un año había sido plenamente feliz compartiendo su lecho
siempre que podían, gozando juntos de algún esporádico viaje de negocios, o
escapándose en un fin de semana robado.
Pero tenía veintiséis años y había decidido que ya era hora de casarse y
formar una familia.
Y el hombre que había escogido era Brad Clarke.
Page yació largo rato en silencio, y Brad fue por fin a la cama, aunque no
la tocó.
Su masculinidad volvía a estar en auge, al menos con Stephanie, pero sabía
que un nuevo chasco les marcaría tanto a él como a Page.
No tenía ninguna gana de arriesgarse.
Page no pudo conciliar el sueño hasta las tres de la madrugada, y a la
mañana siguiente, cuando se levantó a las siete en punto para prepararle el
desayuno a Andy, se sentía exhausta.
El niño había metido a Lizzie en su cama.
Brad dijo que tenía una reunión de trabajo a primera hora, y ella no lo
cuestionó.
Al menos había pasado la noche en casa y ahora no tendría que inventar
explicaciones para su madre.
De todos modos, quizá ni siquiera habría notado la ausencia de su yerno.
Acompañó a Andy a la escuela y luego volvió a casa para recoger a las
neoyorquinas.
Ordenó algunos papeles, y se ocupó de las facturas, pero a las once aún no
estaban listas.
Alexis tenía que hacer su gimnasia cotidiana y llevaba rulos eléctricos en
el cabello.
Aunque ya se había bañado y maquillado, cuando Page se lo preguntó estimó
que tardaría como mínimo una hora más en terminar su arreglo.
-Mamá -dijo Page, impacientándose-, quiero estar con Allie.
-Por supuesto, hijita.
Pero antes tendremos que comer.
Podrías cocinar algo en casa.
Page temió que, entre las dos, irían atrapándola en aquella red hasta que
fuera demasiado tarde.
Habían viajado a Ross para ver a Allyson, no para frecuentar los
restaurantes locales o volverla loca a ella.
Pero estaba ocurriendo exactamente lo que Page había previsto.
Bien, no se sometería.
-Si tenéis apetito, podemos almorzar en la cafetería.
-Pero, cariño, sería criminal para el estómago de Alexis.
Ya sabes lo indigesta que es la comida de las clínicas.
-Eso no lo puedo remediar.
-Page consultó su reloj con desespero.
Eran las doce menos cinco.
Habían desperdiciado la mitad del día, y Andy salía de clase a las tres y
media-.
¿Preferís tomar un taxi después de comer o queréis ir con Brad esta noche,
en caso de que vaya? -Ni una cosa ni la otra.
Iremos contigo.
Las dos mujeres conferenciaron largo y tendido en el cuarto de Allyson, y
salieron finalmente a las doce y media.
Alexis quedaba muy distinguida con su conjunto Chanel de seda blanca.
Completaban el atuendo unos zapatos y bolso negros de diseño exclusivo, y un
vistoso sombrero de paja totalmente inadecuado pero muy coqueto.
Su madre llevaba un vestido de seda roja.
Parecía que tenían una cita en Le Cirque, el famoso local de Nueva York, y
no en la U C I del hospital de Marín.
-Estáis las dos elegantísimas -dijo Page mientras subían al coche.
Ella vestía los mismos vaqueros y mocasines que habían constituido su
uniforme durante quince días.
Se había quitado los pantalones el tiempo justo de lavarlos, y los
acompañaba siempre con sus suéteres más viejos y raídos.
Eran cómodos y calientes para los ventilados pasillos del hospital y,
además, en las presentes circunstancias su apariencia la traía sin cuidado.
Ver a su madre y su hermana tan atildadas le divertía, pero no la asombraba.
Por el camino, su madre ensalzó el cálido clima y le preguntó dónde pasarían
las vacaciones aquel año.
Quería que Brad y ella fueran al Este.
Sería estupendo si alquilaban un chalet en Long Island.
Aparcaron en el estacionamiento del hospital y Page encabezó la marcha,
lamentando una vez más tenerlas allí.
Su simple presencia le parecía una intrusión.
Allyson era nieta y sobrina de aquellas mujeres, pero Page se sentía
posesiva, como si en esas circunstancias Allie le perteneciera a ella, a
Brad y a nadie más.
Aunque quizá exageraba en su sentir, su madre y su hermana no merecían a
Allyson.
Las enfermeras de la UCI las saludaron, y Page llevó a sus familiares hasta
la cama de Allie.
Su madre palideció y graznó una débil exclamación.
Page le ofreció una silla, pero Maribelle rehusó y por un instante se
compadeció de ella y rodeó su hombro con el brazo.
Alexis ni siquiera se atrevió a aproximarse.
Se había paralizado a mitad de trayecto y observaba desde prudente
distancia.
No pronunciaron palabra en los diez minutos que permanecieron en la unidad,
hasta que su madre lanzó a Alexis una mirada inquieta.
Estaba mortalmente pálida bajo el maquillaje.
-Tu hermana no debería estar aquí -susurró a Page.
"Ni Allie tampoco", quiso replicar ella, pero se limitó a asentir con la
cabeza.
¿Por qué centraban toda su atención en ellas mismas, sin dejar ni siquiera
migajas para el prójimo? ¿Por qué eran tan incapaces de sentir ni expresar
nada genuino? Por un efímero instante, su madre había vislumbrado su dolor,
había visto a Allyson tal y como estaba realmente, mas enseguida dio marcha
atrás y buscó refugio en Alexis.
Así había sido toda la vida.
Nunca puso el menor empeño en comprender el sufrimiento de Page, tan sólo le
interesó amparar a su otra hija, salvarla.
Y Alexis siempre había sido un caso perdido.
No había nada bajo su piel.
No era más que una muñeca Barbie vestida con ropa cara e impecablemente
maquillada.
Salieron las tres al pasillo y Maribelle ciñó la cintura de su hija mayor.
No abrazó a Page, sino a Alexis.
-Algunas veces me olvido por completo de su aspecto -dijo Page a modo de
disculpa-.
La veo tan a menudo...
No es que me haya acostumbrado, pero sé de antemano lo que me espera.
El otro día vino un profesor y casi se desmaya.
Siento mucho no haberos prevenido.
Aunque la habían decepcionado una vez más, sus palabras eran sinceras.
-Tiene muy buena cara -repuso su madre, todavía desencajada-.
Se diría que va a despertar de un momento a otro.
La verdad era que Allie parecía un cadáver y la máquina del oxígeno hacía el
cuadro aún más horripilante, razón por la que Page no había dejado que Andy
la visitara a pesar de su insistencia.
-Tiene una cara fatal -replicó-, asusta verla.
No hay nada de malo en reconocerlo.
-No quería seguir aquel juego, pero su madre le dio unas palmaditas en el
brazo y persistió en su postura.
-Pronto estará en plena forma, te lo digo yo.
Y bien -añadió, sonriendo a sus dos hijas como para conjurar lo que acababan
de ver-, ¿dónde vamos a comer? -Yo me quedo aquí.
-Page las observó con indignación.
No estaba en el hospital de paso, y no se dejaría arrastrar durante una
semana entera a tomar tés con pastas y jugar al bridge.
Si habían venido a ver a Allyson, tendrían que bailar al son de esa música-.
Os llamaré un taxi.
Podéis almorzar donde os plazca.
Pero yo no pienso moverme de aquí.
-Te sentaría bien distraerte un poco.
Brad no se pasa todo el día aquí encerrado, ¿verdad? -Él no, pero yo sí.
-La boca de Page se torció en una sombría mueca, aunque nadie lo advirtió.
¿Por qué no almorzamos en algún sitio céntrico? -intentó tentarla Maribelle,
pero Page no cedió.
No las acompañaría.
-Os conseguiré un taxi -dijo.
-¿A qué hora volverás a casa? -Tengo que recoger a Andy y llevarle al
entrenamiento de béisbol.
Solemos regresar a eso de las cinco.
-Bien, hasta entonces.
Page les explicó dónde encontrar la llave de la casa por si llegaban antes
que ellos, pero sabía que era muy improbable.
Después de comer irían a I.
Magnim.
Se despidió y se dirigió de nuevo a la U C I para atender a Allyson.
Trygve pasó a verla a primera hora de la tarde.
Echó un vistazo a su alrededor, sorprendido de hallarla sola.
Esperaba encontrar a su madre y su hermana.
¿Dónde están? -preguntó con desconcierto.
Ella meneó lúgubremente la cabeza.
-La Novia de Frankenstein y su madre han ido a almorzar a la ciudad, y a
realizar algunas compras.
-Pero habrán visto a Allyson, ¿no? -Thorensen no sabía a qué atenerse.
-Durante diez minutos exactos.
Mi madre se ha quedado lívida y mi hermana, que no ha traspuesto la puerta,
se ha puesto verde, así que han decidido comer en San Francisco para olvidar
el mal trago.
Page todavía echaba chispas, pese a que aquel tipo de cornportamiento era
usual en ellas.
-No seas tan severa -intentó serenarla Trygve-.
Es difícil hacer frente a estas situaciones.
-Más lo es para mí, pero aquí estoy.
Y no será porque no hayan insistido en que me apuntara a la dichosa comida.
-Quizá te habrías despejado -sugirió Trygve con tono afable.
Ella se encogió de hombros.
Era obvio que él no las conocía.
Se entretuvo con Thorensen un rato más y luego fue a buscar a Andy.
Le acompañó a clase de béisbol y volvió a casa.
Tal y como había previsto, su madre y su hermana se presentaron pasadas las
seis, cargadas con bolsas de boutique, un frasco de perfume para ella, un
suéter francés de talla pequeña para Andy y un salto de cama rosa con
entredoses y puntillas para Allyson que, en su actual postración, mal podía
lucir.
-Es todo muy bonito, mamá, gracias.
No discutió con ella la superfluidad de aquellos regalos, y a su madre no
podía importarle menos.
En I.
Nlagnim habían encontrado fabulosas ofertas de diseño especial.
-Es increíble lo que llegan a tener en ese lugar -dijo, totalmente ajena al
semblante de su hija.
¿Verdad que sí? -replicó Page con frialdad.
Era como si de sus mentes se hubiera borrado el objetivo del viaje.
Page cocinó nuevamente la cena, aunque aquella noche Brad no apareció ni
telefoneó.
Page pergeñó una excusa, pero más tarde vio que Andy estaba afligido y le
llevó a su dormitorio para hablar con él.
La presencia de su madre la tenía nerviosa e irascible.
-Papá y tú os habéis vuelto a pelear, ¿no? -inquirió el niño.
-Nada de eso -fingió Page.
Le faltaban fuerzas para exponerle sus problemas conyugales.
De momento, con Allyson era más que suficiente-.
Papá tiene trabajo, eso es todo.
-No, no lo es.
Estos días he oído cómo le chillabas.
Y él también te gritaba a ti.
-Cariño, todos los matrimonios tienen sus discusiones.
-Page besó a su hijo en la cabeza y contuvo sus lágrimas.
-Vosotros nunca os habíais levantado la voz -dijo Andy.
Y agregó-: Bjorn me ha dicho que sus padres empezaron a reñir a todas horas
y al final la madre se marchó de casa.
Se fue a vivir a Inglaterra, y ahora apenas la ve.
-Eso es distinto -afirmó Page, aunque no estaba muy segura.
En realidad no había ninguna diferencia-.
¿La echa mucho de menos? Sentía compasión por Bjorn.
El abandono debía de ser particularmente penoso para un chico como él, con
sus limitaciones de entendimiento.
-¡No! -exclamó Andy-.
Me ha contado que era antipática con él.
Su padre le trata mucho mejor.
A mí me cae de maravilla, es un tío genial.
-Page hizo un gesto de asentimiento, y el pequeño, alzando la cabeza, la
miró con ojos llorosos-.
¿Va a dejarnos papá para irse a Inglaterra? -Claro que no -negó, aliviada de
que no le hubiese preguntado sobre su relación con Trygve-.
¿Por qué habría de hacerlo? -No lo sé.
Como la madre de Bjorn se ha instalado allí...
Pero ccrees que se irá de casa? Aunque era enemiga de las ocultaciones, Page
pensó que no podía ser más explícita.
Habría sido demasiado brutal para Andy y para todos los demás.
-No, creo que no.
-Era la primera vez que le mentía, pero no tenía otra opción.
Cuando hubo acostado al niño, su madre le pidió que, si no era mucha
molestia, le preparara una taza de té a la menta, y que después le llevase
a su hermana una infusión de manzanilla y una botella de agua Evian.
-Será un placer -respondió Page con una sonrisa cínica.
Eran tan estereotipadas...
Maribelle encarnaba a la madrastra malvada y Alexis era una de sus inútiles
hijas.
Page, como siempre, se adjudicaba el papel de Cenicienta.

CAPITULO XII


El resto de la semana fue una repetición de lo mismo.
Page continuó pasando los días en el hospital mientras Andy estaba en la
escuela, y sus parientes neoyorquinas hicieron la ronda de las boutiques y
de los grandes almacenes de San Francisco.
Recorrieron Hermes, Chanel, Tiffany, Cartier, Saks, y arrasaron en I.
Magnim.
Se arreglaron el cabello en Mr.
Lee y almorzaron en Trader Vic, Postrio y el restaurante terraza de Neiman
Marcus.
Algún que otro día, iniciaron la jornada con una visita de cinco minutos a
Allie.
Tras el impacto de la primera mañana, Alexis dijo que se sentía de nuevo
acatarrada y no quería ocasionarle complicaciones a Allyson, de manera que
aguardaba en la recepción del hospital.
Pero su madre subía valientemente a la planta y, durante aquellos cinco
minutos escasos, incluso cotorreaba con Page en la cabecera de la enferma.
Hablaba de sus planes inmediatos y trataba de persuadir a su hija de que las
acompañase.
Y el fin de semana insistió en invitar a cenar a Page y Brad.
Page intentó decírselo a Brad en una de las raras conversaciones que
mantuvieron.
Era ya viernes por la tarde y empezaba a preguntarse cuándo se marcharían
Alexis y su madre, que tanto habían enrarecido la atmósfera desde su
llegada.
Brad había aprovechado su presencia para desaparecer diariamente.
No había cenado en casa ni una sola noche, y solía llegar de madrugada para
volver a irse muy de mañana, antes de que ellas se levantasen.
Hubo una noche en la que ni se presentó ni telefoneó.
-Quiere llevarnos a cenar a algún sitio -explicó Page, esforzándose en no
perder los nervios y hacerle una escena a Clarke por la noche que había
pasado fuera sin avisar-.
Para ser sincera, no sé si podré soportarlo.
-Esta vez ha venido más tratable -dijo él.
-¿En serio? ¿Y tú cuándo lo has constatado -le espetó Page-, en los cuatro
segundos que tardaste en acarrear sus maletas, o en los pocos minutos que
les has dedicado desde entonces? ¿Cómo demonios sabes el humor que gastan?
No te hemos visto el pelo desde el domingo.
-¡Por Dios, Page, no te dispares! ¿Qué esperabas que hiciese, convertirme en
la niñera de tu madre? Han venido para ver a Allie.
Las visitas a su hija era algo que Brad también espaciaba cada vez más, con
la excusa de que estaba muy ocupado.
-No es a Allie a quien quieren ver -replicó Page con sarcasmo-, sino a
Chanel, Hermes y Cartier.
En ese aspecto, su estancia ha sido muy fructífera.
-Quizá deberías haber ido con ellas -replicó él-, y ahora estarías de mejor
talante.
Dios sabe que no te sentaría mal parecerte un poco a tu hermana.
Se arrepintió en el momento mismo en que pronunció aquellas palabras, pero
ya no podía desdecirse.
Page rió con amargura.
-En el cuerpo de mi hermana no queda ni una sola fracción o parte original.
Si a todo lo que tú aspiras en la vida es a un maniquí de plástico hueco, te
la regalo -le espetó Page, pues le había herido el comentario de Brad.
Llevaba tres semanas de guardia constante en el hospital y era consciente de
su desaliño, mas no tenía tiempo, energías ni ganas de enmendarlo.
Consideraba su propio aspecto muy secundario.
Lo único que quería era que Allie saliera del coma.
Al fin, Brad convino en que irían a cenar juntos el sábado.
Fueron al centro de San Francisco, al Mason de Fairmont.
Page se había recogido el abundante cabello rubio hacia atrás, en una
coleta, vestía un traje negro liso e iba sin maquillar.
Su cara era un vivo reflejo de la infelicidad y desolación que sentía.
Alexis, por el contrario, llevaba un modelo Givenchy de seda blanca que
resaltaba su estilizada figura, con un profundo escote que exhibía
generosamente los injertos de silicona.
-Estás arrebatadora -piropeó Brad a su cuñada, quien le respondió con una
fría sonrisa.
A Alexis solamente le preocupaba su apariencia, cómo le caía la ropa y poca
cosa más.
Su propio marido lo sabía.
En ella no latía una mujer, era tan sólo una silueta y un rostro perfecto,
primorosamente decorado.
En la mesa, la madre insinuó la posibilidad de quedarse una semana más.
Page se puso histérica al oírla.
Había sido su criada durante siete días, preparándoles manzanillas, té,
litros de Evian, fomentos calientes, fomentos fríos, desayunos, comidas,
cenas, sábanas limpias y almohadas, e incluso había tenido que salir a una
hora intempestiva para comprarle una manta eléctrica a su madre.
En contrapartida, ellas no contestaban al teléfono, no se servían ni
siquiera un vaso de agua, no habían sido capaces de encender los televisores
de sus cuartos, y ninguna de las dos sabía relacionarse con Andy.
Eran tan superfluas como siempre.
En una semana habían visto a Allie un total de tres veces que,
cronometradas, no habrían sumado ni siquiera quince minutos.
Las predicciones que Page le hizo a Trygve se estaban cumpliendo al pie de
la letra.
-Quiero que volváis a casa el lunes mismo -proclamó con voz firme.
Su madre se horrorizó.
¿Cómo vamos a dejarte sola con Allyson? -dijo.
Page guardó silencio.
Brad estuvo muy gentil con las dos y en especial con Alexis, que apenas
abrió la boca.
Tan pronto como regresaron a casa y despidieron a la canguro, Clarke anunció
a su mujer que él también se iba.
-¿A las once de la noche? Page se llevó un sobresalto, pero no tenía motivo.
Brad no había pisado el hogar en varios días, según lo que parecía ser su
nuevo estilo de vida.
En el plazo de tres semanas se había desmadejado todo el entretejido de su
matrimonio.
Así pues, se contentó con mirarle y asentir.
-Lo lamento, Page -quiso justificarse Clarke-.
Vivo acorralado entre la espada y la pared.
-Sí -replicó ella, desabrochándose la cremallera del vestido-.
Así mismo está Allie.
-Lo de Allie no tiene nada que ver.
Sin embargo, ambos sabían que era el eje de todo.
El accidente les había hecho pedazos, y cada día resultaba más obvio que no
se recompondrían.
Page se recluyó en el cuarto de baño.
Cuando salió, Brad ya se había marchado.
Se acostó y permaneció despierta largo tiempo.
Ültimamente padecía de insomnio.
Tuvo el impulso de llamar a Trygve, pero no le pareció oportuno.
No quería saltar de un hombre a otro.
Por la mañana, durante el desayuno, su madre le remachó cuán afortunada era
de tener a Brad.
Page se bebió el café sin pronunciar palabra.
La otra insistió en que Brad se había revelado como un hombre de bien y un
excelente marido.
Page fue a visitar a Allyson y dejó a Andy con sus invitadas, pese a las
protestas de ambas porque no sabrían qué hacer si surgía algún contratiempo.
-¿Y si necesita ir al baño? -preguntó su madre llena de pánico.
Era inconcebible que se sintiera tan indefensa después de tener dos hijas y
haber estado casada con un médico.
-Está crecidito, mamá.
Se las arreglará solo.
Si te empeñas, incluso preparará la comida de los tres.
A Page le divertía pensar que su hijo de siete años tenía mejores aptitudes
que ellas, y efectivamente así era.
Aquella tarde tuvo ocasión de hablar con Trygve y le dijo lo harta que
estaba, harta y abatida.
Le resultaba muy penoso tener en casa a su madre y su hermana.
Ella misma percibía cómo, poco a poco, le iban desmoralizando.
-¿Qué es lo que tanto te altera? -preguntó Thorensen.
Siempre que las mencionaba, Page podía pasar de la más fina ironía a una
honda depresión.
-Todo.
Lo que son y lo que nunca serán, lo que hacen y lo que omiten.
Están podridas tanto una como la otra, y me disgusta su mera presencia.
Detesto incluso que se acerquen a mis hijos.
-No pueden ser tan viles.
A Trygve le sorprendía la fuerza que Page imprimía a sus críticas.
Era evidente que en su familia había alguna lacra que la perturbaba
profundamente.
-Ellas fueron la causa primera de que me viniese a vivir a California.
Coyunturalmente lo hice por Brad, pero habría dejado Nueva York de todos
modos.
Quería alejarme de mi familia.
Y me salió bien.
-Era indiscutible que, hasta cierto punto, se había casado con Clarke por
este motivo, y al principio había sido una solución óptima-.
Ahora también él me da quebraderos de cabeza, y empiezo a cansarme.
Su comportamiento me agobia y está trastornando a Andy.
Es una crueldad.
-Lo sé -asintió Thorensen-, Andy se confió con Bjorn la última vez que se
vieron.
Dijo que desde el accidente os pasáis la vida riñendo, y teme que su hermana
esté más grave de lo que le habéis contado.
-Mi madre no deja de repetirle que Allie se recuperará.
Me saca de quicio.
Page posó los ojos en su amigo, y él pudo advertir lo destrozada que estaba.
Era mucho más que agotamiento.
Tres semanas vividas en aquella agonía eran demasiado extenúantes para no
dejar una profunda huella en cualquier persona, y en Page su marca se hacía
patente.
-Quizá ha llegado el momento de que se vayan.
Si aquél era el efecto que sus parientes producían en Page, la medida se
había colmado.
Pero Trygve no podía ayudarla a librarse de ellas.
Era un compañero invisible, cuya existencia ni siquiera conocían.
-Así se lo dije anoche, pero mi madre afirmó que no puede dejarme sola con
Allie.
Page rió al recordar aquel desatino.
Thorensen la arropó en sus brazos y la besó.
-Siento mucho lo que estás pasando.
La angustia por Allie es más que suficiente sin tener que añadir nuevos
engorros.
-A veces creo que el destino me está poniendo a prueba, o algo parecido.
Y voy a suspender el examen -dijo Page con lágrimas en los ojos.
Trygve la atrajo hacia sí y volvió a besarla en aquella desierta sala de
espera de la UCI.
-Yo pienso que no sólo aprobarás, sino que sacarás matrícula de honor.
-Eso demuestra lo ignorante que eres -bromeó ella.
Se enjugó el llanto, apoyó la cabeza en el pecho de Trygve y cerró los ojos,
apesadumbrada porque la situación no tenía visos de mejorar-.
Estoy cansada de todo...
¿Es que nunca va a acabar, Trygve? -De momento no existía ninguna salida
sencilla para sus problemas, y ambos eran conscientes.
-Dentro de un año recordarás todo esto y te preguntarás cómo pudiste
sobrellevarlo.
¿Crees que viviré tanto tiempo? dijo Page, solazada por tener un hombro
donde cobijarse.
Thorensen la estrechó aún más y le habló con dulce firmeza.
-Yo cuento contigo, Page...
y no soy el único.
Ella asintió, y estuvieron un rato abrazados en silencio antes de que Page
regresara junto a Allie.
El teléfono estaba sonando cuando entró en casa unas horas después.
Era una conocida de la ciudad a la que no veía desde hacía meses.
Allyson y su hija habían asistido juntas a la escuela de danza dos años
atrás y, aunque no eran íntimas, se profesaban mutuo afecto.
La mujer se había enterado del accidente y ofreció su ayuda incondicional,
pero Page le aseguró que no necesitaba nada.
-Si puedo hacer algo por ti, no dudes en avisarme -insistió ella, y vaciló
un instante antes de agregar-: Por cierto, cqué te ha ocurrido con Brad?
¿Estáis tramitando el divorcio? -No, ¿por qué lo dices? -replicó Page,
azorada y de una pieza.
Aquella mujer sabía algo.
Era obvio por el tono de su pregunta.
Quizá debería mantener la boca cerrada, pero en los últimos tiempos me lo
encuentro muy a menudo en compañía de una joven veinteañera.
Creí que era una amiga de Allie, pero luego observé que era un poco mayor.
Vive a una manzana de nuestra casa, y saqué la conclusión de que formaban
pareja.
Esta misma mañana les he visto haciendo jogging antes de desayunar.
¡ Qué delicadeza por parte de Brad! ¡ Qué gentil era poniéndola en evidencia
de aquella manera! Vivían en una comunidad pequeña y él no paraba de
exhibirse con una chica...
¿de la edad de Allie? ¡Dios! Page se sintió como si tuviera mil años al
explicar a la otra mujer que se trataba de una compañera de la agencia, que
trabajaban en proyectos conjuntos y que no pasaba nada irregular.
Sabía que no la había convencido, pero no quería admitir en público que Brad
estaba liado con otra.
Y también estaba enfadada por aquella llamada mezquina.
Además, al negar ella que iban a divorciarse, su "amiga" debería haber
tenido la decencia de callar.
¿ Cómo está Allyson? -preguntó su madre al verla apare, cer en la cocina.
-Igual -repuso Page distraídamente-.
¿Cómo te ha ido con Andy? ¿Ha sabido encontrar el cuarto de baño? -Sonrió.
La madre soltó una carcajada.
-¡Claro que sí! Es un niño muy bien dispuesto.
Nos ha preparado el almuerzo a tía Alexis y a mí, y nos lo ha servido en el
jardín.
"¡Dios las guarde de hacer ellas el más mínimo esfuerzo!", caviló Page.
Andy estaba jugando en su habitación, y alzó la mirada al oírla.
Sus ojos transmitían desasosiego y tristeza.
A Page le dio un vuelco el corazón.
Sus vidas habían cambiado brutalmente en tres semanas, y ni ellos mismos
enten! dían lo acontecido.
Eran náufragos a la deriva.
Se sentó en el borde de la cama y estiró la mano hacia su hijo.
-¿Cómo se ha portado la abuela? -Es bastante inepta -dijo el niño con una de
sus sonrisas cautivadoras, y ella sintió deseos de estrecharle en sus bra;
zos-.
No sabe hacer nada.
Y tía Alexis tampoco, tiene las uñas tan largas que no puede agarrar los
objetos.
Ni siquiera ha sido capaz de destapar la botella de Evian.
Y la abuela me ha pedido que le pusiese el reloj en hora.
Dice que no distingue bien las manecillas, y había perdido las gafas.
-Tras tan perfecta descripción, Andy miró a su madre visiblemente
preocupado-.
¿Dónde está papá? -En la ciudad, trabajando -mintió Page.
-Hoy es domingo.
- Andy no era tonto, pero ella se resistía a decirle la verdad.
-Tiene mucho que hacer.
–"¡Maldito cabrón!", pensó.
¿Vendrá a cenar? -No lo sé.
El niño se encaramó hasta su falda y ella le abrazó con ternura.
Le habría gustado decirle que siempre le querría, al margen de las
jugarretas que les hiciera su padre, pero no deseaba excederse, así que se
limitó a manifestarle su amor sin más.
Luego fue a ocuparse de la cena.
Brad les dio una sorpresa y se presentó, sumándose a lo que empezó como una
grata velada.
Clarke encendió la barbacoa y se mostró sobrio y educado.
Rehuyó la mirada de Page, pero se esforzó en ser amable con su suegra y dejó
que Andy le ayudara a preparar hamburguesas, bistecs y pollo.
Alexis les comunicó que era su día vegetariano, y pidió a Andy que le
abriera una botella de Evian.
En un instante en que se quedaron los dos solos, Page hizo alusión a la
llamada telefónica que había recibido aquella tarde.
-Tengo entendido que hoy has estado corriendo antes de desayunar.
Brad miró a su mujer sin pronunciar palabra.
No se le había ocurrido que alguna alma caritativa pudiera irle con el
cuento.
¿Quién te lo dijo? -Su voz sonó furibunda y culpable.
¿Qué más da eso? ¿Y a ti qué coño te importa lo que yo haga? -Son nuestras
vidas las que estás destruyendo, Brad, la mía, la de Allie y la de Andy.
¿Crees que tu hijo no se ha dado cuenta de lo que pasa? Si te atreves,
mírale a los ojos de vez en cuando.
Está al corriente.
Todos lo estamos.
-¡Fantástico! Te ha faltado tiempo para decírselo, ¿no? ¡Maldita bruja! Brad
arrojó al suelo los útiles de cocina y entró estrepitosamente en la casa.
Así pues, Page tuvo que bregar sola con la barbacoa, hasta que al fin se
quemó.
Andy fue corriendo en busca de su padre.
El niño lloraba a lágrima viva, pues les había oído discutir y luego vio el
incidente de Page.
No quería que su madre se lastimara, ni que se gritaran el uno al otro, y
en el altercado habían dicho algo sobre él.
Tal vez era culpa suya que se pelearan, quizá su padre estaba resentido
porque era Allie y no Andy quien se había accidentado.
El pequeño se metió en un rincón mientras Brad ensartaba la carne con gesto
adusto y, finalmente, completaba la cena.
Y los tres Clarke guardaron un obstinado mutismo al sentarse a la mesa.
Pero, como de costumbre, ni Maribelle ni Alexis repararon en nada.
-Eres un cocinero excepcional -felicitó Maribelle a su yerno.
Los bistecs sabían bien, sí, pero la atmósfera se había envenenado-.
Alexis, deberías probar un bocadito.
La ternera está riquísima.
Alexis meneó la cabeza, satisfecha con sus hojas de lechuga.
Por su parte, ni Page ni Andy tocaron apenas la comida.
Ella todavía llevaba un cubito de hielo sujeto a los dos dedos que se había
quemado, y se anunciaba una fea ampolla.
-¿Te duele la mano, mamá? -preguntó Andy, alicaído.
-No mucho, cariño.
Brad estuvo callado y no se dignó mirar a su esposa.
Estaba convencido de que le había contado a Andy que él tenía un idilio, y
era tal su cólera que de buena gana la habría abofeteado.
Al recoger los cacharros empezó a despotricar de nuevo contra ella, sin
reparar en que su hijo estaba al otro lado del mostrador.
-Se lo has dicho, admítelo! No tenías ningún derecho.
-¡Yo no le he dicho nada! -vociferó Page a su vez-.
¡Jamás le haría esa mala pasada! Pero, ya que sacas el tema a relucir,
deberías explicárselo tú.
¿Qué quieres que piense si no paras nunca en casa? Además, podría repetirse
el episodio del teléfono y enterarse por terceros.
-¡No es asunto que le incumba! Brad salió de la cocina dando un portazo y
Page se echó a llorar mientras lavaba los platos.
Clarke había vuelto al jardín para retirar la barbacoa cuando Maribelle se
acercó a su hija.
-¡Qué cena tan adorable, querida! Estamos pasando unos días inolvidables.
Page le estudió con incredulidad, sin saber cómo reaccionar ante aquella
frase casi surrealista.
Pero su familia siempre había sido así.
-Me alegro de que te haya gustado la cena.
Brad es un maestro de la carne a la parrilla.
-Quizá volvería para hacerles bistecs después de contraer segundas nupcias.
-Formáis una pareja encantadora -dijo Maribelle con arrobamiento.
Page por fin dejó la bayeta y se centró en su madre.
-La verdad, mamá, estamos atravesando por una grave crisis.
Imagino que habrás notado algo.
-En absoluto.
Desde luego, se os ve inquietos por Allie, pero eso es natural.
Ya verás como dentro de unas semanas las aguas vuelven a su cauce.
Era asombroso que su madre al menos hubiera asimilado esa parte del
conflicto.
-No estoy muy segura.
-De pronto, Page decidió decirle a su madre la verdad desnuda.
¿Por qué no? Si le desagradaba, siempre podía fingir no haberla oído-.
Brad tiene una amante, y ahora mismo vivimos en una tensión extrema.
Maribelle negó con la cabeza, rehusando creerlo.
-Seguro que te equivocas, querida.
Brad nunca haría algo tan horrible.
Por nada del mundo pondría en peligro vuestro matrimonio.
-Es lo que está haciendo -continuó Page, resuelta a decírselo todo.
-Todas las esposas abrigan esas sospechas alguna que otra vez.
Estás ofuscada por el problema de Allyson.
"¿Problema? -pensó-.
¿Te refieres al hecho de que lleva tres semanas en coma y podría morirse?
¿Vaya menudencia!" -Tu padre y yo -prosiguió Maribelletuvimos también
nuestras pequeñas diferencias, pero nunca degeneraron en nada serio.
Debes ser más comprensiva, hija.
A Page los ojos se le salieron de las órbitas, incapaz de asimilar lo que
acababa de oír.
Estaba de acuerdo en silenciar el horror que había vivido de soltera, pero
no en negar que hubiera sucedido.
-No me lo puedo creer -declaró con aspereza.
-Es verdad...
Aunque te parezca increíble, en mi matrimonio hubo momentos difíciles.
-Mamá, soy yo, Page.
¿Recuerdas todo lo que sufrimos? -No sé qué quieres decir.
-Maribelle se dio la vuelta para salir de la cocina.
-¡No me hagas esto! -bramó Page, al borde del llanto-.
¡Después de tantos años, no intentes envolverme con tus embustes piadosos y
sacrosantos! Conque pequeñas diferencias, ¿no? Problemillas nada más.
¿Has olvidado con quién te casaste, lo que hizo mientras duró? No seas falsa
conmigo.
Y mírame a los ojos, ¡maldita sea! La madre se giró lentamente y fijó en su
hija una mirada atónita, como si no entendiera qué le ocurría.
Brad, que acababa de entrar por la puerta del jardín, vio a las dos mujeres
y reparó en la expresión de Page.
Enseguida intuyó lo que pasaba.
-Deberíais dejar esta discusión para otro momento -sugirió con voz pausada.
Page se le encaró enfurecida.
-¡No me digas lo que debo o no debo hacer, hijo de puta! ¡Estás ausente
noche y día, jodiendo hasta reventar, y ahora pretendes que me trague
también toda esta basura! No me dejaré manipular ni un segundo más.
-Se volvió de nuevo hacia su madre-.
Conmigo no te servirá el jueguecito, mamá.
Tú consentiste que papá actuara de aquella manera, incluso le animaste.
Le acompañabas a mi habitación, cerrabas la puerta y me decías que debía
contentar a papá.
Tenía sólo trece años.
¡Trece! Y me forzabas a acostarme con mi padre.
Alexis se apresuró a desentenderse, porque a ella la habíais sodomizado
desde los doce años y se sentía muy aliviada de que yo tomara el relevo.
¿Cómo osas simular que no ocurrió? Tienes suerte de que te permita cruzar el
umbral de mi casa y que todavía te mire a la cara.
Maribelle contemplaba a su hija con palidez cadavérica.
Brad advirtió que le temblaban las manos.
-Estás lanzando unas acusaciones espantosas, Page, y que además no son
ciertas.
Tu padre jamás habría cometido esas monstruosidades.
-Sabes muy bien que las cometió, y tú fuiste su cómplice.
Page se dio la vuelta, de espaldas a ambos, y prorrumpió en sollozos.
Brad no se atrevió a consolarla.
Luego ella se volvió nuevamente y encaró a Maribelle con todo su ultraje
reflejado en el rostro.
-He pasado años de mi vida tratando de sobreponerme, de curarme de vuestra
infamia, y podría haberte perdonado si me hubieras dicho que lo sentías, que
estabas arrepentida...
pero no tolero que lo deseches como si fuera una mera invención.
Alexis irrumpió en la cocina sin tener la más remota idea de lo que allí
ocurría.
Había ido a su dormitorio para telefonear a David.
-¿Podrías hacer una infusión de manzanilla? -pidió dulcemente a su hermana.
Page, apoyada contra el mostrador, emitió un ronco gruñido.
-No doy crédito a lo que veo.
Habéis pasado tantos años huyendo de la verdad que ninguna de las dos hace
ya frente a nada.
Ni siquiera sabéis abrir una botella de agua.
¿Cómo podéis vivir de esta manera? ¿Por qué os degradáis así a vosotras
mismas? Alexis echó un vistazo en derredor y retrocedió aterrorizada.
-Lo lamento, no quería importunar...
-¡Ten! -chilló Page y le arrojó una botella de Evian.
Alexis la cogió en el aire-.
Mamá me estaba diciendo que papá nunca abusó de nosotras cuando éramos
adolescentes.
¿Te acuerdas, Alex, o tienes también amnesia parcial? ¿Recuerdas cómo lo
desviabas hacia mí para que no volviera a violarte? Dime, ¿lo
recuerdas? -Las observó a las dos con un pesar infinito-.
Nos mancilló a su antojo hasta que cumplí dieciséis años y le amenacé con
denunciarle a la policía, algo que ninguna de vosotras tuvo jamás la
valentía de hacer.
¿Por qué no os rebelasteis? Callar equivalía a ayudarle -sentenció entre
sollozos-.
Nunca logré comprenderlo.
-Y lo comprendió menos cuando ella tuvo sus propios hijos.
Brad sintió náuseas al escucharla.
Conocía la historia, pero Page nunca la había expuesto tan crudamente ni
había provocado una confrontación de aquel orden.
-¿Cómo puedes decir esas barbaridades? -le reprochó Alexis, escandalizada-.
Papá era médico.
-Sí -dijo Page con el tremor del llanto-.
Yo también creía que de alguna manera eso lo justificaba, pero más tarde
supe que no.
A raíz de todo aquello, tardé varios años en pisar una consulta.
Pensaba que el doctor me sobaría o se propasaría.
Ni siquiera fui al ginecólogo en los primeros meses de embarazo, porque
temía lo peor.
Nuestro padre fue un tipo colosal, un hombre magnífico y el orgullo de la
clase médica.
-Fue un santo varón -le defendió Maribelle Addison.
Alexis se le había arrimado instintivamente y ambas mujeres formaban una
piña que dejaba bien en evidencia su negativa de admitir la realidad.
-¿Sabéis qué es lo más lamentable? -prosiguió Page, sin dejar de
escrutarlas-.
Que tú, Alex, dejaste de existir.
Te casaste con David a los dieciocho años y te creaste una nueva identidad,
con otras facciones, otro busto, otros ojos y otro todo, para no tener que
ser Alexis.
Querías transformarte en un ser distinto y renegar del pasado.
Alexis escuchaba sin mover una pestaña.
Aquellas verdades eran amenazadoras para ella, ahora más que nunca.
-Vamos -terció Brad-, no te atormentes más.
-¿Por qué no? -replicó Page-.
¿Prefieres que finja que nunca ocurrió, como hacen ellas? Quizá debería
probar esa táctica también contigo, aparentar que no te ausentas todas las
noches para acostarte con tu amiguita y que mi vida es perfecta y
maravillosa.
¡Maravilloso! El único inconveniente es que sería peor que un suicidio.
Todo este tiempo, no he repudiado la mentira, ni he llegado tan lejos, ni he
sufrido tanto, para ahora tragarme un montón de sórdidas patrañas.
¿Se te ha ocurrido que ciertas personas no soportan tanta honestidad? -la
increpó Brad con más pesar que rabia.
-Sí, muchas veces.
-Necesitan cobijarse en algún lugar.
-Yo no puedo vivir así, Brad.
-Lo sé -contestó él-, por eso me enamoré de ti.
Brad hablaba en pretérito, y Page lo advirtió.
La madre y la hermana aprovecharon la circunstancia para escapar de la
cocina.
Page permaneció inmóvil unos segundos, recobrando el aliento, bajo la mirada
de su marido.
¿Cómo te encuentras? -preguntó Brad.
Estaba preocupado por Page, pero no podía darle lo que ella precisaba.
No es posible transmitir lo que ya no se tiene.
No había vuelta de hoja.
Por una vez, se imponía la sinceridad.
-No lo sé -respondió Page-.
Creo que me alegro de haber estallado.
Siempre me he preguntado si, a fuerza de decirlas, mi madre ha acabado por
creerse todas esas falsedades, o si miente a conciencia para encubrir a su
marido, como hizo entonces.
-Tal vez no importa.
Jamás reconocerá la verdad ante ti, Page, y Alexis tampoco.
No esperes un milagro.
Ella convino con un movimiento de la cabeza.
Aunque había sido una velada terrible, en algunos aspectos la había
liberado.
Salió al jardín en busca de soledad.
De pronto, decidió ir al hospital.
Era tarde, pero necesitaba ver a Allyson.
Se lo dijo a Brad y, poco después, estaba en la UCI.
Esta vez no habló.
Se quedó en silencio junto a su hija, rememorando cómo había sido antes del
accidente y echándola de menos.
Habían transcurrido más de tres semanas.
Hacia las nueve, una enfermera del turno de noche la vio allí sentada y fue
hacia ella.
Page estaba pálida, desmejorada, rígida como una estatua y mirando absorta a
su hija.
¿Le ocurre algo, señora Clarke? Page le indicó que no y continuó en la misma
postura.
Media hora más tarde, apareció Trygve.
-Supuse que estarías aquí -dijo con voz queda entre el zumbar y resoplar de
las máquinas-.
No sé por qué, tuve el presentimiento de que habías venido al hospital.
He pensado mucho en ti.
-Esbozó una sonrisa, que quedó en suspenso al ver los ojos de su amiga: los
tenía hundidos y era obvio que había llorado-.
¿Te encuentras bien, Page? -Más o menos -dijo ella con una sonrisa
exhausta-.
Esta noche me he despachado a gusto.
¿Te ha servido de algo? -No lo sé.
Me temo que no.
No cambiará nada, aunque me he liberado de un gran peso.
-En ese caso, ha merecido la pena.
-Quizá sí.
Page miró a Thorensen dubitativa, y él comprobó su inmenso dolor.
Allyson permanecía estacionaria, así que no era ella la causante, sino todo
lo demás.
-¿Quieres que tomemos un café? Page se encogió de hombros, pero siguió a
Trygve hacia el pasillo.
La enfermera de guardia los contempló.
La señora Clarke le daba mucha lástima.
La espera se alargaba y de momento no había muchas esperanzas de que su hija
fuera a recuperarse.
La enfermera odiaba los casos como aquél, que tantos estragos hacían en las
familias, sobre todo cuando el paciente era joven.
En su opinión, era más sencillo perderlos.
No obstante, jamás se lo habría dicho a los padres.
Trygve le dio a Page un café de máquina.
Ella permanecía en silencio.
Trygve se sentía angustiado por su amiga.
Se sentaron en la sala de espera y sus ojos aún dilatados se le aparecieron
enormes, y más azules que en días anteriores.
-¿Qué te sucede? -le preguntó mientras ella bebía un sorbo del humeante
café.
-No lo sé.
Allie, Brad, mi madre...
entre todos van a enterrarme.
-Pero ¿ha pasado algo en concreto? Trygve intentaba situarse y ella no le
daba ninguna pista, pese a lo mucho que deseaba ayudarla.
-Nada que no hubiera ocurrido anteriormente.
Mi madre jugaba al nnpaís de nunca jamás", como tiene por costumbre, y yo he
perdido los estribos.
-Page miró a Thorensen avergonzada-.
Quizá no he obrado bien, pero no me detuve a reflexionar.
Le he contado que Brad y yo atravesamos una crisis, lo cual ha sido una
idiotez por mi parte, y ella ha mencionado a mi padre.
-Page no sabía cómo plantearlo-.
Mi padre y yo...
-comenzó, e hizo una pausa para beber más cafétuvimos...
ccómo decirlo?...
tuvimos una extraña relación.
Entornó los ojos y rompió a llorar antes de proseguir.
Al principio no había querido confesarle su secreto a Trygve, y en cambio
ahora ansiaba hacerlo.
Debía ser franca con él, y sabía que no traicionaría su confianza.
-No tienes que decirme nada si no lo deseas, Page.
-Él había captado perfectamente su zozobra.
-Prefiero explicártelo -repuso ella, mirándole a través de las lágrimas-.
Contigo no hay nada que me asuste.
-Respiró hondo y atacó-: Mi padre se propasó conmigo cuando yo tenía trece
años...
O sea, que me hizo el amor, que practicamos el sexo.
La situación se prolongó hasta que cumplí los dieciséis.
Y mi madre lo sabía.
De hecho...
-la lengua se le trabó brevemente-, me echó en sus brazos a viva fuerza.
él llevaba ya cuatro años acostándose con Alexis, y mi madre le tenía miedo.
Era un enfermo mental.
Solía pegarle y mi madre se dejaba maltratar.
Decía que debíamos nnhacerle feliz" si no queríamos que nos golpease también
a nosotras.
Así pues, le conducía hasta mi cama, salía y cerraba la puerta con llave.
-Page se convulsionaba en llanto cuando Trygve la estrechó.
-¡Dios mío, Page, es terrible! ¡Qué aberración! Él habría matado a
cualquiera que le hubiera puesto las manos encima a su Chloe.
-Sí, lo es.
He tardado años en reponerme.
Me marché de casa a los diecisiete, y trabajé como camarera para pagarme un
apartamento.
Mi madre me acusó de ser una mala hija, una traidora, y de haberle
destrozado el corazón a mi padre.
Tras su muerte, me sentí culpable durante una larga temporada.
"Por fin, conocí a Brad en Nueva York, nos casamos y vinimos a California.
Encontré a un buen psicoterapeuta que me ayudó a ponerme en paz conmigo
misma.
Pero mi madre todavía se empeña en simular que todo aquello no sucedió.
Es esa actitud la que me ha desquiciado hoy.
No entiendo su forma de comportarse.
Lo cierto es que no entiendo nada de nada, ni cómo, a sabiendas de lo que
hacía, aún persiste en que era un hombre decente.
Antes le ha llamado "santo", y he montado en cólera.
-No me extraña que hayas estallado -dijo Trygve.
Mientras Page hablaba, no había cesado de acariciarle el cabello ni de
estrechar su mano, como hacía ella con Allie-.
Me sorprende que todavía le dirijas la palabra.
-Normalmente la eludo, pero tras el accidente de Allyson habría sido muy
cruel prohibirle que viniera.
Me digo una y otra vez que podré seguirle el juego.
Sin embargo, es más fuerte que yo.
Cada vez que la veo me acuerdo de aquella época.
Ella no ha cambiado y Alexis tampoco.
-¿Cómo se libró Alexis de sus garras? -La dejó en paz en cuanto empezó
conmigo.
-Page suspiró y se acurrucó en el pecho de Thorensen, donde se sentía a
salvo-.
Y Alex se casó a los dieciocho años.
Entonces yo tenía solamente quince.
Se fungó con un hombre de cuarenta, y todavía siguen juntos.
El no le pide mucho.
Creo que es homosexual y sale con un amante fijo.
Es como un padre para su esposa, el padre casto que nunca tuvo.
"Además, por lo que he podido comprobar el antídoto de Alexis ha sido
convertirse en otra persona, adoptar un nuevo rostro, una nueva cara y un
nuevo nombre.
David le practica asiduas intervenciones de cirugía estética y ella está
encantada.
Y se ha integrado muy bien en las fantasías de mi madre.
Ambas han borrado todo vestigio de lo acaecido.
¿La ha visto algún psiquiatra? -preguntó Trygve.
Estaba perplejo de que Page hubiera conservado intacta su cordura.
-No lo creo.
A mí, desde luego, nunca me lo diría, pero si hubiera seguido un tratamiento
se le habría escapado algún comentario.
Así, las dos seríamos supervivientes de nuestro holocausto privado.
Hoy por hoy, Alexis todavía flirtea con sus fantasmas, aunque da igual,
porque tampoco queda mucho de ella que pueda salvarse.
Padece de anorexia y bulimia, y no ha tenido hijos.
Apenas habla.
Es un escaparate para su marido, y vestida queda soberbia.
David la baña en dinero, lo cual parece satisfacerla.
-Page hizo una mueca sarcástica-.
Somos muy diferentes.
-Eso veo.
Sin embargo, tu también tienes muy buena presencia.
-Quizá, pero mi estilo es otro.
Ella vive pendiente de su cara y de su figura.
Continuamente se trata la piel, se mata de hambre con dietas leoninas y le
obsesionan la pulcritud y la perfección de sus líneas.
-Es decir que está traumatizada.
-¿Cómo no iba a estarlo? -susurró Page con tristeza aunque se sentía mejor
después de haberse explayado.
-El otro día tuve la intuición de que abrigabas una inquina oculta contra
tus parientes, por llamarla de algún modo.
Nunca lograba dilucidar si tus críticas eran simples bromas.
-Puedes estar seguro de que no.
Las tengo clavadas como una espina.
¿Debía verlas y preservar mi juicio repudiando sus falacias, o romper del
todo con ellas? Es más fácil rehuir los encuentros, pero a veces me resulta
imposible.
Thorensen asintió en silencio, entristecido sólo de escucharla.
Una de las enfermeras les comunicó que había una llamada para la señora
Clarke.
Page dedujo que sería su madre con alguna pregunta de orden doméstico.
Por supuesto, no iba a hacer ninguna referencia a su enfrentamiento en la
cocina, de eso Page estaba segura.
Pero no era Maribelle, sino Brad, y estaba fuera de sí.
-Page -dijo con voz jadeante-, se trata de Andy.
¿Se ha hecho daño? -volvió a sacudirla una oleada de terror.
En los últimos tiempos todo parecía adquirir matices alarmantes, letales.
Estaba constantemente al acecho de malas noticias, de que el desastre se
ensañara con sus seres más allegados.
-Se ha ido.
-¿Qué quieres decir? ¿Has mirado en su habitación? Era ridículo.
¿Cómo iba a marcharse Andy? Lo más probable era que se hubiera dormido
arrebujado con Lizzie y Brad no le hubiera visto.
-¡Claro que he mirado! -chilló Brad-.
Se ha fugado de casa.
Tengo aquí una nota suya.
¿Y qué dice? -Page miró nerviosamente a Trygve y extendió una mano, que él
cogió entre las suyas y estrechó con vigor.
-La letra es infernal, pero por lo que he podido descifrar cree que es el
único culpable de nuestras desavenencias, que estamos disgustados con él, y
se va para que seamos felices.
-Brad hablaba al borde del llanto-.
He llamado a la policía y me han dicho que llegarán en pocos minutos.
Será mejor que vuelvas a casa.
Seguramente Andy nos ha visto pelear.
¡Dios mío, Page! ¿Dónde se ha metido? -No tengo ni idea -dijo ella, inerme y
aterrada-.
¿.Le has buscado fuera? Quizá se ha escondido en el jardín.
Lo he registrado todo antes de avisar a la policía.
No está en casa ni en las inmediaciones.
-¿Sabe mi madre lo ocurrido? -preguntó Page, aunque obviamente no les sería
de mucha ayuda.
Brad contestó con una nota de irritación: -Sí.
Según ella, está jugando tranquilamente en casa de un amigo.
A las diez de la noche, y a su edad, es una teoría poco plausible.
-Pero que la define muy bien.
Déjame adivinarlo.
Tras pronunciar su máxima, mi madre te ha asegurado que mañana todo se habrá
aclarado y Alexis y ella se han acostado.
Clarke rió a su pesar.
-Al menos, con ellas nunca te llevas sorpresas.
-Hay cosas que no cambian.
¿Podrías venir a casa? -Voy enseguida.
-Page colgó y miró a Trygve-.
Andy se ha ido de casa.
Nos ha dejado una nota diciendo que no quiere que riñamos más y que él es el
culpable de todo.
-Las lágrimas anegaron sus ojos mientras evocaba el contenido del mensaje.
Thorensen la abrazó-.
¿Y si sufre algún percance? Los secuestros de niños son frecuentes estos
días.
-Era lo único que les faltaba.
Page ya no podía resistir más desgracias.
-Estoy seguro de que la policía lo traerá sano y salvo.
¿Quieres que te acompañe? -No lo considero oportuno.
No podrías hacer nada y tu intervención lo complicaría todo.
Trygve asintió y, a paso ligero, acompañó a Page hasta el coche.
Antes de separarse, la besó y le dio un cariñoso apretón en el brazo.
-Todo se resolverá, Page.
Le encontrarán en un santiamén.
¡ Oh, Dios ! Eso espero.
-Yo también -dijo Trygve, y agitó la mano al alejarse la camioneta.
¡ Vaya nochecita! La policía ya estaba en casa cuando Page llegó.
Un agente anotó toda la información que le dieron sobre los amigos de Andy,
a qué hora iba al colegio y qué ropa llevaba aquel día.
Fueron al exterior y peinaron la zona con linternas.
Page les entregó dos fotografías recientes del niño.
Como era de esperar, su madre y Alexis no salieron de sus habitaciones.
La clave de su juego era no afrontar, ni siquiera escuchar, nada que fuese
ingrato.
Y eran verdaderas expertas en ello.
De los dormitorios no surgió el más leve ruido.
Los coches de policía patrullaron por el vecindario y poco después
regresaron para comprobar si Andy no había aparecido por su propio pie.
En el instante en que se disponían a partir de nuevo, sonó el teléfono.
Era Trygve.
-Tu hijo está aquí -dijo a Page-.
Bjorn le había cobijado en su habitación.
Le he dicho que eso no está bien y él me ha respondido que Andy no volverá
nunca a casa porque es muy desgraciado.
Con los ojos humedecidos, Page hizo una señal a Brad.
-Está con Trygve.
¿Por qué? -preguntó Clarke con asombro.
Las chicas eran uña y carne, pero no había ningún Thorensen de la edad de
Andy.
-Es amigo de Bjorn.
Ha corrido a su lado porque se siente infeliz con nosotros.
-Los padres de Andy intercambiaron una mirada larga y afligida, y Page se
dirigió otra vez a Trygve-.
Ahora mismo iré a buscarle.
-Daba gracias al cielo por haber hallado a su hijo.
Trygve suspiró también con alivio, aunque un poco violento por lo que tenía
que decirle.
-Andy no quiere veros.
Page pegó un respingo.
-Pero ¿por qué? -Dice que Brad preferiría que el ausente fuese él en vez de
Allie.
Según la versión del niño, esta noche os ha oído discutir por su causa y
Brad ha montado en cólera.
-Se ha enfadado conmigo, no con Andy.
Pensaba, erróneamente, que le había contado lo de su amante.
-El no lo ha entendido así.
También ha dicho a Bjorn que cree que su hermana ha muerto y que os habéis
confabulado para engañarle.
Está convencidísimo.
Lo lamento, Page, pero tienes que saberlo.
-Debería haber permitido que la viera.
-Es un grave dilema.
Yo de ti habría hecho lo mismo.
Con Bjorn no tenía alternativa, ya que Chloe estaba mejor que Allyson, y
además mi hijo ya es mayor.
Su problemática es otra.
-Iré a recogerle.
¿Por qué no dejas que os lo llevemos nosotros? Está tomando una taza de
chocolate caliente.
Le acompañaremos en cuanto termine.
-Gracias -dijo Page, conmovida y colgó.
A continuación se lo contó a Brad.
-Tendremos que hablar con él -sugirió él, apesadumbrado.
-Antes debemos centrarnos nosotros.
No podemos continuar así mucho tiempo más.
-Page exhaló un profundo suspiro y añadió-: Lo primero que haré es llevarle
a ver a su hermana.
Llamó a la comisaría para anunciar que habían encontrado a Andy en casa de
un amigo.
El policía se alegró mucho de la buena nueva.
Media hora más tarde, Andy apareció con Trygve y Bjorn.
Entró en la casa triste y pálido.
Page prorrumpió en llanto al verle.
Le rodeó con brazos maternales y le dijo cuánto habían sufrido y lo mucho
que ambos le querían.
-Por favor, no lo hagas nunca más.
Podría haberte sucedido algo terrible.
-Creía que estabais furiosos conmigo -balbuceó el niño entre sollozos,
mirando de soslayo a Brad, que no pudo contener sus propias lágrimas.
Los Thorensen ocuparon un discreto segundo plano.
-Ni papá ni yo tenemos nada contra ti -declaró Page-.
Y Allie no ha muerto.
Está muy enferma, tal y como ya te conté.
-Entonces ¿por qué no puedo visitarla? -preguntó el niño con suspicacia,
pero esta vez su madre le sorprendió: -La visitarás.
Mañana iremos juntos a verla.
-¿De veras? ¿No me engañas? Una ancha sonrisa iluminó la cara de Andy.
Todavía no sabía qué le esperaba en la U C I, una Allie inmóvil que no
podría hablarle, que ni siquiera físicamente se parecía a la hermana que él
recordaba e idolatraba.
Pero necesitaba verla y asumir la realidad, al igual que su madre.
-Pensaba que Allyson estaba muerta -terció Bjorn.
-Lo sé -repuso Page, y le agradeció que se hubiera ocupado de Andy.
-Somos colegas -proclamó el chico con orgullo.
Page les llevó a los dos a la habitación de Andy y Bjorn la ayudó a acostar
al pequeño.
Mientras ella daba a su hijo un beso de buenas noches, el joven Thorensen
volvió a la cocina en busca de su padre.
-¿Va a abandonarnos papá? -preguntó Andy cuando su madre hubo apagado las
luces.
-Lo ignoro -contestó Page-.
En cuanto lo averigüe, te lo comunicaré.
Pero, pase lo que pase, recuerda que tú no tienes nada que ver.
No estamos enojados contigo, sino entre nosotros.
-¿Es por culpa de Allie? El niño buscaba un chivo expiatorio.
Lamentablemente, no lo había.
-No es culpa de nadie -trató de explicar Page-.
Ha sucedido y ya está.
-¿Como el accidente? -inquirió Andy.
Su madre asintió.
-Sí, algo así.
A veces salta la chispa y no hay nada que hacer.
-Siempre me decías que estabais cansados, que por eso perdíais los nervios.
-Y lo estamos, pero también hay otros factores...
factores que no guardan ninguna relación contigo, líos de adultos.
Palabra de honor.
-El niño asintió con la cabeza.
El panorama no era muy alentador, pero la verdad le resultaba más asequible
que sus propios temores.
iSe había sentido tan culpable!-.
Te quiero con toda mi alma, Andy.
Y papá también.
El niño echó los brazos al cuello de su madre y le estampó un beso.
-Yo también os quiero.
¿En serio vas a dejarme ver a Allie? -Tenlo por seguro.
Page besó a su hijo y se encaminó hacia la puerta.
Andy le pidió que le enviase a Brad.
Cuando su padre entró en la alcoba, ella fue a despedir a los Thorensen y
agradecerles por haber cuidado al pequeño.
Trygve sonrió.
-Que duermas bien -dijo a media voz, cálido, y ella notó cómo se fortalecían
sus lazos afectivos.
No tenía secretos para él y, poco a poco, sus familias se iban vinculando.
También Brad notó algo.
De vuelta en la cocina, le lanzó una mirada inquisitiva.
-¿Qué hay entre vosotros? -preguntó a bocajarro.
-Nada.
De todos modos, ésa no es la cuestión.
-Ya lo sé.
Era mera curiosidad.
Me gusta ese hombre, y he pensado que quizá te sientes atraída por él.
Es un tipo estupendo.
-En las últimas semanas hemos pasado muchas horas juntos en el hospital.
Es un buen padre y un gran amigo.
Brad examinó detenidamente a su mujer, que estaba en el otro extremo de la
estancia.
-Yo apenas si te he hecho compañía -murmuró, y desvió con pudor sus ojos
llorosos-.
No soporto ver así a mi hija, tan maltrecha, tan deformada.
Está casi irreconocible.
-En efecto.
Yo intento no pensar en ello y preocuparme sólo de atenderla.
Clark asintió con gesto de admiración.
El no poseía el autodominio de Page.
¿Qué vamos a hacer con nuestras vidas? -preguntó, al tiempo que abría la
puerta del jardín-.
¿Por qué no hablamos fuera? Así no podrán oírnos.
Page accedió y ambos se sentaron en sendas tumbonas.
Fue él quien tomó la iniciativa.
-Vamos de mal en peor, Page.
En un principio creí que podríamos concedernos un compás de espera hasta
haber analizado todos los puntos.
Pero nunca paro en casa y tú estás muy irascible.
Vivo dividido en mil pedazos.
Cada vez que vengo veo el rostro anhelante de Andy, o la expresión de tus
ojos, tan coléricos y dolidos, o bien compruebo mi propia reticencia a
visitar a Allie...
-Además, Stephanie le presionaba para que se mudara a su piso, pero él aún
no tenía la total certeza de estar preparado-.
Quizá debería instalarme solo en un apartamento.
Yo preferiría quedarme aquí, pero mi presencia no beneficia a nadie.
Lo había meditado largo y tendido.
En un primer momento Page también quiso que Brad siguiera viviendo en el
hogar conyugal, pero no a costa de tanto sufrimiento.
Así era una pesadilla, y ambos lo sabían.
Debían admitirlo.
Su matrimonio había terminado.
Aspiró hondo antes de expresarlo con palabras.
Una vez las hubo dicho, apenas podía creer que hubieran salido de sus
labios.
Si alguien se lo hubiera pronosticado un mes atrás le habría tildado de
loco.
-Opino que debes marcharte -aseveró en poco más que un suspiro.
-¿De veras? -inquirió él con estupor.
En cierto modo, era un descanso oírla hablar así.
-Sí -dijo Page, moviendo despacio la cabeza-.
Ya es hora.
Todas estas semanas hemos vivido en un permanente engaño.
Me temo que lo nuestro había acabado mucho antes de que yo lo supiera.
Tú nunca me habrías confesado lo que hacías, que llevabas una doble vida, a
menos que en el fondo de tu corazón estuvieras decidido a abandonar la
actual.
El día que me lo dijiste no fui capaz de entenderlo.
-Quizá tengas razón -convino Brad-.
Y quizá entonces debería haberme callado.
-Pero ahora no podía volverse atrás, no podía retractarse...
y tampoco lo deseaba-.
Me gustaría conocer las respuestas, Page.
-Y a mí también.
-Page estudió los ojos de Clarke, meditando cómo habían llegado a aquel
callejón sin retorno.
¿¡El accidente de Allie fue la causa o sólo el elemento catalizador? Su
relación tenía que estar ya resquebrajada, o de lo contrario no se habría
hecho añicos tan fácilmente-.
Siempre creía que vivíamos muy unidos -se lamentó al evocarlo-.
Ni siquiera ahora consigo discernir en qué nos equivocamos, qué hicimos...
o qué dejamos de hacer.
-Tú no tienes nada que reprocharte -dijo él honestamente-.
Soy yo quien ha pasado largo tiempo jugando a dos bandas.
¿Cómo ibas a saberlo? -Sí, claro -susurró Page, de súbito reconfortada por
no haberse enterado antes.
Los dieciséis años que habían compartido serían ahora un recuerdo
entrañable.
Aún le costaba creer que se hubieran ido a pique -.
¿Qué le diremos a Andy? -Su faz volvió a ensombrecerse.
Era demencial estar allí sentados dirimiendo sus problemas como quien hace
los preparativos de una fiesta, un viaje o un funeral.
Aborrecía cada minuto de aquella conversación, pero era inevitable y no
debía flaquear-.
Tenemos que hablar con él cuanto antes.
-Estoy de acuerdo.
Supongo que habrá que decirle la verdad, que soy un completo imbécil.
Page sonrió a su marido en la penumbra.
Algunas veces sí que era un imbécil, pero todavía le amaba, pese a saber que
estaban sentenciados.
Aunque su destrucción sólo había durado tres semanas, era ya insoslayable.
Los cimientos de su matrimonio se habían socavado y finalmente toda la
estructura se derrumbó.
De hecho, había sido un proceso progresivo.
Y su ignorancia de lo que se preparaba no había disminuido el impacto del
derrumbamiento.
Los escombros caían en cascada.
-¿Adónde piensas ir? -preguntó sin perder la calma-.
¿Te quedarás a vivir con ella? Ya se había quedado, al menos parcialmente, a
juzgar por las revelaciones telefónicas de su conocida.
-Todavía no lo sé.
Stephanie lo quiere, pero necesito un respiro.
-No iba a ser fácil para la nueva pareja.
Su relación se había edificado sobre el engaño, el sexo y la trampa.
Era muy difícil consolidar nada con tales bases, y Brad empezaba a
vislumbrarlo-.
¿Cuándo quieres que me marche? Por un instante, Page anheló que aún pudiera
ser el hombre que ella siempre había soñado.
Pero era eso, un sueño.
-Antes de que marquemos más a Andy y a nosotros mismos -dijo con más aplomo
del que sentía-.
Nuestra vida se deteriora a pasos agigantados.
-Estás muy indignada, y con razón -reconoció Brad.
Aquélla era la conversación más civilizada que habían mantenido desde el
fatídico accidente.
Era una lástima que sólo hubieran recuperado el sentido común para poner el
colofón-.
Procuraré no agravar las cosas mientras me organizo.
Mañana tengo que ir a Nueva York.
Regresaré el jueves, y tal vez el fin de semana ya haya resuelto algo.
¿Cuánto tiempo crees que pasará aquí tu madre? -Era complicado zanjar su
matrimonio y su mudanza definitiva con la suegra en la habitación de
huéspedes.
Pero la respuesta de Page le dejó boquiabierto.
-Mañana por la mañana les pediré que se marchen.
No quiero tenerlas más tiempo en mi casa.
Es perjudicial para mí...
y para Andy.
Page se estaba desprendiendo de todos: de él, de su madre y de Alexis.
Cada uno a su manera, la utilizaban y la herían, y aquella misma noche,
durante su charla con Trygve y también luego, tras el conato de fuga de
Andy, había comprendido que era el momento de cortar.
-No sabes cuánto te respeto -dijo Brad quedamente, sintiendo la brisa
nocturna-.
Siempre te he respetado.
Ignoro en qué instante comencé a fallar.
Supongo que fui incapaz de apreciar lo mucho que podías darme.
-Tenía veintiocho años cuando se casaron, pero nunca había renunciado
totalmente a la idea de que su libertad estaba por encima de todo, y ahora
debía pagar un alto precio por su inmadurez-.
Te irá mejor en cuanto yo desaparezca.
Podrás rehacer tu vida.
-También me sentiré sola.
Esta ruptura no es sencilla para nadie -replicó Page, siempre sincera, y
escudriñó a Brad en la penumbra-.
¿Qué haremos con Allie? -No podemos hacer nada.
Eso es justamente lo que me desespera.
No sé cómo puedes pasarte los días y las noches sentada a su cabecera.
Yo enloquecería.
-Eso ya lo he asumido.
Pero ¿y si no vuelve en sí? -murmuró Page.
-Prefiero no pensarlo.
¿Y si despierta y ya no es nuestra Allie? ¿Y si queda igual que Bjorn
Thorensen? Sabiendo cómo era antes, nunca lo superaré.
Pero, nos guste o no, habrá que aceptar lo que ocurra.
Al principio creía que había alternativas, luego he visto que no.
Aunque entonces quizá sí las teníamos.
Podríamos haber optado por no operarla y dejarla morir.
¡ Qué horror! Sin embargo, hicimos lo más apropiado y tampoco ha habido una
evolución.
"Hay algo que querría decirte a ese respecto, Page.
Si Allyson permanece en coma indefinidamente, no debes encerrarte en el
hospital, o arruinarás tu propia existencia.
Antes o después tendrás que tomar una decisión.
-Aquella observación todavía era prematura.
El siniestro se había producido hacía apenas tres semanas, y había
posibilidades reales de que Allyson saliera del coma-.
No quiero que malogres así tu vida -insistió Brad, casi como una súplica-.
Mereces algo mucho mejor...
y mucho mejor de lo que yo podría ofrecerte.
Page asintió y ocultó el rostro entre las manos, tratando de no pensar en lo
que sería de ella cuando Brad se fuese.
Alzó por fin la vista al cielo y contempló las estrellas, recapacitando por
qué se había torcido todo y habían llegado tan lejos, cómo podía haberles
sucedido aquella tragedia, a ellos...
y a Allie.

CAPITULO XIII


La mañana siguiente, Page esperó pacientemente a que su madre se levantara
y, cuando lo hizo, preparó el desayuno para ambas mujeres y lo sirvió en la
mesa de la cocina.
Después les dijo con gran serenidad que tenían que irse, que una semana era
ya tiempo suficiente y que aquél no era el mejor momento para tenerlas en
casa.
No hizo ninguna alusión a la escena de la víspera, ni presentó ninguna
disculpa, pero sus parientes debieron de captar su determinación, porque
ninguna objetó.
Su madre comentó que David extrañaba mucho a Alexis y que ella debía volver
para ocuparse de remozar la pintura del apartamento.
Eran las excusas perfectas, aunque a Page la tenían sin cuidado.
Quería que aquella misma noche estuviesen fuera de su casa y, para pasmo de
su madre, ya les había reservado dos plazas de primera clase en el vuelo de
las cuatro de la tarde.
También había alquilado una limusina para que pasara a recogerlas y las
llevase al aeropuerto.
El coche estaría en la puerta a las dos en punto, con tiempo más que
sobrado.
Podían comer en casa antes de irse, e incluso, si les apetecía, hacer una
última visita a Allyson.
-Ve-verás -balbuceó Maribelle-, es que me cuesta mucho hacer las maletas.
Y Alexis me decía ahora mismo que ha amanecido con una fuerte migraña.
Desde luego, si deseas que veamos a Allyson podríamos aplazar la marcha para
mañana.
Mientras a Page le quedara un hálito de vida, eso estaría fuera de toda
discusión.
No dejaría que prolongasen su estancia ni medio segundo más de lo
imprescindible.
Debía tomar las riendas de su futuro.
Haciendo acopio de fuerzas, le había pedido a Brad que se fuese, y ahora
sólo restaba facturarlas a ellas a Nueva York.
-No creo que a Allyson le importe -dijo jocosamente, pero sus parientes se
lo tomaron en serio y le encomendaron que transmitiese a la enferma el
cariño de ambas.
Page se quedó para despedirlas y, en cuanto se hubieron ido, cambió las
sábanas, puso en marcha dos lavadoras y pasó el aspirador por toda la casa.
Tenía la sensación, al ocuparse de aquellas tareas, de que plantaba la
primera piedra para reordenar su vida.
La despedida había sido muy fría, en contraposición a los fuegos de
artificio de la noche anterior.
Alexis había estrenado sombrero, su madre llevaba uno de los vestidos nuevos
que compró en San Francisco, y las dos besaron el aire en algún lugar
cercano a las mejillas de Page y desaparecieron en la limusina, observadas
por esta última.
Sintió una oleada de satisfacción al limpiar la casa y constatar, una vez
más, que se habían ido.
El alivio fue especialmente intenso cuando arregló la habitación de Allyson,
aunque se llevó un sobresalto al descubrir la ingente cantidad de laxantes
que había olvidado Alexis.
Su hermana estaba muy enferma, como ella bien sabía, pero nadie más parecía
darse cuenta, o quizá lo veían y les era indiferente.
Alex se obstinaba en diluirse junto con todos sus traumas del pasado, y
aquél era un método horrible de hacerlo.
Deseaba, a su propia manera, volver a la infancia, ser una niña normal como
antes de que la violase su padre.
A las cuatro, Page fue a buscar a Andy a la salida de la escuela sintiéndose
más libre que en varias semanas, y desde luego mucho más que después del
accidente.
El niño le preguntó si podían detenerse en un puesto de flores para comprar
un ramo de rosas.
Page le sugirió que tal vez le gustaría regalárselas a Chloe en su
habitación del hospital, porque a Allyson no le permitían tenerlas en la
UCI, y el pequeño asintió.
Estaba muy nervioso porque iba a ver a su hermana, y no cesó de hablar de
ella durante el trayecto, así que Page hubo de prepararlo para lo que iba a
encontrar.
-Ya lo sé, mamá -dijo él con aires de suficiencia-.
Está como dormida.
-No -puntualizó la madre-, está diferente.
Su cabeza está cubierta por un grueso vendaje, tiene las piernas y los
brazos muy delgados, y en su garganta hay un tubo que le ayuda a respirar,
conectado a un aparato que le suministra oxígeno.
Resulta un poco impresionante, sobre todo la primera vez.
¿Entendido? Puedes hablarle, pero ella no te responderá.
-Lo sé.
Allie duerme.
El niño se consideraba muy importante porque iba a visitar a Allie, y se lo
había contado a todos sus compañeros de clase.
Cuando llegaron al aparcamiento del hospital casi saltó del coche y, ya en
el vestíbulo, tiró con impaciencia de la mano de Page.
Habían comprado rosas para Chloe, y para su hermana Andy había escogido una
preciosa gardenia.
-Le entusiasmará -dijo muy ufano, poniéndola en alto.
Sin embargo, y a pesar de todas sus advertencias, Page notó que se quedaba
de piedra al ver a Allyson.
Además, por alguna razón, Allyson tenía peor aspecto que otros días.
Estaba de un gris ceniciento y le habían cambiado el vendaje, que parecía
más voluminoso y más blanco, haciendo muy evidente la pérdida de la melena.
Y se diría también que habían incrementado el número de máquinas.
No era así, naturalmente, pero fue la impresión que tuvo Page al observar
cómo la miraba Andy.
Al fin, el niño avanzó unos pasos vacilantes y depositó la gardenia en la
almohada, junto a su hermana.
-Hola, Allie -musitó con los ojos muy abiertos, y luego tocó la mano inerte,
lo que provocó dos lagrimones de Page-.
No te esfuerces, ya sé que estás lejos de aquí.
Me lo dijo mamá.
Pasó un buen rato mirando a su hermana, acariciándola, hasta que se inclinó
hacia ella para besarla.
Todo cuanto la rodeaba olía a hospital, excepto la gardenia que él le había
llevado.
-Papá se ha ido a Nueva York -le explicó-, y mamá me ha prometido que podré
volver a verte un día de éstos.
Perdona que haya tardado tanto en venir.
-En la unidad sólo se oía el pulsar de las máquinas.
Page lloraba calladamente, observada por las enfermeras -.
Te quiero, Allie, y la casa sin ti no es nada divertida.
-Andy se moría de ganas de contarle a su hermana que papá y mamá se habían
declarado la guerra, pero no se atrevió a mencionarlo.
También deseaba instarla a volver a casa.
Echaba mucho de menos a su hermana mayor-.
¡Ah! Y he conocido a un nuevo amigo.
Es Bjorn, el hermano de Chloe.
Tiene dieciocho años, pero es como si no.
-Dio media vuelta, sonrió a su madre y le sorprendió verla sollozar-.
¿Qué te pasa, mamá? -Estoy bien -dijo ella, devolviéndole la sonrisa a
través de las lágrimas.
Se sentía orgullosa de su hijo y le quería intensamente.
Además, se alegraba de haberle llevado al hospital.
Andy necesitaba realmente ver a su hermana.
Aunque Allie muriese, siempre le quedaría el consuelo de haberse comunicado
con ella, de haberse despedido.
No desaparecería en el vacío de una noche eterna.
Andy habló aún un rato con Allyson, antes de girarse hacia Page y anunciar
que ya podían ir a visitar a Chloe.
Antes de marcharse, miró largamente a su hermana y se puso de puntillas para
darle otro beso.
-Nos veremos pronto, ¿de acuerdo? Pero tú, Al, intenta despertarte.
Todos te echamos de menos.
Te quiero, Allie -dijo, y cogió la mano de su madre y dejó la UCI con su
ramillete de rosas para Chloe.
Ya en el pasillo, una vez hubo recobrado la compostura, Page besó a su hijo
y ensalzó su conducta.
-Eres un tío grande, ¿lo sabías? -proclamó con orgullo.
-¿Crees que me habrá oído, mamá? -inquirió él.
-Estoy segura de que sí, cariño.
-Eso espero -repuso él tristemente.
Seguía aún cabizbajo cuando entraron en la habitación de Chloe.
Page estaba maravillada de su reacción.
No había llorado ni había demostrado un miedo excesivo.
Y con Chloe todavía se portó mejor.
Bjorn se hallaba presente, también de visita, y al poco tiempo los dos
muchachos jugaban, reían, corrían por los pasillos y se perseguían entre las
atareadas enfermeras.
-Más vale que les saquemos de aquí antes de que nos expulsen a todos -dijo
Trygve con una sonrisa.
Luego miró a Page más seriamente y preguntó-: ¿Cómo le ha ido en la UCI? -Ha
estado fantástico, muy valiente y a la vez sensible.
Ha dejado una gardenia en la almohada.
-Tu hijo es muy cariñoso.
Y hoy le veo más contento.
¿Cómo se encuentra? -Repuesto ya del disgusto.
Anoche, Brad y yo tuvimos una larga charla después de que todos os fuerais.
Va a marcharse de casa.
Todavía no sé cómo se lo diremos a Andy.
-Qué complicado es todo, cverdad? Trygve asió la mano de Page, rescataron a
sus juguetones chicos y, ya en el exterior, Thorensen les invitó a tomar una
pizza.
-¿O tienes que preparar la cena para tu madre y tu hermana? -De eso, nada.
Las he mandado a casa en el avión de las cuatro.
-Más que risueña, Page estaba en éxtasis.
-Tía Alexis es un poco misteriosa -terció Andy, que les había escuchado-.
Se pasa el día entero en el cuarto de baño.
Aquella noche lo pasaron muy bien juntos, en agudo contraste con la víspera.
Los dos muchachos bromearon, alborotaron y devoraron sus enormes pizzas, y
los adultos tuvieron ocasión de conversar y de vivir unas horas de
normalidad, lejos del hospital.
Page incluso habló de sus actividades artísticas.
Tenía pensado alquilar un estudio cuando Allie saliera de la U C I, o bien
cuando establecieran algún tipo de rutina.
En cualquier caso, quería dedicarse más profesionalmente a la pintura y
cobrar por sus murales.
-¡Bravo por ti! -la alentó Trygve-.
Deberías haberlo hecho años atrás.
Tus obras son sensacionales.
Ella también lo era.
A Trygve le cautivaba más y más cada vez que la veía.
Concluida la cena, llevó a los dos Clarke a su casa y se excusó de no poder
hacerles un rato de compañía, pero Bjorn debía acostarse temprano.
Además, Chloe volvería a casa al cabo de una o dos semanas, lo cual le
tendría muy ajetreado en los días venideros.
No obstante, abrigaba la firme intención de reservarle un tiempo a Page e ir
al hospital en caso necesario.
Y deseaba asimismo ocuparse de Andy.
Si Brad les abandonaba, al comienzo sería duro tanto para la madre como para
el pequeño.
Trygve quería ayudar a su amiga a empezar de nuevo.
Esperaba que Allyson no les diera ningún nuevo susto.
Ya habían sufrido bastante y, con las otras vicisitudes que amargaban la
existencia de Page, Trygve temía que no pudiera sobreponerse por completo a
una fatalidad.

CAPITULO XIV


Brad volvió de Nueva York el jueves por la tarde, pero Page no le vio.
Aquella noche no fue a su casa de Ross, y al día siguiente, cuando a la hora
del almuerzo acudió a visitar a Allyson, ambos se cruzaron.
Las enfermeras informaron a Page de que su esposo había pasado por la UCI a
mediodía.
Luego, al regresar a casa tras haber recogido a Andy en casa de Jane, le
encontró haciendo el equipaje.
La puerta de su dormitorio estaba cerrada, pero habían visto el coche en el
garaje.
Andy irrumpió en la habitación para saludarle.
Brad pegó un brinco y giró en redondo.
Había dos maletas en el suelo, otra abierta sobre la cama y prendas
desparramadas por todas partes.
Al reparar en ellas, a Page se le paralizó el corazón.
-¿Qué haces, papá? -preguntó Andy.
Desde luego, no era ésta la manera en que Page hubiera querido que se
enterase.
Brad la miró desde el centro de la estancia y ambos supieron que no tenían
elección.
-¿Te vas de viaje otra vez? -insistió el niño con inquietud.
-Algo así, campeón.
Clarke se sentó en el borde de la cama y acomodó a Andy sobre sus rodillas.
Page les contemplaba con un nudo en la garganta.
Ültimamente su vida se había convertido en una sucesión de despedidas y
tragos amargos.
-Me traslado a la ciudad -dijo Brad.
¿Yo también? El niño estaba anonadado.
Nadie le había alertado de ninguna mudanza.
-No, tú te quedarás aquí con mamá...
Brad iba a decir nny con Allie,n, pero se interrumpió a tiempo.
¿Quién podía saber si ella regresaría algún día? ¿Vais a
divorciaros? -inquirió el niño.
Las lágrimas se agolparon en sus ojos.
Brad se apresuró a abrazarle.
-Tal vez.
Todavía no está decidido, pero nos ha parecido una buena idea que yo me
ausente temporalmente.
Tu madre y yo hemos tenido diferencias muy fuertes.
-¿Es porque me escapé la otra noche, papá? ¿Por eso te marchas? -¡No! Hacía
ya tiempo que quería hacerlo, y recientemente nuestra vida se ha complicado
mucho.
A veces las cosas suceden así, sin más.
¿No será por el accidente? Andy necesitaba un motivo.
Pero quizá no lo había.
-Puede que sí.
No lo sé.
Hay momentos en los que todo se vuelve en tu contra...
pero eso no significa que no te quiera, ¿me oyes? Siento adoración por ti, y
tu madre también.
Los dos estaremos siempre a tu lado.
Podrás visitarme los fines de semana y algunos días sueltos.
Page cayó en la cuenta de que tendrían que someterse a calendarios de
visitas y pactos con abogados.
¡Qué intrincado era todo! ¡Qué burocrático y oficial! Detestaba que fuese
así, pero no podía modificar el curso normal de los acontecimientos.
Habrían de repartirse sus propiedades, los muebles, los regalos de boda que
aún conservaban después de dieciséis años, la lencería, la plata, las
toallas.
Repentinamente su vida se había vuelto mezquina.
-¿Dónde vivirás, papá? ¿Te has comprado una casa? -Me instalaré en un
apartamento.
Tendré un número de teléfono privado al que podrás llamarme siempre que te
apetezca, y también puedes localizarme en la oficina.
Andy rompió a llorar en los brazos de su padre.
-No quiero que te vayas -balbuceó, conmocionado.
Page también sollozó al mirarles.
Era espantoso.
-Ni yo tengo ganas de marcharme, hijo, pero es necesario que lo haga.
¿Por qué? El niño no lo entendía y, viéndoles juntos, Page tampoco.
¿Cómo podían haberse dejado arrastrar? ¿Por qué habían sido tan
estúpidos? -Es difícil de explicar.
Se nos han acumulado los problemas.
-Pues solucionadlos.
Era una sugerencia razonable y Brad sonrió a Page entre lágrimas.
¡ Ojalá pudiera! Pero la verdad era que no quería solventar nada.
Estaba feliz con el cambio.
Ansiaba tener su propia vida, su piso...
y a Stephanie.
La nueva aventura le ilusionaba mucho, y a ella también.
Había planeado irse a vivir con Clarke al cabo de uno o dos meses.
Solamente cuando volvía al hogar conyugal, cuando veía cómo les afectaba a
todos, Brad se arrepentía de dejarles.
Pero era lo bastante inteligente como para saber que, si no se iba, acabaría
haciéndolo sin previo aviso a la menor oportunidad.
Estaba resuelto a separarse, por mal que le supiera y a pesar del cariño que
le profesaba Andy.
-Quédate, papá -imploró el niño.
Page sintió náuseas.
-No debes insistir.
Es lo mejor para todos.
Confía en mí.
-¿Qué dirá Allie cuando vuelva? Andy se agarró a un clavo ardiendo.
-Tendremos que explicárselo también a ella.
El pequeño fue a buscar refugio en su madre y, al estrecharle ella contra
sí, desahogó toda su congoja.
Aquélla fue para todos una noche horrenda.
Brad decidió pasarla en familia, y mató las interminables horas revisando
sus papeles.
Por la mañana, en la casa reinaba un ambiente fúnebre.
Page preparó salchichas y tortitas dulces, normalmente el desayuno favorito
de todos, pero nadie las probó.
El equipo de Andy tenía partido de béisbol aquel sábado, mas, con el brazo
roto, el niño no pudo participar.
Le pidió a su padre que se quedase a jugar con él.
A media mañana, Brad anunció que se marchaba a la ciudad.
-¿Cuándo volveré a verte? -preguntó el niño, presa del pánico, al advertir
que Clarke cargaba en el coche bolsas, cajas y demás equipaje.
-El sábado que viene.
Te lo prometo.
Imagínate que estoy de viaje, pero con la ventaja de que puedes telefonearme
al despacho todos los días.
Andy estaba más allá de promesas y palabrería.
Se quedó muy envarado, llorando, al lado de su madre, mientras Brad Clarke
sacaba el coche por la avenida del jardín y se iba para siempre.
Aparte del accidente de Allie, hacía cuatro semanas, aquél era el peor día
que Page recordaba.
Sus esperanzas, su época dorada, sus dos amores rutilantes, la familia que
construyó con tanto afán, se había esfumado sin remisión.
Permanecieron fuera unos minutos, Andy sollozando en brazos de su madre,
hasta que al fin se dirigieron al salón y se sentaron los dos juntos.
Era como si se les hubiera muerto alguien.
Habían perdido a dos seres muy queridos.
En ese ambiente, Page quedó estupefacta cuando Maribelle Addison llamó a la
hora de comer para darle las gracias por su deliciosa acogida.
-Alexis y yo hemos disfrutado muchísimo.
Y nos encantó ver a Allyson.
Estoy segura de que está ya muy mejorada.
Aquella verborrea la dejó sin habla y, además, no se sentía de humor para
hablar con su madre.
Le dijo que la llamaría en otro momento, colgó y fue a buscar a Andy.
Estaba tumbado en la cama de matrimonio, con el rostro hundido en la
almohada y sumido en el llanto.
Se había derrumbado por completo.
Page hubo de admitir que tampoco ella andaba muy bien de moral.
De algún modo, la partida de Brad lo hacía todo más real, más doloroso.
-Ya sé que te sientes fatal, amor mío.
Pero no es el fin del mundo -animó a su hijo con voz entrecortada.
Andy rodó sobre sí mismo para observarla.
¿Tú querías que se fuera? ¿ Era su madre la culpable? ¿o era Brad? ¿o él, o
Allie? ¿Quién? ¿No lo era nadie? -No.
Pero sé que era necesario.
Nuestra relación había empeorado mucho.
-¿Por qué? ¿Por qué teníais tantas trifulcas? ¿Cómo hacérselo entender? Si
ella misma no lograba com prenderlo, mal podía explicárselo a un niño de
siete años.
Trygve telefoneó a media tarde, y Page le refirió los últimos sucesos.
Para distraerles, Thorensen les invitó a degustar uno de sus famosos
estofados.
En principio Andy se negó a ver siquiera a Bjorn, pero terminó por ceder.
Subió a la camioneta sin entusiasmo, abrazado al oso de peluche con que
siempre dormía.
-Bjorn también tenía uno -le dijo a su madre-.
Le llamaba Cbarlie.
Tan pronto bajó del coche, Bjorn intuyó que su amigo estaba mustio.
Se sentaron en el jardín y Andy le relató todos los hechos.
¿Cómo está? -preguntó Trygve, preocupado por los dos.
-Hecho polvo -contestó Page-.
El momento decisivo fue aún peor de lo que suponía.
Lo hemos pasado fatal.
-Sé lo que sentís.
-A Thorensen aún le dolía recordar el día en que Dana se había marchado.
Todos lloraron horas enteras, incluso ella-.
¡Dios, habéis pasado por un mal trago! -¿Y quién no los pasa alguna
vez? -Page lo miró con abatimiento.
Se estaba convirtiendo en un mal crónico-.
¿Qué hace Chloe? -Armar escándalo en el hospital.
Podré traerla a casa la semana próxima, si es que conseguimos montar las
rampas para su silla, pero tendrá que dormir en la planta baja, en la
habitación de Nick.
Page pensó en lo afortunado que era de que su hija volviera al hogar, aunque
fuese en condiciones precarias.
En cuatro semanas Allie no había hecho ningún progreso.
Todavía quedaba una esperanza, pero no tardaría en esfumarse.
Durante la cena el ambiente se distendió y confeccionaron el menú para la
barbacoa de la Fiesta de los Caídos.
Trygve dio a leer a Page su último artículo, que formaba parte de una serie,
encargo del Neze York Times, en la cual llevaba una temporada trabajando.
Lo pasaron bien juntos, pero Thorensen sabía que no debía apremiarla en
terrenos más íntimos.
Aún tenía abiertas las cicatrices de Brad, y por nada del mundo la habría
agobiado con sus sentimientos.
-No esperaba que la separación pudiera perturbarme tanto -comentó Page
después de cenar, arrellanados en sendas tumbonas del jardín e importunados
por ávidos mosquitos.
¿Por qué no? Tras una unión de dieciséis años, tendrías que ser de hielo
para no alterarte.
Yo estaba ya algo insensibilizado cuando Dana se marchó, y aun así me
provocó una gran conmoción.
La eché de menos durante mucho tiempo.
Es probable que a ti te pase lo mismo.
-Ya no sé ni lo que siento.
Mi vida es un perfecto caos.
-No lo creas.
Sólo es una sensación pasajera, y más ahora, con tantas teclas que tocar.
¿Cómo evoluciona Allie? ¿Qué dice el doctor Hammerman? -Que todo es aún
posible, pero si no supera el coma en un par de meses habrá que desistir.
Empieza a inquietarme la idea de que se quede así eternamente, Trygve.
Thorensen reflexionó, con la mirada absorta en las estrellas.
-Espero que no.
-De pronto recordó algo que no le había contado-.
La semana pasada me enteré de una noticia interesante, pero sabía que
estabas muy aterrada y no quise importunarte.
-¿De qué se trata? -Alguien vio a Laura Hutchinson emborracharse en una
fiesta.
Tuvieron que llevársela, aunque se hizo con toda discreción.
Luego se acallaron los rumores.
Estas cosas me llevan a preguntarme qué ocurrió realmente aquella noche.
Una persona achispada se bambolea, cae de bruces y hace mil excentricidades
sin que, por lo general, a nadie le importe.
Pero una dama con problemas o en una posición delicada debe recibir
atenciones muy especiales.
Hay que borrar las pruebas para que la gente no las detecte.
"No puedo dejar de pensar en la posibilidad de que condujera ebria cuando
chocó contra los chicos.
¡Estuvo tan contrita, tan desolada y tan atenta con los Chapman! Por lo que
me han dicho, hizo una donación sustanciosa a la escuela de Redwood en
memoria de Phillip, y se encargó de que todo el mundo lo supiera.
Ese dinero siempre me ha parecido una admisión de culpa.
-Tal vez.
Pero también puede ser que la conmocionara la muerte de Phillip, fuera o no
responsable de ella.
Me escribió para condolerse por lo de Allie -dijo Page sin ningún resquemor.
Aunque al comienzo había odiado a Laura Hutchinson, la fase de las
recriminaciones ya había pasado.
-En casa también se recibió una carta suya, que no me he dignado contestar.
¿Qué iba a decirle? "No se preocupe...
Ha estado a punto de matar a mi hija, o de condenarla a una silla de ruedas,
pero agradezco mucho sus amables palabras." -Trygve se acaloró a medida que
hablaba, hasta que hizo una pausa y miró a Page con aire pensativo-.
Sé que soy un chiflado y ni siquiera estoy muy seguro de lo que persigo,
pero tengo un antiguo amigo que se dedica a la investigación periodística.
Trabaja en la repugnante prensa amarilla, donde cuenta con muy buenas
fuentes.
-¿Qué pretendes encontrar? -preguntó Page.
-Algo...
no sabría definirlo.
Quizá sea tan minucioso como tú y esté buscando una aguja en un pajar.
Pero, siempre que lo rememoro, me asalta la sospecha de que aquella noche
hubo más de lo que creemos.
Es posible que mi colega desentierre alguna información.
Si Laura Hutchinson es todavía una alcohólica, tenemos derecho a saberlo.
-¿Por qué no haces la pesquisa? -sugirió Page con tono de complicidad.
Trygve asintió con una sonrisa-.
A los Chapman también les interesará el resultado.
-Los padres de Phillip habían interpuesto ya una demanda contra dos
periódicos locales.
-Somos un par de buscapleitos.
-Quizá, la señora Hutchinson se lo merece.
Thorensen guardó silencio, pero movió la cabeza en gesto de asentimiento.

CAPITULO XV


Las dos semanas siguientes pasaron como un suspiro, con su carga de
aflicción, pero también con momentos agradables.
Los primeros días tras la marcha de Brad fueron desgarradores.
Andy lloró todas las noches, hubo que ir a buscarle dos veces en plena
clase, pues se sentía demasiado abatido para concentrarse.
En una ocasión Page temió que se hubiera vuelto a escapar pero
afortunadamente lo encontró sentado en un rincón del jardín con su osito de
peluche.
También para ella fue desesperante.
Su hijo quería algo que ya no podía proporcionarle: un padre.
Brad cumplió su palabra y salió con él el primer sábado, si bien el regreso
a casa fue muy deprimente.
Habían estado en el parque acuático de Marine World.
Andy le rogó que no se fuera, pero Clarke le dijo que no podía quedarse.
Le habría gustado llevarle a su apartamento, pero consideraba prematuro
presentarle a Stephanie, quien pasaba la mayor parte del tiempo allí.
Brad no quería que Andy la asociara con los problemas de la separación.
La segunda semana fue menos azarosa.
Andy fue nuevamente a ver a Allie, y cenaron con los Thorensen un par de
veces.
El sábado volvió a pasarlo junto a su padre.
Y, el domingo, Chloe salió del hospital, seis semanas después del accidente
que casi le había costado la vida.
Trygve la llevó a casa en el coche y Bjorn les aguardó con grandes letreros
de bienvenida y varios ramos de flores cortadas en el jardín.
La noche anterior le había preparado un pastel ayudado por su padre, y él
mismo le preparó el almuerzo con sus manjares favoritos (mantequilla de
cacahuete, bocadillos de jalea y unas galletas que había aprendido a hacer
en las convivencias escolares).
Para Chloe fue un recibimiento conmovedor.
Nick había venido de la universidad, aprovechando un puente, y había
desocupado la habitación en honor de su hermana.
Page y Andy pasaron a visitarla cuando se hubo instalado.
Estaba tumbada en el sofá de la sala de estar, no muy cómoda, pero rebosante
de felicidad.
Aunque tenía algunos dolores, trataba de no excederse con los analgésicos.
No quería crearse adicciones y utilizaba el remedio más natural de buscar
distracción.
Jamie Applegate apareció a media tarde y en el instante en que traspuso la
puerta palideció de manera ostensible.
Había visitado a Chloe con frecuencia en el hospital y se había acostumbrado
a aquel marco, pero de repente, al verla en casa por primera vez, se acordó
de lo deshonestos que habían sido con sus padres el día en que se citaron
secretamente para ir de juerga y las trágicas consecuencias de ello.
Ambos, él y Chloe, revivieron el drama y estuvieron hablando en el salón
mientras Bjorn, Trygve, Page y Andy estaban en la cocina.
Sin embargo, lo peor había pasado y el día fue feliz y relajado.
Existía la probabilidad de una nueva intervención, el médico la daba casi
por segura.
Pero la vida de Chloe estaba fuera de peligro y ya no volvería a sufrir
tanto, ni su grado de invalidez sería el mismo.
Ahora se trataba de reparar las nnaverías", no de sobrevivir.
Reclinada en el sofá de la sala, cubierta con una manta rosa que le había
regalado Page, la muchacha desbordaba belleza y juventud.
La manta era de cachemira, muy suave, y Chloe jugueteó con la tela mientras
hablaba con Jamie de sus infortunados amigos.
-Resulta extraño, ¿verdad? Yo no puedo llamar a Allie, ni tú a Phillip.
Algunas veces me siento muy sola -dijo lastimeramente, con sus ojazos fijos
en los de él.
Chloe ayudaba mucho a Jamie tocando aquellos puntos que él nunca se hubiese
atrevido a mencionar, como el accidente y sus sentimientos más profundos.
Su condición femenina le permitía comentarlos sin ningún reparo, y a Jamie
le daba pábulo a exteriorizar la culpabilidad que sentía por haber
sobrevivido al accidente indemne, respetado por la mano cruel de la
fatalidad que se había abatido sobre sus tres amigos.
Todavía estaba obsesionado y asistía a sesiones de terapia para liberarse
de su inevitable complejo.
Incluso se había reunido con un grupo de supervivientes de catástrofes
aéreas, incendios y otros desastres en los que habían perecido sus
familiares y amigos.
Le aliviaba contrastar impresiones con ellos, y luego se lo contaba todo a
Chloe.
-¿Qué te apetece que hagamos hoy? -preguntó el joven Applegate.
En las seis últimas semanas su amistad se había afianzado, y él creía
saberlo todo sobre Chloe: su música preferida, sus actores y películas
predilectos, las amistades que valoraba y las personas que odiaba, el tipo
de casa donde viviría cuando se emancipase, cuántos hijos deseaba tener y en
qué universidad se matricularía.
Lo debatían todo, de lo trivial a lo trascendente.
-Podríamos ir a bailar -propuso ella burlonamente.
A pesar de su odisea no había perdido el sentido del humor.
Jamie tomó su mano y la miró con profundo afecto.
-Iremos algún día.
Te prometo que montaremos en una limusina espectacular, como las que se usan
en las grandes galas, iremos a un sitio especial y bailaremos toda la
noche -dijo.
Hablaba en serio, y a Chloe le enterneció la intensidad de su sentir.
También a ella le gustaba Jamie Applegate.
Significaba mucho en su vida.
Curiosamente, sin saber cómo, en las últimas semanas casi había llegado a
ocupar el lugar de Allie.
Si alguien se lo hubiese preguntado, Chloe le habría dicho sin vacilar que
Jamie Applegate era su mejor amigo.
Había algo más que camaradería, y ambos eran conscientes, pero no lo
expresaban con palabras.
Se servían mutuamente de puntal.
Su relación no distaba mucho de la de Page y Trygve.
¿Qué maquináis, pareja? -preguntó Thorensen, entrando en la estancia para
atender a Chloe y ver si quería comer o beber, o bien si se había fatigado
en demasía y necesitaba descansar un rato.
Pero la chica estaba exultante en su sofá, acompañada de Jamie.
-Sólo estamos charlando -repuso el chico con desenvoltura.
Para él había sido una bendición que Trygve le permitiera pasar tanto tiempo
junto a Chloe, dándole ocasión de conocerla mejor.
Al principio le había inquietado que la autorización se limitase al hospital
y no le quisieran en su casa.
Pero no era así y estaba muy contento de que le hubieran aceptado en el seno
familiar y poder compartir la alegría del retorno-.
¿Quiere que le ayude en algo? -ofreció un poco nervioso.
Trygve le encargó que vigilase a Chloe y le impidiera levantarse sola del
sofá.
Si necesitaba ir al lavabo, debían llamarle a él.
Cuando Jamie le avisó para este propósito, fueron Trygve y Page quienes la
llevaron a cuatro manos hasta la puerta, y a partir de aquí la chica se
desenvolvió sin ayuda.
Pero quedó manifiesto que precisaría mucha ayuda para moverse por la casa y
realizar las tareas más insignificantes.
Salir del hospital no era el final del desafío, sino más bien el comienzo.
Page se lo mencionó a Thorensen mientras volvían a la cocina para tomar el
enésimo café.
-Lo sé -convino él con voz solemne.
Lo había aquilatado muy bien y preveía que sería difícil, además de
frustrante para su hija.
Ahora que pisaba su propio territorio, Chloe esperaba recuperar su antigua
libertad, ir y venir a su antojo.
No obstante, un traslado de escenario no era un hechizo mágico.
La esperaba un camino largo y espinoso antes de reanudar la vida fácil que
recordaba-.
He contratado a una persona para que venga unas horas al día y yo pueda
salir o hacer mi trabajo, y Bjorn es también un colaborador genial, pero
costará un tiempo reajustarse.
No creo que Chloe se lo haya planteado durante su estancia en el hospital.
Yo, sí.
-Trygve sonrió.
Page pensó una vez más cuánto le admiraba y lo estupendo que era.
Todos buscaban su apoyo, incluida ella.
Se fue con Andy al caer la tarde y tuvieron una apacible velada.
Alquilaron películas de vídeo, comieron palomitas de maíz y durmieron en la
misma cama, después de que Page preparase al niño su cena preferida.
El lunes era la Fiesta de los Caídos, un homenaje a los soldados muertos en
combate.
Trygve había organizado una barbacoa en su casa e invitado a cuatro o cinco
amigos de Chloe, entre ellos el omnipresente Jamie Applegate, y también,
icómo no!, a Page y Andy.
-Son buenos chicos -dijo Trygve, sentándose al lado de Page con un vaso de
vino en la mano y el delantal aún puesto.
Parecía cansado.
Se había pasado media noche en vela a causa de Chloe.
-Sí que lo son, y están todos pletóricos por tener a Chloe ya de vuelta.
Page observó a los jóvenes, y sintió pena de que Allie no estuviese allí.
Ver a Chloe le resultaba una experiencia agridulce, y Trygve lo sabía.
-¡Qué trance hemos vivido! -exclamó Thorensen y suspiró-.
Hay momentos en que creo que ninguno de nosotros volverá a ser el mismo.
Ni uno solo de los afectados ha quedado intacto.
-Y, menos que nadie, Phillip y Allie¿Cómo te van las cosas? -preguntó con
una afable sonrisa.
Apenas la había visto en las dos semanas que llevaba separada de Brad.
La había añorado terriblemente, pero sabía lo traumático que había sido el
abandono de Brad y quería darle tiempo para que se adaptase.
Ella lo había comprendido y apreciaba aquel gesto, aunque también echaba de
menos su estimulante compañía, la calidez de su amistad y de sus
sentimientos.
Trygve estaba siempre alerta a sus necesidades, sin que ella tuviera que
decirle nada.
-No van mal -contestó con entereza, aunque había sido más arduo de lo que
esperaba.
-Te he echado de menos -repuso Trygve y la miró a los ojos.
-Y yo a ti.
No me figuraba que las rupturas pudieran generar tanta tristeza, tanta
nostalgia.
Claro que, en algunos aspectos, también ha sido un descanso.
Al final el ambiente se había enrarecido tanto que vivía en una constante
zozobra.
La paz de ahora es mejor, aunque también duele.
En ciertos momentos me siento renovada, valiente, pero en otros estoy...
-Page buscó el término exactodesamparada.
-Había pasado mucho tiempo casada y no se habituaba a vivir sola.
-No estás desamparada y no has perdido ninguna protec ción.
Siempre fuiste tú, no Brad, quien veló por la unión de la familia.
Era cierto, y Page había empezado a entenderlo.
Clarke apenas se había acercado al hospital en aquellas dos semanas.
Sólo había ido dos o tres veces.
Por lo menos, todavía se responsabilizaba de Andy.
-Sí, lo sé.
¡Qué desconcertante es todo! Después de dieciséis años, tienes que
retroceder al punto de partida, y aparte del marido te faltan algunas
toallas, varias piezas de plata y la tostadora buena.
Page esbozó una sonrisa irónica.
El problema era más grave que disputarse cuatro objetos, pero le fastidiaba
que Clarke se los hubiera quitado.
-Da mucha rabia, cverdad? -dijo Trygve-.
Dana repartió nuestras pertenencias con un rigor matemático.
Se llevó una de dos lámparas gemelas y la mitad exacta de las sillas de la
cocina, las ollas, las sartenes y la cristalería.
Me lo dejó todo desparejado, y reniego cada vez que hago una tortilla o que
tengo invitados a cenar, porque casi todo ha volado a Inglaterra.
-Mi caso es similar -repuso Page entre la risa y la acritud-.
Al principio, Brad dijo que no quería nada.
Ahora resulta que Stephanie está peor equipada de lo que él imaginaba.
Casi todos los días llego a casa y descubro que ha desaparecido algo, y en
su lugar hay una nota explicándome que se lo queda nna cuenta de su lote".
No sé cómo se lo monta, pero siempre hace las rapiñas en mi ausencia.
Ayer mismo se llevó la mitad de una cubertería de plata que me había
obsequiado mi madre.
-Ve con cuidado.
Estas pequeñeces suelen enturbiarlo todo.
-No lo pongo en duda.
Manoplas, cazos de cocina, esquís...
Es apabullante cómo se va reduciendo el campo.
¡Cuánta mediocridad! Es un mercadillo de compraventa de emociones.
Thorensen rió, pero la imagen no podía ser más justa.
A continuación hizo una pregunta que no se había decidido a formular: -¿Qué
vais a hacer en vacaciones? -¿Vacaciones? ¡Oh, Dios, ya no me acordaba de
que esta semana entramos en junio! No lo sé.
En todo caso, no pienso dejar a Allie.
¿Y si no hay cambios para entonces? ¿No crees que podrías marcharte a algún
lugar cercano? -Trygve estudió a su amiga expectante.
Ella sonrió.
Le había planteado una cuestión crucial.
¿Y si Allie no reaccionaba? ¿Se ausentaría unos días? ¿Tendría arrestos para
hacerlo? ¿Emprendería una nueva vida sobre el supuesto de que su hija podía
quedar en coma indefinidamente? -¿Qué se te había ocurrido? -preguntó
cautelosa, con el pensamiento centrado en su hija.
-Que podríamos pasar un par de semanas en el lago Tahoe.
Solemos ir todos los años y Bjorn disfrutaría mucho si pudiese jugar con
Andy.
-Trygve apartó la mirada...
para volver a posarla en Page-.
A mí también me haría muy feliz tenerte a mi lado.
-Me agrada la propuesta -musitó Page-.
Ya veremos.
Todo dependerá de cómo esté Allyson en el momento de marchar.
Por cierto, ¿cuándo será? En agosto.
-Todavía faltan dos meses.
La situación puede dar un giro espectacular: o habrá empezado a progresar, o
se estancará en un coma permanente.
-Piénsalo -dijo Thorensen, mirando a su amiga con unos ojos que hablaban por
sí mismos.
-Lo haré.
Sus manos se enlazaron en un breve contacto y toda la electricidad que
llevaban contenida emergió a la superficie.
Durante el trauma de la separación, Trygve se había abstenido para no
confortar ni confundir a Page, pero la había echado en falta terriblemente.
Los Clarke se fueron tarde.
Andy se durmió en el trayecto de vuelta, había tenido un buen fin de semana.
Trygve telefoneó a Page después de acostar a su hijo y tenderse sola en el
lecho conyugal.
-Te echo de menos -dijo él.
Ella esbozó una tenue son risa.
Ahora que Chloe había dejado el hospital no se verían tan a menudo, salvo
que él fuese expresamente a visitarla al hospital.
Conocía bien sus horarios-.
Te añoro a cada momento -insistió Trygve, con voz profunda y sensual.
En aquella etapa, Page procuraba no pensar demasiado en él.
Deseaba tomarse un tiempo para llorar sobre las cenizas de su matrimonio,
aunque también se resentía de la distancia de Thorensen.
Era un buen amigo, un hombre atractivo y una compañía amena-.
¿Cuándo nos veremos? No vamos a pasarnos toda la vida en la sala de espera
de la UCI.
-Ambos recordaban las infinitas horas y los besos que habían intercambiado
en aquel recinto.
-Espero que no tengamos que encontrarnos allí mucho tiempo más -repuso Page,
entristecida.
-Y yo.
Pero, entretanto, ¿por qué no concertamos una cita con todas las de la ley,
sin niños ni enfermeras, y ante un plato de comida auténtica en lugar de
pizzas picantes? Page sonrió ante aquella imagen.
La idea la seducía.
Hacía años que no la solicitaban así, y sólo de pensarlo se sintió guapa y
rejuvenecida.
-Me parece fabuloso.
-Sólo había salido una vez, con su madre, desde el accidente, pero quizá
estaba ya preparada para algo más excitante-.
¡.Significa eso que no tendré que cocinar? -¡No! -enfatizó Trygve-.
Ni tampoco habrá estofado noruego ni albóndigas suecas, y mucho menos
mantequilla de cacahuete o galletas de montañero.
Será comida de verdad, para personas adultas.
¿Cenamos el jueves en el Silver Dove? -Era un restaurante de Marín, de modo
que, si ocurría algún imprevisto, estarían a dos zancadas del hospital.
-Me apetece muchísimo -contestó Page con una ilusión que creía haber
perdido.
Trygve siempre se las ingeniaba para hacerla sentir como una verdadera
mujer.
Incluso cuando vestía su raído suéter de jardinera y zapatos viejos, a su
lado se transformaba en una belleza.
-Te recogeré a las siete y media.
-Perfecto.
Podía dejar a Andy con Jane, o llamar a una canguro.
De pronto, algo cruzó por su mente y soltó una carcajada.
¿Qué pasa? -Estaba pensando que ésta es mi primera cita galante en
diecisiete años.
No sé si me acordaré de comportarme a la altura de las circunstancias.
-Tú no te apures por nada.
Yo te enseñaré.
Los dos se echaron a reír como una pareja de adolescentes y continuaron
hablando, para variar, de sí mismos y no de sus hijos: del artículo de
Trygve, del nuevo mural que había proyectado Page y de la casita de Tahoe.
Thorensen comentó que había localizado a su amigo el periodista, y que este
último había iniciado el sondeo sobre Laura Hutchinson y sus aficiones
etílicas.
Tal vez quedase todo en agua de borrajas y no aportara pruebas respecto al
accidente.
Pero, de alguna manera, Trygve estaba obsesionado con sus sospechas.
-Hasta mañana -dijo por fin, de nuevo con tono seductor.
Al colgar, Page se preguntó a qué obedecía aquel tono.
Obtuvo respuesta al día siguiente, cuando Thorensen se presentó en la UCI
con una cesta de picnic y un ramo de flores.
Había estado ayudando a la fisioterapeuta de Allie, tratando de activar sus
músculos.
La chica tenía las piernas agarrotadas, tirantes, los pies en una postura
rígida, los codos doblados, los brazos anquilosados y las manos como
garfios.
Tenía que ejercitarse con mucho ahínco para mover, estirar o aflojar
cualquiera de los miembros.
Su cuerpo, al igual que su mente, se negaba a responder.
Las sesiones terapéuticas eran agotadoras y Page se alegró de ver a
Thorensen.
-Venga, salgamos a la calle -propuso Trygve, viendo lo exhausta y
desmoralizada que estaba-.
Hace un día esplendoroso.
En efecto, el sol ya calentaba y el cielo exhibía un azul inmaculado.
Era lo que cualquiera esperaría de una mañana de junio en California.
En cuanto respiró el aire estival, Page se sintió mejor.
Se sentaron en la hierba, rodeados de enfermeras, estudiantes y médicos
residentes, y dejaron pasar el tiempo.
Todo el mundo parecía estar enamorado e indolente.
-Se acerca el verano -dijo Trygve, tumbándose en el cés ped mientras ella
aspiraba embelesada la fragancia de las flores que le había llevado.
Sin pensar, tocó dulcemente su mejilla con los dedos, y él alzó los ojos con
una expresión que Page no había visto en ningún hombre durante años, si es
que alguna vez la habían mirado así.
De repente comprendió el porqué de su frecuente melancolía-.
Eres bella, bellísima.
Casi pareces noruega -la piropeó Thorensen.
-Pues no lo soy -replicó Page, risueña y hasta coqueta-.
Addison es un apellido de origen británico.
-Yo te encuentro un aire escandinavo.
-Trygve se puso serio y agregó-: Estaba pensando en lo fenomenales que
podrían ser nuestros hijos.
¿Tú deseas tener más? Quería conocer plenamente a Page, no sólo su actitud
frente a Allie, la fuerza de su carácter o su capacidad como madre, sino
también sus facetas menores, los detalles que no habían tenido ocasión de
explorar en la angustiosa vigilia por sus respectivas hijas.
-Antes sí lo quería -contestó ella-, pero ya he cumplido los treinta y
nueve.
Es un poco tarde, además, estoy muy ocupada con Andy...
iy con Allie! -No siempre será así.
No tardarás en adoptar una rutina con ella.
-Era forzoso que lo hiciera, por su propia supervivencia-.
A mis cuarenta y dos años, no me considero demasiado viejo para procrear.
Me entusiasmaría tener un par de hijos más.
Y tú, con treinta y nueve, podrías llegar a la media docena.
-¡Menuda ocurrencia! -exclamó Page, antes de abordar el tema con mayor
seriedad-.
A Andy le gustaría tener más hermanos.
Lo discutimos una tarde cuando volvíamos a casa después de un partido, pero
luego Allie sufrió el accidente y todo cambió.
-Trygve asintió.
Seis semanas después Page ya no vivía con su marido y Chloe nunca sería
bailarina, por no mencionar a Phillip, que había muerto, o a Allyson, cuya
vida aún corría peligro-.
Aun así, confieso que me atrae la idea de volver a ser madre, al menos una
vez más.
Tendré que meditarlo a fondo.
Claro que también deseo reanudar mi trabajo artístico.
Incluso he reflexionado sobre lo que me dijiste el otro día, que podría
pintar un mural en la UCI.
Se lo he sugerido a Frances, la enfermera jefe, y me prometió que lo
consultaría con la persona adecuada.
-Yo querría poner una nota de arte en mi estudio.
¿Me aceptarías como cliente? Pero ha de ser pagando.
¡Me encantaría! -Espléndido.
¿Por qué no nos reunimos en casa mañana por la noche, después de cenar?
Puedes traer a Andy.
¿No te hartarás de mí si ya hemos de vernos el jueves? -preguntó Page con
prevención, y a él le hizo mucha gracia.
-No creo que pueda hartarme de ti, Page, ni aunque nos viéramos todos los
días y todas las noches.
En realidad, eso es lo que deseo que probemos.
-Ella se sonrojó, y Trygve, que seguía tendido en la hierba, la atrajo hacia
sí y la besó-.
Estoy enamorado de ti -le susurró al oído-, muy enamorado.
Jamás me cansaré de tu presencia, ¿me oyes? Tendremos diez hijos, viviremos
felices y comeremos perdices -dijo entre risas y besos.
Ella se meció alegremente en sus brazos, sintiéndose como una niña.
Era demasiado bonito para creerlo.
Sólo esperaba que durase y que no se tratara de un espejismo.
Finalmente se incorporaron y Page decidió regresar a la UCI.
La agotaba pensar en todo aquello: los ejercicios, la terapia, los aparatos
mecánicos, el silencio, la apatía total, la profundidad del coma.
En algunos momentos debía hacer un gran acopio de voluntad, pero siempre
volvía.
Nunca fallaba.
Las enfermeras podían guiarse por ella para poner los relojes en hora, ya
que todas las noches llegaba puntualmente y pasaba largo tiempo con Allie,
acariciando su mano o sus mejillas, hablándole en susurros.
-Te acompaño -dijo Trygve.
Page metió el ramillete en la cesta vacía, cogió su brazo y ambos subieron a
la planta riendo, charlando en tonos quedos, ella muy serena y con una nueva
dicha dibujada en el rostro.
-¿Han comido bien? -preguntó una enfermera desconocida cuando llegaron junto
a la cama de Allie.
Page se había familiarizado ya con los olores de la UCI, y con sus ruidos,
luces y actividad.
-Deliciosamente, gracias.
Sonrió a Trygve al decirlo y, bajo la atenta mirada de él, volvió a su
quehacer en la cabecera de la enferma.
Era infatigable, la madre más abnegada que Thorensen había visto nunca,
exhortando a Allie a despertar, flexionando sus extremidades,
desentumeciendo los dedos, hablando siempre con ternura, tanto si disertaba
sobre cuestiones generales como si le contaba alguna historia.
Le estaba describiendo la comida y las excelencias del tiempo cuando, de
pronto, Allyson exhaló un débil gemido y ladeó la cabeza hacia su madre.
Page calló y la miró, prendidos los ojos de aquel movimiento.
Allyson volvió a su quietud habitual, flanqueada por las zumbantes máquinas.
Pero Page miró a Trygve con perplejidad.
-Se ha movido.
¡Dios mío, Trygve, se ha movido! -Las enfermeras también lo habían advertido
desde su cabina, y dos de ellas acudieron presurosas -.
Ha vuelto la cara hacia mí -les explicó Page con la faz surcada por sendos
hilos de lágrimas, y se inclinó sobre Allie para besarla-.
Cariño mío, has movido la cara.
Te he visto...
y te he oído, mi niña querida, he escuchado tu gemido.
Permaneció al lado de su hija, llenándola de besos, y Trygve lloró al
contemplarlas.
Una de las enfermeras hizo avisar al doctor Hammerman, que estaba en el
edificio, y él se personó al cabo de cinco minutos.
Page le refirió los hechos y Trygve los confirmó.
Las enfermeras lo corroboraron en términos más científicos y mostraron a
Hammerman los gráficos de las máquinas de control.
Tanto el movimiento como las ondas del sonido habían quedado registradas en
el encefalograma.
-Es difícil interpretarlo -dictaminó él, cauto-.
Podría ser un buen indicio o una mera casualidad.
Ciertamente, no descarto la hipótesis de que haya sido un tímido avance
hacia el mundo consciente, pero, señora Clarke, debe comprender que un gesto
y un quejido no indican necesariamente que la función cerebral se haya
normalizado.
Sin embargo, no quiero desanimarla.
Puede ser un comienzo.
Confiemos en que así sea.
Las palabras del doctor Hammerman fueron conservadoras, pero nada ni nadie
podía empañar el júbilo que embargaba a Page.
Aunque aquel día Allie no dio nuevas señales, a la mañana siguiente volvió a
hacer lo mismo durante la visita de su madre.
Page telefoneó a Brad a la agencia para comunicárselo, pero le dijeron que
estaba en Saint Louis.
Ella le siguió la pista hasta que al fin, por la noche, le localizó en el
hotel.
Clarke se congratuló de la noticia, pero no se puso eufórico como era de
esperar.
Al igual que el médico, le señaló a su mujer que tal vez no significaba
nada.
-Estoy segura de que mi hija me oye, Trygve -se desahogó Page con Thorensen,
aún excitada.
Cenaban los cuatro juntos, y era la víspera de su escapada al restaurante
Silver Dove-.
Es como si gritaras en la boca de un agujero hondo y oscuro.
Al principio ignoras si hay alguien dentro y no oyes más que el eco.
Yo hace casi siete semanas que doy voces, y nunca escuché un solo sonido,
excepto los que yo emitía...
Pero ahora, inesperadamente, alguien me responde, desde el fondo.
No me cabe la menor duda.
Trygve deseaba de todo corazón que estuviera en lo cierto, pero, como los
otros, prefirió no alimentar demasiado sus esperanzas.
Durante el resto de la semana Allie rebulló levemente todos los días, pero
no abrió los ojos, ni habló, ni dio muestras de entender lo que se le decía.
Sólo gemía y desplazaba un poco la cabeza.
Podía ser un síntoma muy significativo o, como había apuntado el doctor
Hammerman, quedar en nada.
La noche del jueves, Page aguardó emocionada que Trygve pasara a recogerla
para ir a cenar.
Andy estaba en casa de Jane, donde su madre debía recogerle si regresaba
temprano.
En el caso de que trasnochase más de lo previsto, Jane le había asegurado
que no le molestaba que el chico se quedara a dormir.
El niño se acostó en la habitación de uno de sus hijos, enfundado en su
pijama.
Trygve, por su parte, había llamado a una enfermera auxiliar para asistir a
Chloe.
-Estás deslumbrante -elogió a Page con franca admiración.
Lucía un vestido de seda blanca sin tirantes, un aderezo de perlas y un chal
azul celeste sobre los hombros que armo nizaba a la perfección con el color
de sus ojos.
Llevaba el cabello suelto sobre la espalda, como Allie en otros tiempos,
aunque ella lo tenía más corto-.
¡Colosal! -añadió Thorensen.
Page soltó una carcajada, montó en el coche y se encaminaron hacia el
restaurante.
Trygve había reservado una mesa para dos en un rincón tranquilo, y Page se
llevó una sorpresa al comprobar que algunas parejas bailaban al son de una
música romántica.
Era el lugar más idílico que había visto en muchos años.
Se sintió hermosa y halagada cuando se sentaron.
Thorensen pidió un vino especial y hojearon la carta.
él escogió pato asado y ella lenguado a la florentina, ambos tomaron sopa
como entrante y Trygve puso el colofón con una mousse de chocolate.
Fue una cena exquisita, un marco de ensueño y una velada inolvidable.
Después bailaron, y Page se estremeció al arrimarse los cuerpos.
Le asombró lo fuerte que era Trygve, fuerte y flexible.
Se le reveló como un consumado bailarín.
Salieron del restaurante a las once.
Page sonrió arrobadamente a Trygve.
Apenas habían probado el vino, pero estaba embriagada por la magia de la
noche.
-Me siento como si fuese Cenicienta -dijo, aún arrobada-.
¿Cuándo me convertiré en calabaza? -Espero que nunca.
-Thorensen sonrió, puso música en el coche y la llevó a casa.
Al apearse y acompañarla hasta la entrada, también él se sentía como un
chaval ilusionado.
Y cuando la besó junto a la puerta, todo se precipitó.
En el abrazo subsiguiente Trygve se elevó en la cresta de una pasión en
auge.
-¿Quieres pasar cinco minutos? -invitó Page, casi sin aliento.
-¿.Vas a cronometrarme? -bromeó él-.
¿Es ése mi límite? Ella rió y ambos entraron en el vestíbulo...
y no dieron un paso más.
Page ni siquiera encendió la luz.
Se quedaron allí, besándose a oscuras, y él tanteó ávidamente el cuerpo
femenino, abrumado por su belleza y por un deseo incontenible.
-Te amo, Page -murmuró en la penumbra-.
¡Te quiero! Había esperado aquel instante durante dos meses, mientras
capeaban el temporal que se había desatado sobre sus vidas, aunque en
realidad quizá fueron años, o incluso toda una vida.
Permanecieron los dos muy juntos, acunándose, prodigándose besos y arrullos,
hasta que no pudieron contenerse más.
Sin pronunciar palabra, Thorensen la guió hasta su dormitorio y, envueltos
en penumbra, la desnudó.
Page lo dejó hacer.
-Eres una preciosidad -susurró Trygve cuando cayó el vestido-.
¡ Oh, Page! La devoró con los labios y con las manos.
Page lo desvistió a él y al fin se irguieron los dos desnudos bajo un
tamizado claro de luna.
Luego Trygve la tendió amorosamente sobre el lecho y la acarició hasta que
ella gimió de placer, se arqueó y ; lo atrajo hacia él.
Su unión fue poderosa, palpitante, entregados ambos a lo que tanto habían
ansiado, en tan perfecta comunión que estallaron a un tiempo y al concluir
yacieron exhaustos en los brazos del otro, aturdidos por la fuerza de sus
sentimientos.
Guardaron un prolongado silencio, mientras Trygve acariciaba con delicadeza
el cabello de Page y ella no dejaba de besarle.
-Si hubiera sabido esto hace dos meses, te habría llevado a mi casa conmigo
la noche del accidente -musitó.
Page rió complacida.
-No seas bobo...
¡Ah, cuánto te quiero! Lo más sorprendente era que no exageraba.
Trygve Thorensen resultaba ideal para Page en ámbitos en los que Brad nunca
había encajado y ella se había negado a admitir, no sólo sexualmente, sino
por afinidad de caracteres, temperamento artístico, la naturalidad en el
trato o lo bien que sintonizaban ellos con sus hijos.
Ambos eran espíritus protectores, y se aupaban uno a otro con la gratitud de
quien sabe que ha vivido mucho tiempo en un túnel y divisa por fin la luz.
Trygve se sentía como un desahuciado que hubiera revivido gracias a aquellos
abrazos.
-¿Dónde estabas veinte años atrás, cariño, cuando más te
necesitaba? -bromeó.
-Veamos.
En aquella época trabajaba en el ofj-off Broadz.vay y asistía a clases de
arte siempre que podía pagármelas.
!.
-Me habría enamorado de ti con sólo verte.
-Y yo de ti -repuso Page, aunque entonces todavía estaba desequilibrada a
causa de la experiencia con su padre-.
¿No es increíble? Podríamos haber vivido un montón de años en la misma
comunidad sin conocernos jamás.
Y ahora, aquí estamos, con las vidas de ambos totalmente cambiadas.
-Así es el destino, querida.
El destino que glorificaba y que dnnstruía, y que a ellos les había dado
ambos extremos.
Pero era la gloria la que ahora relucía.
Charlaron extensamente hasta que, no sin renuencia, Trygve se levantó.
Tenía que volver a casa, junto a Bjorn y Chloe, y despedir a la enfermera
auxiliar.
En el caso de Page, se había hecho tarde para recoger a Andy en casa de
Jane.
Eran las tres de la madrugada.
-¿Vas a quedarte aquí sola toda la noche? -preguntó Trygve horripilado.
Ella asintió-.
No puedo consentirlo.
Acabaron haciendo otra vez el amor, y eran ya las cuatro cuando Page,
cubierta con un albornoz, le despidió con un beso en la puerta principal.
¿A qué hora llevas a Andy a la escuela? -preguntó Thorensen entre arrumacos.
Estaba jovial, exultante, en un delirio, y Page también.
Eran como dos amantes juveniles y apasionados que no hallaban el momento de
separarse.
-A las ocho.
¿Y cuándo vuelves? -dijo él con afectado tono de desesperación.
-A las ocho y cuarto.
-Estaré aquí a las ocho y media.
¿Dios mío, eres un maníaco sexual! Trygve se apartó un instante y exclamó: ¡
Vaya, ¿no te lo he contado? ! Debes saber que ése fue el motivo de que Dana
me abandonase.
La pobre estaba consumida.
Los dos se echaron a reír y se dieron un beso más.
La verdad era, por supuesto, que los Thorensen no habían tenido ningún
contacto físico en los dos últimos años, y Trygve incluso llegó a pensar que
su virilidad se había nnsecado".
Pero, se secara o no, la savia había vuelto a manar...
y a borbotones.
-¿Qué harás mañana? -preguntó.
-Ir al hospital.
-Vendré a desayunar contigo y te acompañaré.
Page aceptó y él, tras besarla nuevamente, se apartó de sus brazos y se
obligó a caminar hacia el vehículo.
Ya en la portezuela, regresó y le dio el beso definitivo.
Los dos soltaron una carcajada y al fin Thorensen consiguió regresar a su
casa.
Fiel a su palabra, estaba otra vez allí a las ocho y media.
; Page no le esperaba, pues había creído que hablaba en broma.
Después de ir a buscar a Andy y llevarle al colegio, se puso a trabajar en
casa.
Al llegar Trygve hacía la colada, risueña y canturreando.
-Buenos días, mi amor -la saludó él, exhibiendo un ramo de flores.
Era el hombre más romántico y más adorable que Page había conocido-.
¿Cómo está ese desayuno? No pisaron la cocina.
Trygve empezó a besarla una vez más y cinco minutos después estaban en la
cama, aún deshecha y tan incitadora como la víspera.
.
¿Crees que a partir de hoy volveremos a hacer algo a derechas? -dijo
Thorensen unas horas después, colocándose de lado y admirando el cuerpo de
Page.
;, -Lo dudo.
Tendré que renunciar a mis murales.
-Yo dejaré de escribir.
Sus agendas de trabajo eran tan flexibles, sus vidas tan libres y su mutuo
deseo tan voraz, que se recrearon pensando en el tiempo que tenían para
saciarlo.
-¿Hay servicio nocturno de guardería en la escuela de Andy? -preguntó él con
voz traviesa, entre una nueva andanada de besos.
Pero esta vez Page le echó de la cama.
Eran las once y debía ir al hospital.
Ahora que Allie había empezado a mejorar, aunque fuera mínimamente, no
quería desperdiciar ni un solo segundo.
Trygve la acompañó en la UCI la primera hora, y luego fue a casa para
trabajar y ocuparse de Chloe.
-¿Nos vemos esta noche? -sugirió.
Page meneó la cabeza e hizo una divertida mueca.
-Andy estará en casa.
¿Y mañana? -persistió Trygve.
-Mañana pasará el día con Brad.
Page soltó una risita de picardía y la enfermera sonrió.
Era agradable ver buenas caras de vez en cuando.
-¡Magnífico! -se alegró Trygve ante la perspectiva de que Andy saliese el
sábado con su padre-.
¿Qué prefieres comer, caviar o tortilla? Page se acercó a él y le dijo
quedamente, para que nadie más la oyese: ¿Qué tal un bocadillo de
mantequilla de cacahuete y un revolcón en el heno? -Se rió de su propia
ocurrencia y él le dedicó una sonrisa maliciosa.
-Es una idea excelente, cariño.
Ahora mismo voy a prepararlo todo.
¿Lo querrás normal o ración doble? -¡Trygve Thorensen, eres un
descarado! -Te amo -dijo Trygve, la besó tiernamente y salió de la UCI.
Era del todo descabellado, pero ella le correspondía.
Ni siquiera al centrar su atención en la figura inerte de Allie se borró de
su rostro la expresión beatífica que exhibía.

CAPITULO XVI


Brad le habló a Andy de su relación con Stephanie un sábado del mes de junio
y los presentó durante un almuerzo en Prego, un restaurante de Union Street.
Andy la repasó de arriba abajo suspicazmente y ella estuvo muy tensa.
Vestía unos vaqueros blancos ajustados y camiseta roja.
Hasta el niño tenía que admitir que era una mujer guapa, con su cabellera
morena y grandes ojos verdes, pero era obvio que le caía antipática desde el
momento en que la vio.
Le habló con tono desabrido e incluso fue grosero varias veces en el curso
de la comida, desmereciéndola en todo para acto seguido ensalzar el aspecto
y las virtudes de su madre.
-Andy -le reprendió su padre ya a los postres-, pide perdón a Stephanie.
Le dirigió una mirada fulminante.
El pequeño proyectó orgullosamente la barbilla y fingió no escucharle.
-No pienso hacerlo -dijo, taciturno, mirando su helado.
-Has sido muy descortés al decirle que tenía una narizota.
Brad se habría reído de aquello de no ser porque Stephanie se sintió
visiblemente insultada.
No tenía hijos y aquello no le hizo ninguna gracia.
No encontró a Andy monísimo, sino díscolo y mal educado, y en su opinión
Brad debería haberle dado una buena azotaina.
Era el típico niño mimado, y no había dejado de criticarla durante todo el
almuerzo.
También le había dicho que llevaba los pantalones demasiado ceñidos y que le
faltaba pecho.
Había proclamado que su madre tenía un tipo mucho más esbelto, que era más
elegante y más simpática, que cocinaba como nadie, mientras que Stephanie
probablemente no sabía ni freír un huevo, y que había pintado un mural en su
escuela que causaba la admiración general.
Y sin guió cantando las alabanzas de su madre, a la vez que resaltaba los
defectos de Stephanie, ya fueran reales o imaginarios.
Otra cosa que hizo, sin proponérselo, fue poner de relieve que Stephanie no
tenía ni idea de tratar a los niños y que su sentido del humor era bastante
limitado.
-La detesto -gruñó el niño con tono casi inaudible y con la vista fija en la
mesa.
-En ese caso -respondió prontamente Stephanie para adelantarse a Brad-, no
te invitaremos a comer nunca más.
Si tanto nos odias, quizás hasta dejemos de sacarte los sábados -dijo
despechada.
Brad se sintió violentado.
Quería apoyarla, pero debía ayudar también a Andy...
siempre que se comportase dentro de ciertas pautas.
-Te llevaremos a pasear los sábados -dijo con calma, observando a los dos y
tendiendo la mano hacia Andy para tranquilizarle.
Sabía que estaba asustado y nervioso, pero quería que simpatizase con
Stephanie.
Era esencial que congeniaran, porque si se declaraban mutuamente la guerra
todo se complicaría-.
Yo iré a verte los sábados, algún fin de semana completo y siempre que las
circunstancias lo permitan.
Sin embargo, sería mucho mejor si pudiéramos salir los tres juntos.
-No lo creo.
¿Por qué tenemos que cargar con ella? -protestó Andy, como si Stephanie no
estuviese allí.
Ella se sulfuró, pero Brad la conminó al silencio.
-Porque es amiga mía y me siento bien a su lado -contestó al niño-.
También a ti te gusta llevar a tus amigos cuando sales por ahí, ¿no? Es más
divertido.
¿Por qué no puedo traer a mamá? -insistió el pequeño.
"Porque nos aguaría la fiesta", pensó Clarke, pero se abstuvo de decirlo.
-Ya sabes lo difíciles que están las cosas entre nosotros.
Tú eras el primero en disgustarte siempre que nos oías pelear.
En cambio, Stephanie y yo nunca reñimos.
Somos buenos amigos y lo pasamos en grande.
Podríamos ir los tres al cine, a partidos de béisbol, a la playa, y hacer
muchas cosas más.
Andy miró a su enemiga con desdén y aventuró: -Apuesto a que no sabe nada de
béisbol.
-Le enseñaremos -repuso Brad sin perder el aplomo.
Brad volvió a mirarles de hito en hito.
Los dos estaban igualmente incómodos, ceñudos e infelices.
Se había precipitado al juntarles, e iban por mal camino.
Quizás era preferible esperar un poco más y continuar saliendo a solas con
su hijo.
Pero, antes o después, Andy tendría que acostumbrarse a Stephanie.
Habían hablado otra vez de matrimonio y ella se había mostrado tajante en
que o se comprometían de inmediato o cortaba la relación.
Después de más de diez meses, y habiendo visto tan de cerca su ruptura con
Page, Stephanie consideraba que ya había tenido suficiente paciencia.
Ahora quería comprobar si Brad estaba dispuesto a llegar hasta el final.
En caso contrario, dejaría de verle y exploraría otras vías, otras salidas
que no eran precisamente del agrado de él.
Tras lo mucho que habían pasado, Brad no quería perderla.
Stephanie era casi una mampara de seguridad, un escudo amortiguador de la
soledad que sentía sin Page, Allyson y Andy.
Y también la amaba, aunque últimamente su romance había sufrido algunos
altibajos a causa del trauma que supuso el accidente de Allyson.
Encima, Andy no daba facilidades.
Decididamente, la vida era muy compleja.
-Quiero que los dos pongáis algo de vuestra parte -dijo Brad con actitud
imperiosa-.
Hacedlo por mí.
Os quiero a ambos y deseo que seáis amigos.
¿Trato hecho? ¿Lo intentaréis? -les instó como si fueran un par de críos.
La verdad, a juzgar por la postura petulante que adoptó, Stephanie no
parecía mucho mayor que Andy.
-Está bien -concedió el niño a regañadientes, mirando a Stephanie con odio
concentrado.
-A ver cómo te portas -le espetó ella.
Brad reprimió un gruñido y pagó la cuenta.
-¡Basta ya! Sois un par de impertinentes.
Tuvieron una tarde de perros.
Fueron al parque de Marina y pasearon por la playa en un silencio casi
sepulcral.
Al rato, Stephanie dijo que tenía frío y quería volver a casa.
Andy sólo había abierto la boca para responder a las preguntas de su padre.
A Stephanie no le dijo absolutamente nada hasta que, cuando la dejaron en
su piso, Brad le ordenó que se despidiera de ella.
Camino de casa, se detuvieron unos minutos en el nuevo apartamento de
Clarke.
Al ir al baño, Andy vio algunos artículos femeninos en la repisa del lavabo
y un albornoz rosa colgado de la puerta, lo cual le deprimió todavía más.
-No has sido muy amable con ella -le regañó suavemente su padre, de nuevo en
el coche -.
Stephanie significa mucho para mí, y quiere caerte bien.
-¡Mentira! Ha sido odiosa conmigo desde el primer momento.
Sé que me aborrece.
-No lo creas.
Lo que ocurre es que no conoce a los niños y te tiene un poco de miedo.
¿Por qué no le das una segunda oportunidad? El tono de Clarke era casi de
súplica.
Habían pasado una tarde infernal y sabía que Stephanie le montaría un
numerito en cuanto regresara a la ciudad.
-A Allie tampoco le gustará -remachó Andy, y a Brad esas palabras le
traspasaron el alma.
Dudaba mucho de que Allyson volviese a estimar o censurar a nadie.
Sus recientes movimientos no habían prosperado.
-Pues hará mal -dijo, para entablar diálogo.
-Y mamá nunca simpatizaría con ella.
Está muy flaca y es una estúpida.
-No lo es.
Estudió en Stanford, tiene un buen empleo y es muy inteligente.
¡Qué poco la conoces! -¿Y qué? Es una cretina.
Se había cerrado el círculo y Brad trató de distraer a su hijo charlando de
otras cuestiones, pero Andy no estuvo nada comunicativo.
Se limitó a mirar por la ventanilla en obstinado mutismo.
Su padre le dejó frente a la casa y, al arrancar, saludó a Page con la mano.
Se sintió tentado de frenar y decirle algo, pero le habría exigido demasiado
esfuerzo.
Estaba malhumorado y tenía prisa por volver junto a Stephanie para
consolarla.
Sabía cuánto la habían contrariado las insolencias de Andy, ya que ella era
un poco infantil en determinadas situaciones.
él era el único que podía aplacar su cólera.
Esperaba que Andy y ella acabasen entendiéndose.
Pero, en el ínterin, entre los dos iban a convertir su vida en un suplicio.
Ya en casa, Andy se mostró alicaído.
Page lo advirtió.
¿No lo has pasado bien? -le sondeó por la noche, al meterle en la cama.
Apenas le había dirigido la palabra durante la cena.
Habitualmente, Andy comentaba con detalle los encuentros con su padre-.
¿Te duele algo? -insistió Page.
Le palpó la barbilla y la frente, pero no tenía fiebre.
Más bien estaba frío, con los ojos apagados y la cabeza hundida en la
almohada.
-No -contestó el niño.
Se hallaba al borde de las lágrimas y su madre no quería dejarlo solo-.
Papá ha dicho...
No puedo contártelo.
-No quería heri a su madre.
Habéis tenido algún altercado.
Tal vez Andy había hecho una travesura peligrosa y Brad le había dado una
azotaina, aunque no era su estilo.
El pequeño meneó la cabeza y persistió en su hosquedad.
Pero, al cabo de un minuto no pudo contenerse más y se echó a llorar.
-¡Vamos, cariño, cuéntaselo a mamá! -exclamó Page, acostándose a su lado y
abrazándole cálidamente -.
Papá te quiere mucho, aunque hoy os hayáis enfadado.
-Sí, pero...
-Acurrucado contra su madre, se le atragantaron las palabras -.
Tiene una novia.
Se llama Stephanie -balbuceó.
Ya estaba dicho.
Page sonrió también entre lágrimas, sin dejar de estrechar su cuerpecito.
-Lo sé, cielo mío.
No te preocupes, estoy al corriente de todo.
¿La has visto alguna vez? -preguntó atónito el niño, apartándose para mirar
a su madre.
Ella negó con la cabeza, pensando en lo dulce que era el pequeño Andy.
-No, nunca.
¿Y tú? -Ha comido con nosotros.
Es un adefesio.
Y además de ser feísima, delgaducha e imbécil, creo que me odia.
-Estoy segura de que no es así.
Probablemente se ha aturullado contigo porque desea causarte una buena
impresión.
-Bueno, pues yo la odio a ella.
Y papá dice que tengo que esforzarme en quererla.
"Así pues, el asunto va en serio", pensó Page.
Si Brad acuciaba a Andy era porque proyectaban formalizar su relación en una
fecha próxima.
Al pensarlo sintió una punzada en el corazón, pero sabía que, al igual que
su hijo, debía reconciliarse con la idea de que Stephanie formaba parte de
la vida de Brad, tal vez para siempre.
¿Por qué no lo intentas? A lo mejor, cuando la conozcas bien descubres que
es más simpática de lo que imaginabas -animó al niño con sutileza-.
Si papá la quiere tanto, alguna cualidad tendrá.
-Yo no se las veo -dijo él, y se enjugó las lágrimas-.
Es espantosa.
-Con ojos que delataban preocupación, preguntó : ¿ Crees que papá volverá a
casa algún día? ése era el quid de todo.
Stephanie constituía una traba para el feliz retorno de su padre a los
brazos de su madre.
-No lo sé -admitió Page-.
No cuentes mucho con ello.
-Pero si se casan no podría regresar aunque quisiera.
-Andy miró a su madre con el rostro contraído-.
¡Cómo la odio! -Basta, Andy.
Apenas la has tratado.
Además, papá no ha hablado de boda.
Te estás anticipando a los hechos.
Sin embargo, Page sabía que el niño no andaba errado.
Seguramente acabarían casándose.
-Este verano harán un viaje por Europa.
O sea que papá no nos llevará de vacaciones.
El niño no comprendía que, dadas las circunstancias, su padre no habría
veraneado en familia en ningún caso.
Pero a Page le dolió en el alma saber que iría a Europa con Stephanie.
A ella nunca se lo había ofrecido, pese a que era uno de sus más fervientes
deseos.
No había visitado el viejo continente desde antes de casarse, cuando viajó
con sus padres.
-A mí me da lo mismo.
No podemos irnos todos y dejar sola a Allie -argumentó, conciliadora-.
¿Papá quiere que les acompañes? -Brad no le había dicho una palabra al
respecto pero pensó que quizá lo haría más adelante.
Andy la desengañó.
-Se van los dos solos.
Estarán fuera un mes.
Page asintió.
Clarke tenía su propia vida, y los demás también.
Ella había encontrado a Trygve.
-Tampoco hay que dramatizar, Andy.
Papá y yo te queremos muchísimo.
Y estoy convencida de que su nueva amiga es una persona magnífica.
Verás como termina gustándote.
El niño refunfuñó mientras su madre le arropaba, y al día siguiente, en el
desayuno, todavía seguía taciturno.
Para Andy, la intromisión de Stephanie se concretaba en una sola cosa: Brad
no regresaría ni con él ni con Page.
De repente levantó la vista de la taza y le hizo a su madre una pregunta que
a ella se le clavó en las entrañas.
Hubo de esconder la cara para que no la viera llorar.
¿Qué vamos a decirle a Allie sobre papá? Ya sabes, cuando despierte.
¿Cómo se lo contaremos? Page se asomó a la ventana y se sonó la nariz,
buscando afanosamente una respuesta.
Tal vez jamás tendrían oportunidad de hablar con Allyson.
-Ya se nos ocurrirá algo.
-A lo mejor para entonces Stephanie ya se habrá muerto -farfulló el niño con
rencor.
Page casi se echó a reír.
Su vehemencia rayaba en lo cómico.
Le hizo salir al jardín y unos minutos más tarde llamó su madre.
No tenía nada que decirle, excepto que a Alexis le habían detectado una
úlcera.
Era un mal muy común en los anoréxicos.
A fuerza de negarle alimento al estómago, los ácidos buscaban un sustituto y
comenzaban a carcomer las paredes del estómago.
Maribelle hizo grandes aspavientos cuando Page le comunicó que Brad ya no
estaba en casa.
Actuó como si no supiese ; nada de lo ocurrido.
Según su costumbre, rehusó aceptar lo que su hija le contaba, y colgaron
enseguida.
Por la tarde, Page le hizo un comentario a Trygve sobre lo descalabrada que
fue siempre su familia, algo que a él le costaba asimilar.
Sus padres eran normales hasta el aburrimiento.
-¡Qué suerte tienes! -dijo ella.
Estaban sentados en el jardín de los Thorensen, conver sando, tocándose las
manos y deseando besarse pese a que sus hijos andaban por los alrededores.
Bjorn jugaba a pelota con Andy, que usaba la mano izquierda para hacer sus
lanzamientos debido a la escayola.
Chloe, en su silla de ruedas, trabajaba en unos ejercicios de la escuela
acompañada por su inseparable Jamie Applegate.
-Ayer, Brad le presentó a Stephanie -dijo Page con la mirada vuelta hacia
Andy.
¿Cómo reaccionó? -No muy bien.
Pero era de esperar.
Esa mujer representa una grave amenaza para él, es la prueba concluyente de
que todo ha terminado.
Me dijo que la odiaba.
Debió de ser una comida edificante -apostilló Page con una sonrisa malévola.
-Por lo que veo, todos los niños sueñan con que sus padres se reconcilien.
-Trygve sonrió y añadió-: Hasta los míos abrigan aún la secreta esperanza de
que Dana regrese un buen día y volvamos a vivir todos unidos.
¿ Tú querrías que lo hiciera? inquirió Page.
Thorensen se acercó sonriente a ella.
-¡Por Dios, no! Saldría huyendo de la ciudad...
contigo en la maleta.
-Más te vale -repuso Page, también risueña, y sus manos se rozaron
furtivamente.
Las dos familias pasaron una tarde muy agradable.
Más tarde, Page y Trygve prepararon la cena.
Chloe puso la mesa y colaboró en todo como mejor pudo, mientras que los dos
chicos se encargaron de lavar los platos.
Formaban un buen equipo y disfrutaban mucho estando juntos.
Chloe, pese a la diferencia de edad, se solidarizaba con Andy en la mutua
añoranza por su hermana mayor.
Y Nick volvería a casa al cabo de unos días.
Tenía un empleo eventual en el club de tenis Tiburón que le permitiría ganar
algún dinero durante el verano, y todos aguardaban con impaciencia su
regreso de la universidad.
La gran ausente era Allie.
Durante la sobremesa, instalados en el comedor, estuvieron hablando de ella.
Chloe dijo cuánto la echaba de menos y que confiaba en su recuperación.
Todos lo esperaban, y todavía no era demasiado tarde.
Pero dos meses eran mucho tiempo.
El doctor Hammerman continuaba firme en su idea de que, si no reaccionaba en
un plazo de tres meses desde el accidente, las perspectivas de curación eran
escasas.
Aunque intentaba no obsesionarse, en las solitarias horas nocturnas, tendida
en la cama, a Page la acosaba el temor de que Allyson pasara el resto de sus
días postrada e inconsciente.
-Ayer vi a la señora Chapman -dijo con un hilo de voz-.
La pobrecilla está consumida.
Parecía un fantasma, como si le hubieran chupado toda su vitalidad.
Trygve inclinó la cabeza, meditando lo que debía de sentir.
No podía ni quería imaginárselo.
Aquella misma semana Phillip habría obtenido su título de bachiller.
En la fiesta de graduación se guardó un minuto de silencio en su memoria.
A Chloe se le llenaron los ojos de lágrimas y tuvo que desviar el rostro al
evocar aquella noche, como le ocurría tan a menudo.
Había episodios que pervivían en su mente con toda nitidez.
Incluso se había apuntado en el grupo de terapia de Jamie, pues se sentía
culpable de haber engatusado a Allie para que saliera con ellos.
El accidente había dejado secuelas duraderas en muchas personas.
Chloe sugirió que jugasen al Monopoly, y los tres jóvenes se aplicaron
febrilmente, echando los dados, negociando, haciendo trampas siempre que
podían, desternillándose de risa y amasando fortunas de papel.
Page y Trygve se dirigieron al estudio, situado en el primer piso.
Una vez solos, Thorensen la abrazó y la besó tal y como había deseado
hacerlo durante toda la tarde.
Ansiaba pasar más tiempo a su lado y que ella se quedara a dormir en su
casa, incluso fugarse juntos.
Había un millar de planes esperándoles.
Sin embargo, sabía que aún no era tiempo.
Page no podía abandonar a Allyson, y también él andaba muy pendiente de sus
chicos.
¿Crees que nos dejarán escapar al menos una vez? -preguntó con una risita
pesarosa-.
¿Podremos largarnos un fin de semana? -Sería fantástico, cverdad? -suspiró
ella.
A Page también le apetecía la idea de descansar unos días en el lago Tahoe,
pero no le parecía bien abandonar a Allie.
Su vida se centraba ahora en las cuatro paredes de la UCI.
La en tristecía no ocuparse más de Andy, no hacer con su hijo todo lo que le
habría gustado, y que el niño necesitaba más que nunca tras la marcha de
Brad, pero Allie tenía prioridad.
De momento no había alternativa.
Todos debían guardar su turno, incluida ella misma.
Aquella noche se le hizo muy cuesta arriba separarse de Trygve.
A su lado las horas pasaban sin sentir, y las ocasiones en que las dos
familias se reunían eran especialmente venturosas.
Andy estaba mucho más optimista que la víspera, si bien durante el trayecto
a casa Page vio en sus ojos un mudo interrogante.
-¿Qué barruntas? ¿Lo has pasado bien? -le preguntó.
-Magníficamente.
Chloe nos ha ganado al Monopoly, pero no jugó limpio.
Bjorn dice que es una tramposa -afirmó el niño, torciendo aviesamente la
boca-.
Allie también lo es.
Page sonrió al oír aquel nombre.
Habría sido un sueño verla jugar al Monopoly, como una más del grupo.
-Bjorn asegura que su padre está interesado en ti -aventuró Andy.
-¿Qué le hace pensar eso? Page no se pronunció ni a favor ni en contra, pero
se le aceleró el corazón al ver la faz de su hijo.
Deseaba que Andy aceptase a Trygve, igual que Brad había intentado que
aprobara a Stephanie.
Pero Brad había fracasado.
-No lo sé.
Dice que os ha observado a los dos, que te encuentra fascinante, y que su
padre siempre está alabando tu belleza y simpatía.
Y una vez creyó ver que os besabais en los labios.
¿Lo hicisteis? En la pregunta no había malevolencia, sino curiosidad.
Después del impacto que le había producido conocer a Stephanie, se abría
delante de él un nuevo mundo, y quería inspeccionar el paisaje.
Sin embargo, también para Page era un mundo nuevo, y vaciló antes de
contestar.
¿Qué fracción de la verdad estaba obligada a revelarle exactamente? -Quizás
al despedirnos o algo así.
Pero no negaré que Trygve me gusta.
¿Como papá? -No, no tanto.
Digamos que le quiero como amigo...
un muy buen amigo.
Ha estado maravilloso conmigo durante toda la enfermedad de Allie.
Andy asintió.
No estaba en desacuerdo, era sólo que no se le había ocurrido enfocarlo
desde ese prisma.
-A mí también me cae muy bien, y Bjorn aún más.
Pero prefiero a papá.
-Tu padre siempre será tu padre.
Nadie puede reemplazarle.
-¿Vais a divorciaros? -preguntó el niño.
ésa sería la prueba palpable de que todo había terminado.
Los padres de muchos de sus amigos habían pasado por ello, y algunos
contrajeron segundas nupcias.
Andy sabía bien de lo que hablaba.
-Lo ignoro -dijo Page.
En el mes que había transcurrido desde la marcha de su marido, ninguno de
los dos había llamado a un abogado.
Brad le había pedido a Page que tomara la iniciativa.
Stephanie apremiaba por detrás.
Trygve le había recomendado su abogado, pero Page estaba indecisa.
Siempre se escudaba en el trabajo para posponerlo.
No obstante, sabía que cualquier día tendría que decidirse.
Brad se lo recordó la siguiente vez que coincidieron en el hospital.
Se acercó por allí una tarde, tras una semana de silencio total.
Page se llevó un sobresalto al alzar los ojos y verle allí.
-Hola, ¿cómo te va? -le saludó sintiéndose confundida y tratando de fingir
que no lo estaba.
-Bien -repuso él con una sonrisa más seductora que nunca.
Era un tipo imponente, algo que Page procuraba olvidar-.
¿ Cómo está Allie? -Sin novedades.
Continúa moviéndose y emitiendo pequeños sonidos, pero que no permiten
formar un diagnóstico.
Los gráficos trazaban agujas cuando Page pronunciaba su nombre, y ella
quería creer que no era un hecho casual.
Pero ccómo saberlo? Allyson seguía dormida, y si respiraba era gracias a las
máquinas.
Brad se quedó todo el tiempo que pudo.
Le habían fijado un límite de cinco minutos, y al marcharse pidió a Page
que le acompañara a la antesala.
-Tienes buen aspecto -la elogió tras examinarla minuciosamente.
Page parecía menos atormentada que unas semanas atrás, más compuesta, pero
una sombra de tristeza nublaba aún sus ojos.
Clarke no supo discernir si se debía a Allyson o a él, y tuvo el fuerte
impulso de tomarla en sus brazos, de estrecharla contra sí, pero habría sido
inoportuno.
Además, si Stephanie se enteraba era capaz de matarle.
Se había vuelto ferozmente posesiva, no dejaba de repetirle que no toleraría
ninguna infidelidad, ni siquiera un devaneo inocente.
No podía compararse con Page y había momentos en los que Brad añoraba mucho
a su mujer.
-¿Estás bien? -preguntó él.
-Voy tirando.
Page era feliz con Trygve y no había perdido la fe respecto a Allyson, pero
su vida no era ya completa con su hija en aquellas condiciones, un divorcio
en perspectiva y aquel desasosiego que sentía siempre que veía a Brad.
La escala de sus expectativas se había reducido: del hospital a casa, y
alguna que otra cena con Trygve Thorensen.
No se vislumbraban horizontes más amplios, salvo la esperanza de que Allie
superara el coma.
-Quería hablar contigo, pero no he tenido tiempo de telefonearte.
¿No es hora ya de que nos pongamos en contacto con los abogados? Brad lo
dijo temeroso, y se sintió como un criminal cuando vio la expresión de los
ojos de Page.
¡Le recordaba tanto a Andy! -Sí, lo es -convino ella.
Pero detestaba hacerlo.
Era la estocada mortal de su matrimonio.
-No hay motivo para retrasarlo.
A nosotros nos perjudica, e induce a Andy a crearse falsas ilusiones.
Creo que le será más fácil adaptarse si ve que todo ha concluido.
Y quién sabe si a nosotros también.
Tú misma mereces algo mejor que esto.
Page hizo un gesto de aquiescencia, pensando que tenía mucha razón.
Merecía una nueva familia, una Allie sana, un marido leal.
Merecía un sinfín de oportunidades, aunque estaba por ver si las conseguiría
o no.
-¿Estás seguro? -preguntó con serenidad-.
Me refiero al divorcio.
Brad asintió, y Page bajó la cabeza.
Lo había comprendido.
Lo había aceptado.
Era el fin.
Clarke quería casarse con Stephanie, emprender una nueva vida a su lado y,
quizás, hacerlo mejor esta vez.
-No esperemos más -balbuceó él tristemente-.
¿Sabes de alguien que pueda representarte? -Me dieron un nombre, pero no me
molesté en llamar.
No creí que tuvieras tanta urgencia -dijo Page con un perceptible retintín.
De repente le enfadaba que Brad hubiese escogido el hospital para decírselo.
En aquel lugar le habían sucedido las peores calamidades...
aunque también soplaron buenos vientos, como el que le trajo a Trygve.
-Estaremos divorciados para final de año -calculó Brad prosaicamente,
mientras Page lo ponderaba en silencio-, es probable que antes de Navidad.
Stephanie se había empeñado en casarse el día de Nochebuena, suponiendo que
el divorcio se decretase a tiempo, y si se apresuraban aún podían obtener la
sentencia.
-Preferiría anotar otros regalos en mi lista navideña -comentó Page con
sarcasmo.
Levantó la vista hacia Clarke, respiró hondo y prometió-.
Mañana mismo llamaré a mi abogado.
-Te lo agradezco mucho.
-Brad titubeó, como si quisiera decir algo más pero no supiera por dónde
empezar-.
Lo siento, Page.
-No más que yo -masculló ella.
Tocó la mano de Brad y entró de nuevo en la UCI.
Aquel día, Allie permaneció inmóvil, sin exhalar gemidos ni murmullos.
Era como si presintiera que su madre estaba deprimida y quisiera dejarla en
paz.
De todos modos, Page hizo su guardia cotidiana.
Por la noche, tras acostar a Andy, ni siquiera telefoneó a Trygve.
Necesitaba dar el último adiós a Brad antes de encarar el futuro.
Al día siguiente estaba más tranquila, y deseando hablar con Thorensen.
él había notado que algo la afligía y, en cuanto se lo preguntó, ella le
contó su conversación con Brad.
Como siempre, fue muy comprensivo.
Sabía cuán penoso resultaba y no creía en absoluto que existiera un
distanciamiento entre ellos, sino simplemente que costaba mucho rematar un
matrimonio.
Volvió a darle los datos del abogado y Page llamó para solicitar una
entrevista.
Cuando acudió al bufete, el letrado le dijo lo mismo que Brad, que la
próxima Navidad estaría divorciada.
Trygve pasó a recogerla y aquella noche fueron a cenar y explayarse.
Para entonces, Page se sentía mejor.
Sentados en su mesa predilecta del Silver Dove, los dos tan rubios, parecían
una atractiva pareja de escandinavos.
A la gente le llamaba la atención su semejanza y solía preguntarles si eran
hermanos.
Page lo encontraba interesante, pues siempre había tenido la teoría de que,
al casarse, las personas sufrían un proceso de mimetismo, si bien con Brad
no había ocurrido.
Charlaron durante horas sobre sus vidas, sus matrimonios, sus hijos y su
futuro en común.
-Eres la primera mujer que me inspira el deseo de volver a casarme -dijo
Trygve, y ella no tuvo más que mirarle a los ojos para ver que era sincero.
Ambos consideraban que un mes y medio de relaciones era un poco precipitado,
pero el accidente, que tanto había tergiversado sus vidas, hizo también que
el tiempo corriera más deprisa.
La lucha por la supervivencia le imprimía a todo una gran velocidad.
-Toda persona sabe cuándo ha acertado.
Es algo que se intuye -afirmó Thorensen con su habitual ecuanimidad-.
Yo me di cuenta en el hospital, al principio.
No podía entender cómo habían nacido aquellos sentimientos.
¡Eras una mujer casada! Y repentinamente cambió tu situación.
Page, con sólo mirarte sé que podría ser feliz a tu lado el resto de mi
vida.
Y tú también.
Ella no lo negó.
Sentía lo mismo que Trygve, aunque le asustaba reconocerlo.
¿Cómo pude equivocarme tanto, y ver ahora con tanta claridad? ¿Es que me he
vuelto más perspicaz? -No creo que la perspicacia tenga nada que ver.
Es más bien una sensación en el estómago, en el corazón, en las vísceras, o
dondequiera que anide.
Con Dana siempre supe que estábamos abocados al fracaso.
Vi que íbamos mal desde el comienzo, y ella también, hasta el punto de que
intentó disuadirme.
Pero yo no le hice caso.
¿No es curioso? A mí me pasó otro tanto con Brad -dijo Page en una mirada
retrospectiva-.
Todavía me estaba curando de las cicatrices que me dejó mi familia, cuando
él insistió en que nos casáramos y viniéramos a California.
La aventura me daba miedo, pues no me sentía madura, pero creí que tal vez
me ayudaría y terminé por ceder.
Fui una conta supina.
-¡Nada de eso! -negó Trygve-.
Sencillamente, aquello era lo que necesitabas entonces.
De lo contrario no habríais durado tantos años.
-Era obvio que el matrimonio Clarke había sido mucho más estable que el suyo
con Dana-.
Escúchame, Page.
Aunque no podría darte una explicación racional, sé que tú y yo
funcionaremos.
Y no quiero malgastar más tiempo después de haber arruinado la mitad de mi
vida por casarme con quien no debía.
-Trygve aspiró hondo y procuró aminorar el ritmo-.
Pero no voy a agobiarte.
Tardes lo que tardes, aquí estaré.
-Por una vez, mi madre ha dado en el clavo -dijo Page con una sonrisa.
-¿Cómo es eso? -Siempre me dice que soy una mujer afortunada.
-En este caso, el afortunado soy yo -replicó Thorensen, también sonriente-.
Ahora tendré que aprender a esperar.
-Bebió un sorbo de vino y lanzó a Page una mirada pícara-.
¿Qué opinas de Navidad? Es la fecha ideal para una boda, con Santa Claus, el
muérdago, los cascabeles de los trineos...
-Sabía que en, Navidad el divorcio sería oficial.
-Eres un lunático.
Al fin y al cabo, apenas me conoces.
¿Has pensado que yo podría ser un monstruo inaguantable? No supondrás que
Brad se habría cansado de mí si fuese una compañía divertida,
verdad? -Gracias a Dios, Brad es un insensato.
Además, seas lo que seas me gustaría averiguarlo por mí mismo, sin tener que
marcharme a las cuatro de la madrugada o andar de puntillas por la casa para
que Andy no nos oiga.
Ciertamente, aquella situación estaba llena de limitaciones.
Trygve deseaba despertar cada mañana al lado de Page, y acostarse juntos
todas las noches.
Y seguía queriendo que disfrutaran de un fin de semanas a solas, pero ella
estaba remisa a causa de Allie-.
Apúntate el de diciembre en algún rincón de la mente y ya volveremos a
hablar, quizá después de las vacaciones en Tahoe.
-Y tú inclúyelo en tu carta a Santa Claus -bromeó Page.
Trygve rió.
-Lo haré.

CAPITULO XVII


A finales de junio Page empezó a pintar el mural de la UCI.
Ella misma se lo había propuesto a la dirección del hospital, a quienes les
entusiasmó la sugerencia.
Haría dos pinturas, ambas en honor de Allie: una en el largo y lúgubre
pasillo que desembocaba en la unidad, y la segunda en la sala de espera.
Había pasado varias noches buscando documentación, y al fin eligió
respectivamente un paisaje campestre de la Toscana y una escena portuaria de
San Remo.
El primero creaba una atmósfera plácida y sedante, mientras que el otro
resultaba muy gracioso, con docenas de detalles y viñetas.
Daría a los sufridos acompañantes un vasto material que ver y que descubrir.
Le enseñó a Trygve los bocetos previos, y él quedó impresionado.
Page preveía que tardaría algo más de un mes en la ejecución de cada mural,
y luego proyectaba terminar su obra en la escuela primaria.
Después, a partir del otoño, sólo trabajaría por encargo y con honorarios.
-No tendré más remedio que cobrar -proclamó firmemente.
Brad sólo le pasaría una asignación para los niños y una escuálida pensión
personal durante dos años, con el argumento de que una mujer de su talento
artístico bien podía ganarse la vida.
Page confiaba en que sus murales y otros trabajos esporádicos que le fueran
encomendando los amigos le permitirían salir adelante, porque no quería
dejar a Andy todo el día y no tenía la menor idea de cómo evolucionaría
Allie, cuánto tiempo pasaría ligada a ella, cuál sería su estado definitivo
o en qué medida iba a necesitarla.
De todas maneras, cada vez cobraba más fuerza la posibilidad de que Allyson
no saliera nunca del coma.
Page aún no lo había admitido ante Trygve, pero él era consciente de que
batallaba con esa idea y trataba de asimilarla.
Aquellos días ha blaba mucho de Allie, de sus cualidades innatas, sus logros
del pasado, su inagotable energía, como si tuviera que pregonar a los cuatro
vientos quién y cómo había sido para perpetuar su memoria.
-No quiero que haya vivido en vano -le dijo una noche con profunda
tristeza-.
Deseo que la gente la recuerde en sus tiempos de esplendor y no a raíz del
accidente, de esta tragedia que tanto la ha disminuido.
La convaleciente en el hospital no es realmente Allie.
-Lo sé.
Algunas veces pasaban horas y horas enfrascados en el mismo tema.
Como siempre, él la apoyaba en todo.
Trygve se alegró cuando Page inició los murales del hospital, y a ella le
satisfacía hacerlos, pues la mantenían cerca de su hija.
En los descansos se asomaba al interior de la UCI para verla o darle un
beso.
Le habían quitado ya los vendajes y empezaba a crecerle el cabello, el cual,
aunque todavía corto, le daba un aire enternecedor.
Estirada rígidamente en la cama, con la cabeza apoyada en la almohada,
aquella incipiente melena le daba aspecto de niña.
"Te quiero", le susurraba Page y luego reanudaba su quehacer, con el pelo
recogido en un moño, los pinceles sujetos entre las tirantes mechas, y un
viejo guardapolvo.
Simultáneamente, acometió otro trabajo muy especial.
De pronto comenzaba a avanzar a toda máquina, para gran satisfacción de
Trygve.
Al fin regresaba a la vida.
Aquel nuevo encargo era un proyecto artesanal para la escuela de Bjorn, y en
cuanto lo empezó todo el mundo se prendó de ella, en particular los alumnos.
Hicieron juntos piezas de cartón y piedra, escultura en barro, cerámica,
acuarela y dibujo.
Los chicos estaban orgullosos de su obra, y Page lo estaba de los chicos.
Era la labor más gratificante que nunca había realizado, y así se lo señaló
a Trygve una noche, mientras recogían la cocina.
Bjorn había explicado en la mesa todo lo que les enseñaba Page, quien le
miró exultante cuando, a renglón seguido, comentó lo feliz que era desde que
la tenía como profesora.
La unía al chico una cálida relación, tanto que, si se iba a la cama estando
ella en casa, se le colgaba del cuello, le daba un beso de buenas noches y
le pedía que le leyese un cuento, igual que a Andy.
A Page le sorprendía la fuerza con que a veces la estrujaba o la alzaba en
volandas, pero era un muchacho amable, afectuoso y tierno.
-Es un buenazo -le dijo a Trygve después de acostarle.
A él le conmovió una vez más lo mucho que Page decía y hacía en favor de
Bjorn...
y también de Chloe.
Trabajaba infatigablemente con su hija, supervisando sus ejercicios de
recuperación siempre que disponía de unos minutos libres.
-¡Ojalá hubieras sido su auténtica madre! -exclamó Thorensen.
Ella sonrió.
-Eso mismo me dice Bjorn.
Me siento muy honrada.
Para Page era estimulante estar con él ahora, y tener una comunicación
también en la escuela.
Finalmente le sacaba un buen partido a su arte y, aunque todavía no le daba
beneficios económicos, sabía que pronto se lo retribuirían.
Ya le habían preguntado si estaría dispuesta a dirigir el programa artístico
del centro el curso siguiente, una propuesta que la atraía mucho ya que le
permitía alternar su trabajo profesional con el cuidado de Andy.
El dúo Clarke pasó con los Thorensen el fin de semana del Cuatro de Julio.
Page se alojó en la habitación de invitados y Andy durmió con Bjorn.
A media noche, Trygve se coló a hurtadillas en la alcoba de Page.
Ambos rieron como dos cómplices tras echar el pestillo para que no les
pillaran sus hijos.
-No vamos a vivir así eternamente.
Antes o después, tendrán que aceptarlo -dijo él, pero a ambos les faltaba
coraje para poner las cartas boca arriba, sobre todo a Page, que aún no se
atrevía a compartir abiertamente el dormitorio con un hombre.
Además, Chloe era muy celosa respecto de su padre, y no querían
predisponerla en contra.
-Si Chloe nos sorprende, estamos perdidos -bromeó Page-.
Es capaz de despertar a Allie para contarle nuestro pecado.
-Sonrió al imaginar la escena.
Trygve la besó y al poco se olvidaron de sus hijos.
La comida del día consistió en una barbacoa familiar, a la que fueron
invitadas sus respectivas amistades.
Asistieron el matrimonio Gilson, los Applegate y otras cuatro parejas.
Nadie tenía noticias de sus relaciones ni del abandono de Brad, ya que,
excepto Jane, no habían visto a Page desde antes del accidente.
Habían pasado tres meses justos, pero parecían tres años por cómo se
alteraron sus vidas en tan poco tiempo.
Sin embargo, todos se congratularon.
Trygve gozaba de la aceptación general.
El se ocupó de la barbacoa y Page y los niños hicieron el resto.
Trygve dejó que Bjorn lanzara unos cuantos petardos bajo su vigilancia, y no
perdió de vista a Andy.
-Los petardos son peligrosos -se quejó Page, pero a los chicos les
encantaban, y no ocurrió ningún percance.
Todo el mundo lo pasó bien.
Los últimos invitados se marcharon a las diez y media.
Page y Trygve retiraron los platos.
Estaban tirando las sobras, cuando Chloe entró en la cocina tan deprisa como
se lo permitieron las muletas.
-¡Venid corriendo! -les urgió, pálida y agitada.
Page no comprendía qué podía haber pasado.
Supuso que uno de los chicos se había lastimado, y el terror la embargó
mientras iba en pos de la muchacha, seguida por Trygve en angustiado
silencio.
Ninguno de los dos estaba preparado para lo que vieron al detenerse Chloe
frente al televisor.
Eran las imágenes de una matanza que, al parecer, había ocurrido aquella
tarde en La Jolla.
"La esposa del senador John Hutchinson -informó el presentador del
noticiarioha protagonizado una colisión frontal a primera hora de esta tarde
en la localidad de La Jolla, en la que ha muerto una familia de cuatro
personas y ha resultado herida su propia hija de doce años, que actualmente
se encuentra fuera de peligro.
La señora Hutchinson fue detenida en el escenario mismo de los hechos por
conducción temeraria con resultado mortal.
El senador no ha efectuado ninguna declaración.
Esta noche, un portavoz de la familia ha dicho ante la prensa que, aunque la
evidencia inicial indica que la señora Hutchinson fue en efecto la causante
del siniestro, no hay que descartar un probable malentendido.
Sin embargo -continuó el reportero, mirando directamente a la cámara como si
pudiera ver a Page, que escuchaba con el corazón desbocado-, el pasado mes
de abril la señora Hutchinson estuvo ya involucrada en otro accidente
similar.
Un joven de diecisiete años falleció y dos muchachas de quince años
sufrieron heridas de pronóstico reservado, en un choque también frontal
ocurrido en el puente Golden Gate de San Francisco.
En aquella ocasión no se instruyó sumario penal.
En La Jolla se han iniciado las investigaciones para determinar las causas
de la colisión de hoy y exigir las responsabilidades pertinentes." El
presentador pasó a informar sobre unos desórdenes en Los ángeles, mientras
el trío continuaba de pie, petrificado, frente al aparato.
Laura Hutchinson había matado a una familia entera y había sido detenida, no
era difícil deducirlo, por conducir en estado de ebriedad.
-¡Dios mío! -gimió Page, que se había derrumbado en una silla y lloraba
profusamente-.
Estaba borracha...
borracha...
y casi os mató a todos.
No podía contener el llanto, y Chloe tampoco.
Trygve apagó el televisor y se sentó con ellas.
Al cabo de un momento llamaron los Applegate, y Page lamentó no tener el
valor suficiente para telefonear a los Chapman.
De cualquier modo, no tardarían en enterarse.
Se habían confirmado las sospechas de Trygve.
! Thorensen volvió a encender la televisión y vieron un reportaje parecido
en otro canal.
El desastre era aún peor de lo que pensaban.
La señora Hutchinson había matado a una mujer de veintiocho años (embarazada
de ocho meses), su marido de treinta y dos, su hija de dos años y su hijo de
cinco.
Los muertos eran cinco, no cuatro.
Y su propia hija se había fracturado un brazo, hubo que darle quince puntos
de sutura en la mejilla y tenía una leve conmoción.
El lugar del suceso era un caos de ambulancias, coches de bomberos y
automóviles que habían sido arrojados fuera de la carretera.
Había seis o siete vehículos con la carrocería abollada, pero sus ocupantes
sólo recibieron golpes superficiales.
Page, al oírlo, sintió ganas de vomitar.
-¡Oh, Dios! -No sabía qué más decir, salvo que aquello reivindicaba a
Phillip Chapman.
Se preguntó cómo reaccionarían sus padres-.
¿La meterán en la cárcel? -preguntó a Trygve.
-Seguramente.
Ni siquiera su esposo senador podrá sacarla de este lío.
Era un hombre famoso, aunque controvertido, algo así como un senador
nnestrella", y tener una mujer con problemas de alcoholismo no iba a
beneficiar su carrera.
Habían evitado que circulase el rumor, pero no le prohibió a ella conducir.
ése había sido su error.
-Ha segado cinco vidas.
Son demasiadas para pasarlas por alto, y no creo que lo hagan.
Tendrá que comparecer ante un tribunal.
De hecho, los cargos que le imputaban eran homicidio involuntario de cuatro
personas por conducción temeraria, ya que el asesinato del feto no era
delito, aunque se habían hecho esfuerzos infructuosos para salvarle la vida
en una operación póstuma de cesárea.
-No han sido cinco, sino seis -recalcó Page, contando al joven Chapman.
Y serían siete si moría Allie, lo cual no era imposible.
Pero procuró desechar ese pensamiento-.
¿Cómo tuvo esa mujer la desfachatez de asistir al sepelio de Phillip? No
puedo entenderlo.
-Fue un acto político.
Tenía que exhibir su condolencia.
-¡Qué espanto! Por la noche, en la cama, Page desahogó su congoja en brazos
de Thorensen.
Ahora ya sabían a qué atenerse, sabían quién había puesto en peligro la vida
de sus hijas.
No cambiaba nada, pero confería una mayor realidad al hecho.
Había una persona en la que verter todas las culpas.
Dieron por sentado que Laura Hutchinson estaba ebria aquel sábado primaveral
en el Golden Gate, cuando colisionó con Phillip Chapman.
Trygve leyó exhaustivamente los periódicos de la mañana, y durante el
desayuno puso de nuevo la televisión.
Page y él vieron con escepticismo cómo el senador hacía pública ostentación
de su dolor y del desconsuelo de su esposa.
Por supuesto, ellos sufragarían los gastos del entierro y de la
investigación, y no cejarían hasta que todo quedase esclarecido.
Abrigaba serias dudas sobre los mecanismos del coche.
Creía que el sistema de dirección y los frenos estaban defectuosos.
Page, al oír aquello, reprimió un grito de ira.
Luego mostraron a Hutchinson con su hija.
La niña, que parecía nerviosa y un poco ida, se aferró a su mano en un vano
intento de sonreír.
Pero Laura Hutchinson brilló por su ausencia.
El informador alegó que se hallaba bajo los efectos de un fuerte sbock y le
habían administrado sedantes.
Page dijo que seguramente le había dado el delirium tremens y la habían
recluido en alguna oscura institución.
Cuando salieron a la calle para dirigirse al hospital, cayeron literalmente
en las garras de un fotógrafo y cuatro periodistas.
Querían fotografiar a Chloe en la silla de ruedas, o con las muletas, y
preguntaron a Trygve qué opinaba del accidente de La Jolla.
-Ha sido terrible, claro.
¿Qué más podría opinar? -respondió él sombríamente, sordo a la segunda
intención.
Y no les permitió fotografiar a Chloe.
En el momento en que se escurrieron dentro del coche, Page comprendió que en
el hospital también habría reporteros.
Al llegar, subió a la UCI presurosamente.
No quería que tomaran fotos de Allie en su actual estado, ni que la
convirtiesen en un espectáculo truculento o en objeto de compasión.
Aquélla no era la Allyson Clarke que todos conocían, y los medios no tenían
ningún derecho a utilizarla para desacreditar a una tercera persona.
Al margen de que Laura Hutchin, son fuese más o menos culpable, Page no
consentiría que usaran a Allie como su instrumento de tortura.
En la antesala de la UCI se habían apiñado seis o siete informadores y
fotógrafos, que al identificarla trataron de cortarle el paso y la
atosigaron a preguntas.
¡ -¿Qué siente usted al saber que Laura Hutchinson fue responsable del
accidente de su hija, señora Clarke? ¿Cómo está Allyson? ¿Saldrá del coma?
También habían querido abordar al médico, pero naturalmente Hammerman se
negó a hablar con ellos, como también las enfermeras de la UCI, a pesar de
sus súplicas y zalamerías.
Incluso habían intentado sobornar a una para que les dejase entrar y obtener
una instantánea rápida, si bien tuvieron poco tino en su elección, porque se
trataba de Frances.
Ella les había amenazado con echarles del hospital sin contemplaciones y
conseguir una orden judicial para impedir que regresaran.
Ahora salió presta a rescatar a Page, mientras Trygve se debatía para que
dejasen de molestarla.
Page insistió en que no haría ningún comentario.
-Pero, señora Clarke, ¿no está indignada? ¿No la encoleriza el daño
irreparable que le han causado a su hija? -la provocaron.
-Más que cólera, siento pena -repuso Page con dignidad, abriéndose camino en
el enjambre-.
Pena por todos nosotros, por quienes han perdido a sus seres queridos o
sufrido la agonía de este accidente.
Mi corazón está con los parientes de la familia de La Jolla.
Sin decir una palabra más, se adentró en la UCI acompañada de Trygve, tan
exhaustos como si acabasen de escapar de un ciclón.
Ese día, las enfermeras mantuvieron el recinto cerrado y echaron las
persianillas para que nadie pudiera sacar fotografías furtivas de Page ni de
Allie.
Thorensen telefoneó unas horas después a su amigo investigador, y quedó
anonadado por lo que éste le relató.
Laura Hutchinson había estado ingresada cuatro veces sucesivas en una
prestigiosa clínica de desintoxicación de Los ángeles, todas en los tres
últimos años, y aparentemente ninguna de sus curas dio resultado.
Había ingresado bajo un nombre supuesto, pero una fuente del mismo centro
había confirmado su identidad.
Y, por añadidura, en los archivos confidenciales de la policía constaba que
había ocasionado al menos otra media docena de accidentes menores y uno de
cierta envergadura en Martha's Vineyard, su lugar de veraneo.
Aunque en ninguno hubo víctimas mortales, excepto en el del puente Golden
Gate, se produjeron lesiones secundarias, y en uno de ellos la propia señora
Hutchinson sufrió una pequeña contusión.
Todos se habían silenciado celosamente, desde luego, y siempre que fue
posible se nntraspapelaron" los expedientes.
Pero el colega de Trygve había sabido dónde escarbar.
Dijo que sin duda se había recurrido al soborno para sobreseer los casos, o
también al favor político.
Sea como fuere, los abogados y relaciones públicas del senador habían
realizado una brillante labor tapando las faltas de Laura Hutchinson.
Era espeluznante pensar que, en menos de un año, aquella mujer tenía en su
haber una hija accidentada, seis personas muertas, una chica medio inválida
y otra en coma indefinido.
Era todo un récord.
A última hora del día, el revuelo era estruendoso.
Las asociaciones de madres contra los conductores ebrios habían concedido
entrevistas para condenar el hecho, y los Chapman habían denunciado
públicamente la vida en flor que cortó Laura Hutchinson y la reputación que
había mancillado por no confesar.
Entretanto, los portavoces del senador continuaban aduciendo que los frenos
habían fallado y la dirección se había desajustado, pero tenían serias
dificultades para dorar esa píldora.
Y, en medio de tanto alboroto, la señora Hutchinson seguía ilocalizable.
La semana siguiente, los periodistas más populares del país entrevistaron a
varias familias que habían perdido a sus hijos o cónyuges en accidentes
afines, y en las noticias de televisión apareció Laura Hutchinson entrando
en los juzgados para responder de su presunto delito, esquiva con las
cámaras y camuflada tras unas gafas oscuras.
La pena máxima que podían imponerle era cuarenta años de prisión, lo cual,
en opinión de Page, no pagaba la deuda moral contraída.
Aquellos días, cada vez que veía a su hija pensaba en la Hutchinson y en la
mujer que murió con un bebé dentro del útero.
A mediados de semana, tanto la prensa como la televisión se habían
desbordado.
Persistían las preguntas a los Chapman sobre su estado emocional, y el acoso
incesante de los Applegate, Page, Brad y Trygve.
Un equipo de los espacios informativos solía merodear en la UCI y su
presentadora agobiaba a Page para que les autorizase a sacar a Allie en
pantalla.
¿No quiere que las otras madres vean lo sucedido? Tie nen derecho a saber
las consecuencias de la temeridad de la gente como Laura
Hutchinson -argumentó aquella profesional joven y agresiva-, y usted está
obligada a ayudarlas.
-La imagen de Allyson no les aportará nada nuevo -rehusó Page, que sólo
quería proteger a su niña.
-Al menos, hable usted con nosotros.
Lo reflexionó con detenimiento y por fin accedió a dejarse entrevistar
brevemente en el pasillo, aunque fuera tan sólo para apoyar la causa contra
Laura Hutchinson en La Jolla.
Explicó lo que le había ocurrido a Allyson tres meses antes, los resultados
de la tragedia y su estado actual.
Fue un relato claro, conciso, y por un segundo Page se alegró de haberlo
hecho.
A continuación, la misma reportera incisiva le preguntó si el accidente
había afectado su vida en otros aspectos.
¿Existían otras derivaciones? Page adivinó que la mujer sabía lo de su
separación matrimonial, pero no quería aparecer en la televisión como una
mártir, así que contestó con una evasiva.
¿Tiene otros hijos, señora Clarke? -Sí -dijo ella-, un niño.
Andrew.
-¿Y cuál ha sido su reacción? -Todos lo hemos pasado muy mal -admitió Page.
La entrevistadora asintió.
¿Es cierto que Andrew se escapó de casa un par de veces después del
accidente? ¿Cree usted que esas fugas fueron motivadas por el trauma? Era
obvio que habían leído los informes policiales, y Page se enfadó ante tamaña
invasión de su intimidad.
Aquella gente la estaba manipulando para alcanzar sus propios objetivos.
Trygve había hecho bien al no conceder entrevistas desde el principio.
-Yo diría que ha sido un duro trance, pero poco a poco lo vamos
superando -dijo con una amplia sonrisa, y entonces se acordó del motivo por
el que se había puesto ante las cámaras-.
Sólo deseo añadir que, a mi juicio, quienquiera que haya sido responsable de
un hecho tan deplorable como éste debe ser castigado con todo el rigor de la
ley...
aunque nosotros ya no podremos recuperar lo que hemos perdido.
Con estas frases finalizó la entrevista.
No obstante, Page recapacitó que si años antes se hubiera tratado con la
debida atención el alcoholismo de Laura Hutchinson, en aquella funesta noche
de abril ella no habría estado al volante de un potente automóvil.
Tuvo un gran disgusto cuando se vio en la televisión.
Habían montado la entrevista de tal manera que sus palabras no se entendían
claramente y, encima, ofrecían de ella una imagen patética.
Pero si el público entendía lo peligrosa que podía ser Laura Hutchinson tal
vez le aplicarían una sentencia más severa.
El accidente del Golden Gate no constituía una prueba legalmente admisible
ya que no le habían hecho la prueba de la alcoholemia.
Sin embargo, marcaba un patrón de conducta.
Era la única razón por la que Page había aceptado mencionarlo ante las
cámaras, aunque se arrepentía de su candidez.
Para Allyson no cambiaba nada, pero Page se sentía mejor al saber que la
mujer que había malogrado su vida estaba en manos de la justicia.
La causa se fallaría a finales de agosto.

CAPITULO XVIII


Trygve y sus hijos se fueron al lago Tahoe el primero de agosto, y Page
prometió que se reuniría con ellos a mediados de mes.
Brad y Stephanie ya habían partido hacia Europa, así que, a falta de otra
solución mejor, Page inscribió a su hijo en unas colonias diurnas.
Trygve se había ofrecido a llevarlo también a Tahoe, y Andy estuvo tentado
de acompañarles, pero no quería alejarse de su madre.
No era el niño confiado y seguro de antes del accidente: le asustaba dormir
fuera de casa, y aún tenía pesadillas sobre Allie.
Para entonces habían transcurrido casi cuatro meses desde el accidente.
Habían cruzado la temida frontera de los tres meses sin que Allyson diera
señales de recuperación claras y concluyentes.
Page empezaba a resignarse.
Había rogado desesperadamente que despertara, que volviera en sí, aunque
luego tardase mucho tiempo en caminar o en rehabilitar su cerebro.
Habría dado su vida por reanimarla.
Pero, muy a su pesar, fue comprendiendo que aquello no sucedería.
Trygve le telefoneaba todos los días.
Page había establecido su propia rutina.
Cada mañana llevaba a Andy a las colonias, iba al hospital, acompañaba un
rato a Allyson y colaboraba con la fisioterapeuta para ejercitar sus
miembros y evitar que se atrofiasen por completo.
Luego trabajaba en el mural, le hacía una nueva visita a su hija, recogía a
Andy, volvía con él a casa y preparaba la cena.
Echaba de menos a Trygve, más de lo que había supuesto.
En una ocasión, él sentía también tanta nostalgia que viajó a Ross para
pasar la noche juntos y regresó al lago por la mañana.
Era una joya de hombre, y hacía muy feliz a Page.
Había terminado el primer mural y a finales de la misma semana empezó la
escena portuaria de la sala de espera.
La componían una infinidad de intrincados detalles que había delineado en
los bocetos, y en los ratos que pasaba con Allyson solía retocarlos y
perfilarlos.
Una apacible tarde en que los rayos solares se filtraban hasta la sala, Page
detectó un ligero movimiento en la mano de Allie que reposaba sobre su lado
de la cama.
No era la primera vez.
Sabía que no significaba ! nada, que era una respuesta nerviosa a la
actividad eléctrica del cerebro.
Instintivamente alzó la vista hacia ella, y a continuación se centró de
nuevo en su trabajo.
Quería dibujar una viñeta que no acababa de visualizar y, sin levantarse del
asiento, mordisqueando el lápiz, miró distraídamente por la ventana en
espera de la inspiración.
Sin pensar, posó una vez más los ojos en Allyson y de pronto la vio agitar
ambas manos.
Parecía como si quisiera agarrar las sábanas y tocar a su madre.
No lo había hecho nunca, y Page la observó atentamente, preguntándose si era
otro reflejo o algo distinto.
Casi imperceptiblemente, Allyson empezó a mover también la cabeza.
Parecía que intentaba girarla hacia Page, que presentía su presencia.
Ella la observó con el alma en vilo.
Allyson actuaba como si hubiera vuelto al mundo de los vivos y supiera que
había alguien a su lado, y su madre no dejó de advertirlo.
-¿Allie? ¿Estás aquí, Allie? ¿Puedes oírme? -Los síntomas no eran los mismos
de cuando estuvo a punto de morir, sino algo mucho más intenso, más real,
aunque en aquella ocasión también se lo había parecido.
Pero no, lo de ahora era diferente-.
¿Allie? -Page dejó en el suelo el cuaderno y el lápiz y asió la mano de su
hija, decidida a llegar hasta ella-.
Allie, amor mío, abre los ojos.
Estoy contigo.
Vamos, mi niña, ábrelos sin miedo.
Soy mamá.
-Le habló en tonos quedos, acariciándola.
De pronto notó que Allyson apretaba su mano débil, tenuemente, y rompió a
llorar.
Su hija la había oído.
Sabía que no se engañaba, Allyson la había oído-.
Allie, he sentido tu apretón.
Sé que me escuchas, pequeña mía.
Haz un esfuerzo y abre los ojos.
Venga, ánimo.
Incapaz de contener las lágrimas que surcaban sus mejillas, Page miró los
párpados de Allyson y vislumbró en ellos un suave temblor.
Sin embargo, cesó al instante.
La pobrecilla no tenía fuerzas.
La contempló, temiendo que hubiese vuelto a sumirse en el coma, ya que no
había signos de vida.
Pero a los pocos segundos Allyson estrujaba su mano, ahora con más vigor.
Page sintió el impulso de cogerla y zarandearla hasta hacerla despertar,
llamar a alguien, proclamar a voces que Allie estaba viva, que todavía ardía
la llama en algún recoveco de su cuerpo, pero permaneció quieta,
hipnotizada, vigilando cada movimiento, alentándola a despertar.
Y, cuando los párpados volvieron a temblar, lloró calladamente sin apartar
la mirada.
¿Y si se trataba de una burla cruel, si le decían que eran meros espasmos y
que nunca saldría del coma? -Cariño, por favor, abre los ojos.
¡Te quiero tanto, Allie! Estaba sollozando en silencio y besándole los dedos
cuando se produjo un nuevo parpadeo y, por primera vez en más de tres meses,
Allyson abrió los ojos y vio a su madre.
Al principio parecía obnubilada, como si no distinguiera bien los objetos,
hasta que al fin miró a Page directo a los ojos y balbuceó: -Mamá...
Sacudida por el llanto, Page la contempló, se inclinó y la besó en ambas
mejillas; las lágrimas resbalaban junto con el cabello sobre la tez de su
hija.
Y ella repitió, ahora más fuerte, aquella palabra que surgía como un
graznido, pero que era el más dulce acorde que Page había oído nunca: Mamá.
Pasó siglos allí sentada, llorando de emoción y mirando a su niña, antes de
que acudiera Frances con expresión de incredulidad.
¡Dios santo, está despierta! -se cercioró, y de inmediato avisó al doctor
Hammerman.
Cuando llegó el médico, Allie estaba amodorrada, pero parecía haber salido
del coma.
Page le refirió todo lo que había ocurrido y él procedió a realizar un
exhaustivo reconocimiento.
Al cabo de un rato, Allyson abrió los ojos y miró al doctor.
No le reconoció y se echó a llorar, a la par que buscaba la protección de su
madre.
-Tranquilízate, mi niña.
El doctor Hammerman es un buen amigo que te ayudará a recuperarte.
A Page ya no le importaba nada ni nadie.
Allie había despertado, había abierto sus bonitos ojos y le había hablado.
Lo que pasara a partir de ahora le era indiferente.
El médico pidió a Allie que aferrase su mano y que le mirase, y ella lo
hizo.
Luego la instó a decir algo, cualquier cosa, pero ella no lo consiguió.
Clavó la mirada en su madre y meneó la cabeza.
Más tarde, en el pasillo, Hammerman le explicó a Page que Allyson había
perdido todo su vocabulario.
Su energía motriz también estaba deteriorada, y restaba por determinar la
magnitud de las lesiones cerebrales.
-Su hija volverá a desarrollar la mayor parte de sus funciones básicas,
tales como andar, sentarse y comer.
Y aprenderá a hablar por segunda vez.
Ahora debemos comprobar qué aptitudes han quedado intactás y hasta dónde
podemos avanzar -dijo llanamente.
Page estaba dispuesta a hacer lo que fuera, a trabajar con todo ahínco, a
sacrificar años de su vida para devolverla a la normalidad.
No repararía en medios.
Cuando se hubo despedido de Hammerman, llamó a Trygve y le contó las
novedades.
-Aguarda un minuto...
Calma, Page, no te aturrulles.
-En el lago, Thorensen tenía un teléfono portátil y la comunicación era
deficiente.
Se enteró de que el médico había comentado algo sobre la energía motriz de
Allyson, pero el resto se le escapó.
Además, Page mezclaba la risa y el llanto, lo que aún dificultaba más su
comprensión-.
Empieza otra vez.
-Me ha hablado, Trygve, ¡Allie me ha hablado! -exclamó ella, y a Trygve casi
se le cayó el teléfono de las manos-.
¡Está despierta! Ha abierto los ojos, me ha mirado y ha dicho mamá.
-Era el día más hermoso de su vida desde el nacimiento de Allyson y desde
que supieron que no perderían a Andy-.
¡Oh, Trygve! -Page sollozaba y chillaba incoherentemente.
A Thorensen también se le saltaron las lágrimas.
Sus hijos se arremolinaron a su alrededor, preguntando qué ocurría.
No estaban muy seguros de si la noticia era buena o si Allie había muerto.
Chloe miró a su padre con angustia en los ojos.
-Bajaremos a la ciudad esta misma noche -anunció Trygve-.
Te llamaré enseguida que llegue.
Ahora se lo diré a los chicos -añadió con atropello y nerviosismo, y ambos
colgaron al mismo tiempo.
Page corrió a la UCI para reunirse con su hija, y Trygve anunció a sus hijos
que Allyson había despertado.
-¿Y está normal? -preguntó Chloe, boquiabierta.
-Aún es pronto para saberlo, cariño -repuso Trygve, abrazándola con
efusividad.
Podría haber sido ella y no Allie quien hubiese quedado sumida en un coma.
Aquella noche toda la familia se desplazó desde Tahoe.
Entretanto, Allyson había vuelto a dormirse, sólo que ahora en el sentido
estricto de la palabra.
Habían empezado a desconectarla de las máquinas que la habían mantenido con
vida, pero continuaba en la UCI y todavía pasaría un tiempo en observación.
¿Qué ha dicho? -quiso saber Chloe, sentados todos a la mesa de la cocina de
su casa.
-Solamente nnmamá".
Page sollozó mientras contaba toda la historia.
Trygve derramó lágrimas al escucharla.
Y también Chloe y Bjorn.
Andy y él juntaron las manos para darse ánimos.
Aquél fue el día más emotivo de sus vidas.
A la mañana siguiente, Page llevó a Chloe al hospital.
Cuando Allyson abrió los ojos, miró a su amiga durante un rato y al fin, con
la frente arrugada, preguntó a su madre.
-Chica -dijo, señalándola con el dedo-.
Una chica.
-Es Chloe -repuso Page cariñosamente-.
Chloe es tu mejor amiga, Allie.
Ella miró de nuevo a su amiga e hizo una señal de asentimiento.
Era como si lo supiera pero hubiese perdido la facultad de expresarlo.
-Creo que me ha conocido -dijo Chloe al salir.
Más tarde comentó a Trygve su desencanto por tan ambiguo reconocimiento.
-Dale un poco de tiempo.
Allie acaba de regresar de un largo viaje.
Será muy dificultoso llevarla al punto donde estaba.
Sólo lo conseguirían si tenían suerte.
-¿Cuánto de dificultoso, papá? -Lo ignoro.
El doctor Hammerman ha dicho a su madre que podrían pasar dos o tres años
hasta que se cumpla toda la rehabilitación de la que ahora es capaz.
Para entonces habría cumplido los dieciocho, y en el ínterin tendría que
aprender a incorporarse, a caminar, a comer con tenedor, a hablar...
Era abrumador.
Después de cenar, Page les detalló los progresos de la jornada.
Alrededor de Allie se había reunido todo un ejército terapéutico.
Por un lado la fisioterapeuta, por el otro los expertos en energía motriz y
en afasia (pérdida del lenguaje a raíz de una embolia) y demás lesiones
cerebrales.
En los próximos meses tendrían que trabajar sin tregua, y Page también.
¿Qué me dices de Tahoe? -preguntó Trygve una vez quedaron a solas.
Volverían al lago por la mañana, y Thorensen quería que Andy fuera con ellos
después de visitar a su hermana: -No sé qué hacer -vaciló Page-.
Me preocupa dejarla precisamente ahora.
-¿Y si Allyson recaía? ¿Y si se quedaba muda e inmóvil? Pero el doctor
Hammerman le había asegurado que no, que podía estar sola perfectamente.
¿Por qué no esperas una o dos semanas más, como tenías planeado de antemano,
y luego vas y vienes? Yo puedo traerte en el coche, dormimos aquí y subimos
de nuevo por la mañana.
Resulta un poco fatigoso, pero peor ha sido tu ritmo de vida en los últimos
cuatro meses.
¿Qué te parece? -De acuerdo -dijo Page con una sonrisa y un beso.
Desde luego, Trygve no escatimaba esfuerzos a la hora de hacerle la vida más
llevadera.
¿Y si me dejases ya a Andy? Creo que le encantará todo aquello.
Ambos sabían que el niño sufriría un desengaño si Allie no le reconocía a la
primera.
Le sentaría bien un poco de distancia y de distracción.
-Sí, el aire libre le sentará bien -convino Page.
Y ella necesitaba de todo su tiempo para ayudar a Allyson.
Tenían mucho que hacer.
-Bajaré a buscarte la semana que viene y, si aún es pronto, pasaré un par
de días contigo y lo aplazaremos para la otra.
-¿Por qué eres tan bueno conmigo, Trygve? -murmuró Page, cobijándose en sus
brazos.
-Porque quiero seducirte -contestó él.
Page había telefoneado a Brad tan pronto como Allie despertó, y él se puso
eufórico al saberlo.
Dijo que contaría las horas que le faltaban para verla.
Pero, cuando volvió de Europa, al igual que Chloe y que Andy la mañana en
que la visitó antes de ir a Tahoe, se llevó una decepción.
él esperaba que su hija le recibiría con gritos de "Papá" en el instante que
cruzase la puerta de la sala, le echaría los brazos al cuello y le llenaría
de besos.
En cambio, Allyson le miró con recelo, ladeó la cabeza y buscó a Page con la
mirada.
-Hombre -balbuceó-.
Hombre -insistió, y miró a Brad como si intentara recordar su rostro.
De repente, en el momento en que Clarke salía ya al pasillo, balbuceó-:
Papá.
¡ Lo ha dicho, Brad! clamó Page, haciéndole volver sobre sus pasos-.
Ha dicho nnpapá".
él abrazó a su hija y lloró profundamente, pero se sintió aliviado al
abandonar la U C I.
No soportaba verla en aquellas condiciones.
Aunque Allie ya se sentaba en la cama, todavía no podía andar, y se atascaba
en cada palabra y cada movimiento.
Sin embargo, cuando Trygve volvió una semana después quedó impresionado por
su evolución.
-Chloe -dijo Allyson en cuanto la vio-.
Chloe.
Al menos sabía con quién asociarle.
-Soy Trygve -le aclaró él-, el padre de Chloe.
Allyson asintió y, unos segundos más tarde, le sonrió.
Era una novedad.
Podía sonreír, aunque nunca en el momento exacto que ella deseaba, sino de
un modo retardado.
Asimismo, cuando lloraba las lágrimas siempre manaban con retraso, a
destiempo.
Pero el doctor Hammerman aseguraba que todos aquellos desajustes acabarían
subsanándose, a costa de mucho trabajo y de esfuerzos denodados.
-Está magnífica -comentó Trygve, y lo pensaba sinceramente.
Allie había experimentado una mejoría extraordinaria respecto a los días
anteriores, por no hablar de los meses que duró el coma.
-Yo también lo creo -dijo Page, resplandeciente-.
Comprende mucho más de lo que imaginas, aunque no sabe vocalizarlo.
Pero yo lo leo todo en su cara y sé que pone el máximo empeño.
Ayer mismo le di su oso de peluche y le llamó "Sándwich", lo cual no deja de
ser una aproximación a "Sam", su nombre verdadero.
Luego se echó a reír, se asustó de sí misma y rompió a llorar.
Es tan terrible y tan emocionante como una montaña rusa.
¿Qué opina Hammerman? -Es pronto para pronunciarse, aunque según las últimas
pruebas, y a la vista de sus progresos, baraja como probable una
recuperación del noventa y cinco por ciento.
-Era prodigioso.
Un mes antes estaban resignados a que no saliera del coma-.
Eso significa que nunca hará un balance perfecto de sus transacciones
bancarias, que sus reflejos podrían no ser lo bastante rápidos como para
conducir un coche, que no será la reina de la danza y que la traducción
simultánea sobrepasará su capacidad.
Pero llevará una vida normal y, si quiere, estudiará, tendrá un empleo,
formará familia, disfrutará leyendo una buena novela e hilvanará historias
coherentes.
Será como el resto de los mortales, y como ella misma prometía ser, o quizá
un pelo por debajo de lo que cabía augurar si no hubiera ocurrido esta
debacle.
Tras haber estado a las puertas de la muerte, y tras pasar cuatro meses
inconsciente, había que dar gracias al cielo.
-Lo encuentro fabuloso -dijo Trygve.
Había muchas similitudes entre Allie y Chloe.
Los sueños de su hija de ser bailarina se habían frustrado, pero podía
caminar, danzar, moverse, vivir.
Había perdido una parte, no todo, a diferencia de Phillip y las personas
cuya muerte Laura Hutchinson había provocado en La Jolla.
Page le explicó a Allyson su intención de ir al lago Tahoe.
La chica lloró cuando su madre le dijo que iba a dejarla, si bien recuperó
la sonrisa al saber que sería sólo por un par de días.
Aunque reacia a marcharse, Page se consoló pensando que iría a verla cada
dos o tres días.
Era un plan agotador, pero no quería hacer menos, y Trygve lo comprendía.
Deseaba pasar todo el tiempo posible con Andy, Trygve y sus hijos, sin por
ello abandonar completamente a Allyson.
Page se sintió como nueva tan pronto se internaron en las montañas.
Era más libre, más fuerte, estaba más viva de lo que había estado en muchos
años.
Se volvió hacia Trygve con la sensación de que el corazón iba a saltarle del
pecho, tal era su optimismo.
-¿De qué te ríes? Pareces el gato que se comió al canario.
Thorensen se sentía feliz con sólo verla.
La había añorado mucho en las dos últimas semanas, y esperaba que no
tardaría en llegar el día en que pudiesen unirse para siempre.
-Es que me siento dichosa -dijo ella.
-No puedo adivinar por qué -bromeó Thorensen.
-Tengo todo lo que una mujer puede desear en el mundo: dos hijos magníficos,
un hombre excepcional y otros tres chicos encantadores.
-Eso suena muy bien.
Sin embargo, aún queda sitio para uno más.
-No debemos tentar a la suerte.
Cinco hijos fantásticos son más de lo que nadie merece.
¡ Tonterías ! Trygve estaba decidido a tener más descendencia, pero, tras su
dolorosa experiencia, ella no osaba pedirle nada más a la vida.
El restablecimiento de Allie había rebasado todas sus esperanzas.
La estancia en Tahoe fue exactamente lo que Page necesitaba.
La pareja compartió habitación por fin y, a pesar de las risitas de
complicidad de Bjorn y Andy, todos se lo pasaron de maravilla.
Fueron unos días pacíficos, relajantes.
Pasearon en bicicleta, salieron a pescar e hicieron excursiones a pie.
Debatieron cientos de asuntos y profundizaron más aún en sí mismos.
Organizaron fogatas de campaña, barbacoas de carne y pescado, y una noche
durmieron todos bajo las estrellas.
Fueron las vacaciones idóneas.
Los frecuentes viajes a Ross resultaban extenuantes, pero valían la pena.
Allie progresaba a un ritmo pasmoso.
; Al término de la segunda semana ya podía levantarse y dar unos pasitos con
ayuda.
Cuando Page entró a verla, Allyson le sonrió lentamente y dijo: -Hola, mamá,
ccómo estás? Recordaba el nombre de Trygve, y ni una sola vez dejó de
preguntar por Chloe.
También quiso que le llevasen a Andy, a quien no había visto desde la mañana
en que se marchó a Tahoe.
Page le contó que su hermano estaba en el lago, pescando.
-El pescado es viscoso, ¡puah! -exclamó Allyson con una mueca de asco, y
todos rieron.
-Sí, es malísimo -admitió Trygve, tan ilusionado con sus adelantos como la
propia Page-.
Y huele aún peor.
-Es una pro-porquería.
-A Allie se le trababa la lengua con algunas palabras, para jocosidad de
todos.
-Tampoco hay que exagerar.
La próxima vez tienes que venir con nosotros, y ya verás cómo pescas más
nnporquerías" que nadie.
Allyson sonrió y Trygve la estrechó en sus brazos.
Seguía siendo muy guapa, resultaba inaudito la poca huella que el accidente
había dejado en su aspecto.
Todas las lesiones habían sido internas.
Trygve y Page volvieron al lago para pasar allí el día del Tra, bajo, que
caía en fin de semana.
La temperatura había refrescado y se hacía sentir el final del verano.
Les entristecía que se acabase, pues a pesar del continuo trasiego habían
repuesto fuerzas.
A todos les aguardaba un montón de trabajo a su vuelta, especialmente a
Page, que debía reemprender los mu.
rales y sus clases en la escuela, amén de las intensivas jornadas con Allie.
Una tarde, los ánimos se ensombrecieron cuando, al hojear un periódico,
leyeron que el juicio contra Laura Hutchinson se iniciaría el martes
siguiente.
-¡Espero que la encierren como mínimo cien años! -rugió Chloe.
Su apasionamiento era más por Allye que por ella misma.
Por Allie y, desde luego, por Phillip Chapman.
La señora Hutchinson había dejado que Phillip cargase con todas las culpas
y que se divulgaran rumores tendenciosos en su contra.
El chico Chapman habría pasado definitivamente por ser el causante del
accidente, cuando había sido ella quien lo provocó.
Hacía escasos días, alguien había declarado ante la opinión pública que la
señora Hutchinson abandonó la dichosa fiesta con unas cuantas copas de más.
¿Cómo no lo había advertido la policía? ¿Por qué no se tomaron medidas? Tal
vez se habría evitado el accidente de La Jolla.
Ahora era ya demasiado tarde, pero al menos Laura Hutchinson tendría que
responder de esta última tragedia.
-Es asombroso cómo cambian las cosas, ¿verdad? -dijo Page en actitud
pensativa, sentada con Trygve en la orilla del lago frente a un bello
crepúsculo.
Al día siguiente regresarían a Ross, y los chicos estaban en casa,
arreglándose para cenar.
Aquella noche habían decidido ir a un restaurante nuevo de Truckee-.
Hace cinco meses mi vida discurría por derroteros muy distintos, y ahora
fíjate todo lo que hemos pasado, adónde hemos ido a parar.
Nunca.se puede predecir el futuro.
Al final ambos se habían enriquecido, pero ¡a qué precio! Habían pagado
onerosamente por cada paso adelante.
-Por nada del mundo querría revivir aquel día -musitó Trygve -.
Todavía recuerdo la llamada del hospital, y el momento en que te vi.
Yo creía que las chicas habían salido contigo.
-Y yo creí que habías muerto en el puente cuando me informaron de que el
conductor ingresó cadáver.
¡Dios, fue todo tan brutal! -Page fijó en Thorensen unos ojos muy abiertos,
llenos de respeto por el poder del destino, con su crueldad y su
benevolencia-.
Supongo que hemos tenido mucha suerte.
-Sonrió y asió la mano de él-.
Conocerte en esta circunstancia ha sido providencial para mí.
-Tú mereces aún más, y vas a tenerlo.
Es sólo cuestión de tiempo.
-Page se echó a reír como si Trygve hubiera dicho algo divertido, y así era,
aunque él no lo sabía-.
¿Has recapacitado ya sobre nuestros planes? No deseaba agobiarla, pero de
vez en cuando lo sacaba a colación como mero recordatorio.
Continuaba empeñado en casarse para Navidad, en cuanto se fallara el
divorcio.
-Sí, lo he hecho -dijo Page con serenidad, contemplando la superficie del
lago, y se volvió hacia Trygve, que no había dejado de mirarla con una
extraña expresión en el rostro-.
¿Estás absolutamente seguro de que es eso lo que quieres? Van a recaer sobre
ti nuevas y graves responsabilidades.
Tengo dos hijos, y la rehabilitación de Allie no será un camino de rosas.
-La de Chloe tampoco será fácil.
Y Bjorn siempre será el mismo.
¿Qué piensas tú? Olvida mis apremios y dime qué ; opinas de mis cargas.
-Las quiero con toda mi alma.
Nunca pensé que se pudiera querer tanto a los hijos de otra persona.
Page incluso se había encariñado con Nick en sus cortos encuentros durante
el verano.
-Al parecer, estamos en tablas.
-Trygve sonrió, y ella asintió-.
Yo solía pensar que no debía volver a casarme, sobre todo por
Bjorn -prosiguió Thorensen-, que era una mala jugada para el chico.
No imaginaba que nadie pudiera llegar a quererle tanto como yo, y me
horrorizaba que hiriesen su sensibilidad.
Entonces aparecistes tú -sus ojos se humedecieron, a la vez que atraía a
Page hacia síy fuiste como un ángel...
Mi hijo merece vivir rodeado de cariño.
A pesar de sus limitaciones, es un chico entrañable.
-Lo mismo que tú -repuso ella, acurrucándose en el pecho de Trygve...
aunque a él todavía no le había descubierto ninguna limitación.
¿No oyes ya el cascabeleo navideño? -insinuó Thorensen con cara traviesa, y
esta vez Page soltó una carcajada.
-Justamente de eso quería hablarte -dijo.
! Se apartó de Trygve, se tumbó en la toalla donde estaban sentados y le
miró a los ojos.
-¿En serio? -se entusiasmó él.
Page se había resistido a tomar decisiones antes de tiempo, pero, ahora que
Allie había salido del coma, las perspectivas eran distintas.
-Quizá.
Sin embargo, primero tenemos que discutir cierto asunto.
-Su rostro adoptó un aire de gravedad, y Trygve, expectante, se acostó de
lado junto a ella-.
Hay algo que debes saber.
-Tal vez se trataba de Allyson...
o de Brad.
A lo mejor todavía amaba a su marido y se creía en la obligación de
decírselo.
Thorensen ya había tenido en cuenta esa posibilidad, pero Page parecía
haberse adaptado sorprendentemente bien, mucho mejor que él tras su ruptura
con Dana-.
¿Recuerdas que me hablaste de tener un hijo? Page hizo un gesto de
preocupación y Trygve lanzó una risotada.
Conocía bien su renuencia: afirmaba desearlo ella también, pero temía ser ya
demasiado mayor y, por encima de todo, no quería que nada interrumpiera su
dedicación a Allie.
-No me importa esperar, Page.
Me haría mucha ilusión volver a ser padre, pero si necesitas tiempo, aún
somos jóvenes.
-Y si ella decidía que era una complicación excesiva, también lo entendería.
Lo que no quería era verla con el entrecejo fruncido, como ahora-.
No es una condición sine qua non.
-Te lo plantearé de otro modo -dijo Page, apoyándose en un codo-.
¿Qué te parecería casarte en Navidad...
El corazón de Trygve se aceleró y él sonrió estentóreamente, en éxtasis,
pero ella no había terminadocon una embarazada de casi seis meses? -¿Qué has
dicho? Thorensen se incorporó como impulsado por un resorte y miró
boquiabierto a Page, quien se ruborizó ligeramente y, dejándose caer en la
toalla, se echó a reír.
-No sé qué diablos ha ocurrido.
Por lo visto, hace unas seis semanas neutralizaste sin querer mis métodos
anticonceptivos.
Al principio creí que eran imaginaciones mías, pero el embarazo se ha
confirmado.
Ignoraba cómo reaccionarías tú, con nuestra problemática, los chicos y demás
impedimentos.
Va a ser una conmoción para todos, y la boda puede resultar más bien
insólita.
Page dio aquellas explicaciones con el sonrojo de una adolescente.
Estaba asustada, pero satisfecha.
Siempre había querido tener otro bebé.
Además, el inicio de su relación con Trygve había sido igualmente una
sucesión de sorpresas.
Era como salir disparado de un cañón...
para aterrizar en un campo florido.
-Me has dejado sin habla.
-Trygve se acostó a su lado y la abrazó tiernamente-.
No me lo puedo creer.
-Volvió a reír.
Estaba excitadísimo.
Aquello era lo que tanto había deseado, antes incluso de lo previsto, lo
cual no le molestaba en absoluto-.
éste será para ambos otro hijo milagroso -añadió con ánimo bromista y
jovial.
-¿A qué te refieres? -Recapitula.
Tenemos a Bjorn, que es bastante singular en todos los aspectos.
La curación de Chloe es también un portento, y Andy, que nació prematuro y
enclenque, es ahora un niño sano.
En cuanto a Allie, no me negarás que su despertar ha sido un milagro.
Y por último, si nos casamos en diciembre y el niño nace tres meses después,
¡figúrate qué prodigio! Alumbrarás a un bebé trimesino.
-Trygve rió con ganas.
-Trygve Thorensen, eres un irresponsable.
Piensa en lo confundidos que quedarán nuestros pobres hijos.
-No se lo permitiremos.
Si no saben comprender nuestra suerte, la bendición que supone un nuevo
hermano, o que los adultos también tenemos derecho a cometer algún desliz,
pues allá ellos.
Yo no pienso menospreciar un regalo como éste.
¡Dios me guarde de rechazar lo que tan magnánimamente nos ofrece! Voy a
recogerlo en mis brazos amorosos, y a ti con él, y elevar una oración de
gracias cada noche antes de ; acostarme.
Hablando de milagros, mucho me temo que hemos copado el mercado -agregó
henchido de orgullo.
Sin pronunciar una palabra más, Trygve se inclinó hacia ; Page para besarla,
y ella le retuvo contra su pecho mientras evocaba el largo camino que habían
recorrido juntos, cómo se habían aventurado en la tormenta y lo afortunados
que eran de tenerse el uno al otro.
Título de la edición original: Accident Traducción del inglés: Marta
Pérez, cedida por Plaza & Janés Editores, S.A.
Diseño: Emil Tröger Foto de la sobrecubierca: Mario Vilar Círculo de
Lectores, S.A.
Valencia, , Barcelona Licencia editorial para Círculo de Lectores por
cortesía de Plaza & Janés Editores, S.A.
Está prohibida la venta de este libro a personas que no pertenezcan a
Círculo de Lectores.
C , Danielle Steel C de la traducción: Marta Pérez Sánchez C , Plaza & Janés
Editores, S.A.
Depósito legal: B.
- Fotocomposición: gama, s.l., Barcelona Impresión y encuadernación: Printer
industria gráfica, s.a.
N.
II, Cuatro caminos s/n, Sant Vicenç dels Horts Barcelona, .
Princed in Spain ISBN --- N."


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